viernes, 13 de enero de 2023

Angustia y vacío.

 Necesito ponerme a trabajar cuanto antes. O voy a terminar por volverme loca, definitivamente. 

No me acostumbro a la sensación de angustia que me produce la búsqueda de empleo. Mejor dicho: no exactamente la búsqueda de empleo, sino el hecho de responder ofertas en los portales de empleo...y que el CV pase al limbo de 'enviado', sin más movimientos. O ver que el sistema notifica que hay novedades en las candidaturas...y que éstas no sean otras que el hecho de que la empresa en cuestión haya entrado a gestionar currículum. Pero no el mío, que sigue en ese limbo de 'enviado'. 

Empecé a revisar ofertas-enviar currículum y carta de presentación el pasado lunes. Me habré suscrito a ¿ocho, diez ofertas? Puede ser. Dos me rechazaron  (es algo que molesta en un primer momento...pero que al menos es una respuesta, una reacción). En tres, mi currículum ha sido 'seleccionado para continuar en el proceso'. En dos de ellas, la empresa ha contactado: una llamada para breve entrevista telefónica y posterior confirmación de entrevista personal (la tendré el lunes), en el otro, email indicándome que si estoy interesada me llamarán en unos días para una entrevista personal, probablemente mediante video-conferencia. En realidad me da la sensación de que por un lado, en este segundo caso, seleccionaron mi CV al responder a la oferta y, por otro, me localizaron en el 'buscador interno de candidatos' y el correo que recibí fue en base a éste. No sé. El caso es que estoy en esa 'siguiente fase'...pero no he sabido nada más desde el martes.

Y en una tercera oferta, la más interesante en cuando a condiciones económicas, estoy en esa 'siguiente fase del proceso' pero no me han llamado ni escrito. Ni he sabido nada más al respecto.

Y la angustia me mata.

Paso horas sentada delante del portátil, revisando ofertas, filtrando por palabras clave. Buscando la ubicación de las empresas, descartando las que están demasiado lejos. Descartando también las jornadas parciales, las de horario de tarde, las que incluye trabajar los fines de semana. A veces me dan ganas de responder a alguna de ésas, a ver qué pasa. Luego me digo que mejor esperar unos días, tenerlo como 'plan b' por si no sale otra cosa. No quemar todos los cartuchos. 

No salgo. El lunes lo pasé en casa, sin salir para nada. El martes bajé un momento, por la tarde, a comprar algo de fruta (en realidad, salí para que me diese el aire). Ayer me acerqué a comprar medio pollo asado, del que tengo parte para prepararme mañana una ensalada. Hoy, un momento a por unos yogures, pan de molde integral, algo de verdura para preparar el puré del fin de semana. 

Salir y regresar enseguida. Yo, que se me caía la casa encima si no salía mañana y tarde. Que lo pasé tan mal, tan sumamente mal en el confinamiento. 

Me quedo en casa y no hago nada. Me obligo a vestirme, eso sí, porque la camiseta de dormir es para eso: dormir. O estar con ella casi hasta mediodía y volver a ponérmela antes de cenar cualquier cosa. Intentar marcar una cierta rutina.

No estoy bien. La excusa de mi malestar es la falta de empleo, justifico la sensación de angustia con la explicación de que solo me quedan dos meses de paro por cobrar. Pero es que no estoy bien, sin más. 

Muchas noches las paso casi enteras en el sofá. Otra situación ridícula. En vez de apagar la tele (que está puesta, pero a la que no presto la menor atención) e irme a la cama, me tumbo en el sofá, me arrebujo bajo una mantita (algunos días, ni eso), bajo mucho, mucho, el volumen del televisor...y me duermo en la primera pausa de publicidad de la teletienda, los programas de zapping, las promos de casinos, el comienzo del horóscopo... Y me despierto a las cuatro, a las cinco y media, casi a las siete. O casi a las ocho, hace unos días. Tras estar entre sueños, a veces con sensación de frío, con sed. 

Me acuesto en el sofá, frente al televisor. Como si tuviese miedo a meterme en la cama. Como si me diera miedo a dormir sola y el sonido del televisor me hiciese compañía. 

No sé en qué me estoy convirtiendo.

Me angustia la idea de no encontrar trabajo. No salgo de casa en días enteros. Me da miedo meterme en mi cama para dormir. No sé qué me pasa.

Al menos, sé que él está bien. Bueno, todo lo bien que pueda estar, todo lo bien que yo necesitaba saber que está. Que la operación salió bien. 

Sé que lo están cuidando. Y..., en fin. Se recuperará, porque lo están cuidando. Eso que yo nunca podré hacer. 

Imagino que poco a poco me fui haciendo a la idea de que la relación terminó, si es que en algún momento llegó a existir. Que ya no hay absolutamente nada y que, por puro instinto de supervivencia, no puedo seguir esperando, no puedo seguir creyendo que igual un día, si las cosas cambian, si las circunstancias son otras..., si, si, si... Han pasado doce años desde su primer noche conmigo, pero en realidad no ha pasado nada. No han pasado doce años porque nunca hubo nada por su parte. Esta evidencia dolió durante mucho tiempo, como si me acuchillaran con espadas ardiendo. Porque nada duele más que el desamor, el saber que no te quieren. Pero al final todas las heridas cicatrizan. Las cicatrices también duelen, escuecen, perciben los cambios de temperatura. Pero llega un momento en que ya no son heridas, ya no sangran. Y aprendemos a vivir con ellas, a maquillarlas para que no se vean, a contar excusas si alguien se da cuenta de su existencia. Y estoy en esa fase: no voy a dejar de quererle en lo que me quede de vida, pero sé que no hay un futuro común. 

Le están cuidando y mejorará. Y se quedará con quien, precisamente, esté cuidándolo. Yo nunca tuve esa oportunidad. Yo nunca pude ir a visitarle cuando estaba enfermo, porque a estas alturas ni siquiera sé dónde vive.

Y, obviamente, hace mucho que dejó de importarme no saberlo.

Quedé en escribirle, enviarle fotos, no sé. Tengo vídeos de navidad (que principalmente grabé para eso, para mandárselos y que viese algo de lo que ha ido pasando en el mundo). Pero aún no se los he enviado. Imagino que algo en mí me repite que, en realidad, a él le da exactamente igual recibirlos o no. Que seguramente le haría ilusión si viniesen de parte de otra persona, pero, siendo yo...

Se los enviaré, por supuesto. 

Pero sabiendo que aunque a mí sí me importase grabarlos para que él los vea, para él no tienen la menor importancia. Que serán unos más de los muchos que recibe. Como yo he sido una más de las muchas con quien ha pasado la noche a lo largo de su vida. Incluso a lo largo de estos años.

Porque, obviamente, hace mucho que en lo más profundo de mí misma dejé también de creer algunas razones o excusas.

No estoy bien, no me siento bien. 

Igual por eso algo me hace rechazar la idea de acostarme y dormir en mi cama. Porque siempre he sabido que moriría estando sola. 

E igual dormir en el sofá, con la tele sonando de fondo, es una forma extraña de estar acompañada y derrotar otra noche más a la muerte.

No hay comentarios: