domingo, 27 de mayo de 2018

Sin poder llorar.

Y finalmente, baja médica.
Sin fecha fija de alta y sin alternativas. Bueno, alternativa sí: si no aceptaba la baja, parte médico para ingresar en el hospital.

Casi una semana después, sigo cansada. No tanto como antes de empezar la baja, claro, porque suprimir de mi rutina las nueve horas de trabajo (vale, ocho y media, porque paramos media hora para comer. Tenemos una curiosísima 'jornada partida') y las tres y media de transporte público con sus huelgas encubiertas, sus retrasos, sus pasillos inmensos para hacer transbordo, no levantarme a las siete menos cuarto tras estar ya despierta desde media hora antes..., pues tiene que ayudar. Pero al no estar bien y no estarlo desde hace meses..., cinco días de 'reposo absoluto' por recomendación facultativa no van a hacer milagros.

No sé nada de él.
Bueno, sí lo sé: respuesta cortés a un par de mensajes.
Dudé si debía contarle lo de mi baja y, si llegaba el caso, resumirle mi enfermedad. Lo dudé por varias razones y motivos. Y ayer se lo conté (muy resumido, apenas dos palabras) en una respuesta a un sms.

Si hubiese tenido alguna duda con respecto a su reacción, se me habrían despejado. Lo bueno o lo malo es que a estas alturas del año y de todo lo que ha pasado (y sigo sin comprender o sin asimilar, ya no sé bien) ya no me quedan dudas: le da exactamente igual.

Hablamos hace 3 semanas justas. Yo ese sábado ya no estaba bien. Es más, el lunes de esa misma semana creí que iba a morirme (hoy sé que no sólo eran causas psicológicas). Ese sábado creí escuchar el timbre del teléfono entre sueños, sin ser siquiera consciente de estar dormida a mediatarde. Cuando vi la 'llamada perdida' (me dijo que habían sido dos. O igual tres, ya no sé bien) se la devolví. Me respondió el 'buzón de voz', pero me llamó de nuevo de inmediato (teóricamente, su teléfono no refleja el número de quien le llama..., teóricamente, pero me dijo que no le había dado tiempo a coger el teléfono y me llamó...).

Hablar con él..., ¿una hora, más tiempo?,  no sé..., me hizo más bien que cualquier descanso o cualquier medicamento. En ese rato no me dolía nada. Tras colgar el teléfono, tampoco.
Quedó en que volveríamos a hablar el sábado siguiente. Recuperar la rutina de, al menos, la llamada del sábado...

Por supuesto, ese 'sábado siguiente' no me llamó. Ni atendió mi llamada.
Tampoco la siguiente semana, que fue el sábado de la semana pasada.
Ayer ya no confiaba en que lo hiciera (responderme, no cuento con que me llame). Razones conocidas y esperadas de forofismo futbolístico, aunque llamé horas antes del 'partido del siglo'. Acerté.

Y en mi respuesta, sms mediante, a la suya (no estaba en casa) es cuando me decidí a informarle muy brevemente de que estoy de baja médica.

Nunca lo he estado desde que le conozco. Yo no me puedo permitir estar enferma.
Qué más da. A él, al menos, yo le doy igual.

Me duele mucho la piel. La tengo tan seca que si me embadurnase de crema ultrahidratante dos o tres veces al día, creo que podría escribir sin esfuerzo sobre ella (haciéndome heridas) con las uñas.

El efecto del antihistamínico (uno fuerte que llevo dos días tomándome por las mañanas, que me recetaron con el consejo de evitar en lo posible tomarlo, que he de tomar en ayunas y esperar una hora para desayunar) no me aguanta las veinticuatro horas prometidas. Así que paso las noches durmiendo a trompicones, rascándome hasta hacerme heridas, embadurnándome de crema hidratante.

Enlazando pesadillas.

Tengo los ojos tan secos que hay instantes, por la noche, en que hasta me cuesta parpadear.
Y me duele tanto su ausencia, su indiferencia...que ni siquiera soy capaz de valorar si es bueno o malo no tener lágrimas y no poder desahogarme, al menos, llorando.

domingo, 20 de mayo de 2018

Sin defensas.

Y llega un momento en que el cuerpo te grita 'basta'.

Que está harto de que no le trates en condiciones o, incluso, de que le trates mal o lo maltrates, directamente. Que claro que se ha acostumbrado, qué remedio, a que le tengas horas y horas sin comer e incluso sin beber. A que apenas le dejes dormir, acostándote a más de las doce de la noche y muchas veces cerca de la una y levantándole antes de las siete de la mañana. A estar encerrado nueve horas en un recinto sin luz natural ni ventilación, soportando el cambio de temperatura de unos aparatos de aire acondicionado que llevan años sin limpiarse. A estar más de ocho horas mirando una pantalla de ordenador mal calibrada y, desde hace unos meses, con  una pared blanca a menos de tres metros como todo horizonte. A tres horas y media diarias de transporte público, sometiéndole al estrés de los retrasos inesperados y las huelgas encubiertas. A maltratar sus ojos, que a las seis de la tarde ya apenas distinguen otra cosa que no sean luces y siluetas.

A que nada, absolutamente nada de lo que haces con él sea gratificante.

Y de repente te encuentras un viernes dando vueltas sin ir a ningún lado en el otro extremo de Madrid, muy lejos de tu lugar de trabajo y aún más lejos de tu casa, un extremo y un barrio a donde te ha terminado llevando un bus cualquiera que has cogido al azar, porque los viernes trabajas siete horas en vez de nueve, y consideras que eso es una suerte y que tiene que aprovechar la tarde, y coges buses y das vueltas con ellos. Y te encuentras en un barrio lejano, y quieres volver a tu casa pero también quieres ir a un Centro Comercial que está en ese barrio, porque tienes que hacer la compra básica semanal y hace semanas que decidiste que no la ibas a seguir haciendo los sábados, como siempre, porque te apetece pasar los sábados en casa limpiando y ordenando (aunque sabes de antemano que luego no haces nada).

Y vuelves en tren, sin saber muy bien si ése es el recorrido más corto. Y no has comido y llevas encima una botella de zumo medio llena, un zumo refrigerado que compraste el día anterior y que lleva más de 24 horas sin refrigerar, y estás comiendo cacahuetes recubiertos de no sabes bien qué mientras viajas en el tren camino a la gran estación donde harás transbordo y cogerás el definitivo que te lleva a casa.

Y esa noche tocas fondo.

Y desde esa noche, ataque de ansiedad incluido, el cuerpo empezó a gritar 'basta'.

Hace tres semanas y dos días.

Ése es el tiempo que llevo enferma. Reconociéndome enferma, al menos a ratos.

Me duele todo, y al menos lo reconozco. Tengo la piel fatal, y al menos soy capaz de admitirlo. Tengo una necesidad de dormir atroz, y al menos entiendo que debo dormir.

Mañana me hacen una nueva analítica, más completa que la que me hicieron hace un par de semanas y de la que obtuve los resultados hace un par de días.
También tengo ganas de llorar, pero no soy capaz. Igual sí he llorado, pero no lo recuerdo. Me duelen los ojos y la piel. Mucho.

Y tengo muchas, muchas, muchas ganas de verle. Muchas. Porque sé que gran parte de lo que me pasa es eso: la consecuencia de estos meses sin él, el no haber sido capaz de entender aun el porqué de su decisión de sacarme de su vida sin explicaciones, el saber que no está bien y no poder hacer nada.

Estos meses se me han desplomado las defensas. Las físicas y las mentales.

Pero estamos programados para sobrevivir. Y llega un momento en que el cuerpo nos grita 'basta' y no podemos seguir ignorándole. Y tenemos que parar.

domingo, 13 de mayo de 2018

Sin mejorías.

Las cosas siguen sin mejorar.
Me gustaría poder decir otra cosa, pero esa frase es la que resume la semana. Las cosas siguen igual de mal, en todos los aspectos.

El martes fui a que 'me pinchasen'. O sea, a hacerme la analítica programada.
Reconozco que no me duele el pinchazo (no más que cualquier otro casual con una aguja o con un pincho de cactus, por ejemplo). Es esa sensación de fobia, de rechazo al pinchazo sabiendo que se va a producir, lo que me pone nerviosa.

Me sacaron sólo tres tubitos de sangre (tampoco me da la menor impresión ver cómo se van llenando desde la aguja y el vial). El enfermero era un chico agradable que me contó que él tiene aversión a las avispas y me hizo el justificante de asistencia ('¿Te pongo como hora las nueve?' 'Vale. Lo que me calculan es el tiempo que haya pasado desde la hora de entrada a la que sea cuando fiche').

