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sábado, 1 de agosto de 2026

Esta ausencia infinita y definitiva.

 Me acuerdo de él a diario.
A finales de este mes hará tres años que le vi por última vez. A finales de septiembre, dos años de la última vez que hablamos.
No ha habido más contacto.

En este tiempo he tenido eso, tiempo, para ir poniendo las piezas en el puzzle. Y de ver la ingente cantidad de mentiras que pudo llegar a contarme en esos casi quince años en que traté con él, en diferentes ámbitos.

A estas alturas, creo que la única verdad que me dijo es su nombre. Porque ni siquiera tengo claro que su fecha de nacimiento fuese la que decía (hay detalles que me hacen dudar). Lo demás...una mentira tras otra.
Y lo peor es que de muchas cosas claro que me di cuenta en su momento..., pero no quise verlo. O aceptarlo. 

Supongo que porque sigo sin entender que alguien que no tiene necesidad alguna de hacerlo te mienta. No tenía necesidad de hacerlo: yo soy capaz de entender cualquier cosa, cualquier situación. Y, sin embargo... 

No sé cómo pude condicionar tanto, pero tantísimo, mi vida cotidiana a él. Porque lo hice. Durante años. Porque yo sí estaba manteniendo una relación sentimental con él. 
Él conmigo, no.
De hecho, creo que llevaba años conviviendo con su soldadito (si es que no es también mentira su profesión, claro). Lo mismo: muchos detalles. Durante años, muchísimos detalles de que era así. Pero..., yo me negué a darme cuenta. 

Lo mismo: si no tenía motivos para mentirme, ¿por qué iba a hacerlo? ¿por qué iba a contarme que vivía en tal sitio si realmente vivía en otro? Pero estaban las evidencias, las líneas de autobuses, los horarios, el que le llevasen o le recogiesen (también cuando quedaba conmigo), determinadas presuntas reformas en su casa, horas a las que le podía llamar y que, de repente, pasaban a ser otras para finalmente ser un 'te llamo yo'.

Cientos de detalles. 

Ni siquiera puedo decir que me fuese infiel con esa persona. Directamente era su pareja estable. Y yo..., pues no lo sé. Porque curiosamente le recogía en Atocha los días que quedaba conmigo (y, sí, también le acercaba a la estación. Probablemente yo, mi existencia y los encuentros entre él y yo, era algún tipo de juego que también se traían entre ellos...
No lo sé. Y eso sí que prefiero no saberlo.

Me acuerdo de él cada día. No sé cómo pude dedicarle tanto tiempo de mi vida. No sé cómo pudo hacerme tantísimo daño, siendo plenamente consciente de que me lo hacía (o igual ni siquiera era consciente. También he llegado a plantearme si realmente no tiene algún tipo de problema mental, porque también había detalles que, en fin, no encajaban. Que pueden tener un nombre y una explicación...pero que tampoco me sirve porque sería seguir justificándole). 

Supongo que le sigo queriendo. Que una parte de mí sigue sin entender nada, sigue esperando que las cosas vuelvan a ser como fueron o como creí que eran. 

Me acuerdo de él a diario.
Aunque sepa que su ausencia ya es infinita y definitiva y que no volveré, nunca, a verle. 

jueves, 7 de agosto de 2025

Ese músculo que dicen que no duele

 Supongo que es algo que tiene nombre, aunque yo no quiera encontrárselo.

sábado, 24 de mayo de 2025

Inútil y prescindible.

 Intento escribir.

Muchos días me lo propongo. De verdad. Decido que de hoy no pasa, que siquiera unas letras, unas líneas. Pero...

Pero al final me puede el cansancio. El portátil tarda en arrancar, a veces se bloquea o se pone a actualizar. Y espero. Y me tumbo mientras se estabiliza. Y...

Y pasan los días.

Estoy muy cansada. Sigo muy cansada.

Los resultados de mi última analítica dicen que estoy sana. Pero yo no me encuentro bien. Estoy siempre cansada, tengo sueño e insomnio a la vez. Me duelen las articulaciones. A veces me cuesta respirar. 

No tengo ganas de hacer nada. Nada en absoluto. 

Por mi vagaría entre la cama y el sofá.

Me repito que tengo que ordenar el salón, la cocina, el dormitorio. Que lo haré la próxima tarde libre, que ahora los días son más largos y claro que puedo dedicar un ratito antes de la cena... Que siquiera doblar y guardar la ropa, traerme al sofá una bolsa grande de basura y empezar a tirar sin miramientos casi todo lo que tengo sobre la mesa, las mesas. 

Pero no hago nada.

Tengo sobre las sillas jerséis lavados hace semanas. Las chaquetas/abrigo de todo el invierno. Simplemente debo cogerlo y llevarlo al dormitorio.

Pero no lo hago. 

Compro cosas que no necesito y además lo sé, que no las necesito. Unos vasos, unas cajas de plástico para ordenar cosas, pintauñas que ni estreno. No son cosas caras, pero no las necesito. Son gastos inútiles en cosas prescindibles.

Me siento así: inútil y prescindible.

Aunque, al menos, he sido capaz de escribir estas líneas sin sentido ni interés.

sábado, 8 de marzo de 2025

Acumular cosas. Faltarme ganas.

 Todos los finales de mes planifico que, para cuando comience el próximo, haré tales o cuales cosas.

O casi debería decir que todos los meses aplazo las cosas, lo dejo 'para el próximo mes, para empezar de una forma organizada'.

Luego me doy cuenta de que ya empezó el nuevo mes, de que han pasado varios días y no ha cambiado nada porque no he hecho nada por cambiar. Y es que ni me he dado cuenta, realmente, de que van pasando los días.

Entre semana no tengo tiempo para hacer absolutamente nada. Nada de lo que quisiera, nada de lo que debiera.

El despertador suena entre las siete y media y las ocho menos cuarto. Remoloneo en la cama hasta las ocho, a veces diez minutos menos, a veces cinco minutos más. Rutina de aseo, de vestirme con la ropa que dejé preparada la noche anterior. Hidratante en la cara, rímel en las pestañas, sombra oscura en los párpados, un toque de colorete. Café con leche que caliento en el microondas, dos galletas, todo de pie en la cocina al mismo tiempo que saco del frigorífico el sandwich para el mediodía. A veces lo preparo en el momento porque por la noche no saqué tiempo o ganas de hacerlo. Sandwich y alguna galleta o similar a la bolsa donde también llevo o debería llevar una botella de agua, o a bolso los días en que me toca llevar el equipo informático. Vuelta al baño, dentífrico y cepillo para los dientes, cepillo y peine para el pelo. Terminar de arreglarme: collar, pendientes. Terminar de maquillarme: labial y retoque en las pestañas. Calzado, a veces anillos. Bufanda, abrigo, móvil al bolso. Última visita al baño. Comprobación casi compulsiva de cierre de espita del gas, del desenchufado de la cafetera. Salir por la puerta, ser consciente de que cierro la puerta con los cuatro giros de llave…

Esto tan monótono es mi rutina matinal.
El resto del día es igual de monótono.
Muchos días llego a más de las nueve de la noche.

