Intento mantener el propósito de recuperar el hábito de escribir. Incluso si no tengo nada interesante que contar.
El calor me aplatana. No he hecho prácticamente nada en todo el día.
Esta mañana, antes de las diez, he regado las plantas de la terraza. La verdad es que mi idea era regar las que necesita agua a diario (y porque he recordado que ayer no las regué...o no estaba segura de haberlo hecho). Al final, más de 20 litros de agua: he regado todas.
Luego he quitado del tendedero las dos mantas que dejé anoche terminando de secarse y las he puesto en su sitio: una, sobre un brazo del sofá; la otra, sobre un montón de abrigos en la habitación donde acumulo cada vez más trastos.
Con todo esto me han dado más de las once. Por tanto, desayuno muy tarde mientras trasteo en internet con la radio de fondo.
Friego los platos y demás cacharros de ayer (incluso de anteayer, que estaba todo a remojo). Son cerca de las dos y decido preparar algo que me guste para comer (algo que ya me planteé preparar ayer para comer hoy, pero no hice). Lavo y pelo unas zanahorias mustias que reanima el agua y hago rodajas finas. Pico un trozo generoso de cebolla. Rehogo dos muslos pequeños de pollo. Sofrío las hortalizas, caramelizando ligeramente la cebolla, un poco de perejil liofilizado y termino cociendo todo en un generoso chorro de vino blanco semiseco. Cuando ha reducido, una cucharada de maizena y otra de harina disueltas en un vaso de agua empiezan a crear la salsa. Añado una cucharadita de pimentón de la Vera disuelta en medio vaso de agua, medio cubito de avecrem de pollo, una hoja de laurel, un poco de colorante con azafrán. Un poco más de sal (la comida siempre me queda sosa, intento corregirlo) y los muslitos a cocer en la salsa.
Son más de las tres. No tengo hambre.
Picoteo unos cacahuetes tostados mientras respondo unos whatsapp.
El pollo en salsa tiene buen aspecto y huele muy bien. Apago la cacerola.
Sigo sin hambre.
Serán más de las cinco cuando recuerdo que no he comido y debo tener hambre. Lo soluciono con media tarrina de queso fresco y un poco de membrillo (demasiado líquido para mi gusto). No sé si a continuación o ya sobre las ocho, un plátano pequeño y una medianoche de jamón serrano. Comer por comer algo, pero sin hambre alguna.
Me duele la cabeza, me ha dolido todo el día: el calor.
Me empieza a doler el estómago: preparo una infusión de té con jengibre.
Hablo un rato por teléfono. En el reloj son las diez de la noche, en el cielo es aún de día, en la terraza empieza a soplan una ligera brisa que no aseguro que sea fresca.
Hacia Poniente se distinguen Venus y Júpiter, plenos de brillo. Pasa un dron. Últimamente pasan muchos...
Doce de la noche. Pongo en un táper el pollo en salsa y lo meto a la nevera. Me sirvo un poco de taboulé de supermercado.
Me tomo la infusión de té con jengibre, que ya está frío.
No he hecho nada de provecho en todo el día...
Mañana, sábado día trece de junio. Sin perspectivas. Sin resolver el caos de mi entorno.
Sin planes.
Para qué.