domingo, 19 de febrero de 2017

Funda magenta.

He cambiado la funda de mi sofá. Era azul marino, ahora es color magenta.

Este fin de semana he hecho otras cosas. El sábado hice limpieza a fondo en mi dormitorio, quitando el polvo a conciencia, aspirando bien las alfombras, encerando ligeramente la madera, pasando un paño húmedo por el bronce de la cama. Se me vertió el ambientador líquido y puse un papel de cocina a que se empapara. Supongo que ahora huele toda la cómoda a lavanda. Supongo, porque tampoco he notado gran diferencia.

He planchado ropa, tirado bolsas de papeles al contenedor de reciclaje, fregado con lejía la cocina, lavado a mano algunas prendas, puesto una lavadora. 

He visto un capítulo atrasado de una serie: el lunes me quedé dormida a la mitad. Me he comprado en una liquidación de rebajas un montón de minifrasquitos de esmalte de uñas...y ni me he molestado en abrir la caja-calendario de adviento para verlos.

Me he teñido el pelo de un tono más oscuro. Creo que me equivoqué al elegir el envase, o igual no: a decir verdad no lo recuerdo. Lo compré ayer, pero no sé porqué me decanté por este color. 

Voy a cambiar las fotos que tengo colgadas sobre la cabecera de mi cama: ayer me di cuenta de que se las está 'comiendo' el sol. La luz, más bien, porque en mi dormitorio raramente da el sol en esa pared. Son unos tulipanes en foto de 40x60. Tengo que mirar en mi archivo fotográfico qué imágenes elijo: creo que otras flores amarillas, el amarillo (y toques de rosa) son con el blanco dominante los tonos de mi dormitorio. Aunque también he pensado en cambiar el estilo y optar por unas imágenes en blanco y negro, paisajes madrileños contemporáneos.
No estoy segura.

Me gustaba el color azul y la textura de la funda vieja de mi sofá: han pasado cosas sobre esa funda.
Me gustan los tulipanes amarillos, aunque las fotos no sean de la mejor calidad: pertenecen a mi época analógica.
Me gustaba más el anaranjado raro de mi pelo, más que este granate que me ha devuelto antes el espejo.
Me gustan esas cosas, pero sé que todo tiene un final, que todas ellas han cumplido ya su etapa, su cometido. Podría lavar la funda azul, pero sé que está muy deteriorada. Podría ponerme a buscar los negativos de las fotos y mandarlas a rebelar, pero igual ya ni están en ningún lado. Volveré a tener el pelo del color naranja raro, pero pasarán meses.

He dedicado a la intendencia doméstica este fin de semana raro.
He llorado hasta quedarme sin lágrimas. Literalmente.

Anoche tenía mucha sed y no fui capaz de identificar el porqué. Hoy seguía teniendo mucha sed, sed que no me quitaba el agua.
Llevaba tiempo sin llorar tanto: ni recordaba que las lágrimas son agua.
He estado llorando desde las ocho de la tarde hasta las diez y media de la noche, sin poder dejar de hacerlo. 

Necesito comprar algún cojín con tonos magenta para el sofá complementario. He traído del dormitorio una bola de cristal de color rosa oscuro y la he puesto en un lugar visible de la estantería. Intento equilibrar con detalles el nuevo color del sofá, que no entona con nada.
Necesito dormir. Y son más de las doce y mañana me levantaré a las seis y media, como cada día.

Aunque la decisión la haya tomado yo, no deja de doler. No dejará nunca de dolerme esta falta absoluta de futuro, esa ausencia de él, estas ganas mías que no puedo tener y están ahí, esas ganas de tenerle.

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