jueves, 22 de febrero de 2018

Un trecho más de desierto.

Y cuando piensas que las cosas no pueden empeorar, yendo a trabajar echas un vistazo al móvil en el metro. Con desgana, sin interés real  y casi por hacer algo.  Poca cobertura, cinco grados de temperatura en el Barrio de la Concepción. Deslizo el dedo para desbloquearlo y aparece en pantalla, sin buscarla, esa red social que todos conocemos.

Y, cuando piensas que en esta semana de mierda ya no puede pasar nada que la empeore, te desayunas  con la noticia de que, además, se ha muerto Forges.

Y entiendes, una vez más, que siempre se puede ir a peor. Que nos invade un trecho más de desierto.

Y que esta mañana todos nos hemos despertado estando más irremediablemente solos. Y más huérfanos.

martes, 20 de febrero de 2018

No podrá nunca imaginar...

Le echo de menos.

De una forma salvaje, instintiva. De ni necesitar pensar en él conscientemente para sentir que le echo de menos.

Diecisiete días sin hablar con él. Seis sin saber como está.

Y el dolor de que probablemente...seguramente esto será una sucesión de días, de sumar días a esa cuenta.

Una vez le dije que si un día dejábamos de vernos, de llamarnos, que por favor buscase el modo de hacerme saber cómo estaba. Que no iba a saber cómo vivir sin saber de él.
No sé cómo hacerlo. Y cada hora es una clase más, una prueba más, un examen más que suspendo.

Y sé, siempre lo supe en realidad, que no hará caso a aquella petición.
No me va a llamar. No me va a escribir.

No sabe cómo le echo de menos, como nunca quiso saber cuanto le quería.  Como nunca pudo imaginar como me gustaba. Cuanto me gustaba él, cuanto me gustaba escucharle hablar, estar a su lado, mirarle, tocarle. Que me tocase.
Nunca quiso saberlo. Nunca le gustó oírme decir que le quería.

Nunca quiso conocerme ni dejarse conocer.
No podrá nunca imaginar cómo le echo de menos.

lunes, 19 de febrero de 2018

Sms nº 999.

"Buenas noches, Jose.

Me hubiera gustado volver a verte. o, al menos, poder haberme despedido de ti de otro modo. Pero me has dejado claro de todas las formas posibles que no tienes el menor interés de mantener ningún contacto conmigo.

Por fin lo he entendido de una vez por todas.

Sólo me queda agradecerte muchos momentos de todos estos años. Y pedirte disculpas por tomarme confianzas que nunca me correspondieron y por no haber querido entender que nunca fui parte de tu vida. Y, sobre todo, por haber seguido insistiendo (tiendo a agotar todas las posibilidades).

Gracias, muchas gracias de nuevo, por todo.

Deseo que todo te vaya bien. Nunca quise otra cosa.

Un abrazo"

Y con esto, que ni contestó ni va a contestar porque ya había ignorado mis anteriores mensajes, se termina una de las pocas cosas que me han importado en esta vida, una de las pocas historias en las que quise creer y por las que quise apostar. Y sólo me queda una inmensa sensación de vacío, de haberme equivocado, de sentimientos de culpa por haberle hecho perder su tiempo. De necesitar saber cómo está y saber que da igual, porque él ya decidió por mí y decidió que no me iba a llamar ni a escribir ni a responder mis llamadas ni mis mensajes.

Y no entender nada, no ser capaz de entender nada. Sólo echarle de menos, echarle tanto y tanto de menos...

domingo, 18 de febrero de 2018

A veces, agotar todos los intentos no lleva a conseguir nada.

La llamada proyectada para ayer era innecesariamente inútil. Y lo sabía antes de hacerla.

No se molestó en coger el teléfono. Por supuesto.

Como casi siempre, hice tres intentos. Cuando he..., había, quedado en llamarle, solía insistir hasta tres veces si a la primera (o la segunda) no me respondía. Dependiendo de la hora, podía ser en un especio relativamente corto (veinte minutos, media hora) o espaciarlo más (un intento a media tarde, los otros dos en el transcurso de la misma. Normalmente, nunca a más de las diez de la noche). Después, le enviaba un sms. Normalmente le indicaba que había estado llamándole.

A veces, en su respuesta me decía porqué no había respondido a las llamadas. Alguna vez, tan escasas esas ocasiones que me cuesta recordar con claridad alguna. me devolvía la llamada de inmediato. Otras, indicaba cuando podía volver a llamarle ('mañana', 'el sábado'...).

Ayer contaba con que no iba a responderme.

Aun así, tenía que intentarlo. También, porque fue lo que le dije en el último sms que le envié, creo que el jueves..., igual el miércoles, ya no sé. No lo voy a comprobar.
Tenía que agotar también esa posibilidad.

Desde que tengo uso de razón, mi forma de ser incluye agotar todas las posibilidades, insistir, cuando de veras quiero algo. Lo hago desde mucho antes de imaginar que pudiese haber otras opciones de comportamiento o que no era la única que lo hacía. Si me dicen que sólo hay una posibilidad entre un millón de conseguir algo (lo que sea, pero que implique mi esfuerzo) y aun a sabiendas de que igual me supone un esfuerzo inútil y agotador, sigo insistiendo.
Porque agotaré los intentos aunque eso suponga mi propio agotamiento.

Normalmente, no es necesario 'gastar' los 999.999 intentos: llego antes a la meta.
Pero si fuese necesario hacer esos 999.999 intentos, seguro que los haría.

Creo que en  esta historia he agotado esos intentos.

Seguí queriendo estar en contacto con él cuando la rutina laboral (lo que hizo que le conociera) nos separó, rescisión de contrato mediante, hace casi ocho años. Acepté la evidencia de que el único interés que tenía de seguir en contacto conmigo era que yo sí volví a trabajar en esa empresa, otro año más (porque, en realidad, ése era su único interés, por mucho que quisiera darme a entender otra cosa..., y que yo llegase a creérmelo. Que su interés pudiese ser en mi persona. Nunca fue así. Aunque terminase en mi cama, nunca le interesé). Seguí insistiendo en querer verle tras cada excusa para cancelar encuentros prefijados, aquello a lo que puse de nombre 'aplazamientos sucesivos', porque fui yo quien se empeñó en considerarlos aplazamientos: aplazar conllevaba esperanza. Y..., y qué más da. Si nos vimos al menos una vez por semana, una vez cada quince días, un rato, durante dos años y medio cuando él ya había conseguido volver a la empresa donde le conocí y donde yo sabía, y sé, que no volveré nunca, fue porque me empeñé en ir a encontrarme con él en su recorrido de regreso a casa tras el trabajo.  Si hemos seguido hablando, es porque yo le llamaba (nunca lo medí, pero calculo que por cada veinte llamadas mías, hubo una suya). Incluso cuando me dijo claramente, hace meses, que no tenía la menor intención de llamarme, seguí llamando yo. Y mantuve la rutina de el sms de buenasnoches, incluso cuando dejó de contestarme a algunos, cada vez más frecuentemente. Y aún cuando me respondía que no podía ser, que le recogían cada tarde en la puerta del trabajo para llevarle a casa y que, claro, no podíamos volver a la rutina de los esporádicos acompañamientos en el trayecto de vuelta a casa, seguí planteándoselo de vez en cuando. Dos años planteándoselo de vez en cuando, para que supiese que no se me habían pasado las ganas.

Nunca perdí las ganas de verle.

Creo que es la primera vez en mi vida, en esta vida que ya se encamina hacia el medio siglo, que de veras sé que he agotado todas las posibilidades que creí que tenía por delante. 
En realidad nunca existió esa 'posibilidad entre un millón' de tenerle.

Sabía que mi llamada programada para ayer, sábado diecisiete de febrero, sería un intento inútil. Otro más. Pero le llamé. Tres veces entre las ocho y las diez de la noche.
En dos de ésos intentos me saltó el 'buzón de voz'. Lo que yo llamaba 'la señora que vive dentro de tu teléfono'. En otro de los intentos, ni siquiera eso: supongo que cortó la llamada antes.
Supongo que eso lo hizo otras veces, aunque nunca me lo planteé. Hay muchas evidencias que nunca quise reconocer.

Como tantas veces tras las llamadas que no me respondía, le envié un sms.

El contador de los sms que hemos intercambiado con este teléfono me dice que es el 999. Tengo este teléfono desde enero de 2016. En este tiempo, creo que nos hemos visto ocho veces..., nueve. En ocho durmió en mi casa, la otra fue de cortesía disfrazada de 'quedar para tomar café'. Hasta esas fechas, durante dos años y medio nos vimos al menos tres veces al mes, casi siempre porque yo iba a verle..., creo que en esta frase sobra el 'casi': debo ir reconociendo las evidencias que siempre estuvieron ahí.

En breve, eliminaré su nombre de la agenda de mis teléfonos. No sé exactamente cuando, pero sé que tengo que hacerlo. No borraré su número, pero dejaré de tenerlo identificado con su nombre.

También borraré el registro de los sms. Los 999 que, si me pusiera a leer, contarían la historia resumida de estos dos últimos años. Una historia en que yo le escribo y le envío besos de buenasnoches, en que le aviso de si han cortado momentáneamente la línea me metro que teóricamente usa para ir o volver del trabajo, en que seguramente le he enviado alguna foto o le he informado de cualquier cosa que, seguramente, ya sabía de antes, porque ya se me había adelantado alguien a informarle.
No sé cuando lo haré, pero sé que tengo que hacerlo.

En el penúltimo sms, el 998, ése que le envié a mitad de la semana, le dije que le llamaría el sábado. También le dije que a partir de esa llamada no insistiría más.
El sms nº 999 ha sido una despedida.

Agotando también por esa vía todos los intentos de algo que en realidad no podía conseguir porque no tuve, nunca, ninguna opción de tener.

sábado, 17 de febrero de 2018

Sábado de informática e intranscendencias.

El portátil me está empezando a dar la lata.
Tarda en cargar las imágenes. Intentar ver el capítulo de cualquier serie es casi misión imposible: diez segundos de emisión y se para la imagen y se pone a cargar... Dos minutos y otro de entrar en bucle...

Creo que se calienta demasiado. Pero no sé cómo abrirlo (bueno, simplemente no me he puesto a investigarlo) para mirar si es que el ventilador está sucio. Que seguramente lo estará, porque en cinco años y pico no se ha limpiado nunca. Y mi mesa de salón suele acumular bastante polvo.

También tenía otro tipo de basura. El viernes pasado limpié a fondo aplicando el programa de 'liberalizar espacio en disco' (ése que te dice cuanta basura hay acumulada a base de archivos temporales, restos de vaciar la papelera de reciclaje, cookis, errores de sistema y demás restos que no ser ven, pero ocupan espacio). Luego pasé a desfragmentar y esas cosas: lo dejé toda la noche en la tarea. También porque, al ir lento, va lento para limpiarse...
Antes, no sé si el miércoles o el jueves, volví a descargarme el antivirus gratuito: había caducado y no me permitía volver a 'renovar' la anualidad sin coste.

Lo que más miedo me da cuando empieza a hacer cosas raras es perder las fotos. Es más: es de lo primero que me acordé: las fotos. Si se me estropea, me quedo sin los archivos de imágenes (bueno, no me quedo sin ellos porque enviaría el portátil a reparar), pero...

Así que me compré un pendrive con memoria de alta capacidad. Creo que 64GB..., sí, 64. Pensé que con eso bastaría para hacer una copia de seguridad externa...
No contaba con que el peso de lo que tengo en el portátil era bastante más del doble.
Entre eso y lo lento que iba el portátil, ni me molesté en intentar trasferir el archivo de imágenes.

Ayer volví a pasar los programas de limpieza y desfragmentación.
Antes, por la tarde y tras salir del trabajo, compré un disco duro externo en un centro comercial. De 1TB. Me parece una barbaridad de espacio...,pero al menos ahí sé que no voy a ir teniendo problemas para que me quepan todas mis fotos. Las que ya tengo y las que pueda ir haciendo en el futuro.

Esta mañana las he ido trasfiriendo. Por carpetas. Desde el verano del 2013 (tras la 'muerte' de mi primera Nikon) clasifico las fotos por meses: hasta ese momento no había deducido que era el sistema más cómodo. Hasta entonces, cada vez que descargaba fotos se creaba una carpeta con un nombre (código alfanumérico) propio. Tengo carpetas de esa época con cien fotos y carpetas con apenas dos o tres.