Acumulo cansancio. No como fruta fresca. No sé si bebo suficiente agua.
Acumulo ropa en el piecero de la cama, en el taburete del dormitorio.
Acumulo todo tipo de cosas en las dos mesas del salón.
Acumulo tareas pendientes.
Acumulo de todo y me faltan ganas, ánimos, sueños, deseos.

Cada mes planeo y planifico que el próximo será diferente. Que lo empezaré ordenando mi entorno y mi vida.
Cada mes me encuentro con que nada ha cambiado.
Cada vez tengo menos ganas.
Y más cansancio.

domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.

martes, 24 de diciembre de 2024

Fun, fun, fun.

 Veinticuatro de diciembre, fun, fun, fun…

sábado, 9 de noviembre de 2024

Un futuro que no será mi futuro.

 La semana ha sido agotadora.

O igual no, igual no ha sido culpa de la semana que yo lleve cansada tantos días y cada día más que el anterior.

Enumerarlo todo también sería agotador. Y aburrido para el lector. Problemas en el transporte, trabajo tedioso, pocas horas de luz solar, calefacción demasiado alta al llegar a casa, obra de la fachada que me está desquiciando y que me tiene a las diez de la noche reubicando plantas por la casa, el dolor de las imágenes en los informativos…

He comido fatal. Creo que ni he probado la fruta en toda la semana (sí la verdura: bendito y socorrido puré para dos días). Ni siquiera estoy segura de si algún día he llegado a ducharme (sé que no desde el jueves: el propio cansancio, la propia desgana, el importarme cada vez menos…)

La obra de la fachada me ha dejado sin cuerda para tender la ropa en la terraza. Como todavía tengo momentos en que regresa mi rapidez mental de antaño, ésa que me hace encontrar soluciones rápidamente, esta mañana he añadido otra cuerda en la terraza de la cocina (donde están ahora gran parte de mis cactus…además de otras muchas cosas). Pero me ha dado mucho coraje, tras poner la lavadora, ver el solecito de la tarde y no poder tender las sábanas en la terraza. Y no poder, por tanto, ponerlas recién secas y con ese olor a ropa de algodón secada al sol.

He puesto una sábana bajera nueva. O sea, esta noche estreno sábana. Por primera vez en…, ¿alguna vez he llegado a estrenar unas sábanas en los últimos veintitantos años, ahora que caigo?

Cuando venía a dormir conmigo, ponía sábanas recién planchadas.
No las cambiaba al día siguiente: me gustaba encontrar el olor de su piel en mis cama, sin buscarlo.
No sé nada de él. Le importo tan, tan sumamente poco, que no sé nada de él desde la última vez que el llamé hace mes y medio.
Si me paro a pensarlo, saber que no volveré a verle y que ni siquiera volveremos a hablar me duele hasta cortarme la respiración.

Estoy agotada.
Debería comer verduras frescas y frutas esta semana.
Pero no sé si lo haré. En realidad cada vez me importa menos qué me pase en un futuro que no será mi futuro.

domingo, 6 de octubre de 2024

Seis de octubre.

 Sigo viviendo en estado de agotamiento permanente.

domingo, 8 de septiembre de 2024

Lapsus.

 Empiezo los años en septiembre.

No necesariamente el 01 de septiembre. Más bien lo hago en el transcurso de ese mes, como una incorporación poco a poco a mi vida, una incorporación que muchos años ha sido un cambio de rutinas, de trabajo, de proyectos…
Hoy ya es 08 de septiembre. Llevo por tanto una semana de mes…y no he hecho nada.

Esta semana ha sido rara. Bueno, no exactamente. Ha sido una semana en que en varias ocasiones me ha desconcertado darme cuenta de la fecha.

El otro día…, no sé exactamente cual, leo en una especie de bando pegado en el escaparate de una tienda del barrio donde trabajo un aviso relativo al corte de calles por el paso de la Vuelta Ciclista. Y pienso "qué curioso, este año se ve que no va a terminar en Madrid. Igual se está conmemorando algo y han adelantado la etapa de Madrid…". Creo que mi cerebro tardó unos segundos en procesar la información y darse cuenta de que no se estaba adelantando nada: simplemente el día que indicaba el bando era el domingo en que terminaría el concurso ciclista y, como cada año, acababa en el centro de Madrid. Y que la fecha era completamente normal y totalmente cotidiana.

La otra tarde subía en el ascensor a mi casa, coincidimos varios vecinos. Se hablaba de las obras de la fachada del edificio. Creo que una de las chicas que subía es la persona que ejerce como Presidenta de la Comunidad porque es a quien preguntó otro vecino sobre el tema. Y cuando en el ascensor ya estábamos solas ella y yo, también le pregunté: 'entonces, ¿la obra empieza a finales de mes, de año?' (porque el 'a finales' había sido la respuesta a otro vecino). Y me resumió: que si la Junta para ir coordinando sería el día 12, que si en las fechas de las fiestas sería más complicado, que… Y estuve a punto de decir '¿el 12, que es festivo, vais a hacer la Junta?' No dije nada, llegaba a su planta y había más gente abajo esperando el ascensor. Mi cerebro en este caso tardó algo más en darse cuenta de que estábamos aún en septiembre, y no en octubre, en que el día 12 es festivo nacional. Y que las mencionadas 'fiestas' son las propias del municipio, las patronales de mediados de septiembre.

Han sido varios detalles de ese tipo.

La otra noche puse leche mezclada con agua a calentar en un cazo, para preparar puré de ése de copos deshidratados, que llevo probablemente dos décadas sin preparar y que de repente se me antojó porque descubrí en la alacena un paquete que compré en algún momento estos últimos meses. Mientras se calentaba, fui a quitarme la ropa de calle para ponerme una camiseta cómoda, como cada noche.
Cuando volví a la cocina esperando que el líquido ya estuviese hirviendo, me encontré con el fuego apagado. Cerré el mando de la cocina, abrí la terraza. No olía a gas. Pensé que se había agotado la bombona, no: pesaba. Tampoco en los días previos había dado síntomas de estar acabándose (soy capaz de identificarlo con varios días de antelación). Lo encendí de nuevo con algo de miedo…, funcionó perfectamente. Ha funcionado perfectamente estos días.
No soy capaz de explicarlo. ¿Abrí el mando del fogón pero no llegué a encenderlo? ¿Se apagó solo? ¿No llegué ni abrir el mando?

