domingo, 17 de diciembre de 2017

No recordar, para no olvidar.

Última semana antes de mis vacaciones. Dos semanas justas para que termine el año.

El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.


Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás.  Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio  a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.

En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.

Y también  tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis,  si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.

Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.

Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.

La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.

Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.

Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Sin gloria, pero con pena.

Estoy triste.
Las navidades no me han gustado nunca (creo que lo escribo todos los años por estas fechas). No me gustaban especialmente ni de cría. Miro hacia atrás y no recuerdo esas fechas con la supuesta magia que deben tener, con ésa que recuerda casi todo el mundo, esa magia que está en la niebla que envuelven los recuerdos de infancia... No eran unos días muy distintos a los de antes o después. Simplemente, había polvorones de limón y chocolate, turrón que terminaba derritiéndose en una bandeja de cerámica que tenía unos perros dibujados, un árbol de plástico con cosas colgando que no podíamos poner ni quitar porque se rompían (a mí me gustaba especialmente alguna bola roja con hendidura amarilla como de fuego, algún animalito blanco con algo de purpurina... Curiosamente, no podía tocarlas por si se rompían, y un día supe que terminaron todas en la basura en una mudanza, sin más ni más), una cinta de cassette de villancicos que alguna navidad no se puso por temas de fallecimiento de familiares que ni siquiera conocía... Sólo me gustaba el día de Reyes,  más por 'querer creer' que por los regalos en sí (que ni siquiera elegía yo en plan 'Carta de Reyes'; se acordaba lo que iban a ser nuestros regalos, en plan 'sorpresa', supongo). Años más tarde, a la navidad se unió un Belén, y mis recuerdos incluyen cenas de huevos rellenos con mayonesa y chuletas de cordero que casi desayunábamos, más que comíamos, al día siguiente, porque siempre sobraba. Y espárragos blancos y piña de postre...

No sé. No me gustan las navidades. Años más tarde he contribuido a que los recuerdos de los demás sean mejores que los míos (al menos lo he intentado) y los días de Reyes eran una fiesta. Y los turrones y polvorones eran los mejores, y se incluyó el salmón ahumado, los volovanes de hojaldre rellenos de cosas, el sucedáneo de caviar, el queso roquefort y alguna delicatessen de andar por casa más. Pero eso tampoco mejora los recuerdos infantiles.

Y este año aun no ha llegado la navidad, pero yo ya estoy triste. Muy triste.

Hace semanas tengo la sensación de que todo se me está desmoronando alrededor. Que llevo mucho tiempo semienterrada en arenas movedizas, pero hasta determinado momento había asideros a los que agarrarme, y casi era divertida esa sensación de no poner salir del sitio. Y terminar convirtiéndolo en mi 'lugar de confort'.

Pero cada vez me queda menos a lo que agarrarme. Y soy consciente de ello. Y cuando ya no hay nada a lo que asirse, da igual que quieras huir porque no hay un punto de apoyo que te sirva como impulso.

Estoy muy cansada. Y estoy muy triste, aunque pretenda que no se note, aunque a veces parezca que estoy enfadada. Y mis enfados deben ser casi divertidos, porque me pongo de lo más sarcástica y eso a veces hace mucha gracia.

A estas alturas del mes, aun no he comprado ningún regalo de Reyes. Y me faltan cosas para completar la cena de navidad (en realidad, no, porque tenemos de todo y ya están comprados los turrones, algún entremés..., y la cena en sí ni la hago yo ni es en mi casa). Y lo peor es que no tengo ganas de nada.

Quedan 15 días para que se termine el año. Quince, con sus quince noches.

Esta semana es la última que trabajo (no sé si en lo que queda de año, o si 'la última' en una buena temporada: las cosas están complicadas. Mucho). Y a partir de ese momento ya no me quedará la excusa de estar tan cansada por las noches que tumbarme en el sofá quiera decir quedarme dormida. Y no llorar.
O no llorar apenas ninguna noche.

No creo que el año que viene sea mejor que éste, francamente. Pero mi único deseo ahora mismo es que por fin se acabe este 2017, que se va sin gloria. Porque pena si me deja, pena me ha ido dejando mucha, extendida a lo largo de los días de este año.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Empezando el final del año.

