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domingo, 22 de octubre de 2023

Tengo trabajo. Y ya está.

 Trabajando. Desde hace dos semanas.
Sin excesivas expectativas. Es simplemente trabajo

No estoy a disgusto, me tratan bien. El trabajo en sí es monótono, pero no agotador. Es de los de 'mínimo esfuerzo'. Llamar por teléfono, hablar con quienes te atiendan la llamada, cualificar y tipificar correctamente, enviar whatsapp y correos..., poco más. El horario es muy cómodo en cuanto a horario de entrada y sería muy cómodo en general si no se tratase de turno partido y me encontrase con una hora a mediodía sin tener nada que hacer. Preferiría tener solo media hora para comer y salir media hora antes...pero esto es lo que hay.

Las comunicaciones para ir no están mal, lo que pasa es que vivo lejos (o lejos al menos del sitio donde está la oficina) y eso hace que tenga que destinar la hora y pico de rigor en cada trayecto, con los consiguientes trasbordos y demás. Y si a eso le sumamos los cortes de líneas de metro, las lluvias donde se inundan estaciones y similares incidencias...me puedo encontrar con salir del trabajo a las siete de la tarde y llegar a mi casa casi a las nueve de la noche.

Pero...en fin: como he dicho es lo que hay y punto. Y que dure.

Tengo un 'periodo de prueba' de cuatro meses. Un plan de comisiones que en menos de dos semanas me ha quedado claro que son inalcanzables (y aunque no lo fuesen, son muy bajas. Así que tampoco importa demasiado no cobrarlas). Todos los días tengo el mismo horario, los viernes teletrabajo. La empresa nos da café (el que queramos o podamos tomar, si es que no se han terminado las cápsulas), tenemos acceso a una especie de jardín privado al que podemos salir cuando nos apetezca (en este caso simplemente hay que aplicar el sentido común...y ya que a mediodía paramos una hora, el resto de los descansos serán de cinco o diez minutos dos o tres veces a lo largo de la jornada), la luz natural no sobra pero tampoco es un zulo, tenemos mamparas divisorias entre los puestos de teleoperador, pero no son muy severas..., todo es en general como muy relativo.

No sé lo que durará esto. No es el empleo soñado de mi vida, pero tras la pesadilla que fue el primer semestre laboral de este año casi me sirve cualquier cosa. 

En realidad..., en realidad es que cada vez me importa menos todo. Sigo viviendo en una especie de cuerda floja, en un precario equilibrio del que en cualquier momento voy a despeñarme sin remedio. Siendo consciente de que no hay futuro. O, peor, de que el futuro que me espera no es halagüeño. Que en el mejor de los casos tendré la inmensa suerte de renovar el contrato de alquiler el próximo verano (otros cinco años) y que enlazaré contratos laborales en empleos de supervivencia hasta alcanzar la jubilación.

Y no hay nada más. 
No hay proyectos. No hay futuro más allá de esta realidad tan evidente. 

Tengo trabajo. Sin ilusión, con cansancio permanente dentro de los huesos, sabiendo actuar para que no se me note cómo estoy en realidad. 
Y..., en fin: esto es lo que hay.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Nueve de diciembre. Seis tabletas de turrón. Y, por fin, la lluvia.

 Sigo sin ganas de nada. 
Es más: cada día aumenta mi desgana frente a la idea de hacer cosas. 
A veces hago algo y, casi, me quedo con la sensación de haber hecho un enorme esfuerzo, un gran trabajo. Ayer, por ejemplo: tiré unos cuantos pares de calzado que ya no usaba (fundamentalmente por deterioro: dos pares de sandalias de verano que hace dos se rompieron, pensé en que igual tenían arreglo y ni me molesté en intentarlo porque ya sabía que no lo tenían; unas deportivas que exteriormente no estaban mal, pero interiormente se estaban deshaciendo...y llevaba ya un par de años en que raramente me las había puesto; unas botas de lluvia a las que les entraba ésta, unas deportivas blancas muy baratas que compré pensando en el mismo uso y que tenían el mismo problema: les entraba agua si me las ponía lloviendo...., seguro que alguna cosa más). Llené tres bolsas medianas. Y no sé porqué no había tirado aún, porque simplemente estaban ocupando espacio en el cuarto de la lavadora. Bueno, pues algo tan simple y que no me llevó mucho más de cuarenta minutos hacer, incluido el ordenamiento de los estantes zapateros...me dejó la sensación de haber hecho una enorme tarea. 
A mí, que siempre fui hiperactiva. Que hacía doscientas tareas a la semana, tres o cuatro a la vez, que las horas del día me parecían pocas y a  veces me preguntaba cómo había hecho tantas cosas esa semana, si solo tenía siete días, si cada uno de ellos apenas veinticuatro horas y algunas las dedicaba a dormir...

Nueve de diciembre. Casi navidad. Con los regalos por comprar, poco presupuesto (aunque no quiero pensar en eso), con absoluta desgana hasta por comprar los dulces navideños. Ayer por la tarde fui al 'gran almacén' por excelencia y compré los turrones. Mi idea era comprar los tres básicos; una promo de ésas rebuscadas me hizo comprar ¡¡¡seis tabletas!!! porque la promoción era, precisamente, que comprando seis sólo te cobraban cuatro. 
Seis tabletas de turrón. Que luego apenas pruebo y que son la razón por la que en casa tenemos turrón hasta la primavera. Entiéndase por 'casa' la de mi madre, claro. Yo suelo comprar una tableta de turrón 'del blando' y doy de sí..., o mejor dicho, olvido en el frigorífico. De hecho, tengo media tableta del año pasado...
Compré un panetone hace dos o tres semanas (es de los pocos dulces que me entusiasman), compré bombones de chocolate negro con cereza al licor hace unos diez días (que me encantan), compré roscos de vino con almendra hace unos días (mi 'polvorón' favorito), compré esta semana una bandeja de frutas escarchadas 'de diseño'. Ni los he probado. 
Diciembre y a dos semanas para navidad. Cuando me parece que apenas ayer estábamos en plena ola de calor, ese verano sofocante y absurdo que ha sido el de 2022.

Estas navidades van a ser aún más raras de lo habitual.
En mi casa tampoco tenemos pensado celebrar nada. Cenaré con mi madre 'las dos noches' y, claro, comeré 'los dos días', y poco más. 