Ya no me duele especialmente el estómago, aunque apenas esté comiendo (no tengo hambre. Tampoco noto que esté perdiendo peso, dicho sea de paso). Pero me siguen los picores en todo el cuerpo (esa sensación de picor interno, de algo que no tiene que ver con factores externos como polen o tejidos) y empiezo a tener heridas de rascarme de forma más o menos inconsciente. También tengo eccema en los antebrazos y la piel de la cara fatal.

En casa estoy medianamente bien. Y he observado que dar un paseo, incluso al sol, también me tranquiliza y me quita los síntomas. Pero cuando me encierro en la oficina empeoro a marchas forzadas. Se junta la falta de aire limpio, la falta de luz natural, los fluorescentes, el polvo de meses que acumula todo, las emisiones eléctricas de docenas de ordenadores funcionando a la vez durante más de nueve horas... Y la situación propiamente laboral. El mal ambiente que empeora día a día.
Sigo estresada. Mucho. Y muy triste.

Ayer sábado decidí no 'forzar' mi cuerpo a despertarse/levantarse a una hora concreta, y lo hice casi a las doce del mediodía (necesito dormir). Durante el día no seguí ningún horario marcado de comidas ni actividades, más allá de poner una lavadora y tender, o de salir a mediodía a comprar fresas. El resto del día estuve limpiando y descansando. Sin mucho más.

Le llamé en algún momento en torno a las ocho de la tarde, pero no atendió mi llamada.
Y le llamé porque la semana pasada habíamos quedado en eso, en hablar en una semana.
No sé si esto empeora mis síntomas, pero con toda seguridad no contribuye a mi mejoría.

Esta semana tengo un día festivo (el 15, martes. Festivo local) que pienso dedicar a no hacer absolutamente nada de provecho. El jueves tengo cita en el médico para que me den los resultados de mis análisis. Me dirán que no tengo nada y seguiré como estoy: estresada y cada vez más cansada y con menos ganas de hacer cosas.

Los próximos dos meses no puedo pedir una baja médica, porque van a ser los últimos de este año en que voy a cobrar incentivos, y no me puedo permitir perder dinero, francamente. Las perspectivas para el segundo semestre vuelven a ser angustiosas.

Mañana vuelvo a la rutina laboral. Y no quiero ir, no quiero, no quiero...

domingo, 6 de mayo de 2018

Semana de pesadilla.

Me gustaría decir que estoy o me siento convaleciente, porque eso querría decir que realmente estoy bien y lo único que tengo es la fatiga lógica tras pasar una enfermedad...pero no es así.
No estoy bien.

Creo que esta que acaba hoy es la peor semana que recuerdo, de toda mi vida, del aspecto 'salud'. Arrastrando aún las secuelas del ataque de ansiedad de hace ocho días, el lunes volví a sufrir otro.
Y llegué a creer que me moría. No recuerdo haberlo pasado tan mal nunca.

Me empecé a poner mala en el trabajo. Aguanté hasta las seis de la tarde, no sé bien cómo ni con qué intención (¿pensando quizá que al salir de allí se me pasaría como por arte de magia? ¿ que llegada la hora de salir mi angustia, mi dolor terrible de espalda, la sensación de estarme ahogando, el estómago revuelto, el dolor de cabeza como de golpes de martillo..., el resto de los síntomas, no se vendrían conmigo?) y el recorrido de vuelta a casa fue una pesadilla de más de dos horas y media. Y se prorrogó en la noche, y...
Es la primera vez en mi vida en que estoy en la cama hasta más de la una del mediodía. Tras no haber dormido apenas y no saber qué hacer ni qué tomar para conseguir quitarme el dolor y la angustia...
No le voy a dar más vueltas.

Tengo controlada la ansiedad, y con eso me estoy conformando.

Me siento muy cansada, mucho. Me duele todo el cuerpo. Me pica toda la piel, a ratos de una forma desquiciante, un picor que no me calma ninguna loción ni evitan las pastillas para la alergia, supongo que porque viene desde el interior. Y a ratos me veo amarillenta.

