jueves, 12 de julio de 2018

Convalecencia. Síntomas y consecuencias.

Voy recuperándome.
Aunque llevo casi dos meses de baja laboral (desde el 22 de mayo) tengo la sensación de, en realidad, llevar sólo dos semanas. Las dos semanas que mañana se cumplen desde que salí del hospital.

Las otras dos..., dos semanas y media anteriores al ingreso es como si no hubiesen existido. Detalles como ése me hacen pensar que realmente no me sentía enferma (porque más allá del cansancio y del hastío laboral, no me dolía nada. Ni realmente reconocía el indebido color de mi piel y el aspecto de mis ojos, que es lo que indicaba claramente mi enfermedad) pero sí lo estaba. Y probablemente bastante más de lo que creía e incluso creo haber estado.


Tengo la piel muy áspera. No realmente seca, de la sequedad o falta de hidratación que se soluciona con una generosa ración de crema nutritiva, porque eso ya lo uso. No: es otra cosa. Tengo la piel quemada. Me aplico exfoliantes de aceite y azúcar en la ducha, insistiendo bien, y luego me ducho con geles sin química. No es una rutina que esté siguiendo estos días por el estado de mi piel, sino que he vuelto a lo que ya hacía...y que tuve que dejar cuando todo me empezó a picar y a doler de tal modo que no soportaba ni la ropa, ni el tacto de las sábanas, ni nada. Ni el contacto de mi propio pelo sobre la espalda desnuda, siquiera.

Espero que en unas semanas vaya volviendo a la normalidad.
Sigo sin usar anillos, ni pulseras, ni colgantes. Algunos días me pongo unos pendientes. Tengo muchos, casi todos de plata con piedras semipreciosas (o también preciosas: zafiros, rubies...) y alguno de oro. Estoy usando sólo dos o tres modelos, de pequeño tamaño.

Alguna mañana desayuno café con leche. No sé bien porqué, pero coincidiendo con el inicio de mi baja laboral dejé de tomar café. Dejó de apetecerme. Tampoco me apetecía la leche, así que me pasé al zumo. En el hospital me daban manzanilla para desayunar (la aborrezco). El primer día que me atreví a tomar café fue el martes posterior al alta hospitalaria: fui a hacerme una analítica y me quedé a desayunar en el propio hospital. Y me decidí a pedir café, además del zumo de naranja que ya llevaba días tomando...y que suelo tomar a diario.
Estoy volviendo al café con leche para desayunar.

Me aplico cremas reafirmantes en el cuerpo (perdí mucha masa muscular durante el ingreso. No he perdido apenas peso, pero noto el cuerpo blando) y una especie de mascarilla sin aclarado en la cara, para dormir. Las ojeras y las bolsas bajo los ojos no me las quita nada, tampoco el dormir. Las ojeras las llevo 'de serie', las bolsas no me gustan nada. Tampoco las manchas que me han reaparecido y que no se reducen a las pecas que de vez en cuando aparecen y desaparecen.
Había conseguido casi eliminar las manchas a base de jabón de Alepo, agua micelar, no exponerme al sol... Y en apenas un mes han vuelto para quedarse.

También noto el pelo muy seco, sobre todo en los centímetros más próximos al cuero cabelludo. Es como si saliera ya áspero...

Todo consecuencias de la extrema deshidratación sufrida.

Llevo casi treinta años cuidándome la piel. O al menos, intentándolo. Y, de pronto, da igual todo ese cuidado. Piel quemada sin haberme expuesto al sol. Y sin saber si tendrá solución.

Me darán el alta médica. Volveré al trabajo. Seguiré con mis rutinas de cuidado cutáneo e imagino que poco a poco me iré reponiendo.
Porque todo esto es físico y lo veo y lo controlo.


Pero igual que no me sentía enferma...y lo estaba, no sé si habrá más cosas dañadas que no veo. No hablo de órganos internos (en ésos me han hecho tanta revisión y tanta prueba que no tengo la menor duda de su excelente estado) si no de otras cosas.

De ésas que sé que fueron determinantes para hacerme enfermar. De ésas que los médicos no han podido ver cómo están, porque algunos asuntos, como la tristeza, son indetectables para la ciencia.

lunes, 9 de julio de 2018

Semi-inactividad.

