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martes, 3 de diciembre de 2024

Lápices de colores.

 Estaba escribiendo un post desde hace un rato.
De repente, el sistema me ha preguntado si quería guardarlo. No sé qué habré respondido, pero el texto ha desaparecido. Y no ha regresado ni aún empleando el 'rehacer' (control+z).

Otro pequeño desastre a sumar a los acaecidos esta última semana.

No voy a intentar rehacerlo.
Me cuesta mucho sacar un rato libre y con el portátil a mano y funcionando. Ahora lo había sacado…

No consigo hacer nada que de veras me guste.

Tengo sobre la mesa de la oficina dos cajas de lápices de colores. Una al parecer tiene la peculiaridad de que son borrables, la otra combina en un mismo lápiz dos colores.
Simplemente están ahí. Una desde hace más de dos meses, la otra seguramente desde hace un mes.
No tengo tiempo ni para probarlas.
Pero tampoco me las traigo a casa. Supongo que porque al tenerlas en la oficina quiero creerme que las podré disfrutar en algún ratito. Pero sé que en casa no las emplearé nunca, nunca tendré tiempo y ganas para volver a dibujar. E irán a hacer compañía a otros muchos lápices de colores, lápices de dibujo de diferentes dureza, rotuladores, acuarelas, bolígrafos, pinturas de cera...

Y…, en fin: espero que el sistema no borre también este texto sin importancia.

domingo, 1 de mayo de 2022

Basura mental. Mes de mayo.

 Hace mucho que no escribo.
La verdad es que no era consciente de que hubiese pasado más de un mes desde el último post. Quizá  tengo un tanto perdido el sentido del tiempo. O igual tampoco es exactamente así. No sé.

Los días pasan uno tras otro sin aportar ninguna novedad a mi vida. Nunca, jamás, había tenido un presente tan monótono. Y tan pocas perspectivas de cambio. Y tan nulos planes de futuro.

No hago nada de provecho. Trabajo, trabajo, trabajo. Sin otra compensación que un sueldo de absoluta supervivencia, de ésos que no te permiten ningún extra reseñable. Trabajo más horas de las obligadas por contrato. Cada día me digo 'mañana voy a trabajar, exclusivamente, las siete horas justas que debo', pero..., de nuevo cada día me digo 'mañana sí que sí: mañana no trabajo ni un solo minuto de más'. Y al final no es así. También me digo que será mañana cuando prepare algo sensato para comer y llevar al trabajo, pero lo único que hago es volver a planificar ese cambio...para empezar mañana.

Estoy tremendamente cansada.
Duermo fatal. Tengo pesadillas. No los recuerdo al despertar, pero sé que  mis sueños son pesadillas. Me levanto cansada. Arrastro el cansancio todo el día, llego agotada a la noche. Si me tumbo en el sofá y me empieza a entrar sueño, no hago esfuerzo para trasladarme a la cama sino que me dejo llevar. Y me duermo a veces una hora, a veces tres. Me dejo llevar sin trasladarme a la cama porque sé que igual esas horas van a ser lo único que duerma de un tirón esa noche. Porque, a veces, cuando por fin me meto en la cama ya no vuelvo a coger el sueño. Y cuando suena el despertador a las siete ya llevo un rato despierta. De hecho, ni siquiera lo dejo sonar. Pero tampoco salto de la cama. Remoloneo, me digo lo de 'cinco minutos más', aun sabiendo que luego todo serán prisas.  
Y es que no quiero ir al trabajo. Simplemente es eso. No quiero ir. 

El jueves, anteayer, debí cerrar los ojos sobre la una de la madrugada. Televisión encendida, pero volumen muy bajo. Arrebujada bajo una manta en el sofá.
Cuando volví a abrirlos ya había amanecido. 
Me trasladé a la cama. Los viernes teletrabajo y hasta las nueve no tengo que levantarme, así que imagino que me adormilé esa hora y media, dos horas. 
Algunas noches me quedo dormida y me traslado a la cama sobre las tres, alguna noche más tarde. Pero creo que nunca me había despertado en el sofá siendo ya de día.
El viernes volvió a pasarme. Y casi creo que realmente era consciente de ello cuando me arropé con la manta y me hice un ovillo, televisión encendida...

No estoy bien y lo sé. Y ni siquiera estoy segura de que se trate de algo físico.