El martes tengo una analítica. Sé que no me detectarán nada, que seguiré igual de cansada y de harta, que en algún momento pararán los picores y el dolor de estómago. Y que lo único que habré sacado es haber pasado por la desagradable sensación de haberme tenido que pinchar.

Lo único que salvo de esta semana es haberle vuelto a escuchar. Lo único.
E imagino que en cualquier momento decidiré que si la recompensa o la compensación por haber soportado esa semana de pesadilla era eso, volverle a escuchar, habrá valido la pena.
Y..., y curiosamente, mientras le escuchaba no me dolía nada. Y el efecto analgésico se prorrogó hasta horas más tarde, quizá toda la noche...

Sé que lo que me pasa también es consecuencia de estos meses sin él. De mi preocupación inevitable por él, de mi tristeza infinita al no tenerle ni saber nada de él.
Pero eso es algo con lo que tendré que aprender a  vivir. También mi cuerpo tendrá que aprender.

Mañana, que realmente es en unas horas, empieza otra semana. Y me da mucho miedo que vuelva a repetirse parte de la que acaba de terminar.

domingo, 29 de abril de 2018

Enferma.

El viernes fui al médico. Y entendí (recordé) enseguida porqué no voy.
Lo primero que hice cuando salí de la consulta fue pedir el cambio de médico. Creo que esto bastará para resumir lo agradable de la situación.

Llevaba más de diez años sin ir. No es que no haya estado enferma en este tiempo, sino que, como creo que ya he dicho alguna que otra vez, me he dado cuenta de que tardo lo mismo en sanar que quienes sí van al médico, cogen días de baja, se medican... Así que me ahorro el trámite. Me decidí finalmente hace un par de semanas: fui a mi centro de salud, intenté pedir un médico 'de tarde', como no había acepté el que tenía 'de mañana' (también pensando que la doctora que me tocaba era una conocida...por haber sido médico de mi familia años atrás), pedí cita...

Y dos semanas más tarde, que era el primer día en que había 'hueco' para primera hora de la mañana, allí estaba yo: a las ocho y media de la mañana, esperando que me atendiesen.

Y allí estuve, intentando contar que estaba siempre, siempre, cansada; que no dormía, o sí, pero seguía cansada y con sueño; que apenas comía y no dejaba de ganar peso; que me sentía hinchada (y lo estaba); que... a alguien que estaba más ocupada y preocupada por mirar su móvil que a mí. Alguien que lo primero que me dijo es que me iba a dar cita para el ginecólogo (y le respondí que no, que no iba a ir y que no había acudido a consulta para eso). Alguien que revisando mi historial (que existe, y que digo yo que reflejará mis problemas hormonales, mi diagnóstico de estrés y de anorexia, mis problemas de sobrepeso...) solo dijo cosas incongruentes referenciándose en lo que iba leyendo.

Lo primero que le dije es que, tras diez años (quizá más) sin hacerlo, probablemente deberíamos empezar por hacerme una analítica.

Por increíble que pueda parecer, al final aceptó...'porque igual piensas que puedas tener alguna enfermedad o algo'.
Hasta ese momento, mi sensación era estar frente a alguien que internamente se estaba preguntando qué hacía yo allí, haciéndole perder el tiempo. Para comprobar que probablemente sí era cierto que mi problema de sobrepeso no era imaginario, lo máximo que me pidió fue que me pusiera en pie y me levantase la camisa...
Nada de pesarme o tomarme la tensión.
Peso 30 kilos más que hace 15 años. Y en esas fechas no estaba esquelética.

Poco menos que me dijo que lo de verse hinchada o tener ojeras era normal, que no podemos estar toda la vida igual y que sólo a los dieciocho años se tiene una piel perfecta... En ningún momento yo hice mención alguna a que me estuviese comparando a 'mi yo pasado'. Sé que no aparento la edad que tengo (es cosas de familia). Igual era eso lo que le rompió los esquemas: ¿qué hace aquí una tía que aparenta diez años menos de los que su ficha dice que tiene, quejándose de no encontrarse bien?

Insistió en lo del ginecólogo (mejor dicho: insistió en que me iba a mandar a hacer una citología: ni siquiera era darme cita para el ginecólogo, que al menos habría tenido alguna lógica. Igual es que le dan puntos por ello, o algo así) y le respondí nuevamente que no. Que ya veríamos en el futuro.

