domingo, 19 de noviembre de 2017

Rutina de noviembre.

La rutina sigue siendo rara, complicada, desagradable. Y lo peor es que la considere, ya, rutina.

Me gusta mi trabajo. No lo considero complicado, ni agobiante, ni me supera..., imagino que sí es todo eso, pero como vengo de otros tiempos, otras vidas y otros temas (a veces miro hacia atrás y me pregunto cómo era capaz de hacer algunas cosas, de organizar los tiempos para que todo saliera y funcionase. Nunca sabré si ya nací con esta capacidad de que todo lo que hago parezca muy sencillo a los demás...o si la adquirí porque no me quedó otro remedio. Ese 'transmitir seguridad' mío).

Me gusta mi trabajo, pero no el ambiente en que lo hago. Y que hace apenas un año era otro.

Un malambiente de envidias, de desconfianzas, de controlar a los demás. De prohibiciones para hablar, de reuniones sin demasiado sentido en el trastero, de un no saber dónde vamos y de tener que escuchar repetidas mentiras corporativas, recitadas cual mantra por quienes tampoco creen en ellas y pretenden que nosotros nos las creamos.

No estoy agusto, nada agusto. Me gusta mi trabajo y, cada mañana, lo que me repite mi mente es un 'no quiero ir'.
El martes, ataque de ansiedad (también propiciado por la descompensación de la temperatura: seguro que si ponemos un termómetro, pasaríamos de 30ºC a las cuatro de la tarde..., en pleno noviembre, con mangas largas debido a la temperatura exterior, ésa que padecemos en los trayectos casa-trabajo, mucha gente en un recinto cerrado y un ordenador por persona trabajando a pleno rendimiento y encendido desde antes de las nueve de la mañana). El miércoles, algo mejor, pero repitiéndome que no debía hacer esfuerzos de ningún tipo. Toda la semana la misma presión laboral y la misma falta de estímulos.

Y sigue sin llover. Y no se ve la menor perspectiva al respecto.

Le he echado de menos cada noche desde el pasado sábado. No sé bien qué día me quedé dormida hasta más de las tres de la madrugada, en el sofá, posiblemente porque algo localizó el olor de su piel y mi mente se quedó enganchada ahí y no quiso moverse y perderlo.

Domingo. Comida familiar con sobremesa y, posiblemente, alguna foto.

Y mañana de nuevo otra semana completa. Y mi pepitogrillo repitiéndome 'no quiero ir' desde que me despierto y sé que tengo que levantarme y aplicar la rutina diaria precisamente para 'ir', y seguir diciéndome 'no quiero estar', 'quiero irme', 'quiero que den las seis', 'quiero que den las cuatro del viernes' mientras esté allí.

Y echarle en falta. Y acordarme de él y saber que no sé cuando volveré a verle. Y querer quedarme dormida pronto cuando me meto en la cama, para no echarle de menos también en ese momento.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Once del once.

Seguramente fue la última vez.
Porque ya no me puede dejar más claro el desinterés. Porque ya no sé qué inventarme para seguir autoengañándome.

Cuando alguien decide dejar de llamarte, dejar de tener un intercambio de llamadas recíproco y sólo sabes de él cuando eres tú quien mantiene esa rutina periódica de llamadas, no quiere quedar contigo aunque ese 'verse un rato al menos una dos o tres veces al mes' (y ese 'verse un rato' no era sino que yo le acompañaba en el retorno a su punto de destino en el metro: hace siglos que quedar para tomar un café pasó a la historia) ya no sea imposible y para ello ya no haya excusas, no hay intercambio de emails, sus respuestas a los sms nocturnos son mera cortesía...seguir repitiéndose que tiene el menor interés es demasiado autoengaño.