Además, estoy muy preocupada por él. 
Desarrollaré estrategias mentales para no pensar (demasiado), pero estoy preocupada. Sé que todo va a salir bien (de eso tengo absoluta certeza), pero no por ello voy a dejar de preocuparme. Aunque sea la primera vez en mi vida en que saber que alguien a quien quiero va a pasar por un quirófano (anestesia general, intervención complicada y de varias horas) me alegra. Porque es para bien, para bien para él. Y porque lleva demasiados meses esperándolo.
Estaré semanas..., meses, sin hablar con él. Aunque también eso ya lo conozco, ya he pasado por ello: el año pasado fueron más de cuatro meses de imposibilidad. La diferencia es que esta vez es porque está encaminada la solución; el año pasado, porque había acontecido el problema. Por decirlo de una manera simple. 
A  estas alturas (y creo que desde hace mucho) lo único que de verdad me importa en mi relación con él es que esté bien. Supongo que porque ya no me queda ningún argumento que me haga creer que hay algo más entre nosotros, algo más que mi interés por él. 
Sé que tendría que escribir sobre ello, sobre esta no-relación. Que me ayudaría psicológicamente. 
Pero estoy muy cansada.
Nueve de diciembre. Llueve, por fin llueve en Madrid. 
Y hasta eso, casi, ni me importa.


martes, 14 de abril de 2020

Lluvia de un 14 de abril.

El 14 de abril de 2010 también llovió.
No todo el día, sí a ratos breves. Dejando de llover a mediodía, volviendo a hacerlo por la tarde. Llovizna fina, de la que no merece el uso del paraguas.
Los días anteriores hizo buen tiempo. Primavera soleada. Aunque fue en marzo, mediados de marzo, cuando el tiempo fue más cálido.

El 14 de abril de 2010 terminé una etapa de mi vida. Y, a veces, he pensado que comencé otra. 
Hoy no estoy segura. De hecho, he dudado de ello en muchas ocasiones. 

La llovizna fina nos hace pensar, sentir, que no es necesario abrir el paraguas. 
Pero si te paras bajo ella durante un largo rato, terminarás empapada. 

Han pasado diez años. Y hoy, 14 de abril de 2020, no sé realmente cómo estoy.

domingo, 1 de marzo de 2020

Ya es marzo. Y está lloviendo.

Terminó el bisiesto febrero. 
Un mes completito, largo y estresante. Porque aunque sea el mes más corto del año (aun teniendo ese día de más en este 2020), se me ha hecho muy largo.

Mes que he pasado a base de infusiones relajantes para dormir. Con dos entrevistas laborales interesantes (las ofertas. Las entrevistas fueron tan anodinas como lo son habitualmente) y una perfectamente olvidable. Con una analítica rutinaria de la que tendré resultados a mediados de mes y una prueba médica complementaria que me ha tenido en vilo...y que el mismo día en que me la hicieron me tranquilicé porque el resultado ya me dijeron que no era para nada alarmante. Controles cada seis meses y ya está.
Febrero que hace bisiesto a este año y que no me ha gustado nada.
Hoy ya es marzo.
Mañana, si no hay novedades completamente inesperadas, empiezo una nueva aventura laboral.

He de confesar que estaba bastante más ilusionada el día en que hice la entrevista de lo que estoy hoy. Me apetecía más la otra posible opción laboral, la de la entrevista que pasé un par de días después y para la que también me preseleccionaron...para no volver a saber nada de ellos tras unos psicotécnicos y la solicitud de algún contacto al que pedir referencias sobre mi perfil profesional. Me apetecía más porque el sueldo era algo más alto (eran más horas semanales), la empresa ya la conozco...y hasta tardaría unos diez minutos menos en llegar. Pero..., en fin: esto es lo que hay.

No estoy demasiado ilusionada. Incluso he tenido un par de momentos en que...sí, he estado tentada en enviar un correo y decir que no me podía incorporar. Pero no lo voy a hacer.
En octubre ya lo hice: me lo podía permitir (tenía por delante aún un año de subsidio de desempleo por cobrar). A finales de enero también lo hice: la oferta era buena, económicamente hablando, pero el horario no me convencía. Y pensé que aún tenía tiempo para írmelo pensando.

Tengo aún por delante ocho meses de 'paro' por cobrar. Pero no pienso agotarlo. Y, además, ya me ha bajado un poco la cantidad..., y ya no me compensa.

Pasa a ser el recurso, la red, por si vuelvo a quedarme sin trabajo. Lo que es y para lo que está pensado, en realidad.
Así que mañana me incorporaré a lo que seguramente será mi nuevo trabajo. 
Insisto: con pocas ganas. Y con poca ilusión.
Me hago mayor.

Está lloviendo. Siempre me ha gustado la lluvia, eso casi tan raro en una ciudad como Madrid. Pero preferiría que mañana no lloviese. Preferiría no tener que cargar con un paraguas, no tener que ponerme un calzado compatible con la lluvia. Preferiría empezar en este posible nuevo trabajo con buen pie, con el clima de primavera adelantada de los últimos días.
Pero no: está lloviendo.
Y yo me hago mayor.

Dos de marzo ya a estas horas de la noche. A unas horas de dejar de estar desempleada.
Pero con pocas, muy pocas ganas de trabajar.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Vacuna programada, menos lluvia de la esperada, planes que nunca fueron reales...

Hará cerca de 40 años que no me ponían una vacuna. 
Bueno, igual algún año menos..., pero la verdad es que la última que recuerdo es una específica 'para niñas', por eso calculo que debe hacer casi 40 años.

Ayer me pusieron otra. Una que, al parecer, sí tendría si fuese más joven, porque entró en el calendario de vacunas obligatorias en los 80 (según me explicó ante mi duda la doctora del hospital). Las posibilidades de que me pueda contagiar de la enfermedad contra la que me han vacunado son muy remotas...pero mejor prevenir. Sobre todo porque si por una extraña razón me contagiara...entraría en el hospital para no salir, más que probablemente. 
Ni me dolió el pinchazo, ni se supone que esto tiene efectos secundarios. Pero anoche dormí fatal (y eso que me acosté cerca de las 3 de la mañana, tras verme de un tirón una película de casi 3 horas y seguir vagueando un rato frente al televisor, precisamente para que me entrase sueño) y he pasado todo el día rara y cansada. Intentando beber mucha agua, que eso nunca me va a venir mal (anoche tenía sed. O estuve soñando que tenía sed: hay noches en que no tengo claro qué es real y qué sueño).