Empieza la primera semana del último mes del año. Este año impar y primo que está siendo tan raro y que quisiera que con el tiempo se convirtiera en totalmente olvidable.

Cada año, la primera semana de diciembre es una sucesión de intermitencias laborales. Al tener dos días festivos a nivel nacional (el día 06, aniversario de la aprobación de la Constitución y, por tanto, Fiesta Nacional conjuntamente con la del 12 de Octubre; el día 08. la Inmaculada Concepción, y por consiguiente festivo de tradición religiosa, conjunto al 15 de agosto) casi todos los años es un 'hoy trabajo-mañana libro-pasado trabajo-al otro libro' bastante desconcertante. Porque cuando llega el último día festivo (o laborable, según caigan los días semanales coincidentes con los laborables-festivos) ya no sabemos en qué día vivimos ni qué toca al siguiente...

Este año, los festivos son el miércoles y el viernes. Y como los días que me restan por disfrutar de las vacaciones anuales que me corresponden me los he reservado para las navidades, no puedo cogerme 'puente'. Así que me toca semana intermitente.

Tampoco pensaba hacer nada especial en ese 'puente' de cinco días que habría sido el resultado de haber tenido un día suelto de vacaciones o no haber guardado para navidad los ocho que me quedan.

Imagino que esa falta de planes y de motivaciones para hacerlos es la razón por la que no he planificado en todo el año mis días de vacaciones. Tres semanas en agosto, porque es lo más tarde en verano que en mi empresa podemos cogerlas; dos semanas en navidad, para terminar el año y empezar el siguiente fuera de allí. Y porque es lo más tarde que, en mi empresa, podemos coger las vacaciones que nos resten.
Por tanto, ni semanasanta, ni puente de mayo, ni puentes de octubre o noviembre. Las vacaciones en dos bloques concretos, con los días mínimos que en verano podemos cogernos (quince días, que al ser hábiles se corresponden a tres semanas) y el resto en navidad, que al ser también 'días hábiles' convierten ocho días en dos semanas completas (el día 25 de diciembre y el 01 de enero son lunes, este año. Por eso ocho días completan el resto de las dos semanas). En total, tenemos 24 días de vacaciones al año. El día número 24 tuve que pedirlo para estar en casa con motivo de una reforma en el edificio. A la que también tuve que dedicar otras cuatro horas y pico..., y preferí que me descontasen su coste de la nómina en vez de perder otro día de vacaciones. En esto sí fui calculadora..., pero simplemente porque prefiero esos 'bloques de vacaciones'...

Mi presente es tan interesante y tan apasionante como el texto de este post: cosas intranscendentes. Casi como hacer la lista de la compra y compartirla.

A veces me despierto a mitad de la noche y le echo de menos. Pero cierro los ojos, me doy la vuelta en la cama, me hago un ovillo, vuelvo a darme la vuelta, intento volver al sueño absurdo del que acabo de salir.

A veces recuerdo que más que probablemente no vuelva a verle en lo que queda de año. Y entonces empiezo instintivamente a calcular qué día podría, qué día podríamos... Entonces vuelvo a recordar que la razón por la que más que probablemente no vuelva a verle en lo que queda de año, y quizá mucho más tiempo que ése, es que él no tiene la menor intención de verme ni de que le vea. Y cierro los ojos, pero no puedo darme la vuelta ni hacerme un ovillo, porque estoy en la calle o en el bus o en el tren o en el trabajo. Y me duele tanto que por un instante me cuesta respirar.
Y todo me parece absurdo, pero no es un sueño.

Tengo ganas de que termine este año. No porque crea que el próximo, un año par con Mundial de Fútbol, vaya a ser mejor. Simplemente, cambiar de año. Sin más.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Rutinas para sobrevivir.

Semana complicada nuevamente.

Cada domingo quiero pensar que la que empieza al día siguiente va a ser mejor. De veras lo pienso. Cuando salgo del trabajo los viernes por la tarde, desconecto. Intento olvidar todo lo que ha pasado, los malos rollos, el pésimo ambiente...y la verdad es que lo consigo. También porque durante el fin de semana evito tener el menor contacto con mis compañeros (nada de guasap si no es irremediable, nada de intercambio de comentarios en Facebook) y eso me permite mantener cada cosa en su sitio: el trabajo, de nueve a seis y los viernes hasta las cuatro; la vida real, antes y después de ese horario y lugar. Suele funcionar.