Le quiero. Y voy a seguir queriéndole igual, porque he seguido queriéndole tras cada demostración de clara indiferencia. Porque me confirma que no va a llamarme y termino llamando yo, como la cosa más normal del mundo. Y le sigo enviando un sms de buenas noches y voy a seguir haciéndolo. Y dejé hace meses de mandarle, de vez en cuando, alguna foto personal porque me quedó claro que estaba haciendo el ridículo y que raramente podía interesarle recibir fotos de alguien que no le importa. Y tampoco le escribo, si acaso muy de vez en cuando alguna de las fotos que hago y que publico en redes sociales que él no ve, alguna vez un enlace a algo que veo que le podría interesar (idiota de mí: como si él ya no hubiera leído esa misma noticia o lo que fuese, mucho antes de que yo se lo enviara y desde mejores fuentes). Hubo un tiempo en que nos escribíamos emails. Era, seguro, un tiempo en que no había decidido que sus palabras eran demasiado valiosas como para dejárselas leer a alguien como yo.

Es imposible sentirse más sola que al despertar junto a alguien a quien quieres, alguien que te hacía sentir acompañada, que hacía que sintieras que todo estaba bien y estaba en su sitio cuando abrías los ojos y le veías a tu lado..., despiertas y le acaricias y notas que le da igual.

Este año se ha quedado tres veces a dormir conmigo. Las tres he tenido exactamente la misma sensación al despertar y empezar a acercarme a él y empezar a tocarle, algo que supuestamente le gustaba. Que su cuerpo estaba allí y él quería estar lejos. O, al menos, no estar allí conmigo.

Y seguir acariciándole y sentir que querría sólo otra cosa: llorar. Porque es imposible sentirse más sola.

Creo que las tres veces he terminado llorando. Esforzándome para no hacerlo.
Mientras te das cuenta de que estás intentando animar una parte de su anatomía que tiene el mismo interés en ti que la que tiene el resto del cuerpo de su propietario. Y que es así porque la fuerza de la mente es mucha, y esa mente pertenece a alguien que no tiene el menor interés.
Y seguir esforzándote porque ya se trata de un tema de orgullo personal, o, mejor, de amor propio femenino. Aunque sabes que su interés es nulo.
No le gusto. Es muy complicado que algunas cosas, incluso algunos mecanismos masculinos de respuesta que pueden parecer muy básicos, reaccionen cuando no le gustas a quien está contigo. Y saber que contra eso no se puede hacer absolutamente nada.
Algunas cosas muy íntimas y muy sencillas nunca han pasado entre nosotros porque él no ha querido. Dejé de intentarlo. Volví a hacerlo. Se lo llegué a pedir expresamente, aún conociendo de antemano la respuesta negativa. Al final, supe que tenía que dejar de insinuar, de insistir o de intentar: para qué. Para qué pretender, con qué derecho, algo para lo que ya tiene a otras. Y lo sé porque es él quien me lo ha dicho así.

Por la noche, le doy tres cervezas y con eso ya tengo más o menos asegurado que me va a tocar. Y que me va a dejar que le toque, aunque no le guste.
Por la mañana no tengo más argumentos ni más herramientas ni más excusas que mi cuerpo y su falta de interés en él. Y se me pasa por la cabeza decirle que piense en alguien que le guste..., pero decido no decir nada. Absolutamente nada, para no echarme a llorar a mares. Y sigo acariciándole.

Ayer empecé cuando, claramente, estaba dormido. Porque más de una vez me dijo que le gustaba eso, que le despertasen así. Olvidó aclararme que no se refería a tenerme a mí como compañía, evidentemente.

Cuando pasaba la noche conmigo, no cambiaba después las sábanas: descubrí que me gustaba encontrar su olor entre ellas, la noche siguiente, algunas noches después. Era recuperar un instante esa sensación de compañía..., de, exactamente, haber creído por unas horas que todo estaba bien y todo era posible. Era el equivalente a esas lucecitas de enchufe que algunos niños necesitan para dormir: abrir los ojos y ver la lucecita que espanta a los monstruos. Creo que en mi caso era dormir sintiéndole cerca de algún modo.

Ayer no lo hice. Por primera vez, en casi siete años de visitas nocturnas.

Por la mañana propicié que el estado de las sábanas obligase a cambiarlas. También por los restos de rimmel en la almohada o en el embozo, que es con lo que me sequé los ojos.  Podría haberlas dejado, pero no.
Porque seguramente había sido la última vez. Y no quería dormir la noche siguiente con el olor a esa certeza. A que mi logro final posiblemente ha sido el último.

