miércoles, 9 de octubre de 2019

Y ni siquiera tengo ganas de llorar.

No estoy bien.
Debería estar contenta e ilusionada, pero no es así como me siento. 

Debería estar contenta porque en menos de una semana, que es lo que llevo buscando trabajo, he hecho dos entrevistas y en las dos me querían contratar de inmediato. Porque me permití el lujo de rechazar la primera (a 20 minutos de tren de casa, buen horario, sueldo de supervivencia...todo no se podía tener), de aplazar la segunda, de que en esta segunda aun llegando tarde me entrevistaran, de que me llamasen al día siguiente para confirmar mi selección y decirme que no hacía falta una tercera entrevista porque contaban conmigo.
Debería estar ilusionada porque el próximo lunes me incorporaría al nuevo trabajo (menos de dos semanas buscando, ninguna entrevista fallida), pero no lo estoy.

Hoy no he hecho nada en todo el día.
Bueno, sí: revisar anuncios de empleo. Responder alguno. Esperar...no sé qué, en realidad. Que me citen para otra entrevista. Encontrar una excusa razonable para no tener que aceptar este trabajo. 

He intentado aplazar la incorporación inventándome una repentina cita médica para mediados de la semana que viene, pero me han dicho que no pasaba nada, que si tenía médico fuera y luego regresase al trabajo. Que contaban conmigo para el lunes.
Les he enviado mis datos para el contrato (los esperaban desde ayer, cuando me confirmaron por teléfono que estaba seleccionada y que me remitirían un correo para que lo respondiera con eso, mis datos personales para preparar el contrato y mi alta en la seguridad social). Todo con correos educados, corteses y agradecidos por mi parte, que no trasluzca lo que pienso realmente: que no quiero trabajar allí. Que no quiero volver a un polígono industrial, a estar encerrada todo el día.
Pero me da miedo decidir eso y no ir. Me da miedo a que se me haya acabado la suerte y, si rehuso esto, no encuentre otra cosa.

No he hecho nada en todo el día. He comido casi sobras, he hervido un poco de brócoli (que me gusta mucho, lo admito) para cenar, más porque se iba a estropear del todo y no me gusta tirar comida, que por hambre. No me he quitado la camiseta con la que duermo (ahora me pondré otra, no obstante. En vez de 'vestirme' para pasar el día, cambiarme de ropa para acostarme. Casi me ha supuesto un esfuerzo lavarme el pelo, me ha supuesto un esfuerzo sin el 'casi' fregar los platos y limpiar la cocina, a media tarde y tras dos días sin hacerlo. No he bajado a la calle. Apenas he salido a la terraza: a última hora y para regar las plantas, que sigue haciendo calor de verano.

Estoy muy, muy desanimada.
Sigo sin hablar con él. Ya hace más de un mes. 
Sigue enfermo. Y yo preocupada por ello.
No puedo evitar sentirme preocupada por él.

Me hubiese gustado poder contarle todo esto, mis dudas a la hora de aceptar o no este trabajo. Al final haré lo que me parezca, al margen de opiniones y como siempre, pero me habría gustado poder contárselo.

Nueve de octubre. Bueno, realmente ya diez de octubre.
Estoy triste. Y ni siquiera tengo ganas de llorar.

No hay comentarios: