domingo, 15 de octubre de 2017

Octubre de verano. Sin ventanas.


Es complicado sacar tiempo...o más bien, ganas, de escribir cuando se tienen tantas cosas en la cabeza que lo único que se quiere es desconectar de todo.

Cuando, además, octubre parece agosto con sus más de 30ºC de temperatura día tras día y sin que tenga visos de que llegue el otoño. Cuando hace tantos meses que no llueve (más allá de dos puntuales tormentas) que casi ni recuerdo cómo era...y tampoco tiene visos de que vaya a llover.
Y no es simple queja de ascensor, hablar del tiempo por hablar de algo. Este tiempo me tiene enferma. Me cuesta respirar (y no, no es un modo de hablar. Y quien no pasa por ello de manera periódica no sabrá nunca de qué hablo. No podrá imaginarse qué es). Me duelen los pulmones al respirar.  Y la espalda. Me duele terriblemente la espalda simplemente por el esfuerzo de respirar. También, a ratos, me duele mucho el estómago (no sé si por un virus que, dicen, anda suelto...o si es también otro efecto de la falta de aire, del exceso de aire sucio, muy sucio. Efecto de estar intoxicada).


Me duele vivir.

Y tener la cabeza llena de cosas, de ideas, de sensaciones, a veces hasta de ganas... y estar tan cansada que sólo me apetezca llegar a casa y tumbarme y quedarme dormida...y que las ideas sigan ahí..., no, no es bueno. No puede ser bueno.

Cada día se me hace más difícil levantarme e ir al trabajo. No por el trabajo en sí. Ni siquiera por el eterno trayecto de más de hora y media, con sus largos transbordos, con sus esperas, con sus andenes abarrotados. Es porque trabajo en un polvorín. El ambiente ha degenerado tanto, a tanta velocidad..., que estar allí también me hace faltar el aire.
Y lo peor es darme cuenta de que quienes deberían contribuir a crear buen ambiente, a hacer eso que llaman 'equipo', precisamente son quienes más leña y más cerillas compran y ponen  a disposición de quienes quieran usarlas.


Lo último ha sido la contratación de una yonki. Tal cual.
Sé que no soy políticamente correcta diciendo esto. Y no pretendo serlo, francamente. Para quien se ha criado en la zona sur de Madrid en los setenta, primeros ochenta, los yonkis no son enfermos (aunque eso suene tan bien). Los yonkis son basura.
Y aunque me he esforzado, y la he ayudado a 'aprender' (no es cierto que no sepa hacer algunas cosas, es que le resulta más cómodo que se las haga otro), y he hecho parte de su trabajo para ayudarle a avanzar (y porque el trabajo atrasado de un compañero atrasa el trabajo en general)... hace unos días dije que 'hasta aquí'. Mi límite es que se falte al respeto a mi trabajo. Que alguien que no piensa trabajar se permita el lujo de faltar al respeto a los clientes de la empresa, que son los que le dan de comer.
Que alguien que presume de no necesitar trabajar porque la mantiene muy bien su marido, que si viene es porque se aburre si pasa muchas horas en casa viendo 'el salvamé', que vive a base de tomar pastillas y más pastillas y más pastillas...y lo que suponemos que también toma... se pueda permitir el lujo de faltar el respeto a quienes trabajan (o, sea, de sus clientes, también) me ha bastado para decidir que mi empatía no le va a alcanzar más.
Si ella presume de no necesitar trabajar, yo he decidido que no tengo necesidad de trabajar frente a un saco de basura.


Situaciones y sujetos como ésta no contribuyen, precisamente, a mejorar el ambiente.


Y me ha dado cuenta de que la empresa busca eso, que el ambiente esté enrarecido. No sé bien porqué, pero lo buscan.

Estoy muy cansada. De todo.

La semana pasada gastamos una mañana en algo que definieron 'formación'. Nos la han ido impartiendo a toda la empresa (tres subgrupos en cada uno de los grupos que formamos el todo, para que siempre haya gente trabajando). Una formación rara, una especie de terapia...que en realidad busca mejorar el ambiente (qué ironía).

Una de las pruebas/juegos/terapias era escribir en un papel respuestas a determinadas cuestiones: qué te preocupa, qué te gusta, qué buscas... El juego consistía en que otro compañero te 'presentase' a los demás en base a esas respuestas...
¿Qué busco? Ventanas. Ventanas para que entre el aire, para salir, para ver la luz. Ventanas también físicas y reales (estoy cansada de pasar nueve horas al día encerrada bajo la luz de los fluorescentes), pero sobre todo, ventanas metafóricas...
¿Qué me interesa, qué me importa? El mundo real. El mundo que está ahí fuera.