Y luego me lavo la cara y pongo café y echo a las plantas el agua que sobró (que fue la jarra entera, porque las últimas dos visitas ha venido con su propia botella de agua. Igual para que no le envenene o algo). Y me pongo una camiseta porque siento absurdo seguir desnuda. Y retiro de la mesa del salón algún resto de comida (patatas fritas, queso, galletitas saladas: no cocino cuando sé que alguien no va a querer comer lo que he preparado), y saco el azucarero, y traigo el café. Y todo es cotidiano y normal, también su prisa.
Y sé que todo ha terminado.

Y le acompaño hasta Madrid, sentada a su lado y al lado de su prisa, porque no quiero quedarme sola. Y me despido de él respondiendo a su pregunta-afirmación de '¿hablamos?' con un 'cuando tú quieras' que es a la vez mentira y verdad, porque sé que no me va a llamar, que llamaré yo y que hablaremos sí él coge el teléfono. Y cruzo la calle cuando sé que ya se ha ido, y entro en una tienda para no pensar, y cojo un bus y miro sin ver desde la ventanilla, y otra tienda, y alguna foto, y otro bus, y vuelta a la estación, y fotografío la colonia de tortugas abandonadas de Atocha, y cojo el tren, y voy al hipermercado... Y todo es porque no me quiero quedar sola con mis ganas de llorar.

Y pongo la lavadora y unas sábanas limpias. Y me quedo dormida pronto en el sofá y cuando abro los ojos pienso que ya es tarde y no le he enviado un beso de buenas noches...

No sé las veces que me he despertado ni cuanto he dormido. Creo que me he levantado tres veces, que una me he lavado la cara. No sé las veces que he llorado ni si en algún momento he dejado de hacerlo. Incluso dormida.

Ahora las sábanas de anoche, ésas que compartí con él y que ensuciamos juntos, se terminan de secar al sol del mediodía. Y huelen a lilas sintéticas en vez de a su piel.

Y a mí me duele el alma, eso que igual no existe y el dolor que siento son mis células echándole de menos desde hace demasiado tiempo y sabiendo que será así eternamente.

Once del once. Igual esta fecha de soldaditos desfilando es la más lógica para terminar algo que sólo tenía sentido para mí.




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Noviembre al fin.

Noviembre al fin.
No es que crea que cambiar el nombre en que se mide el paso de los días, en el calendario, cambie la realidad ni las evidencias..., pero al fin es noviembre. Y al fin, por tanto, ha terminado un mes de octubre totalmente prescindible. Y quisiera decir que también perfectamente olvidable..., pero el olvido y yo nunca nos hemos llevado del todo bien.

Este año, y también por esos caprichos (o normas) del calendario, este festivo nacional que es el 01 de noviembre cae en miércoles. Mitad de semana.  El comienzo de semana ha sido, laboralmente hablando, demoledor. Y quiero creerme que esta pausa que nos parte en dos la rutina laboral va a producir el efecto mágico de mejorar los dos días que quedarán a partir de esta noche. Pero, francamente, es que no lo creo. Y para que algunas magias funcionen hay que creer en ellas...
Y yo cada día creo menos en algunas cosas.

Dejé un tema abierto (a medio terminar de contar) este verano. Hay repartidos por la historia de este blog otros temas sin terminar de cerrar. A veces, porque simplemente no se llegaron a cerrar nunca. Otras, porque cuando llegó el fin esa historia ya no tenía la menor influencia en mi vida. Y alguna...porque a base de ir dejando el tema o de darle más importancia a otros, ya ni lo recordé...

Cuando me saltan alarmas en un punto inconcreto entre la garganta y el ombligo, una serie de alarmas que de pronto me ponen los sentidos alerta y me hacen ver que frente a mí y a mi alrededor se estaban acumulando piezas de un puzzle..y de repente veo como pueden terminar encajando y que puedo decidir si entro en el juego o no, o que las lucecitas que a veces veía no eran sino parte de un entramado luminoso que creaban un cartel..., cuando me saltan esas alarmas..., suelo huir.