Sigo en estado de semi-inactividad.
También por eso escribo poco por aquí.

Vivo en un estado casi de perplejidad continua. Cada vez que en algún sitio dicen la fecha en que estamos, algo me 'baila' en la cabeza. Los almanaques, el propio reloj-calendario del portátil me dicen que estamos en el mes de julio. Casi a mediados de julio, de hecho.
Mi mente sigue vagando en alguna fecha de junio. Sigue buscando, cada vez que escucha la fecha actual, dónde está el mes de junio...

Mi tratamiento médico consiste en descansar y beber agua. Así de básico. Reposo relativo y entre dos y tres litros de agua diarios. Y alimentos frescos. Nada más. El único medicamento que tomaba (algo absolutamente repulsivo, algo que era como beber arena y que ni siquiera era un medicamento para lo que tengo) me lo retiró la doctora hace una semana. Reconociendo, además, que ni siquiera era un medicamento específico para lo que tengo....y que no han conseguido averiguar qué lo produjo (o qué lo produce). Los resultados de la analítica de la semana pasada seguían indicando que mi mejoría iba a buen ritmo...y por libre. Porque ni han sido capaces de saber qué me había puesto al borde de la muerte...ni saben porqué mi cuerpo se ha puesto a mejorar de forma espontánea.

Lo único que dice la ciencia (tras analíticas diarias con todo tipo de serologías, resonancias, radiografías, TACs, ecografías..., hasta una biopsia) es que lo que he tenido me lo ocasionó un 'envenenamiento por medicamentos'. Que sería un diagnóstico de lo más lógico...de no ser porque no tomo medicamentos...

El tratamiento que me ha mantenido con vida en los peores momentos (los resultados de las analíticas decían que iba empeorando...mientras el resto de las pruebas indicaban que, objetivamente, no tenía nada de nada) ha sido el suero salino. Litros de suero salino en vena. Nada más. Suero y reposo.
Más reposo del aconsejable, puesto que algunos días no me apetecía levantarme de la cama y mi máximo esfuerzo era desplazarme hasta el aseo (dentro de la habitación del hospital) para eliminar el suero. No podían darme otra cosa, puesto que al no saber qué era lo que tenía...cualquier antídoto podía agravar mi estado.
Suero y esperar.

Y lo que llegó solo se empezó a ir del mismo modo. Mi organismo decidió atacarme...y, de pronto, se lo pensó mejor.
Físicamente me van a quedar un par de recuerdos en forma de cicatriz: la de la biopsia y la de la vía intravenosa que mantuve durante diez días (es aconsejable cambiarla cada dos o tres días...pero la tenía muy bien puesta. Y, además, este tipo de vías, si se ponen en un emplazamiento físico donde se garantiza que van a funcionar bien..., son muy dolorosas de poner). La cicatriz de otra vía anterior, que tuve otra semana completa (aunque realmente sólo estuvo activa cuatro días) parece que va suavizándose. E imagino que en la próxima analítica ya hayan cicatrizado lo suficiente mis venas como para que a la primera sean capaces de 'producir' sangre, cosa que en la última analítica, y empleando una de mis 'venas fáciles', no fue posible.

Me han pinchado en ambos 'antecodos' en todas las venas visibles. En los antebrazos. En el dorso de las dos manos. En mínimo tres ocasiones me sacaron más de diez tubitos de sangre, aunque lo normal era entre cuatro y seis. Siempre antes de las seis y media de la mañana. Sólo 'descansaba' los sábados y los domingos. Esos días, el hospital se diría adormecido, sólo funcionan las urgencias y la intendencia: cambiar las sábanas de las camas, fregar suelos y baños, atender a las personas que necesitan asistencia para asearse o levantarse de la cama.

Cada vez que una enfermera o celadora me veía por primera vez, su reacción y hasta sus palabras eran las mismas: '¡qué joven eres!!'. No, no soy joven (aunque tampoco aparento la edad que dice mi dni. Imagino que llevar el pelo largo, muy largo, ayuda) y mi aspecto con el horroroso y enorme camisón hospitalario de florecitas y los visibles síntomas de mi enfermedad en la piel y los ojos tampoco ayudaban. Pero, por contraste con el resto de los ingresados en el módulo donde yo estaba, era una cría. Porque estaba en un módulo de ancianos en estado casi terminal...

Los síntomas físicos terminarán por desaparecer. Probablemente las cicatrices también (o se suavicen tanto que llegue un momento en que me cueste localizarlas, o directamente me acostumbre a ellas y ni las vea). Pero creo que las otras cicatrices, las psicológicas, no se irán nunca.
Y soy consciente de que va a ser ahora, que está siendo ahora, cuando empiezan a ser visibles.

Tengo sueños muy raros y muy densos. Creo que son debidos al otro único medicamento que puedo tomar, que es un antihistamínico y que ni siquiera tomo todos los días. Podría tomar hasta 3 pastillas al día. No lo hice nunca. Ahora y no todas las noches, me tomo una antes de dormir. Más por el componente 'sedante' que tienen los antihistamínicos que para lo que los tengo recetados (evitar los síntomas de picor en la piel). Creo que los sueños raros y  densos son producto de este medicamento.

En estos días he descubierto que me gusta dormir. Cosa en la que nunca había pensado, en que me pudiese gustar dormir, a mí, que siempre trasnocho y casi siempre madrugo...
Creo que me va a costar volver a mis horarios laborales normales.

Sigo medio desconectada del mundo, de las redes sociales. Tengo problemas con el whatsapp y con el messenger (por tanto, mensajes sin leer y sin responder) y no me estoy esforzando por arreglarlos. Quizá mi cuerpo, ése que decidió matarme y luego se lo pensó mejor y empezó a curarse solo, está decidiendo que quiere descansar..., que el reposo recetado le viene bien. Y no sabe que en una semana probablemente vuelva al trabajo.

Y no sé cómo va a reaccionar cuando llegue ese día...

domingo, 1 de julio de 2018

Quien está y quién nunca.

Tres semanas de ingreso hospitalario.
Con posibilidades de volver a ingresar el próximo martes, si los resultados de la analítica no demuestran una mejoría.

Ahora no me apetece escribir sobre la enfermedad en sí. Es algo aparentemente simple, que hasta suena gracioso cuando lo menciono..., pero que no lo es tanto. Si no me hubiesen ingresado hace tres semanas, probablemente no estaría aquí para contarlo.

No sabemos si se quedará en algo crónico, si desaparecerá como apareció, si finalmente será más fuerte que yo y terminará conmigo... No sabemos qué es lo que en realidad lo ha desencadenado (ninguna prueba da un resultado concluyente) por tanto, no hay tratamiento concreto (más allá del reposo y los litros y litros de suero salino que me han suministrado estos días). La ciencia no considera válidos los motivos emocionales...y yo sé, estoy completamente segura, de que es eso lo que ha desencadenado todo esto. Sé en qué momento concreto se rompió todo y cuando empezó el daño. Pero como no puede achacarse a una sustancia...es como si no existiera.
Da igual.

Estos días ingresada me han servido, además de para pensar mucho (mucho, mucho, mucho. En algún momento llegué a pensar que demasiado. No, nunca es demasiado) para saber quién es cada cual. Quien está y quien no está. He tenido sorpresas en ambos sentidos. Las sorpresas de quienes 'están', aunque ni me habría parado a echar en falta si no hubiesen estado, son siempre agradables. Descubrir quien 'no está', cuando previamente esa era una posibilidad impensable...duele. En algún caso, ha dolido mucho.

El mayor dolor, por supuesto, ha sido su absoluta ausencia.

Sabe que he estado ingresada. Se lo comuniqué yo misma al día siguiente del primer ingreso (realmente han sido dos, porque me dejaron salir el fin de semana tras seis días...para volver el lunes. Había empeorado considerablemente). Sabe que seguía en el hospital porque también se lo comuniqué yo. Sabe que lo que tengo es bastante serio.

No ha habido ni un intento de llamada. Ni un mensaje. Nada.
Total indiferencia.

He sido yo quien le ha escrito para saber cómo está. En su respuesta no me ha preguntado cómo estoy yo. Lo ha zanjado con un cortés 'espero que hayas iniciado el camino de recuperación' y 'espero que también vayas a mejor'. Nada más.
Para qué. Total, soy yo. Total, se trata de mí.

Sé que esto, darme cuenta y sentirme mal por ello, no ayuda a mi sanación. Sé que el 50% de lo que me pasa es eso, es él, es su actitud hacia mí (absoluta indiferencia, absoluto desprecio. Por fin me he atrevido a poner por escrito esa definición) creciente y progresivo desde hace un par de años. Hasta llegar a esto. A dejarme perfectamente claro que le da exactamente igual si estoy viva o no.

A estas alturas, no soy capaz de entender el motivo..., y creo que me da igual. Ya no tiene arreglo.

Sí me he preguntado con quién se supone que he estado estos últimos años, en realidad. Cómo y cuanto me he dejado engañar. A quién, en realidad, dejé entrar en mi casa y en mi cama. Cómo me negaba a ver que todo era mentira, que las excusas para las cancelaciones de última hora eran eso, excusas (simplemente le surgía un plan mejor, lo que tampoco era tan complicado, y ya está). Que en realidad no sé quien es, no sé nada de su vida (porque empiezo a no creerme nada, absolutamente nada, de lo que me haya podido contar. Me he creído el personaje que probablemente fue inventando sobre la marcha). Yo necesitaba creerle y quererle. Él no me quiso nunca.

Tantos años de negarme, de no dejarse ver conmigo (esas negativas para que quedásemos a comer, a cenar, siquiera a tomar café en los últimos tiempos; ese momento en que decidió que no quería que volviera a ir a esperarle a la estación donde cogía el metro de vuelta, que tampoco quería que le esperase en cualquier otro punto...) la conclusión lógica sólo podía ser ésta. Le da igual si estoy enferma o si me estoy muriendo. No existo.

Estas tres semanas de encierro hospitalario, este paréntesis en mi vida real, me han servido para pensar. Para hacer inventario. Para saber quien está (y se va a quedar), quien aparentemente estaba (y como no está, voy a sacar de mi vida a escobazos), a quien no voy a creer nunca más (porque no puedo sacar de mi presente voluntariamente). Y también para algo tan doloroso como tener que reconocer que una de las personas a quien más he podido querer en mi vida, del modo más incondicional, alguien de quien nunca quise tener dudas, que jamás me habría planteado la posibilidad de que no pudiese estar en casos como éste...pues no, no ha estado. No está.
Le da igual mi vida, siempre le ha dado igual.

Lo contrario sólo era parte del espejismo que me había creado. Que el personaje que se inventó para mí me había hecho deducir que, en un caso como éste, sería de otra manera.

domingo, 27 de mayo de 2018

Sin poder llorar.

Y finalmente, baja médica.
Sin fecha fija de alta y sin alternativas. Bueno, alternativa sí: si no aceptaba la baja, parte médico para ingresar en el hospital.

Casi una semana después, sigo cansada. No tanto como antes de empezar la baja, claro, porque suprimir de mi rutina las nueve horas de trabajo (vale, ocho y media, porque paramos media hora para comer. Tenemos una curiosísima 'jornada partida') y las tres y media de transporte público con sus huelgas encubiertas, sus retrasos, sus pasillos inmensos para hacer transbordo, no levantarme a las siete menos cuarto tras estar ya despierta desde media hora antes..., pues tiene que ayudar. Pero al no estar bien y no estarlo desde hace meses..., cinco días de 'reposo absoluto' por recomendación facultativa no van a hacer milagros.

No sé nada de él.
Bueno, sí lo sé: respuesta cortés a un par de mensajes.
Dudé si debía contarle lo de mi baja y, si llegaba el caso, resumirle mi enfermedad. Lo dudé por varias razones y motivos. Y ayer se lo conté (muy resumido, apenas dos palabras) en una respuesta a un sms.

Si hubiese tenido alguna duda con respecto a su reacción, se me habrían despejado. Lo bueno o lo malo es que a estas alturas del año y de todo lo que ha pasado (y sigo sin comprender o sin asimilar, ya no sé bien) ya no me quedan dudas: le da exactamente igual.

Hablamos hace 3 semanas justas. Yo ese sábado ya no estaba bien. Es más, el lunes de esa misma semana creí que iba a morirme (hoy sé que no sólo eran causas psicológicas). Ese sábado creí escuchar el timbre del teléfono entre sueños, sin ser siquiera consciente de estar dormida a mediatarde. Cuando vi la 'llamada perdida' (me dijo que habían sido dos. O igual tres, ya no sé bien) se la devolví. Me respondió el 'buzón de voz', pero me llamó de nuevo de inmediato (teóricamente, su teléfono no refleja el número de quien le llama..., teóricamente, pero me dijo que no le había dado tiempo a coger el teléfono y me llamó...).

Hablar con él..., ¿una hora, más tiempo?,  no sé..., me hizo más bien que cualquier descanso o cualquier medicamento. En ese rato no me dolía nada. Tras colgar el teléfono, tampoco.
Quedó en que volveríamos a hablar el sábado siguiente. Recuperar la rutina de, al menos, la llamada del sábado...

Por supuesto, ese 'sábado siguiente' no me llamó. Ni atendió mi llamada.
Tampoco la siguiente semana, que fue el sábado de la semana pasada.
Ayer ya no confiaba en que lo hiciera (responderme, no cuento con que me llame). Razones conocidas y esperadas de forofismo futbolístico, aunque llamé horas antes del 'partido del siglo'. Acerté.

Y en mi respuesta, sms mediante, a la suya (no estaba en casa) es cuando me decidí a informarle muy brevemente de que estoy de baja médica.

Nunca lo he estado desde que le conozco. Yo no me puedo permitir estar enferma.
Qué más da. A él, al menos, yo le doy igual.

Me duele mucho la piel. La tengo tan seca que si me embadurnase de crema ultrahidratante dos o tres veces al día, creo que podría escribir sin esfuerzo sobre ella (haciéndome heridas) con las uñas.

El efecto del antihistamínico (uno fuerte que llevo dos días tomándome por las mañanas, que me recetaron con el consejo de evitar en lo posible tomarlo, que he de tomar en ayunas y esperar una hora para desayunar) no me aguanta las veinticuatro horas prometidas. Así que paso las noches durmiendo a trompicones, rascándome hasta hacerme heridas, embadurnándome de crema hidratante.

Enlazando pesadillas.

Tengo los ojos tan secos que hay instantes, por la noche, en que hasta me cuesta parpadear.
Y me duele tanto su ausencia, su indiferencia...que ni siquiera soy capaz de valorar si es bueno o malo no tener lágrimas y no poder desahogarme, al menos, llorando.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sin defensas.

Y llega un momento en que el cuerpo te grita 'basta'.

Que está harto de que no le trates en condiciones o, incluso, de que le trates mal o lo maltrates, directamente. Que claro que se ha acostumbrado, qué remedio, a que le tengas horas y horas sin comer e incluso sin beber. A que apenas le dejes dormir, acostándote a más de las doce de la noche y muchas veces cerca de la una y levantándole antes de las siete de la mañana. A estar encerrado nueve horas en un recinto sin luz natural ni ventilación, soportando el cambio de temperatura de unos aparatos de aire acondicionado que llevan años sin limpiarse. A estar más de ocho horas mirando una pantalla de ordenador mal calibrada y, desde hace unos meses, con  una pared blanca a menos de tres metros como todo horizonte. A tres horas y media diarias de transporte público, sometiéndole al estrés de los retrasos inesperados y las huelgas encubiertas. A maltratar sus ojos, que a las seis de la tarde ya apenas distinguen otra cosa que no sean luces y siluetas.

A que nada, absolutamente nada de lo que haces con él sea gratificante.