Creo que algunos sí me entendieron.
No quienes deberían haberlo entendido.


La reacción de mi jefa directa (con quien compartí 'formación') sólo surgió cuando varias de esas compañeras con las que apenas tienes trato se me acercaron a felicitarme (sé lo que provoco cuando hablo en público, ya no me sorprende) o se pusieron a hablar de mí y mi 'brillantez'. La reacción de mi jefa fue abrazarse a mí proclamando que yo 'era suya'.
La tengo mucho cariño, pero empiezo a estar muy harta, mucho, de tanto afán de protagonismo. De tanto atribuirse méritos que no tiene... El detalle del 'es mía' me parece una estupidez sin la menor importancia en sí mismo. Pero también me parece un detalle, más, del todo que es su comportamiento.


Y..., y qué más da ya hablar de otras cosas....

Con respecto a esa relación que mantengo y que me empeño en considerar 'sentimental'...qué más añadir ya.
Ya me es imposible encontrar justificaciones para explicar porqué no nos vemos. Porque hace mes y medio que no le veo.
Simplemente, no tiene ninguna gana de verme.  Así de básico.

Hablamos si yo le llamo por teléfono (y tengo la suerte de que esté cerca del aparato). Le mando un mensaje de buenasnoches casi a diario: no, no es una obligación. No me siento obligada. Pero..., no sé. El pasado miércoles estaba tan terriblemente cansada, tras un par de días de pesadilla, tras una noche en que no conseguí dormir más de media hora seguida, aguantando dolores e intentando respirar...que me quedé dormida en el sofá antes de las nueve de la noche. De agotamiento. Me desperté brevemente antes de las diez y planifiqué (creo que casi entre sueños) cenar algo, ver algo la tele, enviarle el sms de buenasnoches... Volví a quedarme dormida sin hacer nada de eso.
Curiosamente, no haberle escrito era lo único que me preocupaba al día siguiente.


No haber deseado las buenasnoches a alguien a quien no importo en lo más mínimo.


Ya va y vuelve en transporte público. Desde hace más de mes y medio. Le he dicho (varias veces) que podemos quedar cuando lo prefiera, como hicimos durante meses tiempo atrás. Que le espero donde mejor le venga, que le acompaño un ratito hasta donde prefiera (no voy a provocar que le puedan ver a mi lado. Mejor dicho, que alguien pueda ver que algo como yo está con él y puedan pensar que tiene tan mal gusto. El mal gusto que todos sabemos que no tiene). Evidentemente, no quiere. No me lo ha dicho así de claro..., pero ya no hace falta.


No voy a insistirle más.
No tiene la menor intención de verme y ya está.


Y no quiero recordar que hasta para que me toque si estamos solos tenga que darle tres cervezas, evidencias así de claras. Que nuestra relación, ésa que hace mucho que sólo existe para mí (porque aún quiero creer que en algún momento, aunque fuese un momento mínimo, también fue y fui algo en su vida) es eso. No me llama, no quiere verme. No le importo en lo más mínimo.


Y yo sigo queriéndole.
Y hoy no quiero seguir hablando sobre esto.


Mañana empieza otra semana. De verano en octubre, sin lluvia, sin cambios. Sin esperanzas. Sin ventanas.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Romper la pecera.

Y pasan los días de esta semana. Y yo sigo sin encontrarme.

Mañana ya es viernes. Por un lado, la semana se me ha pasado volando. Por otro, se me ha hecho eterna. Tengo la sensación de que mañana me espera un viernes eterno, por mucho que sepa que como todos los viernes de verano saldré a las tres de la tarde.

La sensación es como de estar encerrada dentro de una pecera (iba a decir 'una urna', pero creo que ésta no es la mejor semana para hablar de urnas..., algunos nos entendemos). Algo transparente, un espacio aséptico, acondicionado para estar en él..., del que te das cuenta que es una cárcel cuando llegas a las paredes y ves que el mundo real está, realmente, fuera, Y puedes verlo pero no salir a él.

El ambiente en mi empresa cada vez está más y más enrarecido. Enfrentamientos que se dirían 'de patio de colegio', pero no somos niños y las consecuencias al final son otras. Y cada vez el aire se nota más espeso...
Y me cuesta respirar.