Porque sé perfectamente cómo puede terminar la historia. Y no, hace mucho que no quiero involucrarme en determinados asuntos. Asuntos que parecen brillantes proyectos y que, luego, resultan ser simples pompas de jabón que estallan en cuanto rozan con algo. Y no quiero.
Las vacaciones, los periodos vacacionales, son útiles para ayudar en esas huidas.

Este verano estuvo a punto de darse uno de esos casos. O igual se dio..., ya da lo mismo.
Las vacaciones fueron el remedio.


A veces hay espejismos. Gran parte de nuestra vida y nuestras ilusiones están llenas de esos espejismos. A veces creemos que se trata de algo real....y el batacazo suele ser memorable. Aunque tardemos años en dárnoslo. Hay quien entra en uno de esos espejismos y en él pasa toda su vida...aun siendo consciente de que realmente está dentro de un desierto. Y ya no puede salir.

Muchos enamoramientos no son sino espejismos. Gran parte de la especie humana es fruto de uno de esos enamoramientos-espejismo, de hecho...
Mi historia sin cerrar no era un enamoramiento (eso lo tuve perfectamente claro cuando me empezaron a saltar las alarmas). Ni propio, ni ajeno. En eso no había riesgo alguno..., aunque algún detalle...

No se puede mezclar el agua y el aceite con esperanza de que la mezcle funcione. Sólo hay que ponerla en una sartén al fuego..., y ya sabemos los resultados. Todos lo que en algún momento hemos cocinado y nos ha pasado...tenemos alguna marca en la piel como consecuencia de una gota de agua en el aceite hirviendo.

Las vacaciones, la pausa en la rutina laboral (que por circunstancias y por organización del personal, a veces se convierte en casi todo un verano sin coincidir con algunas personas que son parte de tu rutina. Incluso personas con las que no trabajas, con las que coincides en el bus, en la cafetería desayunando...) suelen servir como impass, como prueba para comprobar si algo era o no era...
En este caso, no, no era. Era agua y aceite, en el fondo. Una mezcla agradable sobre la piel tras la ducha, pero hasta ahí. Secar antes de ponerse al sol.

Cuando es cierto que hay muchos puntos en común, mucha y buena conversación, un sentido del humor comprendido..., algunas miradas no explicables..., se pueden pensar otras cosas. Pero hace falta más. Hace falta una atracción física. Unos gustos cotidianos comunes básicos, también. Unos valores prácticos (más allá de la teoría) que puedan convertirse en techado si llegan las tormentas.

El verano puso tiempo y espacio. Y, al volver y casi llegar el otoño en el calendario, las cosas se habían colocado en su justo espacio.
Y ahí están.

Y, aunque sigamos en un verano real raro, diga lo que diga el calendario..., ahí van a seguir. En ideas comunes, alguna conversación seria y un intercambio de bolsitas de nuevos tés. Pero nada más.
Y eso me gusta. Que las historias se cierren (quizá sin haber llegado a estar nunca abiertas) de ese modo, sin cicatrices, mes gusta.

Hoy empieza noviembre.
Ojalá, también, empiece pronto el esquivo invierno.

sábado, 28 de octubre de 2017

Trece horas de sueño.

Hacía tiempo que no dormía tantas horas seguidas. Y sin proponérmelo.

Ayer no eran las once de la noche cuando me quedé dormida. Recuerdo que empecé a ver un programa que empieza sobre las diez...y recuerdo poco de él. Debí quedarme dormida en uno de los primeros cortes publicitarios. En algún momento abrí los ojos, vi que la televisión se había apagado sola y me trasladé a la cama. Y no sé si vi en el reloj-proyector de mi dormitorio que eran las doce y pico...o igual me imaginé la hora.

Sé que me he despertado sobre las seis y algo, como cada día. Y que ya había luz natural cuando me he dicho que debería levantarme al baño...pero me he pedido 'unos minutitos más' para no desvelarme. Y he seguido entre sueños raros, densos, a ratos como muy realistas y muy cotidianos, otros absolutamente fantasiosos...

