domingo, 7 de enero de 2018

Sin ganas de nada.

En un año tan ordenadito como este 2018, que ha empezado en lunes, también entra dentro de esa lógica ordenada que el día de la vuelta a la normalidad tras las navidades sea otro lunes. Mañana día 08, para ser exactos. Primer lunes tras el día de Reyes.

Mañana regreso al trabajo, por tanto. Y no tengo ganas.
En lo más mínimo.

No me apetece tener que levantarme a las seis y media de la mañana, salir a las siete y media cruzando los dedos para que no sigan las huelgas encubiertas de Cercanías Renfe (ésas que siguen disfrazando de averías e inexplicables fallos puntuales) o no convoquen otras oficiales los de Metro y tardar sólo hora y media para llegar al trabajo. No me apetece volver a la misma rutina, a la misma acumulación de órdenes incongruentes, a escuchar cómo se justifica lo injustificable, a los objetivos inalcanzables, al malambiente laboral que dejé hace dos semanas.

Y no me apetece porque, aparte de todo esto, no hay más. Y tengo que volver por lo mismo, porque no hay más.
No tengo otra cosa. Ni ningún otro estímulo.

Me duele la espalda: creo que cada día la tengo más tensionada. Tengo, además, la sensación de no haber descansado apenas nada, de tener el mismo sueño acumulado. Me empieza a doler el estómago otra vez.

Ahora mismo (casi las doce de la noche, sentada en el sofá frente al portátil), todo mi entorno está lleno de restos de papel de envolver, de bolsas donde aún queda alguna chuche de las que empleé para hacer paquetitos para regalar, del bolsas de papel con asas de rafia o de plástico con asas anchas de plástico también donde en las tiendas me guardaron los regalos. En las sillas están la gabardina, la capa verde, el abrigo viejo impermeable con capucha, la chaqueta abrigada de los últimos días. Cuatro o cinco bufandas diferentes. El bolso de piel trenzada y el de plexiglás impermeable. Y las bolsas donde he traído mis regalos de Reyes. Y un barreño donde han  pasado un par de noches alguna de mis plantas. También hay ropa que quité de las cuerdas hace días y no he recogido.

El caos, en definitiva. Y no tengo ganas de ordenar nada.

Mañana vuelvo al trabajo. A mi rutina laboral.
Y no tengo ganas de nada.

viernes, 5 de enero de 2018

Queridos Reyes Magos...

Queridos Reyes Magos....

Sí: este año también habrá carta. A última hora, porque cada vez me administro peor el tiempo o porque cada vez estoy más cansada y tengo menos ganas de nada. Pero no podía dejar de escribir mi carta de Reyes. ¿Superstición? Podría ser...

Queridos Reyes Magos:
Creo que este año he vuelto a ser una niña buena. Tan buena, que muchas veces lo que soy es tonta, pero..., de eso no tenéis la culpa vosotros. He madrugado mucho. He cumplido religiosamente con mis tareas y obligaciones. No he faltado ni un solo día al trabajo, ni estando enferma. He soportado con paciencia las huelgas de transporte, el malambiente laboral, he intentado mediar en guerras que no eran mías. Sólo he llorado en público una vez, pero fue muy poquito. He dado más importancia a los demás que a mí misma. Por tanto, creo que soy merecedora de lo que os voy a pedir.
Bueno, tacho la última frase. Simplemente, paso a escribiros esta carta.
Como cada año, os agradezco lo que me habéis dado. He tenido trabajo todo el año y aunque mi sueldo siga siendo mileurista y mis ingresos hayan ido descendiendo desde finales del verano, tengo para vivir. Incluso para permitirme algún capricho en estos días navideños (esos regalos que a veces me hago. Y, sobre todo, los regalos que hago a los demás). No se me han roto cosas importantes. Sigo viviendo en el mismo sitio y pagando el mismo alquiler. Por tanto, digamos que mi situación económica es estable. Os lo agradezco. Y mi primera petición es ésa: que las cosas se mantengan así. No me puedo permitir gastos inesperados, francamente...
Mi salud no ha sido del todo buena: esas crisis de ansiedad...de las que seguramente soy yo la única responsable. Pero no me he tenido que quedar en casa, sin ir a trabajar, ni un sólo día. Os pido por tanto que siga más o menos así. Bueno, no... Os pido que me quitéis la angustia. Y que de una vez me ayudéis a perder peso. Me siento vieja y cansada. Y triste, muy triste, pero eso no tiene que ver con mi estado de salud. Os pido, por tanto, que mantengáis mi salud....y me ayudéis a decidirme a ir al médico cuando me sea necesario.
También hay cosas como lo de volver a conducir y esos temas..., pero creo que no es competencia vuestra. Os agradezco si fuisteis vosotros quienes me ayudasteis en primavera a solucionar todo aquel pequeño lío con el coche. Y os pido que este año sigáis echándome una mano en ese tema, en lo relativo a Hacienda, en las posibles comisiones bancarias.... Al final, todo es dinero y es simplemente dinero. No es tan importante aunque lo sea. Importancia justa. Ayuda justa y agradecimiento.
Necesito que mantengáis mi trabajo. Y que mejoréis las condiciones. No os pido seguir en la misma empresa ni cambiar: me basta con que no pierda ingresos. Sabéis que hace meses doy vueltas a la posibilidad de cambiar de empleo..., aunque no esté buscando nada de manera activa. Os pido, por tanto, que me echéis una mano en ese sentido.
Y, para mí, nada más.
Para el mundo, sí: paz, que no aumenten las catástrofes naturales. Que nuestros políticos, los nacionales y los otros, dejen de hacer sandeces. Que pare toda la violencia contra todo el mundo. Que deje de morirse la gente de hambre, en un mundo donde tiramos tanta comida. Que seamos todos un poco más solidarios y más coherentes.
Y que llueva. Eso también es un deseo egoísta: que llueva. Necesito lluvia real y hasta metafórica, como necesito luz y necesito ventanas...

Y...
Y para qué voy a seguir diciendo que no necesito nada: necesito que me traigáis ilusión. Eso en lo que se supone que sois los absolutos expertos. Quiero que me traigáis algo que haga que vuelva a ilusionarme. Porque actualmente no siento ilusión por nada. Porque estoy triste, me siento muy triste.
Porque ese 2017 al que tenía miedo no defraudó. Y se ha llevado más de lo que me ha traído.
Ya no os pido amor (¿para qué? amor para dar me sobra. Amor para quien no me quiere). Simplemente, algo que me ilusione. Ni siquiera sé si ese 'algo' es compañía (imagino que sí), o es simplemente tranquilidad, o...no sé, supongo que vosotros sabréis mejor que yo lo que necesito.
Me gustaría poder atreverme a pediros que alguna mañana le vea dormido a mi lado, al abrir los ojos. Pero creo que eso ya no es competencia vuestra. Hace siete años pensé que fuisteis quienes me lo habíais traído, sí, esa primera mañana en que desperté y estaba a mi lado. Y probablemente fue así. Pero las cosas no duran para siempre. Los juguetes no son eternos...
Si os pido que él esté bien, que sea feliz y que tenga lo que desee. Probablemente también os lo pedí el año pasado y, como lo que quería era que su empresa le hiciese indefinido, igual fuisteis vosotros... Este año os pido para él que sea feliz, ya que yo no puedo darle esa felicidad.

Y nada más. Que todos los míos sigan bien. Que también tengan lo que deseen.

Como cada año, os dejaré los polvorones, el turrón de alicante, el vinito y el Bailys. Zumo y frutas escarchadas para los pajes, y leche si la quieren. Y plátanos, claro. Y paja y agua fresca para los camellos, esos bichos por lo que ya sabéis que siento debilidad.

Y ya está. Si pensáis que no he sido lo bastante buena, no me traigáis nada. Pero, por favor, no me dejéis perder más cosas. Quiero creer que este año, que es par pero no bisiesto, que es redondito y lunático, va a ser un buen año. Ayudadme a seguir creyendo en cosas así, como sigo creyendo en vosotros.

Muchas gracias por todo, queridos Reyes Magos.

Vuestra, como cada cinco de enero:

bruxana (o A.S.T.)

jueves, 4 de enero de 2018

Cambio de año.

Ya en 2018.

Este año no he publicado post-resumen del año 2017. No sé. Podría alegar falta de tiempo (e igual tampoco estaría mintiendo, pese a llevar de vacaciones desde el viernes día 22), pero seré más sincera si reconozco que han sido falta de ganas. Absolutas. O ganas de olvidar ese año y pasar página sin demasiado entusiasmo (también he de reconocerlo).
No ha sido un buen año. Tampoco de ésos que dices día a día 'esto es un infierno', o en los que pasas una temporada tan mala que incluso cuando ha pasado quedan ahí los restos y cuesta quitarlos. No. Este año ha sido de ésos que dejan cicatrices pequeñas, mal sabor de boca, sensación de vacío, pocos recuerdos felices...

Sin poder decir que haya tenido enfermedades (no recuerdo ni haber pasado la gripe), no fue un buen año para la salud. Tres o cuatro ataques de ansiedad (recuerdo un par de ellos muy fuertes. Los controlo, sé que soy capaz de controlarlos y entender que no me estoy muriendo), de ésos que te dejan extrañamente convaleciente durante varios días. Ataques de dolor de estómago que duraban también días (inexplicables. Pero hay que ver lo que duele el estómago, lo que es capaz de doler...). Jaquecas de no saber qué más hacer para que se pasen. Que duran apenas unas horas y ya está, pero esas horas se hacen eternas. Y, sobre todo, el cansancio. El cansancio permanente, continuo, el sueño incluso cuando teóricamente se han dormido más de ocho horas...

Sin haber dejado, tampoco, de trabajar en todo el año..., no ha sido un buen año laboral. Por mil pequeñas cosas. Por un mal ambiente laboral continuado y progresivo, que llegó un momento en que ni yo (conciliadora por naturaleza, pegamento en el grupo en que trabajo, positiva e irónica para desdramatizarlo todo) era capaz de esquivar. Cada día más y más trabajo, cada mes menos sueldo (es lo que tiene que parte de tu 'variable' vaya condicionado a una exigencias de producción...que son progresivas mes a mes, pero donde no te dan con qué poder aumentarlo). Y la absoluta certeza de que no va a mejorar. Que la semana que viene vuelvo al trabajo y todo va a seguir igual, sólo que partiendo de nuevo de cero...

Y con la tercera variable, ésa que según la canción compone el terceto ideal para ser feliz si todo va bien (salud-dinero-amor) qué añadir. Qué más añadir cuando has visto a la persona a quien quieres tres veces a lo largo del año, sin que realmente nada pueda justificar esa circunstancia (bueno, claro que lo justifica..., pero es ajeno a mi decisión, mi voluntad y mis deseos). Cuando el año termina sabiendo que ni siquiera quiere que intentes llamarle (el educado y justificado 'ya te llamo yo a mediados de semana, ya hablamos un día de éstos'). Que mientras te lo está diciendo te parece incluso lógico: 'le llamo y no me coge el teléfono porque no lo oye, porque está cansado, porque no puede hablar..., le envío un sms de buenasnoches y a veces ni me contesta porque ya está dormido...; mejor que me llame él cuando pueda...', y luego te das cuenta de qué es lo que realmente te está diciendo: 'no me llames'. Así, sin más.  Y sin entender qué pasa.
Bueno, sí; que no me quiere, que no le intereso ni le importo. Que no soy más que una molestia reiterada.  Que, como es una persona educada, no me lo va a decir así: para eso están las excusas. Y ya está.

Evidentemente, no ha sido un buen año.

Lo terminé como todos: cumpliendo años. Y sintiéndome vieja. Por primera vez en mi vida, me siento mayor, muy mayor. Tanto como me indica mi edad real (sé que aparento..., o al menos he aparentado durante tiempo, menos de la que indica mi dni). Lo terminé con tarta y velas, con uvas mientras miraba las Campanadas en televisión, ropa interior roja, adelantando el pie derecho, tacones en botines nuevos, lanzado de moneditas a la calle mientas veo los fuegos artificiales...., todo eso. Todo lo que enlaza un año con el anterior en unos minutos, lo que lo enlaza a la vez con el mismo día de años anteriores...

Llevamos 3 días del nuevo año. El primero, rutina familiar: comida de Año Nuevo para liquidar los restos de la noche anterior y, además, comer lentejas; el segundo, enferma con un insoportable dolor de estómago a partir de mediodía que me dejó inmovilizada en casa tras una mañana sin problemas, de intendencia doméstica, gestiones bancarias, visita al híper para alguna compra de Reyes...; el tercero, ayer, más compras de Reyes y alguna foto navideña, ya sin rastro de dolor (o al menos, apenas reseñable). Tres días de rutina.

Dicen que hay que cuidar los primeros doce días del mes, porque 'marcan' lo que será cada uno de los doce meses. No sé. Por esa regla, me espera un enero de vivir de restos, escuchar discos, leer periódicos atrasados... Un febrero de alternar la rutina doméstica con las tareas administrativas propias y con el dolor inevitable. Y un marzo de más intendencia doméstica, compras y relacionarme un tanto con extraños (esto lo digo porque estas navidades he ejercido en más ocasiones que nunca de 'fotógrafa de desconocidos': gente que debe observarme haciendo fotos, debo parecerles de fiar...y terminan por pedirme si, por favor, puedo hacerles una fotografía con su móvil en los escenarios navideños madrileños). Y un abril que, a tenor a la teoría antes mencionada, va a tener mucho ordenador, y más compras...