A ratos, no sólo hoy, me entran arrebatos de necesitar limpiar y ordenar. Y me encuentro rodeada de sillas, de libros, de cds, con el cable de la aspiradora enredado entre el caos, la alfombra a medio quitar o medio poner y la mesa del comedor en mitad de todo eso...porque de repente he decidido que tengo que quitarle bien el polvo a todo y dar la vuelta a la alfombra. 
Y termino sudando, porque realmente no hace frío aún. Y tampoco luce tanto lo que acabo de hacer: igual porque es necesario cambiar las cosas para que todo siga igual. 

Hoy se esperaban grandes lluvias. Y tras todo el día medio nublado, al final sí ha llovido con ganas durante media hora, cuando ya anochecía. Granizada y lluvia.
Pero menos de lo previsto. Ahora mismo no corre ni una ligera brisa.
Mañana veré cómo está la terraza, que ha llegado a estar empapada, al igual que los cristales de la terraza (porque llovía en esta dirección).

Llevo 3 semanas sin verle.

Hace 3 semanas justas pasó la noche conmigo. Desde la mañana siguiente, sábado, sólo hemos hablado una vez. Diez días más tarde y hace otros diez. 
Por supuesto, le he llamado otras veces. Pero ya es habitual que ni me llame ni me devuelva las llamadas. 
Me conformo con que, al menos, me responda los sms que le envío casi todas las noches para desearle eso, las buenasnoches. Como no hay reacciones cuando intento decirle alguna otra cosa..., al final también yo termino desistiendo.
Como terminaré desistiendo en mis intentos de hablar con él.

Hace 3 semanas planificó que nos volviéramos a ver antes de que acabase el mes. Esos planes los hace sólo él: yo simplemente los acepto, porque en esos momentos me los creo. Siempre me los he creído, aunque la experiencia me dice que luego no será posible...pero me lo quiero creer. Cuando estoy con él o cuando no lo estoy, pero está planificando cosas en las que yo puedo estar incluida, me creo lo que me cuenta. 
Quiero creer en algo, supongo.

Lo último que me dijo hace casi 3 semanas, cuando nos despedimos, es que hablaríamos a mediados de la semana que empezaría dos días después. Que hablaríamos el martes o el miércoles. Eso suele querer decir que le llamaré yo (ya sé que no me va a llamar).
Hablamos el martes, sí, pero una semana más tarde de lo planificado. Y aunque la despedida fue un 'hablamos el sábado', mañana será una semana de ese sábado en que tampoco hablamos.

Y hay momentos en que me pregunto qué hice mal hace tres semanas. Qué no hice, qué debí hacer de otro modo. Porque seguro que fallé en algo y este silencio y esta distancia es la consecuencia.
Y hay momentos en que esa idea me parece una tontería y me la quito de la cabeza. Y me explico razones y hasta me invento excusas. 
Y luego simplemente deseo lo que he deseado siempre para él: que sea quien sea con quien esté, le haga feliz. Ya que yo nunca he sabido cómo hacerlo (y, obviamente, ya no lo podré hacer: ya no hay tiempo, ya no hay factores sorpresa, ya no hay interés alguno por su parte y sí mucho cansancio hacia mí) que quien quiera que sea esa o esas personas le estén haciendo feliz cuando esté con ellas. 

A mí ya no me queda el menor resquicio de sensación de celos. Es curioso. Cuando una sabe que es 'la otra', se dejan de sentir celos. Cuando se sabe que ni siquiera entra en el exclusivo apartado de eso, ser 'la otra', sino que es una más..., aun menos. 

Con él he lamentado no ser más joven, no ser guapa, no pesar 20 kilos menos, no tener las piernas que tenía con 25 años, no tener más pecho y la piel firme. No poder darle nada que pudiese desear tener. No ser más inteligente o más ingeniosa. No saber qué hacer, en definitiva, para gustarle y sentir que le gustaba.
Y ya tampoco hay remedio para eso.

Hace 3 semanas proyectó que nos viéramos este viernes, mañana sábado. Aunque yo sabía que no sería, en ese momento, desnuda a su lado, quise creérmelo.
Para esta noche anunciaban grandes lluvias. Temporal o tormenta.
No llueve. Ni siquiera hay viento.
No sé nada de él. 

Estoy cansada. Igual son los efectos secundarios de una vacuna que, en teoría, no tenía que producirme ninguno.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Pero llueve.

Rara. Es así como me siento.
Debería estar ya trabajando. O, al menos, en pleno proceso de búsqueda activa de empleo (enviar CV's, presentarme o no a entrevistas, estar en algún proceso de selección o algún paripé de ésos que llaman 'formación selectiva y no remunerada'). Y no estoy haciendo nada de eso.
Y lo peor es que me da la sensación de que me estoy acostumbrando a esa inactividad. 

Limpio en casa (sin obsesiones, he de confesar). Salgo a comprar cosas básicas. Voy a comprar cosas que igual no lo son tanto (me temo que estoy gastando mucho más de lo que debiera...porque no debo. El 'paro' que me ha quedado me da para pagar los gastos más elementales del mes: alquiler, luz, teléfono, transporte, alimentación básica..., pero yo estoy comprando también cosméticos, cosas para la casa, algo de ropa... y no debo). Paso en internet más tiempo del habitual. Veo la tele..., bueno, en realidad la tengo puesta aunque le haga el caso habitual (poco y a cosas concretas). Apenas trato con nadie. Hay días que no sé si intercambiaré media docena de frases...y si no salgo a comprar, ni eso. Poco a poco se me van quitando ganas hasta de hablar por teléfono. Del guasap y esas cosas paso olímpicamente.


No duermo bien y tengo sueños raros. Ni siquiera son pesadillas: son sueños raros, entrecortados. Algunas mañanas me despierto recordando que en algún momento he mantenido en sueños conversaciones que debería tener en el mundo real. O, mejor dicho, sueño con conversaciones que me gustaría mantener en el mundo real, con personas que conozco. Con personas que han pertenecido a mi entorno laboral, en algunos casos.

Me siento extrañamente cansada. Las analíticas no dan nada raro (bueno, es que son muy específicas y tampoco se centran en cosas como las vitaminas o el colesterol o..., yo qué sé). Cada día veo peor. Recurro a gafas de ésas casi 'de juguete' (bueno, en realidad sí que tienen graduación) porque me da pereza ir a una óptica y empezar con el proceso normal de graduación de la vista. Que es raro llegar a mi edad sin necesitar gafas...y yo no las llevo. Aunque sé que las necesito: las pantallas me han destrozado la vista, directamente. 

Me apetece mucho verle. Mucho. Aunque hace apenas 15 días que estuve con él. Apenas 15 días... Me resulta curiosa la relatividad de esa distancia. Que me parece poca cuando sé que he pasado meses, muchos, sin verle. Que me parece enorme cuando recuerdo que hubo un tiempo en que nos veíamos tan a menudo. Incluso que en sus inicios nos veíamos a diario, cada día laborable.
Da igual.
Sé que a mí me apetece verle. Sé que no es una apetencia mutua ni recíproca. Y ya está.

Llueve. Afortunadamente, llueve. El verano ha sido al mismo tiempo muy largo (porque ha hecho muchísimo calor) y muy corto, porque no tengo apenas recuerdos para identificarlo.
No hago nada de provecho. Dejo pasar los días y cada vez tengo menos ganas de hacer nada.
Pero llueve. Y eso, al menos eso, está bien y está en su sitio.

viernes, 12 de octubre de 2018

Fin de semana largo.

Cansada y triste. Muy desanimada.

Hoy es festivo nacional. Por tanto, este fin de semana dura tres días y la semana laboral han sido solo cuatro. Pero se me han hecho eternos. Y no tengo planes para estos tres días de ocio. De hecho, casi ha pasado uno y no he hecho nada de provecho. Bueno, ni de no provecho.

Pensaba lavar las cortinas de mi dormitorio, como hago otros años por estas fechas (en que ya suelo haber cerrado la ventana del dormitorio, que pasa abierta permanentemente todo el verano, pero aún no han puesto la calefacción en el edificio, que suele ser el primero de noviembre) y que hay que planchan húmedas al ser de algodón y lino (por tanto, no puedo lavar, tender, quitar secas...'y ya las plancharé', de ahí que lo haga en un día festivo) pero el cielo amaneció cubierto de nubes y el suelo mojado de la calle indicaba claramente que había llovido y que probablemente seguiría haciéndolo.  Así que he desestimado la idea (aunque he puesto la lavadora con toallas, alguna camiseta de verano para ya guardarla hasta el próximo, la ropa interior de la semana..., lo habitual). 

La verdad es que la presupuesta lluvia ha sido más bien una excusa: no me apetecía nada descolgar las cortinas y toda la restante parafernalia. Bueno: y que probablemente al no llegar a secarse del todo ni tras plancharlas las dejaría arrugadas...
Estoy cansada y desmotivada.

Me he lavado el pelo y me lo he cortado un poco. 
Lo tengo, o tenía hasta hace un rato, larguísimo. Pero no me gustaba su aspecto. El verano raro y las semanas de hospital (estuve casi dos semanas sin lavarlo, por ejemplo. Claro que allí no se me ensuciaba. No había con qué) me lo resecó. Estas últimas semanas se me está cayendo mucho y el aspecto era despuntado: mechones hasta la cintura, pero poco consistentes...
No sé cómo me lo habré dejado. Tampoco me preocupa demasiado. Tengo un pelo imposible (demasiado liso para ser rizado, demasiado rizado para que me aguante el alisado. Se encrespa haga lo que haga). A veces me dan ganas de meter las tijeras a la altura del cuello. O hacerme una coleta alta y cortar y ya está... Pero sé que no voy a atreverme. Así que seguiré recortándolo periódicamente. Es de los pocos detalles de vanidad o coquetería que me quedan. Llevar el pelo largo y darle un baño de color cada mes y algo. Eso, y darme un toque de rímel en las pestañas, por las mañanas, que es mi único maquillaje diario.

El ambiente laboral es cada día peor. Y eso que esta semana hemos estado más tranquilos, al haberse tomado unos días de vacaciones nuestra responsable directa...que cada día nos presiona más a base de contradicciones. Pero es todo un dar vueltas sin llegar a ningún sitio, un acumulado de tareas que una vez finalizadas no cambian nada ni suponen una evolución en ningún ámbito. Y que no me suponen más que cobrar una nómina de supervivencia a finales de mes. Porque mi baja médica y una serie de despropósitos en la planificación del trabajo han supuesto que, al menos hasta el mes de febrero, mi nómina sea eso: algo básico. Tener la misma carga de trabajo que tenía cuando cobraba incentivos, pero sin ellos. Ni posibilidad de cobrarlos.

Y las huelgas encubiertas y las averías en los transportes que me hacen pasar casi cuatro horas diarias, de media, viajando. Y que, si son por las mañanas y me hacen llegar tarde, encima me provocan un descuento en la nómina. Porque da igual si se lleva un justificante que certifica que el retraso lo han provocado causas ajenas a mi voluntad: el tiempo que llegas tarde, te lo descuentan de la nómina. Aunque te ofrezcas a quedarte más tiempo por las tardes para recuperarlo. Aunque, de hecho, raro sea el día en que salgas puntualmente a tu hora: si a las nueve de la mañana no estás conectada al sistema, se cuentan los minutos de retraso. Y te los descuentan. Muy estimulante todo. 

Y al final, en  estas semanas llenas de días todos idénticos y sin el menor cambio ni proyecto de cambio, sólo esas cosas las diferencian: ver cuanto tiempo acumulas de retrasos. O si esta semana, milagrosamente, sólo han sido por las tardes, al salir y volver a casa. 

Y le echo de menos.

Esta semana no he hablado con él (aunque el sábado de la semana pasada quedamos en que le llamaría el martes, para saber qué tal sigue su proceso de tratamientos y preparaciones para lo que tiene, o para lo que ha tenido y que también me ha preocupado tanto y me sigue preocupando tanto...aun sabiendo que a él le da exactamente igual lo que piense al respecto, porque no me considera parte de su vida).
Pensé en llamarle hace un rato (en el último sms que me respondió, anteayer, quedó en que hablaríamos el viernes o el sábado) pero he deducido que dedicado a asuntos más interesantes, con visitas familiares o poniéndose al día con lecturas. Nada compatible con mi existencia. 

A veces aún me cuesta aceptar que no tengo nada con él y que para él, en realidad y aunque a veces parecía otra cosa y yo llegué a creerme eso, nunca hubo nada. Y no termino de comprender, entonces, porqué aquellas llamadas que terminaban a las dos de la mañana, aquellas de 'pensé que habíamos quedado en hablar ayer' si le llamaba un miércoles en vez de un martes, o algún sms a las seis de la tarde confirmando que nos veríamos junto al estanco que estaba frente a la estación de metro donde iniciaba la vuelta a su casa tras el trabajo, cuando ni siquiera habíamos hablado de que nos fuésemos a ver esa tarde..., pero era costumbre que al menos una vez por semana y no necesariamente el mismo día de ésta, yo fuese a esperarle. 
No soy capaz de entender qué quería decir todo eso, porque probablemente no quería decir absolutamente nada. 
O porque me ha dicho y me ha dado a entender tantas y tantas veces que no soy nada para él que ya no hay nada más que entender. 
Pero no puedo evitar echarle de menos.

Mañana me daré el baño de color en el pelo, que ya toca. Igual me animo (o me armo de valor) y descuelgo-lavo-plancho-vuelvo a colgar las cortinas de mi dormitorio. Probablemente plancharé las prendas que ya están lavadas y listas para guardar hasta la primavera que viene. 
Y llegará la noche, cada tarde unos minutos antes que la anterior, y me quedaré dormida en el sofá mientras en la tele no emiten nada interesante. Y el domingo será como todos: rutina familiar, hacer tiempo de nuevo hasta la noche.
Y habrá pasado este fin de semana largo.

Y empezará otra semana anodina, como las últimas. Como prometen o amenazan ser todas las próximas de mi vida. 

viernes, 16 de marzo de 2018

Cosas. Y vacío.

Esta semana me he comprado un minihorno eléctrico, una caja de plástico para herramientas, dos geranios de la variante pelargonio.
El horno el martes, los geranios el miércoles, la caja de herramientas el jueves.

El martes cargué todo el día con el paraguas y, creo, llevé las botas azules de goma para lluvia. Pero apenas llovió. Afortunadamente, porque el horno es mini, pero la caja donde iba es muy grande y, si hubiese llovido no sé cómo me las habría apañado. Como no llovió apenas, no tuve mayor problema para transportarlo que el tamaño de la caja. La até con una cuerda de algodón que compré a mediodía en la tienda de chinos que está bajo las oficina donde trabajo y usé esa cuerda como 'asa' para transportarlo. Escaleras arriba en el tren, escaleras abajo para atravesar la vía y volver a subir escaleras para salir a la calle.
Si hubiese aplazado la compra para el miércoles, la lluvia me habría hecho desistir. Y habría tenido que esperar a que volvieran a ponerlo en oferta en la tienda, porque la promoción terminaba ese mismo miércoles.

El miércoles llegué empapada a casa. Por la mañana me fie del cielo despejado y no cogí el paraguas. ni me puse las botas de goma. Salí del trabajo casi media hora más tarde de lo habitual y, al llegar a la calle, llovía. Y no sé porqué no subí de nuevo a buscar otro paraguas que tengo allí, para casos como éste. Y lo dicho: llegué completamente empapada. A mediodía había comprado los geranios: la tienda los estaba liquidando a menos de la mitad del precio que tenían un par de días antes. Es la misma cadena de tiendas que donde compré el minihorno, aunque no exactamente el mismo sitio. Es también donde dos o tres veces por semana compro zumo exprimido refrigerado, normalmente de naranja o mandarina. Los zumos que, a veces he pensado, han evitado que pase la gripe este invierno donde el virus ha sido bastante salvaje.

La caja para herramientas la compré el jueves. Llevaba meses para comprar una. Tengo bastantes herramientas en antigua caja de vinos dentro de la despensa multiusos de mi cocina: dos martillos, alicates, tenazas, destornilladores, cintas aislantes o de papel, bolsitas con tornillos, alcayatas, tacos de plástico, rollos de cuerda, remaches... La idea es guardar todo en la nueva caja y sacarla a la terraza de la cocina. Es algo que se me ocurrió hace meses, creo que antes del verano pasado, pero lo había ido dejando... Ahora ya es inaplazable, porque quiero meter el horno nuevo en la alacena y el único espacio donde se me ocurre que lo pueda ubicar es justo donde tengo el desorden de las herramientas.

El miércoles llegué tan empapada que entré por la puerta dejando cosas mojadas (la gabardina colgada en la puerta de la cocina, las deportivas en el suelo cerca de la terraza, el bolso de plexiglás sobre un trapo en la alfombra del comedor...) para llegar cuanto antes a la ducha. Cuando llego mojada, lo único que se me ocurre para precisamente evitar el inminente riesgo de resfriado es ducharme con agua caliente. Cambiar la sensación de humedad por agua real. Y ponerme luego una camiseta de algodón y unos calcetines gordos. También me tomé una aspirina y un vaso de leche caliente con miel. Y en algún momento, antes de las doce, me quedé dormida en el sofá. Y en algún otro momento, la tele se apagó sola y creo que me enteré, pero seguí durmiendo. En la calle llovía a mares. Y me volví a despertar y fui consciente de que estaba en el sofá, y al apagar el portátil vi que eran casi las cuatro y media de la mañana. Apenas pasé dos horas en la cama, antes de que el despertador me recordase que como cada mañana era la hora de levantarme para empezar mi rutina diaria.

El jueves me tomé otra aspirina en el desayuno. Llovía en la calle de nuevo.

Y termino el viernes con ojeras, sin rastro de lo que temí derivase en resfriado serio, tremendamente cansada. La semana laboral ha sido muy intensa, muchísimo. Estoy haciendo el trabajo de tres personas: el mío, el de una compañera que lleva más de dos meses de baja médica y, desde el martes, el de otra que se despidió el lunes (al parecer, a la única que no le pilló por sorpresa fue a mí. Que ya llevaba semanas haciendo parte de sus tareas). Desde ayer, además, me dedico a formar a una nueva incorporación. Y el lunes tendremos otra y de nuevo formarle o formarla (aunque creo que será en masculino) será parte de mis tareas. De todas ésas que no redundan en mejorar mi sueldo, dicho sea de paso, pero que no le encargan a nadie más.

Tengo un nuevo horno, una caja para herramientas, dos nuevos geranios. Mucha falta de sueño. Trabajo pendiente tras no haber parado un minuto en toda la semana y haber salido casi media hora más tarde de mi horario el martes, miércoles y jueves. La casa en absoluto desorden, incluida la caja grande del horno, que está ahí, casi en medio del salón. El pelo sucio, tras tanto viaje en transportes públicos abarrotados y tanta lluvia. Libros por colocar y por leer, no sé en qué orden. Y un sábado por delante para intentar llenar con todas estas cosas.

Un sábado vacío. Tan vacío como yo me he sentido toda esta semana que he intentado llenar con todas estas cosas que acabo de contar, con todo el cansancio que he ido acumulando pero que no llena el vacío.
Cosas para intentar llenar el sábado.

Sabiendo que llegará el domingo y no habré llenado nada. Que el vacío seguirá ahí.

Porque llenar de cosas esta semana eterna no ha conseguido, en realidad, que haya dejado de pensar en él ni una sola hora de un solo día. Ni que me haya abandonado esa sensación de vacío.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Post Black Friday (sábado de carmín y lluvia).

Ayer, aprovechando ese fin de semana de descuentos previos a la navidad que dan en llamar 'Black Friday' me compré dos barras de labios.
Muy bonitas, en un estuche negro dentro de una caja roja ligeramente brillante. El envase de las barras también es muy bonito: rojo brillante, con cierre de imán. Y van con su perfilador de tono a juego.
Son prácticamente idénticas. No sólo en el envase (que eso lo es) sino en el color. Un borgoña rojizo. La única diferencia es que uno es casi mate y el otro satinado. Me 'encapriché' del mate...y me dijo la guapísima dependienta (casi clónica ella de otro puñado de guapísimas dependientas que pululaban por la tienda) que estaba agotado. Así que le di como opción el satinado...y ése sí les quedaba. Es cuando además me explicó que iban en conjunto: barra y perfilador a juego. Y lo añadí a la cestita de plástico que en algún momento anterior me había facilitado otra guapa y casi clónica dependienta.
Luego encontré en otro punto de la tienda otro stand casi idéntico...donde no estaba agotado el tono mate, tal como me confirmó un guapo y modernísimo dependiente. Y claro, decidí llevármelo (no al dependiente, sino el estuche barra de carmín-perfilador).
La idea era cambiar un estuche por el otro...y creo que pasé quince minutos dando vueltas por la abarrotada tienda. Y pasé por uno y otro stand media docena de veces, probando uno y otro color, confirmando que realmente iba a llevarme el que me gustó desde el principio...
La oferta era 'llévate 6 productos y paga 3'. De por sí, es una marca que podríamos considerar barata...teniendo en cuenta el tipo de productos que venden y la calidad. Sus tiendas son muy blancas y luminosas y, mayoritariamente, están integradas en centros comerciales. Son tiendas sin puertas, con un cierto aspecto de puesto de mercado...
Yo recuerdo que la primera que vi, hace quizá cinco o seis años, era completamente negra... Llegué a dudar de mi recuerdo al comprobar lo blancas y luminosas que eran todas las que iba encontrándome, cada vez hay más...
En la que estuve ayer se mantenía el negro como tono dominante. Negro, música alta, luces de discoteca que giraban, reflejos que surgían y se apagaban. Algún flash fotográfico que, de pronto, iluminaba la tienda que, además, tiene cubiertas de espejo las columnas del local. En las paredes, pantallas reproducen una y otra vez anuncios de la propia firma, donde guapísimas modelos nos enseñan cómo quedan sus productos. Textos en inglés para una firma italiana.
También hay tocadores donde maquillarse o que te maquillen, rodeados de bombillas, con asientos altos de polipiel blanca. Y los guapos y guapas dependientes te ayudan a decidirte si tienes dudas o te maquillan para que veas el resultado.
Todo esto en una tienda abarrotada de gente y de música.
La tienda creo que fue una histórica camisería en el centro de Madrid. Por un tema de protección urbanístico se ha protegido parte de la estética del escaparate (menos mal).
Además de mis dos estuches de labiales, añadí un par de bases de uñas (de esos que evitan que amarilleen con los sucesivos esmaltes), un bálsamo labial, un corrector de ojeras. Y sí: pagué sólo tres, me regalaron los tres más baratos.
Los guapos y guapas dependientes te tutean, te llaman cariño y cielo, pero curiosamente no resultan artificiales. Sé que te miran sin verte, que es parte de su trabajo: lo reconozco porque yo también sé hacerlo, yo también lo hago. Observo que ellas llevan mayoritariamente el pelo recogido en coletas altas o moños: supongo que por comodidad y para que se vea el maquillaje. Y en ellos también hay moños y alguna rasta. Y pelos teñidos de colores imposibles: un guapísimo moreno con el pelo a mechas que deben ser entre moradas y granates; raíces oscuras, pelo platino y medios verdes en una treintañera que parece una encargada...

Me favorecen los labios pintados y siempre los llevé en colores vivos y oscuros. En realidad, soy de las que ganan con el maquillaje y se me da muy bien 'pintarme', siempre se me dio muy bien.
En lo que va de año, habré comprado media docena de barras de labios. En la última, recorrí media docena buscando el tono, uno que hace años usé y que hoy ya no existe en la marca que lo creó. Tenía el perfilador, nuevo, y se me antojó...Terminé encontrándolo en otra marca de nivel medio.
También compro esmaltes de uñas. Antes del verano compré tres de color gris, buscando 'el gris' perfecto. Siempre me he pintado las uñas.

Llevo años sin maquillarme salvo rarísimas ocasiones. Paso meses sin hacerlo.
Trabajar en un polígono en las casi afueras de Madrid no me ayuda a animarme a hacerlo. Levantarme a las seis y media de la mañana y pensar que debería dedicar veinte minutos de mi tiempo, tampoco. Paso meses, también, sin pintarme las uñas. Creo que algún esmalte ni lo he usado. Debo tener docenas almacenados, comprados en los últimos diez años...

Tengo dos preciosas barras nuevas de labios. Que probé ayer y me favorecen mucho. Las he dejado en el lavabo del aseo que no funciona como tal (es el 'cuarto de la lavadora'). Están con otro tanto maquillaje.
Probablemente pasen días antes de que las use.

Salí contenta de la tienda. No sé porqué, pero es esa satisfacción momentánea. Sin pensar que estaba gastando en algo que realmente no necesito...

En la calle llovía a mares.
Madrid, donde apenas llueve, es una belleza de ciudad mojada.

domingo, 23 de octubre de 2016

Penúltimo domingo de octubre.