Le pregunté si el justificante de asistencia me lo daba ella o lo tenía que pedir en recepción. Y sí, me lo dio ella. Y me indicó que en recepción me daban la cita para la analítica.
Lo último que hice fue confirmar que nunca había sido médica nuestra. No, no lo había sido (tampoco suplente) porque no encajaban las fechas. Aun así (y esto es cierto) la conozco de algo...y no sé de qué...

En recepción me dieron la cita para la analítica. Al preguntar si el 'frasquito para la orina' me lo daban ellos o lo compraba en farmacia...me respondieron que sólo era análisis de sangre...
Obviamente, lo siguiente fue pedir cambio de médico.

Entramos en bucle: no hay espacio libre para las tardes.
-Necesito un médico de turno de tarde.
-No hay espacio libre para las tardes.
-Pero yo necesito un médico de turno de tarde: no puedo estar viniendo por la mañana.
-Ya, pero los doctores de tarde tienen todo el cupo cubierto.
-¿No podéis ponerme en lista de espera, o algo? Necesito un médico para la tarde.
-No podemos, es que no hay espacio libre.
-¿Entonces, qué tengo que hacer para ver si hay algún hueco en algún momento?
-Pásate de vez en cuando y pregunta.
-Bueno..., pero con mi falta de tiempo...pueden pasar otros diez años.

En algún momento debieron ver que iba en serio. Tanto mi decisión como mi necesidad de cambiar de médico.
-Creo que a la doctora tal le quedó algo libre ayer...espera que mire.... Pues sí ¿te interesa?
-Siendo por la tarde, sí.

Así que tengo cita para analítica y médica para la tarde, que recibirá los resultados de mi analítica y volveremos a empezar con el relato de mis síntomas. Todo en uno.

La sensación de impotencia, de pérdida de tiempo, de mal funcionamiento de la sanidad pública...era tremenda. Tan tremenda como mis ganas de llorar.
No sé si fue por esto..., bueno, no, esto simplemente fue una gota más sobre un vaso ya lleno, pero por la noche me dio un ataque de ansiedad.
Dos días enferma.

Ayer sólo fui desde la cama al sofá. Tras no dormir apenas por la noche (conseguí vomitar varias veces) tiritando y sudando a la vez, creyendo que me estaba muriendo, pasé la mayor parte del día dormitando en el sofá. Salí a mediodía a comprar fresas (la verdad es que lo intento razonar...y me cuesta. Apenas me tenía en pie) y compré también zumo de naranja presuntamente exprimido y un envase grande de yogur natural. Lo único que tomé ayer fue zumo (de piña, una botella entera) y, en la tarde-noche, dos huevos cocidos. Creo que cuando estoy enferma me muevo por instinto en lo de alimentarme...

Por la noche intenté ver a través de internet un capítulo de una serie que estoy siguiendo, pero vi que me estaba quedando dormida, así que lo dejé. Casi a las cuatro de la mañana me tomé un paracetamol. Sé que era esa hora porque di la luz de la cocina. Hasta ese momento estaba durmiendo en el sofá, a partir de ahí fui a la cama a seguir durmiendo...

Ya estoy mejor. Con una sensación rara de convalecencia.
Ayer, mientras bajaba a la calle a por las fresas, reviví la sensación de cuando era pequeña y tenía fiebre, y esa fiebre era la de 'estar creciendo'. Todos conocemos esa sensación... En mi caso, no crecí demasiado. Y obviamente, esta vez no voy a crecer.

Tengo una sensación rara, también, de alergia generalizada... Ayer me picaba la piel simplemente por contacto con la ropa. Esta mañana bastaba con tocarme para que se me irritase el tramo de piel que hubiera tocado. Ahora tengo que ducharme: ya veré cómo reacciono...

Todo esto simplemente acrecienta mi sensación de irrealidad. De que mi presente es irreal.

Lo bueno de ayer es que por un momento noté que había vuelto a recuperar vista (de hecho, creo que sigo teniendo esa recuperación). Y también noto que se me ha acrecentado el sentido del olfato (eso lo noté claramente ayer. Y en alguien que ya de por sí tiene muy desarrollados los sentidos...no es precisamente muy agradable).

