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sábado, 21 de septiembre de 2024

Fotos.


domingo, 6 de octubre de 2019

Diez años, alguna foto, poco más.

Hace un par de años compré un marco para fotos. No lo necesitaba, pero era diferente y me gustó.
Sigue guardado, sin uso alguno. De vez en cuando busco alguna otra cosa y aparece el marco. Y lo vuelvo a dejar donde estaba.

No hay un día concreto que sea 'el día en que le conocí'. Creo haberlo comentado alguna vez: cuando yo llegué al sitio donde nos conocimos, él ya trabajaba allí. Y cuando a él llegó al sitio donde trabajaba yo...pues eso, yo ya estaba. Suena a galimatías, pero no lo es: simplemente la empresita naranja era la empresa en general y, luego, había 'departamentos', campañas en las que íbamos repartidos los teleoperadores. Él ya trabajaba allí, en otra campaña, cuando yo llegué en abril. Le conocía de vista, por tanto. La verdad es que trabajabamos como a cinco metros de distancia, calculo, pero le recuerdo más por coincidir entrando-saliendo del ascensor en determinada hora de la tarde que por verle en la sala común de trabajo. 

Mentiría si dijese que me había fijado en él, pero también mentiría si dijera lo contrario. En realidad mi paso por allí lo sentía como algo tan, tan provisional en mi vida...que creo que evitaba fijarme en nada. De él me llamó la atención que era de las pocas personas con las que te cruzabas en el pasillo y saludaba o respondía al saludo, cosa que puede parecer lo más correcto y menos llamativo del mundo...pero allí el personal parecían almas del purgatorio y si podían evitar el saludo, lo hacían. Terminé habituándome a ese comportamiento, el de alma-en-pena y terminé entendiendo que era algo propio de los contactcenter.
Cuando digo que llegó al lugar donde trabaja yo quiero decir que llegó a la campaña donde yo estaba desde el comienzo. O sea, al otro lado de la mampara horizontal. En octubre, casi seis meses más tarde.
No hay, por tanto, una fecha concreta en que nos conociéramos. Ni siquiera un momento concreto.

Del siguiente abril es la única foto que tengo con él. Del día que, en teoría, sería el último que pasaríamos juntos allí, porque nos comunicaron el despido un par de semanas antes y, aunque la teoría hablaba de 'compromiso de recontratación', creo que los dos éramos personas sensatas y sabíamos que eso era solo una posibilidad. 
Imagino que fui yo quien le pidió que nos hiciéramos una foto juntos. Con el autodisparador de la cámara y 'los peces en el río' de fondo, en la pared.
A esas alturas y ese horario ya se habían ido el resto de nuestras compañeras. Y también recuerdo que el resto del recinto estaba casi vacío: se habían perdido varias campañas. 

Él llegó a mi campaña el uno de octubre. Era jueves y recuerdo haberle visto por allí, con las coordinadoras, supongo que explicándole en qué iba a consistir el trabajo. Dos tercios de los ordenadores estaban disponibles. Yo había tenido el mismo desde el principio y el motivo, raro, es que mi ratón era óptico...y casi nadie se apañaba con él. A mí me daba igual. Además, tenía frente a mí toda la plataforma de trabajo, se veía la puerta de entrada...y eso me daba una cierta sensación de 'menos encierro'.
El dos de octubre era viernes. Recuerdo ese día porque se iba a decidir qué país organizaría los Juegos Olímpicos de ¿2018? a los que también optaba Madrid, y había más compañeros (de otras campañas) pendientes del tema. Los viernes era el único día de la semana en que, en vez de turno de tarde (de una del mediodía a nueve de la noche) estábamos 'de mañana', de diez a cinco de la tarde.
Curiosamente, ese día no tengo un recuerdo nítido de él. No sé si estuvo allí con nosotras o si estaría en la sala de formación o si estuvo en otro equipo informático o...
Así que supongo que fue el lunes cuando preguntó si el ordenador que estaba a mi derecha estaba disponible (sí, lo estaba. Desde siempre). Y debió ser cuando le pregunté que si venía para quedarse...
Porque, a veces, nos venía algún compañero de otras campañas como refuerzo. Porque hubiese más gente de baja médica de la esperable o porque tuviésemos un raro pico de trabajo. Estaba unas horas durante dos o tres días (el resto del tiempo seguía en su campaña) y resolvían la circunstancia. De ahí mi pregunta.
Sí: venía para quedarse (llamativo, puesto que tampoco había tanto, tanto trabajo). Y el equipo informático de mi derecha estaba libre. 
Y le pregunté el nombre, porque hasta ese momento no lo sabía. Y estuvimos comentando (porque cualquier novedad, por pequeña que fuese, nos hacía interrumpir el trabajo a todas) que tuviese un nombre compuesto, que normalmente le llamasen por el primero (muy, muy común) y que a todas, incluido él, nos gustase mucho el segundo.