Como también me cuesta respirar en el aire real, el climatológico, porque no termina de irse el calor y hace semanas..., casi mejor decir meses, que no llueve. Me siento muy cansada. Congestionada y con dolor de cabeza.
Me cuesta respirar físicamente y mentalmente. A ratos tengo unas ganas locas de romper cosas, y quizá sea una manera que tiene mi cuerpo de quejarse, de darme a entender que lo que necesito es romper con todo.
Dos veces a lo largo de esta semana eterna he estado a segundos de levantarme, dar dos voces (al tiempo ambas acciones) coger el bolso e irme a casa. No sé porqué no lo he hecho, pero sí lo sé, claro que lo sé.

Es algo que he hecho dos o tres veces a lo largo de mi vida laboral. Luego he terminado volviendo. Y, curiosamente, no soy capaz de recordar cómo ni de qué modo regresé. Si acaso, una de las veces: me fui para no volver un viernes por la tarde. Regresé el lunes (o sea, falté al trabajo el sábado).
Un oscuro episodio. No había vuelto a recordarlo hasta ahora...
Si supiese cómo hacerlo, pediría una baja médica. Pero ni siquiera sé a qué hora ni quien es mi médico. Y sé que no sería capaz de pedirle la baja (cosa que tampoco sé cómo se hace, claro. Tan dispuesta para todo tipo de gestiones, tan torpe para las cosas simples que de veras me atañen).

Tengo ganas de que termine la semana. Y de dormir sin prisas.
También tengo ganas de verle.
De eso tengo ganas siempre. Aunque tenga tan absolutamente asumido que mis deseos son algo absurdo, que desear no me ha servido de nada. Ni me va a servir.

Necesito que llueva. Romper la pecera. Necesito volver a respirar.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Para empezar un viaje, sólo hace falta un primer paso.

Cuando una semana es especialmente complicada, y lo que se prevé para la siguiente no es nada mejor...no dan ganas de empezarla.

Ni tampoco quedan ganas al final del día para ponerse a escribir un rato aquí.


En el trabajo, la situación de mi empresa viene a ser 'caída libre y sin frenos'. No sé para dónde pretenden que vamos ni sé exactamente las razones. Pero la sensación de que mi trabajo no sirve para nada...y, peor, la sensación de que no se valora en lo más mínimo lo que hago...no me gusta en lo más mínimo.  Y esa última sensación, la de que no se valora mi trabajo (que cada día es mayor la cantidad) la tengo desde hace días como algo más que 'una impresión personal'. Creo que es una realidad. Y no, no me hace ninguna gracia.

Tampoco van bien otras muchas cosas.

El sábado pasado dormí muchas horas. Me levanté tarde y antes de las diez de la noche volvía a estar dormida. Agotamiento acumulado. El domingo lo pasé bien (de salud y estado de ánimo) pero por la noche mientras regresaba a casa volví a ponerme enferma. Supongo que es una mezcla de estrés con algo alimenticio que me debe sentar mal. Aunque igual es alguna otra cosa...y, directamente, no quiero saberla.
Alguna ventaja tendría que tener no tener ninguna aspiración futura. No tener descendencia, ni animales, ni hipoteca. Estar enamorada (o lo mismo ni eso) de alguien que ni me quiere, ni me ha querido nunca... ni, por descontado, va a quererme en el futuro.


Si me pasa algo, alguien se encargará de vaciar mi casa (que en realidad no es mía, aunque sí el contenido), de dejar mis libros en cajas junto a algún contenedor para que se los lleven, de dejar secarse mis plantas. Las cámaras de fotos y el portátil en el que estoy escribiendo esto son aprovechables, así que alguien se lo quedará. Lo demás, supongo, irá directamente a la basura.


Sí, tiene ventajas no tener nada.


Dicen que para empezar un viaje sólo es necesario dar un primer paso.
A ratos, pienso que debo empezar ese viaje e irme, cambiar de vida. Cambiar de trabajo, de residencia (yo, que adoro Madrid y que vivo en un horroroso municipio del extrarradio), dejar de llamarle (sé que si no llamo yo, directamente dejaríamos de estar en contacto. El contacto físico, el real, este año se ha limitado a dos encuentros. Y esta semana he vuelto a tener claro que no tiene ningunas ganas de verme).

Sólo es necesario un paso, un 'actualizar mi currículum en los portales de empleo', un responder a las ofertas que me llegan, no responder a algunas llamadas con 'ya estoy trabajando, gracias', sino preguntar al menos para qué me habían considerado candidata.
Pero estoy demasiado cansada.

