Esa sensación de caminar al borde del abismo. Ese vértigo casi instintivo, casi de autodefensa aunque no se sea claramente consciente, aunque el paseo se esté haciendo con los ojos vendados.
Me estoy desestabilizando. Me dejo llevar por la rutina como un pájaro se deja llevar por las corrientes de aire para no separarse del resto de la bandada, pero noto ese vértigo, esa conocida sensación de estar perdiendo el equilibrio. Y no precisamente el físico.
Empiezo a acumular cosas sin recoger ni ordenar a mi alrededor. Papeles sobre la mesa, en el suelo, hasta encima del sofá, papeles que simplemente tendría que amontonar y meter en la bolsa de reciclaje que tengo ahí, apenas a dos metros y junto a la puerta del salón. Tickets de compra que no voy a revisar, vales de descuento caducados. Bolsas de papel o cartón que planifico destinar a ser nuevos depósitos de reciclaje de papel, pero que de momento están de cualquier modo bajo la mesa o junto a las sillas, algunas desde antes de fin de año. Dos abrigos que saqué los días de la nevada y las heladas posteriores y que ya no me voy a poner y que están en el respaldo de una silla desde hace un mes.
Empiezo a desestabilizarme.
Me apetece leer pero no lo hago. Por las mañanas me entregan el diario gratuito a la salida del metro, lo abro en el bus y miro por encima las últimas páginas, lo doblo, lo guardo en el bolso para leerlo luego. Termina sobre la mesa a la mañana siguiente y antes de irme a trabajar, doblado tal y como lo dejé antes de meterlo al bolso. Me justifico en mi progresiva pérdida de visión (real), pero pese a ello sigo pasando horas, muchas, frente a una pantalla.
Tengo en el fregadero platos, jarras de desayuno, vasos, cubiertos. Enjuagados y pendientes de fregar y guardar. Sé que tardaría menos de media hora en concluir todo el proceso, pero ahí están, esperando.., no sé, quizás la llegada del viernes.
Me he comprado una camiseta para dormir, gris pálido con rallas horizontales blancas, muy suave. Realmente no me hacía falta (en el sentido de serme imprescindible), pero quizás instintivamente es una forma de autoconsolarme. Comprar algo de ropa barata: dos camisolas para dormir, dos pantalones para estar en casa, una camiseta ancha muy, muy barata. Ropa que ahora se amontona sobre el piecero de la cama.
Me canso caminando trayectos cortos. Me canso subiendo media docena de escalones. Me cansa el peso del bolso, de la mochila donde traslado el portátil del trabajo.
A veces me cansa hasta respirar.
Probablemente sea algo muy circunstancial. Quizá debería beber más agua, seguramente se me pasará si consigo dormir ocho horas seguidas. Seguro que es cosa de febrero, de los confinamientos intermitentes, de las mascarillas que a veces me dificultan la respiración.
Empiezo a notar que estoy desestabilizándome.
Seguro que notarlo es una buena señal.
Espero seguir notándolo y no terminar dándome cuenta de que algo ha pasado...desde el fondo del abismo y sin saber cómo salir. Como otras veces.
miércoles, 10 de febrero de 2021
Desestabilizándome.
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