Probablemente no hable con él los próximos días: sé que no me va a llamar. Y que, si lo hace, será por mero compromiso e incluso sabiendo que ese día y a esa hora seguramente no estaré en mi casa (mañana, día cinco, me voy por la tarde de 'paje de Reyes Magos' al domicilio materno, y probablemente ya no regrese hasta el domingo por la tarde-noche).

Objetivamente, este 2018 no está empezando bien. Pero no me quiero anclar en esa idea. Quiero pensar que va a ir mejorando. Que éste es el punto de partida y sólo puede ir mejorando.

Feliz 2018. Par, redondito y hasta lunático.

lunes, 25 de diciembre de 2017

Seguir respirando.

Mañana empiezo, oficialmente, las vacaciones.
Como creo que ya he comentado: sin planes de ningún tipo, más allá de intentar dormir lo más posible.

Sigo anormalmente cansada. Incluso sin hacer nada los dos o tres últimos días, estoy muy cansada y tengo mucho sueño aun sin madrugar.

Me gustaría mucho, mucho, verle antes de terminar el año. Pero sé que no va a ser así. Es más, cada vez estoy más segura de que no voy a volverle a ver. No sé si, simplemente, en mucho tiempo...o nunca más.

No se puede pensar en ver a quien ni siquiera contesta los mensajes. A quien se llama por teléfono y con quien no es posible hablar. Que ni siquiera en navidad se molesta en enviar una felicitación, aunque sólo fuese por compromiso.
No se puede soñar con estar con quien demuestra un desinterés tan claro y tan evidente.

Creo que debo dejar de llamarle y de escribirle, sin más.

A veces... A veces he pensado en ir a verle sin que me vea. Utilizar mi invisibilidad (aún más ante sus ojos, que hace tanto decidieron dejar de mirarme. Porque también descubrí, en aquellos tiempos en que me dejaba acompañarle un rato en su retorno a su punto de llegada tras el trabajo, que no me miraba) para verle sin ser vista.

En marzo estuve muy a punto de hacerlo. Llevaba tres meses sin verle. Un viernes cogí un bus, luego otro, uno que en teoría pasaba cerca de la estación de metro que es su punto de partida para regresar a su casa... Y antes de llegar a la parada donde debería bajarme, me di cuenta de la soberana tontería que estaba a punto de hacer...y seguí el viaje. Y terminé en un barrio al que ni le puse nombre ni se lo he intentado poner posteriormente, y bajé del bus, crucé la calle y cogí otro que no pasaría cerca de él. Y aún pasaron otros dos meses y pico antes de volverle a ver.

Hace semanas, haciendo limpieza en los archivos fotográficos del móvil, descubrí que llevaba una foto suya. La última que le hice. Estaba allí porque se la envié: las hago con la cámara de fotos digital, luego las descargo en el ordenador y desde ahí suelo mandarlas por guasap. Como él no maneja esa aplicación (o igual sí y yo no tengo acceso a contactar con él: hace poco supe que se puede bloquear contactos y no me extrañaría que esa fuese mi situación), las fotos se las enviaba por email. Y alguna mediante sms. Esa última foto se la mandé así, y por eso estaba en la memoria de mi móvil, simplemente.

Le llevo en mi teléfono desde hace año y medio. Sin saberlo.
No miro su foto, pero está ahí.
Espero sacar fuerzas algún día de los próximos meses para eliminarla.

Pienso en estas cosas, en todo eso  que tengo que hacer (no llamarle más, no escribirle, dejar de enviarle un beso de buenasnoches, borrar sus teléfonos de la memoria de los míos para resistir la tentación de seguir haciéndolo...), y me falta el aire.

Pero luego pienso que también me habría faltado si hace dos años alguien me hubiese dicho que no iba a seguir viéndole al menos una vez por semana, como hasta entonces. Que llegaría un momento en que pasarían días y días sin que hablásemos. Que enviarle un sms no significaría tener respuesta.

Y ésa es mi realidad y sigo respirando.
No sé porqué, porque cada día encuentro menos razones para seguir haciéndolo, pero sigo respirando. Por mero instinto de supervivencia, supongo.