Llego a las noches demasiado cansada hasta para escribir aquí unas líneas. Me levanto cansada.

Empezar un viaje ya cansada no lleva a ningún sitio. Y cada 'primer paso' sólo me conduce cada día a la rutina cotidiana. Esa que me tiene tan cansada.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Consejos zodiacales (que no sigo).

No creo en las predicciones zodiacales.
O eso pienso.
Si creyese en ellas, hace tiempo que tendría claro qué hacer con mi vida. O, al menos, hacia dónde conducir mis pasos...

Hace semanas...quizá meses, que determinado 'consejero zodiacal' me repite lo mismo. Ya digo que no creo (demasiado) en estas cosas. Ese 'consejero' es un sitio de Facebook donde aparentemente no juegan con los tópicos ni a regalar los oídos a quien los sigue, por eso me hizo gracia hará dos o tres años y lo 'cliqué' y me llegan las actualizaciones. Mi carácter, mis costumbres y mis neuras pocas veces han coincidido con las 'normas' del signo zodiacal que me corresponde por nacimiento, siempre tuvieron más que ver con mi 'signo de ascendencia', y bastantes cosas con el lunar. En cambio en este sitio/aplicación...pues sí. Aunque lo que de veras me hizo gracia, ya digo, es que en vez de soltarnos flores...nos echan broncas.

En la 'predicción' para este mes de septiembre vuelven a decirme lo mismo: es difícil, pero debes tomar la decisión de alejarte de lo que te hace mal, debes cortar con lo que no te hace feliz (ya, ya sé que es una verdad de Perogrullo. Y que se puede ajustar a cualquiera). Este fin de semana insistieron en ello: durante la semana has confirmado que lo que constituye tu realidad cotidiana no te satisface...empieza a moverte para salir de esa rutina.

Si creyese en las predicciones zodiacales (y considerando lo que ha sido mi realidad, mi 'vuelta al cole') tendría muy sencillo saber qué tengo que empezar a hacer.
Pero no creo en ello.

O igual me empeño en no creer en ello....porque igual la edad me ha vuelto aún más cómoda de lo que supongo. Y estoy muy cansada, tanto como para paralizarme.
O como para tener miedo si me decido a 'moverme' y mi mundo (casi vacío a estas alturas, casi vacío pero con lo justo para sobrevivir) termina por desmoronarse del todo. Y ya no me quedan fuerzas para volver a montar con las ruinas nada más.

(Ayer, sábado, fue nueve de septiembre. Una de esas fechas..., de ésas. Lo pasé sola y tremendamente cansada. Me levanté tarde. A las diez de la noche creo que ya me había quedado dormida en el sofá. Creo que nunca un nueve del nueve me fue tan improductivo. O igual no. Igual ese sueño me era fundamental).

jueves, 7 de septiembre de 2017

Primera semana de septiembre.

La primera semana de este mes de septiembre no está siendo fácil.
Laboralmente hablando, me refiero. Aunque..., la verdad es que no hay otra cosa que eso: trabajo.

Estoy despierta antes de que suene el despertador, pero aún así dejo que suene (para evitar que si cierro los ojos pueda quedarme irremisiblemente dormida). el trayecto se me hace largo, aunque luego es como si apareciese en el polígono como por arte de magia; el tiempo parece no pasar, pero cuando me quiero dar cuenta ya son más de las diez y aún no he tomado el café con el intento despertarme del todo; llega la pausa de antes de la una y veo que no me ha cundido el tiempo en lo más mínimo; pasan otras dos horas y media casi eternas antes de salir para comer y quedan otras dos cuando vuelvo de comerme el sándwich... Y ha pasado el día y no he tenido ni dos minutos de descanso y me voy con la sensación de que, en realidad, no he hecho nada de provecho.

El ambiente está muy enrarecido. En muchas direcciones.
Se ve que el verano no ha sentado bien a nadie. O a nada.

Y..., y aunque no hace ni una semana que no le veo (tras más de tres meses en que esa fue mi realidad: no verle), le echo mucho de menos. Sé que he dormido abrazada a la almohada y que aunque no lo note conscientemente, mis sábanas huelen a su cuerpo y el mío lo sabe y lo reconoce. Y eso a la vez me hace sentirme segura...y me hace sentir absolutamente vacía cuando despierto y me doy cuenta de que estoy sola.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Fin de vacaciones.

Fin de vacaciones.

