sábado, 25 de febrero de 2017

Acariciarle.

Sueño que le acaricio.

Que recorro cada una de sus piernas con mis dedos, con la palma de mis manos. Una primero, luego otra. Subiendo hasta sus caderas y volviendo a bajar. Rozando sus pies al bajar, rozándole con las uñas para hacerle cosquillas, también en las corvas. Aproximándome a su sexo al subir. Tiene las pantorrillas apoyadas sobre mis muslos. Subo mis manos por los suyos, primero uno hasta su pelvis, bajo por el otro. Rozo su sexo. Sonrío al sentirle reaccionar.

Sueño que le acaricio, como tantas veces, tantas y en realidad tan pocas, en el mundo real y en el pasado.

A veces también apoyaba su cabeza sobre mis muslos, y entonces acariciaba sus brazos. Bajaba de los hombros hasta las manos, volvía a subir. Y pasaba a acariciar su pecho. Como lo hice la primera vez que vino a mi casa. Entonces, hace más de seis años, llevaba el pelo largo. Me gustaba también acariciarle el pelo, y peinarle con uno de mis cepillos por la mañana. Luego se lo cortó, también hace años.

Sueño que le acaricio. Con los ojos cerrados. Me gustaba su piel cubierta de pelitos. Siempre me resultó tan sexy lo masculino que era, que es...

Cierro los ojos y sueño con él.
Pero sé que ya nunca estará cuando los abra.

Lluvia de barro.

Esta semana ha llovido barro.

También han pasado otras cosas. Reuniones en el trabajo para comentarnos/amonestarnos por cosas absolutamente absurdas, las cosas y hasta las reuniones. Una alergia que, obviamente, no se me pasa ni deja de causarme síntomas y consecuencias. Tres noches cenando puré de verduras y hasta repitiendo: claramente preparé para más de dos platos, como creí haber cocido esas verduras, la noche del domingo.
Las mandarinas ya no saben a nada. O sí, pero no están ricas. Además, muchas están parcialmente secas: ya no es temporada de mandarinas. Tendré que pensar en otra fruta para mediamañana, pero es que las mandarinas son muy cómodas de transportar y comer.

El martes recurrí a un bolso un poco más grande del que uso últimamente, porque necesitaba transportar algunas cosas (el sándwich y la fruta, entre ellas). Y por simple desidia, he seguido usándolo toda la semana. En enero compré un par de bolsos; uno de ellos me apetecía muchísimo, desde que lo vi. Los tengo colgados tras la puerta de mi dormitorio. Los veo todos los días. No sé cuando los estrenaré.

A veces compro cosas que no necesito. Posiblemente esos bolsos también sean parte de esa realidad.

Me voy acostumbrando al magenta de mi sofá. En realidad, hoy es el primer día que lo veo con nitidez, desde que el pasado domingo puse esa funda: entresemana sigue siendo noche cuando salgo de casa y cuando vuelvo a ella. He tenido opiniones-sugerencias al respecto del color: qué cojines poner. de qué color pintar la pared... Cosas de las redes sociales (en las que, por otra parte, no tengo desconocidos como 'amigos'). No voy a cambiar el color de la pared: me gusta ese cian que es el tono del cielo de Madrid. Y ya iré cambiando el color de los cojines. De momento, tengo que seguir acostumbrándome a la ausencia del azul marino del sofá.

Por las mañanas, y algunas tardes, me pongo música en los trayectos. Hace años que no lo hacía y nunca lo hice antes empleando el móvil. He descargado varios discos y, con unos auriculares pequeños de color rosa chicle y búhos en el auricular propiamente dicho, que compré hace meses y nunca había usado, me intento aislar del mundo. Así hojeo el diario gratuito que recojo en la estación donde inicio el viaje y dejo en la estación de tren donde empiezo los transbordos, para que lea otro viajero.

Escucho música para no pensar.

Lunes y jueves veo una serie nacional en la tele. El resto de los días aprovecho la programación para que me entre enseguida el sueño, cerca de las doce. En realidad, tengo sueño todo el día. Cansancio derivado también de lo que fatiga no respirar en condiciones.

