lunes, 5 de julio de 2021

De tormentas y naufragios.

 Siempre he presentido las tormentas. Y no solo las eléctricas, las que traen lluvia y limpian el aire, el suelo y todo lo que empapa su furia.

También las otras tormentas. Las que también llenan de electricidad las cosas, pero no llueve. A veces ni siquiera hay ruido de truenos. A veces pillan a todo el mundo de improviso. 
Incluso a mí, que las presiento, me han pillado de improviso algunas. 
Y me he encontrado de pronto empapada en mitad de la nada, mientras los demás huían a ponerse a cubierto. 

Se avecina una tormenta. Lo sé.

También las tormentas que no vienen del cielo limpian las cosas. A veces no como quisiéramos o quisiera. A veces arrasan, porque no son una lluvia mansa o porque no caen al tiempo que luce el sol, produciendo arcoíris en el horizonte. Pero cuando la tormenta ha terminado, cuando ya sólo queda el recuerdo (en ocasiones semanas, meses más tarde) y nos hemos hecho a la idea de que lo que perdimos, perdido está, también nos damos cuenta de que el horizonte hacia el que miramos es más nítido. 

Se avecina una tormenta. 
Y, aunque la presiento, esta vez creo que no estoy preparada para ella. 

Debe ser otra consecuencia de la edad, del paso del tiempo. No quiero más tormentas, no quiero seguir siendo un naufrago de mi propia vida.

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