Cuando hace cinco meses y medio dejé el sitio donde había trabajado los últimos cuatro años y pico, me dije que mi siguiente trabajo sería en algo que me ilusionase hacer.
Incluso lo comenté así en un par de entrevistas el mes pasado: busco involucrarme en un proyecto que me ilusione y me motive.
Y, en vez de eso, llevo tres semanas en el departamento de televenta de un callcenter de ésos donde los trabajadores no llegamos ni a ser números. Un tipo de empresa que hace años, cuando trabajé en la primera, definí como 'fábrica de hamburguesas en las que nosotros somos la carne para la picadora'. Pues eso mismo.
Es imposible ilusionarse e implicarse en empleos de este tipo. Y ya lo sabía. Y simplemente he conseguido reafirmarme en ello.
No tenía prisa por incorporarme al mercado laboral. Sí ganas (la puñetera hiperactividad, que reaparece con fuerzas en cuanto se me pasa el cansancio y el hastío acumulados...y empieza a aparecer otro tipo de hastío) pero no la necesidad acuciante de otras ocasiones, en que si no encontraba algo a la mayor brevedad, en dos meses no tendría ni ahorros suficientes para pagar los gastos. Ahora no es así. No me puedo permitir dispendios, pero lo que que me correspondía cobrar 'de paro' al menos cubría los gastos básicos. Y durante meses suficientes para tomármelo con una cierta tranquilidad.
En cambio, estoy trabajando en algo que probablemente me aporte un sueldo incluso inferior a lo que estaba cobrando como desempleada. Absurdo, sé que es absurdo.
Por eso no me va a preocupar demasiado si antes de cumplir mi 'periodo de prueba' (un mes, que se cumplirá el día 07 de diciembre) deciden prescindir de mis servicios.
Me producirá la justa desazón, ese bajón anímico que siempre producen los despidos, la sensación pasajera de haber fracasado..., y poco más.
Y es que pasar siete horas y pico al día (el resto, hasta completar las ocho, es la pausa de la comida, del café y dos o tres visitas rápidas al aseo) con unos cascos esperando que el sistema emita llamadas para ofrecer un producto pésimo a gente harta de que se les ofrezcan productos que no necesitan..., no es muy motivador, seamos realistas. Pasar siete horas rellenando dibujos con pinturas plastidecor sin salirme de los bordes negros, recitando lo mismo una y otra vez..., pues creo que no, que no es mi concepto soñado de 'proyecto que me ilusione'.
Intento sacar la parte positiva a todo. Y en este caso va a ser que he confirmado que no me gustan este tipo de trabajos. Y he recordado (con la práctica) porqué. Y que se me dé medianamente bien no me produce la suficiente satisfacción, la verdad.
Cuando a mediados del mes de octubre decidí no incorporarme a un empleo en que se me esperaba y cuyas condiciones económicas eran superiores a las que tengo en la actualidad, y no lo hice por un presentimiento raro (del que no creo haberme equivocado), me dije a mí misma que para terminar trabajando vendiendo seguros en un callcenter de un polígono a las afueras en turno de tarde...siempre tendría tiempo (y esa descripción era el resumen de qué podía ser lo peor que me podía terminar pasando).
El tiempo era un año enterito de 'paro' remunerado por delante.
La realidad es que dos semanas después aceptaba algo que, salvo en el horario (que no es de tarde) cumple con todos los requisitos de 'lo peor que me puedo encontrar'.
Soy masoca. Es la única explicación.
La gente normal agota el paro. La gente normal no renegocia con el médico su incorporación al trabajo cuando está en una más que justificada baja laboral y, además, cobrando más que trabajando. La gente normal intenta aprovechar las cosas gratis, intenta lanzar balones fuera, escaquearse de las obligaciones, llegar tarde al trabajo si no le dicen nada, cogerse todas las pausas a la que tiene derecho.
Y yo hago todo lo contrario.
Así me va en la vida. Así me ha ido. Y sé que ya no tiene remedio.
Pero espero encontrar un trabajo que me motive.
Porque cuando a una la despiden de un empleo donde tenía un contrato indefinido y una base de cotización aceptable (lo suficiente para que, si se queda en paro, cobre el máximo previsto para estos temas. Que tampoco es tan alto, pero que supera el sueldo mínimo interprofesional), donde llevaba más de cuatro años, donde (aunque no haya nadie imprescindible, evidentemente) era una pieza necesaria y útil para su empresa...o te agarras a algunas ideas y te inventas algún sueño...o decides agotar subsidios y ahorros antes de saltar por el balcón.
Todo tiene que mejorar. No sé cómo, pero tiene que hacerlo. Esto tiene que haber pasado por algo.
Recupero esa frase, la frase de hace casi seis meses: todo va a salir bien.
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martes, 26 de noviembre de 2019
sábado, 15 de junio de 2019
Todo va a salir bien.
Desde hace una semana me repito como un mantra una frase 'Todo va a salir bien'.
Y me lo repito una y otra vez para intentar que el universo se lo crea y sea así. Porque sé que si yo me lo creyese, no lo repetiría en algo que casi podría ser una oración.
'Todo va a salir bien'.
Porque me digo que todo pasa por algo y que esta vez no va a ser una excepción. Porque todo esto me ha pillado de sorpresa (aunque en el fondo, no tanto). Porque en realidad es (casi) algo que deseaba pero no me habría atrevido a pedir, como no puedo atreverme a verlo como algo positivo, como un avance. Porque quedarse sin trabajo nunca puede ser algo bueno, quedarse sin un trabajo que no me gustaba, pero que reconozco que tenía un sueldo un poquito mejor que la media de los empleos igualmente basura y de supervivencia... No, todo esto no puede ser algo bueno.