Tengo la cabeza llena de cosas. Bueno, no de cosas (que también) sino de ideas.
Las 'cosas' serían huesos, venas, alguna arteria, neuronas, materia blanda... Las ideas pululan entre todo eso. Se me cruzan velozmente ante los ojos, alguna vez tengo la sensación casi de olerlas, de saborearlas..., aunque tampoco es exactamente eso. Es más bien la sensación de un recuerdo. El recuerdo de un olor o de un sabor, alguna vez de ambas cosas a la vez. Y que me traen ideas.
Tengo ideas para escribir.
Ayer tenía claro qué quería escribir por la noche. Me pondría un ratito ante el portátil. abriría esta página y escribiría sobre la semana, sobre la noche inmediatamente pasada. A la vez, picotearía los frutos secos que se quedaron en el bol sobre la mesa, las empanadillas pequeñitas que suelo preparar cuando viene y que tienen un algo casi de juego (sobre todo cuando me empeño en freírlas estando él aquí) y que también se quedaron también en el plato de las mariposas sobre la mesa del comedor. Destinar a la cena lo que también tiene su parte de recuerdo...
Me tumbé en el sofá creo que mientras estaba el informativo. Vestida: pantalón negro de algodón, camisa azul ancha de viscosa, calcetines color verde oscuro...
Me eché por encima una de las mantitas auxiliares. La azul que estuvo sobre el otro sofá, el viejo que estaba en el piso cuando lo alquilé y ni lo utilicé nunca para sentarme...ni me decidí a tirar.
Y de pronto todo me olía a su presencia. Los cojines del sofá donde estuvo sentado y tumbado. La propia manta, donde creo que estuvo su ropa. El aire, incluso el aire.
Y cerré los ojos. Supongo que para no dispersarme con otras cosas, con la televisión que estaba emitiendo frente a mí, el ruido de la lluvia a veces incesante y sonora, el móvil avisándome de mensajes o actualizaciones, la niña de los vecinos haciendo gorgoritos de bebé, los ligeros crujidos que esta vivienda produce desde siempre para demostrarme que está viva...
Y me quedé dormida en algún momento.

No sé que hora era cuando desperté, no soy capaz de recordarla. Sé que llevé al frigorífico el plato de las empanadillas, que apagué la televisión, que pasé por el baño a lavarme los dientes, que volví a la cocina a tomar una cucharadita de Bisolvón y regresé al comedor a por uno de los vasos de colores que también estaban sobre la mesa tras haberlos usado para llenarlo de agua y digerir el medicamento. Ahora pienso que es curioso que regresara a por uno de esos vasos, que sólo empleó él, cuando en la cocina guardo una docena larga de vasos... Que me quité la ropa y me puse una camiseta. Y me metí en la cama. Y no recuerdo la hora...
Y recordé que finalmente no había escrito nada y que el portátil seguía encendido, pero no me levanté a apagarlo. Y que no le había mandado el ya casi necesario mensaje de buenasnoches a través del móvil. Porque me había quedado dormida sintiendo que su olor había quedado a mi alrededor. Me metí en la cama pensando instintivamente en todo esto sin pensar en nada concreto...
Y la cama también olía a él.

Penúltimo domingo de octubre. Semana estresante que he pasado parcialmente enferma. Llueve, lleva casi toda la semana sin dejar de llover, al fin.
Y anteanoche durmió a mi lado. Debería decir que 'también al fin'.
Pero sé que no es justo pensar en esos términos.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Tres de septiembre.

Sigue el calor.

Esta noche he dormido fatal. La verdad es que tampoco lo recuerdo...pero sí el despertarme cuando aún era de noche (y seguramente entorno a las seis de la mañana: tengo el horario 'cogido' de diario...., y se ve que mi cuerpo tiene claro que a esas horas debo irme despabilando para poderse levantar a las seis y media y empezar las rutinas), el dar vueltas buscando nuevamente el sueño, que es sábado y no tengo prisa....

El estado de las sábanas de mi cama atestiguan que la noche ha sido eso: movida. Movida por moverme yo dando vueltas. La sábana bajera está totalmente fuera de su sitio y casi 'enrollada' en el centro de la cama, la superior, que obviamente no empleo para taparme, está casi en el suelo en el lugar opuesto al que habitualmente duermo, la funda de la almohada deja ver gran parte de ésta por ambos extremos...

Normalmente me muevo poco por las noches. Hay días, sobre todo en invierno, que apenas si tengo que estirar un poco las sábanas, porque la cama amanece casi intacta: me acuesto, me ovillo y duermo. A ratitos, como suele ser habitual en mí, pero quietecita...

He soñado con agua. Filtraciones de agua domésticas en una vivienda que (como en otros muchos sueños) no es la mía y no conozco. Una avería tonta en una especie de desagüe visible de un lavabo...que en mi sueño no está en un baño...o igual sí, o igual a ratos, que termina creando una inundación en algo que casi es una pequeña acequia junto a la pared y que debo vaciar a cubitos...mientras a todos los presentes todo esto les parece normal...
Cuando sueño con viviendas ajenas, éstas suelen ser enormes e, incluso, suelen crecer durante el sueño. Son muy grandes, son luminosas aunque a veces durante el sueño sea de noche, pero ellas tienen luminosidad solar. Hay enormes terrazas también, enormes y raras, compartidas con otras viviendas a veces. Extraños patios propios en altura, que en el sueño no identifico con áticos....
Sueños.
A veces también sueño con mudanzas, y paso toda la noche angustiada. Me aterrorizan las mudanzas.

He soñado con agua y he dormido muy mal.
Posiblemente porque no cesa el calor. Posiblemente porque añoro la lluvia que no llega.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Catorce de diciembre. Llueve.

Catorce de diciembre. Domingo. Llueve.
Creo que ha llovido toda la noche. Comenzó ayer, sobre las cuatro de la tarde. Regresé de comprar en el híper francés habitual...y de pronto, es como si se hubiese hecho de noche. Y al rato comenzó una lluvia fina, casi imperceptible si no se miraba hacia el suelo de la calle, que se iba mojando lentamente... Probablemente no dejó de llover desde ese momento.

Me he despertado a la hora habitual: sobre las siete, siete y media de la mañana. A las ocho, desde el baño, he escuchado el pequeño chasquido del despertador cuando llega a la hora en que debería sonar la alarma...si estuviese encendida. A los pocos minutos, desde la cama, he oído 'despertarse' al móvil: ocho de la mañana. Era de noche, supongo que más por la lluvia que por una cuestión solar...o igual también es ya de noche a esas horas en estos días de diciembre. El llevar casi tres semanas sin trabajar (y sin la obligación, por tanto, de levantarme a esas horas) hace que esté un poco desconectada de la hora real en que amanece.
A las diez y algo he salido a comprar el periódico. Botas de goma, gabardina. Me he mojado: la gabardina es fina y de poca  calidad, apenas si quita el frio, si llueve de forma persistente, te mojas en pocos minutos. Al llegar a casa (media hora, ir y venir al kiosco más cercano, permitirme el raro capricho dominical de unos churros, bajo la lluvia intentar explicar a un transeúnte perdido cómo llegar a una especie de iglesia que hay en el barrio, instalada en los pisos bajos de un  bloque de viviendas y desconocida hasta por los propios vecinos de la zona...y de complicadísimo acceso) me he cambiado de camisa: también estaba empapada.
Necesito una prenda de abrigo impermeable. Tengo un abrigo que ya era viejo hace cinco años, pero que no me atrevo a 'jubilar'...porque no encuentro nada similar que además sea de mi talla. Es largo, acolchado, da calor, es impermeable, lleva capucha... Y si llueve mucho también se 'cala' el agua. Pero de momento es lo que tengo.  Y sin él, no sé qué habría sido de mí el pasado invierno: no soy friolera, pero dos horas tres días a la semana dando vueltas por una anodina ciudad dormitorio, de tres a cinco, en pleno invierno... que era parte de mi rutina laboral, pues... Gracias al abrigo viejo, botas de agua con dos pares de calcetines debajo, bufanda, guantes, algún día refugiada en el burger..., pasé el invierno.
Tengo otras prendas, pero no son impermeables. Y probablemente tenga algo impermeable...pero no me vale. Me da mucho coraje tener tanta ropa que no me sirve, por talla. Tengo dos chaquetones 'de pelo' que me hacen mucha gracia (y uno, además, estaría de plena actualidad...aunque tenga diez años) pero me están pequeños. Tengo cazadoras de cuero, abrigo de serraje..., y diez kilos por encima de lo que debería pesar para poder usarlos.
Patético.
Seguramente habré cogido frío. Esta noche, leche caliente y miel.