No tengo vida social. Ni real ni virtual. Mi presencia en redes sociales es prácticamente inexistente. No sé si sigo teniendo 'amigos' en facebook porque apenas entro, apenas publico, no entro en el perfil de nadie. En realidad mantengo abierta la cuenta porque co-administro un grupo de carácter cultural: de no ser así, ya la habría cerrado. El whatsapp es una herramienta de trabajo: si alguien me escribe puede ser o no que responda. Lo mismo pasa con otras vías de mensajería. Y ni siquiera es porque no quiera tratar con alguien en concreto: simplemente los días pasan...

Hace unos días sufrí un ataque de pánico en uno de los sitios donde más segura me suelo sentir habitualmente (una enorme estación de tren). Lo controlé, pero derivó en ataque de ansiedad cuando llegué a mi casa. Al día siguiente, tras terminar la jornada laboral, ir a hacer la compra semanal y, en cierto modo, dar por finalizadas las obligaciones...me eché a llorar y estuve quizá más de dos horas sin poder parar. 

No sé. Las cosas no están bien. 
Yo no estoy bien.

Sé que escribir siempre me sirvió positivamente. Quizá debo obligarme a hacerlo, a volver a a escribir cada día un ratito. 
Terapia para sacar la basura mental.

sábado, 8 de enero de 2022

Las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida.

 Terminando las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida. 
Las navidades del que no me atrevo a asegurar que haya sido el peor año de mi vida, aunque tampoco recuerdo años que hayan sido mucho peores.

Dos semanas de vacaciones que no he disfrutado. Ni aprovechado. Dos semanas que se me han pasado en un parpadeo, sin hacer apenas nada. Quizá descentrándome aún más, porque algunos días abría los ojos y no tenía claro ni donde estaba (mi cama o mi sofá) ni qué día era.
Una noche dormí en el sofá hasta las ocho de la mañana. Cuando me trasladé a la cama ya estaba amaneciendo. Durante la noche sé que me desperté varias veces, que fui consciente de que seguía en el sofá y que ni siquiera me había tapado con una manta, pero seguí donde estaba. A veces pienso que, instintivamente, prefiero seguir durmiendo en el sofá porque sé que el breve traslado a la cama me va a desvelar. Y el cuerpo me dice que necesita dormir.

Ayer viernes me quedé dormida antes de las once. No había hecho nada de importancia en todo el día. Ni había madrugado (quizá me levanté sobre las nueve, nueve y media). Poner una lavadora, tender la ropa, recoger los platos del fregadero, pasar la aspiradora, guardar algún regalo de Reyes, trastear por internet, colocar los cojines del sofá. Dejar la mesa igual de desordenada, las sábanas limpias y sin planchar sobre el sofá que no empleo, la caja de cartón que fue mi 'cesta de navidad' apoyada en una silla desde hace un mes, dos botellas de vino y una de aceite junto a otra silla, un enorme montón de ropa limpia y revuelta sobre el sillón de mimbre del recibidor. Barrer la terraza, no limpiar la mesita revistero de tapa de cristal. Cambiar la tierra a una planta, no guardar la bolsa de tierra para plantas. Dejar sobre la repisa del mueble de la televisión la vela en tarro de vidrio que no llegó a arder la noche del uno de noviembre, y que lleva ahí desde entonces. Chatear con el resto de los administradores del grupo de fotografía histórica. Autorrecordarme que necesito lejía líquida para ropa de color. Olvidarme de comprarla, otra vez, en la visita al hípermercado.

Me quedé dormida en el sofá mientras hacía tiempo a que empezase en la televisión algo que despertase mi interés, quizás una película de animación, mientras me decía que algo debería cenar. Abrí los ojos y en la tele estaban Hugh Grant y Drew Barrymore. Seguí durmiendo. Creo que pasaba de las dos cuando me trasladé a la cama y, claro, me desvelé. Pero aún así he dormido hasta más de las diez.
Una cantidad exagerada de horas de sueño para alguien noctámbula, que no había madrugado y que tampoco había hecho nada cansado en todo el día.

El lunes vuelvo al trabajo. Presencial. 
No quiero ir. No me apetece nada. Creo que mi cansancio de ayer, esa necesidad de dormir, también estaba provocada por eso. 
Nunca he tenido tan pocas ganas de volver al trabajo. La idea de volver a esa rutina me produce ansiedad. No quiero volver al trabajo. No a ese trabajo.
Pero tampoco puedo hacer nada para evitarlo.
Sí podría evitar ir de forma presencial (basta con indicar que me he levantado con dolor de garganta, por ejemplo) pero tendría que trabajar desde casa. Y eso es aún peor. No soporto el teletrabajo. Me agota hasta límites insospechados.
No me encuentro bien. Y no, no me refiero a un malestar físico y circunstancial.