Cuento los días que faltan para vacaciones. Cosa rarísima en mí, a quien siempre estos temas me han tenido un tanto sin cuidado: si hay vacaciones, se aprovechan, pero sin obsesiones sobre cuándo serán (imagino que el haber estado durante años teniendo como 'vacaciones' una semana en agosto...en el mejor de los casos, no librar más que los jueves y viernes de semanasanta porque los sábados trabajaba, los primero de noviembre y el uno de mayo..y hasta en este último caso recuerdo haber trabajado uno, cambia bastante la actitud ante algunos temas). En el momento actual, cuento los días para los próximos festivos (el seis y el ocho de diciembre. El siete trabajo, por no haberme organizado bien el tiempo...y por haber tenido que coger un día de vacaciones por un tema de obras en casa, en el mes de junio). Y luego ya empiezo las vacaciones 'oficiales' el día 22 de diciembre...y hasta pasado el día de Reyes, no vuelvo. Gozada de vida.

El viernes 15 es la cena de navidad de la empresa. Por descontado, no voy a ir. A estas alturas ya me da igual si el resto de mis compañeros va a secundar la idea, si piensan no perdérselo, si pensaban ir y al final han decidido lo contrario..., porque de todo ha habido en las últimas semanas. Yo fui la primera en saber qué día sería (cosas raras que pasan...) y ya tenía decidido el 'no'. Me da igual si eso termina teniendo consecuencias: no pienso ir y punto.

No sé si el viernes siguiente, el último que trabajo, se hará el habitual 'desayuno' o 'brindis' de navidad en la oficina. También es un asunto que me trae completamente sin cuidado.

Otros años, como siempre en mi vida laboral, he sido 'la chica de las fotos'. Este año hasta es posible que me olvide la cámara..., aunque esté en mi bolso.

Estoy cansada y harta. Y no entiendo muchas cosas. Y no entiendo que me repercutan otras que no tienen absolutamente nada que ver conmigo, con mi actitud ante la vida y con el desempeño y resultado de mi trabajo.

En otro orden de cosas..., en el 'otro' orden de cosas, sigo echándole mucho de menos.

Está de vacaciones. Cosa de la que me alegro porque soy consciente de que necesitaba descansar.

Sé que no voy a verle. Nunca, estando de vacaciones, ha hecho el menor gesto por intentar verme (yo, cuando lo estaba y durante años, he ido a esperarle a la salida del trabajo, más bien a la llegada al metro, al menos un par de veces por semana) y ahora no va a cambiar esa actitud. Ahora menos que nunca.
El martes tiene que ir al médico. Nunca va a dejar de preocuparme esas cosas, aun sabiendo que no pasa nada, que en realidad no le pasa nada.

Le llamo. Hablamos. Habla y me gusta oír su voz. Desde que el sexo dejó de ser un tema presente en nuestras llamadas (de eso hace mucho, francamente) esas conversaciones no me provocan otras cosas. Simplemente me gusta oírle hablar. También me costó asimilar que no quisiera el menor comentario sexual en nuestras conversaciones, pero luego entendí que era normal que no lo quisiera cuando yo era alguien que no le ponía en lo más mínimo y terminé acostumbrándome. A veces..., alguna vez y alguna demasiado a menudo, digo algo con doble intención..., pero como noto que no se da por aludido o simplemente elude responderme, no insisto. Y ya está.

Creo que la razón por la que, hace más de siete años, vi que había 'algo' entre nosotros más allá de la simple amistad fue precisamente eso: las alusiones sexuales en nuestras conversaciones. Esa especie de pingpong dialéctico que no faltaba en ninguna llamada y que iba a más. Eso que me hizo ver que para algunas cosas podía ser como si fuese mi hermano..., pero, obviamente, con mis hermanos no hablaba de sexo...así que había algo más en todo aquello.
Ya no hay nada más.