Han florecido unos bulbos de narciso casi blanco. Espectaculares, aunque casi me pierdo la floración. Los tengo en la ventana del baño. Acabo de hacerles unas fotos y tengo puestas 'a cargar' las pilas de la otra cámara, que hace mejores fotos macro.

De las cosas efímeras sólo queda eso, las fotografías.
La semana ha sido complicada. Sé que he vivido gran parte del tiempo como dentro de una nebulosa. Creo que me he autoprogramado para olvidar, continuamente. En el trabajo tengo eso: mucho, muchísimo trabajo. Y creo que voy a tener que empezar a usar la agenda para anotar cosas pendientes: empiezo a tener miedo de que se me olviden. Porque igual esa autoprogramación empieza a funcionar.

La semana ha sido complicada. Y todo lo que cuento aquí, las rutinas y vaguedades con las que intento no pensar en nada más.

Antes me duchaba nada más llegar a casa. Ahora, lo hago entorno a las diez de la noche. Elijo entre la más de mediadocena de olores de mis geles de cosmética natural, me mojo con agua caliente, me enjabono bien. A veces, empleo un poquito de exfoliante. Me vuelvo a enjabonar para disfrutar unos segundos del olor elegido. Me seco bien. En el sofá, uso un poco de crema con olor a menta, supuestamente relajante, en  los pies y las piernas. Una pizca de otra que es nutritiva y lleva manteca ecológica y huele a algo como canela, en codos y manos. Me sumerjo en olores entre las diez menos algo y las diez y algo (la ducha son apenas cinco, siete minutos) para no pensar.

Porque cuando llega esa hora no me sirven excusas. No me sirve intentar recordar las rutinas y absurdos del trabajo. No puedo ponerme música, y en la tele no hay nada que pueda atraer tanto mi atención. Me da igual el color que tengan las cosas de mi entorno.
Cuando se acercan las diez, lo único que quiero es llamarle. La rutina tira de mí y me dice que tengo que enviarle un beso de buenasnoches, como ha pasado los últimos años.

Y yo huyo y me meto en la ducha. Y no saco el móvil del bolso al volver, sino que busco unos calcetines para ponérmelos tras la crema de pippermint.

Esta semana ha llovido barro. El jueves.
También fue el jueves la única noche que no pude más y le mandé mis besos de buenasnoches. Mientras veía llover y sabía que era barro.
Y quiero pensar en eso, para no pensar en nada más. Pensar en lo raro que fue el cielo todo el día, ese grisaceoamarillentosucio que ocultaba el cielo de Madrid.
Pensar en nada. Escuchar música con auriculares rosas. Divagar sobre el olor de las cremas y los geles de ducha. Decidir que el puré me quedó demasiado líquido y algo soso, que ya no es tiempo de mandarinas. Mirar desde el sofá los restos del toldo enrollados en su barra. Decidir que igual debería guardar los abrigos que se acomodan en las sillas del comedor, porque difícilmente volverá a hacer frío de invierno en lo que resta de la estación.

Pensar en nada.

Porque es imposible echarle más de menos de lo que yo le he echado esta semana nebulosa.


domingo, 19 de febrero de 2017

Funda magenta.

He cambiado la funda de mi sofá. Era azul marino, ahora es color magenta.

Este fin de semana he hecho otras cosas. El sábado hice limpieza a fondo en mi dormitorio, quitando el polvo a conciencia, aspirando bien las alfombras, encerando ligeramente la madera, pasando un paño húmedo por el bronce de la cama. Se me vertió el ambientador líquido y puse un papel de cocina a que se empapara. Supongo que ahora huele toda la cómoda a lavanda. Supongo, porque tampoco he notado gran diferencia.

He planchado ropa, tirado bolsas de papeles al contenedor de reciclaje, fregado con lejía la cocina, lavado a mano algunas prendas, puesto una lavadora. 

He visto un capítulo atrasado de una serie: el lunes me quedé dormida a la mitad. Me he comprado en una liquidación de rebajas un montón de minifrasquitos de esmalte de uñas...y ni me he molestado en abrir la caja-calendario de adviento para verlos.

Me he teñido el pelo de un tono más oscuro. Creo que me equivoqué al elegir el envase, o igual no: a decir verdad no lo recuerdo. Lo compré ayer, pero no sé porqué me decanté por este color. 