Terminan las vacaciones de navidad de las navidades más extrañas de mi vida. Las navidades que son el colofón de un año horrible. 
En unas horas vuelvo a la rutina, empiezo oficialmente el 2022. 
Pero no cambia nada. 
Y yo necesito cambiar. Y no sé dónde está el cabo de inicio del ovillo para poder tirar de él y que la vida ruede.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Nada funciona.

 Semana rarísima que da paso a la última semana 'normal', por lo completa, del año.

La última semana eso, completa, es la que empieza en unas horas. Porque la siguiente ya será nochebuena (cae en viernes) y la siguiente nochevieja (sí, viernes de nuevo). 
Una semana normal en un año tan lleno de anormalidades como ha sido éste. Como sigue siendo éste.
Una semana que sé que seguramente tampoco será normal. Porque últimamente nada lo es, nada tiene la normalidad (ésa cómoda, de cotidianidad, de cosas controladas y controlables, de conseguir lo esperado y esperable) que me gustaría.

Me siento cansada, hinchada. Algunas noches siento frío. Quedarme dormida en el sofá, con la tele puesta, y trasladarme a la cama a cualquier hora: a las tres, a las cuatro y media, a las seis..., una noche me trasladé a las siete. Pero no tenía que trabajar al día siguiente, porque no me habría trasladado a la cama sino que me habría tenido que vestir y tomar el café. Y habría pasado el día con la extraña sensación de no haber dormido esa noche. Algunas noches apago la tele entre sueños y sigo durmiendo en el sofá. Algunas no tengo claro donde estoy, y sigo durmiendo en el sofá. Tiro de la mantita de sofá y siento frío en los pies, a pesar de los calcetines. 
Nunca había sido tan cotidiano eso, dormirme durante horas en el sofá. Alguna vez sí me había quedado dormida, claro, pero despertaba al rato, a la hora, a las dos horas...y automáticamente me trasladaba a la cama. 
Ahora me da igual.

Igual lo hago porque algo me dice que el tiempo que me haya quedado dormida es, quizá, lo que voy a dormir de un tirón esa noche. O porque ese 'dejarme llevar' es en cierta medida una forma de controlar mi vida (por contradictorio que suene).
No lo sé. Probablemente no tenga ningún sentido ni ninguna explicación.

Nada funciona. Y no sé cómo hacerlo funcionar. O tal vez sí. O quizá, simplemente, es que ya me da igual cual debe ser el correcto funcionar de las cosas. 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Semana complicada.

 Hay semanas complicadas. Ésta ha sido una semana complicada.

De ésas en la que, en realidad, tampoco pasa nada terrible ni irreparable. Ni siquiera pasa nada importante o a lo que haya que dedicar demasiado tiempo. Pero de esas semanas en las que el tiempo se ralentiza pero se acelera a la vez. Y se llega a la noche con una intensa sensación de fatiga y, a a vez, de día pasado sin pena ni gloria, sin haber hecho nada de provecho.

El martes estaba tan, pero tan exageradamente cansada...que hasta llegué a plantearme que si a la mañana siguiente no me encontraba mejor, en vez de ir a trabajar me iría al médico. Mejor dicho: directamente a urgencias del hospital.
Porque empezaba a reconocer los síntomas.

Esta semana apenas he comido. En realidad, llevo así días..., quizá semanas. A mediodía como cualquier cosa y a deshora. Por la noche ceno demasiado tarde. Realmente no es que no coma...es que como mal. Por la mañana desayuno café (uno de esos cafés que son cada vez menos café y más agua, porque los hago muy ligeros la noche anterior y los hago cambiar de color con unas gotas de leche...que así me duran los bricks, más de una semana) y una galleta integral. Muchos días me compro algún bollo (croissant, trenza, donut) en una cafetería que está a la salida del metro y antes de cruzar a coger el autobús con el que hago el último trayecto de llegada hasta el trabajo, pero apenas si lo pruebo antes de coger el bus. Y cuando llego al destino como otro pedazo. Y algunos días vuelvo a comer otro trozo cuando salgo de trabajar y antes de volver a coger el bus.
Y muchas veces el resto termina sobre alguna mesa, la del comedor, la de la cocina...

Con la mascarilla no se puede comer, claro. Y la mascarilla es obligatoria.
Y mi maldito sentido de...yo que sé... ¿responsabilidad, puntualidad laboral, qué, exactamente? me impide hacer algo tan simple como terminar de desayunar antes de subir a la oficina. Y acabo por no desayunarme algo que me he comprado por capricho y que me prometo que me terminaré tras la cena, pero que luego tampoco termino...

