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sábado, 28 de septiembre de 2024

29 de septiembre. (Sin poder soñar el camino de sus manos).

 Aquel día se había convocado una huelga general.

domingo, 25 de agosto de 2024

Cosas que están.

 Durante un tiempo, la sección de almohadas del IKEA me producía una pena intensa, unas inexplicables ganas de llorar…


Creo que la primera vez que durmió conmigo ya me dijo que necesitaba una almohada más alta que la que tenía mi cama (que es bajita y achuchable). Creo que aquella noche le di un cojín del sofá.
En las siguientes visitas le facilité otra almohada, una doblada sobre sí misma, para que la añadiese a la de mi cama. En esas fechas, aunque parezca absurdo, mi economía no estaba para grandes dispendios. Sí, suena absurdo, pero es lo que había. Y lo que también había era eso, una almohada doblada que unida a la mía le tenía que servir para conciliar mejor el sueño.
No se quejó.

Alguna vez (y no sólo en esas fechas, allá por 2011, 2012) quiso emplear un cojín decorativo de la cama. No le dejé. Simplemente porque ni me parece cómodo ni es algo pensado para dormir sobre él. Y probablemente y aunque le pase la aspiradora de vez en cuando, debe tener polvo.

Debió ser en 2012, 2013 (cuando mi economía mejoró sustancialmente gracias a un cambio de trabajo) cuando le compré una almohada. Y digo 'le' porque el fin era que estuviese más cómodo cuando durmiera en mi cama. Y porque las estuve tocando, probando su firmeza, mirando que el relleno fuese hipoalergénico, que estuviesen diseñadas para dormir bocarriba…pensando en sus necesidades.

Los llamados 'aplazamientos sucesivos', las interrupciones durante semanas en la rutina de visitas y noches a mi lado…, hacían que atravesar la sección de almohadas del IKEA me produjese una pena inmensa, algo parecido a la nostalgia pero mucho más intenso. Algo que dolía.

Años más tarde compré otra almohada. Creo que porque se quejó diciendo que no era lo suficientemente alta o porque volvió a intentar recurrir al cojín ornamental.
No sé si le resultaría más cómodo dormir en esa nueva almohada. No me dijo nada.

Cuando le conocí, estaba empezando a dejarse crecer el pelo. Llegó a llevarlo muy largo, casi por la cintura, pero cuando empezó a venir a dormir a mi lado lo llevaría un palmo más allá de los hombros. Luego fue creciendo.
Yo siempre he llevado el pelo largo. En mi casa hay cepillos de varios tipos, peines de púas anchas y todo tipo de artilugios para peinarse y/o recogerse el pelo. Por tanto, tenía con qué peinarse.
Y a mí me gustaba peinarle.

En la primavera de 2013 decidió cortarse el pelo. 'A lo chico', definió el corte. O sea, algo totalmente convencional: cortito, raya a un lado.
Creo que fue antes de ese momento cuando compré en un centro comercial un peine de ésos de toda la vida: alargado, color carey, la mitad de púas normales, la mitad de púas finas. Un tipo de peine que yo no tenía porque no necesitaba (cuando me hacía falta algo de ese estilo, empleaba uno de madera que no me electrificaba el pelo).
Ese peine de pasta, color carey, lo compré para que pudiese peinarse cuando ya no necesitara cepillarse el pelo.
Imagino que lo empleó cada mañana tras las noches que pasó en mi cama, que lo empleo la última tarde que pasó conmigo. Sin ser 'su peine', si era algo que estaba en mi baño y a su alcance para facilitarle la vida.
Como las almohadas suplementarias lo estaban para facilitarle el sueño.

A fecha de hoy, el IKEA donde compré las almohadas ya no existe. Lo cerraron y abrieron otro el triple de grande y a un kilómetro de distancia. La sección de almohadas y ropa de cama ya no es la misma.
Tampoco existe ya el centro comercial donde compré el peine. De hecho, está previsto que en las próximas semanas empiecen a demoler el edificio.
Y mi recuerdo de aquellas búsquedas y aquella compra solo está en mi cabeza.
Las almohadas están en la habitación que un día fue despacho.
El peine me sirve, a veces, para hacerme medianamente recta la raya central del pelo.
Ya no son algo que esté en mi casa para facilitarle la vida cotidiana. Simplemente son cosas que están.
Y ya.

domingo, 7 de julio de 2024

Nada es lo que yo no entiendo

 Sigo acumulando cansancio.

Quizás el hecho de no poder llorar libremente, de no poder contar a nadie realmente qué me pasa, el ir guardándome la pena, el desasosiego, el no ser capaz de entender cómo pude ser tan imbécil y tan crédula..., sobre todo tan imbécil, porque realmente me daba cuenta de lo que pasaba pero me negaba a verlo, el que simplemente pasen horas y dias y semanas y meses...y nada más, porque ya no pasará nada más, me tiene agotada.

El viernes pasado me hicieron una analítica completa. Me la tendría que haber mandado hacer hace meses, pero lo fui dejando y dejando... El viernes próximo iré a recoger los resultados. Me dirán que no tengo nada. Si acaso, bajo el hierro, algo alto el colesterol. Me recetarán ácido fólico para los próximos dos meses y vitamina D para un periodo similar. Y ya está.
Y yo seguiré cansada e infinitamente triste.

Cada vez me deja más claro que no quiere saber absolutamente nada de mí.
Y yo sigo sin ser capaz de entender por qué hemos llegado a este punto.

Puedo comprender que no me quiera. Que no le guste. Que haya decidido irse a vivir con la persona con quien, claramente, lleva años de relación (yo no sé qué he sido para él esos años. Más allá del 'plan B'. De quien le escuchaba los monólogos telefónicos porque hacía mucho que yo había entendido que era absurdo intentar contarle nada. Eso y que me gustaba escucharle hablar...)
Puedo entenderlo todo porque no me queda otro remedio.
Pero no qué necesidad tenía de mentirme. De inventarse una realidad, su aparente realidad, cuando la verdad era otra. No sé. ¿Dar más de sí la idea de 'plan B'? ¿Tenerme ahí por si los planes de futuro que llevaban años creando de repente fallaban...y tenerme ahí sin que me hubiese dado cuenta de nada?

Nada es lo que yo no entiendo.

La última (bueno, penúltima si cuento los menos de tres minutos de conversación del martes pasado) vez que hablamos quedó en llamarme cuatro o cinco días más tarde para comentarme cómo había ido su última revisión médica. Ésa que le traería a Madrid y donde por descontado no tendría tiempo para que pudiésemos vernos (a estas alturas, podríamos acumular unas diez veces de 'tengo que ir, espero que nos podamos tomar un café, ya te diré algo' desde la última vez que nos vimos a finales de agosto). Por descontado, no me llamó. Terminé enviándole un mensaje días más tarde, interesándome, que respondió al día siguiente, sin saludos ni despedidas, en plan 'escueto parte médico'. 

Le llamé días más tarde (quizá cuando ya asumí que no pensaba llamarme).No cogió el teléfono (es más, sospecho que corta la llamada al tercer tono. Nunca me tuvo registrada con mi nombre real. Igual ahora soy 'publicidad' o el nombre de algún excompañero de trabajo. Más que nada por si alguien está presente cuando entra mi llamada en su teléfono). Volví a llamar el pasado martes. Me devolvió la llamada. La conversación no llegó a tres minutos. Está con Covid. Curiosísimo: viviendo en mitad de un pinar, sin ir a ningún sitio, vacunadísimo, con cuidados sanitarios casi a la carta (hermana sanitaria. La misma que le controla para que se tome una pastilla para la tensión que no necesita, le alimenta con leche desnatada y sin lactosa, café descafeinado y otros sanísimos no-alimentos, pero, eso también, le compra el tabaco. Que todos sabemos que fumar es estupendo para la salud) y va y pilla el Covid por tercera vez.
Va a ser que el campo no es tan sano.

No sé. No entiendo nada.
O sí, en realidad y a mi pesar ya lo entiendo todo.
Y haberlo entendido de golpe y no haber sido capaz de verlo tan claro, todo, antes...también es un motivo para sentirme mentalmente agotada. 


miércoles, 28 de febrero de 2018

Columpios.

Columpios.
Seguramente habrán pasado cerca de 35 años desde la última vez que me subí a un columpio. O igual hace algún año menos de eso, la última vez que me subí a uno..., pero mi primer cálculo estará más cerca de la idea de haberme columpiado.
Largo rato.

Aprendí que se podían usar estando sola en el parque, y lo aprendí precisamente así: estando sola. Teniendo los columpios solo para mí y sacando del inconveniente (nadie que te empuje) ventaja: no tener prisa para bajarme porque la otra persona quisiera usarlo. Aprendí a darme impulso con las piernas para hacerlo subir. Me gustaba hacerlo subir al máximo, a lo más alto. Controlar la velocidad. Irlo frenando y volver a impulsarme. Decidir cuando parar.

Creo que es el primer recuerdo que tengo de absoluta libertad.

Imagino que dejé de hacerlo cuando también dejé de tener edad de columpios y parques. Cuando la niña obediente, aun estando sola, leía que había una edad máxima para esos juegos...y supongo que dejé de usar los columpios. También por una cuestión de tamaño físico, claro.

No sé en qué momento dejé de montarme en un columpio y volar a lo más alto con el simple gesto de impulsarme con las piernas y la voluntad.
Posiblemente habrán pasado 35 años. Posiblemente incluso alguno más.
Pero no he olvidado la sensación. Está ahí, en algún lado de la memoria sensorial.

Y si cierro los ojos y pienso en ello..., no me veo en ese momento, ni veo el cielo y la arena del parque alternativamente. Simplemente, si pienso en ello, vuelvo a sentir.

Probablemente, no volveré a subir a un columpio. De hecho, los columpios de mi niñez ya no existen: aquellos con sillita de hierro y cadenas gruesas a veces algo oxidadas, sin protecciones, con suelo de tierra sucia debajo, que chirriaban... Ahora son sillas de resina, cadenas forradas, suelo de goma. Y todo muy pequeño: los niños ya no pueden volar en esos columpios de cuerdas tan cortas.

Han pasado seguramente más años que los que me restan por vivir.
Pero sigo recordando la sensación.

En unos minutos, terminará este mes de febrero del que no recuerdo nada bueno. Un mes en el que hasta nevó en Madrid. Y con lo que me gusta y lo que añoro la nieve, no conservo ni una sola foto de esa nevada, que se desheló demasiado pronto.

Aunque no vuelva nunca más a columpiarme y sentir que vuelo, tengo grabado ese recuerdo.
Aunque sepa que no volveré a tocar su piel, aunque sepa que nunca volverá a tocarme y que es así sin que yo haya podido decidir nada, sé que no voy a olvidar esa sensación.

Y que, como con el recuerdo de libertad del columpio, no necesito pensar en ello.  Está ahí.  Estará siempre conmigo.
Si cierro los ojos, sé que puedo volver a sentirlo.

Y seguramente llegará un día en que tenga en valor de ponerme a prueba y hacerlo. E igual no me veo ni le veo, pero quiero creer que mi piel sabrá recordar como era estar desnuda a su lado y mi boca como era el sabor de su piel.