Creo recordar que vi las nueve y algo en el reloj. Pero igual también eso lo imaginé.
Eran las once y treinta y cinco minutos cuando, por fin, me he despertado del todo.

Trece horas durmiendo.

Sé que el sueño no se recupera, pero yo tenía mucho, pero mucho, atrasado. Sigo teniéndolo.

Tampoco me siento especialmente descansada. Y no sé si esta noche me desvelaré (posiblemente) como consecuencia de haber dormido demasiadas horas ya.

Esta noche, además, tenemos una hora más: a las tres vuelven a ser la dos (horario de invierno, le llaman).
Me hubiese gustado poder haber aprovechado de otro modo esa 'hora de más'. Pero ya sé lo que hay y todo lo demás serían inútiles castillitos de humo en el aire.

martes, 24 de octubre de 2017

Posibles últimos capítulos.

Escribir siempre me ha sido una terapia.

Debería escribir para sacar de dentro la basura que me va llenando la cabeza y el ánimo. Lo sé. Pero suelo llegar tan cansada, tanto, a casa...que no me apetece escribir.
Además, he desarrollado la capacidad de desconectar en cuanto salgo por la puerta del edificio de oficinas en que trabajo. O, lo más tardar, en cuando cojo el bus...

No pienso, no recuerdo, no me preocupo. Pero eso tampoco hace que se me vacíe la cabeza de porquería.

Debería escribir. Volcar aquí lo que siento, como he hecho tantas otras veces.

Pero estoy muy cansada. Y muy sola. También en este mundo virtual.
Y ni siquiera sé si quiero seguir teniendo abierto este blog.

domingo, 15 de octubre de 2017

Octubre de verano. Sin ventanas.


Es complicado sacar tiempo...o más bien, ganas, de escribir cuando se tienen tantas cosas en la cabeza que lo único que se quiere es desconectar de todo.

Cuando, además, octubre parece agosto con sus más de 30ºC de temperatura día tras día y sin que tenga visos de que llegue el otoño. Cuando hace tantos meses que no llueve (más allá de dos puntuales tormentas) que casi ni recuerdo cómo era...y tampoco tiene visos de que vaya a llover.
Y no es simple queja de ascensor, hablar del tiempo por hablar de algo. Este tiempo me tiene enferma. Me cuesta respirar (y no, no es un modo de hablar. Y quien no pasa por ello de manera periódica no sabrá nunca de qué hablo. No podrá imaginarse qué es). Me duelen los pulmones al respirar.  Y la espalda. Me duele terriblemente la espalda simplemente por el esfuerzo de respirar. También, a ratos, me duele mucho el estómago (no sé si por un virus que, dicen, anda suelto...o si es también otro efecto de la falta de aire, del exceso de aire sucio, muy sucio. Efecto de estar intoxicada).


Me duele vivir.

Y tener la cabeza llena de cosas, de ideas, de sensaciones, a veces hasta de ganas... y estar tan cansada que sólo me apetezca llegar a casa y tumbarme y quedarme dormida...y que las ideas sigan ahí..., no, no es bueno. No puede ser bueno.

Cada día se me hace más difícil levantarme e ir al trabajo. No por el trabajo en sí. Ni siquiera por el eterno trayecto de más de hora y media, con sus largos transbordos, con sus esperas, con sus andenes abarrotados. Es porque trabajo en un polvorín. El ambiente ha degenerado tanto, a tanta velocidad..., que estar allí también me hace faltar el aire.
Y lo peor es darme cuenta de que quienes deberían contribuir a crear buen ambiente, a hacer eso que llaman 'equipo', precisamente son quienes más leña y más cerillas compran y ponen  a disposición de quienes quieran usarlas.