Siempre, allí, me referí a él por su nombre completo y compuesto. Así le tengo 'registrado' en mis teléfonos. Creo que así le 'pienso'.
Y...todo lo demás ya lo he contado otras veces. Y diría que 'es historia' porque no se repetirá. 

Han pasado 10 años.
No hay una fecha fija que determine qué día nos conocimos. Pero de tener que determinar alguna, será la de los primeros días de octubre de 2009.

Muchas veces he pensado que querría tener una foto de los dos juntos, más allá de aquella de despedida, de abril de 2010.
En estos años le he hecho bastantes fotos (pocas, si pienso en que me paso media vida pegada a una cámara; bastantes si valoro que nos vemos...cuando nos vemos). Me parecía normal. Hasta que un día entendí que cuando me contaba que evitaba posar para las fotos que con cierta frecuencia hacen en su lugar de trabajo, que no le gustaba posar para fotografías...también me lo estaba diciendo a mí. No sé si han pasado más de dos años o más de tres desde la última foto que le hice. Está muy guapo. Y está en algún archivo de mi móvil (lo cargué ahí para enviársela: la foto está tomada con la Nikon). No lo busco, pero me gusta tanto encontrármela cuando no lo espero....
Que no le guste que le haga fotos no es sino otra forma de dejarme claro que no formo parte de su vida. Que nunca he formado parte de ella en estos diez años.

Aquel octubre de 2009 él tampoco formaba parte de la mía. Y creo que pasaron meses hasta que me di cuenta de que algo había cambiado...y que aunque las circunstancias nos iban a separar de manera inevitable, yo quería seguir teniéndole en mi presente.
Y que haría lo que estuviese en mi mano para que fuese así.

Hace dos años compré un marco de fotos que no necesitaba. No tiene nada de peculiar: es de metal dorado, no es nada común en cuanto a diseño. Es de una tienda que me gusta mucho, pero mucho, donde básicamente venden muebles (no, no es sueca), que un día cerraron en el centro comercial donde la descubrí...y con la que me reencontré hace un par de años. Y a la que volví ayer, yendo a otro sitio y simplemente por dar una vuelta. Para ocupar una tarde de sábado en la que no iba a poder hablar con él. Llenar otra tarde más sin él.
Cuando compré ese marco supe que lo quería para colocar una foto en que estuviésemos juntos. Y decidí pedírsela, pedirle que nos la hiciéramos la siguiente vez que nos viésemos: creo que había estado con él pocos días antes.
Pasó casi un año hasta la siguiente ocasión. De verle, quiero decir.


No han habido más fotos. Hace tiempo en que ya tampoco le envío fotos mías; supongo que también entendí que no le interesaban. Que yo no era nada para él y no había motivos para mandarle mis fotos.
Aunque en algún momento sí he pensado en hacerme alguna con alguna prenda que..., no, mejor no pienso en ello. No ahora.

A veces aparece el marco metálico mientras busco otras cosas. Sé que está ahí, pero no pienso en ello en ningún momento. 
A veces hay personas que aparecen en tu vida sin esperarlo. Incluso personas que ya estaban 'ahí', perfectamente visibles, pero no piensas en su existencia porque no existe la menor vinculación.  

Algún día desaparecerá completamente de mi vida. Creo que 'está en ello' desde hace mucho. Bastará que yo deje definitivamente de llamarle, de insistir en enviarle mensajes, para que deje de estar. Cortar ese hilo que ya no es de ida y vuelta (si lo fue en algún momento. Quiero pensar que sí, quiero recordar algún momento, unos tiempos...) y terminar para siempre.

Algún día encontraré destino para ese marco metálico que tanto me gustó en la tienda y que decidí para qué uso quería tenerlo.

Algún día encontraré a alguien que me cuente una historia que merezca ese regalo: que tenga un marco metálico que tampoco tiene nada de particular...más allá de lo mucho que me gusta a mí, pero que sirva para enmarcar un trozo de su vida.

domingo, 4 de marzo de 2018

Domingos de despertar a mi lado.

Siempre se levantaba antes que yo.
A veces, yo le esperaba en la cama (sobre todo, si se había levantado e ido cuando ya habíamos empezado algo o cuando ya estábamos los dos despiertos de manera muy evidente). A veces volvía. Otras no.

Le encontraba sentado en el sofá, en el lado derecho del sofá. Muchas veces, fumando.

Me sentaba a su lado. Y le abrazaba. Me gustaba abrazarle desde atrás, inclinarme hacia él y rodearle con los brazos. Apoyar mi cara en su espalda y, a veces, besarle. Me gustaba sentir así, aún, el calor de su cuerpo y el mismo olor que tenían mis sábanas.
Era sólo un momento. Creo que lo hice siempre.

Alguna vez, primero pasé por la cocina para llenar de agua el depósito de la cafetera y de café molido el filtro y que se fuese preparando. Y luego volvía a su lado.

Cuando llevaba el pelo largo, incluso muy largo, también me gustaba medir hasta donde le llegaba. Probablemente fui la última persona que hizo eso, medir hasta donde le llegaba el pelo estando desnudo, porque el domingo anterior a que se lo cortase se despertó en mi cama. Creo que tengo la última foto que se hizo con el pelo largo. En esos días, muy largo, demasiado.

Me gustaba mucho cuando llevaba el pelo largo, en el periodo en que se lo estaba dejando crecer. No me he pasado a pensar, nunca, si me gustan los hombres con el pelo largo, pero él me resultaba muy sexy.
Tengo guardadas esas últimas fotos. Durante un tiempo, una de ellas estuvo en mi estantería.
Ahora están todas juntas, ésas y las otras fotos que le hice, guardadas. Supongo que algún día debería deshacerme de ellas. Porque creo que nunca dejará de doler si casualmente las encuentro.

A veces, yendo con él en el metro, en el tren, veía miradas observándole. Y sabía que esas miradas femeninas sí eran de a quienes les gustaba esa estética masculina y, supongo, en esos momentos lo encontraban tan sexy como me parecía a mí. Creo que en alguna ocasión pensé: 'sí, te gusta. Pero dentro de un rato estará desnudo a mi lado' o 'pero he sido yo quien ha medido hace un rato hasta donde le cubre el pelo en su espalda desnuda, todo desnudo él a mi lado'.

Lo he escrito otras veces: despertarme y verle a mi lado a media noche nunca me pareció algo extraño. Me hacía sentir que todo estaba bien.

Nunca me ha dado miedo dormir sola. Igual porque nunca me he sentido sola (no entiendo las razones: no soy creyente en el sentido clásico).
Sólo recuerdo con claridad dos momentos en que sí me sentí angustiosamente sola.

En el primero, me fui a buscarle cuando ya amanecía: había decidido dormir en el sofá. No, no se había quedado dormido simplemente: lo había decidido conscientemente, porque se levantó más de una vez, una de ellas le vi perfectamente asomarse a mi dormitorio y volver al sofá. Me fui a buscarle y le llevé a la cama, porque supe que si ese día no despertaba a su lado sería la última vez que lo aceptase en mi cama. Y no podía hacer eso.
En el segundo, supe que estaba allí pero no estaba conmigo. Fue la última noche. Y yo entendí en ese mismo momento que no iba a volver.