He empezado por las que tenían fotos de los meses de enero, he seguido con febrero..., así, lógicamente, mes tras mes. Luego he ido añadiendo todas las demás.

Ahora tengo un archivo de seguridad externo. Así, si finalmente al portátil le pasa algo malo..., me llevaré el pertinente berrinche, pero no perderé mis archivos de imágenes.
Porque mis fotos son de las pocas cosas que de veras me quedan.
Y no puedo perderlas. No sé qué pasaría si las perdiera.

Y estoy esta tarde de sábado nublada, en algo que no sé si es una primavera temprana u otro invierno como los pasados, de ésos que se llaman 'invierno' y el nombre es lo único que tienen de la estación, porque no hace frío..., aquí estoy, escribiendo sobre estas cosas intranscendentes. O esas intranscendencia que sólo me importan a mí.

Porque mientras escribo de ordenadores portátiles lentos, de archivos fotográficos, de memorias usb o discos duros externos, mientras escribo de todo esto en el mismo portátil del que estoy hablando y que sobre mis rodillas además parece un calefactor, sentada en el sofá con los pies sobre el borde de la mesa, con un jersey que se está deshaciendo de puro viejo y usado y una goma en el pelo por toda indumentaria, mientras escribo esto con los platos, taza y vasos del desayuno y la comida aún a mi lado en el sofá, y el cielo es de un gris muy luminoso y las sábanas y la camiseta con que duermo se balancean en la cuerda de tender de la terraza..., mientras lleno de letras, negro sobre blanco, este folio virtual, no escribo (y hasta por unos segundos creo que no pienso) en lo que de veras me duele y me importa.

domingo, 11 de febrero de 2018

Flotando en la rutina.

Y las semanas pasan, una tras otra. Y lo único que cambia es que cada día anochece un poco más tarde, amanece un poco antes. Y llegará una semana en junio donde se toque el punto más alto en el cielo (o igual más bajo) y entonces cada día anochecerá un poco antes y amanecerá un poco más tarde.

Y las semanas seguirán pasando una tras otra. Sin más.
Y mi vida no será sino una presencia en cada uno de esos días. Pasando con el tiempo.

Esta semana ha sido otra más. Con la misma falta de alicientes, con idéntica falta de ilusión. Con el mismo entre absurdo e insufrible malambiente laboral, con las mismas huelgas encubiertas de transporte. Un día tras otro, todos con sus peculiaridades propias pero todos idénticos.
Una semana idéntica a la anterior y que se sabe idéntica a la que le sucederá. La semana que empieza dentro de unas horas y que será ya mañana.

Poco más que contar.

Llevo una semana sin hablar con él. No sé nada de él desde el martes. No ha respondido al teléfono. No ha contestado mis últimos sms. No sé cómo está.
Y, en el fondo, quiero pensar que ese silencio no es otra cosa que el no querer tener ningún trato conmigo. Porque la otra alternativa es que no esté bien. Que no lo esté ni para enviarme un anodino mensaje, una respuesta cordial al último mensaje de buenasnoches.

Prefiero pensar que no sólo no tiene el menor interés en mí, sino que ha decidido ignorarme.
Prefiero eso porque, aunque me haga daño, es algo a lo que empiezo a estar acostumbrada. Y porque la alternativa, la idea de que no esté bien, me duele aún más.

Mañana entraré en otra semana. Y otra semana entrará en mi vida. Y sé que no pasará nada más que eso.

Esta noche he vuelto a tener una de mis pesadillas recurrentes. Uno de esos sueños que, mientras los estoy teniendo, son tremendamente reales. Y que no son sino una historia normal, cotidiana. Que tienen una bonita luz de atardecer, unas bonitas vistas, que hasta huelen bien... Pero que para mí son una pesadilla.

A veces sueño con mudanzas. Es una de mis pesadillas.
No sé exactamente porqué, porqué esos sueños, porqué los considero pesadillas.

Tienen una luz bonita. Cuentan una historia que no es dramática. Soy la protagonista, o al menos parte de la historia. En el fondo, cuenta una historia positiva, un avance, un cambio... Pero lo vivo y me despierto sintiéndolo una pesadilla.