Mi vida es madrugar para cruzarme Madrid e ir a pasar nueve horas en un sitio donde no quiero estar, y al que me liga la necesidad de cobrar una nómina que pague mis gastos, un sitio al que tardo en llegar más de hora y media y otro tanto para volver. Conseguir hablar por teléfono una, dos veces a lo sumo, por semana con alguien con quien podría haber pasado el resto de mi vida y a quien sé de antemano que no voy a ver más que si a él le cuadran todas sus cuentas para venir a pasar la noche conmigo (no hay más trato físico ni visual entre nosotros: estamos terminando noviembre y le he visto tres veces). Y dejar pasar los días con ese ritmo. Y de pronto me encuentro comprándome una crema para la cara que supuestamente es muy buena, y como más o menos me lo puedo permitir, me la compro. O un gel de ducha del que me gusta mucho el olor, y lo compro aunque su precio me daría para invertir en gel de otras marcas para tres años, aún sabiendo que sólo yo voy a oler mi piel. Y algunos días me pinto los ojos, aunque lo normal es no hacerlo, y sigo comprando barras de labios que no uso. Y estamos a menos de un mes para la Navidad, esos días que sigo sin entender del todo, y tendré que comprar productos y regalos para esas fechas porque eso es lo que se espera que haga, como he comprado lotería sabiendo que es un gasto absurdo y que nunca me va a tocar...

Mantener rutinas para seguir un engranaje. Sin más.

Me quedan menos años por delante de los que ya he vivido, incluso en el más optimista de los cálculos. Laboralmente, algo menos de veinte.

Rutina todo ello. Porque a estas alturas ya tampoco quiero esperar otra cosa. Seguir agarrándome a la rutina diaria para sobrevivir.

Y seguir esperando que, igual algún día, venga a pasar la noche conmigo y me despierte y le vea dormir a mi lado. Y, por unos segundos, creer que todo en mi vida es como lo hubiese deseado.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Rutina de noviembre.

La rutina sigue siendo rara, complicada, desagradable. Y lo peor es que la considere, ya, rutina.

Me gusta mi trabajo. No lo considero complicado, ni agobiante, ni me supera..., imagino que sí es todo eso, pero como vengo de otros tiempos, otras vidas y otros temas (a veces miro hacia atrás y me pregunto cómo era capaz de hacer algunas cosas, de organizar los tiempos para que todo saliera y funcionase. Nunca sabré si ya nací con esta capacidad de que todo lo que hago parezca muy sencillo a los demás...o si la adquirí porque no me quedó otro remedio. Ese 'transmitir seguridad' mío).

Me gusta mi trabajo, pero no el ambiente en que lo hago. Y que hace apenas un año era otro.

Un malambiente de envidias, de desconfianzas, de controlar a los demás. De prohibiciones para hablar, de reuniones sin demasiado sentido en el trastero, de un no saber dónde vamos y de tener que escuchar repetidas mentiras corporativas, recitadas cual mantra por quienes tampoco creen en ellas y pretenden que nosotros nos las creamos.

No estoy agusto, nada agusto. Me gusta mi trabajo y, cada mañana, lo que me repite mi mente es un 'no quiero ir'.
El martes, ataque de ansiedad (también propiciado por la descompensación de la temperatura: seguro que si ponemos un termómetro, pasaríamos de 30ºC a las cuatro de la tarde..., en pleno noviembre, con mangas largas debido a la temperatura exterior, ésa que padecemos en los trayectos casa-trabajo, mucha gente en un recinto cerrado y un ordenador por persona trabajando a pleno rendimiento y encendido desde antes de las nueve de la mañana). El miércoles, algo mejor, pero repitiéndome que no debía hacer esfuerzos de ningún tipo. Toda la semana la misma presión laboral y la misma falta de estímulos.

Y sigue sin llover. Y no se ve la menor perspectiva al respecto.

Le he echado de menos cada noche desde el pasado sábado. No sé bien qué día me quedé dormida hasta más de las tres de la madrugada, en el sofá, posiblemente porque algo localizó el olor de su piel y mi mente se quedó enganchada ahí y no quiso moverse y perderlo.

Domingo. Comida familiar con sobremesa y, posiblemente, alguna foto.

Y mañana de nuevo otra semana completa. Y mi pepitogrillo repitiéndome 'no quiero ir' desde que me despierto y sé que tengo que levantarme y aplicar la rutina diaria precisamente para 'ir', y seguir diciéndome 'no quiero estar', 'quiero irme', 'quiero que den las seis', 'quiero que den las cuatro del viernes' mientras esté allí.