Muchos días me quedo dormida en el sofá.
Eso no tiene nada de raro: me pasa desde hace años. Pero me quedo dormida en el sofá porque, aunque sé que debo irme a la cama, que me voy a quedar dormida tal y como me acueste...no me hago caso a mí misma. Y me duermo en el sofá y me despierto al rato y algunos días vuelvo a dormir otro rato...
Y termino trasladándome a la cama a más de las tres, de las cuatro de la mañana.
El viernes, a las siete. Me dieron las siete de la mañana en el sofá, destapada. A pesar de haberme despertado varias veces a lo largo de la noche y de tener claro que debía irme a la cama.
Por suerte, los sábados no tengo que madrugar. Y dormí de nuevo (entre sueños, viendo a ratos los números rojos que indican la hora proyectada en el techo, escuchando el silencio de la calle o el ruido de los vecinos del piso superior moviendo algún mueble o pasando el aspirador...) hasta más de las once.

El miércoles no fui al hospital. Me levanté bastante mejor de lo que estaba el día anterior.
Y el resto de la semana me dediqué a dejarme llevar por la vida, por la rutina.

No sé hacia donde voy. Supongo que hacia ningún sitio.

Debo beber más agua. Debería intentar comer a mis horas. Debo comer fruta (la compro, eligiendo las piezas con mimo, y termina estropeándose en el frutero, en el cajón del frigorífico). Debo tomar nueces, volver a las bebidas de soja o de cereales antes de irme a la cama.
Conozco la teoría. Como conozco los síntomas y lo que no he de hacer si no quiero terminar como acabé hace dos años y medio.
Agotada y sin ganas de nada.

Aunque también sé que para sentirme mejor necesito verle. Pero eso no está en mi mano.

Pero eso ya es otro tema. Y no es exclusivo de esta semana complicada que acaba hoy. Ni siquiera de este año imposible y absurdo. Es algo que nunca estuvo en mi mano.
Pero ya es otro tema. Y no del que quería hablar, escribir, esta noche.

domingo, 23 de julio de 2017

De domingo a lunes. Otra vez.

Domingo noche. Lunes dentro de un rato.

Y en menos de siete horas, otra vez en pie. A empezar otra semana que, sé, a ratos se me hará eterna...y cuando mire hacia atrás desde el domingo, veré que se me ha vuelto a pasar en un soplo.

Sigo permanentemente cansada. Me quedo dormida en el sofá ante la tele encendida (que muchos días se apaga sola y otros no. Y no entiendo el criterio...ni me voy a molestar en investigarlo. Total, en más de dos años juntas aún no me he molestado en grabar en orden los canales...) por agotamiento. Y me levanto tan cansada como me acosté. Incluidos los sábados y los domingos.

No encuentro motivación alguna en lo que hago. Bueno, sí, en que me pagan puntualmente por ello a final de mes, y que ese dinero me sirve para pagar alquiler, suministros, ropa, algún capricho... Pero no me motiva para nada. Como no encuentro motivaciones para ahorrar (aun así, intento hacerlo: conozco 'las vacas flacas', sé lo que es tener que sobrevivir gracias al ahorro personal).

Deseo que pasen las próximas tres semanas para empezar mis vacaciones, simplemente para intentar descansar. No voy a salir a ningún sitio, no voy siquiera a ir a la piscina. Son vacaciones para, simple y llanamente, no ir a trabajar. Sin más.

Como decía: me falta motivación. Me faltan ilusiones.

Desde ayer, además, ya no me cabe la menor duda en que le da exactamente igual saber de mí o no. Le da igual que llame o que no lo haga.
La verdad es que tampoco grandes dudas al respecto, pero supongo que me faltaba escuchárselo decir. No fue con esas palabras, pero sí que él no me va a llamar. No siente la menor necesidad de hablar conmigo.

Sé que tras algo tan claro debería dejar de llamarle.
Sé que no voy a hacerlo.

Es complicado que encuentre la más mínima ilusión, el menor estimulo, ante la idea de empezar otra semana dentro de unas horas..., muy complicado, cuando lo que me apetece me es inalcanzable. Cuando cada vez me siento más culpable por querer algunas cosas, por hacer algunas cosas.
Por saber lo que tengo que hacer y no ser capaz de hacerlo. O de dejar de hacerlo, llamando a las cosas por su nombre.

Dejándonos de eufemismos tontos de una vez.




sábado, 20 de agosto de 2016

Cancelación (que quiero llamar aplazamiento).