Lo último ha sido la contratación de una yonki. Tal cual.
Sé que no soy políticamente correcta diciendo esto. Y no pretendo serlo, francamente. Para quien se ha criado en la zona sur de Madrid en los setenta, primeros ochenta, los yonkis no son enfermos (aunque eso suene tan bien). Los yonkis son basura.
Y aunque me he esforzado, y la he ayudado a 'aprender' (no es cierto que no sepa hacer algunas cosas, es que le resulta más cómodo que se las haga otro), y he hecho parte de su trabajo para ayudarle a avanzar (y porque el trabajo atrasado de un compañero atrasa el trabajo en general)... hace unos días dije que 'hasta aquí'. Mi límite es que se falte al respeto a mi trabajo. Que alguien que no piensa trabajar se permita el lujo de faltar al respeto a los clientes de la empresa, que son los que le dan de comer.
Que alguien que presume de no necesitar trabajar porque la mantiene muy bien su marido, que si viene es porque se aburre si pasa muchas horas en casa viendo 'el salvamé', que vive a base de tomar pastillas y más pastillas y más pastillas...y lo que suponemos que también toma... se pueda permitir el lujo de faltar el respeto a quienes trabajan (o, sea, de sus clientes, también) me ha bastado para decidir que mi empatía no le va a alcanzar más.
Si ella presume de no necesitar trabajar, yo he decidido que no tengo necesidad de trabajar frente a un saco de basura.


Situaciones y sujetos como ésta no contribuyen, precisamente, a mejorar el ambiente.


Y me ha dado cuenta de que la empresa busca eso, que el ambiente esté enrarecido. No sé bien porqué, pero lo buscan.

Estoy muy cansada. De todo.

La semana pasada gastamos una mañana en algo que definieron 'formación'. Nos la han ido impartiendo a toda la empresa (tres subgrupos en cada uno de los grupos que formamos el todo, para que siempre haya gente trabajando). Una formación rara, una especie de terapia...que en realidad busca mejorar el ambiente (qué ironía).

Una de las pruebas/juegos/terapias era escribir en un papel respuestas a determinadas cuestiones: qué te preocupa, qué te gusta, qué buscas... El juego consistía en que otro compañero te 'presentase' a los demás en base a esas respuestas...
¿Qué busco? Ventanas. Ventanas para que entre el aire, para salir, para ver la luz. Ventanas también físicas y reales (estoy cansada de pasar nueve horas al día encerrada bajo la luz de los fluorescentes), pero sobre todo, ventanas metafóricas...
¿Qué me interesa, qué me importa? El mundo real. El mundo que está ahí fuera.


Creo que algunos sí me entendieron.
No quienes deberían haberlo entendido.


La reacción de mi jefa directa (con quien compartí 'formación') sólo surgió cuando varias de esas compañeras con las que apenas tienes trato se me acercaron a felicitarme (sé lo que provoco cuando hablo en público, ya no me sorprende) o se pusieron a hablar de mí y mi 'brillantez'. La reacción de mi jefa fue abrazarse a mí proclamando que yo 'era suya'.
La tengo mucho cariño, pero empiezo a estar muy harta, mucho, de tanto afán de protagonismo. De tanto atribuirse méritos que no tiene... El detalle del 'es mía' me parece una estupidez sin la menor importancia en sí mismo. Pero también me parece un detalle, más, del todo que es su comportamiento.


Y..., y qué más da ya hablar de otras cosas....

Con respecto a esa relación que mantengo y que me empeño en considerar 'sentimental'...qué más añadir ya.
Ya me es imposible encontrar justificaciones para explicar porqué no nos vemos. Porque hace mes y medio que no le veo.
Simplemente, no tiene ninguna gana de verme.  Así de básico.

Hablamos si yo le llamo por teléfono (y tengo la suerte de que esté cerca del aparato). Le mando un mensaje de buenasnoches casi a diario: no, no es una obligación. No me siento obligada. Pero..., no sé. El pasado miércoles estaba tan terriblemente cansada, tras un par de días de pesadilla, tras una noche en que no conseguí dormir más de media hora seguida, aguantando dolores e intentando respirar...que me quedé dormida en el sofá antes de las nueve de la noche. De agotamiento. Me desperté brevemente antes de las diez y planifiqué (creo que casi entre sueños) cenar algo, ver algo la tele, enviarle el sms de buenasnoches... Volví a quedarme dormida sin hacer nada de eso.
Curiosamente, no haberle escrito era lo único que me preocupaba al día siguiente.


