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viernes, 12 de junio de 2026

Doce de junio de 2026.

 Intento mantener el propósito de recuperar el hábito de escribir. Incluso si no tengo nada interesante que contar.
El calor me aplatana. No he hecho prácticamente nada en todo el día. 

Esta mañana, antes de las diez, he regado las plantas de la terraza. La verdad es que mi idea era regar las que necesita agua a diario (y porque he recordado que ayer no las regué...o no estaba segura de haberlo hecho). Al final, más de 20 litros de agua: he regado todas. 
Luego he quitado del tendedero las dos mantas que dejé anoche terminando de secarse y las he puesto en su sitio: una, sobre un brazo del sofá; la otra, sobre un montón de abrigos en la habitación donde acumulo cada vez más trastos.

Con todo esto me han dado más de las once. Por tanto, desayuno muy tarde mientras trasteo en internet con la radio de fondo.

Friego los platos y demás cacharros de ayer (incluso de anteayer, que estaba todo a remojo). Son cerca de las dos y decido preparar algo que me guste para comer (algo que ya me planteé preparar ayer para comer hoy, pero no hice). Lavo y pelo unas zanahorias mustias que reanima el agua y hago rodajas finas. Pico un trozo generoso de cebolla. Rehogo dos muslos pequeños de pollo. Sofrío las hortalizas, caramelizando ligeramente la cebolla, un poco de perejil liofilizado y termino cociendo todo en un generoso chorro de vino blanco semiseco. Cuando ha reducido, una cucharada de maizena y otra de harina disueltas en un vaso de agua empiezan a crear la salsa. Añado una cucharadita de pimentón de la Vera disuelta en medio vaso de agua, medio cubito de avecrem de pollo, una hoja de laurel, un poco de colorante con azafrán. Un poco más de sal (la comida siempre me queda sosa, intento corregirlo) y los muslitos a cocer en la salsa. 

Son más de las tres. No tengo hambre. 
Picoteo unos cacahuetes tostados mientras respondo unos whatsapp.
El pollo en salsa tiene buen aspecto y huele muy bien. Apago la cacerola. 
Sigo sin hambre. 

Serán más de las cinco cuando recuerdo que no he comido y debo tener hambre. Lo soluciono con media tarrina de queso fresco y un poco de membrillo (demasiado líquido para mi gusto). No sé si a continuación o ya sobre las ocho, un plátano pequeño y una medianoche de jamón serrano. Comer por comer algo, pero sin hambre alguna.

Me duele la cabeza, me ha dolido todo el día: el calor. 
Me empieza a doler el estómago: preparo una infusión de té con jengibre.

Hablo un rato por teléfono. En el reloj son las diez de la noche, en el cielo es aún de día, en la terraza empieza a soplan una ligera brisa que no aseguro que sea fresca.
Hacia Poniente se distinguen Venus y Júpiter, plenos de brillo. Pasa un dron. Últimamente pasan muchos...

Doce de la noche. Pongo en un táper el pollo en salsa y lo meto a la nevera. Me sirvo un poco de taboulé de supermercado.
Me tomo la infusión de té con jengibre, que ya está frío. 

No he hecho nada de provecho en todo el día...

Mañana, sábado día trece de junio. Sin perspectivas. Sin resolver el caos de mi entorno.
Sin planes.
Para qué.

jueves, 7 de agosto de 2025

Ese músculo que dicen que no duele

 Supongo que es algo que tiene nombre, aunque yo no quiera encontrárselo.

sábado, 15 de marzo de 2025

Falta de tiempo para vivir.

 Trabajar los sábados me descoloca el día.

Y me parece absurdo ese desconcierto: durante muchos años trabajé todos los sábados. Y durante gran parte de esos muchos años trabajé los sábados completos y con jornada partida…
Pero ya había perdido la costumbre.

También me parece absurdo el descoloque cuando simplemente son cuatro horas por la mañana y teletrabajando. Y que será solo un sábado al mes.
Pero lo comprobé el mes pasado (primer mes en que tenía que trabajar un sábado) y lo he vuelto a comprobar hoy.