Mi radiador ya funciona. Mejor dicho: mi radiador ya es otro. No gotea. Pero..., es curiosa la rutina. Me levanto mirando tras la cortina y me sorprende ese espacio vacío donde estaban los tappers de plástico llenos de agua...

Estos días he aprovechado para limpiar. Tras el arreglo del radiador, lavé las cortinas del salón. Aquel capricho de seda, algodón y lino....que hay que planchar en un punto justo de humedad para que no se queden arrugadas (cosa que pasa tanto si están demasiado húmedas como si lo están demasiado secas). Por suerte el viernes no llovió... También he lavado las colchas que tapan el sofá viejo, ése que sólo sirve para dejar el mando a distancia o el teléfono cuando estoy tumbada en el otro mirando la tele o para que él deje su ropa en esos raros días en que, desde hace casi cuatro años, ha venido a regalarme su compañía, alguna noche...

Sigo extrañamente triste, y ya no son las hormonas. Sigo desganada. No quiero pensar en el dinero, no: me niego. Pero sé que en febrero me horrorizará el estado de mis cuentas, me lamentaré por no haber intentado ponerme a trabajar nada más dejar el búnker, todo eso. Pero no, no quiero pensar en el dinero. Aunque sepa que no me puedo comprar un abrigo impermeable nuevo (o..., sí que puedo. Pero me gastaré ese dinero, seguro, en regalos obligatorios que al final nadie me va a agradecer. Por ejemplo).

Llueve en este domingo de otoño, otoño que ya es invierno en el cielo y en los árboles. Dos semanas para que termine el año. Y para que empiece otro igualmente incierto.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Astillitas de hielo.

Ha llegado el invierno.
En Madrid, dicen, no existe el 'entretiempo': se pasa del verano al inverno y viceversa. El viernes pasado, a las seis de la tarde (casi noche, por el tema del cambio de hora) en la puerta del Sol los termómetros marcaban cerca de 30ºC y la gente en manga corta o tirantes llenaban las terrazas. Tiempo de pleno verano el último día de octubre. Otoño como estación, verano como temperatura, horario de invierno. De locos.
Hoy apenas habremos alcanzado los 15ºC a mediodía. Ahora mismo llueve con ganas en la calle. El horario y la temperatura parecen haberse puesto de acuerdo: función invierno. Sólo el calendario dice que noviembre se corresponde al otoño.

En mi casa no hace frío. Han puesto la calefacción, que es comunitaria, estoy con una camiseta de manga corta de chico, de las que aún me quedan de aquellos días hace más de diez años en que me compré un montón porque me dio por apuntarme al gimnasio. Son mis 'camisetas de dormir'. A veces también son las de 'estar en casa', acompañadas por algún pantalón viejo de ésos de hacer también deporte, pantalones de yoga, creo que los llaman en H&M.

Sé que si abro la puerta de la terraza el aire que entraría es frío. Incluso podría ser muy frío, pero no voy a abrir. Son las diez de la noche.
A  estas horas, si las circunstancias hubiesen sido las previstas, tendría la puerta de la terraza abierta: siempre la abría nada más llegar. Yo le acercaba un cenicero y él abría la terraza para que se fuese el humo o el olor a tabaco o..., qué más daba. En realidad a mí nunca me molestó que fumase. Y tampoco me molestaba el aire frío de la calle, de noche y en invierno, si estaba a mi lado.

La puerta de la terraza está cerrada. Creo que el cenicero está en la cocina.
En mi casa no hace frío. La calefacción comunitaria y la orientación sur que me llena de sol el comedor y el dormitorio en pleno invierno, la misma orientación que evita que esto sea un horno en verano, porque en verano apenas me roza el sol a mediodía. Y que me da una luz muy especial en el dormitorio allá por el mes de junio, a media tarde...
Da igual.
En mi casa no hace frío. Pero yo me siento helada por dentro.
Otra  vez más. Otra cancelación más, porque ya no los puedo llamar 'aplazamiento'. No: hace tiempo que no aplaza nada. Aplaza, cancela: en singular. Los que fueron 'aplazamientos' siempre fueron suyos: sus circunstancias. En realidad, si eran comunes es porque yo me empeñaba en tomarme como eso, aplazamientos, lo que no eran sino 'cancelaciones'. Lo que no se hace en su momento ya no se hará nunca. Luego había otro encuentro... pero era eso, otro. Uno que si no hubiese sido 'aplazado' podría haber sido 'a sumar' al anterior..., o supongo que no.
No sé. Hace mucho que ante determinadas cosas... aplazamientos, cancelaciones, algunas palabras, algunas miradas que no se posan en mí aunque esté a mi lado... se me clavan astillitas heladas en el corazón, alfileres que de pronto están ahí...y que al rato no. Solo queda ese dolor.
Y sé que son de hielo porque se terminan por convertir en lágrimas. Y esas lágrimas, a mí que un día se me agotaron todas, sólo pueden ser eso: el agua que creó ese hielo de astillas para clavárseme dentro.

En mi casa no hace frío. En mi cama, tampoco. Esta noche intentaré quedarme dormida en el sofá para que cuando me traslade de madrugada intentar hacerlo entre sueños, porque si lo hago despierta no podré dormir.
Cuando siento frío no duermo. Y sé que esta noche sentiré que mi cama está helada aunque mi dormitorio pase de los 20ºC. Porque de veras creía que esta noche sí estaría, que no sería otra cancelación más.
Y de nuevo no estará.