No sé si valgo para estar enferma.
No molesto a nadie, eso es cierto. Pero..., tampoco es muy agradable saber eso: que no voy a molestar a nadie porque a nadie le importa como esté.
Ni siquiera a quien supuestamente es mi médico.

jueves, 26 de abril de 2018

Veintiseis de abril.

Hay días, fechas, complicados.
Hoy es una de esas fechas. Una fecha complicada dentro de una sucesión de días complicados.

Veintiséis de abril, ocho años más tarde.
Una de esas fechas, una más, que sólo me importan a mí porque nunca importaron a nadie más.

Sigo sin saber nada de él. Sigo sin poder llamarle. Sigue sin llamarme.
Y cada día que pasa me afianzo más en la idea, en la evidencia, de que nunca más volveré a verle.

domingo, 22 de abril de 2018

Colapso físico y emocional.

Hay un momento en que el cuerpo dice 'basta' y creo que el mío está a punto. O igual me lo ha dicho ya y he preferido ignorarlo.

Estoy siempre cansada, siempre. Da igual si llevo levantada desde antes de las siete de la mañana y son más de las doce de la noche y sigo en pie y llevo encima más de tres horas de transportes con sus transbordos y nueve de encierro laboral en un sitio sin luz ni ventilación natural bajo un ambiente de tensión, o si es sábado y apenas he hecho nada en todo el día. Estoy tremendamente cansada.

Apenas como. De hecho, hace semanas que directamente no me llevo nada para el mediodía. Me compro un blíster de pavo o similar y me como dos o tres rodajas, o cualquier casi aperitivo salado, tipo hojaldre con queso de cabra, enrejado de espinacas, y con eso paso el día. A veces, ni siquiera consigo comerme más de la mitad de lo que, como digo, por tamaño apenas es un tentempié.

No bebo agua y ni me doy cuenta. Me tomo un café antes de salir de casa. Un café que no es otra cosa que agua con algo de café, porque lo hago tan ligero que con echarle una nube de leche se aclara como si fuese leche con una nube de café. A veces, una galleta o mediadocena de copos de cereal integral. Muchas mañanas, ni eso. En el curro, entre las diez y las once, me preparo otro café (de la cafetera de cápsulas) y me dura mediamañana. Sobre las doce y media y casi más bien a la una del mediodía, un par de mandarinas, algún día un plátano, las menos una galleta de chocolate de la máquina. Mi comida fuerte del día es la cena, más cerca de las diez que de las nueve (aunque me sigo esforzando en que no sea así) y tampoco es eso, fuerte. Cosas a la plancha o verdura, normalmente. Algunos días me doy cuenta de que ni siquiera me he comido el yogur que suelo añadir para al menos tomar lácteos (el calcio y mi edad). Al llegar a la cena puedo llevar sin beber agua todo el día. Sí he pasado el invierno tomándome a diario medio brick de zumo de naranja o mandarina: digo que eso me ha evitado la gripe... Pero en un trabajo donde es imprescindible tener la garganta hidratada, no lo hago. No me apetece.

No pierdo peso. Es más, sigo engordando. Y estoy hinchada.
Esta semana, con la subida de las temperaturas, ha aumentado la sensación (y la realidad) de hinchazón. El jueves tenía los pies tan hinchados que cuando me quité los calcetines (de rejilla, sin apreturas) tenía marcado el relieve en la piel. Me duró toda la noche.
Me duelen las articulaciones. Se me duermen las manos. Cada día veo peor.

No tengo ganas de nada. Trabajo por mero impulso, por inercia y por mi exacerbado sentido de la responsabilidad. Y da igual lo que haga: nada es productivo.
El viernes, además, las cosas se complicaron más. Mucho más. Hasta el punto de que probablemente lo que quede de año cobre el sueldo fijo, sin comisiones ni incentivos. Todo por la pésima gestión de los responsables de esta empresa.

No me paso todo el día llorando porque ni pienso en ello. Pero si me paro...y pienso...me echo a llorar.

Le echo de menos. Mucho, muchísimo. Tengo asumido que no voy a volverle a ver, que no quiere saber nada de mí. Que ni me va a llamar ni va a atender mis llamadas. Lo tengo asumido, pero eso no quiere decir que entienda el porqué.