Me empiezan a preocupar estos lapsus. Me dejan una sensación de vértigo raro, de haberme asomado a un abismo o a una escena que no debería haber visto. Como si se abriera una grieta en el tiempo..., no sé. 

Hace unos días un compañero de trabajo mencionó determinado establecimiento (relacionado con el sector en que trabajo) de un barrio en que trabajé y donde él vive o ha vivido. Y me pregunté dónde estaba exactamente…o más concretamente, qué había en ese local hace 14, 15 años. Porque sí, está en el barrio de mi antigua 'empresita naranja', barrio que fue mi entorno laboral durante más de dos años y donde me cansé de ver los escaparates. Y como hoy en día te puedes 'pasear' por cualquier sitio sin moverte de la silla y simplemente dando al buscador de internet los datos que buscas…volví virtualmente a ese sitio, a esas calles de las que me despedí hace años (creo que fue en las navidades de 2016 cuando fui a propósito a eso, despedirme para siempre).
La sensación fue rara. Muy rara.
Porque tras aquella 'despedida consciente' aún alguna otra vez atravesé el barrio con el bus, tras algún 'café de sábado'.
Pero ahora ya sé que tampoco tendré esa excusa nunca más. Nunca volveré a quedar con él en ese barrio. Ya no es posible.
Y es 'paseo virtual'…me produjo también ese vértigo raro, ese volver a un sitio como en sueños.

Primera semana de septiembre. Extraña y vacía.
Con buenos resultados comerciales en el trabajo. Algo que también me da igual. Como en aquel septiembre de hace 15 años. 
También sé que este septiembre no me traerá nada. Y que sí me quitará, para siempre, una de las pocas cosas que me han atado a la vida estos últimos años. Tal vez el último espejismo de mi vida.
Algo que nunca fue realmente mío, aunque en algún momento lo creí porque también él me lo hizo creer.
Algo que ya nunca, jamás, podré siquiera soñar con tener totalmente y algún día.

sábado, 24 de agosto de 2024

Mentiras sucesivas.

 Ha pasado un año.

Tengo…bueno, más o menos y algunos días más que otros, asumido que no voy a volver a verle.

Creo que en realidad lo supe hace un año. Que era la última vez que le veía. Creo que lo supe, aunque me negase a creerlo y aunque quisiera estarme creyendo eso que me decía: que seguiría volviendo a Madrid a menudo, que incluso ahora sería más fácil que nos viéramos más frecuentemente… Me agarré a eso porque de repente todo era vacío a mi alrededor.
Pero en el fondo, muy en el fondo y muy claramente a la vez, sabía que era la última vez. Que estaba allí para despedirse de mí y que, simplemente, ni a eso se atrevió. O…, no sé, o tal vez él también creía que seguiría viniendo a Madrid (de hecho, siguió haciéndolo) y seguiríamos viéndonos (también de hecho, al menos en media docena de ocasiones me indicó mediante whatsapp que venía tal o cual día, que estaría varios días y que me escribiría para vernos, para tomarnos un café, para acercarse a la zona donde yo trabajaba y, aunque solo fuese ir juntos en el metro, estar un rato eso, juntos).

Me creí cada uno de esos proyectos de encuentro. Como me había creído todos los de los trece, casi catorce, años previos. Todos y cada uno de ellos.
Incluso los que, en el fondo, veía que eran mentira.

También me creí su promesa (porque me lo dijo con esas palabras, que me lo prometía) de dedicarme veinticuatro horas enteras. Creo que lo de 'te lo estoy prometiendo' lo añadió ante mis dudas: eso lo había dicho tantas veces…añadiendo en aquellas otras que, claro, él quería pero no podía ser… 

Por descontado, fue otra mentira más. Ya no les llamo 'aplazamientos sucesivos' (eso que nunca existió porque en realidad ese concepto no existe. Por mucho que tenga nombre, no existe). Sí recuerdo exactamente en qué momento me lo dijo o, mejor dicho, en qué momento lo escuché: yo esperaba el metro en Leganés, estación 'Severo Ochoa'. Domingo, más de las dos de la tarde. Probablemente mes de mayo: el proyecto era venir en junio y pasar varios días en Madrid.
En esas fechas ya no estaba viviendo en Madrid. Creo que eso sí era verdad. Debe ser de las pocas verdades que me ha contado en estos años.

Hablamos cuando le llamo.
En realidad, casi siempre fue así. De hecho, en una ocasión (hace años, por descontado) se lo dije: para que hablemos te tengo que llamar yo. Su respuesta fue, palabras más o menos aproximadas, que él no tenía por qué llamarme. Que no esperase que lo hiciera.
En circunstancias normales, aquella tendría que haber sido la última vez que le llamase. Pero a esas alturas ya nada eran 'circunstancias normales' y ni siquiera mi comportamiento ya era normal. Y le seguí llamando, claro.

Ahora tengo claro que cuando tenía ese tipo de reacciones, de respuestas, era cuando realmente era él. Sin disfraces ni mentiras.

Yo seguía creyendo ver al príncipe del cuento. Mejor dicho: yo seguía queriendo ver al príncipe del cuento del que me había enamorado.
Un personaje que nunca existió. Y que tampoco me inventé yo (más allá de esa definición de 'príncipe del cuento'). El personaje fue creación suya.
El personaje hacía aguas por muchos puntos y en muchos momentos. Pero yo le quería. Yo le sigo queriendo.

A estas alturas, obviamente, sé que no me quiere (de hecho, sé que no tiene el menor interés en volver a verme). Sé que no me ha querido nunca, que nunca sintió por mí mucho más allá que algún tipo de curiosidad circunstancial.
Pero también creo que nunca ha querido a nadie. Que puede haber tenido eso, un cierto interés, aprecio, cariño…, incluso circunstancial atracción sexual hacia las personas que haya considerado 'pareja'. Pero hasta ahí.

Recuerdo que un día, cuando éramos aún solo compañeros de trabajo, presumió de haber dejado a la que en sus veintipocos y durante varios años fue su primera novia. El tema surgió mientras hablábamos (había alguien más delante, creo que otro compañero y bajábamos en el ascensor del trabajo) casi en plan de broma de tontunas, y él dijo algo sobre aquella novia que ahora no le hablaba. Y a la pregunta-afirmación de '¡qué le harías!' respondió eso: que dejarla de un día para otro y sin explicaciones, porque quería cambiar de vida.

