Catorce de abril.
Nueve años después.
Me bastan con esas dos realidades, absolutamente objetivas y sin necesidad de añadir nada más, para llenar este post y tener claro de qué estoy hablando.
Aquel catorce de abril supe que no volvería a verle...y me rebelé contra ello. Y decidí que, si estaba en mi mano, lo evitaría. Que no me iba a quedar de brazos cruzados si había algo que pudiera hacer para quitarme del pecho esa sensación de...ahogo extraño e inesperado...que días antes me había invadido al confirmar que nuestra rutina común tenía los días contados. Nunca una frase hecha tuvo tanto sentido: días contados, desde el 30 de marzo al 14 de abril.
No sería yo sola quien decidiera seguir viendo al otro, lógicamente. Pero yo lo decidí, de alguna manera y creo que sin ser completamente consciente, la tarde de aquel catorce de abril de dos mil diez.
Doce días más tarde y tras más de cuatro horas de café y conversación, dos frases suyas reafirmaron mi decisión. Una de esas frases fue él proponiéndome que quedásemos alguna tarde. Exactamente eso: que, si me parecía bien, siguiéramos viéndonos.
Han pasado nueve años de aquel catorce de abril.
Y también han pasado cuatro meses de la última vez que le vi.
Y miro hacia atrás, hacia ese pasado de nueve años y hacia este otro de cuatro meses...y no sé que me parece más inesperado y más inexplicable, si haber seguido viéndonos (y muy íntimamente en ocasiones, en esas ocasiones en que luego verle a mi lado al despertar me parecía un milagro y me hacía sentir que todo estaba bien) o que no nos hayamos visto en estas últimas semanas. No sé qué es, a priori, más imposible, más increíble.
Catorce de abril de nuevo.
Nueve años en los que me enamoré de él sin esperarlo para nada. No fue aquel día. No sé cuando fue, exactamente. Aquel verano, sin duda, entre horas de café de viernes por la tarde, largas conversaciones también telefónicas, juegos verbales, mirarle a los ojos, hablar de sexo o de libros o de cine y, de nuevo, de sexo, empezar a aplazar de manera sucesiva, que se fuese unos días de vacaciones y me escribiera nada más volver (recuerdo leer su sms mientras hacía el trasbordo del tren al metro, en Méndez Álvaro, yendo a trabajar) para proponerme que quedásemos para tomarnos un café. No me enamoré de él aquel catorce de abril, pero sí me despedí con dos besos y me quedé con su mirada esperando que mi bus saliera de la parada, mirándome, y creo que en ese mismo momento decidí que quería volver a verle. Tampoco me enamoré aquella otra tarde, doce días más tarde, cuando quedamos de nuevo (tras proponérselo yo y aplazarlo él dos veces) y lo que empezó con un café y una charla inocua pasó a un cierto tonteo... y me despedí de él deseando por un momento atreverme a besarle en los labios...y hasta pedirle que se viniera conmigo a mi casa y a mi cama....si quería...
Y pasaron nueve años. Y muchas cosas. Y muchas no pasaron y no pasarán ya nunca porque él no quiso.
Y hace mucho, también, que sé que no le gusto y que, en realidad, no le interesé nunca más allá de la curiosidad. Pura curiosidad masculina, en el fondo.
Y también por eso, más allá de sus enfermedades (que tanto, tantísimo me preocupan) llevamos cuatro meses sin vernos. Teniendo horarios laborales compatibles y hasta una misma línea de metro común. Y también por eso tantos aplazamientos a última hora o avisados con tiempo, en todos estos años. Y acostumbrarme a ellos. Y acostumbrarme a que si no le llamo, podemos estar hasta semanas sin hablar, porque él no me va a llamar a mí. Por ejemplo. Y ni siquiera es seguro que hablemos si le llamo...
Y me he acostumbrado a todo eso.
También a la certeza de no gustarle.
Catorce de abril.
Nueve años más tarde.
Y..., no, creo que no cambiaría nada de lo que decidí aquella tarde aunque una bola de cristal me hubiese enseñado entonces qué iba a pasar.
Despertarme y verle dormido a mi lado me habría parecido una promesa demasiado tentadora para evitar que pasase.
Despertarme y verle dormido a mi lado era un milagro cada vez que pasó. Cerrar los ojos y volver a dormir con esa extraña sensación de 'todo está bien' fue como tomarse una pastilla y que el dolor más insoportable se diluyese.
Aun sabiendo que no duraría. Lo haría igualmente.
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