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sábado, 3 de junio de 2023

Aunque no se me note.

 Anoche me tomé el primer nolotil de la caja recién comprada en la farmacia, porque el dolor en la pierna derecha, tumbada en el sofá, era insoportable. Antes había conseguido llegar a mi casa atravesando la tormenta, una de esas tormentas radicales. Llegué con las puntas del pelo chorreando, las botas me demostraron que ya no son impermeables, la sudadera de algodón parecía recién sacada del centrifugado de la lavadora. 

La bolsa de la compra con las hortalizas para el gazpacho, la bolsita donde llevo la botella de agua (y, los viernes, la agenda que tengo en el trabajo), la bolsa de papel del restaurante de pollo empanado donde acababa de recoger la cena...llegaron secas. Como tantas veces: a mí me puede pasar de todo, pero que lo que me rodea o depende de mí no note nada.

Ayer fui al médico. A por analgésicos.
La verdad es que pedí cita a principios de semana no sé bien con qué intención. Tengo hora confirmada para el viernes que viene, para recoger los resultados de las analíticas que me hicieron también ayer mismo por la mañana. Por tanto, no sé bien para qué entré a hacer esa tentativa de nueva cita (¿quizá para cambiar la ya confirmada? ¿atrasarla, adelantarla? No lo sé) y cuando vi que había disponibilidad del viernes fuera de horario laboral...lo confirmé. Total, me debí decir que para anularla siempre estaría a tiempo...

No sé con qué idea la solicité, pero sí por qué razón no la anulé y por qué acudí. A por analgésicos. Porque llevaba ya más de una semana (¿quizá casi dos?) con unos dolores a ratos insoportables. Ciática. No puedo tomar antiinflamatorios, no puedo tomar casi nada (más allá de algún paracetamol, que es lo que estoy tomando) y recordé que el nolotil es algo bastante fuerte y, a la vez, poco dañino. Por tanto, ya tenía excusa para ir a consulta: dolor y necesidad de algo que me lo quitase.

En realidad, lo que me sigue dando vueltas dentro de la cabeza es la necesidad de una baja médica. Ir a por analgésicos no era sino una (auto)excusa para plantearlo, para no esperar otra semana más...

No estaba mi doctora (luego me dijeron que tenía vacaciones). Me atendió una suplente, una médica que seguramente está a punto de jubilarse...y evidentemente de vuelta de todo. De las que no te van a interrogar. A la que dije claramente que necesitaba nolotil, que llevaba días con unos dolores de ciática a ratos inaguantables.
Me preguntó que porqué no había ido antes. De urgencias a consulta, que es lo que suele hacer la gente en estos casos. 
No supe qué contestarle. Imagino que porque la respuesta habría sido que no tenía ni idea.

Como le mencioné que estaba tomando paracetamol, me dijo que también me lo recetaba. Y le extrañó que no quisiera la versión más fuerte, ésa que no te despachan sin receta. Incluso me insistió, pero le confirmé que no, que no me hacía falta. Solo me faltó añadir que, total, aunque sea a un precio cinco veces superior al genérico con receta, el paracetamol de 650 lo puedo comprar en farmacias y pagarlo...

Charlamos brevemente sobre qué me dolía, sobre las posibles causas (paso demasiadas horas sentada, mi lugar de trabajo es incómodo tanto física como mentalmente, creo que todo es debido a la tensión en que paso las ocho horas laborales). Comenté someramente en qué consistía mi trabajo: sedentario, en una empresa de servicios financieros. Me preguntó si cara al público (es muy evidente, o a mí me lo parece, que mi apariencia actual no es como para estar cara al público. Y cada día que pasa, menos) y le expliqué que no, que telefónico, todo telefónico. Para que no nos vean los clientes a los que debemos intentar engañar. Porque la empresa, en realidad, se dedica a estafar a la gente. No sé si lo había dicho así, en público, alguna vez. Le hizo gracia, de esa gracia de reír por no llorar (porque así me lo dijo también). Y también, como mi doctora hace dos semanas, me dijo que intente salir de ahí cuanto antes.

No estoy acostumbrada a ir al médico. 
En realidad, no estoy acostumbrada a pedir ayuda. 

Estoy mal. Me siento mal. Tengo migrañas, repentinas taquicardias, picores más parecidos a pinchazos (ese tipo de picor que me asusta, porque también sé lo que es), a ratos me falta el aire. Se me duermen las manos y tengo que masajearlas para que despierten. Se me parte el pelo, además de caérseme a puñados cuando lo lavo. No descanso por las noches, me despierto de pronto asustada y busco volver a dormir, pero no queriendo regresar al sueño que seguro a sido la causa de mi despertar. Me levanto cansada, muy cansada. Ir a trabajar es poco menos que una tortura. Yo, que he sido adicta al trabajo, que pasé la única baja médica de mi vida rogando a mi doctora que me diese el alta ya mismo...

El nolotil de anoche me debió hacer efecto en algún momento y me quedé dormida en el sofá. O eso creo, porque he amanecido en la cama pero no recuerdo en qué momento me trasladé. Por la mañana me he tomado otro. He desayunado casi a la una del mediodía, he salido a comprar dos veces, he comido casi a las seis de la tarde. En ningún momento me ha dejado de doler la pierna. A las siete estaba preparando el primer gazpacho de la temporada, friendo pimientos verdes. En esos momentos me he dado cuenta de que no me dolía la pierna. 

Esta mañana, también y por fin, he vuelto a saber de él. Que ya está mejor.
Doce días y dos mensajes desde que le pregunté cómo seguía su recuperación, me ha contestado. 
Me alegra saber que está casi bien. 

Aunque ya sea completamente consciente de lo que hay (y que es nada, absolutamente nada entre nosotros), él no va a dejar de importarme nunca. 
Supongo que porque tampoco voy a dejar de quererle.
Aunque no se me note la preocupación. O igual sí.

O qué más da. Qué ha importado siempre, que más da todo lo que yo pueda sentir.

domingo, 28 de mayo de 2023

Casi dos semanas por delante.

 Algunos días llego tan, tan cansada que directamente me tumbo en el sofá. Me quito el calzado, aprieto el mando a distancia del televisor (casi más por tener algo de 'ruido de fondo' que por interés en lo que emitan) y me dejo caer en el sofá. Algunos días me dan las nueve, las diez, diciéndome a mí misma que debo ir a la cocina a prepararme algo de cena, que a mediodía he comido un sandwich o algún producto de 'bollería salada' del hipermercado que hay bajo el edificio donde trabajo y que debo tener hambre aunque no lo note, pero estoy tan cansada que hasta eso me cuesta un esfuerzo ímprobo. 

Y por eso, también, algunos días no soy capaz de prepararme el sandwich del día siguiente. Bueno, igual no es por eso sino por simple desgana.

Me cuesta mucho hacer cualquier cosa. Tengo que hacer un esfuerzo para algo tan simple como ducharme (cinco minutos desde que empiezo a quitarme la ropa hasta que vuelvo a ponerme algo encima, cinco minutos es todo el proceso y me cuesta), para quitarme el poco maquillaje que me puse por las mañanas (cada vez menos. De unas semanas a esta parte es rímel en las pestañas y, si acaso, un trazo de perfilador sobre éstas), para elegir la ropa que me pondré al día siguiente. Me cuesta todo mucho, muchísimo trabajo. 

Las deportivas que me he quitado se quedan junto al sofá porque algo tan simple como llevarlas al cuartito de la lavadora, donde tengo el calzado, también me supone un esfuerzo. Y porque me digo que qué más da, si me las pondré de nuevo al día siguiente. La ropa que me voy poniendo a lo largo de la semana se amontona junto a la cama, en el taburete, en el piecero de forja. Me compro cualquier prenda y se queda en el respaldo de una silla del comedor o sobre el sillón-baúl del recibidor. Y me olvido de ella durante días, semanas..., quizá meses. 

Muchos días me cuesta respirar. Sin más.

