jueves, 3 de septiembre de 2020

Descentrada.

Sensaciones raras.
Ayer estaba agotada. Agotadísima.

Y hoy he pasado todo el día con una sensación extraña, como de convalecencia. Como esos días en que, de pequeña, me dejaban levantarme más tarde (o me obligaban a quedarme en la cama hasta la hora de comer) porque estaba enferma y cuando por fin me levantaba todo tenía una luz extraña, la hora de los relojes parecía no cuadrar con la que debería ser, no tenía sentido merendar cuando no había desayunado...
Así he pasado todo el día. Descentrada.

Anoche dormí mal. Me desperté varias veces, creo que me levanté al baño dos o tres. Me quedé dormida pensando en que no podía quedarme dormida. Todo raro. Principalmente cuando ayer me traje el portátil de la oficina para trabajar desde casa, cuando tenía a las diez una reunión virtual con mi jefe y el resto del equipo comercial y, obviamente, no había ninguna posibilidad de que me quedase dormida y no llegase a tiempo...
Mis vacaciones terminaron el domingo. Empecé a trabajar de nuevo el lunes (el lunes en casa, el martes y miércoles en la oficina, hoy jueves aquí) y tengo la sensación de llevar haciéndolo meses. No estoy cansada, obviamente, pero... 
Me siento rara.

A decir verdad, es la primera vez desde que comenzó la crisis del covid que he llegado a tener miedo de haberme contagiado. No tenía síntomas compatibles con la enfermedad, pero... 
Me puse el termómetro. 36,7ºC. Igual algo más de mi temperatura habitual, pero no era fiebre.

Decidí comer algo a mediodía (estos días atrás han sido un sandwich de pan integral con algo ligero) y puse a hervir un puñado de pasta de vegetales para mezclar con una latita de atún y un poco de queso fresco. Terminé comiendo a más de las cuatro de la tarde, tras una larguísima llamada comercial.
Es absurdo: nadie realmente controla lo que hago o dejo de hacer, pero me siento extrañamente controlada. Autocontrolada, midiendo a qué hora me conecto al sistema telefónico, a qué hora me desconecto, si aparece alguna pausa larga (incluso sabiendo que la he dedicado a hacer llamadas de manera manual o contestar correos). Sé que trabajo más de las 35 horas semanales que constan en mi contrato, pero...
Me siento rara. 

Mañana ya es viernes. Puedo permitirme trabajar apenas cuatro horas (por mis cálculos, llevo más de treinta y quizá sean ya treinta y dos), pero imagino que me darán las tres de la tarde, o más. Y seguiré con la extraña sensación de no estar haciendo las horas mínimas, de estarme cogiendo pausas, de..., no sé. 

No sé si voy a acostumbrarme, realmente, a teletrabajar sin fecha definitiva de incorporación a una rutina laboral.
Está siendo todo muy raro.
O soy yo la que está rara. 

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