Aunque sé que esta sensación rara, de desconcierto, no solo es por haber trabajado por la mañana. La semana ha sido complicada. Cada vez más descontrol en las comidas. Quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama cuando apenas quedan ya dos horas para tener que levantarme. Trayectos que se me hacen larguísimos para ir y volver al trabajo.
Falta de tiempo para todo.
Falta de tiempo para vivir.

Lo de menos ha sido tener que teletrabajar hoy sábado por la mañana.
El auténtico problema es este pasar incesante de días completamente vacíos, estos días que solo son fechas en el calendario. Que me pasan por encima.

Que no significan (ni significarán cuando mire hacia atrás, desde el presente que hoy son días futuros) absolutamente nada para mí.

domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.

martes, 24 de diciembre de 2024

Fun, fun, fun.

 Veinticuatro de diciembre, fun, fun, fun…

martes, 18 de junio de 2024

Tras componer el puzzle.

 En teoría iba a estar dos o tres días en Madrid y aprovecharía para, entre otras cosas, quedar conmigo y, al menos, que nos tomásemos un café. O dos o media docena. 

Eso me lo contó hace meses. Una de las rarísimas veces en que hablamos, imagino que un sábado o un domingo a mediodía. Vendría en mayo para varias revisiones o pruebas o lo que fuese que tocara. Creo que incluso me lo debió contar todas las veces, pocas, en que hablamos. Y creo que me lo dijo siempre porque en una de esas ocasiones hasta me dijo que podía dedicarme un día entero (¡¡¡24 horas!!!). No sé. Imagino que me lo creí. Sí recuerdo que llegaba el metro, que era domingo a mediodía y que yo estaba en Leganés. 

Siempre me lo creía. Siempre le creía. 

Le creí cada vez que me dijo que la semana siguiente, o la siguiente a la siguiente, tenía que venir a Madrid a algún tema (normalmente médico) y aprovecharía, aprovecharíamos, para quedar y vernos un rato. 

Empezó a decírmelo a finales de agosto. La última vez que nos vimos. Que igual la semana siguiente no, pero sí dentro de quince días. Tenía que volver y quedaríamos. Ya me avisaría. 

Y me lo dijo en septiembre. Y en octubre, cuando de hecho yo tenía planificado empezar a trabajar cerca de donde él vivió de crío y hasta días antes quedamos en que nos veríamos, que me avisaría para quedar a la salida de mi trabajo y así se daba una vuelta por el que fue su barrio...

No empecé aquel trabajo. Pero aunque lo hubiese empezado, él aquel lunes no vino a Madrid. Y tampoco me llamó para decirme ni eso ni lo opuesto.

Y siguió, las pocas veces en que me respondía a los whatsapp mientras aún vivía oficialmente en Madrid pero apenas estaba aquí, proyectando 'tomarnos un café tal día', sin que ese día ni ese café llegasen nunca. Aunque, por descontado, sé que sí venía a aquellas revisiones médicas. Y seguramente no era cierto lo que luego diría de 'es que llegamos y volvimos en el día. Es que nos daba tiempo a comer ya en casa'. Simplemente yo no era parte del plan.

Yo siempre fui la alternativa a cuando el plan le fallaba. 

Cuando cancelaba, siempre a última hora, un encuentro conmigo no era porque le hubiese surgido un impedimento inesperado, sino porque el plan inicial para el que yo era 'el plan B', al final se había concretado. 

Y yo no era capaz de darme cuenta.

No me estaba dando cuenta de nada. Precisamente por lo evidente que era todo.

Mañana estará en Madrid. 
Pero volverá a mediodía a su casa de Segovia. 
La versión oficial es ésa.
 

En el fondo no me la creo, pero tampoco me voy a cuestionar nada.

He estado hablando con él...¿una hora, hora y media? No puedo asegurarlo. 
Sin planes. 

Y..., y es imposible que me pueda doler más. Que todo me pueda doler más de lo me está doliendo ahora. Que me pueda faltar el aire de este modo y pese a eso conseguir respirar. 

Sé que no voy a volver a verle. Es algo que está ahí. Que, en el fondo, sé desde el verano pasado aunque cada vez que me ha dicho que quedaríamos para vernos me lo he creído. 

Y no puede doler más. 

Catorce años. Catorce años de mi vida para no conseguir nada, para no tener nada. Para solo haber dado, catorce años a base de cancelar disfrazándolo de aplazamiento. 