Y echarle en falta. Y acordarme de él y saber que no sé cuando volveré a verle. Y querer quedarme dormida pronto cuando me meto en la cama, para no echarle de menos también en ese momento.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Once del once.

Seguramente fue la última vez.
Porque ya no me puede dejar más claro el desinterés. Porque ya no sé qué inventarme para seguir autoengañándome.

Cuando alguien decide dejar de llamarte, dejar de tener un intercambio de llamadas recíproco y sólo sabes de él cuando eres tú quien mantiene esa rutina periódica de llamadas, no quiere quedar contigo aunque ese 'verse un rato al menos una dos o tres veces al mes' (y ese 'verse un rato' no era sino que yo le acompañaba en el retorno a su punto de destino en el metro: hace siglos que quedar para tomar un café pasó a la historia) ya no sea imposible y para ello ya no haya excusas, no hay intercambio de emails, sus respuestas a los sms nocturnos son mera cortesía...seguir repitiéndose que tiene el menor interés es demasiado autoengaño.

Le quiero. Y voy a seguir queriéndole igual, porque he seguido queriéndole tras cada demostración de clara indiferencia. Porque me confirma que no va a llamarme y termino llamando yo, como la cosa más normal del mundo. Y le sigo enviando un sms de buenas noches y voy a seguir haciéndolo. Y dejé hace meses de mandarle, de vez en cuando, alguna foto personal porque me quedó claro que estaba haciendo el ridículo y que raramente podía interesarle recibir fotos de alguien que no le importa. Y tampoco le escribo, si acaso muy de vez en cuando alguna de las fotos que hago y que publico en redes sociales que él no ve, alguna vez un enlace a algo que veo que le podría interesar (idiota de mí: como si él ya no hubiera leído esa misma noticia o lo que fuese, mucho antes de que yo se lo enviara y desde mejores fuentes). Hubo un tiempo en que nos escribíamos emails. Era, seguro, un tiempo en que no había decidido que sus palabras eran demasiado valiosas como para dejárselas leer a alguien como yo.

Es imposible sentirse más sola que al despertar junto a alguien a quien quieres, alguien que te hacía sentir acompañada, que hacía que sintieras que todo estaba bien y estaba en su sitio cuando abrías los ojos y le veías a tu lado..., despiertas y le acaricias y notas que le da igual.

Este año se ha quedado tres veces a dormir conmigo. Las tres he tenido exactamente la misma sensación al despertar y empezar a acercarme a él y empezar a tocarle, algo que supuestamente le gustaba. Que su cuerpo estaba allí y él quería estar lejos. O, al menos, no estar allí conmigo.

Y seguir acariciándole y sentir que querría sólo otra cosa: llorar. Porque es imposible sentirse más sola.

Creo que las tres veces he terminado llorando. Esforzándome para no hacerlo.
Mientras te das cuenta de que estás intentando animar una parte de su anatomía que tiene el mismo interés en ti que la que tiene el resto del cuerpo de su propietario. Y que es así porque la fuerza de la mente es mucha, y esa mente pertenece a alguien que no tiene el menor interés.
Y seguir esforzándote porque ya se trata de un tema de orgullo personal, o, mejor, de amor propio femenino. Aunque sabes que su interés es nulo.
No le gusto. Es muy complicado que algunas cosas, incluso algunos mecanismos masculinos de respuesta que pueden parecer muy básicos, reaccionen cuando no le gustas a quien está contigo. Y saber que contra eso no se puede hacer absolutamente nada.
Algunas cosas muy íntimas y muy sencillas nunca han pasado entre nosotros porque él no ha querido. Dejé de intentarlo. Volví a hacerlo. Se lo llegué a pedir expresamente, aún conociendo de antemano la respuesta negativa. Al final, supe que tenía que dejar de insinuar, de insistir o de intentar: para qué. Para qué pretender, con qué derecho, algo para lo que ya tiene a otras. Y lo sé porque es él quien me lo ha dicho así.

Por la noche, le doy tres cervezas y con eso ya tengo más o menos asegurado que me va a tocar. Y que me va a dejar que le toque, aunque no le guste.
Por la mañana no tengo más argumentos ni más herramientas ni más excusas que mi cuerpo y su falta de interés en él. Y se me pasa por la cabeza decirle que piense en alguien que le guste..., pero decido no decir nada. Absolutamente nada, para no echarme a llorar a mares. Y sigo acariciándole.