Tengo prevista una analítica el próximo viernes. Le dije a mi doctora que para descartar causas y motivos físicos de lo que me pasa. Tengo cita para los resultados una semana más tarde. Pero cada día, desde hace diez, me digo que debería volver al centro de salud, solicitar una cita urgente para que me reciba y pedirle la baja médica. Porque nunca, jamás, me ha costado tanto ir a trabajar. Nunca se me han hecho tan eternas, tan tediosas, tan...repulsivas las jornadas laborales. Nunca he sentido tal rechazo por un trabajo, nunca me he sentido tan enferma trabajando en un sitio. En una oficina sucia, con gente que desde el lunes a las diez de la mañana están deseando que sean las cinco de la tarde del viernes. Con gente que sufre ataques de ansiedad, que tiene las mismas migrañas que yo tengo, a la que escuchas decir que no duermen, que no pueden con el nivel de estrés. En una empresa que explota a la gente, cuyos responsables dan 'charlas motivadoras' a base de amenazas. Cuya actividad es estafar a la gente. 

No quiero seguir trabajando ahí. Pero tampoco puedo irme voluntariamente. Y mi pundonor personal me obliga a intentar dar lo más de mi misma para que no me despidan. Me gustaría no ser así, ser capaz de provocar mi despido, pero no sé hacer eso... No sé seguirles el juego (no valgo ni quiero valer para estafar a la gente) pero tampoco sé forzar mi despido.

Y además me da miedo que me despidan: me quedan menos de dos meses de 'paro' por cobrar. Estamos a punto de empezar junio. Me da miedo no encontrar rápidamente otro trabajo con un sueldo de supervivencia. Además, no me siento con fuerzas para empezar a buscar...

Estoy mal. Me siento mal porque sé que estoy mal.

Espero que llegue el viernes. Que me pinchen y analicen mi sangre. Que me digan que este agotamiento se debe a algo físico y que tomando tal pastilla o tal jarabe me sentiré mejor. No sé. Pero las casi dos semanas que faltan hasta ese momento se me van a hacer eternas.

domingo, 2 de abril de 2023

Vida cotidiana mecánica.

 Agotada. Deprimida. Con un trabajo que no me aporta nada, en una empresa totalmente siniestra.
Sabiendo que ya no queda absolutamente nada de lo que en algún momento casi llegué a creerme que era una relación sentimental y que tenía futuro.

No tengo ganas de nada. 

Si pudiera, me metería en la cama y no me levantaría para nada más allá que ir al baño, beber agua, comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia y volver a la cama. 
En realidad, mi día a día viene a ser algo así, solo que en vez de no salir de la cama sí que salgo, voy al trabajo y vuelvo a casa. Pero el resto de mi actividad se reduce a ir al baño, beber agua y comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia. 

Dejo que el caos se adueñe de mi espacio. 

Tres semanas ha estado en mitad del salón la caja de cartón del nuevo televisor. Dos semanas he tenido el centro de planchado aquí, al lado del sofá. Nueve días llevan el cubo de fregar el suelo y la fregona junto a la puerta de acceso al pasillo. No sé cuando ordené por última vez la mesa baja que está entre el sofá y la estantería donde está la televisión, no sé cuanto tiempo llevan en el sofá que no uso algunas prendas que lavé en algún momento, ¿quizá a finales de año pasado? ¿en enero, antes de volver al trabajo?

Me ducho porque tengo que hacerlo, pero ni siquiera estoy segura de si lo hago a diario. Me lavo el pelo al menos una vez a la semana. Se me ha caído mucho, se me parte al cepillarlo por las mañanas. No sé cuando me depilé las piernas por última vez, pero sí que no ha sido en lo que va de año: total, siempre llevo mallas o pantalones. 

Todo es así. 

Leo en el tren. Cuando termino los libros los dejo en cualquier sitio de la casa: bajo o sobre la mesa, en la cocina, en el baúl del recibidor (que también acumula ropa lavada y revistas).

No le encuentro sentido a nada. 
Ya no hago planes. Ni planeo volver a hacerlos. 
Vida cotidiana mecánica. Vida de cadena de montaje.
Abril. Comienza la llamada 'semana santa'. Y todo me da igual.

domingo, 12 de marzo de 2023

Derrapando hasta la nada.

 Vivo en estado de agotamiento.

No es normal, tras pasarme prácticamente todo el día sentada, ir sentada la mayor parte del recorrido de ida-vuelta del trabajo, hacer un esfuerzo físico mínimo, llegar a casa el viernes por la tarde absolutamente agotada. Hinchada como una pelota y con ganas de tumbarme en el sofá, cerrar los ojos y dormir. Deseando que alguien me pudiese preparar algo de cena, me trajera el plato y el vaso y lo retirase luego (algo que hace tantos años que no pasa que ya ni me acuerdo en qué consiste en la práctica). Y luego poder dormir, dormir de un tirón y sin prisas por despertar ni levantarme de la cama. Y levantarme sin dolor de espalda, dolor de rodilla, sin esa sensación de que me han pasado por encima dos apisonadoras, una de ida y otra de vuelta.

Vivo cansada. Y sin perspectiva alguna.

No me gusta mi trabajo. No me gusta en lo más mínimo. Y el caso es que ya lo sabía, sabía que no me iba a gustar, cuando lo acepté. Pero fue aquella tontería de 'voy a aceptar lo primero que me ofrezcan, si reúne las características de horario de mañana, sueldo fijo pasable y no demasiado lejos'. Y sí, esas características las reúne. Y fue lo primero que me ofrecieron. Pero también sabía que sería algo tedioso, rutinario, casi de cadena de montaje. Y es eso lo que es. Eso, y en una empresa que choca frontalmente con mis convicciones éticas. 

No, no me gusta lo que hago. 

Mi periodo de prueba (dos meses, por contrato) finaliza en diez días. Y no sé si quiero pasarlo. Porque no tengo un 'plan B' claro. Y porque me restan menos de dos meses de subsidio de desempleo, el vulgarmente llamado 'paro'. Y no tengo fuerzas para empezar otra vez con la incertidumbre de responder anuncios de empleo y no saber si te llamarán de alguno para, al menos, hacer la entrevista. Y no saber si luego te seleccionarán. Ni si te gustará en la práctica el trabajo. 

Estoy cansada. Y cada día entiendo menos cómo he llegado hasta este punto. En qué momento se torció mi vida hasta derrapar hasta el sitio en que estoy.

domingo, 5 de marzo de 2023

Marzo sin expectativas.

 Escribo post que no publico. Que borro directamente o que acaban en 'borrador'.

A la vez que los días solares se alargan, a mí los días (en general) se me hacen eternos. O, mejor dicho, se me hacen eternas las horas que completan cada día, sobre todo en lo concerniente al horario laboral. Me muero de aburrimiento. Una llamada tras otra, que van saltando en el marcador sin que nadie me responda, o con respuestas escuetas, o con conversaciones sin sentido. Hace unos días me llevé unos lápices de colores y unas láminas de ésas de colorear mandalas, para intentar que el tiempo se me haga más llevadero. Pero es todo tan, tan aburrido, que me temo que terminaré a lámina coloreada diaria y que tendré que llevarme un bloc entero. Colorear de forma sistemática para no pensar. Colorear algo que no sirve para nada, como tampoco sirve para nada lo que hago durante siete horas al día.

Escribo post hablando de otros temas. Pero al final me arrepiento y los borro. O no, pero tampoco los publico.

Igual para no hacerme daño a mí misma. O porque simplemente escribo como desahogo. O porque ni siquiera consigo el menor consuelo, tranquilidad o, eso, desahogo, cuando los escribo. 

Empiezo marzo sin proyectos, sin ambiciones. Sin otra cosa que cansancio, ese cansancio que ya es parte de mi vida cotidiana. 
Sin saber qué hago ni qué quiero hacer con mi vida. 

Marzo sin expectativas. Los días solares se alargan. Y no tengo nada más que quiera contar.

sábado, 11 de febrero de 2023

Esa desconocida que me mira desde los espejos.

 Vivo en estado de agotamiento.
Duermo fatal, entre sueños. Me despierto totalmente contracturada y así paso el día, deseando que llegue la noche para poder dormir, temiendo que tampoco esta noche descansaré.

Hace unos días creo que pasé horas en un duermevela tan raro...que quizá ni lo fue. Que quizá fue un sueño. Soñar que estaba medio despierta esperando que sonase el despertador.
Otra noche de esta semana apenas si dormí dos horas. A las cuatro de la mañana no sé si habría conseguido dormir media hora, a base de cabezadas. Con una sed tremenda, con picor en todo el cuerpo. Empezando a hacerme heridas a base de rascarme a través de la ropa. Sobre esas horas, cuatro de la mañana, me levanté por no sé qué vez, pero para buscar un antihistamínico, ya como último recurso para intentar conciliar el sueño un par de horas, tres a lo sumo, ojalá casi cuatro hasta la alarma del despertador. Me tomé una cetirizina entera (raramente tomo más de media, si no tengo otro remedio que recurrir a ellas). Volví a aplicarme crema hidratante por todo el cuerpo. Creo que a la media hora conseguí dormir...
Me asustan esos ataques de picor, me devuelven al 2018...

No me cunde el tiempo. Acumulo días con la sensación de no hacer absolutamente nada, pero tampoco tener unos minutos libres para, qué menos, ordenar la mesa del salón, recoger el baño, regar las plantas... Que casi todo esto podría hacerlo cuando llego a casa, sobre las ocho de la tarde (porque no sé cómo me las apaño, pero en teoría salgo a las seis de trabajar...pero raramente llego antes de las ocho. Y es desconcertante, porque por las mañanas salgo a las nueve menos cuarto, menos diez, y estoy en el trabajo antes de las diez) pero llego tan, tan cansada, que...
Las plantas no, no puedo regarlas a esas horas. Por las noches baja mucho la temperatura y regarlas sería condenarlas a muerte. Así que las mato de sed para no matarlas de frío. 

En mi dormitorio acumulo la ropa que me voy poniendo en el transcurso de la semana. Está sobre el taburete, sobre el piecero de la cama, sobre el baúl pequeño de madera. Algunas cosas terminan en el suelo. No tengo tiempo de nada. No soy capaz de sacar ese tiempo. 

Vivo en estado de cansancio permanente.
Mi trabajo es una mierda. Sin matices.
No me apetece hablar de eso.

Me miro al espejo y no me reconozco. No sé quién ésa que me mira desde ahí, desde cualquier espejo: el de mi cuarto de baño por las mañanas o por las noches, los de los aseos del edificio de oficinas donde trabajo, las lunas de los escaparates, la pantalla del portátil en las conexiones laborales por meet donde no puedo desconectar la cámara. 

En estos últimos meses he envejecido diez años. Me he convertido en una señora mayor. Gorda, renqueante, desgreñada, con la cara descolgada, con las uñas sin arreglar. Una mujer fea que me mira desde el espejo y a la que no reconozco. Una mujer gorda que se hace un ovillo en el sofá por las noches y que procura no quedarse dormida o despertarse enseguida para transladarse a la cama e intentar dormir y descansar algo, para no seguir acumulando cansancio, ojeras y bolsas, párpados hinchados...

Mi vida no va a hacia ninguna parte.

Al menos sé que él va estando mejor. Aunque también sepa que seguramente no volveré a verle, o que si le veo será por simple cortesía, saber que va mejorando me alegra mucho más de lo que él podría imaginarse nunca. 

Casi mediados de febrero. Se alargan los días solares.
Cuando no hay planes ni proyectos, hasta eso da lo mismo.

domingo, 5 de febrero de 2023

Febrero nunca me fue un mes fácil.

 Cuando las cosas no terminan de ir bien...pues no van. 

Estoy cansada. Duermo muy mal, con sueños extraños que me hacen dudar entre la realidad y la ficción. Con reacciones alérgicas durante el día (e imagino que por la noche), picores, erupciones cutáneas que vienen y van, dermografitis. Me levanto con los ojos hinchados, paso el día con sensación legañosa (aunque no tengo legañas, obviamente) y los ojos enrojecidos.
A ratos tengo frío en la cama y me arropo, pero en realidad tengo calor y me destapo, pero tengo frío y estoy sudando. 

No me encuentro ni me siento bien.

Tengo trabajo. Buen horario, sueldo aceptable (de supervivencia), lejos de casa pero más cerca que en los últimos años. Empresa en la que sé que es difícil entrar (creo que en otras ocasiones rechazaron mi candidatura). Leyeron mis respuestas a sus cuestionarios en la oferta de empleo. Abrieron mi CV. Me llamaron. Pasé las tres entrevistas. 
Pero...

Supongo que es fácil de resumir porqué no me encuentro bien allí: no quiero servir para engañar a la gente. Y eso, engañar a la gente, es a lo que en realidad se dedica la empresa.

Febrero nunca me fue un mes fácil. 
Imagino que éste no iba a ser una excepción.

miércoles, 6 de julio de 2022

Ya lo pensaré mañana.

 Creo que el agotamiento que he llegado a acumular (y que aún arrastro) está haciendo que todavía no me haya dado el esperable 'bajón' que me debía producir la pérdida del trabajo. 
Y sé que ese momento llegará. 
Aunque esto fuese totalmente insostenible, quedarse sin empleo nunca es una situación agradable. Al menos, para mí nunca lo ha sido. 
Quizá que haya fallado un proyecto (éste en que he estado casi dos años y medio) que me ilusionaba tanto, que creí que no fallaría nunca...me ha dejado en un estado mental y anímico raro. Llevo una semana en paro, pero de momento me siento como 'de vacaciones'. Bueno, técnicamente estoy así: de vacaciones legalmente.
No sé. Imagino que porque sigo cansada (y estresada), algo en mí me hace tener la actitud de Scarlett O'Hara: 'ya lo pensaré mañana'.

Lo único que sigo teniendo claro, que vuelvo a tener claro si en algún momento llegué a dudar de ello (que tampoco lo sé. O sí, o...) es que le quiero. Que le sigo queriendo. Y que también estos meses agotadores, este último año lleno de sinsentidos y algunas pérdidas irreparables le eché tremendamente de menos. Y que esa ausencia, más allá de cualquier explicación lógica que pudiese tener, contribuyó a mis malestares y a lo que, sé, fue la mayor depresión de mi vida.
Aunque no haya querido hablar mucho de ello. Aunque probablemente nunca hablaré.
O tal vez sí.

Ya pensaré en ello en otro momento.

domingo, 8 de agosto de 2021

Imposible comienzo de agosto.

 Imposible llegar a estar más cansada de lo que llegué a estar la semana pasada.
Imposible que todo, absolutamente todo lo que pueda salir mal, salga mal. Incluso peor.
Imposible llegar a tener algo más claro de lo que yo llegué a tener que no me gusta trabajar en casa (por imposición).
Imposible un comienzo de mes de agosto más insufrible que los primeros días del de este año.

Con estos antecedentes, supongo que el mes solo podrá ir a mejor.
O eso espero.

domingo, 18 de julio de 2021

Miedo laboral.

 Trabajo desde los 18 años (recién cumplidos). De forma continuada, con los breves y normales espacios de desempleo, siendo el más extenso el periodo entre finales de 2007 y comienzos de 2009. 
He tenido trabajos que me han gustado más que otros. Algunos en que empecé sin demasiadas perspectivas y que luego fueron una grata sorpresa y otros que empezaron rodeados de grandes planes y que en unos meses se desinflaron como un globo. Sitios donde me lo he pasado mejor que en otros, donde he aprendido cosas o las he enseñado. Con horarios criminales y sueldos de mera supervivencia.
Pero, hasta esta semana, creo que nunca había experimentado la sensación de tener miedo a ir al trabajo.
A un trabajo en el que empecé con muchas ganas, en que entré en un erte al mes de empezar (y ya con todo el país confinado y tras tener que pasar a teletrabajo a las dos semanas de firmar el contrato), en el que llegué a estar días trabajando completamente sola en una oficina enorme...y sin la menor desconfianza por parte de la empresa.
El viernes, y aunque trabajé desde casa (como todos los viernes, normas de la empresa) fue una pesadilla.
Mañana tengo que ir a la oficina. Y siento miedo.
Debería tomar una decisión, alguna decisión, al respecto.
Pero el miedo bloquea, lo sé. Y más aún cuando es injustificable, cuando no es por algo concreto, cuando no es miedo a haber hecho algo mal y ser, qué se yo, reprendida por ello.
Esto no tiene el menor sentido. Nadie debería tener que ir a trabajar con miedo.

sábado, 8 de febrero de 2020

He vuelto a soñar con mudanzas.

La otra mañana, al ir a mirar en mi móvil si tenía alguna novedad (correos, algún mensaje..., ver la temperatura) lo encontré apagado. Muchas noches lo dejo cargando, así que pensé que como se me había olvidado se había quedado sin batería. No obstante, tampoco recordaba que la tarde anterior estuviese bajo de batería...
Lo enchufé para que fuese cargando mientras hacía otras cosas: pasar por el baño, poner en la dolcegusto la cápsula de café... Suelo dejar que cargue un poco (es el cargador original del móvil y va bastante rápido) para encenderlo.
Pero no enciende.


Lo desconecto del cargador. Vuelvo a probar. No enciende.
Enchufo de nuevo y espero algún minuto más mientras me traigo a la mesa la jarra de café y una magdalena.
No enciende.
Empiezo a preocuparme: no estoy en condiciones de quedarme sin móvil. No ahora. No esa mañana, en que tenía una entrevista en el centro...y la dirección a la que ir comunicada mediante correo electrónico y sms (las dos cosas). 


Desconecto el cargador. Quito la carcasa de protección al móvil. Lo abro usando una horquilla como palanca. Le saco la batería. La vuelvo a poner. Cierro la tapa. Vuelvo a intentar encenderlo.
 Enciende.
Y la carga de la batería ronda el 70%.
Aún así, lo dejo cargando.
No sé qué pasó.


Anteayer, al poner la televisión con intención de ver una serie nocturna (la más longeva de la televisión patria), el canal donde se emite no tenía señal. A veces le pasa a mi televisor, supongo que es cosa de la antena. Suele volver enseguida, o a lo largo de las horas (lo que tarden en llamar a un experto, imagino). Me resulta curioso este jueves que el resto de las cadenas funcionasen con normalidad (bueno, menos las que nunca me molesté en programar). Veo la serie a través de la página web de la cadena en cuestión.


Ayer, como seguía sin volver, reprogramé el televisor desde cero. Para lo que, entre otras cosas, tuve hasta que recurrir al manual...porque ni me había molestado en mirarlo en los 4 o 5 años que debe tener el aparato: la tarde que lo compré le di a sintonizar canales...y hasta ahí. De hecho, creo que nunca he probado funciones como el teletexto. Los canales estaban donde el propio aparato decidió y, para buscar uno, tenía que ir pasándolos con el mando a distancia...
Puse el lenguaje en 'español' (porque el manual tampoco me aclaraba nada. No por culpa del propio manual, sino porque yo estoy muy, pero que muy espesita) y a partir de ahí apliqué lo de siempre con todos los aparatos: instinto.
En menos de 10 minutos tenía resintonizados los más de 80 canales (entre tv y radio) que localizó la antena de tdt. Y decidí ordenarlos: Tve en el 1 del mando, La Dos en el 2 del mando, Antena3 en el 3..., y etc....
Bueno: pues ni la Primera de tve, ni la Dos, ni el Canal 24horas (también de Televisión Española) estaban. Aún así, recoloqué el resto.


Mientras, el brócolí ya estaba no solo hervido sino casi frío en la cocina. Y eran más de las cuatro de la tarde.
Lo serví en un plato con un hilito de aceite de oliva extravirgen. Mientras me daba vueltas en la cabeza porqué faltarían esos 3 canales. Ya sé que estamos pendientes de lo que llaman 'la segunda revolución digital terrestre' (o sea, lo que acababa de hacer: resintonizar de nuevo la televisión, porque se van a 'borrar' los canales), pero no tenía noticias de que estuviese pasando ya en el municipio donde vivo. Busqué algo de información en internet: nada de nada.
Pensé que igual el sistema no había sido capaz de localizar esos dos canales (cuando lo puse a funcionar hace esos imprecisos 4 o 5 años, algunos no los localizó. Y me dio exactamente igual: veo muy poco la tele. Tan poco como para que me diese también exactamente igual que los canales estuviesen descolocados).


Volví a borrar los canales recién programados...y le di nuevamente a 'buscar'.

O sea: repetí el trabajo. Porque ni aparecieron las 3 cadenas 'perdidas' ni desaparecieron otras, pero tuve que volver a programarlas (ya que estaba, no era plan de dejarlas descolocadas de nuevo). 
Mi televisor no sintoniza las cadenas públicas. Con una salvedad, ahora que caígo: Teledeporte. Que tampoco la veía antes (fastidioso en asuntos como las competiciones ciclistas tipo Tour de Francia) pero sin la que me apañaba.
Así que, mientras no se resuelva solo o como sea, veré esas cadenas a través de su aplicación informática.

Ayer fui a dar la luz de la mesita auxiliar para cenar. Habitualmente, si tengo encendido el televisor y/o el portátil, no doy la luz. 
No encendía.
Desenchufé/enchufé la lamparita. No encendía.
Di la luz del techo (ésa que debo usar como una vez al trimestre...si acaso) para echar un vistazo a la lámpara. Desenchufé/enchufé de nuevo, sin éxito.
Aparentemente, tiene la bombilla fundida. Y no localicé otra  similar en la caja donde, supuestamente, guardo las bombillas (ésas que siempre estoy segura de tener...y que nunca aparecen cuando las necesito. Pero que dan señales de vida en cuanto me pongo a buscar otra cosa en el mueble-despensa donde guardo estas cosas y aparecen bajo un montón de estropajos perfectamente nuevos y en sus bolsas...que he acumulado porque cuando necesité un estropajo nuevo no tenía de reserva, compré...y cuando buscaba una bayeta aparecieron media docena de estropajos nuevos. Mi mueble-despensa funciona así).

No tengo bombillas de ese tipo. Así que cené a la luz de una botellita luminosa led, que no es sino una luz de posición.

No sé qué más se habrá estropeado o estará en ello.
Tengo que poner la lavadora y, francamente, me da miedo.

Y...
Estoy tomándome, desde el martes, una infusión relajante a última hora de la tarde. La compré el mismo martes, cuando fui al hípermercado casi a por eso...y alguna cosa más, sin importancia, y me volví con lo básico...que es lo que podía pagar con lo que llevaba en metálico (y menos mal que sí llevaba más en metálico de lo habitual). Había olvidado la cartera en casa, con las tarjetas. Por primera vez en mi vida.
No me asusté pensando que igual la había perdido...porque recordaba que por la mañana la saqué del bolso para usar la tarjeta sanitaria y pedir cita, casi urgente, en mi médica.

Volví a casa con la cajita de la infusión y algo tan imprescindible como un cargador de pilas recargables. Que no sé porqué consideré prioritario comprar...y que ahí sigue, dentro de su blíster. La cartera estaba en el sofá, entre cojines y mantitas.

A la doctora la convencí, el miércoles, para que me recetase unos lexatines. Que no quería recetarme porque no debo tomar ningún medicamento (y porque ya vi el año pasado que no es nada, pero que nada, partidaria de mandarme medicamentos. Que se me estaba cayendo la piel a trozos y tenía unos picores que me hacían llorar...y aun así tiró de vademecum para mandarme un antihistamínico...) y que conseguí que me mandase prometiéndole que era 'por tenerlos, que sabiéndolo seguro que estaré menos nerviosa'.
Es cierto: ahí está la caja, intacta. 

Esta semana todo está siendo muy raro.
También se me ha secado un cactus que hace una semana estaba perfectamente sano. 
He tenido dos entrevistas de trabajo perfectamente prescindibles.
Han florecido los almendros. También los urbanos. Y creo que las mimosas. 

Estoy gorda como una foca. Y creo que, además, hinchada.
Y tengo a finales de mes una inesperada prueba médica. Que seguramente es rutina, que no tiene porqué ser indicio de absolutamente nada, que es mejor hacerse este tipo de pruebas y quedarse tranquila (y si sale algo que no debiera estar ahí, poder tomar medidas cuanto antes), pero estoy asustada. Muy asustada.

Espero no tener que recurrir a los lexatines.
La infusión relajante está rica, sabe ligeramente a anís.

Y esta noche he dormido de un tirón, en el sofá, hasta las seis de la mañana. Y luego he pasado a la cama y han empezado esas pesadillas extrañas y recurrentes...
He vuelto a soñar con mudanzas. 
Espero que sí hayan florecido las mimosas. Y que eso confirme que todo puede volver a la rutinaria normalidad.

martes, 26 de noviembre de 2019

Todo tiene que mejorar. Todo va a salir bien.

Cuando hace cinco meses y medio dejé el sitio donde había trabajado los últimos cuatro años y pico, me dije que mi siguiente trabajo sería en algo que me ilusionase hacer.
Incluso lo comenté así en un par de entrevistas el mes pasado: busco involucrarme en un proyecto que me ilusione y me motive.


Y, en vez de eso, llevo tres semanas en el departamento de televenta de un callcenter de ésos donde los trabajadores no llegamos ni a ser números. Un tipo de empresa que hace años, cuando trabajé en la primera, definí como 'fábrica de hamburguesas en las que nosotros somos la carne para la picadora'. Pues eso mismo.
Es imposible ilusionarse e implicarse en empleos de este tipo. Y ya lo sabía. Y simplemente he conseguido reafirmarme en ello. 

No tenía prisa por incorporarme al mercado laboral. Sí ganas (la puñetera hiperactividad, que reaparece con fuerzas en cuanto se me pasa el cansancio y el hastío acumulados...y empieza a aparecer otro tipo de hastío) pero no la necesidad acuciante de otras ocasiones, en que si no encontraba algo a la mayor brevedad, en dos meses no tendría ni ahorros suficientes para pagar los gastos. Ahora no es así. No me puedo permitir dispendios, pero lo que que me correspondía cobrar 'de paro' al menos cubría los gastos básicos. Y durante meses suficientes para tomármelo con una cierta tranquilidad.
En cambio, estoy trabajando en algo que probablemente me aporte un sueldo incluso inferior a lo que estaba cobrando como desempleada. Absurdo, sé que es absurdo.
Por eso no me va a preocupar demasiado si antes de cumplir mi 'periodo de prueba' (un mes, que se cumplirá el día 07 de diciembre) deciden prescindir de mis servicios.
Me producirá la justa desazón, ese bajón anímico que siempre producen los despidos, la sensación pasajera de haber fracasado..., y poco más. 

Y es que pasar siete horas y pico al día (el resto, hasta completar las ocho, es la pausa de la comida, del café y dos o tres visitas rápidas al aseo) con unos cascos esperando que el sistema emita llamadas para ofrecer un producto pésimo a gente harta de que se les ofrezcan productos que no necesitan..., no es muy motivador, seamos realistas. Pasar siete horas rellenando dibujos con pinturas plastidecor sin salirme de los bordes negros, recitando lo mismo una y otra vez..., pues creo que no, que no es mi concepto soñado de 'proyecto que me ilusione'.

Intento sacar la parte positiva a todo. Y en este caso va a ser que he confirmado que no me gustan este tipo de trabajos. Y he recordado (con la práctica) porqué. Y que se me dé medianamente bien no me produce la suficiente satisfacción, la verdad.

Cuando a mediados del mes de octubre decidí no incorporarme a un empleo en que se me esperaba y cuyas condiciones económicas eran superiores a las que tengo en la actualidad, y no lo hice por un presentimiento raro (del que no creo haberme equivocado), me dije a mí misma que para terminar trabajando vendiendo seguros en un callcenter de un polígono a las afueras en turno de tarde...siempre tendría tiempo (y esa descripción era el resumen de qué podía ser lo peor que me podía terminar pasando). 
El tiempo era un año enterito de 'paro' remunerado por delante.

La realidad es que dos semanas después aceptaba algo que, salvo en el horario (que no es de tarde) cumple con todos los requisitos de 'lo peor que me puedo encontrar'.

Soy masoca. Es la única explicación.

La gente normal agota el paro. La gente normal no renegocia con el médico su incorporación al trabajo cuando está en una más que justificada baja laboral y, además, cobrando más que trabajando. La gente normal intenta aprovechar las cosas gratis, intenta lanzar balones fuera, escaquearse de las obligaciones, llegar tarde al trabajo si no le dicen nada, cogerse todas las pausas a la que tiene derecho. 
Y yo hago todo lo contrario.
Así me va en la vida. Así me ha ido. Y sé que ya no tiene remedio.

Pero espero encontrar un trabajo que me motive.
Porque cuando a una la despiden de un empleo donde tenía un contrato indefinido y una base de cotización aceptable (lo suficiente para que, si se queda en paro, cobre el máximo previsto para estos temas. Que tampoco es tan alto, pero que supera el sueldo mínimo interprofesional), donde llevaba más de cuatro años, donde (aunque no haya nadie imprescindible, evidentemente) era una pieza necesaria y útil para su empresa...o te agarras a algunas ideas y te inventas algún sueño...o decides agotar subsidios y ahorros antes de saltar por el balcón.

Todo tiene que mejorar. No sé cómo, pero tiene que hacerlo. Esto tiene que haber pasado por algo.
Recupero esa frase, la frase de hace casi seis meses: todo va a salir bien.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Coloreando mandalas en el reino de Morgana.

Se me había olvidado lo aburrida que era la televenta. El trabajo de televenta con automarcador.

Había olvidado lo aburrido que es. Lo alineante que es este tipo de trabajo. La sensación de 'qué hago aquí' que aparece (me aparece) a los pocos días. Sobre todo cuando en tu vida has hecho otras cosas, mucho más creativas, mucho más productivas también económicamente. Lo único positivo es el nulo esfuerzo intelectual. Porque para esto no hay que pensar: unos minutos antes del horario de comienzo oficial de tu horario laboral te conectas al aplicativo de automarcación, te pones los cascos-micrófono-teléfono, das a 'agente activo' a la hora en punto...y esperas que te vayan llegando las llamadas. El sistema marca por ti. Sólo tienes que codificarlas correctamente: 'no deja argumentar-no colabora', 'ya tiene otros seguros-tiene un producto similar con la competencia', 'ya es cliente' y alguna variante más dependiendo del producto. Y, si decide decirte que sí, leerle literalmente y sin el menor fallo (ni la menor aportación) un 'texto legal' y trasferirle a una locución (otro texto legal grabado) para que, al final, vuelva a repetirte que está de acuerdo y que va a comprar lo que le ofreces. Y pasar al siguiente en todos los casos.

La semana pasada ya me llevé los lápices de colores y hojas para colorear mandalas. Sí, esos dibujos de formas geométricas (también repetidas) que hace unos años consideraron que podían servir como terapia para adultos. Blocs de colorear sin salirse de las líneas, como cuando éramos pequeños en el parvulario o en las horas muertas en casa.
Coloreo mandalas a toda velocidad. Con lápices de colores 'plastidecor', que no hay que sacarles punta (es todo pintura). Al final les he encontrado utilidad a ese tipo de lápices de colores, que no sirven para dibujar otras cosas.
Y dejo pasar el tiempo, sin pensar en nada. 

Al menos, el lugar de trabajo (la 'plataforma de callcenter', que se llaman así este tipo de sitios de trabajo) está climatizada (sin chorros de aire helado o caliente), hay luz natural (si no está nublado y anochece pronto, como estos días), no hay moqueta (el suelo es de sintasol gris con alguna loseta naranja), la luz del techo no molesta excesivamente... Y el horario es bueno. Y el barrio me resulta de lo más familiar. 
Intento encontrar puntos favorables. Porque podía ser peor, siempre puede ser peor. 
Me lo estoy tomando como una especie de terapia, de transición hacia otro sitio. No sé cual, francamente.
Me lo estoy tomando como una forma de recordar cómo empecé en este sector. Como un reciclaje, después de haber hecho otras cosas al menos no tan repetitivas. Recordar los orígenes y recordar que se puede salir de estas ruedas. Que hay otras cosas (no necesariamente estupendas, pero otras).

Llevaba más de siete años sin trabajar como falsa teleoperadora (no sé porqué le llaman así, cuando no 'operamos', cuando es repetir y repetir y repetir lo que otros han malredactado para leerlo al teléfono y conseguir que alguien compre un producto infumable) con sistema de automarcación. 
Sé que no va a durar muchos días. Soy consciente de ello. 
Igual hay a quienes les alegra o les estimula o les hace feliz que les digan lo bien que hablan (a estas alturas alabanzas así me parecen patéticas: claro que hablo bien. Extraordinariamente bien si se me compara con la mayoría de quienes me lo dicen creyendo que esto me va a suponer un estímulo añadido). Que me digan que soy muy técnica, que me adapto a los interlocutores o que empleo un vocabulario muy rico. También me dicen que tengo una voz bonita (eso no es cierto y menos por teléfono y menos aún intentando 'convencer' a un cliente. Empleo a propósito un tono algo más agudo y una dicción, perfecta, eso sí, de locución de gran almacén..., pero no suena 'bonito'). Y me dan exactamente igual este tipo de halagos. Aunque los agradezco (finjo agradecerlos) igual que doy las gracias por cualquier comentario que me hagan los responsables o superiores, tanto de corrección como de felicitación. Sonrío y agradezco. Me despido con un 'hasta mañana' y un 'gracias por todo' cada día con mi mejor  sonrisa (fabricada para estos fines) y desconecto entre la visita al baño, el descenso en el ascensor de mecanismo hidráulico y la puerta giratoria del prefabricado y acristalado edificio de oficinas. Un edificio repetido en un parque empresarial de un polígono industrial a las afueras y frente a un barrio de fama marginal.

El mismo polígono donde he trabajado los últimos cuatro años y medio. El mismo polígono y en el mismo parque empresarial donde trasladaron las dependencias de televenta de la empresa donde trabajé hace 7 años, aquel traslado desde el centro de Madrid y que provocó el comienzo del fin de aquel proyecto.

Evidentemente, el mundo al final es muy pequeño. 
Y cíclico.
Y yo vuelvo a trabajar dando vueltas en la rueda del hámster, sin ir a ningún lado ni poder dejar de dar vueltas. Ocho horas al día de lunes a jueves, siete horas los viernes. Treinta y nueve horas a la semana. Convenio de telemárketing.

Había olvidado lo aburrido que es trabajar como televendedora con sistema de automarcación.
Y no puedo olvidar que se puede salir de esta rutina.
Y que tengo que hacerlo.
Y, para no pensar de más y hasta que sea capaz de ver la puerta correcta de salida, seguiré coloreando mandalas con plastidecores (sin salirme del trazo negro) en el arcoiris del reino de Morgana.

lunes, 7 de octubre de 2019

Siete de octubre.

Día raro.
Cuatro meses justos sin trabajar. 

Entrevista en algo que reúne las condiciones económicas (más o menos) que busco. E incluso que no está muy mal comunicado (aunque el emplazamiento sea horroroso).
He acudido a la entrevista con mucho tiempo, pero mucho. Y he conseguido perderme (yo, que tengo un sentido de la orientación tal que encontraría cualquier sitio en Madrid hasta con los ojos vendados). El bus me ha dejado a lo que calculaba diez minutos de paseo...y he conseguido tardar una hora. Y porque me han ido casi guiando por teléfono...que sino igual todavía estoy dando vueltas por el polígono.
No sé. Igual algo en mí no quería ir.

La entrevista, dos horas después de lo previsto y de otra hora de duración, también ha sido rara.
O igual la que se siente rara y lo ve todo así soy yo.

Me siento cansada y desanimada. 

Seguramente me citarán para la tercera entrevista (la primera, al parecer, fue la llamada en que me citaron tras recibir mi currículum un par de horas antes). Pero...simplemente que no me hayan llamado ya esta misma tarde (que era una posibilidad) o que no me hayan confirmado directamente en la propia entrevista que contaban conmigo...me ha ido desanimando en el transcurso de la tarde.
Y eso que digo que tampoco es algo que me entusiasme ni que me emocione. Y que, al tratarse de un trabajo cuya continuidad tras la contratación está basado en los buenos resultados comerciales, me consta que puede ser algo muy provisional. O sea, que no sería el trabajo de mi vida en ningún caso.

Me siento rara y cansada y desanimada.

Mañana a mediamañana tengo otra entrevista en el centro de Madrid. A través de una ett. Aquí no he sido yo quien ha contestado a la oferta: me han citado directamente tras localizar mi CV en su base de datos. Aunque ya sé qué son este tipo de cosas: a las seleccionadoras de personal también les pagan por organizar dinámicas de grupo y hay que rellenarlas. 

Éste está siendo el periodo de búsqueda de empleo más extraño que recuerdo. Y más solitario.

domingo, 9 de junio de 2019

Tantos junios de fin del mundo.

La noche del 08 al 09 de 2003 soñé que el mundo se acababa. Y que yo lo veía desde una colina sin poder hacer nada. Ni por el mundo, ni por el fin de éste ni por mí misma.
Fue de los sueños más realistas (y más surrealistas al mismo tiempo) que recuerdo haber tenido.

Dieciséis años más tarde no tengo un recuerdo nítido del argumento de aquel sueño, pero sí de la sensación que me dejó.

Aquel día 09 de junio, ya en el mundo real que siempre reaparece al despertar, lo que era entonces mi mundo empezó a desmoronarse. Y una parte importante, casi vital durante doce años, se desmoronó del todo en las siguientes semanas. Sin posibilidad de reparación, porque fue como una figura de sal que se cayera accidentalmente al mar, algo que se disolvió para siempre. Y que hoy en día es como si nunca hubiera existido.
No era la primera vez que mi vida daba un vuelco en esas fechas. No fue la única ni la última.

En mi vida hay fechas complicadas, que se repiten año tras año. El 2018 empecé ese 09 de junio en una cama de hospital y sin saber qué tenía ni si sobreviviría a ello. 
Años antes en fechas similares terminó mi relación contractual con la empresa y el trabajo que más me han marcado laboralmente hablando. También en estas fechas volví a la que yo llamo 'empresita naranja'. Y en las mismas, un año más tarde, se terminó todo para siempre.

Como digo: se me repiten las fechas.
Este año no iba a ser menos.

El viernes día 07 la que ha sido 'mi empresa', el lugar donde he trabajado durante más de cuatro años, me comunicó que había decidido prescindir de mis servicios de manera definitiva e innegociable.
Todavía no he reaccionado, lo reconozco. No sé hasta qué punto esto me va a marcar. No sé cómo va a ser de importante. No sé si esto ha sido simplemente un final o si va a ser el comienzo de algo.
No sé nada.
Ese mismo día 07 había quedado con él.
Afortunadamente. 

Pasó la noche conmigo. Desperté una docena de veces esa noche y estaba a mi lado. En algún momento, ya amanecido, volví a pensar en lo guapo que está dormido. 
Pasé horas durmiendo unos minutos, despierta el resto. Junto a su piel, con los ojos cerrados. Acariciándole durante horas, sabiendo en algunos momentos que estaba dormido, sabiéndole despierto a partir de un momento dado.
Sabiendo también, a partir de otro momento, que no me iba a tocar. Recordando que para eso tiene que haberse tomado tres cervezas y tiene que ser de noche. 

Por la mañana ya me he convertido en calabaza. 

No me iba a tocar pero estaba dejándome tocarle. Y me conformé con eso. Ya me conformo simplemente con eso.
Imagino que sigo anestesiada. Que mi mente decidió anestesiarse y anestesiarme en el momento en que supo qué me iban a decir en esa sala siniestra sin ventanas en la que me citaron. 