Voy a cambiar las fotos que tengo colgadas sobre la cabecera de mi cama: ayer me di cuenta de que se las está 'comiendo' el sol. La luz, más bien, porque en mi dormitorio raramente da el sol en esa pared. Son unos tulipanes en foto de 40x60. Tengo que mirar en mi archivo fotográfico qué imágenes elijo: creo que otras flores amarillas, el amarillo (y toques de rosa) son con el blanco dominante los tonos de mi dormitorio. Aunque también he pensado en cambiar el estilo y optar por unas imágenes en blanco y negro, paisajes madrileños contemporáneos.
No estoy segura.

Me gustaba el color azul y la textura de la funda vieja de mi sofá: han pasado cosas sobre esa funda.
Me gustan los tulipanes amarillos, aunque las fotos no sean de la mejor calidad: pertenecen a mi época analógica.
Me gustaba más el anaranjado raro de mi pelo, más que este granate que me ha devuelto antes el espejo.
Me gustan esas cosas, pero sé que todo tiene un final, que todas ellas han cumplido ya su etapa, su cometido. Podría lavar la funda azul, pero sé que está muy deteriorada. Podría ponerme a buscar los negativos de las fotos y mandarlas a rebelar, pero igual ya ni están en ningún lado. Volveré a tener el pelo del color naranja raro, pero pasarán meses.

He dedicado a la intendencia doméstica este fin de semana raro.
He llorado hasta quedarme sin lágrimas. Literalmente.

Anoche tenía mucha sed y no fui capaz de identificar el porqué. Hoy seguía teniendo mucha sed, sed que no me quitaba el agua.
Llevaba tiempo sin llorar tanto: ni recordaba que las lágrimas son agua.
He estado llorando desde las ocho de la tarde hasta las diez y media de la noche, sin poder dejar de hacerlo. 

Necesito comprar algún cojín con tonos magenta para el sofá complementario. He traído del dormitorio una bola de cristal de color rosa oscuro y la he puesto en un lugar visible de la estantería. Intento equilibrar con detalles el nuevo color del sofá, que no entona con nada.
Necesito dormir. Y son más de las doce y mañana me levantaré a las seis y media, como cada día.

Aunque la decisión la haya tomado yo, no deja de doler. No dejará nunca de dolerme esta falta absoluta de futuro, esa ausencia de él, estas ganas mías que no puedo tener y están ahí, esas ganas de tenerle.

sábado, 11 de febrero de 2017

Entre el resfriado y la alergia.

Entre el resfriado y la alergia.

Sé que no es gripe (conozco los síntomas y son otros. O eso creo), por lo que creo que es un resfriado-constipado. Aunque llevo dos, tres días, en que algunos síntomas son idénticos a mis crisis alérgicas. Lo que pasa es que no hay motivos, porque llevamos varios días de llovizna... Aunque cuando el otro día vi cubiertos de flores amarillas algunos descampados que aún quedan en Madrid (pegados a la M30, además), dejé de alegar que 'aún no ha florecido nada'.

Tomo una dosis de un jarabe mucolítico que, dicen, sólo necesita esa cantidad diaria (y que no me debe estar haciendo efecto. O igual sí,  y sin el jarabe sería peor). Desde hace dos o tres días tomo una aspirina esfervescente con el desayuno y otra por la noche, ésta acompañada de un poco de leche caliente y miel. Añadiría como 'tratamiento' el inhalador nasal...pero es que eso lo necesito todo el año, para poder dormir (aunque esto no quiere decir que todos, todos los días de mi vida lo tenga que usar).

Estoy afónica, unos ratos más que otros. Me dan ataques de tos asmática, algunas noches me cuesta dormir. Ayer fui a comprar, compra semanal, al salir del trabajo (bueno, previo paso por un gran almacén para comprar un par de gadgets que tenía que reponer. Cosas que en realidad tampoco necesitaba 'reponer' aunque estén rotas, pero que apenas uso..., pero, en fin...) porque la idea es no salir hoy, quedarme en casa limpiando, ordenando, poniendo la correspondiente lavadora semanal, planchando si llega el caso...

