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sábado, 15 de marzo de 2025

Falta de tiempo para vivir.

 Trabajar los sábados me descoloca el día.

Y me parece absurdo ese desconcierto: durante muchos años trabajé todos los sábados. Y durante gran parte de esos muchos años trabajé los sábados completos y con jornada partida…
Pero ya había perdido la costumbre.

También me parece absurdo el descoloque cuando simplemente son cuatro horas por la mañana y teletrabajando. Y que será solo un sábado al mes.
Pero lo comprobé el mes pasado (primer mes en que tenía que trabajar un sábado) y lo he vuelto a comprobar hoy.

Aunque sé que esta sensación rara, de desconcierto, no solo es por haber trabajado por la mañana. La semana ha sido complicada. Cada vez más descontrol en las comidas. Quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama cuando apenas quedan ya dos horas para tener que levantarme. Trayectos que se me hacen larguísimos para ir y volver al trabajo.
Falta de tiempo para todo.
Falta de tiempo para vivir.

Lo de menos ha sido tener que teletrabajar hoy sábado por la mañana.
El auténtico problema es este pasar incesante de días completamente vacíos, estos días que solo son fechas en el calendario. Que me pasan por encima.

Que no significan (ni significarán cuando mire hacia atrás, desde el presente que hoy son días futuros) absolutamente nada para mí.

sábado, 8 de marzo de 2025

Acumular cosas. Faltarme ganas.

 Todos los finales de mes planifico que, para cuando comience el próximo, haré tales o cuales cosas.

O casi debería decir que todos los meses aplazo las cosas, lo dejo 'para el próximo mes, para empezar de una forma organizada'.

Luego me doy cuenta de que ya empezó el nuevo mes, de que han pasado varios días y no ha cambiado nada porque no he hecho nada por cambiar. Y es que ni me he dado cuenta, realmente, de que van pasando los días.

Entre semana no tengo tiempo para hacer absolutamente nada. Nada de lo que quisiera, nada de lo que debiera.

El despertador suena entre las siete y media y las ocho menos cuarto. Remoloneo en la cama hasta las ocho, a veces diez minutos menos, a veces cinco minutos más. Rutina de aseo, de vestirme con la ropa que dejé preparada la noche anterior. Hidratante en la cara, rímel en las pestañas, sombra oscura en los párpados, un toque de colorete. Café con leche que caliento en el microondas, dos galletas, todo de pie en la cocina al mismo tiempo que saco del frigorífico el sandwich para el mediodía. A veces lo preparo en el momento porque por la noche no saqué tiempo o ganas de hacerlo. Sandwich y alguna galleta o similar a la bolsa donde también llevo o debería llevar una botella de agua, o a bolso los días en que me toca llevar el equipo informático. Vuelta al baño, dentífrico y cepillo para los dientes, cepillo y peine para el pelo. Terminar de arreglarme: collar, pendientes. Terminar de maquillarme: labial y retoque en las pestañas. Calzado, a veces anillos. Bufanda, abrigo, móvil al bolso. Última visita al baño. Comprobación casi compulsiva de cierre de espita del gas, del desenchufado de la cafetera. Salir por la puerta, ser consciente de que cierro la puerta con los cuatro giros de llave…

Esto tan monótono es mi rutina matinal.
El resto del día es igual de monótono.
Muchos días llego a más de las nueve de la noche.

Acumulo cansancio. No como fruta fresca. No sé si bebo suficiente agua.
Acumulo ropa en el piecero de la cama, en el taburete del dormitorio.
Acumulo todo tipo de cosas en las dos mesas del salón.
Acumulo tareas pendientes.
Acumulo de todo y me faltan ganas, ánimos, sueños, deseos.

Cada mes planeo y planifico que el próximo será diferente. Que lo empezaré ordenando mi entorno y mi vida.
Cada mes me encuentro con que nada ha cambiado.
Cada vez tengo menos ganas.
Y más cansancio.

domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.

domingo, 3 de marzo de 2024

Marzo, dos mil veinticuatro.

 Dos meses sin publicar. Dos meses sin escribir.
Dos meses en los que no ha pasado otra cosa que eso, dos meses de tiempo. En que se han alargado las horas solares porque cada día amanece antes y anoche más tarde. En que pasamos del invierno absoluto a una primavera muy adelantada para unas hace unas horas volver al invierno.
Y poco más. 
Me he leído tres o cuatro libros. He visto alguna película en televisión. Muchas noches me quedo dormida en el sofá. Demasiadas termino trasladándome a la cama cuando apenas quedan dos o o tres hora para levantarme. A veces pienso que a algo en mí le da miedo a acostarse por si no se vuelve a despertar, por eso se engaña dejándose llevar por el sueño en el sofá, dormitando como algo provisional, como si se tratase de una siesta a las doce de la noche, la una de la madrugada...

En el trabajo me dejo llevar por la inercia. El sueldo es completamente de supervivencia, apenas cubrir los gastos fijos y poco más. Ya tengo claro que raramente cobraré comisiones o incentivos y que éstos serán muy bajos. No madrugo, eso es lo que me repito cuando pienso en el horario que tengo y en que no me cunde el día. No madrugo y tampoco pasa nada si llego algo tarde a la oficina: simplemente luego salgo más tarde. Y al final paso 12 horas fuera de casa a cambio de eso, un sueldo de supervivencia. 
Y me repito que no madrugo, que la gente es agradable y no grita, que la empresa pone a nuestra disposición todo el café que queramos tomar (en mi caso, uno sobre las doce del mediodía), que por las ventanas entra algo de luz natural, que el barrio es céntrico y hay tiendas... Porque tengo que justificar por qué sigo en él o por qué no busco otra cosa o respondo a alguna de las ofertas que, a veces personalizadas, me siguen llegando. 

No tengo ganas de hacer nada. 
Me dejo llevar por la inercia y ya está.

Le echo mucho de menos. Me acuerdo cada día de él, cuando me despierto, durante el día, por las noches. Necesito saber cómo está, pero tarda días..., semanas incluso, en responderme un mensaje de whatsapp. No le llamo, finjo creerme lo de la mala cobertura en el sitio donde vive o donde dice vivir en la actualidad. ¿Para qué intentarlo, para que no atienda la llamada? 
Al final encontró el modo de justificar la indiferencia que hace años le produzco. 
No sé. Han sido demasiados años de creer mentiras, de fingir que me las creía cuando realmente veía claramente la realidad de las cosas. 
Pero no deja de doler su ausencia. 
Da igual.