Sé que debería bloquear su teléfono en mi móvil. No volver a hablar con él (hoy me ha llamado porque ayer le llamé yo y vio mi 'llamada perdida'. La última vez que hablamos fue el 12 de mayo). Sé que no tiene el menor interés en mí. Que no lo tuvo nunca o dejó de tenerlo hace mucho.

Que no te quieran duele muchísimo. No hay nada que duela más. 

Que, además, te hayan estado engañando durante años y darte cuenta de que no has querido reconocer lo que en el fondo estabas viendo es demoledor. 

Y componer el puzzle (lo compuse hace meses. Tenía todas las piezas sobre la mesa y me negaba a creer que la imagen que saldría de juntarlas era lo que estaba viendo) y confirmar que la verdad era, sí, ésa... No sé. 

No hay nada más doloroso que esto. 
No hay humillación íntima peor que saber lo que ha estado pasando. 

Y que ni siquiera soy capaz de echarle la culpa (no, no me lo ha contado. Pero es que no hace falta. Ya no hace falta ponerle nombre) porque sigo queriéndole. Y la culpa la he tenido, la tengo, yo. 

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

domingo, 22 de octubre de 2023

Tengo trabajo. Y ya está.

 Trabajando. Desde hace dos semanas.
Sin excesivas expectativas. Es simplemente trabajo

No estoy a disgusto, me tratan bien. El trabajo en sí es monótono, pero no agotador. Es de los de 'mínimo esfuerzo'. Llamar por teléfono, hablar con quienes te atiendan la llamada, cualificar y tipificar correctamente, enviar whatsapp y correos..., poco más. El horario es muy cómodo en cuanto a horario de entrada y sería muy cómodo en general si no se tratase de turno partido y me encontrase con una hora a mediodía sin tener nada que hacer. Preferiría tener solo media hora para comer y salir media hora antes...pero esto es lo que hay.

Las comunicaciones para ir no están mal, lo que pasa es que vivo lejos (o lejos al menos del sitio donde está la oficina) y eso hace que tenga que destinar la hora y pico de rigor en cada trayecto, con los consiguientes trasbordos y demás. Y si a eso le sumamos los cortes de líneas de metro, las lluvias donde se inundan estaciones y similares incidencias...me puedo encontrar con salir del trabajo a las siete de la tarde y llegar a mi casa casi a las nueve de la noche.

Pero...en fin: como he dicho es lo que hay y punto. Y que dure.

Tengo un 'periodo de prueba' de cuatro meses. Un plan de comisiones que en menos de dos semanas me ha quedado claro que son inalcanzables (y aunque no lo fuesen, son muy bajas. Así que tampoco importa demasiado no cobrarlas). Todos los días tengo el mismo horario, los viernes teletrabajo. La empresa nos da café (el que queramos o podamos tomar, si es que no se han terminado las cápsulas), tenemos acceso a una especie de jardín privado al que podemos salir cuando nos apetezca (en este caso simplemente hay que aplicar el sentido común...y ya que a mediodía paramos una hora, el resto de los descansos serán de cinco o diez minutos dos o tres veces a lo largo de la jornada), la luz natural no sobra pero tampoco es un zulo, tenemos mamparas divisorias entre los puestos de teleoperador, pero no son muy severas..., todo es en general como muy relativo.

No sé lo que durará esto. No es el empleo soñado de mi vida, pero tras la pesadilla que fue el primer semestre laboral de este año casi me sirve cualquier cosa. 

En realidad..., en realidad es que cada vez me importa menos todo. Sigo viviendo en una especie de cuerda floja, en un precario equilibrio del que en cualquier momento voy a despeñarme sin remedio. Siendo consciente de que no hay futuro. O, peor, de que el futuro que me espera no es halagüeño. Que en el mejor de los casos tendré la inmensa suerte de renovar el contrato de alquiler el próximo verano (otros cinco años) y que enlazaré contratos laborales en empleos de supervivencia hasta alcanzar la jubilación.

Y no hay nada más. 
No hay proyectos. No hay futuro más allá de esta realidad tan evidente. 

Tengo trabajo. Sin ilusión, con cansancio permanente dentro de los huesos, sabiendo actuar para que no se me note cómo estoy en realidad. 
Y..., en fin: esto es lo que hay.

jueves, 3 de agosto de 2023

Vida intranscendente.

