martes, 17 de abril de 2018

Primavera al fin.

Parece que ya termina el invierno.
Es raro. Llevábamos tantos años sin tener un invierno real...que en algunos momentos ya se me estaba haciendo un poco pesado. Aunque la verdad es que tampoco hemos tenido muchos días de frío drástico. Ha sido una especie de otoño larguísimo con más lluvia (mucha más) de lo habitual.

Otros años, por estas fechas ya llevábamos más de un mes de primavera que algunos días ya era casi verano. Éste, hasta hoy hemos empezado los días con temperaturas muy bajas (inferiores a los 5ºC) y raramente hemos pasado de los 15ºC. Pero hoy ya hemos sobrepasado los 20ºC y mañana se mantendrá la misma tónica.

Y..., y aquí estoy, muerta de sueño y hablando del tiempo.

La semana está siendo tan rara como todas las de este invierno, como me temo que van a seguir siendo todas las de la primavera. Monotonía y ambiente raro laboral.
Y su ausencia.

Anteayer se me desconfiguró el blog. Ahora ya no tiene exactamente el mismo aspecto. Y, por un momento, hasta llegué a temer haberlo perdido...
Estoy dándole vueltas a la idea de abrir uno sólo para él. Para escribirle.

Sigue sin llamarme, sin darme permiso para llamarle yo, sin escribirme. Y aunque ya sé que eso va a ser así para siempre...no deja de doler.
Le echo terriblemente en falta.

Mañana será ya dieciocho de abril. Será ya miércoles. Y el parte meteorológico dice que habrá llegado la primavera a los termómetros.
Pero para mí, todo seguirá igual.

sábado, 14 de abril de 2018

Catorce de abril.

Catorce de abril.
Sábado, este año.

La semana ha sido como todas desde hace meses: insulsa. De no hacer nada y no parar de hacer cosas, de terminarla con la sensación (ya conocida) de que nada de lo que haga tendrá la menor transcendencia.

Me voy recuperando. Físicamente, quiero decir. Tras un frasco entero de jarabe, algún paracetamol y la preceptiva cucharada de miel antes de acostarme, ya toso menos. Casi sería más acertado decir que la gente piensa que ya estoy mejor, porque se me notan menos los síntomas o porque tengo menos síntomas de resfriado, alergia o lo que sea que tengo desde hace un par de semanas y que me hace toser y me dificulta la respiración.  Yo me siento igual de mal. O..., no sé. Porque realmente no me siento mal porque no respire bien o porque me den ataques de asma. Me siento mal porque no estoy bien desde hace mucho.
Y lo de menos son los malestares físicos.

A veces decido que merezco un regalo y me lo hago. Ayer fue uno de esos momentos.
Pensé que había sido muy buena toda la semana, había trabajado mucho y con muy buenos resultados y, además, llevo semanas malita, y me acordé que hace meses vi algo que me gustó. Y el mes pasado volví a verlo y me siguió gustando..., y no sabía bien porqué en ninguna de las dos situaciones me decidí a comprarlo (porque sí compré algo y no fue eso). Así que fui a por ello. Bueno..., en realidad no había planificado nada, pero finalmente el autobús elegido me hizo terminar en ese Centro Comercial.

Estuve a punto de no comprármelo, porque volví a ver otra cosa que me gustaba y... Al final, compré ambas. Son dos pares de pendientes (otros más). Creo que tengo pendientes para no repetir durante un mes completo. Casi todos de plata con piedras semipreciosas o directamente preciosas, algunos de oro. Hace años, más de 20, también lo usaba de bisutería, pero mis alergias..., en fin.

Son cosas que no necesito e igual me hacen gastar un dinero que debería guardar para tiempos peores. Pero igual también lo hago para autoconsolarme o para intentar hacerlo. Un ratito de consuelo, como quien da un caramelo al niño que llora.