Dos meses sin escribir. 
Marzo, dos mil veinticuatro. 
Qué más da todo.

domingo, 12 de marzo de 2023

Derrapando hasta la nada.

 Vivo en estado de agotamiento.

No es normal, tras pasarme prácticamente todo el día sentada, ir sentada la mayor parte del recorrido de ida-vuelta del trabajo, hacer un esfuerzo físico mínimo, llegar a casa el viernes por la tarde absolutamente agotada. Hinchada como una pelota y con ganas de tumbarme en el sofá, cerrar los ojos y dormir. Deseando que alguien me pudiese preparar algo de cena, me trajera el plato y el vaso y lo retirase luego (algo que hace tantos años que no pasa que ya ni me acuerdo en qué consiste en la práctica). Y luego poder dormir, dormir de un tirón y sin prisas por despertar ni levantarme de la cama. Y levantarme sin dolor de espalda, dolor de rodilla, sin esa sensación de que me han pasado por encima dos apisonadoras, una de ida y otra de vuelta.

Vivo cansada. Y sin perspectiva alguna.

No me gusta mi trabajo. No me gusta en lo más mínimo. Y el caso es que ya lo sabía, sabía que no me iba a gustar, cuando lo acepté. Pero fue aquella tontería de 'voy a aceptar lo primero que me ofrezcan, si reúne las características de horario de mañana, sueldo fijo pasable y no demasiado lejos'. Y sí, esas características las reúne. Y fue lo primero que me ofrecieron. Pero también sabía que sería algo tedioso, rutinario, casi de cadena de montaje. Y es eso lo que es. Eso, y en una empresa que choca frontalmente con mis convicciones éticas. 

No, no me gusta lo que hago. 

Mi periodo de prueba (dos meses, por contrato) finaliza en diez días. Y no sé si quiero pasarlo. Porque no tengo un 'plan B' claro. Y porque me restan menos de dos meses de subsidio de desempleo, el vulgarmente llamado 'paro'. Y no tengo fuerzas para empezar otra vez con la incertidumbre de responder anuncios de empleo y no saber si te llamarán de alguno para, al menos, hacer la entrevista. Y no saber si luego te seleccionarán. Ni si te gustará en la práctica el trabajo. 

Estoy cansada. Y cada día entiendo menos cómo he llegado hasta este punto. En qué momento se torció mi vida hasta derrapar hasta el sitio en que estoy.

domingo, 5 de marzo de 2023

Marzo sin expectativas.

 Escribo post que no publico. Que borro directamente o que acaban en 'borrador'.

A la vez que los días solares se alargan, a mí los días (en general) se me hacen eternos. O, mejor dicho, se me hacen eternas las horas que completan cada día, sobre todo en lo concerniente al horario laboral. Me muero de aburrimiento. Una llamada tras otra, que van saltando en el marcador sin que nadie me responda, o con respuestas escuetas, o con conversaciones sin sentido. Hace unos días me llevé unos lápices de colores y unas láminas de ésas de colorear mandalas, para intentar que el tiempo se me haga más llevadero. Pero es todo tan, tan aburrido, que me temo que terminaré a lámina coloreada diaria y que tendré que llevarme un bloc entero. Colorear de forma sistemática para no pensar. Colorear algo que no sirve para nada, como tampoco sirve para nada lo que hago durante siete horas al día.

Escribo post hablando de otros temas. Pero al final me arrepiento y los borro. O no, pero tampoco los publico.

Igual para no hacerme daño a mí misma. O porque simplemente escribo como desahogo. O porque ni siquiera consigo el menor consuelo, tranquilidad o, eso, desahogo, cuando los escribo. 

Empiezo marzo sin proyectos, sin ambiciones. Sin otra cosa que cansancio, ese cansancio que ya es parte de mi vida cotidiana. 
Sin saber qué hago ni qué quiero hacer con mi vida. 

Marzo sin expectativas. Los días solares se alargan. Y no tengo nada más que quiera contar.

sábado, 26 de marzo de 2022

De cambios de hora y otras realidades.

 Esta  noche es el cambio al llamado 'horario de verano'. O sea, que a las dos serán las tres, dormiremos una hora menos, mañana amanecerá más tarde y también se hará de noche más tarde. 
Como todos los años, llevo dos días escuchando más o menos lo mismo. Además de los argumentos a favor o en contra de este vaivén horario, dos veces al año.
Ya ni me molesto en argumentar que no se va cambiar nunca este hábito, y que será así porque somos un país que basa su economía en el turismo. Y que este horario es el que más favorece eso, el turismo.
Da igual.

Lo único que me indica este detalle (que toque cambio de hora, para pasar a 'el horario de verano') es que ya llevamos casi tres meses de este 2022. Que hace tres meses fue navidad y a mi cerebro le parece que fue anteayer. Literalmente.

Y..., y debería escribir más y sobre otras cosas. Pero vivo en el agotamiento continuado y permanente. El cansancio que me provoca no hacer nada de provecho con mi vida. Que pasen los días y lo único que siga constatando es que todo es, cada vez más, mentira.

Mi trabajo que parecía casi ideal se ha ido convirtiendo en algo insufrible. 
Vivo rodeada de desorden. Cada sábado (e incluso cada viernes, que trabajo en casa y, al menos, me ahorro las tres horas y pico de transporte) me digo que voy a dedicarme intensivamente a ordenar. Apenas hago nada. El viernes es imposible (no tengo la hora y pico de transporte matinal, pero aprovecho para estar más en la cama. No tengo la hora y pico de transporte vespertino, pero me voy a hacer la compra semanal. Aparte que incluso me desconecto más tarde del trabajo. No me gusta teletrabajar). El sábado tampoco consigo aprovecharlo.
Mi vida, mi presente, es un desastre.
Cada vez me soporto menos.