Evidentemente, algo muy de su forma de ser y de actuar.

Pero no le di la menor importancia. Y menos en aquellos momentos, cuando mi relación con él era poco más que eso: bajar juntos en el ascensor del trabajo a las nueve de la noche…

Obviamente, a mí no me quiso nunca. Y, a estas alturas, no creo que volvamos a vernos. Porque ha decidido, otra vez y van (seguro) unas cuantas, cambiar de vida.
Me gustaría creer que quiere, en el sentido 'estar enamorado' a la persona con la que ha empezado esta 'nueva vida'. Que no es que la haya empezado ahora, que llevan años juntos (aunque yo haya tardado tanto en encajar esa pieza que mostraba la imagen exacta del puzzle). De veras me gustaría que esta vez sí, que sea la real y la definitiva…, pero imagino que volverá a repetir el mismo esquema: curiosidad, comodidad, alguien que le dé el tipo de sexo que le guste recibir, relaciones al mismo tiempo con otras personas…
Da igual. Yo ya no seré esa 'otra relación'. Porque sí lo he sido durante estos últimos años, sin querer darme cuenta. Pero ya no, porque no creo que volvamos a vernos.
Y si nos vemos no será para dormir en mi cama. O, al menos, no juntos.
Y lo ha decidido él. Y no, no tiene nada que ver con la fidelidad ni con la lealtad.

Como el hecho de que llevemos un año sin vernos no tiene absolutamente nada que ver con el hecho de vivir en mitad de un pinar a nosecuantos kilómetros de cualquier entorno habitado. Como tampoco tiene que ver con haber venido a Madrid solo para acudir a consulta e irse enseguida.
Simplemente, no le intereso.
Y, simplemente, la conversación que hoy he mantenido con él (tras tres semanas sin hablar) debería ser la última. Porque una vez más me ha quedado claro que no piensa volver a verme.
Y quizá sea mejor así.
Ni siquiera le he mencionado que hoy hacía un año justo de aquel último y brevísimo encuentro. No, no se lo he mencionado porque ya no es parte de su vida. Soy yo quien dejó de verle y quien le sigue echando de menos cada día.

Han sido demasiados años de engaños. Mentiras sucesivas.
Y, a estas alturas, ya no quiero que me diga la verdad. O eso que él piensa que es su inesperada verdad…

viernes, 26 de julio de 2024

Márketing Digital. Y otras promesas.

 Mañana tengo que dedicar parte del día a terminar el Curso de Marketing Digital. Ése al que me matriculé hace un par de meses y cuyo temario ni me he leído, ése que he hecho (45 horas obligatorias) conectándome estas dos últimas semanas en el ordenador del trabajo, teniendo la pantalla en segundo plano y entrando cada pocos minutos para mover el ratón (porque si se detectaba inactividad, el tiempo no se computaba).

Un curso que me habría encantado hacer en condiciones, porque me gusta la materia. Pero que con mi horario…ha sido completamente imposible.
Esto que es mi día a día no es vivir.

Y…, y hoy de nuevo he constatado lo evidente. Porque le he llamado (dos semanas sin hablar con él. Porque lo de 'te llamo un rato esta semana', que fue lo último que me dijo, por descontado fue de nuevo una promesa vacía. Si no le llamo yo, no hablo con él. Sin más) y eso…, simplemente he vuelto a constatar el desinterés que tiene hacia mi persona.

Me sigue doliendo mucho. Mucho.

Sé desde hace semanas…, ya meses, que no voy a volver a verle.
Pero saberlo y aceptarlo no hace que deje de desear estar con él.
Y duele. Todo duele.

Mañana, de alguna manera, haré los exámenes y terminaré el Curso de Márketing Digital. Porque me comprometí a hacerlo. Porque el plazo termina el lunes.
Y porque yo sí cumplo mis promesas. Al menos, las que me hago a mí misma y las que me comprometo a cumplir.

domingo, 7 de julio de 2024

Nada es lo que yo no entiendo

 Sigo acumulando cansancio.

Quizás el hecho de no poder llorar libremente, de no poder contar a nadie realmente qué me pasa, el ir guardándome la pena, el desasosiego, el no ser capaz de entender cómo pude ser tan imbécil y tan crédula..., sobre todo tan imbécil, porque realmente me daba cuenta de lo que pasaba pero me negaba a verlo, el que simplemente pasen horas y dias y semanas y meses...y nada más, porque ya no pasará nada más, me tiene agotada.

El viernes pasado me hicieron una analítica completa. Me la tendría que haber mandado hacer hace meses, pero lo fui dejando y dejando... El viernes próximo iré a recoger los resultados. Me dirán que no tengo nada. Si acaso, bajo el hierro, algo alto el colesterol. Me recetarán ácido fólico para los próximos dos meses y vitamina D para un periodo similar. Y ya está.
Y yo seguiré cansada e infinitamente triste.

Cada vez me deja más claro que no quiere saber absolutamente nada de mí.
Y yo sigo sin ser capaz de entender por qué hemos llegado a este punto.

Puedo comprender que no me quiera. Que no le guste. Que haya decidido irse a vivir con la persona con quien, claramente, lleva años de relación (yo no sé qué he sido para él esos años. Más allá del 'plan B'. De quien le escuchaba los monólogos telefónicos porque hacía mucho que yo había entendido que era absurdo intentar contarle nada. Eso y que me gustaba escucharle hablar...)
Puedo entenderlo todo porque no me queda otro remedio.
Pero no qué necesidad tenía de mentirme. De inventarse una realidad, su aparente realidad, cuando la verdad era otra. No sé. ¿Dar más de sí la idea de 'plan B'? ¿Tenerme ahí por si los planes de futuro que llevaban años creando de repente fallaban...y tenerme ahí sin que me hubiese dado cuenta de nada?

Nada es lo que yo no entiendo.

La última (bueno, penúltima si cuento los menos de tres minutos de conversación del martes pasado) vez que hablamos quedó en llamarme cuatro o cinco días más tarde para comentarme cómo había ido su última revisión médica. Ésa que le traería a Madrid y donde por descontado no tendría tiempo para que pudiésemos vernos (a estas alturas, podríamos acumular unas diez veces de 'tengo que ir, espero que nos podamos tomar un café, ya te diré algo' desde la última vez que nos vimos a finales de agosto). Por descontado, no me llamó. Terminé enviándole un mensaje días más tarde, interesándome, que respondió al día siguiente, sin saludos ni despedidas, en plan 'escueto parte médico'. 

