sábado, 20 de diciembre de 2014

A quien nunca le gustó besarme.

Sigo mandando besos a alguien que no me quiere.
A veces me digo que es por costumbre. Que sigo llamándole y sigo enviándole un sms casi cada noche para saber como está, y que lo hago por costumbre. Por costumbre mía de hacerlo...y a veces quisiera creer que por costumbre suya de que lo haga. Pero sé que esto último es mentira.
En el mejor de los casos, le da igual. En el peor, le molesta que lo haga. Y cuando valoro la segunda opción me siento terriblemente egoísta. Y me digo que tengo que terminar con todo esto, con todo eso. Que debo dejar de llamarle y de escribirle. Y, por supuesto y por encima de todo, de empeñarme en verle.
También los últimos meses me han dejado eso muy claro: le da igual verme que no. O, peor: me digo que hay demasiadas pistas, demasiadas señales, demasiados detalles y alguna afirmación directa que me dicen que le molesta que vaya a verle. Esas frases sueltas de que le gusta volver solo en el metro a casa, por ejemplo. Esos avisos de que igual no salía a su hora, que no fuese..., y si finalmente he ido porque total, ya estaba cerca..., sí ha salido a la hora en principio prevista. Y si no he ido..., saber que luego no hubo ningún cambio de planes.
Siempre fue muy educado. Simplemente era una forma educada de indicarme que no le apetecía nada verme.


Este sábado me apetecía mucho verle, me apetecía pasar la noche con él. Bueno..., siempre me apetece verle, lo sé. Pero también tengo asumido que no puede ser...son ya muchos años de 'no poder ser' y tuve que asumirlo y ya está. Y sin embargo...
Sin embargo, muchas veces fantaseo. Y pienso que porqué no va a poder ser esta vez esa noche. 

Me gusta mucho, también como hombre. Y hubo días en que me apetecía mucho tener sexo con él, días en que en teoría además era posible, días en que se había planificado con tiempo..., y luego no pudo ser. Y me tuve que aguantar y ya está. Y negarme a pensar que simplemente le había surgido otro plan. Porque en esas ocasiones normalmente me explicaba porqué la nueva cancelación sucesiva que yo me empeñé en llamar 'aplazamiento', y yo le creía y ya está. Nunca dudé de él, nunca. Siempre le creí, supongo que porque no pensé en ningún momento en algo tan sencillo como que pudiese ser mentira, que no le apeteciera verme o que de pronto le surgiera un plan mejor..., aunque a veces fue eso, y también lo sé, y lo sé porque disfrazándolo de otras cosas también me lo planteó así: 'este viernes, sábado, no..., pero te propongo un plan mejor: la semana que viene'. Y yo simplemente aceptaba, porque tampoco tenía más opciones. Porque la otra opción era no verle y ya está.
No me planteaba que esas cancelaciones realmente lo que conllevaban era que no le apeteciera estar conmigo. Y también sé que no me lo planteaba porque no quería hacerme más daño a mí misma.

Ahora 'libra' un sábado sí y otro no. He aprendido rápido que ésa es la teoría, porque creo que 'la práctica' es que 'libra' cada tres o cuatro semanas...
Hace dos semanas le propuse sutilmente que se viniera a pasar la tarde conmigo. A veces casi me reprocha que no le propongo nada..., simplemente no recuerda que durante meses fui yo quien propuso..., que muchas veces he sido yo quien 'ha propuesto'..., aunque ni siquiera yo quiera reconocerlo. Propuestas para tomarnos un café o para comer juntos, en los seis meses en que trabajé en el centro de Madrid, salía antes de las siete de la tarde (los viernes a las tres, el resto de los días parando de dos y media a tres y media); propuestas mucho antes de esos días, entre la broma y el coqueteo, para que se viniera a pasar la tarde a mi casa....'y luego ya veremos'. Hasta que llegó esa primera noche, tras aplazar durante semanas por su parte, y repetir que tras esa primera noche vendría una segunda... Y la segunda se aplazó, y...
Creo que desde ese día decidí que sería él quien propusiera y aplazase. Porque si era yo quien proponía y él quien aplazaba..., enseguida se terminaría el juego. No habría muchas propuestas más, no iba a seguir acumulando rechazos.
La teoría claro que era ésa. Es ésa.

Supongo que todos nos contamos mentiras para justificar lo que disgusta en la realidad que nos rodea.

Hoy tampoco nos hemos visto. Entiendo perfectamente que tiene planes familiares, claro que lo entiendo..., cómo podría no entenderlo, si he asumido desde hace años sus circunstancias personales y familiares, cómo no iba a entenderlo hoy que ni siquiera teníamos planificado vernos.
Por mucho que a mí me apeteciera. Y es que eso da igual. Ya ni se lo menciono.
Hace mucho que no me habla de sí mismo, de sentimientos. Nuestras conversaciones son monólogos por su parte sobre su trabajo. Y a mí me sirve, porque sé que es lo máximo que voy a obtener de él: de qué otra cosa le iba a hablar a alguien como yo, que nunca he pasado de ser su 'compañera de la izquierda durante los peores seis meses laborales de su vida'. Los peores seis meses que pasó en la empresa en la que hoy y desde hace casi dos años vuelve a trabajar, en la que llevaba años trabajando cuando le conocí, de la que yo salí hace tres años y medio y a la que no volveré nunca.
De qué sino me va a hablar, si para él no tenemos otra cosa en común.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Bueno, miento: hace cuatro semanas que no hablamos de sexo, porque hace cuatro semanas que durmió conmigo por última vez. Antes de esa semana, hacía mucho que no hablábamos de sexo.
Cuando precisamente eso, hablar de sexo, algo que se fue convirtiendo en un coqueteo mutuo tanto telefónico como en persona, era una de las peculiaridades de una relación que en principio no era sino la de dos personas que habían trabajado juntas y, de vez en cuando, hablaban por teléfono o quedaban para tomar un café. Cuando, tras esa primera noche, siguió siendo uno de los principales temas..., una especie de hilo que recorría veintitantos kilómetros cruzando de paso un río medio seco, mientras yo a oscuras daba vueltas en mi cama con su voz en el oído izquierdo.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Hace mucho que no me habla de nada que no sea su trabajo.
Hace mucho que dejó de proponerme cosas, que dejó de mirarme.
Y yo quisiera poder preguntarme qué hago con él...
No, no 'hago' nada con él, porque no está conmigo. Quisiera poder preguntarme qué hago dando vueltas a su alrededor, cuando no voy a obtener nada de lo que quisiera, quisiera poder preguntármelo y darme una respuesta. Otra respuesta.
Porque la única que me podría dar es que, simplemente, le quiero. Y me cuesta mucho empezar eso que sé que debo hacer, y que no es sino dejarle en paz, alejarme de él, de una vez.
Empezar por dejar de mandar besos a quien nunca le gustó besarme.

1 comentario:

Homero Nicaragua dijo...

Ay mi amiga. Conozco de esos sentimiento, pero sabes, al menos no te va tan mal como me fue a mí. Me borró de su teléfono y de su vida en un balbuceo misterioso detrás de la línea telefónica cuando se paseaba con el otro y yo sabía eso, pero hacía como que no sabía, por que en realidad no quería saber. No podía ni mandarle besos por un sms ni darle besos en su pelo y en su pecho por que me dejó seco el alma, sin habla. Besos guapa. Feliz Navidad. H.