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viernes, 20 de septiembre de 2019

Vacuna programada, menos lluvia de la esperada, planes que nunca fueron reales...

Hará cerca de 40 años que no me ponían una vacuna. 
Bueno, igual algún año menos..., pero la verdad es que la última que recuerdo es una específica 'para niñas', por eso calculo que debe hacer casi 40 años.

Ayer me pusieron otra. Una que, al parecer, sí tendría si fuese más joven, porque entró en el calendario de vacunas obligatorias en los 80 (según me explicó ante mi duda la doctora del hospital). Las posibilidades de que me pueda contagiar de la enfermedad contra la que me han vacunado son muy remotas...pero mejor prevenir. Sobre todo porque si por una extraña razón me contagiara...entraría en el hospital para no salir, más que probablemente. 
Ni me dolió el pinchazo, ni se supone que esto tiene efectos secundarios. Pero anoche dormí fatal (y eso que me acosté cerca de las 3 de la mañana, tras verme de un tirón una película de casi 3 horas y seguir vagueando un rato frente al televisor, precisamente para que me entrase sueño) y he pasado todo el día rara y cansada. Intentando beber mucha agua, que eso nunca me va a venir mal (anoche tenía sed. O estuve soñando que tenía sed: hay noches en que no tengo claro qué es real y qué sueño).

A ratos, no sólo hoy, me entran arrebatos de necesitar limpiar y ordenar. Y me encuentro rodeada de sillas, de libros, de cds, con el cable de la aspiradora enredado entre el caos, la alfombra a medio quitar o medio poner y la mesa del comedor en mitad de todo eso...porque de repente he decidido que tengo que quitarle bien el polvo a todo y dar la vuelta a la alfombra. 
Y termino sudando, porque realmente no hace frío aún. Y tampoco luce tanto lo que acabo de hacer: igual porque es necesario cambiar las cosas para que todo siga igual. 

Hoy se esperaban grandes lluvias. Y tras todo el día medio nublado, al final sí ha llovido con ganas durante media hora, cuando ya anochecía. Granizada y lluvia.
Pero menos de lo previsto. Ahora mismo no corre ni una ligera brisa.
Mañana veré cómo está la terraza, que ha llegado a estar empapada, al igual que los cristales de la terraza (porque llovía en esta dirección).

Llevo 3 semanas sin verle.

Hace 3 semanas justas pasó la noche conmigo. Desde la mañana siguiente, sábado, sólo hemos hablado una vez. Diez días más tarde y hace otros diez. 
Por supuesto, le he llamado otras veces. Pero ya es habitual que ni me llame ni me devuelva las llamadas. 
Me conformo con que, al menos, me responda los sms que le envío casi todas las noches para desearle eso, las buenasnoches. Como no hay reacciones cuando intento decirle alguna otra cosa..., al final también yo termino desistiendo.
Como terminaré desistiendo en mis intentos de hablar con él.

Hace 3 semanas planificó que nos volviéramos a ver antes de que acabase el mes. Esos planes los hace sólo él: yo simplemente los acepto, porque en esos momentos me los creo. Siempre me los he creído, aunque la experiencia me dice que luego no será posible...pero me lo quiero creer. Cuando estoy con él o cuando no lo estoy, pero está planificando cosas en las que yo puedo estar incluida, me creo lo que me cuenta. 
Quiero creer en algo, supongo.

Lo último que me dijo hace casi 3 semanas, cuando nos despedimos, es que hablaríamos a mediados de la semana que empezaría dos días después. Que hablaríamos el martes o el miércoles. Eso suele querer decir que le llamaré yo (ya sé que no me va a llamar).
Hablamos el martes, sí, pero una semana más tarde de lo planificado. Y aunque la despedida fue un 'hablamos el sábado', mañana será una semana de ese sábado en que tampoco hablamos.

Y hay momentos en que me pregunto qué hice mal hace tres semanas. Qué no hice, qué debí hacer de otro modo. Porque seguro que fallé en algo y este silencio y esta distancia es la consecuencia.
Y hay momentos en que esa idea me parece una tontería y me la quito de la cabeza. Y me explico razones y hasta me invento excusas. 
Y luego simplemente deseo lo que he deseado siempre para él: que sea quien sea con quien esté, le haga feliz. Ya que yo nunca he sabido cómo hacerlo (y, obviamente, ya no lo podré hacer: ya no hay tiempo, ya no hay factores sorpresa, ya no hay interés alguno por su parte y sí mucho cansancio hacia mí) que quien quiera que sea esa o esas personas le estén haciendo feliz cuando esté con ellas. 

A mí ya no me queda el menor resquicio de sensación de celos. Es curioso. Cuando una sabe que es 'la otra', se dejan de sentir celos. Cuando se sabe que ni siquiera entra en el exclusivo apartado de eso, ser 'la otra', sino que es una más..., aun menos. 

Con él he lamentado no ser más joven, no ser guapa, no pesar 20 kilos menos, no tener las piernas que tenía con 25 años, no tener más pecho y la piel firme. No poder darle nada que pudiese desear tener. No ser más inteligente o más ingeniosa. No saber qué hacer, en definitiva, para gustarle y sentir que le gustaba.
Y ya tampoco hay remedio para eso.

Hace 3 semanas proyectó que nos viéramos este viernes, mañana sábado. Aunque yo sabía que no sería, en ese momento, desnuda a su lado, quise creérmelo.
Para esta noche anunciaban grandes lluvias. Temporal o tormenta.
No llueve. Ni siquiera hay viento.
No sé nada de él. 

Estoy cansada. Igual son los efectos secundarios de una vacuna que, en teoría, no tenía que producirme ninguno.

sábado, 13 de julio de 2019

Treinta y tres minutos.

Le echo de menos.
Y llevo mal echarle tanto de menos.

Y le llamo. Y pienso que le llamo porque soy tonta, porque en su último mensaje/respuesta me dijo 'mañana hablamos'. Y vuelvo de la calle a más de las siete y media y miro el inalámbrico y no me ha llamado (claro), y le llamo yo.
Porque soy tonta y me sigo ilusionando con la idea de hablar con él.
Ya ni siquiera 'con la idea de verle'. Me basta la idea de volver a hablar con él para ilusionarme.
Y le llamo. 

Y me queda claro que él no me habría llamado. Que el 'mañana hablamos' era una forma educada de decirme 'no me llames hoy' (total, si le llamo y no me coge el teléfono. Por lo que sea, pero no me lo coge). Le llamo y a los diez minutos tengo claro que ni siquiera tiene ganas de hablar conmigo. 
Pero intento alargar la conversación. Porque llevo casi un mes sin hablar con él, sin escucharle. Porque le echo de menos.
Y me voy sintiendo cada vez más idiota.

Incluso intento tontear un poco, dejar caer algo que pueda tener un doble sentido. Esas cosas que antes eran un componente habitual en nuestra conversaciones.
Y me siento aún más imbécil, porque está claro (me deja claro) que no le interesa seguirme el juego. Como no le interesa en lo más mínimo verme, como le daría exactamente igual si dejase de llamarle.

Sigo recordándole que, si una tarde le apetece, puedo perfectamente acercarme a esperarle a la salida del trabajo. O donde él lo prefiera. Ya no me corto en decir que lo hago, el recordárselo, por simple rutina o simple costumbre...porque sé que no va a ser. Sé que no le apetece y ya está.
Aunque siga creyéndome otras razones y no quiera llamarles excusa. 

Tampoco quiero saber con quién vuelve cuando vuelve en transporte público. O quién, realmente, le va a recoger o con quién de su trabajo vuelve en coche. No quiero saberlo, directamente. 
Nunca quiso integrarme en su vida y ya, a estas alturas, no tendría sentido alguno que yo mostrase curiosidad. Curiosidad para mí misma, quiero decir.