Le llamé días más tarde (quizá cuando ya asumí que no pensaba llamarme).No cogió el teléfono (es más, sospecho que corta la llamada al tercer tono. Nunca me tuvo registrada con mi nombre real. Igual ahora soy 'publicidad' o el nombre de algún excompañero de trabajo. Más que nada por si alguien está presente cuando entra mi llamada en su teléfono). Volví a llamar el pasado martes. Me devolvió la llamada. La conversación no llegó a tres minutos. Está con Covid. Curiosísimo: viviendo en mitad de un pinar, sin ir a ningún sitio, vacunadísimo, con cuidados sanitarios casi a la carta (hermana sanitaria. La misma que le controla para que se tome una pastilla para la tensión que no necesita, le alimenta con leche desnatada y sin lactosa, café descafeinado y otros sanísimos no-alimentos, pero, eso también, le compra el tabaco. Que todos sabemos que fumar es estupendo para la salud) y va y pilla el Covid por tercera vez.
Va a ser que el campo no es tan sano.

No sé. No entiendo nada.
O sí, en realidad y a mi pesar ya lo entiendo todo.
Y haberlo entendido de golpe y no haber sido capaz de verlo tan claro, todo, antes...también es un motivo para sentirme mentalmente agotada. 


sábado, 29 de junio de 2024

"En sus ojos un barco..."

 Creo que la última vez que le vi, hace ya diez meses, en realidad tuve claro que sería la última. Que en realidad había quedado conmigo porque no supo inventarse excusa para no acudir y ya está.

Hora y pico en que mi percepción es que estaba deseando irse. Que simplemente había quedado para decirme que se iba a vivir lo más lejos posible (a esa vivienda comprada 'en familia' y como segunda residencia un par de años antes, a la que en su día me repitió que solo iría de vez en cuando y que incluso le venía bien que existiera porque si su familia se iba a pasar los fines de semana él los tendría libres. Y podría dedicarlos a hacer otras cosas sin plazos ni hora de regreso. Y podríamos vernos más… Y yo lo creí, claro. Si de él me creía lo increíble…cómo dudar de algo tan sencillo). Que seguiría viniendo a Madrid porque, total, era apenas una hora: ir hasta la estación de Segovia, coger el tren hasta Chamartín y desde allí… Que claro que seguiría viniendo e incluso igual más fines de semana de los que pensaba, porque tendría más libertad…
Pero estaba deseando irse. Frente a mí y como en la canción: 'en sus ojos un barco pasa de largo'. 
Casi 40 años he tardado en saber en qué justo momento esa canción sería parte de mi vida. 
Hubiera preferido haberme equivocado y que no lo fuese nunca.
Aquel día vino con unos pantalones de chándal y una camiseta roja. Vestido como para estar en casa, en la suya del campo, pero para ver y dejarse ser visto en pleno Madrid por alguien que llevaba sin verle más de diez meses y con quien, en teoría, mantenía una relación. O la había mantenido.
Vestido para no gustar. Aunque a mí me gustase de cualquier manera.

Aquel día se fue poco menos que huyendo.
En cualquier otra persona, hubiese dicho que su comportamiento era el de alguien casado o comprometido, alguien que teme que le vean con quien no debe estar. Alguien que ha dicho que iba a tal tienda o a tomarse un café a solas o a quedar con su colega Paco, sí, ese amigo de toda la vida…, pero que en realidad ha quedado con otra persona. Y esa persona, en este caso, era yo.
Alguien con quien mantenía una relación desde hacia más de doce años.

Nos fuimos con prisa (suya) de la terraza del bar donde solíamos tomar café cuando quedábamos desde hacía tres o cuatro años antes. Pagué (me dijo que no llevaba efectivo, que podía pagar con tarjeta... Me resultó raro que dijese eso. No por el hecho en sí, que daba igual, sino porque desde siempre pagábamos de manera indistinta y ni se me había ocurrido otra opción que pagar yo y punto. Como muchas veces y sin la menor importancia. Que se justificase innecesariamente me chirrió. Aún no sé por qué).

Tenía mucha prisa. Mucha.

Desde antes de llegar a la estación de Atocha vi como iba mirando a ver si veía a quien le tenía que recoger. O eso pensé: a ver si le o la veía.
Hoy tengo más claro que en realidad iba fijándose a ver si ese alguien aparecía antes de tiempo y nos veía juntos. Yo no tenía que estar allí.
La verdad es que en esos momentos yo estaba en estado de shock: me acababa de enterar de que se iba lejos, a vivir lejos. No de inmediato, quizá a finales de año. Pero se iba. Y aun así…esa actitud… Porque me estaba dando cuenta de que algo no era normal. O sí lo era, pero no en él. No en quien yo seguía creyendo que era.

Muchas otras veces le recogieron cerca de la estación de Cercanías. De hecho, cuando dormía en mi casa o cuando, las últimas veces, pasamos el mediodía y parte de la tarde juntos también en mi casa y luego yo le acompañaba hasta Atocha, salía con él a la calle y esperábamos. Y cuando veía el coche que le iba a recoger (siempre unos metros más allá, o al otro lado de la calle. Nunca cerca de donde estábamos) nos dábamos dos besos de despedida y se iba.
Ese último día no fue así.
Estábamos llegando a la estación cuando me dijo que 'mejor nos vamos despidiendo ya y así no lo hacemos con prisa'. O algo similar. Y nos dimos dos besos rápidos de despedida (jamás le pude besar en los labios en púbico. Jamás. Ni hizo intención de besarme a mí. Sí: eso tan propio de quien tiene una pareja oficial, tú eres la otra y, horror, no me vaya a ver algún conocido. Siempre fue así. Y yo terminé viéndolo normal...aunque en teoría él no estaba con nadie: soltero, sin novia, sin ex, sin hijos...Sin motivos para ese comportamiento tan de manual del perfecto infiel).

A partir de ese momento y tras esa frase…directamente me ignoró. Seguí caminando a su lado, seguí escuchándole hablar (algo sobre el tipo de coche que iba a recogerlo. Al parecer quien lo iba a hacer había cambiado de coche…, cambiar no sé con respecto a qué otro, puesto que yo nunca tuve ni idea de qué coche le recogía ni de quien, aunque en teoría era su hermana o de su hermana y el conductor, su cuñado. Hoy ya sé que no era así) pero ya ni me miró. Ignorancia absoluta. Supongo que para que si le veían no me viesen a mí, y si me veía, que fuese una transeúnte más de la zona, alguien coincidiendo en tiempo y lugar, pero totalmente ajena a él.
Porque esa mañana y para quien iba a recogerle, no había quedado conmigo, obviamente.
Y yo no estaba con él. No podía estar allí.

En esos momentos no supe ponerle nombre a las cosas. También, ya digo, porque estaba afectada por la noticia, porque cuando dejé de tenerle a la vista (poco menos que salió corriendo en cuando divisó el coche que buscaba y no creo que me dijese nada más o no lo recuerdo. No me dejó sola porque ya lo estaba. Porque no estaba conmigo desde hacía un rato) yo estaba muriéndome de pena y solo quería llorar.
Me dejaba sola una vez más. Sola y con ganas de llorar. Como otras veces en la cama, cuando yo llevaba un rato toqueteándole y se levantaba y se iba a fumar al salón y no volvía, y yo seguía esperándole desnuda en la cama. Y no volvía y yo me secaba las lágrimas con la sábana e iba al baño a lavarme la cara, mientras él seguía solo en el sofá.
Pero sobre eso ya escribiré otro día.

En realidad, ese último jueves de agosto volvía a hacerme lo mismo, aunque yo estuviese vestida y él también, aunque no hubiese podido toquetearle porque, oh cielos, es que no le gusta que le toquen (ni que le besen, ni que le den la menor muestra de cariño. Sé que no es cierto, sé que lo que no le gustaba era yo).
Se levantó con prisa de aquella silla en la terraza del bar. Se despidió de mí minutos antes de separarnos. Y se fue. Sin mirarme. Esta vez para siempre.
Se fue con la persona con quien lleva años de relación y con quien hoy está viviendo en mitad de un pinar, en fingido aislamiento telefónico y tras vivir durante años de forma más o menos continuada no sé exactamente en qué punto de Madrid y haciéndome creer otra cosa y otro tipo de relación familiar.

No sé. No sé lo que tardaré en sanar de todo este dolor, si es que sano algún día, porque esta vez las cicatrices van a ser demasiado profundas.
Y…como ya he dicho antes: respiro por instinto, no por ganas.

miércoles, 19 de junio de 2024

Blusa blanca de algodón.

La compré el verano pasado. Creo que a finales de julio, tras ir a darme de alta como demandante de empleo. O quizá tras ir a solicitar la reanudación del cobro de subsidio, ya a principios de agosto.
Fue en una tienda de un centro comercial de las afueras, uno de esos centros comerciales que tienen que abrir para dar servicio a esas urbanizaciones que se construyen en mitad de la nada, dependientes de ayuntamientos que están ubicados a varios kilómetros. Un centro comercial que, no obstante, lleva más de 20 años abierto, con cambios contínuos en los nombres de sus tiendas e incluso en su aspecto interior: suelos, iluminación…
Me gustó porque era del estilo de prendas que tanto me enamoraban hace 30 años, cuando costaba encontrarlas: blanca, bordada, suelta… Y porque era diferente al resto de la ropa de las estanterías y las perchas.
Una blusa blanca de algodón.

La verdad es que no me hacía falta, como no me hace falta tres cuartas partes de la ropa que me compro (y eso que he reducido mucho, pero mucho, la adquisición de nuevas prendas). Además tenía un punto algo incongruente: manga larga. Ligeramente abullonada, se podía remangar hasta el codo, pero una blusa de manga larga en venta en pleno verano madrileño…, no, no era demasiado explicable.
Tampoco era barata. Ni cara, pero no tan barata como es la ropa de unos años a esta parte.
O sea: ni me hacía, ni era un gasto necesario, ni podría estrenarla de inmediato. Pero me dije 'al menos voy a probármela'.
Probé diversas tallas. Incluso dos distintas de una misma talla (otra manía: a veces no son idénticas). Dudé. Las dejé en su sitio de la tienda. Di otra vuelta mirando otras cosas.

La compré.

Estuvo en su bolsa varios días, ni siquiera sé cuantos. Luego la guardé en el armario, impecablemente colgada en una percha.
Sin fecha de estreno.
A finales de septiembre encontré una fecha y motivo para estrenarla.
Pensé en ponérmela aquel primer martes de octubre en que habíamos quedado para vernos a la salida del que sería mi nuevo trabajo.

No es que pensase que con ella iba a estar especialmente guapa. La blusa era muy bonita: blanca y casi transparente, con bordados que llenaban el tejido de calados, escote profundo con dos botoncitos. Además de gustarme, me hizo gracia ese conjunto de detalles: tan blanca, escotada, con transparencias. Me recordó a otra camisa blanca, casi transparente, que llevé en otro encuentro. En un pasado cercano, tiempo de mascarillas y cafés en exteriores.
Una camisa blanca que hacía transparentar el sujetador de encaje. Y que le hizo gracia a él.

No llegué a estrenarla aquel martes de octubre porque no llegamos a quedar. Otro aplazamiento sucesivo, que aunque yo no lo supiese sería definitivo.
Pasados esos días de otoño, la blusa que en pleno verano no era demasiado apropiada con sus mangas largas pasó a no ser apropiada para el invierno, con su tejido calado y su color blanco. Y siguió en el armario.

Y cuando me dijo, en abril, que en junio planificaba pasar dos o tres días en Madrid y que podríamos vernos…como en un juego conmigo misma volví a planificar ponérmela.
Ni siquiera pensando en gustarle. Sabiendo ya que no, que yo nunca le gustaría…

Tampoco habría ocasión. Si vino a pasar varios días en Madrid, no me enteré. Si realmente pensaba pasarlos ahora, la versión era otra. Ir y volver en el día.
Ya no habría aplazamientos sucesivos. Ni oportunidad para estrenar la blusa blanca, bordada, con transparencias, en el siguiente encuentro.

Hoy ha estado en Madrid.
No nos hemos visto.
He estrenado la blusa. La he completado con el collar de turquesas, con un colgante redondo del mismo material con el que un día estuvimos jugando en la cama, con unos vaqueros azul pálido. La he estrenado porque sí, porque no hay ningún motivo para seguir esperando un encuentro que justifique, me autojustifique, ponérmela.
Ni siquiera me sienta especialmente bien. Pero no es la prenda, soy yo.

Respiro por mero instinto, no por ganas.
Y todo me da igual.

martes, 18 de junio de 2024

Tras componer el puzzle.

 En teoría iba a estar dos o tres días en Madrid y aprovecharía para, entre otras cosas, quedar conmigo y, al menos, que nos tomásemos un café. O dos o media docena. 