Y él..., qué más da. Él me importa. Yo a él no. 
Me dejó completamente fuera de su vida hace cuatro años. Volvió a hacerlo el otoño pasado. 
Volví a hablar con él en enero, mediados-finales de enero. Desde entonces, planes conmigo que hace y deshace él solo (como siempre). Promesas de llamadas telefónicas que, en las primeras semanas, sí cumplía (bueno, no siempre) y que ya han vuelto a la normalidad. La de que dé igual si me dice que me llamará tal o cual día, porque lo normal es que no lo haga. Ya tampoco me da la opción de llamarle yo: fija él el día, y luego llamará o no.
A ratos me he llegado a creer sus planes para que nos viéramos. Juro que me los llegué a creer.
Hasta darme cuenta de que estaba volviendo a construir castillitos de humo. Como tantas veces en todos estos años.
No tiene el menor interés en que nos veamos. Bueno, en realidad sus planes sí eran por un interés personal...que no tenía demasiado que ver conmigo como persona. En realidad, hace mucho que el interés en pasar conmigo unas horas no tiene nada que ver conmigo como persona. Le serviría cualquiera. Imagino que en otras ocasiones le sirvió cualquiera y que probablemente estas semanas ya haya encontrado algo más a mano. 
Como en tantas otras cosas, supongo que ya habrá encontrado, o le habrán encontrado, un plan mejor.
Y quizá ya me dé igual. 
A ratos me duele (y mucho), pero otros simplemente recuerdo que nada de esto es una novedad. Que hace muchos años que es así y ya está.

Yo le sigo queriendo. A estas alturas sé que siempre le voy a querer. 
Como sé, desde hace años, que él no me querrá (ni me ha querido, siquiera) nunca.
Como sé que al final siempre estaré para cuando me necesite y para lo que me necesite, y que dará igual lo que yo pueda querer o desear. Porque hace ya demasiado tiempo que todo empezó a ser así. 

Y lo acepté y lo toleré.
Y, como los semestrales cambios de hora,  ya no puede ser de otra manera.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Le echo de menos.

 Le echo de menos.
Le echo de menos como se echan de menos los columpios de la infancia, la serie de televisión favorita que terminó hace tiempo, el olor de los primeros días de curso (libros nuevos, lápices alpino, gomas de borrar de nata, colonia nenuco sobre ropa recién planchada...). Le echo de menos como solo se pueden echar de menos las cosas que se pueden recuperar (existen los columpios; en youtube está, seguro, aquella serie; se pueden estrenar libros y lápices y borradores y la colonia nenuco sigue oliendo igual y hoy plancho yo la ropa) pero que nunca serán igual que las recordamos. Porque nos falta la ilusión del futuro. 

Le echo de menos y quizá sea eso lo único que aún conservo. Mi capacidad de seguir deseando estar con él.  
Él hace mucho que empezó a no estar. A veces, pienso que nunca estuvo, que realmente nunca estuvo ni quiso estar. Y que aunque volvamos a estar físicamente juntos, en realidad nunca estará. 

Le echo de menos y a veces sigue doliéndome. Me duele que no esté, me duele no poder hacer nada. Me duele su indiferencia. Me duele ser tan imbécil. 

Le echo de menos como algo inevitable.

Y, quizá, con el miedo a que cualquier día descubra que ya no me queda ni eso. Ni la capacidad para desear estar con él, hablar con él, saber de él. Miedo a, cualquier día, darme cuenta de que hace días en que ya ni siquiera le echo de menos.

domingo, 28 de febrero de 2021

Termina febrero y empieza marzo.

 Termina febrero y empieza marzo.
No hay nada más. 

O igual sí. Igual simplemente sigo mirando hacia otro lado, creyendo que si me pongo una sábana sobre la cara y no veo, también desaparezco. Que si algo no se nombra, no existe. 

Estoy cansada. Cansada de tanto vacío, de no poder dejar de dar vueltas aun sabiendo que no iré a ningún sitio, como el hámster en su rueda. 
Cansada mentalmente, con un cansancio que termina agotándome físicamente. Llego a la noche tan cansada que casi me cuesta creer lo que sé que es evidente y que no es otra cosa que el no haber hecho nada en todo el día, nada que pueda justificar el cansancio. 

Termina febrero y empieza marzo.
Igual sería un buen momento para decir un 'se acabó' a algunas cosas. Un 'mes nuevo, vida nueva'. 
Ojalá no estuviese tan cansada. 
Ojalá no fuese, para algunas cosas, tan cobarde.

domingo, 5 de abril de 2020

Reclusión, teletrabajo, aire de pesadilla.

Empieza la tercera semana de reclusión domiciliaria y teletrabajo.

En lo referente a lo primero, tenemos por delante tres semanas, como mínimo, en la misma situación. Y recalco lo de 'como mínimo' porque supongo que se prorrogará otra semana más. Al menos, hasta mediados de la primera semana de mayo. O sea, un mes completo a contar desde hoy.
En lo relativo al teletrabajo, la empresa en que empecé a trabajar hace un mes está a punto de entrar en un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo). O sea, a despedirnos con compromiso de recontratación cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Que no será antes de un mes. Y que implica una  considerable pérdida de ingresos. Aunque no sería lo peor, porque lo peor sería un despido (en mi caso, les basta un simple 'no supera el periodo de prueba').
No quiero pensar en ello. Lo que tenga que ser, será.

Llevo muy mal el hecho de estar encerrada.
Llevo muy mal el teletrabajo: al final paso casi nueve horas (y sin el casi, porque suelo sobrepasarlas) sentada frente al portátil de empresa, intentando ser productiva...y sin conseguirlo. Y con la sensación añadida de angustia que esto me produce. 
Acabo agotada. Más cansada, mucho más, que si trabajase esas horas más las tres y pico diarias de transporte para ir y volver.

Todo esto tiene un aire de pesadilla que hace que me cueste dormir por las noches. Sueño cosas raras, densas.
No descanso.
No sé qué va a ser de mí estas próximas tres, probablemente cuatro semanas de encierro.

sábado, 14 de marzo de 2020

Es todo tan extraño estos días...

Días raros. Cada vez más raros.
El viernes (ayer, para mí; anteayer para la fecha en que esto se publiqué) hubo un momento en que pensé que estaba viviendo la jornada más extraña de los últimos años. Y eso es mucha extrañeza, si tengo que hacer recuento de eso, mis últimos años de vida...


Volviendo hacia mi casa en un bus anormalmente vacío y bajo una luz vespertina extraña, con un calor de junio mientras el calendario decía que no estábamos ni a mediados de marzo, con el portátil del trabajo (y el cargador de éste, y un ratón inalámbrico, y unos cascos enormes) en la bolsa que cogí por la mañana para hacer la compra, con la compra en una bolsa de plástico del supermercado (el supermercado completamente abarrotado de gente que llenaban carritos de manera compulsiva y formaban una cola kilométrica que bordaba todo el establecimiento, quizá más de doscientos carritos con sus respectivos porteadores  y familia. Y sin darse cuenta de que en las 'cajas rápidas', las que usábamos quienes llevábamos la compra en una cesta, te cobraban en menos de cinco minutos), tras haber pasado por el banco a retirar el dinero para el alquiler (en previsión de que esta próxima semana ni siquiera estuviesen abiertos) y ser atendida por un cajero con mascarilla y guantes de latex, viendo colas de gente en la puerta de los estancos y barricadas a la entrada de las farmacias... Y una sensación como de sueño, de absoluta irrealidad...

No sé si mi nuevo trabajo me gusta o no. 
Quizá mi mente se está preparando para que todo termine antes de haberme acostumbrado. La actual situación del país (estado de alerta por el coronavirus, algo que roza con el estado de sitio a partir del lunes) no es la mejor para el tipo de empresa que es. Y el viernes también pensé que, al parecer y por las reacciones del personal, yo era la única que me estaba dando cuenta.

Me tengo que cuidar. Como siempre, me tomo completamente a la ligera todo lo relacionado con mi salud (o eso parece) pero soy consciente de que pertenezco a un grupo de riesgo. Yo no puedo enfermar porque no puedo tomar medicamentos.

Pero el lunes intentaré llegar al trabajo. Aunque me traje el portátil (en realidad, volví a por él estando ya en la calle, a punto de coger el bus) mi idea es seguir yendo a trabajar a la oficina. Así que atravesaré Madrid cargada con el portátil, el cargador, el ratón inalámbrico, el enorme casco telefónico... Un Madrid que intuyo fantasmal, con tiendas cerradas, con bares cerrados, con la gente caminado sin formar grupos y respetando el metro mínimo de distancia entre personas.

Raro. Todo es raro.

También intuyo que mi relación con él ya no existe.
Que estoy viviendo, o ya he vivido sin siquiera saberlo, los últimos días de esta relación que sólo me importó a mí. 
Que diez años son muchos, demasiados. Incluso cuando sólo para mí han sido eso, diez años, porque para él no sé lo que he sido (si he sido algo) ni si lo fui alguna vez.

Da igual. Es todo tan extraño estos días...

domingo, 1 de marzo de 2020

Ya es marzo. Y está lloviendo.

Terminó el bisiesto febrero. 
Un mes completito, largo y estresante. Porque aunque sea el mes más corto del año (aun teniendo ese día de más en este 2020), se me ha hecho muy largo.

Mes que he pasado a base de infusiones relajantes para dormir. Con dos entrevistas laborales interesantes (las ofertas. Las entrevistas fueron tan anodinas como lo son habitualmente) y una perfectamente olvidable. Con una analítica rutinaria de la que tendré resultados a mediados de mes y una prueba médica complementaria que me ha tenido en vilo...y que el mismo día en que me la hicieron me tranquilicé porque el resultado ya me dijeron que no era para nada alarmante. Controles cada seis meses y ya está.
Febrero que hace bisiesto a este año y que no me ha gustado nada.
Hoy ya es marzo.
Mañana, si no hay novedades completamente inesperadas, empiezo una nueva aventura laboral.

He de confesar que estaba bastante más ilusionada el día en que hice la entrevista de lo que estoy hoy. Me apetecía más la otra posible opción laboral, la de la entrevista que pasé un par de días después y para la que también me preseleccionaron...para no volver a saber nada de ellos tras unos psicotécnicos y la solicitud de algún contacto al que pedir referencias sobre mi perfil profesional. Me apetecía más porque el sueldo era algo más alto (eran más horas semanales), la empresa ya la conozco...y hasta tardaría unos diez minutos menos en llegar. Pero..., en fin: esto es lo que hay.

No estoy demasiado ilusionada. Incluso he tenido un par de momentos en que...sí, he estado tentada en enviar un correo y decir que no me podía incorporar. Pero no lo voy a hacer.
En octubre ya lo hice: me lo podía permitir (tenía por delante aún un año de subsidio de desempleo por cobrar). A finales de enero también lo hice: la oferta era buena, económicamente hablando, pero el horario no me convencía. Y pensé que aún tenía tiempo para írmelo pensando.

Tengo aún por delante ocho meses de 'paro' por cobrar. Pero no pienso agotarlo. Y, además, ya me ha bajado un poco la cantidad..., y ya no me compensa.

Pasa a ser el recurso, la red, por si vuelvo a quedarme sin trabajo. Lo que es y para lo que está pensado, en realidad.
Así que mañana me incorporaré a lo que seguramente será mi nuevo trabajo. 
Insisto: con pocas ganas. Y con poca ilusión.
Me hago mayor.

Está lloviendo. Siempre me ha gustado la lluvia, eso casi tan raro en una ciudad como Madrid. Pero preferiría que mañana no lloviese. Preferiría no tener que cargar con un paraguas, no tener que ponerme un calzado compatible con la lluvia. Preferiría empezar en este posible nuevo trabajo con buen pie, con el clima de primavera adelantada de los últimos días.
Pero no: está lloviendo.
Y yo me hago mayor.

Dos de marzo ya a estas horas de la noche. A unas horas de dejar de estar desempleada.
Pero con pocas, muy pocas ganas de trabajar.

domingo, 31 de marzo de 2019

Termina marzo. Empieza abril.

Terminando una de las semanas más raras de los últimos años de mi vida. Y quizá, también, de las más complicadas...aunque para eso creo que ya he creado 'callo' y ni lo noto.

Ser capaz de desconectar, totalmente, al salir del trabajo también ayuda. Y ayuda que, igualmente, en las horas laborales no se mezclen otras cuestiones. 
Pero que no se mezclen ni significa que no estén ahí y no evita que afecten. Afectan. Quizá más de lo deseable.

En unas horas comienza una nueva semana y un nuevo mes, el cuarto del año. Y ya sé que la semana va a ser intensa. Probablemente tanto o más que la que se ha terminado.
Pero sobreviviré. que remedio.

No estoy bien de salud, ni física ni mentalmente. Porque sé que mis problemas físicos se derivan de lo mental, y por eso el año pasado no fueron capaces de averiguar qué había ocasionado lo que me pasó. 

Estoy cansada, estresada, me siendo hinchada. El lunes pasado tenía la tensión disparada y sé que no he mejorado.
Y no sabemos porqué.
Bueno, yo sí lo sé. El estrés laboral. La preocupación por no saber de él. Temas familiares. Historias raras.

Termina marzo.
Empieza abril. 
No me atrevo a darle la bienvenida.

domingo, 24 de marzo de 2019

Veinticuatro de marzo. Domingo. Sin más.

Días muy complicados que forman semanas muy complicadas que forman meses muy complicados.
Esto está siendo el año 2019.

No escribo porque llego tan sumamente agotada a casa, tras un día de incongruencias, de retrasos en el transporte, de personajes falsos, de errores que nadie admite, de dolor de huesos...que no es que no tenga nada que contar, es que no tengo fuerzas para hacerlo.
Aunque la verdad es que lo que podría contar tampoco es tan importante ni tan interesante.

El jueves por la noche conseguí no llorar. O igual sí lloré, pero ya ni me acuerdo.

Mañana vuelve a ser lunes. Y, como cada lunes, quisiera no tener que ir a trabajar, pero no hay otro remedio. 
Ir a sumar incongruencias, malos rollos, contradicciones.

Un día más. Que será una pieza para completar otra semana más. Que sumará para completar un mes más.
El tercero del año. Porque ésta, además, será la semana que termine marzo.

Sin más.

domingo, 3 de marzo de 2019

Comenzando marzo.

Hay días con aire de pesadilla. En que ya desde que despiertas todo tiene un aspecto extraño...y sabes que nada va a salir bien. Y, por mucho que te esfuerces y por mucho positivismo que le pongas, al final todo lo que pueda salir mal saldrá mal. Irremediablemente.

Cuando esos días se repiten uno tras otro, el resultado es la semana pasada.


No voy a describirla, no vale la pena: ya ha terminado. Pero el miércoles llegué a asustarme en serio: por la noche tenía las mismas (malas) sensaciones de pérdida de sentido de la realidad que el año pasado, que la primavera pasada. Esos días y esa primavera que derivó en que empecé el verano ingresada en un hospital, sin que los médicos supieran qué me pasaba (porque las pruebas no decían nada concluyente) pero teniendo la certeza de que si no me llegan a ingresar y a enchufar al suero, me habría muerto. Deshidratada y de un fallo multiorgánico, pero sin saber qué lo había producido. Porque a  estas alturas seguimos sin saberlo.
Pero todo empezó con una acumulación de despropósitos, tras meses de profunda tristeza y se precipitó en unos días en que todo parecía irreal.

Y esta semana he vuelto a tener esas mismas sensaciones.

No sé qué pasará esta semana que empieza en unas horas. 
No me voy a ponerle a dar vueltas a la cabeza.

Entre otras cosas, a mitad de semana tengo que ir a recoger los resultados de las analíticas que me hicieron el pasado viernes. Ya se verá qué dicen de cómo está mi cuerpo. 
Mi mente no está bien. Y mi ánimo está bastante bajo.
No haber hablado con él en toda la semana y las malas noticias de ayer sábado (relativas a cosas de su entorno personal y familiar que hacen que no esté, tampoco, bien) me afectan. Le afectan a mi estado anímico.

Que haga tanto calor estando en invierno tampoco me es de ayuda. 

Siento que no puedo hacer nada para cambiar lo que me hace infeliz. Y no me gusta esa sensación, no me gusta nada...
Comenzando marzo. Sin perspectivas. Sin más.

domingo, 1 de abril de 2018

01 de abril.

Y ya, abril.
Se diría que este año estoy desarrollando un nuevo sentido del tiempo. Porque me parece increíble que ya hayan pasado 3 meses desde que las campanadas del reloj de la Puerta del Sol y la toma de las correspondientes uvas nos indicase formal y oficialmente que habíamos cambiado de año.  Pero sí: ya estamos en abril. Desde hace unas horas.

Creo que nunca había aprovechado tan poco los días de descanso de la semanasanta. Creo que hace mucho que no tenía tanta necesidad de descansar. Y probablemente estaré lamentando esta falta de aprovechamiento durante días.
Me he estado despertando antes de las ocho todos y cada uno de los días. Y aunque no me haya levantado de la cama a esa hora y haya intentado aguantar el máximo tiempo posible en la cama, la verdad es que la idea no era ésa. También la idea era aprovechar estos días para limpiar y ordenar ('limpieza de primavera') y apenas he hecho nada.

El jueves ya no me encontraba bien del todo. Me molestaba un poco la garganta. Y el tema fue empeorando según pasaban las horas, hasta llegar al ataque de asma de anoche, en que me desvelaban los pitidos de mis pulmones entre la inspiración y la expiración que constituyen el hecho de respirar. Creo que es más alergia que resfriado, pero tampoco descarto del todo que se hayan juntado ambas cosas (y con el añadido, esta noche, de esos procesos mensuales meramente femeninos...que a estas alturas de mi vida no veo con el menor sentido ni utilidad futura). Tengo los ojos hinchados (haber llorado también contribuye), estoy forzando la apertura de las vías respiratorias a base de inhalador nasal (a ratos, esta noche, creía estarme asfixiando) y me duelen las articulaciones de un modo exagerado, aunque a esto último ya casi me voy acostumbrando, porque raro es el momento en que no me duelen músculos y articulaciones.

Había proyectado cortarme el pelo. Hace semanas me dije que iba a aguantar hasta que los mechones más largos me llegasen a la cintura, y hace días comprobé que ya la sobrepasaban, así que en vez de coger tijeras y arreglármelo yo sola en casa (como llevo años haciendo) decidí que mejor me acercaba a cualquiera de esas cadenas de peluquería en franquicia y que me lo cortasen ellos. Sé el riesgo que eso conlleva (pedirle a un peluquero 'córtame las puntas' puede traducirse que entiendan que las quieres a la altura de las orejas, por mucho que entres con el pelo por la cintura) pero igual me hace falta un cambio de imagen. Total, ya no me reconozco en los espejos, ya no sé quien es ésa que a veces me ha mirado desde el interior de un probador...

Se ve que ayer media humanidad femenina decidió lo mismo que yo: que como ha salido mucha gente esta semanasanta, seguro que apenas había gente en las peluquerías y era el mejor día para acercarse. Y estaban llenas.
En la única que entré (un local gigantesco, que se diría de estética futurista si estuviésemos en los 80, perteneciente a una cadena de franquicias) me indicaron que ahora trabajan con cita (nunca lo habían hecho, hasta donde sé) y me dieron una tarjeta. Que guardé en el bolso y que tiraré a la basura en cuanto haga limpieza. Si decido pedir cita para cortarme las puntas del pelo, no va a ser para que lo haga cualquier aprendiza en una franquicia de peluquería en un local de barrio de un municipio del sur de Madrid. Para eso, para que tenga que esperar que me den cita, día y hora, ya elegiría una peluquería en Madrid capital con un cierto prestigio.
Así que continúo con el pelo por la cintura.