Gran parte de lo que me pasa no es nuevo, lo sé. Y por eso, porque lo sé, he confirmado que me hacía bien tenerle. Poder hablar con él, que la mayor parte de las veces no era sino escucharle al otro lado del teléfono. Poder verle de vez en cuando (sin ser consciente de ello, o igual sí, saber que iba a verle un rato una vez por semana, o cada diez días, era un aliciente para mi vida, una especie de tener algo con que ilusionarme).

Le echo de menos con el egoísmo de necesitarle. Y me duele terriblemente saber que, además, el origen de porqué cortó la comunicación es un problema de salud. El origen....o la excusa. Porque a estas alturas tengo claro que no me dijo qué pasaba porque no consideró que yo tuviese derecho alguno a saberlo. Y que sigo sin saber nada (un email hace mes y medio, dos respuestas a dos sms míos. Nada más) porque evidentemente no tiene la menor intención de retomar el contacto.

Ni siquiera quiero pensar en cómo me gustaba estar a su lado, acordarme de su cuerpo o recordarle dormido junto a mí. No quiero pensar en ello. Duele hasta dejarme sin aire.

Mi cuerpo (y mi mente, ésa a la que no hago caso) me mandan señales para que pare.

He estado toda la semana sin lavarme el pelo. Me justifico en que no he tenido tiempo. La realidad es que no tenía ganas. Me obligo a meterme en la ducha: total, tardo poco más de cinco minutos en ducharme y volver a estar seca y con algo de ropa encima. Algunas noches no consigo tener fuerzas para hacerlo. Coqueterías como hacerme la pedicura, depilarme...creo que hace meses que salieron de mis rutinas. Total, para qué. Nunca lo hice para alguien en concreto, nunca fui de las que se depilaban las piernas porque en mi entorno hubiese alguien a quien agradar o me pintara las uñas de los pies porque alguien fuese a verlo en pleno invierno. Lo hacía porque sí y lo hacía siempre. Ahora no encuentro ninguna razón.

Del estado de desorden de mi entorno ya ni hablo. Acumulo montañas de ropa lavada y pendiente de clasificar, montañas de ropa planchada y sin ordenar, montañas de ropa que me he puesto una vez y están entre la silla y el piecero de mi cama. Cuando necesito algo limpio, recurro a los montones de ropa planchada o retirada del tendedero. Me siento incapaz de sacar fuerzas y minutos para poder orden.

Hay papeles, tickets de compra que saco por puñados del bolso si tengo que buscar algo y que quedan sobre cualquier mesa. En el suelo de la cocina se acumulan frascos, conservas y otros alimentos que no necesitan frío; cartones para reciclar, bolsas de plástico hechas un nudo para emplear luego con otros fines. Hace dos o tres semanas compré un par de fuentes de cristal para mi nuevo minihorno, ése que compré hace un par de meses. Las fuentes siguen en el suelo dentro de la bolsa de plástico en que me las dieron. Friego los platos cuando tengo casi lleno el fregadero y se quedan, limpios, en la ora mitad de la pila. Y desde ahí inician el camino contrario: los voy cogiendo según los necesito, pasan al lado 'sucio' y el ciclo empieza de nuevo. Sin pasar por su sitio de orden: el mueble de los platos, el de los vasos y jarras, el cajón de los cubiertos...

Estoy siempre cansada.

Sólo quisiera dormir durante horas. Durante días. Dormir sin pensar. Sin los sueños/pesadilla que me acompañan.

Llevo entre diez y doce años sin ir al médico.
Nunca fui muy aficionada. Además, he comprobado que si estoy enferma, vengo a tardar lo mismo en sanar que quienes lo están, van al médico y toman medicamentos (que tampoco suelo tomarlos). Termino todos los años con el 'cupo de horas médicas' intacto. Treinta y cinco horas que le regalo a la empresa o a quien corresponda administrar estos temas.

El lunes..., quizá el martes, me acerqué por el Centro de Salud que me corresponde. A que me confirmasen qué doctor y a qué horario me corresponde. Quise cambiarlo a 'turno de tarde' cuando me confirmaron que sigue siendo de mañana. Me pusieron todas las pegas, les dije que no tenía prisa: total, más de diez años sin ir....
Tengo cita para el viernes que viene. Turno de mañana. Primer paciente del día.

Por unos segundos, algo hizo 'clik' dentro de mí y pedí la cita.
Espero no cancelarla.
Espero tener fuerzas para llegar al viernes.