O porque para llorar necesito aire.


domingo, 24 de diciembre de 2017

Noche de Paz. Y esas cosas.

A falta de una semana justa para terminar el año.
Y, a partir del martes, oficialmente de vacaciones.

En realidad, podría decir que ya estoy de vacaciones (desde el viernes a las dos de la tarde, porque nos dejaron salir antes: cada vez tengo más sensación de, en vez de en un lugar de trabajo serio, paso el día en una guardería), pero como estamos en pleno fin de semana y mañana es fiesta a nivel nacional y, por tanto, habría estado igual sin la obligación de ir a trabajar, mis vacaciones empiezan el martes. Hasta el día ocho de enero, que es el primer lunes laborable del año.
¿Planes para estos días? Ninguno. Bueno, hacer las compras-regalos navideños. Fotografiar las luces madrileñas (como los últimos años). Y dormir. Dormir todo lo que me sea posible.
Porque siempre estoy cansada y lo que me pide el cuerpo es eso, dormir. El viernes me quedé dormida, por puro agotamiento, antes de las diez y media en el sofá (la hora la calculo porque recuerdo pocas cosas a partir de las diez y poco). Ayer no madrugué (creo que me levanté sobre las diez, aunque antes de ese momento me hubiese despertado una docena de veces). Anoche volví a quedarme dormida en el sofá, eso sí, sobre las doce de la noche... Llevo así toda la semana. Creo que un par de noches no he cenado (aunque cuando llego de trabajar, a las ocho y pico: por obra y gracia de las huelgas de transporte estoy tardando dos horas y media largas en conseguir llegar a mi casa, pues eso, cuando llego picoteo alguna cosa: patatas fritas, pipas, alguna rodaja sobrante de embutido...., meriendacena insana). Es todo un desbarajuste.

La semana pasada me compré un par de camisetas más o menos 'de vestir'. Ayer me compré otra, más de andar por casa. En los tres casos, siguen metidas en las bolsas de la tienda y, éstas, en otra de esas de plástico transparente que te precintan para entrar al híper. Y ahí están, acumuladas en el suelo junto a otras bolsas con o sin cosas compradas para regalar en Reyes.

Imagino que, simplemente, no tengo la menor ilusión. Las camisetas las compré porque supongo que pensé que me podrán venir bien para llevar algo discreto (son negras) e ir medianamente arreglada a la Convención de Ventas Anual que tenemos a mediados de enero. A mi cuerpo no le vale nada de lo que le gusta en los escaparates. Y creo que ya ni veo cosas que me gusten realmente, al tener asimilado que da igual, que no es para mí y punto.

Creo que mi cuerpo y mi mente se están preparando, por su cuenta y sin contar por tanto conmigo, para no desear.
Siempre he tenido esa capacidad, sin empeñarme en ello.

Hace cuatro años trabajé (un año completo) en un sitio donde para ir al baño había que pedir permiso...y esperar a que te lo dieran. En el trabajo que hacía se estaba hablando todo el día y, por un tema de hidratación de las cuerdas vocales, es conveniente estar también todo el día bebiendo agua...
Se me acostumbró el cuerpo a reducir el consumo de agua, supongo que para poder pasar horas sin poder ir al baño. Y mantengo la costumbre, sin ser apenas consciente de ello.
Y como eso, algunas cosas más...

Terminaré el año deseando que acabe (no ha sido un buen año, aunque si tengo que hacer una lista de 'cosas malas' igual tengo que pensármelas) e intentaré empezar el próximo con ganas. Me intento guardar estos días libres, de entre los que me corresponden de vacaciones anuales, para estos días. Para poder desconectar, estar sola, ordenar o no la casa, envolver regalos... Aunque a veces he pensado que igual este año me hubiese venido mejor terminar y empezar el año, o una de las dos opciones, trabajando. Precisamente para estar acompañada.

El ambiente en el trabajo está cada día más enrarecido. Personalmente, no tengo problemas con nadie (es cosa de mi carácter, siempre ha sido así) pero el ambiente...

No sé. Imagino que un día de estos escribiré sobre ello.

Me sigue preocupando su estado de salud. Cada día y cada noche.
Sé que no voy a verle en lo que resta de año. Que este año, de hecho, se cerrará con tres únicos encuentros (y nada más). Que me digo que en realidad han sido seis días, porque empezaron un viernes y terminaron un sábado (y eso son dos días cada vez). Pero serán sólo ésos. Y empezaré el nuevo año sin verle...quien sabe hasta cuando.