No haber deseado las buenasnoches a alguien a quien no importo en lo más mínimo.


Ya va y vuelve en transporte público. Desde hace más de mes y medio. Le he dicho (varias veces) que podemos quedar cuando lo prefiera, como hicimos durante meses tiempo atrás. Que le espero donde mejor le venga, que le acompaño un ratito hasta donde prefiera (no voy a provocar que le puedan ver a mi lado. Mejor dicho, que alguien pueda ver que algo como yo está con él y puedan pensar que tiene tan mal gusto. El mal gusto que todos sabemos que no tiene). Evidentemente, no quiere. No me lo ha dicho así de claro..., pero ya no hace falta.


No voy a insistirle más.
No tiene la menor intención de verme y ya está.


Y no quiero recordar que hasta para que me toque si estamos solos tenga que darle tres cervezas, evidencias así de claras. Que nuestra relación, ésa que hace mucho que sólo existe para mí (porque aún quiero creer que en algún momento, aunque fuese un momento mínimo, también fue y fui algo en su vida) es eso. No me llama, no quiere verme. No le importo en lo más mínimo.


Y yo sigo queriéndole.
Y hoy no quiero seguir hablando sobre esto.


Mañana empieza otra semana. De verano en octubre, sin lluvia, sin cambios. Sin esperanzas. Sin ventanas.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Romper la pecera.

Y pasan los días de esta semana. Y yo sigo sin encontrarme.

Mañana ya es viernes. Por un lado, la semana se me ha pasado volando. Por otro, se me ha hecho eterna. Tengo la sensación de que mañana me espera un viernes eterno, por mucho que sepa que como todos los viernes de verano saldré a las tres de la tarde.

La sensación es como de estar encerrada dentro de una pecera (iba a decir 'una urna', pero creo que ésta no es la mejor semana para hablar de urnas..., algunos nos entendemos). Algo transparente, un espacio aséptico, acondicionado para estar en él..., del que te das cuenta que es una cárcel cuando llegas a las paredes y ves que el mundo real está, realmente, fuera, Y puedes verlo pero no salir a él.

El ambiente en mi empresa cada vez está más y más enrarecido. Enfrentamientos que se dirían 'de patio de colegio', pero no somos niños y las consecuencias al final son otras. Y cada vez el aire se nota más espeso...
Y me cuesta respirar.

Como también me cuesta respirar en el aire real, el climatológico, porque no termina de irse el calor y hace semanas..., casi mejor decir meses, que no llueve. Me siento muy cansada. Congestionada y con dolor de cabeza.
Me cuesta respirar físicamente y mentalmente. A ratos tengo unas ganas locas de romper cosas, y quizá sea una manera que tiene mi cuerpo de quejarse, de darme a entender que lo que necesito es romper con todo.
Dos veces a lo largo de esta semana eterna he estado a segundos de levantarme, dar dos voces (al tiempo ambas acciones) coger el bolso e irme a casa. No sé porqué no lo he hecho, pero sí lo sé, claro que lo sé.

Es algo que he hecho dos o tres veces a lo largo de mi vida laboral. Luego he terminado volviendo. Y, curiosamente, no soy capaz de recordar cómo ni de qué modo regresé. Si acaso, una de las veces: me fui para no volver un viernes por la tarde. Regresé el lunes (o sea, falté al trabajo el sábado).
Un oscuro episodio. No había vuelto a recordarlo hasta ahora...
Si supiese cómo hacerlo, pediría una baja médica. Pero ni siquiera sé a qué hora ni quien es mi médico. Y sé que no sería capaz de pedirle la baja (cosa que tampoco sé cómo se hace, claro. Tan dispuesta para todo tipo de gestiones, tan torpe para las cosas simples que de veras me atañen).

Tengo ganas de que termine la semana. Y de dormir sin prisas.
También tengo ganas de verle.
De eso tengo ganas siempre. Aunque tenga tan absolutamente asumido que mis deseos son algo absurdo, que desear no me ha servido de nada. Ni me va a servir.

Necesito que llueva. Romper la pecera. Necesito volver a respirar.