Ayer empecé cuando, claramente, estaba dormido. Porque más de una vez me dijo que le gustaba eso, que le despertasen así. Olvidó aclararme que no se refería a tenerme a mí como compañía, evidentemente.

Cuando pasaba la noche conmigo, no cambiaba después las sábanas: descubrí que me gustaba encontrar su olor entre ellas, la noche siguiente, algunas noches después. Era recuperar un instante esa sensación de compañía..., de, exactamente, haber creído por unas horas que todo estaba bien y todo era posible. Era el equivalente a esas lucecitas de enchufe que algunos niños necesitan para dormir: abrir los ojos y ver la lucecita que espanta a los monstruos. Creo que en mi caso era dormir sintiéndole cerca de algún modo.

Ayer no lo hice. Por primera vez, en casi siete años de visitas nocturnas.

Por la mañana propicié que el estado de las sábanas obligase a cambiarlas. También por los restos de rimmel en la almohada o en el embozo, que es con lo que me sequé los ojos.  Podría haberlas dejado, pero no.
Porque seguramente había sido la última vez. Y no quería dormir la noche siguiente con el olor a esa certeza. A que mi logro final posiblemente ha sido el último.

Y luego me lavo la cara y pongo café y echo a las plantas el agua que sobró (que fue la jarra entera, porque las últimas dos visitas ha venido con su propia botella de agua. Igual para que no le envenene o algo). Y me pongo una camiseta porque siento absurdo seguir desnuda. Y retiro de la mesa del salón algún resto de comida (patatas fritas, queso, galletitas saladas: no cocino cuando sé que alguien no va a querer comer lo que he preparado), y saco el azucarero, y traigo el café. Y todo es cotidiano y normal, también su prisa.
Y sé que todo ha terminado.

Y le acompaño hasta Madrid, sentada a su lado y al lado de su prisa, porque no quiero quedarme sola. Y me despido de él respondiendo a su pregunta-afirmación de '¿hablamos?' con un 'cuando tú quieras' que es a la vez mentira y verdad, porque sé que no me va a llamar, que llamaré yo y que hablaremos sí él coge el teléfono. Y cruzo la calle cuando sé que ya se ha ido, y entro en una tienda para no pensar, y cojo un bus y miro sin ver desde la ventanilla, y otra tienda, y alguna foto, y otro bus, y vuelta a la estación, y fotografío la colonia de tortugas abandonadas de Atocha, y cojo el tren, y voy al hipermercado... Y todo es porque no me quiero quedar sola con mis ganas de llorar.

Y pongo la lavadora y unas sábanas limpias. Y me quedo dormida pronto en el sofá y cuando abro los ojos pienso que ya es tarde y no le he enviado un beso de buenas noches...

No sé las veces que me he despertado ni cuanto he dormido. Creo que me he levantado tres veces, que una me he lavado la cara. No sé las veces que he llorado ni si en algún momento he dejado de hacerlo. Incluso dormida.

Ahora las sábanas de anoche, ésas que compartí con él y que ensuciamos juntos, se terminan de secar al sol del mediodía. Y huelen a lilas sintéticas en vez de a su piel.

Y a mí me duele el alma, eso que igual no existe y el dolor que siento son mis células echándole de menos desde hace demasiado tiempo y sabiendo que será así eternamente.

Once del once. Igual esta fecha de soldaditos desfilando es la más lógica para terminar algo que sólo tenía sentido para mí.




miércoles, 1 de noviembre de 2017

Noviembre al fin.

Noviembre al fin.
No es que crea que cambiar el nombre en que se mide el paso de los días, en el calendario, cambie la realidad ni las evidencias..., pero al fin es noviembre. Y al fin, por tanto, ha terminado un mes de octubre totalmente prescindible. Y quisiera decir que también perfectamente olvidable..., pero el olvido y yo nunca nos hemos llevado del todo bien.

Este año, y también por esos caprichos (o normas) del calendario, este festivo nacional que es el 01 de noviembre cae en miércoles. Mitad de semana.  El comienzo de semana ha sido, laboralmente hablando, demoledor. Y quiero creerme que esta pausa que nos parte en dos la rutina laboral va a producir el efecto mágico de mejorar los dos días que quedarán a partir de esta noche. Pero, francamente, es que no lo creo. Y para que algunas magias funcionen hay que creer en ellas...
Y yo cada día creo menos en algunas cosas.