Un sueño con luz bonita es una de mis pesadillas recurrentes.
Mis semanas, una tras otra, todas idénticas, son una rutina sin aristas a las que agarrarme.

Pero sigo flotando. Sabiendo que no ya no hay puertos a los que llegar. Floto. Y sobrevivo.
Como siempre. Y sin más.

sábado, 3 de febrero de 2018

De enero a febrero. Sin rastros visibles.

Semana de transición. De un mes al siguiente, para ser precisos.Una semana pésima. Que no mido como 'empezada el lunes', sino 'empezada el viernes pasado'.

A decir verdad, cada día intento desconectar del anterior. 
Salgo del trabajo y, tal como entro en el ascensor, ya he desconectado de lo que hago allí. He tenido que aprender a hacerlo por mero instinto de supervivencia.

El viernes de la semana pasada fue directamente una pesadilla. Una concatenación de disparates tras disparates. Sé que la estrategia que está siguiendo la empresa en la actualidad es conseguir que algunos nos aburramos y nos vayamos voluntariamente: ya le ha salido bien en varias ocasiones e, imagino, lo que en esos casos se ahorran en indemnizaciones se lo estarán apuntando como 'logro profesional' las dos mediocres que coordinan, respectivamente, la dirección del chiringuito con pinta de oficina donde trabajo y la acólita que nos coordina al grupo en que yo desempeño mi función. Sobra gente. Curiosamente, desde septiembre no han despedido a nadie ni se ha ido nadie, y ahora se encuentran con que tienen que incorporarse en breve dos 'bajas por maternidad' (bueno, en realidad están en periodo de excedencia) y eso les obliga a empezar a mover a quienes están cubriendo sus puestos. Y como en ninguno de los dos casos realmente se contrató a nadie específico para cubrir los puestos, sino que se cubrieron con personas que ya estaban en plantilla...contratando a otras personas para cubrir los puestos de estas últimas, ahora se encuentran con el problema de que van a tener que revertir la operación. Pero resulta que todos los que están cubriendo el puesto de las excedentes están desempeñando perfectamente su trabajo: cualquier despido va a suponer una pérdida de un profesional...

Y creo que se han dado cuenta de que es más sencillo conseguir que la gente se vaya voluntariamente. Así no hay que tomar decisiones. Así, se queda bien con todo el mundo.Repulsivo.

El viernes de la semana pasada, tras salir del trabajo, me di una vuelta por el centro. En realidad, tenía que ir al centro para comprar unas tonterías como regalo...y me fui por el camino más largo. Aunque lo que quería hacer no era eso, sino hacer las compras cuanto antes y luego ir al hipermercado a reponer los alimentos para la semana e irme a casa. Y no salir en todo el sábado, a poder ser. Pero estoy tan descentrada que terminé en el recorrido más largo.

Y en ese recorrido, un chico me dio una muestra de una crema en la puerta de una tienda (como a veces te dan una tarjeta de publicidad).  Y como le respondí de forma más o menos simpática, me dijo que entrase para darme un  regalo. Y entré (era una tienda de cosmética, no sé si natural, alternativa...). Y una chica con bata blanca me puso un espejo delante, al tiempo que me preguntaba '¿Y esos ojos?'.
Y lo que vi me asustó. Aunque ya lo había visto en el espejo del baño de la oficina.

Y respondí: 'Pues de llevar levantada desde la seis y media de la mañana. Y ayer igual, y así día tras día. Y acostarme tarde'. Y no quise añadir: 'y pasarme diez horas delante de pantallas. Y trabajar en un sitio sin luz natural, ni poca ni mucha, porque a mi jefa le gusta estar lo más lejos posible de las pocas ventanas que tenemos. Y comer mal. Y soportar demasiada presión. Y mil cosas más'Se ofreció para hacerme un 'liftin con productos naturales'. Le dije que mejor otro día...

Tenía unas ojeras oscuras como hacía tiempo que no recordaba. Tenía los párpados hinchados, y bolsas. Y un aspecto de piel gris amarillenta como también hacía mucho que no recordaba...o igual como no había tenido nunca.
Soy muy, muy fotogénica. En las fotos no se me suelen ver las ojeras ni las manchas: es un tema de 'reflejar la luz' de forma natural.