Eso me lo contó hace meses. Una de las rarísimas veces en que hablamos, imagino que un sábado o un domingo a mediodía. Vendría en mayo para varias revisiones o pruebas o lo que fuese que tocara. Creo que incluso me lo debió contar todas las veces, pocas, en que hablamos. Y creo que me lo dijo siempre porque en una de esas ocasiones hasta me dijo que podía dedicarme un día entero (¡¡¡24 horas!!!). No sé. Imagino que me lo creí. Sí recuerdo que llegaba el metro, que era domingo a mediodía y que yo estaba en Leganés. 

Siempre me lo creía. Siempre le creía. 

Le creí cada vez que me dijo que la semana siguiente, o la siguiente a la siguiente, tenía que venir a Madrid a algún tema (normalmente médico) y aprovecharía, aprovecharíamos, para quedar y vernos un rato. 

Empezó a decírmelo a finales de agosto. La última vez que nos vimos. Que igual la semana siguiente no, pero sí dentro de quince días. Tenía que volver y quedaríamos. Ya me avisaría. 

Y me lo dijo en septiembre. Y en octubre, cuando de hecho yo tenía planificado empezar a trabajar cerca de donde él vivió de crío y hasta días antes quedamos en que nos veríamos, que me avisaría para quedar a la salida de mi trabajo y así se daba una vuelta por el que fue su barrio...

No empecé aquel trabajo. Pero aunque lo hubiese empezado, él aquel lunes no vino a Madrid. Y tampoco me llamó para decirme ni eso ni lo opuesto.

Y siguió, las pocas veces en que me respondía a los whatsapp mientras aún vivía oficialmente en Madrid pero apenas estaba aquí, proyectando 'tomarnos un café tal día', sin que ese día ni ese café llegasen nunca. Aunque, por descontado, sé que sí venía a aquellas revisiones médicas. Y seguramente no era cierto lo que luego diría de 'es que llegamos y volvimos en el día. Es que nos daba tiempo a comer ya en casa'. Simplemente yo no era parte del plan.

Yo siempre fui la alternativa a cuando el plan le fallaba. 

Cuando cancelaba, siempre a última hora, un encuentro conmigo no era porque le hubiese surgido un impedimento inesperado, sino porque el plan inicial para el que yo era 'el plan B', al final se había concretado. 

Y yo no era capaz de darme cuenta.

No me estaba dando cuenta de nada. Precisamente por lo evidente que era todo.

Mañana estará en Madrid. 
Pero volverá a mediodía a su casa de Segovia. 
La versión oficial es ésa.
 

En el fondo no me la creo, pero tampoco me voy a cuestionar nada.

He estado hablando con él...¿una hora, hora y media? No puedo asegurarlo. 
Sin planes. 

Y..., y es imposible que me pueda doler más. Que todo me pueda doler más de lo me está doliendo ahora. Que me pueda faltar el aire de este modo y pese a eso conseguir respirar. 

Sé que no voy a volver a verle. Es algo que está ahí. Que, en el fondo, sé desde el verano pasado aunque cada vez que me ha dicho que quedaríamos para vernos me lo he creído. 

Y no puede doler más. 

Catorce años. Catorce años de mi vida para no conseguir nada, para no tener nada. Para solo haber dado, catorce años a base de cancelar disfrazándolo de aplazamiento. 

Sé que debería bloquear su teléfono en mi móvil. No volver a hablar con él (hoy me ha llamado porque ayer le llamé yo y vio mi 'llamada perdida'. La última vez que hablamos fue el 12 de mayo). Sé que no tiene el menor interés en mí. Que no lo tuvo nunca o dejó de tenerlo hace mucho.

Que no te quieran duele muchísimo. No hay nada que duela más. 

Que, además, te hayan estado engañando durante años y darte cuenta de que no has querido reconocer lo que en el fondo estabas viendo es demoledor. 

Y componer el puzzle (lo compuse hace meses. Tenía todas las piezas sobre la mesa y me negaba a creer que la imagen que saldría de juntarlas era lo que estaba viendo) y confirmar que la verdad era, sí, ésa... No sé. 

No hay nada más doloroso que esto. 
No hay humillación íntima peor que saber lo que ha estado pasando. 

Y que ni siquiera soy capaz de echarle la culpa (no, no me lo ha contado. Pero es que no hace falta. Ya no hace falta ponerle nombre) porque sigo queriéndole. Y la culpa la he tenido, la tengo, yo. 

sábado, 18 de mayo de 2024

Día tras día. Noche tras noche.

 Pasan los días. Cada uno con más minutos de luz solar que el anterior: vamos hacia el verano.

La primavera está teniendo eso: clima de primavera. Una rareza en una ciudad como Madrid, donde no existe el llamado 'entretiempo' y donde se pasa del calor al frío viceversa. O igual esto ya no es tan cierto porque llevamos años casi anclados en un larguísimo entretiempo que pasa a ser calor estepario durante entre dos y tres meses y en el que llamado invierno es casi testimonial: no más de quince días y no siempre seguidos. 

Este año apenas hemos tenido invierno. Algún día suelto. Y el calor empezó a mediados de marzo, aunque luego se han ido intercalando días de treinta grados y días de quince. Días de lluvia, días con granizo, días de viento. Días de todo a la vez. 

Seguramente muchos días lo han sido de arcoiris en el cielo. Pero me los he perdido. 

Paso cerca de doce horas fuera de casa. Ocho de trabajo, cerca de una de la llamada 'pausa de comida' en que suelo salir a pasear porque ocho horas sentada es una barbaridad para mi salud. Entre dos horas y media y tres de trayectos casa-trabajo-casa. Vivo con la sensación de no hacer nada de provecho (en realidad, no es una sensación: no hago nada de provecho). Sé que estamos a mediados de mayo porque lo dicen los calendarios, pero nada más. No sé qué he hecho con mi vida estos cuatro meses y medio que llevamos de año. 