Me gustaba abrazarle por la espalda, un momento siquiera, cuando levantados de la cama me lo encontraba sentado en el sofá. Incluso cuando ya tenía absolutamente claro que no le gustaba que le abrazase (la justificación es que no le gusta que le toquen, en general. En realidad me estaba diciendo que no le gustaba que lo hiciese yo). Era mi último 'saltarme las normas', era prolongar un instante la intimidad de haber estado dormidos bajo la misma sábana.

En algún momento también empecé a abrazarle, ya vestido y cuando íbamos a salir de casa. Un instante, también.
Cuando empecé a hacerlo creo que fue porque supe que cualquiera de aquellos abrazos sería el último. Y porque en la calle no podía tocarle.

Muchas veces, muchas, deseé despedirme de él con un beso en los labios.
Nunca me atreví. Siempre recordé que no era nada mío. Que esas cosas las reservaba para quienes sí lo era.

Muchas mañanas amanecía nublado cuando despertaba en mi casa. Daba igual si el día anterior fue de sol luminoso, si anocheció con cientos de estrellas en un cielo despejado, si llevábamos meses de pertinaz sequía y no se esperaba lluvia: que amaneciera nublado se convirtió en casi una tradición.
Tanto, que hasta recuerdo perfectamente la fecha del primer día que no fue así. Hace poco más de 3 años, domingo.

Me gustaba despertar a su lado. Me gustaba abrazarle por la espalda unos segundos, el olor de su piel, preparar café, llevarlo a la mesa y echarle el azúcar (yo lo tomo sin ella), escuchar la radio de fondo, que las conversaciones empezasen tras cualquier comentario escuchado y terminasen hablándome de cine o de filosofía o de..., qué más da, tantos temas en realidad recurrentes.
Temas de despertar en mi casa tras dormir desnudo a mi lado.

Aunque hubo bastantes sábados y, antes de ese momento, también martes, miércoles, jueves..., nunca lunes ni viernes, siempre pienso en ese momento como 'domingo por la mañana'.

Domingos luminosos aunque estuviese nublado, domingos en que le abrazaba un momento mientras se hacía el café. En que seguí haciéndolo tras saber que no le gustaba que le tocase.
Domingos en que despertaba a mi lado. Aunque en realidad, siempre quisiera estar en otro sitio. En algún sitio donde no estuviese yo queriendo abrazarle.

sábado, 3 de marzo de 2018

Cosas que no va a conocer.

Sólo veo mi casa de día los sábados y los domingos por la mañana.

Entresemana, cuando me voy por las mañanas está empezando a amanecer y cuando vuelvo por las tardes ya es de noche. Cada día se gana algún minuto más de luz a la noche, pero todavía no la suficiente para que me sea innecesaria la luz artificial.

Hace un par de semanas me florecieron dos bulbos de jacinto azul. Apenas un día pude disfrutar de ellos: más que verlos, los intuía en la estantería sobre el televisor. Me recibía el olor de sus flores y ese olor me perseguía por la casa. Al sábado siguiente ya estaban mustios.

El domingo pasado empezó a florecer el narciso. Ha pasado toda la semana creciendo (es altísimo, el más alto que recuerdo haber tenido) y abriendo flores amarillas. Como con el jacinto, realmente no lo he llegado a disfrutar en todo su esplendor. Lo tengo ahí enfrente, sobre la estantería. La mayor parte de las flores empiezan a arrugarse, como si fueran de papel. En la penumbra diaria que proporciona la luz de la lámpara verde de la mesita auxiliar, que es mi iluminación habitual, unido a mi creciente pérdida de visión, más que ver las cosas de mi entorno, las intuyo. Y me pierdo la floración de mis plantas.

Sé que tengo que cambiar algunas cosas de ese entorno. Llevo muchos años, más de quince, con los mismos cuadros, las cosas ubicadas en los mismos sitios, muchas de ellas por pura dejadez. Muchas de las cosas que tengo sobre la mesa están ahí desde hace años...y ni siquiera es su sitio. Ni me paro a pensar en ello.