Y de repente te encuentras un viernes dando vueltas sin ir a ningún lado en el otro extremo de Madrid, muy lejos de tu lugar de trabajo y aún más lejos de tu casa, un extremo y un barrio a donde te ha terminado llevando un bus cualquiera que has cogido al azar, porque los viernes trabajas siete horas en vez de nueve, y consideras que eso es una suerte y que tiene que aprovechar la tarde, y coges buses y das vueltas con ellos. Y te encuentras en un barrio lejano, y quieres volver a tu casa pero también quieres ir a un Centro Comercial que está en ese barrio, porque tienes que hacer la compra básica semanal y hace semanas que decidiste que no la ibas a seguir haciendo los sábados, como siempre, porque te apetece pasar los sábados en casa limpiando y ordenando (aunque sabes de antemano que luego no haces nada).

Y vuelves en tren, sin saber muy bien si ése es el recorrido más corto. Y no has comido y llevas encima una botella de zumo medio llena, un zumo refrigerado que compraste el día anterior y que lleva más de 24 horas sin refrigerar, y estás comiendo cacahuetes recubiertos de no sabes bien qué mientras viajas en el tren camino a la gran estación donde harás transbordo y cogerás el definitivo que te lleva a casa.

Y esa noche tocas fondo.

Y desde esa noche, ataque de ansiedad incluido, el cuerpo empezó a gritar 'basta'.

Hace tres semanas y dos días.

Ése es el tiempo que llevo enferma. Reconociéndome enferma, al menos a ratos.

Me duele todo, y al menos lo reconozco. Tengo la piel fatal, y al menos soy capaz de admitirlo. Tengo una necesidad de dormir atroz, y al menos entiendo que debo dormir.

Mañana me hacen una nueva analítica, más completa que la que me hicieron hace un par de semanas y de la que obtuve los resultados hace un par de días.
También tengo ganas de llorar, pero no soy capaz. Igual sí he llorado, pero no lo recuerdo. Me duelen los ojos y la piel. Mucho.

Y tengo muchas, muchas, muchas ganas de verle. Muchas. Porque sé que gran parte de lo que me pasa es eso: la consecuencia de estos meses sin él, el no haber sido capaz de entender aun el porqué de su decisión de sacarme de su vida sin explicaciones, el saber que no está bien y no poder hacer nada.

Estos meses se me han desplomado las defensas. Las físicas y las mentales.

Pero estamos programados para sobrevivir. Y llega un momento en que el cuerpo nos grita 'basta' y no podemos seguir ignorándole. Y tenemos que parar.

domingo, 13 de mayo de 2018

Sin mejorías.

Las cosas siguen sin mejorar.
Me gustaría poder decir otra cosa, pero esa frase es la que resume la semana. Las cosas siguen igual de mal, en todos los aspectos.

El martes fui a que 'me pinchasen'. O sea, a hacerme la analítica programada.
Reconozco que no me duele el pinchazo (no más que cualquier otro casual con una aguja o con un pincho de cactus, por ejemplo). Es esa sensación de fobia, de rechazo al pinchazo sabiendo que se va a producir, lo que me pone nerviosa.

Me sacaron sólo tres tubitos de sangre (tampoco me da la menor impresión ver cómo se van llenando desde la aguja y el vial). El enfermero era un chico agradable que me contó que él tiene aversión a las avispas y me hizo el justificante de asistencia ('¿Te pongo como hora las nueve?' 'Vale. Lo que me calculan es el tiempo que haya pasado desde la hora de entrada a la que sea cuando fiche').

Ya no me duele especialmente el estómago, aunque apenas esté comiendo (no tengo hambre. Tampoco noto que esté perdiendo peso, dicho sea de paso). Pero me siguen los picores en todo el cuerpo (esa sensación de picor interno, de algo que no tiene que ver con factores externos como polen o tejidos) y empiezo a tener heridas de rascarme de forma más o menos inconsciente. También tengo eccema en los antebrazos y la piel de la cara fatal.

En casa estoy medianamente bien. Y he observado que dar un paseo, incluso al sol, también me tranquiliza y me quita los síntomas. Pero cuando me encierro en la oficina empeoro a marchas forzadas. Se junta la falta de aire limpio, la falta de luz natural, los fluorescentes, el polvo de meses que acumula todo, las emisiones eléctricas de docenas de ordenadores funcionando a la vez durante más de nueve horas... Y la situación propiamente laboral. El mal ambiente que empeora día a día.
Sigo estresada. Mucho. Y muy triste.