Alguna vez hice tiempo en ese Centro Comercial porque había quedado con él y..., eso, hacía tiempo. Está tan cerca del sitio donde trabaja que podría ir andando a esperarle. Nunca lo hice. Aprendí qué buses me acercaban a la estación de metro donde quedaba con él. 
Tampoco ayer me acerqué.

El bus me llevó hasta la estación de metro donde, probablemente, también pasa él para iniciar el camino de vuelta a su casa. Y me hizo pasar ante el edificio donde trabaja.
En ningún momento imaginé que pudiese encontrármelo.
Supongo que no imaginar algo ayuda a que no pase.

Sería fácil acercarme a la proximidad de su centro de trabajo y esperar a verle pasar. Mi capacidad para ser invisible a voluntad ayudaría. Mi impresentable aspecto físico actual, que me hace casi irreconocible, también.  Pero no creo que haga nunca eso.

Le echo muchísimo de menos. No entiendo su silencio. No entiendo que no me escriba siquiera. No entiendo nada.

Hoy es catorce de abril. Se cumplen ocho años, justos, del que pensé que sería el último día en que nos viésemos. Y que fue, al tiempo, el día en que tomé la decisión de que quería seguir viéndole, que necesitaba seguir estando en contacto con él. Sin embargo, cuando esa tarde me despedí de él al coger el bus, sí llegué a preguntarme si no sería la última vez...
No lo fue.

Pero este año por primera vez me he preguntado si no habría sido mejor. Yo seguiría acordándome de él, a veces. Seguiría felicitándole el Año Nuevo y por su cumpleaños. O igual ya no, al no haber entendido tampoco que de pronto dejase de verle en Facebook (cosa que pasó hace años, también). Seguiría acordándome de él cada catorce de abril, el día en que nos hicimos la única foto en que estamos juntos. La primera y la última foto en que estamos juntos.

Igual habría sido mejor para él. No volverme a ver. No tener que aguantar mis llamadas, mis neuras, no tener que soportar que quisiera tocarle, que me gustase besarle. Que le entretuviera con llamadas de dos horas por la noche en las que sólo hablaba él porque me gustaba escucharle hablar.

Quizá habría sido mejor que aquel catorce de abril hubiese sido la última vez que nos viéramos.
Pero no me imagino mi vida sin algunos recuerdos. No me imagino mi vida sin haberle tenido en mi cama algunas noches.
Da igual.

Catorce de abril. Aquel año fue miércoles. Recuerdo su mirada cuando cogí el autobús.
Este año es sábado, como la última vez que le vi. Y fue él quien cogió el autobús, un bus de la misma línea, en sentido contrario.

Catorce de abril. Hoy, la única verdad es que posiblemente no vuelva a mirarme.

martes, 10 de abril de 2018

Cinco primeros meses.

Y los días pasan, pero el tiempo no avanza. Todo sigue igual.

Abril sigue pareciendo invierno. Casi podría afirmar que es lo único que me gusta, que aún no haya empezado el calor (como otros años en estas fechas), pero empieza a cansarme este tiempo monótono, también en lo climatológico.

No me llama, no me escribe, no puedo llamarle. Y sé que esto no cambiará. Y sigo sin saber porqué, que ocasionó el origen de esta situación. Sé lo que pasa (o al menos, tengo que creérmelo) pero no sé porqué decidió no contármelo en su momento.
No entiendo nada. Y eso no ayuda a que deje de doler.

Mañana hará cinco meses desde la última vez que le vi. No es la primera vez de cinco meses de distancia (ya ocurrió el pasado año, desde mediados de diciembre de 2016 a finales de mayo de 2017), pero en esos meses fueron (aun) horas de conversación, planes fallidos, aplazamientos...