Y lo peor es que sé que la situación puede empeorar. En varios frentes.
Por eso me repito que 'todo va a salir bien'. Que el futuro sólo puede ser ése, el que dé la vuelta a la situación y se convierta todo en un fin positivo, en el final feliz en que nunca desemboca mi realidad.
Las brujas nunca somos las ganadoras en los cuentos.
Ayer, cuando me he despertado de algo que en mi percepción había sido cerrar los ojos y echar una cabezada en el sofá frente a la televisión, ya era de día. Pasaba de las seis de la mañana, el televisor se apagó solo muchas horas antes.
Me he trasladado a la cama y he vuelto al sueño.
Pero sin perder el miedo. Ese miedo que no viene de haber tenido una circunstancial pesadilla ni está fundamentado en nada concreto.
Creo que me quedé dormida en el sofá de puro cansancio. Porque sigo cansada y no es explicable ni justificable. Y quizá arrebujarme en la manta ligera azul de punto, tras la ducha y la crema en la cara, tras el consuelo de tomar algo dulce, me hace sentir protegida.
Y me duermo.
El lunes concluyo los trámites burocráticos, administrativos y pelín farragosos que conlleva el inicio de la situación de desempleo. También tengo una cita médica que, espero, sea la última en unas semanas.
Y tendré que decidir si me pongo a buscar ya mismo otro trabajo o si me lo tomo con calma y dejo pasar el verano.
No recuerdo haber estado tan indecisa en mi vida.
Todo va a salir bien.
Me lo repito. Y tengo miedo.
Porque sé que en el fondo aún no he reaccionado. Que el papeleo, el propio cansancio acumulado, las visitas al médico..., me han tenido entretenida. Pero sé que en cualquier momento todo ese entramado que, cual andamio, me rodea, desaparecerá.
Y me desmoronaré.
Y también eso me da miedo.
También le echo de menos. Siempre le echo de menos. Aunque hablé (me llamó él) el martes pasado, aunque le escriba cada noche y me responda, aunque esta tarde hayamos vuelto a hablar. Siempre le echo de menos.
Todo va a salir bien. También esto, sea lo que sea, va a salir bien.
Necesito agarrarme a esta frase. Porque no recuerdo haberme sentido, nunca, tan perdida en un océano que, de repente, es como si fuese totalmente desconocido para mí.
Y me lo repito una y otra vez para intentar que el universo se lo crea y sea así. Porque sé que si yo me lo creyese, no lo repetiría en algo que casi podría ser una oración.
'Todo va a salir bien'.
Porque me digo que todo pasa por algo y que esta vez no va a ser una excepción. Porque todo esto me ha pillado de sorpresa (aunque en el fondo, no tanto). Porque en realidad es (casi) algo que deseaba pero no me habría atrevido a pedir, como no puedo atreverme a verlo como algo positivo, como un avance. Porque quedarse sin trabajo nunca puede ser algo bueno, quedarse sin un trabajo que no me gustaba, pero que reconozco que tenía un sueldo un poquito mejor que la media de los empleos igualmente basura y de supervivencia... No, todo esto no puede ser algo bueno.
Y lo peor es que sé que la situación puede empeorar. En varios frentes.
Por eso me repito que 'todo va a salir bien'. Que el futuro sólo puede ser ése, el que dé la vuelta a la situación y se convierta todo en un fin positivo, en el final feliz en que nunca desemboca mi realidad.
Las brujas nunca somos las ganadoras en los cuentos.
Ayer, cuando me he despertado de algo que en mi percepción había sido cerrar los ojos y echar una cabezada en el sofá frente a la televisión, ya era de día. Pasaba de las seis de la mañana, el televisor se apagó solo muchas horas antes.
Me he trasladado a la cama y he vuelto al sueño.
Pero sin perder el miedo. Ese miedo que no viene de haber tenido una circunstancial pesadilla ni está fundamentado en nada concreto.
Creo que me quedé dormida en el sofá de puro cansancio. Porque sigo cansada y no es explicable ni justificable. Y quizá arrebujarme en la manta ligera azul de punto, tras la ducha y la crema en la cara, tras el consuelo de tomar algo dulce, me hace sentir protegida.
Y me duermo.
El lunes concluyo los trámites burocráticos, administrativos y pelín farragosos que conlleva el inicio de la situación de desempleo. También tengo una cita médica que, espero, sea la última en unas semanas.
Y tendré que decidir si me pongo a buscar ya mismo otro trabajo o si me lo tomo con calma y dejo pasar el verano.
No recuerdo haber estado tan indecisa en mi vida.
Todo va a salir bien.
Me lo repito. Y tengo miedo.
Porque sé que en el fondo aún no he reaccionado. Que el papeleo, el propio cansancio acumulado, las visitas al médico..., me han tenido entretenida. Pero sé que en cualquier momento todo ese entramado que, cual andamio, me rodea, desaparecerá.
Y me desmoronaré.
Y también eso me da miedo.
También le echo de menos. Siempre le echo de menos. Aunque hablé (me llamó él) el martes pasado, aunque le escriba cada noche y me responda, aunque esta tarde hayamos vuelto a hablar. Siempre le echo de menos.
Todo va a salir bien. También esto, sea lo que sea, va a salir bien.
Necesito agarrarme a esta frase. Porque no recuerdo haberme sentido, nunca, tan perdida en un océano que, de repente, es como si fuese totalmente desconocido para mí.
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