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domingo, 21 de abril de 2019

Luna llena hacia menguante.

En unas horas, vuelta a la rutina laboral.
Como cada domingo desde hace demasiados: no quiero ir. Pero no tengo otro remedio.

Esta semanasanta tampoco he hecho nada reseñable. Bueno, ni 'no reseñable'. En realidad no he hecho nada de nada. Intendencia doméstica: limpiar, poner lavadoras, quitar el polvo, planchar. Rutina, en el fondo. O casi podría decir que lo que me gustaría que formase parte de mi rutina, porque si lo hiciera con más frecuencia significaría que tengo tiempo para hacer cosas así. No lo tengo. A veces pasan meses sin limpiar el polvo más allá de muy superficialmente, pasan semanas con la ropa doblada sobre el sofá que no uso o colgada en el pomo de la puerta del comedor porque no tengo tiempo para dedicarme a planchar.

Estoy cansada. Pasan los días y no pasa nada más. 
Y ya está.
Le echo de menos.

Esta semana hemos hablado un par de veces. Ya está mejor de salud (o eso me ha dicho y quiero creerle), pero le echo de menos. Sigo echando de menos hablar más a menudo. 
Echo de menos verle.

Me sigue pareciendo increíble que hubiese un tiempo en que le viera cada día, un tiempo de vernos al menos una vez por semana, de planificar casi cada semana también pasar juntos una noche (aunque luego se aplazase..., porque hasta a las cancelaciones quise llamarlas aplazamientos. Aplazamientos sucesivos, de tantas como se aplazaban de una semana a la siguiente y de ésta a otra más...hasta terminar viéndole a mi lado al despertar). Un tiempo en que tras el aplazamiento... cancelación, había una larga conversación nocturna. Un tiempo de sexo dialéctico. De planes..., o de querer soñar con planes. Desde el presente, más de cuatro meses ya sin verle, me cuesta creer que ese tiempo existió. 

Mañana vuelvo a mi rutina laboral. Ésa es la única evidencia. 

Luna llena de abril yendo hacia el cuarto menguante. 
Yo ya no voy hacia ninguna parte.

domingo, 17 de febrero de 2019

Y poco más que contar.

No escribo por puro agotamiento.
Algunos días pasan más cosas que otros. La verdad es que ninguna transcendental, pero me darían para escribir algo a diario. Y muchos días, en el transcurso de ellos, me apetece escribir. Pero...

Pero luego llego a casa, me meto en la rutina diaria de ducha-preparar algo de cena-hacer la cama (sí, yo hago la cama por las tardes-noches)-cenar-aseo/desmaquillado/cremas...y cuando ya entro en internet para revisar el correo, se me han pasado las ganas de escribir. Estoy demasiado cansada. Y termino vegetando frente al televisor hasta quedarme dormida... trasladándome a la cama a cualquier hora.
Sé que escribir me hace bien. Me ayuda a soltar lastre, a variar basura. Pero veo lo anodino de mi vida, lo intranscendente de mi presente, y lo dejo estar. Y no escribo.

Así que este es un post rutinario.

Ya es lunes en el reloj, aunque para mí siga siendo domingo por la noche. Mañana empezará otra semana laboral de mierda. Y mi cabeza volverá a repetir que no quiere ir al trabajo. No a ese trabajo. 
Pero no hay otro remedio ni otra alternativa.

Al menos, él ya está bien. O casi bien. Y eso me alegra íntimamente.

Sé que a él le dan exactamente igual mis sentimientos, porque también sé (lo tengo asumido desde hace mucho) que no tiene el menor interés en mi persona. 
Llevo dos meses sin verle. A estas alturas, vuelvo a tener claro que aquella noche y la siguiente mañana no fueron sino espejismos. Que sus planes para recuperar el contacto consistente en vernos, en quedar aunque sólo fuera para acompañarle un trecho de su trayecto de regreso a casa, intentar que quedásemos para tomarnos un café..., no eran más que hablar por hablar de algo. Como siempre fueron sus planes, en realidad. Y lo sé desde hace años, aunque me costase tanto asumir algunas realidades.

Pero ya está mejor. Y eso me hace sentirme mejor también a mí.

Penúltima semana de febrero. Luna llena en unos días.
Y poco más que contar.

martes, 20 de febrero de 2018

No podrá nunca imaginar...

Le echo de menos.

De una forma salvaje, instintiva. De ni necesitar pensar en él conscientemente para sentir que le echo de menos.

Diecisiete días sin hablar con él. Seis sin saber como está.

Y el dolor de que probablemente...seguramente esto será una sucesión de días, de sumar días a esa cuenta.

Una vez le dije que si un día dejábamos de vernos, de llamarnos, que por favor buscase el modo de hacerme saber cómo estaba. Que no iba a saber cómo vivir sin saber de él.
No sé cómo hacerlo. Y cada hora es una clase más, una prueba más, un examen más que suspendo.

Y sé, siempre lo supe en realidad, que no hará caso a aquella petición.
No me va a llamar. No me va a escribir.

No sabe cómo le echo de menos, como nunca quiso saber cuanto le quería.  Como nunca pudo imaginar como me gustaba. Cuanto me gustaba él, cuanto me gustaba escucharle hablar, estar a su lado, mirarle, tocarle. Que me tocase.
Nunca quiso saberlo. Nunca le gustó oírme decir que le quería.

Nunca quiso conocerme ni dejarse conocer.
No podrá nunca imaginar cómo le echo de menos.