Cuando le vi aparecer, tras casi diez meses de ausencia y más de media hora esperándole junto a la entrada de Cercanías de la estación de Atocha, lo que de veras me apetecía, mucho, era abrazarle. Abrazarme a él. Sentir sus músculos, sus huesos y el calor de cuerpo a través de su ropa y de la tela de mi vestido
Por supuesto, no lo hice.
Intercambio de besos corteses y educados. Explicación, que nunca he entendido como excusa porque sé lo que hay, de lo complicado del transporte, de los atascos matinales, del poco servicio...
Para no abrazarle, sólo necesito recordar que no le gusta que le toquen. Que me lo ha dicho veces suficientes para que haya terminado entendiendo que soy parte del mundo, que no soy la excepción que sí puede hacerlo. Y que tampoco le gusta tocarme a mí. Que para eso necesita al menos dos cervezas y que no haya testigos.
Las once de la mañana de uno de los sitios más concurridos del país, como es el entorno de Atocha, no se asemeja en lo más mínimo a la situación idónea.
Cuando me despedí de él, un par de horas más tarde y en el mismo sitio, hubiese querido atreverme a besarle en los labios.
Por supuesto, tampoco lo hice.
La llegada repentina del bus que lo lleva a su destino, sea el que sea y esté donde esté éste, impidió que pudiese haberme atrevido a hacerlo por impulso, sin que le diese tiempo a rechazarme.
Nunca me he atrevido a hacerlo. Durante años he sabido que el último momento en que podía tener un acercamiento físico más próximo a él era antes de salir de mi casa, y consistía en abrazarle y, creo que además y siempre, darle un beso en el cuello. A partir de ese momento ya era impensable ningún tipo de contacto. A partir de ese momento, en el instante en que ya estaba fuera del umbral de mi casa, podía haber cualquier testigo, y no era plan.
Nunca perdió la oportunidad de recordarme que lleva muchos años sin mantener ninguna relación sentimental con nadie.
Una noche, hace cerca de siete años y cuando supongo que yo ya pensaba que algo era para él, puesto que estaba desnudo a mi lado y no era la primera vez porque llevábamos meses viéndonos, me dijo que me tenía en alta consideración puesto que me consideraba su amiga. Y que por eso estaba allí.
Imagino que la diferencia radicaba en que al menos en mi caso a la mañana siguiente recordaría cómo me llamaba, cosa que no le pasaba siempre y que no le pasaría con el resto con quienes ocasionalmente despertaría desnudo.
Creo que fue la primera vez que me dije que aquello no iba a volver a pasar.
Yo nunca quise ser 'una más', por muy amiga que me considerase y mucha importancia que eso pudiera tener para él (a estas alturas, sé también que ni siquiera me tiene en tan selecta lista). Pero me fui conformando y acostumbrando. Y acepté no ser ni la única ni siquiera medianamente importante. Ni siquiera 'la otra' (aunque en un par de ocasiones sí llegó a identificarme como tal: yo era 'la otra' con quien mantenía largas conversaciones telefónicas, 'la otra' con quien quedaba para tener sexo).
Una tarde, tras varios aplazamientos en los planes de venir a pasar la noche conmigo, llegó a interesarse por los horarios de los trenes. El plan podía ser que viniera y luego se volviese a su casa.
Le quité la idea. Yo no quería eso y tampoco lo veía conveniente para él. Yo no quería ser alguien a quien visitar un rato para tener sexo y volver a casa a dormir. Eso ya lo había vivido y no era la relación que quería mantener con él.
No volvió a plantearlo. Imagino que se dio cuenta de que destinar más de una hora a cada trayecto, para estar apenas otra hora en mi casa y siendo yo alguien que tampoco le entusiasmaba sexualmente, no le compensaba.
Creo, estoy segura, de que habría terminado aceptándolo si hubiese insistido. Cuando se termina reconociendo que tu papel en la película no es el que en principio pensabas que te iban a dar, o, peor, que las escenas en que terminarás apareciendo en pantalla no serán ni por asomo de la duración y la importancia de lo rodado, te conformas con eso. Con salir, simplemente.
Cuando volví a verle, el segundo sábado del mes pasado, me apetecía mucho, mucho, abrazarle.
Por supuesto, no lo hice.
Cuando me despedí de él, hubiese querido besarle en los labios. Sabía que igual era la última vez que le veía: hace mucho que cada vez que me despido de él pienso que puede ser la última. Hace casi un año pudo ser la última. De hecho, pasaron diez meses.
Tampoco lo hice. Dos besos rápidos y cordiales. Un '¿hablamos?' por su parte que recibió la respuesta 'cuando tú quieras' por la mía. Y que se ha traducido en cuatro semanas de silencio, por otra parte.
Este año ha sido, está siendo, muy complicado. Pero si algo me ha dejado, y me ha quedado claro, es que no existo para él.
Pero volver a verle también me ha servido para confirmar que no soy capaz de no desearle.
Que le sigo queriendo y que nunca ha dejado de importarme por encima de prácticamente todo, ya lo sabía.
Que aunque me deje fuera de su vida y no considere que tenga que contarme cosas importantes, que no tenga que darme explicaciones o que le dé igual saber que estoy en un hospital, porque no va a molestarse en siquiera enviarme un mensaje preguntando como estoy..., al final, a mí también va a darme igual: voy a volver a llamarle, no va a dejar de importarme cómo esté él.
Todo eso, en el fondo, ya lo sabía.
Y que mi cuerpo sigue reaccionando en su presencia..., sólo he tenido que volver a tenerle cerca para confirmar lo que, en realidad, seguía sospechando.
Aunque seguiré siendo cortés, educada y respetuosa. Y no olvidaré, nunca, que no debo tocarle.
En los cuentos, lo escribí un día en lo que me parecen muchos años de distancia ya, al Príncipe nunca se lo queda la Bruja.
Espero que la Princesa con quien esté, en un futuro o ya mismo, no sólo le guste mucho y también eso les haga felices, sino que sepa la suerte que tiene.
Y, sobre todo, cuide de él como yo hubiese querido y ya claramente sé que nunca tendré la oportunidad de hacer.
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