Este año no ha habido nada de eso, más allá de una semana en enero en que me creí que de veras podríamos vernos un rato, un viernes cuando saliera de trabajar... A  estas alturas tengo claro que en ningún momento fue posible y él lo supo desde el momento en que en vez de esquivar mi propuesta de 'a ver si te puedo acompañar un ratito una tarde de éstas' me respondió que 'igual el viernes de la semana siguiente...'.  Igual era un 'planB' que se planteó a sí mismo, por si fallaba el 'planA' que desde hacía muchas semanas era su realidad.

Tampoco a estas alturas me creo lo de la 'recogida y entrega a domicilio' familiar. Supongo que sí fue así en un primer momento, cuando en las navidades de 2016 le cambiaron el horario ampliándole una hora más la jornada y la única forma de poder cuadrar ese horario con sus obligaciones familiares pasaba por que le fuesen a buscar. Pero no me creo, ya no, que esa situación se prorrogase durante casi dos años. Simplemente, había quien le interesaba más que yo como compañía a la hora de salir del trabajo y volver a su casa. E imagino que también a mí me resultaba más sencillo creerme sus explicaciones-excusas en vez de reconocer una realidad tan obvia.

Mañana se cumplen cinco meses sin verle. Y muchas semanas ya sin escucharle. 

A ratos, pienso en volver a escribirle. O en empezar a escribirle, más bien. Algo más allá del mensaje de buenasnoches que fue una rutina durante años...
A veces lo pienso. Abrir un blog exclusivamente para él, para escribirle.
Luego pienso que es un disparate. Y desisto.

Me duele mucho su ausencia. Más su silencio que la falta de su presencia física en mi vida.
Mañana se cumplirán cinco meses.

Y sé que en esta ocasión no son sino los cinco primeros meses sin él. Porque en mayo serán seis. Y en noviembre el día once escribiré que ya ha pasado un año entero desde la última noche que desperté a su lado. Y que no ha querido volverme a ver.

domingo, 8 de abril de 2018

Otra semana de mierda más.

Termina otra semana de mierda. Y, en unas horas, dará comienzo otra de la que me gustaría esperar buenas cosas, pero sé que no será así.

Me gustaría, también, tener más valor. Valor para organizarme y cambiar de vida.

Empezar por ir al médico y pedir la baja. Estoy tan mal anímicamente (y  creo que si me hacen una analítica, los resultados acompañarían) que no creo que fuese complicado conseguir una baja de un par de semanas. Y aprovechar ésta para descansar...o para empezar a movilizarme.

Mi trabajo, más allá de la nómina a finales de mes, no me aporta nada positivo. Trabajo a las órdenes de una personalidad ciclotímica (la tengo cariño, pero no hay quien la soporte. Curiosamente, en eso está de acuerdo todo el mundo. Incluso quienes sólo la conocen superficialmente) que, a su vez, tiene como jefa a la persona peor educada que me he echado a la cara. Una señora con nulas habilidades sociales, que no te responde cuando la saludas (por poner un ejemplo). Y que ponen su inutilidad al servicio de una empresa donde muchos días no sabemos hacia dónde vamos ni para qué. Y, encima, que cuando tienen que contratar a alguien..., en fin, que ni a propósito lo harían peor. Durante seis meses hemos tenido a una yonki que faltaba más de lo que venía a trabajar (curiosamente, tenía por costumbre faltar todos los lunes: ya se sabe, los fines de semana son muy malos. Y para un lunes que viene, le comunican que no se le prorroga el contrato). Ahora, para sustituirla me traen a alguien 'del programa de integración'. Se supone que su minusvalía declarada tiene que ver con un problema de audición. En la práctica, es un friki que tras dos semanas de formación aún no se ha enterado siquiera a qué se dedica la empresa. Eso sí, ha aprendido y entendido que no va a ser necesario trabajar para que le paguen a finales de mes. Y como en este caso su contrato desgrava a la empresa...me temo que vamos a tener que cargar con el lastre durante meses. Dice incongruencias, apoya la veracidad de teorías conspiratorias mundiales, creo que a estas alturas todas las chicas de la plantilla hemos tenido que darle a entender que no tenemos la más mínima intención de hacer menor caso a sus intentos de cortejo. Soy consciente de que voy a tener que hacer la mitad de su trabajo (lo sé. Y eso no implica que se me vaya ni a gratificar económicamente ni a agradecer) pero también tengo muy claro que no voy a seguir ni intentando formarle, ni corregirle, ni nada que contribuya a que pase más tiempo del imprescindible en plantilla.