Ayer compré un botecito de cápsulas de l.carnitina. Llevo años sin tomarlo. Lo dejé porque no me gusta sentirme dependiente de nada. Y porque las dos veces que, estos últimos años, he decidido volver a comprarlo no lo tenían. Ayer haciendo la compra en el súper y enredando un poco en el stand de los complementos nutricionales, vi que les quedaba un botecito (sin precio) y lo paseé por toda la tienda mientras terminaba de elegir los pocos productos que me hacían falta. En caja me confirmaron el precio (asequible) y ahí lo tengo, encima de la mesa. Ahora sólo falta que me acuerde de tomarme las dos cápsulas de rigor por las mañanas. Cuando lo tomaba, y lo hice durante años, me sentía menos cansada...e incluso tengo la sensación de que durante esos años mantuve un peso inferior al que tengo ahora (no tengo la sensación: estoy segura de que pesaba unos ocho kilos menos). Probaré a ver si al menos palía en algo el cansancio...

A veces me digo que tengo que hacer idea y empezar a cuidarme un poco. Acercarme de una vez a mi centro de salud de referencia e informarme a qué hora tengo el médico de cabecera, pedirle hora, asistir a consulta y solicitar que me hagan unos análisis de sangre. La verdad es que en los últimos meses lo he planificado una docena de veces y no lo he llegado a hacer, evidentemente... Y recuperar también otros hábitos sencillos, como volver a pintarme las uñas cada semana, por ejemplo... También tengo que graduarme la vista (cada vez veo peor). Pero...
Pero es que no tengo ganas ni motivación alguna.

Mañana vuelvo al trabajo, a retomar donde lo dejé. Y sé que abril va a ser demoledor. Que va a ser el comienzo de una sucesión de meses a cual peor y más complicado a la hora de cobrar algo más que el sueldo base.
Y la idea de levantarme a las siete menos cuarto de la mañana, tras apagar el despertador a las seis y media, para empezar una rutina de días uno igual que el anterior y que el siguiente, sumar semanas que sumen meses y que no me aporten nada intelectualmente hablando, obedeciendo órdenes de quienes a su vez las obedecen sin cuestionar nada, días y días así sin mayor motivación que cobrar una nómina a finales de mes y siempre con el miedo velado a que un día sea el último y ya no haya nómina a finales de mes..., pensar que mañana vuelvo a eso...

Estas dos  noches pasadas he soñado con mi actual trabajo. Creo que nunca me había pasado. Creo que he tenido algo de fiebre y, entre sueños, estaba allí y le daba vueltas a cosas y...

Seguir en abril lo que dejé y donde lo dejé hace cuatro días, que era marzo. Uno de los meses de marzo más vacíos y más feos que recuerdo.

Uno de abril. Domingo de Resurrección. Y saber que no cambia nada.

jueves, 29 de marzo de 2018

Tiempo es lo único que pasa.

Y no pasa otra cosa que el tiempo. Nada más.

A punto de terminar otro mes. El tercero del año. Cuando es como si acabase de pasar la navidad, cuando aún tengo regalos de Reyes sin colocar en ningún sitio concreto, y ya han pasado tres meses.
Porque solo pasa eso: tiempo.

Esperaba estos días para poder descansar. Sobre todo, para poderme permitir el lujo de levantarme tarde. Pero esta mañana ya estaba despierta a las ocho. Que, con el cambio horario (que se hizo la noche del sábado al domingo y que tardo bastantes días en asimilar) para mi cuerpo eran las siete. Y ya no he sido capaz de volverme a quedar dormida en condiciones.

Ayer querría haber escrito algo. Pero..., no sé. No me gustan los miércoles de la semanasanta. Es un día que nunca me ha gustado, que me trae recuerdos..., recuerdos raros y casi ninguno bueno. Me produce desasosiego, encontrarme con dos días libres por delante y casi que me pille por sorpresa y casi siempre sin planes. O con planes fallidos. 
Por eso no me gustan. Por eso decidí no escribir.

Porque este año no está siendo bueno y no lo está siendo por muchas razones y en muchos aspectos.

Sigo sin saber nada de él. Sigo echándole muchísimo de menos.
Sigo teniendo claro que me ha sacado totalmente de su vida y que, probablemente, nunca volveré a verle. Y raramente volveremos a hablar.

Fue otra semanasanta cuando también supe que probablemente dejaría de verle en breve. Pero luego no fue así porque me resistí a aceptarlo y me empeñé en que no fuese.

Pero aquella semanasanta también fue complicada. Ocho años ya. Mañana hará ocho años de ese día, del día en que supe que no quería que fuese el fin de nuestra relación, pero parecía inevitable.

Ocho años. Cuanto tiempo.
Qué rápido ha pasado, también.

Y como se terminan a veces las cosas, cuando quizá menos lo esperas, cuando sólo es la voluntad de que se acaben lo que importa.

sábado, 24 de marzo de 2018

Momentos erróneos.

Y otra vez sábado.
Y sigo sumando semanas. Otra más. La penúltima completa de marzo, la última antes de semanasanta.

Como era de esperar, sin novedades reseñables. Ni no reseñables. Otra semana vacía. Sin otras cosas que rutina, que toneladas de trabajo para llenar las horas, que transportes abarrotados, que dormir poco y descansar aún menos. Otra semana sin planes ni proyectos. Dejando pasar el tiempo. Sin más.

El jueves fue su cumpleaños.
Le mandé un sms para felicitarle. Me contestó. Al menos eso, me contestó.
Otros años no lo ha hecho.

Siempre le he llamado. Alguna vez me cogió el teléfono.
A veces me dijo que estaba lejos del teléfono, a veces el buzón de voz me dio a entender que estaba hablando con otra persona.

Siempre me creí sus explicaciones. Hoy..., no hoy sábado sino en estos días o a estas alturas, tengo claro que nunca tuvo el menor interés en hablar conmigo el día de su cumpleaños. Y que si no cogía el teléfono o ni me respondía a un mensaje no era sino porque estaba con otra u otras personas.

En el fondo, todo era más simple y menos necesario de excusas.

Un año..., creo que fue el primero cuando yo ya consideraba que estábamos manteniendo una relación, que ya había pasado alguna noche en mi cama y que parecía que eso, estábamos juntos, conseguí hablar con él esa noche. Le llamé, no sé si al no cogerme el teléfono le envié un mensaje y me respondió dio diciéndome que le llamase más tarde, o si me atendió un instante diciéndome que estaba hablando por el móvil..., no lo sé bien. Pero sí recuerdo claramente que nunca le he escuchado tan feliz como aquella noche cuando ya atendió mi llamada.
No, no porque se alegrase por mi felicitación, sino porque acababa de hablar con su ex.

Nunca sentí celos de esa relación. Ni siquiera esa noche. Siempre me alegró lo que le pueda hacer feliz.

Creo que a esas alturas ya tenía claro que nunca podría competir con su ex. Que nunca ni me aproximaría a ser para él lo que ella había sido.

Nunca le había escuchado tan feliz ni volví a escucharle con esa alegría. Y sé que nunca se ha sentido así conmigo.

Un día, hace cuatro años, amaneció en mi cama el día de su cumpleaños.  A mí sí me hizo ilusión. Supongo que a él en lo más mínimo. Eligió pasar conmigo esa noche, tras semanas de aplazamientos, para tener libre el día y poder quedar con quien de veras quería estar.

Siempre intenté regalarle algo que le pudiera gustar. Incluso en la etapa más desastrosamente económica de mi reciente pasado, busqué eso, poder regalarle algo. No sé si alguna vez acerté.

A veces también le regalaba cosas sin que fuese ninguna fecha determinada. Suelo regalar cosas a la gente que quiero, sin necesidad de que sean fechas señaladas. Algún objeto de escritorio, un llavero, cualquier tontería... Creo que nunca acerté con él. Siempre había alguien que sí acertaba, que le regalaba cosas importantes y valiosas.

La última vez que nos vimos me hizo una de esas exposiciones-monólogos sobre la idea de regalar, de cómo consideraba que era un acto egoísta, que quien regalaba algo a otro realmente estaba pensando en sí mismo, no en el receptor.

La última vez que nos vimos le regalé un cuaderno. Igual en el fondo estaba pensando en mí misma cuando lo compré, pero  lo que recuerdo es que al verlo en la tienda me acordé de él, pensé que le iba a hacer gracia y lo compré por eso.
Y que si en algo no pensé ni un instante es en que sería el último regalo que le haría.

Sábado otra vez. Nublado pero soleado. Ventoso, como dice esa descripción que debe ser este mes 'marzo ventoso', hasta casi rozar lo huracanado.

Sigo acordándome de él a diario, creo que cada hora de cada día. Sigo necesitando saber cómo está.
Sigo sin tener noticias.

Lo único que destaco de esa semana vacía es que me respondió a mi felicitación por sms. Respuesta cortés.
Espero que siga recibiendo llamadas que le hagan feliz, porque fue feliz con el emisor o porque lo está siendo hoy en día.


Yo nunca acerté. Y, aunque creo que en el fondo lo tuve claro en cada uno de esos momentos erróneos, hoy en día ya no me queda la menor duda. Y no es que no pueda hacer nada para rectificar mis errores, es que ni siquiera tendré otra ocasión para volver a fallar frente a él.

domingo, 18 de marzo de 2018

Pensarle sin pensar.

Es complicado decidir. Casi siempre.
Y cuando son los sentimientos los que llenan los platitos de la balanza, tomar decisiones es tarea casi imposible. Porque siempre, optemos por lo que optemos, vamos a perder.

Me digo que yo ya he perdido. Que ya no me queda nada por perder en todo esto. Ni siquiera el orgullo, eso que también llaman dignidad.

Yo ya le he pedido permiso para llamarle, tras tener tan claro que no le interesa hablar conmigo. Le he pedido permiso para ir a esperarle y acompañarle un ratito, si no quiere hablar, en silencio. Qué más me puede quedar, si a eso me ha dicho que no más de una vez.
Y, desde hace una semana, no sé qué hacer. Cómo reaccionar.

Necesito verle. Necesito saber cómo está. Es una necesidad casi física. Una necesidad que de pronto sentí hace años y que sigue ahí.
Pero en su última comunicación, en el correo que me hizo llegar el sábado de la semana pasada y en que, por fin, me daba noticias de a qué era debido su silencio (físico) también me volvió a dejar claro su indiferencia hacia mí. Ha tardado más de un mes en decirme qué le pasaba y no lo ha hecho hasta que yo le he insistido varias veces.

Evidentemente, no le intereso en lo más mínimo. Es imposible dejármelo más claro.

Y, esa confrontación de sentimientos y evidencias, ese necesitarle mío y necesitar saber cómo está y ese no importarle suyo, ese deseo mío de que esté bien y ese saber que no es así, pero que en ningún momento ha pensado en contármelo a tiempo, esa necesidad de verle y ese saber que no soy absolutamente nada en su vida y no puedo hacerlo..., duele. Duele hasta dejarme completamente bloqueada.
Si no fuese así, si no fuese él con todo esto que ahora rodea toda esta historia, le hubiese respondido el mismo sábado. Más allá de las dos líneas y las tres palabras que conseguí escribir.

Si fuese él sin todo esto alrededor, sin esas demostraciones claras de rechazo, le estaría escribiendo cada día. Habría vuelto a la rutina del sms-beso de buenas noches. Sin cuestionarme ni un solo segundo que eso pudiese ser de otro modo.
Pero todo es de otro modo.

Y no le he escrito. Porque tengo la sensación de que haga lo que haga no va a ser lo correcto.
Lo correcto. Lo correcto ¿para quién? ¿para mí, para él, para lo que se supone que hay que hacer?

Y he llenado esta semana de cansancios, de estrés, de docenas de tareas que como no soy capaz de terminar en el día, se acumulan para el siguiente. Y estoy escribiendo este domingo en el portátil sobre una mesa desordenada y  con una alfombra sucia a mis pies, porque no me apetece hacer nada.
O porque lo que me apetece hacer está completamente fuera de mi alcance. Y entonces pienso que para qué lo demás, para qué lo correcto.

Para qué lo que se considera correcto, más concretamente.

Estos días se cumplen 8 años. Ocho desde que empecé a darme cuenta de que estaba pasando algo que no entraba en el guion, en la sinopsis, de lo que tenía que pasar. Ocho años desde el día en que al mirarle vi que me estaba mirando de otro modo y quise huir, porque entendí porque estaba siendo capaz de ver eso y de verle de otra forma. Ocho años del día en que, de pronto, supe que iba a dejar de verle en breve para siempre y eso me importaba.

Ocho años del principio de algo que no sé si debería haber empezado, pero sin lo que no imagino la historia de mi vida.

Debo contestarle. No sé si por él, que seguramente no está esperando respuesta alguna (más de una vez... y de muchas, me ha dicho que lee el correo muy de tarde en tarde. No le imagino con el menor interés en mis correos) o por mí.
Le conteste lo que le conteste, va a ser un error. También lo sé.

Mañana empieza otra semana que ya sé va a volver a ser agotadora. Y me ampararé en eso, y me esconderé tras eso, para probablemente no escribirle.

Aunque no deje de pensar en él ni un solo día, ni un solo momento.
Aunque le tenga en mente incluso sin necesidad consciente de hacerlo. Como se tienen en mente las cosas de veras importantes de la vida.

viernes, 16 de marzo de 2018

Cosas. Y vacío.

Esta semana me he comprado un minihorno eléctrico, una caja de plástico para herramientas, dos geranios de la variante pelargonio.
El horno el martes, los geranios el miércoles, la caja de herramientas el jueves.

El martes cargué todo el día con el paraguas y, creo, llevé las botas azules de goma para lluvia. Pero apenas llovió. Afortunadamente, porque el horno es mini, pero la caja donde iba es muy grande y, si hubiese llovido no sé cómo me las habría apañado. Como no llovió apenas, no tuve mayor problema para transportarlo que el tamaño de la caja. La até con una cuerda de algodón que compré a mediodía en la tienda de chinos que está bajo las oficina donde trabajo y usé esa cuerda como 'asa' para transportarlo. Escaleras arriba en el tren, escaleras abajo para atravesar la vía y volver a subir escaleras para salir a la calle.
Si hubiese aplazado la compra para el miércoles, la lluvia me habría hecho desistir. Y habría tenido que esperar a que volvieran a ponerlo en oferta en la tienda, porque la promoción terminaba ese mismo miércoles.

El miércoles llegué empapada a casa. Por la mañana me fie del cielo despejado y no cogí el paraguas. ni me puse las botas de goma. Salí del trabajo casi media hora más tarde de lo habitual y, al llegar a la calle, llovía. Y no sé porqué no subí de nuevo a buscar otro paraguas que tengo allí, para casos como éste. Y lo dicho: llegué completamente empapada. A mediodía había comprado los geranios: la tienda los estaba liquidando a menos de la mitad del precio que tenían un par de días antes. Es la misma cadena de tiendas que donde compré el minihorno, aunque no exactamente el mismo sitio. Es también donde dos o tres veces por semana compro zumo exprimido refrigerado, normalmente de naranja o mandarina. Los zumos que, a veces he pensado, han evitado que pase la gripe este invierno donde el virus ha sido bastante salvaje.

La caja para herramientas la compré el jueves. Llevaba meses para comprar una. Tengo bastantes herramientas en antigua caja de vinos dentro de la despensa multiusos de mi cocina: dos martillos, alicates, tenazas, destornilladores, cintas aislantes o de papel, bolsitas con tornillos, alcayatas, tacos de plástico, rollos de cuerda, remaches... La idea es guardar todo en la nueva caja y sacarla a la terraza de la cocina. Es algo que se me ocurrió hace meses, creo que antes del verano pasado, pero lo había ido dejando... Ahora ya es inaplazable, porque quiero meter el horno nuevo en la alacena y el único espacio donde se me ocurre que lo pueda ubicar es justo donde tengo el desorden de las herramientas.

El miércoles llegué tan empapada que entré por la puerta dejando cosas mojadas (la gabardina colgada en la puerta de la cocina, las deportivas en el suelo cerca de la terraza, el bolso de plexiglás sobre un trapo en la alfombra del comedor...) para llegar cuanto antes a la ducha. Cuando llego mojada, lo único que se me ocurre para precisamente evitar el inminente riesgo de resfriado es ducharme con agua caliente. Cambiar la sensación de humedad por agua real. Y ponerme luego una camiseta de algodón y unos calcetines gordos. También me tomé una aspirina y un vaso de leche caliente con miel. Y en algún momento, antes de las doce, me quedé dormida en el sofá. Y en algún otro momento, la tele se apagó sola y creo que me enteré, pero seguí durmiendo. En la calle llovía a mares. Y me volví a despertar y fui consciente de que estaba en el sofá, y al apagar el portátil vi que eran casi las cuatro y media de la mañana. Apenas pasé dos horas en la cama, antes de que el despertador me recordase que como cada mañana era la hora de levantarme para empezar mi rutina diaria.

El jueves me tomé otra aspirina en el desayuno. Llovía en la calle de nuevo.

Y termino el viernes con ojeras, sin rastro de lo que temí derivase en resfriado serio, tremendamente cansada. La semana laboral ha sido muy intensa, muchísimo. Estoy haciendo el trabajo de tres personas: el mío, el de una compañera que lleva más de dos meses de baja médica y, desde el martes, el de otra que se despidió el lunes (al parecer, a la única que no le pilló por sorpresa fue a mí. Que ya llevaba semanas haciendo parte de sus tareas). Desde ayer, además, me dedico a formar a una nueva incorporación. Y el lunes tendremos otra y de nuevo formarle o formarla (aunque creo que será en masculino) será parte de mis tareas. De todas ésas que no redundan en mejorar mi sueldo, dicho sea de paso, pero que no le encargan a nadie más.

Tengo un nuevo horno, una caja para herramientas, dos nuevos geranios. Mucha falta de sueño. Trabajo pendiente tras no haber parado un minuto en toda la semana y haber salido casi media hora más tarde de mi horario el martes, miércoles y jueves. La casa en absoluto desorden, incluida la caja grande del horno, que está ahí, casi en medio del salón. El pelo sucio, tras tanto viaje en transportes públicos abarrotados y tanta lluvia. Libros por colocar y por leer, no sé en qué orden. Y un sábado por delante para intentar llenar con todas estas cosas.

Un sábado vacío. Tan vacío como yo me he sentido toda esta semana que he intentado llenar con todas estas cosas que acabo de contar, con todo el cansancio que he ido acumulando pero que no llena el vacío.
Cosas para intentar llenar el sábado.

Sabiendo que llegará el domingo y no habré llenado nada. Que el vacío seguirá ahí.

Porque llenar de cosas esta semana eterna no ha conseguido, en realidad, que haya dejado de pensar en él ni una sola hora de un solo día. Ni que me haya abandonado esa sensación de vacío.