Y aunque a su lado me despierto de un modo que dista mucho del aturdimiento de la anestesia (porque todo mi cuerpo le desea: es algo tan, tan físico...) mi mente tiene claro quien soy, quien es, cual es la situación. Y le acaricio buscando su placer y sé que si quiero el mío tendré que procurármelo yo, porque no me va a tocar. Y lo entiendo y le entiendo.

No sé en qué momento voy a reaccionar esta vez ni de qué modo voy a hacerlo.

El viernes, mientras volvía a mi casa cargando en una bolsa mis pertenencias acumuladas en mi mesa de la oficina, me dí cuenta casi al llegar de que estaba llorando. Creo que me eché a llorar sin ser consciente de ello en el último tramo del recorrido. 
También me eché a llorar cuando él abandonó la cama y mi dormitorio. Cerré los ojos. Me quedé en la cama sin moverme. Y me eché a llorar.
En silencio.

No sé en qué momento de mi vida aprendí a llorar en silencio.

No sé porqué se repiten las fechas en mi vida.

No sé porqué el mundo insiste en empezar a desmoronarse a mi alrededor a principios del mes de junio, tantas veces, tantos junios...

miércoles, 15 de mayo de 2019

Último festivo.

Semana complicada en que lo único salvable ha sido el día festivo de hoy. No porque haya hecho nada excepcional, sino porque conllevaba no tener que ir a trabajar.
Mejor dicho: no tener que ir al sitio donde trabajo.

A mí trabajar no me ha molestado nunca. Es más, he sido una adicta al trabajo durante años, librando sólo los domingos, teniendo si acaso una semana de vacaciones en verano... Y no pasaba nada: me gustaba mi trabajo. Vivir para trabajar y trabajar para vivir era la misma cosa. 
Nada que ver con lo que hago ahora a cambio de una nómina más o menos fija y de cantidad de lo más variable.

Éste miércoles ha sido el último festivo del año, prácticamente hasta navidad. 

Hasta este empleo que tengo ahora..., o hasta este sector en el que trabajo desde hace años, nunca me preocupó cuando caían los festivos, si había o no un puente, si las navidades eran días entresemana o domingos.
Ahora lo miro y lo calculo con semanas de antelación. Que no voy a dedicar esos festivos a nada excepcional, que simplemente es para no ir al trabajo.

No estoy bien. 
No lo estoy físicamente y tampoco me encuentro bien mentalmente. Probablemente lo uno sea culpa de lo otro, pero no sé en qué orden. 

Dieciséis de mayo.
Y no quiero ir a trabajar. Y no puedo evitarlo.

martes, 26 de febrero de 2019

Cuatro letras.

Días complicados.
Quizá como corresponde a febrero. A mis febreros. Porque en mi vida los meses complicados han sido, siempre, febrero y noviembre.

No me voy a extender. De hecho, ni siquiera voy a hacer un resumen. Estoy cansada. Cuatro letras y a la cama.

Me hubiese gustado haber hablado un poquito con él. Quedé en llamarle. Más bien, fue él quien decidió que el mejor día para que pudiésemos hablar un poco era el martes. Hoy. 
No ha podido ser (sí he llamado, no ha atendido la llamada). Debería estar acostumbrada..., pero algunas veces siento que no lo estoy ni lo estaré nunca totalmente. Nunca terminaré de hacerme completamente a la idea de que ni le importo, ni le he importado nunca, ni soy ni he sido la única, ni lo seré, ni he sido un sólo instante la más importante entre todas las que (pocas o muchas) hemos estado en su vida al mismo tiempo. 
Supongo que da igual. También mi estado de ánimo.

Prometí cuatro letras. 
Tengo sueño. Estoy cansada. Creo que estoy permanentemente cansada y siempre tengo sueño.
Dos días para acabar febrero.
En el fondo, no ha sido sino un mes vacío más.

sábado, 12 de enero de 2019

Sueño raro.

Sueño raro.
Sueño que estoy en la casa donde me he criado (y donde sigue viviendo mi madre y a la que voy un par de veces por semana y sigo considerando mi casa, por otra parte). En el sueño es esa vivienda y la identifico como tal, pero si recuerdo el sueño veo que no, que sobran  y faltan cosas. 

La luz es rara. Demasiado luminoso todo. No sé qué estación del año o que horas del día son en el sueño, pero la luz es muy blanca y, a la vez, muy amarilla. Se parece a la luz de algunos amaneceres de finales de enero, ahora que lo pienso...

Tengo un bebé. Hasta creo que nace, sin demasiada dificultad, en el transcurso del sueño y que lo traigo al mundo en mi cama. Que a ratos está en el sitio donde se encuentra en el momento actual, a ratos en el dormitorio donde estuvo más de 20 años y a ratos es, incluso, la cama que tuve hasta la adolescencia (una de poliester, grande y de aristas marcadas. La que hoy es mi cama en esa vivienda es de madera maciza y formas redondeadas). Tengo un bebé que en mi sueño está tan envuelto en ropa que solo se le ve la cara. 

Mi pareja se va a vivir fuera, a Londres. Mi pareja en el sueño creo que no tiene nada que ver con el bebé (es como si en el mismo sueño se combinasen varias historias, sin nexo entre ellas. O sin más nexo que mi presencia). Tampoco tengo claro si quien en el sueño reconozco como 'pareja' es la persona con quien, en la realidad, estaría dispuesta a pasar el resto de mi vida  y de quien, si no estoy enamorada, siento algo que se  le puede parecer bastante. En mi sueño, la que es mi pareja me comunica que se tiene que ir a Londres (¿a trabajar? ¿a terminar unos estudios?. No lo recuerdo. O, mejor dicho, recuerdo ambas como razones). El problema es que si se va, no sabré nada más de él. Porque en mi sueño las comunicaciones con la gente son..., digamos que como eran en los 80. No existía internet, las llamadas telefónicas se hacían desde teléfonos fijos y sólo en caso necesario. Y existía eso llamado 'amores de verano'...que recibían ese nombre porque terminaba la relación y el contacto en cuanto terminaba el verano y cada cual volvía a su domicilio habitual. Pues en mi sueño era algo así. Salvo que nos escribiéramos, no sabríamos nada del otro en ese tiempo (¿semanas? ¿meses?) en que él estaría fuera.

Tengo que alimentar al bebé. Que a esas alturas no tengo claro si es un niño o un gato. Lo manejo con soltura porque pesa poco. Sigue envuelto de tal modo que sólo se le ve la cara. Le hago poco caso: digamos que sigo con mi vida y mis quehaceres y me asomo a verle como quien se asoma a ver si el canario sigue dando saltitos en su jaula. Pero le tengo que dar de comer. Lo intento con el método tradicional para alimentar recién nacidos: amamantándolo. Pero no quiere (en ese punto es cuando creo que me doy cuenta de que no es un niño humano, sino un gatito. Ambas opciones me parecen normales). Dejo por imposible el tema de darle de mamar (porque no quiere) y empiezo a valorar otras opciones, aunque no recuerdo cuales. Es más, creo que dejo al bebé en su cuna y sigo con mi vida. Tengo claro que debe comer y otras cosas, pero también que hay otros temas  y tengo otras obligaciones. Ya digo: tengo un bebé, pero es como tener un pez escalar en la pecera.

Si quiero mantener el contacto con mi pareja (el que se va a Londres) deberé escribirle. Es la única vía existente de posible contacto. Nos tendremos que escribir.
Pero yo sé que no va a contestarme. Y entonces tampoco tengo claro si debo o no escribirle yo. Si, simplemente, debo esperar a que regrese...y ya veremos.

Hay otras cosas. Calles que hoy son peatonales y en mi sueño siguen abiertas al tráfico. Ver desde la calle la terraza de mi casa como si estuviese en una primera o segunda planta, cuando está en una octava (y, además, no exista ninguna opción de verla desde otro edificio, por la situación geográfica pura y dura). 
Hay mucha luz. Y yo tengo una creciente sensación de fiebre... 