Exactamente lo contrario a lo que decidí hace siete meses con otro de los fichajes: he estado meses haciendo más de la mitad de su trabajo (que sigo supervisando de manera continuada) porque decidí que nos lo quedábamos. No tanto por simpatía personal (que me cae bien, francamente, pero eso ha sido con el paso de los días) como porque ya estoy cansada de tanto cambio. Así que decidí 'a éste, nos lo quedamos. Ya me encargo yo de que sus resultados sean buenos'. Y hace unas semanas le firmaron la renovación del contrato, pasando a indefinido....


Hace tiempo que no somos un equipo. Somos un grupo de personas que, circunstancialmente, trabajan juntas. Sí fuimos equipo hace meses..., más de un año ya, pero la empresa ha hecho todo lo posible e imposible para fragmentarlo hasta que ya no tenga arreglo ni vuelta atrás.

Me siento terriblemente cansada. Termino cada día con la sensación de no haber hecho nada de provecho y con la certeza de que al día siguiente la conclusión será la misma.
Nadie es imprescindible, en ningún sitio y en ninguna situación. Pero también sé que si falto, se desatará el caos.  E igual eso, ese puñetero sentido mío de la responsabilidad, me impide soltar algo que no es sino un lastre que no me deja volar..., ni pensar, ni descansar...

Físicamente sigo sin estar bien. Los síntomas de ahogo derivados del ataque de alergia (e igual, también de algo de resfriado) de esta semana siguen ahí. Intento controlarlos con un jarabe mucolítico y muchos kleenex, pero simplemente se quedan ahí, latentes.

La primavera no termina de arrancar. Pero tampoco es invierno.
Y me sigue doliendo mucho el corazón.

Es imposible explicar con palabras lo que duele, lo tremendo que es el dolor, de no saber cómo está la persona a quien quieres. Más aun cuando lo único que sabes (con cuentagotas) es que no está precisamente bien. Y saber (y no entender porqué) que es él quien ha decidido sacarte de su vida, no darte explicaciones, no informarte de nada. Y saber también que probablemente no le vuelvas a ver nunca más. Es imposible explicarlo.

Y aun es más complicado cuando no puedes hablar de ello. Cuando no puedes decir que si dices que te falta el aire, no sólo te estás refiriendo a los problemas respiratorios relacionados con la alergia. Que si hablas de tu poca esperanza en el porvenir que ves por delante, no te estás refiriendo únicamente al caos imperante en la organización de la empresa en que trabajas.

Le tengo en el sentido opuesto y casi al final de la misma línea de metro en que voy al trabajo cada mañana. No en otro país. Le tengo al otro lado de dos líneas telefónicas, cuyos números aún tienen memorizados mi móvil y mi inalámbrico. Le tengo en el punto de llegada de una dirección de correo electrónico.
Y no le tengo, porque no quiere que yo esté.

Y en este domingo que cierra una semana de mierda, sé que la semana que empieza mañana todo será igual. Y seguiré sin tenerle.
Y seguiré sin saber porqué.

miércoles, 4 de abril de 2018

A oscuras a pleno sol.

Creo que voy mejorando. Al menos, en el plano físico.
O igual no, y es sólo que me voy acostumbrando.

A veces me dan unos ataques repentinos de tos que me dejan sin respiración (literalmente). Esta noche han sido varios. Igual demasiados. Creo que he pasado más tiempo despierta que dormida, aun no teniendo ni siquiera eso del todo claro. Sí me recuerdo sentada en la cama intentando que me llegase algo de aire a los pulmones. Y en más de una ocasión.