Dejé un tema abierto (a medio terminar de contar) este verano. Hay repartidos por la historia de este blog otros temas sin terminar de cerrar. A veces, porque simplemente no se llegaron a cerrar nunca. Otras, porque cuando llegó el fin esa historia ya no tenía la menor influencia en mi vida. Y alguna...porque a base de ir dejando el tema o de darle más importancia a otros, ya ni lo recordé...

Cuando me saltan alarmas en un punto inconcreto entre la garganta y el ombligo, una serie de alarmas que de pronto me ponen los sentidos alerta y me hacen ver que frente a mí y a mi alrededor se estaban acumulando piezas de un puzzle..y de repente veo como pueden terminar encajando y que puedo decidir si entro en el juego o no, o que las lucecitas que a veces veía no eran sino parte de un entramado luminoso que creaban un cartel..., cuando me saltan esas alarmas..., suelo huir.

Porque sé perfectamente cómo puede terminar la historia. Y no, hace mucho que no quiero involucrarme en determinados asuntos. Asuntos que parecen brillantes proyectos y que, luego, resultan ser simples pompas de jabón que estallan en cuanto rozan con algo. Y no quiero.
Las vacaciones, los periodos vacacionales, son útiles para ayudar en esas huidas.

Este verano estuvo a punto de darse uno de esos casos. O igual se dio..., ya da lo mismo.
Las vacaciones fueron el remedio.


A veces hay espejismos. Gran parte de nuestra vida y nuestras ilusiones están llenas de esos espejismos. A veces creemos que se trata de algo real....y el batacazo suele ser memorable. Aunque tardemos años en dárnoslo. Hay quien entra en uno de esos espejismos y en él pasa toda su vida...aun siendo consciente de que realmente está dentro de un desierto. Y ya no puede salir.

Muchos enamoramientos no son sino espejismos. Gran parte de la especie humana es fruto de uno de esos enamoramientos-espejismo, de hecho...
Mi historia sin cerrar no era un enamoramiento (eso lo tuve perfectamente claro cuando me empezaron a saltar las alarmas). Ni propio, ni ajeno. En eso no había riesgo alguno..., aunque algún detalle...

No se puede mezclar el agua y el aceite con esperanza de que la mezcle funcione. Sólo hay que ponerla en una sartén al fuego..., y ya sabemos los resultados. Todos lo que en algún momento hemos cocinado y nos ha pasado...tenemos alguna marca en la piel como consecuencia de una gota de agua en el aceite hirviendo.

Las vacaciones, la pausa en la rutina laboral (que por circunstancias y por organización del personal, a veces se convierte en casi todo un verano sin coincidir con algunas personas que son parte de tu rutina. Incluso personas con las que no trabajas, con las que coincides en el bus, en la cafetería desayunando...) suelen servir como impass, como prueba para comprobar si algo era o no era...
En este caso, no, no era. Era agua y aceite, en el fondo. Una mezcla agradable sobre la piel tras la ducha, pero hasta ahí. Secar antes de ponerse al sol.

Cuando es cierto que hay muchos puntos en común, mucha y buena conversación, un sentido del humor comprendido..., algunas miradas no explicables..., se pueden pensar otras cosas. Pero hace falta más. Hace falta una atracción física. Unos gustos cotidianos comunes básicos, también. Unos valores prácticos (más allá de la teoría) que puedan convertirse en techado si llegan las tormentas.

El verano puso tiempo y espacio. Y, al volver y casi llegar el otoño en el calendario, las cosas se habían colocado en su justo espacio.
Y ahí están.

Y, aunque sigamos en un verano real raro, diga lo que diga el calendario..., ahí van a seguir. En ideas comunes, alguna conversación seria y un intercambio de bolsitas de nuevos tés. Pero nada más.
Y eso me gusta. Que las historias se cierren (quizá sin haber llegado a estar nunca abiertas) de ese modo, sin cicatrices, mes gusta.

Hoy empieza noviembre.
Ojalá, también, empiece pronto el esquivo invierno.