No sé en qué momento me despierto. Sí que paso varias horas entre sueños, diciéndome que debería levantarme al baño y recordándome que no tengo prisa, hoy no, porque es sábado.


La semana ha sido tremenda. Intento desdramatizar y quitarle importancia. Entre otras cosas, porque tal y como salgo por la puerta del lugar en que trabajo, y ese momento son las cuatro de la tarde en el caso de los viernes, desconecto. Pero la semana ha sido terrorífica. En líneas generales y con detalles particulares. Con ataque de ansiedad y todo.

Normal que acumule sensaciones como para terminar teniendo sueños así de raros.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Objetivo en una guerra inesperada.

Hay cosas que no cura el tiempo.
O, más concretamente, el tiempo, el paso del tiempo y la edad y la experiencia, no sirven para hacer callo y que algunas cosas no afecten. Vuelve a darse la situación y vuelve a doler igual. Al menos a mí me pasa eso.

Me hace daño igual que alguien en quien confiaba, que me había dado motivos y señales para poder hacerlo, de pronto actúe como un enemigo. Sobre todo cuando tengo claro (y esa persona tampoco me diga lo contrario) que no he hecho nada para que la situación sea ésa, que no es una reacción hacia algo. Que su ataque no es una defensa: es un ataque sin más. 

Y eso es lo que duele. Las guerras en las que se participa conscientemente no, porque una se mete en batalla con armadura y espada y se esperan las heridas. Pero cuando no sabes qué ha pasado y te encuentras en el centro de un bombardeo, y, es más, de pronto ves que el objetivo eres tú y quien lanza las granadas es alguien a quien siempre hubieses creído en el mismo batallón que el tuyo, a quien nunca hubieses imaginado de otra forma que bajando los brazos y no alzándolos para otra cosa que para enarbolar tu misma bandera blanca....pues duele.

Nunca entenderé esas estrategias de que todo valga. Nunca, cuando además el asunto se trata de intentar defender un puesto de trabajo de mierda en una empresa a la que siempre has demostrado un desprecio tan absoluto, incluso superior a la indiferencia que a mí me causa esta misma empresa. Un  puesto que ni siquiera está realmente en peligro. 

No lo entiendo. No lo he entendido nunca y creo que a estas alturas no tendré vida por delante como para poder llegar a entenderlo.
Me duelen esas actitudes. 
Me duelen los ataques cuando proceden de alguien hacia quien no voy a hacer nada para defenderme. Porque para mí no es un enemigo. Porque es alguien a quien aprecio.
Y porque no voy a ser capaz, lo sé, de verlo ahora en el bando contrario. En un bando que no sé porqué han creado para participar en una guerra que, para mí, ni siquiera existe.
Y sé que no voy a contratacar. En parte, porque sé que si lo hago, puedo hacer mucho más daño del que nadie podría esperarse. Y no quiero. Sigo apreciando a quien de pronto ha decidido ser enemigo y no voy a hacer nada, no voy sino a ponerme más agua con sal en las heridas, para que curen aunque eso deje una segura cicatriz. De ésas que sirven para que no olvide que existió la herida.

Otra semana de mierda, por tanto.

Menos mal que se acabó el peligroso noviembre.
Menos mal que, al menos, el final del proceso médico de quien de veras me importa por encima de toda esa miseria laboral parece ir tan bien como era esperable. Y aunque me hubiese gustado (lo necesitaba) hablar con él y no ha podido ser, saber que está bien me tranquiliza.
Aunque hoy sea domingo, sepa que mañana todo volverá a ser igual aunque sea diciembre y haya amanecido con una niebla rara y cerrada.

domingo, 11 de noviembre de 2018

No quiero ir.

Domingo por la mañana.
No quiero que llegue el lunes. Y no porque hoy vaya a hacer nada extraordinario y no quiera que el día se acabe, sino porque no quiero que llegue mañana y tener que volver al trabajo que hago.

El mismo sentimiento tenía ayer, y anteayer que fue festivo y no trabajé. Y el jueves sólo quería que dieran las seis de la tarde e irme. Y el lunes pasado mi única ilusión era que el viernes era festivo y no tendría que ir a trabajar. Y la semana anterior mi única felicidad eran los dos días no laborables: el jueves que fue festivo nacional y el viernes que lo había cogido libre a cuenta de las vacaciones pendientes. 

Nunca me había pasado esto. Nunca había sentido un rechazo tan radical hacia el sitio donde el hecho de pasar nueve horas al día, cuarenta y tres horas a la semana, era el motivo por el que a finales de mes cobraba una nómina indispensable para seguir viviendo (entiéndase por pagar el alquiler, la conexión a internet que me permite comunicarme en este momento con quien ahora lea esto, el teléfono fijo mediante al que intento contactar con él al menos una vez por semana y que me indica a qué hora he llegado a casa porque levantarlo de su soporte y mirar la hora y posibles llamadas perdidas es casi lo primero que hago al llegar, el teléfono móvil que empleo como reloj para saber si voy bien de hora en mi gymkana diaria para llegar a ese trabajo que rechazo... Y comprar alimentos que sólo me sirven para volver a engordar. O a hincharme, porque lo que perdí este pasado final de primavera/comienzo de verano fue volumen más que peso. Vivir, seguir viviendo y necesitar dinero para ello, para mí es simplemente esto).

Mañana es lunes y no quiero volver al trabajo. Y no sé qué inventarme para no ir. Porque no valgo para mentir.
Parte de mi trabajo, desde hace más de nueve años, consiste en mentir contínuamente por teléfono. En mi actual trabajo, intento que esas mentiras sean las mínimas posibles. Así me ha ido bien todo este tiempo...., pero sé que a otras les ha ido infinitamente mejor que a mí mintiendo contínuamente. Y..., no sé. Porque aunque sí sepa que puedo mentir mejor que nadie (soy una magnífica actriz: esto también lo sé) no quiero hacerlo. Principios éticos, se llama.

Me angustia estar encerrada allí, con luz artificial todo el día, sin ventilación, con una pared blanca enfrente al otro lado de la pantalla del equipo informático. Escuchando sandeces casi a piñón fijo. Sabiendo que si paro dos minutos para intentar intercambiar alguna idea con las pocas personas medianamente inteligentes que me rodean y a las que estoy escuchando hablar de otras cosas más interesantes que lo que yo soporto, me van a regañar como si estuviésemos en el colegio (donde no me regañaron por hablar desde los 6 años, edad en que me planté y me enfrenté con la profesora y hasta con el director... que debieron flipar al escuchar a una pelirroja de metro y poco decirles que no la tomasen por tonta, que ella de tonta no tenía un pelo. Literal. Años 70, egb, colegio semiprivado). No quiero ir a un sitio que no me aporta nada, a estas alturas del año y debido a mi baja médica y otros despropósitos, ni siquiera una satisfacción económica al ver el resultado de mi nómina. 

No quiero ir, y no sé cómo hacerlo. Porque, como digo, no valgo para inventarme una enfermedad (aparte, con mis antecedentes recientes, igual esa hipotética invención volvía a conllevar exámenes y pruebas hospitalarios..., y no, no quiero volver a pasar por eso). Y sé que si describo mis sensaciones y  síntomas, no tendría que inventar nada: me siento muy, muy cansada. Estoy hinchada. Me duele la cabeza (en algunos momentos, de modo insoportable). A ratos tengo muchas ganas de llorar (no lo hago. No puedo llorar en público. Y cuando salgo de allí se me pasan).A ratos también me duele el estómago, igual es el hígado, que está al lado.... No tendría que inventar síntomas, pero tampoco valgo para pedir cita médica y contar todo esto...y confiar que se tradujera en unos día de baja médica....

Hoy sólo sé que es domingo, que mañana me espera una semana completa, de cinco días, de trabajo. Un trabajo absurdo e inútil que aborrezco y que me hace sentirme mal. Y que no puedo esquivar. 
No quiero ir y no puedo evitarlo.

Y hoy es once del once, y quiero vcrle, quiero estar con él. Y no puedo hacerlo.