Igual no volvemos a vernos.
También tengo que ir asimilando esa posibilidad como lo que es, una realidad.

Veinticuatro de diciembre. Noche de Paz.
Y esos tópicos. Y esas cosas.

domingo, 17 de diciembre de 2017

No recordar, para no olvidar.

Última semana antes de mis vacaciones. Dos semanas justas para que termine el año.

El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.


Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás.  Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio  a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.

En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.

Y también  tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis,  si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.

Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.

Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.

La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.

Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.

Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Sin gloria, pero con pena.

Estoy triste.
Las navidades no me han gustado nunca (creo que lo escribo todos los años por estas fechas). No me gustaban especialmente ni de cría. Miro hacia atrás y no recuerdo esas fechas con la supuesta magia que deben tener, con ésa que recuerda casi todo el mundo, esa magia que está en la niebla que envuelven los recuerdos de infancia... No eran unos días muy distintos a los de antes o después. Simplemente, había polvorones de limón y chocolate, turrón que terminaba derritiéndose en una bandeja de cerámica que tenía unos perros dibujados, un árbol de plástico con cosas colgando que no podíamos poner ni quitar porque se rompían (a mí me gustaba especialmente alguna bola roja con hendidura amarilla como de fuego, algún animalito blanco con algo de purpurina... Curiosamente, no podía tocarlas por si se rompían, y un día supe que terminaron todas en la basura en una mudanza, sin más ni más), una cinta de cassette de villancicos que alguna navidad no se puso por temas de fallecimiento de familiares que ni siquiera conocía... Sólo me gustaba el día de Reyes,  más por 'querer creer' que por los regalos en sí (que ni siquiera elegía yo en plan 'Carta de Reyes'; se acordaba lo que iban a ser nuestros regalos, en plan 'sorpresa', supongo). Años más tarde, a la navidad se unió un Belén, y mis recuerdos incluyen cenas de huevos rellenos con mayonesa y chuletas de cordero que casi desayunábamos, más que comíamos, al día siguiente, porque siempre sobraba. Y espárragos blancos y piña de postre...

No sé. No me gustan las navidades. Años más tarde he contribuido a que los recuerdos de los demás sean mejores que los míos (al menos lo he intentado) y los días de Reyes eran una fiesta. Y los turrones y polvorones eran los mejores, y se incluyó el salmón ahumado, los volovanes de hojaldre rellenos de cosas, el sucedáneo de caviar, el queso roquefort y alguna delicatessen de andar por casa más. Pero eso tampoco mejora los recuerdos infantiles.

Y este año aun no ha llegado la navidad, pero yo ya estoy triste. Muy triste.

Hace semanas tengo la sensación de que todo se me está desmoronando alrededor. Que llevo mucho tiempo semienterrada en arenas movedizas, pero hasta determinado momento había asideros a los que agarrarme, y casi era divertida esa sensación de no poner salir del sitio. Y terminar convirtiéndolo en mi 'lugar de confort'.

Pero cada vez me queda menos a lo que agarrarme. Y soy consciente de ello. Y cuando ya no hay nada a lo que asirse, da igual que quieras huir porque no hay un punto de apoyo que te sirva como impulso.

Estoy muy cansada. Y estoy muy triste, aunque pretenda que no se note, aunque a veces parezca que estoy enfadada. Y mis enfados deben ser casi divertidos, porque me pongo de lo más sarcástica y eso a veces hace mucha gracia.

A estas alturas del mes, aun no he comprado ningún regalo de Reyes. Y me faltan cosas para completar la cena de navidad (en realidad, no, porque tenemos de todo y ya están comprados los turrones, algún entremés..., y la cena en sí ni la hago yo ni es en mi casa). Y lo peor es que no tengo ganas de nada.

Quedan 15 días para que se termine el año. Quince, con sus quince noches.

Esta semana es la última que trabajo (no sé si en lo que queda de año, o si 'la última' en una buena temporada: las cosas están complicadas. Mucho). Y a partir de ese momento ya no me quedará la excusa de estar tan cansada por las noches que tumbarme en el sofá quiera decir quedarme dormida. Y no llorar.
O no llorar apenas ninguna noche.

No creo que el año que viene sea mejor que éste, francamente. Pero mi único deseo ahora mismo es que por fin se acabe este 2017, que se va sin gloria. Porque pena si me deja, pena me ha ido dejando mucha, extendida a lo largo de los días de este año.