No sé cuando volveré a verle. 

Hace mucho que decidí interiorizar que cada vez que le veo puede ser la última. Eso no hace que deje de echarle de menos cada día, que siga soñando con él aunque luego olvide el argumento de esos sueños (sólo queda eso, esa sensación que no se parece a nada. A nada diferente a lo que siento cuando duerme a mi lado). Sé que no le gusto, pero él a mí sí. Igual muy al principio de nuestra...¿relación? ¿puedo llamarlo así?...si hubiese sentido que no le gustaba, la relación se habría acabado sin más explicaciones. Pero poco a poco fui bajando el nivel de exigencia. Y a estas alturas me conformo con muy poco. Con que me deje tocarle. Porque su deseo hacia mí es inexistente. Se puede disfrazar...algo...a partir de la cuarta cerveza. Algo. Pero tengo muy claro que sobrio no va ni a acercarse a mí. Aunque esté desnuda a su lado.
Sobrio no le intereso ni para que quedemos a tomarnos un café. 

Le echo de menos. Le llamo y me siento profundamente tonta. Alargo la conversación. 
Treinta y tres minutos.
Y casi planifico cuando le llamaré de nuevo, porque me ha dicho 'hablamos en unos días', y, como ya sé que él no me va a llamar, quedo en hacerlo yo.

Y cuando cuelgo y veo en el teléfono eso, esos 33 minutos, me siento tonta, sola, le echo aún más en falta que antes de hablar con él.

Y sólo tengo ganas de llorar.

domingo, 23 de julio de 2017

De domingo a lunes. Otra vez.

Domingo noche. Lunes dentro de un rato.

Y en menos de siete horas, otra vez en pie. A empezar otra semana que, sé, a ratos se me hará eterna...y cuando mire hacia atrás desde el domingo, veré que se me ha vuelto a pasar en un soplo.

Sigo permanentemente cansada. Me quedo dormida en el sofá ante la tele encendida (que muchos días se apaga sola y otros no. Y no entiendo el criterio...ni me voy a molestar en investigarlo. Total, en más de dos años juntas aún no me he molestado en grabar en orden los canales...) por agotamiento. Y me levanto tan cansada como me acosté. Incluidos los sábados y los domingos.

No encuentro motivación alguna en lo que hago. Bueno, sí, en que me pagan puntualmente por ello a final de mes, y que ese dinero me sirve para pagar alquiler, suministros, ropa, algún capricho... Pero no me motiva para nada. Como no encuentro motivaciones para ahorrar (aun así, intento hacerlo: conozco 'las vacas flacas', sé lo que es tener que sobrevivir gracias al ahorro personal).

Deseo que pasen las próximas tres semanas para empezar mis vacaciones, simplemente para intentar descansar. No voy a salir a ningún sitio, no voy siquiera a ir a la piscina. Son vacaciones para, simple y llanamente, no ir a trabajar. Sin más.

Como decía: me falta motivación. Me faltan ilusiones.

Desde ayer, además, ya no me cabe la menor duda en que le da exactamente igual saber de mí o no. Le da igual que llame o que no lo haga.
La verdad es que tampoco grandes dudas al respecto, pero supongo que me faltaba escuchárselo decir. No fue con esas palabras, pero sí que él no me va a llamar. No siente la menor necesidad de hablar conmigo.

Sé que tras algo tan claro debería dejar de llamarle.
Sé que no voy a hacerlo.

Es complicado que encuentre la más mínima ilusión, el menor estimulo, ante la idea de empezar otra semana dentro de unas horas..., muy complicado, cuando lo que me apetece me es inalcanzable. Cuando cada vez me siento más culpable por querer algunas cosas, por hacer algunas cosas.
Por saber lo que tengo que hacer y no ser capaz de hacerlo. O de dejar de hacerlo, llamando a las cosas por su nombre.

Dejándonos de eufemismos tontos de una vez.