A las seis y media, puntual como sólo sabe ser él, ha sonado el despertador. Lo he apagado como suelo, de un manotazo. Y he seguido con los ojos cerrados...y una sensación muy rara...

La verdad es que mis sueños de esta noche lo han sido. Muy raros. Creo que he soñado con el fin del mundo. O con esos momentos previos... No es la primera vez que sueño con algo así, aunque luego se me olvide el argumento del sueño y sólo conserve la sensación desasosegante. Esta mañana, por un momento, hasta he pensado en quedarme en la cama, en intentar recuperar el sueño a ver cómo terminaba todo eso.
Y el caso es que no recuerdo el argumento del sueño en sí. Y sólo recuerdo que era bastante angustioso.

Esta mañana, tras apagar el despertador, primero he pensado que la sensación rara que notaba en el ambiente era una consecuencia del propio sueño. Y luego he pensado que igual era todo mucho más sencillo de explicar...

He comprobado qué hora era en otro de mis relojes (un proyector que refleja la hora en el techo si lo toco. Antes y durante años tuve un reloj-proyector, pero hace semanas dejó de funcionar esa opción y en navidad compré algo similar, aunque menos sofisticado) y, viendo que ya eran las siete menos cuarto, me he levantado. Casi completamente segura de qué estaba pasando en realidad.

Estaba sin luz.
El interruptor del baño me lo ha corroborado.
He ido hasta el comedor y he visto que toda la calle estaba a oscuras. Eso era 'lo raro' que noté al despertar: falta de la luz ambiente cotidiana. Semáforos, farolas, la luz de otras viviendas...

Y, sobre todo, el ruido. La ausencia de todos esos pequeños ruidos ambiente que provienen de aparatos eléctricos: despertadores enchufados, maquinillas de afeitar, secadores de pelo, microondas, aparatos de radio... El ruido del ascensor o de los temporizadores de luz de la escalera. Más que la falta de luz, era la ausencia de ruido lo desconcertante.

No es la primera vez que me pasa. En algún corte de luz diurno lo pude comprobar. Aunque a oscuras es distinto.

Sin luz (bendita fotofobia que me hace ver en la oscuridad) me he lavado la cara, me he vestido, me he puesto los pendientes y las deportivas. También me he aplicado la crema hidratante en la cara. He tenido que prescindir del café y he desayunado un vaso de zumo de mandarina. Y cuando me planteaba cómo bajar a la calle, con la escalera a oscuras...he recordado que el móvil incluye entre sus herramientas una linterna.

Es la primera vez que la uso. Y hay que ver la cantidad de luz que emite: ha sido encenderla y se ha iluminado media casa. Y con esa luz me he tomado el jarabe en la cocina y me he cepillado el pelo en el baño.

Curiosamente, anoche ya estaba acostada y volví a levantarme para enchufar el móvil al cargador y éste a la red eléctrica. Afortunadamente.  Porque si no, hoy tampoco habría tenido luz en el móvil.
Y curiosamente ese arrebato fue algo extrañamente instintivo y que no recuerdo haber hecho nunca anteriormente (alguna vez he descubierto que el móvil estaba prácticamente sin batería al ir a mirar la hora antes de salir de casa).

La luz ha vuelto a las siete y media de la mañana. Justo cuando iba a salir de casa.
Y lo he sabido porque, de pronto, ha sido como si una ola de pequeños ruidos lo invadiera todo.

Lo último que he hecho, antes de salir de casa y con la iluminación de la linterna del móvil, casi innecesaria porque ya había amanecido, es poner el reloj del microondas en hora.

El día ha sido absolutamente prescindible.

Al volver, el reloj parpadeante del microondas me ha demostrado que en algún momento del día ha vuelto a irse la luz.

En mi móvil, además de una linterna y otras cosas, tengo una foto suya. A veces aparece sola en una de esas galerías que se activan aleatoriamente.

Como creo que he contado alguna vez, descubrí que la tenía ahí hace unos meses. Y que ni siquiera la había guardado conscientemente: la envié al móvil para poder enviársela tras hacérsela con la cámara, hace casi dos años. Fue una fotografía del último día en que le hice fotos.
Está especialmente guapo. Lo pensé la primera vez que la vi y sigo pensándolo. Guapo y muy reconocible.

Este mes tengo que sacar el valor en algún momento y borrarla.
Y, si no vuelvo a hablar con él, este mes también tengo que buscar el valor para eliminar de la agenda de mis teléfonos su nombre. No voy a borrar los teléfonos, fijo y móvil, pero dejarán de estar identificados. Dejarán de ser parte de la agenda.

Ha sido él quien decidió dejar de ser parte de mi vida, por el método de no querer verme, no llamarme, no responder mis mensajes, no coger el teléfono.
Por tanto, si en los próximos días no tengo noticias, confirmaré que no tengo ningún derecho a conservar su foto, ni sus teléfonos, ni nada que pueda dar a entender que siga siendo una realidad en mi presente.

No me sé sus teléfonos. Cuando le llamaba, buscaba su nombre. Si me llamaba él, era su nombre lo que aparecía en pantalla.
Si lo borró, dejaré de poder contactar con él. Aunque me muera de ganas, no tendré cómo hacerlo. Y evitaré el riesgo de hacerlo sin permiso, por tanto.

Esta noche en algún momento se fue la luz. Aunque estuviese dormida y, por tanto, no me fuese necesaria, se ve que he detectado esa ausencia y he terminado soñando que se avecinaba el fin del mundo. He echado en falta la luz artificial estando dormida.

Desde hace semanas, me falta algo sin él. Algo me mantiene a oscuras aunque esté a pleno sol. La luz que sé que no puedo encender mientras, dormida, tampoco tendría porqué hacerme falta.

Y esa sensación silenciosa y creciente, como en mi sueño, de que se (me) está acabando el mundo.

martes, 3 de abril de 2018

Casi curada (pero no).

Cuando alguien que nunca está enfermo va y se pone malo, pues resulta muy llamativo.
O eso pienso cuando me pasa.

Y no, no es que nunca esté enferma (como se suele pensar), es que no se me nota. Cuando se me nota, es porque me quedo afónica (y poco más). En veintimuchos años de vida laboral, sólo he tenido una baja médica (en realidad, fue una baja para negociar la salida de una especie de empresa que realmente era una banda de estafadores. Era la única forma de que me reenviasen al paro) y dos días en que no fui a trabajar porque tenía una gripe tan tremenda que no me tenía en pie (literalmente). Al margen de esos dos momentos excepcionales, he ido a trabajar recién operada, con esguinces que me obligaban a dedicar diez minutos a algo tan simple como atravesar una calle y veinticinco metros (y que nunca me curaron del todo), con una infección en los ojos que realmente asustaba mirarme... Aparte gripes, ataques de alergia con sus afonías, crisis de ansiedad... No falto al trabajo. Y normalmente, apenas se me nota nada.

Y no, no es que vea mal que la gente falte al trabajo si está enferma. Es más, soy la primera que dice 'no sé qué haces viniendo así, vete a casa'. Pero..., pero yo no valgo para eso.
Es como si en mi más profundo 'yo' considerara que no tengo derecho a ponerme mala. Igual por eso hace tantos años que no voy al médico. Y no porque lleve tanto tiempo sin enfermar: es que no voy.

Así que estos dos días, en que tengo la garganta fatal (llena de heridas de toser, estornudar y de la propia alergia), toso de una forma angustiosa (me falta el aire) y por lo visto tengo los ojos vidriosos...pues constituyo un espectáculo. Y me dicen que porqué no voy al médico y esos tópicos, sí, pero creo que ya saben que no voy a hacer caso.

Ayer por la tarde volvía a tener fiebre. Cené pronto, me arrebujé en el sofá con la manta tras tomarme un poco de leche caliente con miel y un paracetamol, dormí sin sueños unas tres horas frente al televisor encendido y casi sin sonido antes de trasladarme a la cama. Esta tarde mi fiebre era tan poca que en cualquier otra persona el resultado del termómetro habría pasado por temperatura normal.

Sé que en tres o cuatro días ya estaré lo bastante recuperada como para que resulte creíble decir que 'ya estoy bien'. Aunque no lo esté.


Esta vez me ha pillado con las defensas más bajas, supongo, y por eso no he podido disimular.
Y es que el estado de ánimo influye. Y yo llevo muchos meses triste.
Y tantos días, tantas semanas ya, sin saber nada de él tampoco ayuda a hacerme mejorar.

domingo, 1 de abril de 2018

Fiebre.

Fiebre.
Mi temperatura corporal 'normal' ronda los 36ºC. Alguna mañanas, ni eso.

No es que me ponga el termómetro a diario..., ni siquiera con frecuencia. Pero en momentos en que he estado enferma (gripes y tal) y he tenido que tomarme la temperatura para controlar mi estado, descubrí cuales son mis valores normales. Siempre pensé que la temperatura humana normal y general eran los 36,5ºC, así que la primera vez que me vi por debajo de los 36ºC casi me asusté. Luego ya fui comprobando que era normal en mí, así que sin problemas.

En estos momentos tengo 38ºC. Estoy mala.
Alergia.

Me duelen los pulmones (a quien nunca le hayan dolido los pulmones no se puede imaginar lo que es. A quien sí le haya pasado no tengo que explicarle nada). Tengo heridas en la garganta de estornudar. Me las produzco enseguida, en cuanto empieza un ataque de alergia y estornudo media docena de veces, aunque sea espaciada.

En las crisis de alergia primaveral lo de menos es lo que la gente considera que son los síntomas típicos y que no dejan de ser un tópico: el picor de ojos, los estornudos o el picor de la piel. Que también (hay momentos en que dan ganas de sacarse los ojos de las cuencas para poder rascar por dentro) y no es muy agradable vivir pegada a dos paquetes de klínex. Pero todos estos síntomas, aunque incómodos, son pecatta minuta cuando duele respirar, cuando notas que el aire al entrar en los pulmones atraviesa los bronquios como si los estuviese abrasando, como si en vez de aire fuese un estropajo. Cuando el cuerpo reacciona a esa sensación cerrando la tráquea y, de pronto, notas que no puedes respirar.


Lo de los ataques de fiebre nunca he tenido muy claro a qué son debidos, porque no los tengo todos los años (y sí recuerdo haber sido alérgica a la primavera, entre otras cosas, como desde los 8 ó 9 años) Por cierto, como en mi casa nunca se tomaron este tema en serio, pensando que si no se es alérgico de nacimiento decir que se es más tarde es cuento, nunca he tenido mayor tratamiento que procurar evitar lo que me produce alergia y tomarme, si no queda otro remedio, media minipastillita e un genérico. Así que ni siquiera puedo decidir tomarme un antitérmico.

Tengo fiebre. Y si lo he comprobado con el termómetro es porque llevo dos o tres horas notando los síntomas. Pesadez de ojos, temblor, labios hinchados. Todo esto unido al ardor de bronquios y el dolor de garganta.

Me he tomado medio litro de zumo de mandarina. Escuece al tragar. Y me digo que si escuece, es que cura (aunque hace mucho que no me creo del todo esa premisa materna. Ni las vitaminas se van del zumo si tardas un rato en bebértelo, ni el ácido cítrico cicatriza las heridas, pero, en fin...).
Mañana me tengo que levantar antes de las siete de la mañana y salir dirección al trabajo a las siete y media.

Esté como esté.
Y no sé cómo voy a estar.