Nunca había tenido tan pocas ganas de volver a 'la normalidad'.
Nunca he terminado unas vacaciones con una sensación tan clara de no haber hecho nada 'de provecho' durante las mismas.

Sé que es contradictorio, sí. Pero es de las pocas cosas que tengo claras en este momento. Que mañana tengo que levantarme (de nuevo) a las seis y media de la mañana para salir corriendo a las siete y media, meterme en hora y media de transportes públicos variados, pasar nueve horas en un sitio donde me espera el caos tras veintitrés días de ausencia, y sufrir otra hora y media larga de retorno.

Estamos en septiembre. Estoy en septiembre, ése que siempre ha sido mi comienzo de año real y mi mes, el mes en que me suelen pasar cosas que me cambian la vida.
Y este año no espero nada. Quizá porque hasta me cuesta creer que ya hayan transcurrido ocho meses de este año, impar y primo, ocho meses en que apenas ha pasado otra cosa que tiempo vacío en mi vida.

Sólo el que mi cama aún conserve hoy el olor de su piel sé que me sirve de bálsamo.

Fin de vacaciones. Vuelta a mi realidad.

domingo, 13 de agosto de 2017

Enferma.

Algo no va bien.
El cuerpo me envía señales, cada vez más frecuentes. Sigo ignorándolas..., pero eso no las hace desaparecer.

Tras el ataque de ansiedad de hace más o menos un mes, el viernes de la semana pasada me puse enferma (bueno: una mala noche) y pasé el sábado prácticamente a base de agua y sin salir de casa. Me tomé un café a las dos de la tarde, me comí media tostada un rato después y me preparé para cenar una sopa (con casi 40ºC en la calle todo el día).

A mediados de esta semana me quedé dormida en el sofá y me trasladé a la cama casi a las cuatro de la mañana, cuando me tengo que levantar a las seis y media. Ni me desmaquillé las pestañas. Creo que fue al día siguiente o quizá dos días más tarde cuando me dolía tanto la espalda que no era capaz de ponerme unas mallas. Luego deduje que no era la espalda, sino los riñones, lo que me dolía: apenas bebo agua...


Ayer estaba bien. Me fui a comprar a mediodía, comí (casi a la hora de la merienda) lo que llamo 'una hamburguesa casera': aunque las compre envasadas, leo que los ingredientes no lleven cosas raras. Y la acompaño con rúcula, tomates cherry canarios, cebolleta fresca, un poco de kepchup y mayonesa de calidad y mostaza de miel. Todo como muy pijo, incluido el panecillo con sésamo...

A las doce de la noche me quedé dormida frente a la tele. A las dos me desperté y ya no estaba cómoda.
Creo que conseguí dormir unos veinte minutos entre las seis y las siete de la mañana.

A las cuatro estaba en la terraza intentando respirar.
A las siete estaba desmenuzando un comprimido de paracetamol, tras tener claro que sería imposible tragármelo entero (la garganta completamente cerrada y bastante irritada por las arcadas).
A las cinco y pico estaba preparándome un té: tengo de un montón de tipos y no era capaz de localizar una bolsita de té verde normal. Al final, lo encontré con cola de caballo y piña: aún está sobre la cómoda del dormitorio. No fui capaz y no aguantaba ni el olor, la jarra en la mesita de noche.

En medio, paseos por el pasillo. Imposible aguantar el dolor de espalda tumbada. Imposible respirar echada sobre el lado derecho. Imposible soportar más de cinco minutos sobre el lado izquierdo.

Traslado al sofá: imposible estar tumbada. Ni sentada. Ni mucho tiempo de pie.

Intentar vomitar: tarea imposible. Nunca he podido.
Lo terminé consiguiendo. Tres veces a lo largo de la noche. Creo que la última vez fue hace unos quince años.
El dolor de espalda no era sino de pulmones, totalmente colapsados, quejándose de tanto calor y sus aires acondicionados y ventiladores.

Me sentía hinchada (lo estaba), el estómago y la tripa duros como piedras.
Sabía que debería irme al hospital en cuanto amaneciese, si seguía así.
Escuché el primer tren del día, a las cinco y algo de la mañana...

Lo recuerdo todo así de desordenado.

Me quedé dormida a las nueve y media, más o menos. Me desperté antes de las once.
Aunque resacosa: la garganta como una lija, dolor de cabeza y articulaciones, ya me encontraba bien.

El cuerpo me está enviando señales de que algo no va bien.
Y yo no le hago caso, no quiero hacerle caso.
No quiero que me controle...