Al llegar a casa, me puse delante la cámara y disparé.En la foto se me ven las ojeras y las bolsas.En la realidad era aun peor, mucho peor: hasta en momentos horripilantes soy fotogénica.

 El lunes volví al trabajo mientras mi mente repetía casi en plan mantra 'no quiero ir, no quiero ir'.
Y pasé-soporté el día lo mejor que pude. Simplemente, metiéndome en la rueda de la dinámica cotidiana y no pensando.Cuando salí, también me metí en la rutina de vuelta a casa, pensando sólo en llegar cuanto antes.
Al hacer el trasbordo del bus al metro, ése que es parte de una de mis 'rutas alternativas' para volver a casa y que conlleva bajar a pie un largo tramo de escaleras desde la calle, cruzar pasillos inmensos, seguir bajando tramos de escaleras, dos larguísimos, aunque ya sean escaleras mecánicas, reconocí que no me encontraba bien. Es más, que me empezaba a encontrar cada vez peor.Pero estaba en pleno 'camino de vuelta'. Y llegaría a mi casa.
Y eran sólo cinco estaciones de metro (a muchos, pero muchos metros bajo tierra. No suelo pensar en ello. Tampoco lo pensé el lunes). Y luego subir un poco, otros dos tramos de escalera, la última a pie porque lleva meses averiada la mecánica, para coger el tren: ése va casi todo el tiempo por superficie, veo la calle. Y fui consciente de que cada vez me sentía peor. Pero era aguantar un rato porque, total, iba directa a casa.

Llegué a mi estación de destino sintiéndome fatal. Hay un bus que me acerca desde la estación de tren algo al edificio donde vivo, pero salvo que esté en la parada, no suelo cogerlo (en realidad, es que tarda lo mismo que si voy andando). No sé si el lunes me fijé en si el panel de la marquesita decía que faltaba poco para que llegase. Fui caminando, también para ver si el aire me despejaba.El recorrido se me hizo largo. El cuerpo me decía que buscase un banco y me sentara unos minutos.

Yo sólo quería llegar.El trayecto de seis plantas de ascensor fue eterno.

Entré por la puerta y fui dejando por el camino el bolso, el abrigo, la bolsa donde suelo llevar un libro y la comida, no sé si más cosas que pudiese llevar. Lo fui dejando mientras iba hacia el baño: creo que a esas alturas ya ni veía.
No recuerdo muchas más cosas, más allá de estar casi segura de que me estaba muriendo.Pero no: sobreviví.

Es más, creo que luego estuve recogiendo la cocina..., tampoco estoy segura. Igual eso fue el martes. Igual lo que ordené fue la mesa del salón. O...no lo sé.Pero no me morí.Porque al final siempre sobrevivo.

Y tampoco pedí cita con el médico: sigo sin saber a qué hora me toca, ni quien es. Ni siquiera estoy segura de que siga siendo en el mismo Centro de Salud.

Y al día siguiente volví al trabajo como si tal cosa. No sé si con las mismas ojeras o con menos, pero sí soportando durante el trayecto las mismas huelgas encubiertas de Renfe y Metro, ésas que desde hace meses disfrazan de averías inexplicables, y que me hacen tener que salir antes de lo que debiera de casa y llegar ya cansada.

Esta semana, dos de esas 'huelgas'. Otro día, en cambio, me quedé dormida y tuve que compensar las rutinas matinales de desayuno-aseo en veinte minutos y a pesar de eso salir diez minutos más tarde de lo habitual...y llegar cinco minutos antes de lo normal...Y acumular cansancio.Y que cada día laboral supere al anterior en absurdos y presión.

Y querer creerme que, quizás, esta semana le vería un ratito alguna tarde al salir, le acompañaría unos minutos en su regreso a casa. Querer creérmelo, pero en el fondo saber que no sería así.Que tampoco esta semana tendría esa medicina.

Al final, lo único que ha pasado esta semana es que empezó siendo enero y terminó siendo febrero.E, igual que también hubo un eclipse de luna que tampoco vi, no ha pasado nada más que deje rastro visible.