Cuando llego a casa suelen ser más de las ocho y media de la tarde. Me descalzo, me siento un momento en el sofá a ver terminar un concurso que me gusta (hay días que ni le presto atención, de puro cansancio). Empieza el informativo, veo los titulares mientras me quito pendientes, anillos, collar si lo llevo y voy al baño a lavarme las manos si no lo he hecho nada más llegar y quitarme los zapatos. Planifico una cena rápida (a veces ya tengo preparado puré de verduras del día anterior, gazpacho en esta época del año). Me quito la ropa y me pongo una camiseta grande. A veces me ducho antes de cenar, a veces simplemente me desmaquillo. Siempre aprovecho para terminar de hacer la cama (por las mañanas solo la estiro). En algún momento preparo la ropa que llevaré al día siguiente (muchas veces la elijo entre prendas que ya están en la silla, el piecero de la cama, prendas que llevé días atrás). Ceno frente al televisor encendido, sobre las diez de la noche. Ducha rápida si no me duché antes de cenar. Yogur, a veces algo de chocolate. Intento acordarme de que debo darme alguna crema en la cara (no siempre lo hago). En algún paseo activo la tecla que hará sonar el despertador a las ocho menos cuarto. Preparo los pendientes, colgante, calcetines y bragas que me pondré al día siguiente. A veces olvido llevar a la cocina el plato de la cena o la tarrina vacía del yogur. En esta época empiezo a tener siempre una jarra de agua para ir rellenando el vaso. Antes de las doce ya estoy tumbada en el sofá mirando el televisor. 

En algún momento cierro los ojos en un corte publicitario para descansar la vista. Los abro y sigue la película o el concurso. Los abro y hay un programa de teletienda o un cantante desconocido. Madrugada. Me traslado a la cama.

Día tras día. Noche tras noche. 

Eso es mi presente. 

Y nada más.

domingo, 12 de mayo de 2024

Este vacío inmenso.

 Necesito saber cómo está. Lo necesito como algo físico, como necesito ducharme o limarme una uña cuando la noto astillada. Cosas sin las que claro que se puede sobrevivir, pero…

Necesito saber que está bien. Supongo que catorce años cerca de él pesan. Catorce años queriendo lo mejor para él. Haciendo castillitos de humo, pero priorizando siempre, siempre, sus deseos, sus planes, sus necesidades.
Necesito saber cómo está. Y ya me conformo con hablar…o casi con escucharle, un rato al mes. Porque eso es lo que tengo. Conformarme con que me llame cada dos, tres…, cinco semanas.
Pero…la sensación de vacío que me queda tras hablar con él…duele.
Duele mucho. Más que el que ni siquiera me pregunte cómo estoy (a eso ya me acostumbré. Hasta el punto de responderle con cualquier evasiva cortés cuando, también por simple cortesía, me lo pregunta. Ya me acostumbré a que si intentaba contarle algo, cambiase de tema si ese algo no tenía que ver directamente con él. Me acostumbré a no importarle). Duele que la distancia ya sea insalvable en todos los sentidos, también en el físico, el real. Duele que ya no existan planes, que los 'aplazamientos sucesivos' ya no sean ni serán. Duele admitir la forma radical en que me sacó de su vida, sin explicaciones, sin contarme la verdad.
Le escucho hablar y sé que ya no hay nada. Que ni hay ni habrá.
Que en vez de planificar un presente conmigo, se fue a vivir lejos. Muy lejos. Cuando podía haberse quedado. Cuando yo podría haber buscado las fórmulas para que se quedase, hacerle un hueco en mi casa (ya ni siquiera pienso en que también fuese en mi cama si él no lo quería. Porque hacía mucho que tampoco quería eso. Hacía mucho que cuando se despertaba a mi lado se iba a fumar al salón, por ejemplo, y ya no volvía a la cama donde yo le esperaba desnuda. No podía dejármelo más claro, por mucho que yo no quisiera reconocerlo).
No. Simplemente se fue. Se ha ido para siempre.
Ya no hay planes conjuntos ni comunes. Ya no hay nada.
Solo lo que yo sigo sintiendo por él. Solo mi necesidad de saber cómo está.
Y el vacío inmenso que siento. A veces incluso mientras le escucho hablar al otro lado de la línea, a muchos kilómetros de mí, en otra provincia.
En otra vida. En la que era su vida real. En la vida en que yo nunca existí.
Sólo vacío.
Y…y que más da ya todo.

domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

sábado, 6 de abril de 2024

Desgaste.

domingo, 3 de marzo de 2024

Marzo, dos mil veinticuatro.

 Dos meses sin publicar. Dos meses sin escribir.
Dos meses en los que no ha pasado otra cosa que eso, dos meses de tiempo. En que se han alargado las horas solares porque cada día amanece antes y anoche más tarde. En que pasamos del invierno absoluto a una primavera muy adelantada para unas hace unas horas volver al invierno.
Y poco más. 
Me he leído tres o cuatro libros. He visto alguna película en televisión. Muchas noches me quedo dormida en el sofá. Demasiadas termino trasladándome a la cama cuando apenas quedan dos o o tres hora para levantarme. A veces pienso que a algo en mí le da miedo a acostarse por si no se vuelve a despertar, por eso se engaña dejándose llevar por el sueño en el sofá, dormitando como algo provisional, como si se tratase de una siesta a las doce de la noche, la una de la madrugada...

En el trabajo me dejo llevar por la inercia. El sueldo es completamente de supervivencia, apenas cubrir los gastos fijos y poco más. Ya tengo claro que raramente cobraré comisiones o incentivos y que éstos serán muy bajos. No madrugo, eso es lo que me repito cuando pienso en el horario que tengo y en que no me cunde el día. No madrugo y tampoco pasa nada si llego algo tarde a la oficina: simplemente luego salgo más tarde. Y al final paso 12 horas fuera de casa a cambio de eso, un sueldo de supervivencia. 
Y me repito que no madrugo, que la gente es agradable y no grita, que la empresa pone a nuestra disposición todo el café que queramos tomar (en mi caso, uno sobre las doce del mediodía), que por las ventanas entra algo de luz natural, que el barrio es céntrico y hay tiendas... Porque tengo que justificar por qué sigo en él o por qué no busco otra cosa o respondo a alguna de las ofertas que, a veces personalizadas, me siguen llegando. 

No tengo ganas de hacer nada. 
Me dejo llevar por la inercia y ya está.

Le echo mucho de menos. Me acuerdo cada día de él, cuando me despierto, durante el día, por las noches. Necesito saber cómo está, pero tarda días..., semanas incluso, en responderme un mensaje de whatsapp. No le llamo, finjo creerme lo de la mala cobertura en el sitio donde vive o donde dice vivir en la actualidad. ¿Para qué intentarlo, para que no atienda la llamada? 
Al final encontró el modo de justificar la indiferencia que hace años le produzco. 
No sé. Han sido demasiados años de creer mentiras, de fingir que me las creía cuando realmente veía claramente la realidad de las cosas. 
Pero no deja de doler su ausencia. 
Da igual.

Dos meses sin escribir. 
Marzo, dos mil veinticuatro. 
Qué más da todo.