Hoy, el 'plan-proyecto-llámalo como quieras' era otro.
Y la verdad es que me lo había creído plenamente (supongo que el hecho de que haga mucho tiempo que dejaron de existir los 'aplazamientos repentinos/aplazamientos sucesivos' ha tenido que contribuir a eso, a que me crea este tipo de planes...por casi raros). Y me hacía mucha ilusión. Y hasta creo que en algún sitio estaban agazapadas esas mariposas en el estómago que me consta que existieron en su día, que revoloteaban cuando le iba a ver...

No sé. Bueno, sí sé. Sé que es por 'causa de fuerza mayor' (uno de esos términos que me devuelven a un pasado de contratos y documentos legales, a mi pasado). Curiosamente, jamás he dudado de este tipo de cancelaciones/aplazamientos, jamás se me ha pasado por la cabeza pensar que pueda jugar con su salud, a 'inventar' enfermedades. Nunca.
Supongo que porque es algo que no le podría perdonar, si un día descubriera que ha sido así.

Hoy los planes vespertino-nocturnos eran otros.
En fin.
Pasan a ser que vuelvo a preocuparme por cómo esté él.
Y quiero pensar que esto no es sino uno de aquellos 'aplazamientos sucesivos' de un tiempo en que hasta esas decepciones tenían la capacidad de generarme una nueva ilusión.

domingo, 3 de abril de 2016

Domingo tres de abril. Y nada más.

Necesito cosas que me ilusionen.
No, no necesito libros de autoayuda (ésos, que sigan ayudando a sus autores, que no sé si alguien más habrá pillado qué quiere decir su denominación), ni tarjetitas con gatitos sobre puestas de sol y purpurinas varias con frases bonitas, de ésas del Facebook. Necesito exactamente lo que indico en la primera frase: cosas que me ilusionen.

La teoría ya me la sé también yo. Tengo salud (bueno, imagino que la tengo. Al menos no estoy peor que otros. Algunos días no me levanto doliéndome todo el cuerpo como si me hubiese pasado una apisonadora por encima..., pero ya sé que esas cosas las conlleva la edad), tengo un trabajo con buen horario (que sería ideal si no tuviese que añadir más de tres horas diarias de trayecto para ir y volver, con el consiguiente madrugón), tengo un sueldo que ahora mismo está un poquito por encima del que considero 'de supervivencia': no me da para grandes alegrías, pero al menos no me es imprescindible que el pan de molde que empleo en el sandwinch del mediodía sea de 'marca blanca' porque esos cuatro euros menos al mes me ayudan a llegar eso, a fin de ídem (cuando llegué a esas alturas de ahorro, hacía tiempo que había prescindido de cremas de cuidado facial 'de marca prestigiosa', que había desterrado de mi vestuario habitual los pantys y sus consiguientes carreras que los volvían inservibles a la segunda puesta, y muchas otras cosas) y no tengo grandes sobresaltos...aunque quizá por eso me sobresaltan muchas cosas...
Sí: la teoría me la sé, perfectamente. Pero eso no evita que me sienta sin la menor ilusión.
Intento sustituir y completar esa carencia deseando comprarme un bolso...y comprándomelo. Deseando comprarme una cazadora que vi en un escaparate y no recordar en qué cadena de tiendas e ir a buscarla y descubrir dónde y que ya no quedan (y que posiblemente nunca las hubo de mi talla). Cosas así, sin demasiada importancia.

No sé. Quisiera pensar que es una racha. Que cualquier día de éstos encontraré y me encontraré con alguien con quien me apetezca estar y a quien le apetezca estar conmigo...pero me puede el realismo y éste me dice que no va a ser así. Además, no quiero buscar a nadie. Y probablemente tampoco quiero encontrarlo.
Hace mucho que demolí mis castillitos de humo, que soplé hasta que no quedó nada, que quemé el terreno donde estaba construyéndolos para que no creciera nada más o para que lo que creciera fuese más fuerte que cualquier deseo o cualquier intención. Hace mucho de todo aquello...
Pero quizá siempre quedó algo. Y hoy, que tengo tan y tan claro que ya no hay nada, que nunca lo hubo y por eso no puede quedar nada...esa falta de perspectivas, de esperar otro amanecer a su lado y querer creerme que igual algún día habría 'algo más', un 'quedar por quedar', un 'hacer cualquier tipo de plan', un...qué se yo..., esa falta de ilusión por él y con él, me hace sentir inevitable e inmensamente vacía.