Hace un año cambié la funda del sofá. Pasó de ser azul a ser magenta. Simplemente porque la funda azul estaba muy desgastada (básicamente, el color: se lo había ido 'comiendo' el sol. El mismo sol diario que inunda mi salón y que yo me pierdo a diario) y porque la que en su día compré de repuesto era magenta. Por esos días, hace un año, compré un cojín tipo rulo, de terciopelo, a juego con el nuevo color del sofá. Tenía en proyecto cambiar alguna otra cosa, pero creo que todo se quedó en proyecto.

El verano pasado compré una funda de cojín color fucsia y lo puse en el otro sofá, uno que es tan provisional como tantas cosas en mi vida (el sofá estaba en el piso cuando lo alquilé. Lo dejé mientras pensaba qué hacer con él, lo cubrí primero con una colcha azul marino y años más tarde parte con esa colcha y parte con una manta de chenilla violeta. Y siempre tuvo cojines, bastantes. Y cada vez más). Hasta llegar la funda color magenta, todo en el salón era azul, verde y con algún toque morado. El color magenta es poderoso y tenía que añadir algún detalle igual de llamativo, con un tono similar, para nivelar espacios...

A principios de año me encapriché de un cojín en terciopelo azul noche con plumitas rodeando todo el borde. Además, me di cuenta de que hacía juego con otro, un corazón azul marino de terciopelo que lleva tantos años conmigo como el sofá (más o menos). La semana pasada me regalaron otra funda de sofá, en este caso, negra y con estampado de búhos.

Los tengo en el sofá magenta, con los que ya había: unos elaborados con una colcha de seda en azul y plata, muy antigua, quizá con más de cien años (herencia familiar. Como otra que tengo semicubriendo el baúl de mi dormitorio. Una colcha que es una pieza única y a la que también calculamos ronde el siglo de antigüedad y que nadie sabe bien de dónde salió en su día ni porqué). Ya no se hacen tejidos como aquellos.

En los últimos meses, añadí unos cuencos como maceteros para plantas pequeñitas de flor de temporada. En las estanterías sobre el televisor.

Este mediodía, mientras la lavadora hacía su función, he buscado en mis archivos alguna foto para cambiar unas, en blanco y negro y enmarcadas en dos cuadros de marco ancho y paspartout, que también llevaban siendo las mismas más de quince años. De hecho, las fotos que he sustituido eran de revelado analógico y carrete en blanco y negro (por eso las enmarqué). He elegido dos que me gustan especialmente y que, sobre todo, no tienen absolutamente nada que ver con las que he cambiado.

Son pequeños detalles.

Cuando compré el cojín azul marino con borde de plumitas, hace dos meses, pensé en que quizá le gustaría. Conoce todos los cojines de mis sofás: los de seda salvaje, los de tela de colcha antigua, el corazón azul marino, uno alargado en tonos oro y naranja. Me gustó el tacto de las plumas y no pude evitar, casi de modo instintivo, pensar en qué le parecería cuando al cambiarlo de sitio para tumbarse, o ponérselo como almohada, o seleccionarlo al azar para ponerlo sobre mis piernas y poner su cabeza sobre ellas, descubriese las plumas...

Y, a la misma velocidad que ese pensamiento me cruzó la mente y me hizo sonreír, otro me recordó que seguramente nunca vería ni tocaría esas plumitas. Porque seguramente nunca volvería a mi casa.

Aún así, compré la funda de ese cojín, lo rellené con otro, lo dejé sobre el sofá.
Hasta el sábado siguiente realmente no vi cómo quedaba.
Como tantas cosas: de sábado a sábado.

Sábados en los que ya nunca estará conmigo. Ya ni siquiera me responde a los mensajes. Para qué.

Tengo que ir cambiando algunas cosas que forman parte de la decoración de mi entorno.
Cosas que él ha conocido. Cosas que ha decidido que no va a conocer.