No he hecho nada aún. Me he despertado a la misma hora de siempre (sobre las seis), me he vuelto a adormilar, me he despertado entorno a las ocho (calculo, no he mirado el reloj) sabiendo que debería ir al baño, me he intentado volver a dormir sin moverme, me he levantado no sé bien a qué hora (y sí, he pasado por el baño y creo recordar que he empleado el inhalador nasal), me he vuelto a meter en la cama... Y finalmente me he levantado a las once y algo.

Llueve. No es una lluvia torrencial, no debe soplar viento porque veo quietos los jirones del toldo que atisbo desde donde estoy sentada, el sofá, mientras escribo con el portátil sobre las rodillas flexionadas gracias a tener los pies apoyados en la mesita baja. 

Hace un rato sentía algo de frío. Tengo puesto una especie de camisón-camisola de dormir, que sé viejo-vieja pero está nuevo-nueva porque no suelo usar estas prendas: la rescaté del armario hace unos días, precisamente para intentar paliar los síntomas de este resfriado (o lo que sea), no dormir desnuda o con una camiseta de manga corta y coger aún más frío. También tengo puestos unos calcetines, que me dejé ayer para dormir con ellos (sí, y evitar que se me quedasen fríos los pies).  He desayunado un café 'de cápsula' (fue uno de mis regalos de cumpleaños, algo que de otro modo no tendría porque nunca se me había ocurrido comprar, y que sólo uso los fines de semana), unas tostadas de pan de barra (la compré ayer con ese fin, de otro modo tampoco compro-como pan) que tuesto en una sartén grande y vieja que sólo empleo para ese fin, con mantequilla y mermelada de cítricos. Sólo desayuno los fines de semana. El resto de los días es un café rápido mientras en la radio escucho las temperaturas por comunidades autónomas, acompañadas por una breve noticia de cada una, dos o tres galletas o ninguna, desayuno por no salir a la calle con el estómago vacío...

Tengo que hacer cosas y no he hecho nada ni tengo ganas.
A mi alrededor, el entorno es caótico. Muchas cosas llevan días..., quizá podría decir semanas, en un sitio donde no deberían estar. En el sofá suplementario hay incluso ropa..., no, son paños de cocina y alguna toalla pequeña y un par de pañuelos de cuello, cosas que quité de la cuerda de tender cuando ya estaban mediosecas hace días y que siguen ahí, esperando ser dobladas y guardadas en su sitio. Folletos publicitarios y algún periódico gratuito bajo la mesa. Una bolsa de frutos secos empezada, otra de rebanaditas de pan con arándanos, otra con restos de palomitas, la jarra para el agua, un vaso, más papeles..., incluso un resto de papel de envolver regalos, botecitos negros de las cremas que he comprado estas últimas semanas en mi tienda inglesa pija favorita, el termómetro (no, no he tenido fiebre), una caja de dulces navideños, el monedero-cartera viejo (por fin me decidí a cambiarlo, y eso que me hacía falta desde hace años, y eso que hace más de uno que me regalaron el nuevo...), pendientes, pulseras, anillos, horquillas...

En el suelo, el barreño que empleo para trasladar la ropa húmeda desde la lavadora hasta las cuerdas de tender, y que también empleo cuando decido meter un rato los pies en agua con sal y hacerme luego la pedicura. También la plancha ('centro de planchado, con  calderín') lleva al menos dos semanas ahí, en un rincón, pero casi en medio. Y más cosas, muchas más cosas, todo desordenado...
Y yo sin ganas de hacer nada.

Y sé que en cuanto 'arranque' no me cuesta ordenar, limpiar, aspirar la alfombra, fregar el suelo. No me cuesta, pero tengo que 'arrancar'.

Y estoy cansada. Entre la alergia y el resfriado. Viendo como las gotas gruesas que resbalan y caen en la barandilla de la terraza me recuerdan que sigue lloviendo.
Y que además del resfriado y la alergia, mi bajo ánimo, ése de no entender tantas cosas, también es un motivo para sentirme sin ganas de hacer más esfuerzo que el de dejar pasar los días. Sin oponerles resistencia.

domingo, 5 de febrero de 2017

Pedacitos.