Ayer sábado decidí no 'forzar' mi cuerpo a despertarse/levantarse a una hora concreta, y lo hice casi a las doce del mediodía (necesito dormir). Durante el día no seguí ningún horario marcado de comidas ni actividades, más allá de poner una lavadora y tender, o de salir a mediodía a comprar fresas. El resto del día estuve limpiando y descansando. Sin mucho más.

Le llamé en algún momento en torno a las ocho de la tarde, pero no atendió mi llamada.
Y le llamé porque la semana pasada habíamos quedado en eso, en hablar en una semana.
No sé si esto empeora mis síntomas, pero con toda seguridad no contribuye a mi mejoría.

Esta semana tengo un día festivo (el 15, martes. Festivo local) que pienso dedicar a no hacer absolutamente nada de provecho. El jueves tengo cita en el médico para que me den los resultados de mis análisis. Me dirán que no tengo nada y seguiré como estoy: estresada y cada vez más cansada y con menos ganas de hacer cosas.

Los próximos dos meses no puedo pedir una baja médica, porque van a ser los últimos de este año en que voy a cobrar incentivos, y no me puedo permitir perder dinero, francamente. Las perspectivas para el segundo semestre vuelven a ser angustiosas.

Mañana vuelvo a la rutina laboral. Y no quiero ir, no quiero, no quiero...

domingo, 6 de mayo de 2018

Semana de pesadilla.

Me gustaría decir que estoy o me siento convaleciente, porque eso querría decir que realmente estoy bien y lo único que tengo es la fatiga lógica tras pasar una enfermedad...pero no es así.
No estoy bien.

Creo que esta que acaba hoy es la peor semana que recuerdo, de toda mi vida, del aspecto 'salud'. Arrastrando aún las secuelas del ataque de ansiedad de hace ocho días, el lunes volví a sufrir otro.
Y llegué a creer que me moría. No recuerdo haberlo pasado tan mal nunca.

Me empecé a poner mala en el trabajo. Aguanté hasta las seis de la tarde, no sé bien cómo ni con qué intención (¿pensando quizá que al salir de allí se me pasaría como por arte de magia? ¿ que llegada la hora de salir mi angustia, mi dolor terrible de espalda, la sensación de estarme ahogando, el estómago revuelto, el dolor de cabeza como de golpes de martillo..., el resto de los síntomas, no se vendrían conmigo?) y el recorrido de vuelta a casa fue una pesadilla de más de dos horas y media. Y se prorrogó en la noche, y...
Es la primera vez en mi vida en que estoy en la cama hasta más de la una del mediodía. Tras no haber dormido apenas y no saber qué hacer ni qué tomar para conseguir quitarme el dolor y la angustia...
No le voy a dar más vueltas.

Tengo controlada la ansiedad, y con eso me estoy conformando.

Me siento muy cansada, mucho. Me duele todo el cuerpo. Me pica toda la piel, a ratos de una forma desquiciante, un picor que no me calma ninguna loción ni evitan las pastillas para la alergia, supongo que porque viene desde el interior. Y a ratos me veo amarillenta.

El martes tengo una analítica. Sé que no me detectarán nada, que seguiré igual de cansada y de harta, que en algún momento pararán los picores y el dolor de estómago. Y que lo único que habré sacado es haber pasado por la desagradable sensación de haberme tenido que pinchar.

Lo único que salvo de esta semana es haberle vuelto a escuchar. Lo único.
E imagino que en cualquier momento decidiré que si la recompensa o la compensación por haber soportado esa semana de pesadilla era eso, volverle a escuchar, habrá valido la pena.
Y..., y curiosamente, mientras le escuchaba no me dolía nada. Y el efecto analgésico se prorrogó hasta horas más tarde, quizá toda la noche...

Sé que lo que me pasa también es consecuencia de estos meses sin él. De mi preocupación inevitable por él, de mi tristeza infinita al no tenerle ni saber nada de él.
Pero eso es algo con lo que tendré que aprender a  vivir. También mi cuerpo tendrá que aprender.

Mañana, que realmente es en unas horas, empieza otra semana. Y me da mucho miedo que vuelva a repetirse parte de la que acaba de terminar.