sábado, 28 de enero de 2017

Veintiocho de enero.

Sigue siendo muy complicado.

No quiero pensar, pero tampoco sé cómo prohibir a mi mente que piense por su cuenta. Y piensa y recuerda y no entiende...

No se me nota que estoy triste. Hago reír a mis compañeros de trabajo. Probablemente mi sentido del humor se haya vuelto aún más corrosivo, posiblemente esté canalizando las cosas en esa dirección. No se me nota nada.

Intento estar activa hasta el agotamiento. Busco eso: agotarme, llegar cansada a casa e intentar seguir haciendo cosas para cansarme aún más. Y no pensar.

El último mes he comprado un montón de geles de ducha diferentes, frascos de plástico transparente con tapones negros, pequeños. Huelen bien, todos distintos, todos de composición natural. No son olores habituales ni reconocibles.

La otra noche al ponerme la camiseta con que duermo, tras ducharme, de pronto me sentí la piel muy suave.
Y no sé bien porqué, pensé que me hubiese gustado que pudiese tocarme, tocarla.
Y mi mente, ésa a quien me gustaría prohibir que piense, me hizo recordar que nunca añorará mi piel, porque tampoco creo que en ningún momento le importase demasiado.

Y me eché a llorar.