Esta pasada noche soñé que me había cortado el pelo.
Mejor dicho, en mi sueño llevaba el pelo más corto. A la altura de los hombros, creo recordar. Como lo llevé durante años: media melena, cubriendo el cuello, unos centímetros cayendo sobre la espalda como mucho.
Ahora lo tengo casi por la cintura.
No sé cómo, en el sueño, pasé a llevarlo corto. Lo único que recuerdo es que comentaba que me lo había dejado crecer durante años (la verdad es que me crece poco y de forma desigual: se me cae muchísimo y al final tengo que ir cortando para igual los pelos que sí crecen sin llegar a caerse de modo que la melena vaya teniendo un aspecto aceptable) y que lo había tenido por la cintura, como cuando era cría. Creo que lo contaba a alguien que no me había conocido antes o que acababa de conocerme y no terminaba de creerlo. No sé. Cosas de sueños.

También soñé que se me había roto la cámara de fotos. Que se había desarmado, más bien. Pero no recuerdo si había sido consecuencia de un golpe o si, sin más, se había deshecho. Como se ha deshecho en mi mundo real la cuerda de la persiana de mi dormitorio estos últimos meses.
Tampoco sé si el sueño de mi pelo corto y el de mi cámara rota era uno sólo o si fueron dos más o menos correlativos.

Sueño cosas raras que parecen reales. Que recuerdo al despertar, aunque luego se vayan diluyendo en la realidad, en el lado real de la vida. Me quedo dormida en el sofá, aunque luego me traslade a la cama a poco más de las doce (la televisión se apaga sola), aunque algunos días me vea tentada de quedarme dormida hasta que empiece a amanecer y tenga que salir corriendo hacia el baño, recoger la ropa del dormitorio e irme a trabajar sabiendo que ya llegaré tarde....
Pero no lo hago. No me quedo en el sofá y despierto en mi cama antes de las seis, aunque haga tiempo para apagar el despertador a las seis y media e intente aguantar diez minutitos más...

Sueño con cosas que se rompen. Mi cámara, que es una extensión de mí misma. Mi pelo, que tanto me ha costado dejar largo.
No hace falta darle muchas vueltas para entender que mi subconsciente está reflejando en sueños mi vida y mis proyectos, ésa que ya no me importa demasiado; ésos, hechos pedacitos.

sábado, 28 de enero de 2017

Veintiocho de enero.

Sigue siendo muy complicado.

No quiero pensar, pero tampoco sé cómo prohibir a mi mente que piense por su cuenta. Y piensa y recuerda y no entiende...

No se me nota que estoy triste. Hago reír a mis compañeros de trabajo. Probablemente mi sentido del humor se haya vuelto aún más corrosivo, posiblemente esté canalizando las cosas en esa dirección. No se me nota nada.

Intento estar activa hasta el agotamiento. Busco eso: agotarme, llegar cansada a casa e intentar seguir haciendo cosas para cansarme aún más. Y no pensar.

El último mes he comprado un montón de geles de ducha diferentes, frascos de plástico transparente con tapones negros, pequeños. Huelen bien, todos distintos, todos de composición natural. No son olores habituales ni reconocibles.

La otra noche al ponerme la camiseta con que duermo, tras ducharme, de pronto me sentí la piel muy suave.
Y no sé bien porqué, pensé que me hubiese gustado que pudiese tocarme, tocarla.
Y mi mente, ésa a quien me gustaría prohibir que piense, me hizo recordar que nunca añorará mi piel, porque tampoco creo que en ningún momento le importase demasiado.

Y me eché a llorar.

martes, 24 de enero de 2017

Vacío.

Y pasan los días e intento llenarlos de cosas. Para no pensar. Para no recordar. Para no preguntarme cosas. Para no tener tiempo para responderme a esas preguntas. Para no acordarme de cuánto tiempo hace que sé las respuestas y cuánto he pasado intentando engañarme.

Podría decir que no sé qué ha pasado, pero estaría mintiéndome de nuevo. Claro que lo sé.
Intento llenar los días de cosas, de rutinas y de inutilidades. Para llegar tan cansada a la noche que el sueño pese más que las ganas de lo que no tengo ni tendré nunca, y quedarme dormida. Y que no haya sueños. O que no los recuerde al despertar, porque no serán los que quisiera.
O porque sería peor que sí lo fueran, ahora que he tirado la toalla, que le he dejado ganar. Ahora que definitivamente sé que, sueñe lo que sueñe, no volveré a verle a mi lado al despertar.