 Mañana toca cita en el SEPE, que durante muchos años y hasta hace relativamente poco se llamó INEM y que sigue siendo la forma en que nos solemos referir a este servicio. Ir al INEM a renovar el tema del cobro de prestaciones por desempleo.
La verdad es que me quedaron como seis semanas 'pendientes' cuando volví al trabajo en enero. O sea: lo justo para encontrar un trabajo en lo que queda de mes y empezar en septiembre. Y hacerlo durar...porque si no tengo un problema. O uno más.

Aunque voy cuadrando cosas y cerrando temas pendientes, estoy muy inquieta. Quiero culpar al calor, a la luna llena...pero no es solo eso. Es esa calma chicha que precede a la tormenta, esa sensación que ya conozco desde hace muchos años y que nunca me ha engañado.
No sé. La verdad es que lo que tenga que ser será y lo que tenga que pasar...pasará y lo pasaré.

Cansada e inquieta.

A veces me pongo a hacer alguna de esas cosas domésticas y casi rutinarias que he ido aplazando por falta de tiempo (o más bien de ganas, que tiempo tuve el año pasado en el medio año que no trabajé, o durante los tres meses de confinamiento hace tres años). Hoy ha tocado empezar a instalar un estante auxiliar para el baño (lo compré en abril, si no recuerdo mal, y no había hecho nada al respecto). He pegado uno de los soportes, mañana pegaré el otro e imagino que entre el sábado y el lunes lo dejaré ya colocado dentro de la bañera, que es donde lo necesito. También he hecho limpieza de botiquín. Que no se limita al botiquín propiamente dicho, uno metálico que tengo en el baño, sino a ir mirando qué restos de medicamentos tengo por la casa y tirarlos. Es curioso. Como soy una persona que no toma apenas nada (algún paracetamol) cuando he tenido que comprar alguna cosa (un antigripal, por ejemplo) siempre han quedado restos. He encontrado cajas con alguna pastilla dentro que llevaban caducadas más de diez años. Un frasquito de mercromina, de la roja, seca. Nolotiles y lexatines sin caja y sin fecha en el blister. Una caja entera y hasta precintada de Gelocatil, que entiendo que compré en plena pandemia 'por si acaso'. Un frasco de Oraldine turbio. Pomada para las quemaduras. Cosas así, algunas incluso procedentes de la oficina...que cerramos hace dieciocho años (el botiquín metálico era el de la oficina). He llenado una bolsa de plástico mediana y la llevaré a la farmacia, al punto Sicre donde se recogen los medicamentos desechados, para que gestionen debidamente su destrucción. 

Estante de baño y medicamentos caducados. Ésas han sido mis tareas de hoy. Además de quitarme la pintura de las uñas y limármelas para dejarlas cortitas, lavar a mano algunas prendas, quitar a la planta de juncos rizados una buena cantidad de ellos, secos (ya veremos si la planta sobrevive: tres días de calor sofocante sin regarla...)

No me cunde el tiempo. Aunque a estas alturas y tras mes y medio sin trabajar imagino que ya estoy 'descansada', sigo con esa sensación de angustia...

Mañana, SEPE y algo de compra. Igual plancha si el clima refresca, que tengo pendiente dar un repaso a varias prendas. Igual volver a lavar la funda del sofá...

Tareas intranscendentes para una vida que es exactamente eso, totalmente intranscendente. 

jueves, 27 de julio de 2023

Veintisiete de julio. Sin esperar milagros.

 Días raros.

Hace muchísimo calor. Bueno, como todos los meses de julio en Madrid, por otra parte: no es ninguna novedad. 

Llevo unos días muy movidos. De ésos en que tampoco sé si he hecho o no algo de auténtico provecho, pero en los que no he parado. O sí, porque también me paso largos ratos sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada. Si hago caso al 'medidor de pasos' de mi móvil esta semana he caminado muchísimo: siete kilómetros el domingo, ocho el lunes, siete el martes... Ayer sólo tres. Y hoy no debe registrar ni un solo paso porque no he salido de casa y solo identifica los pasos en que lleve el móvil encima, lógicamente. 

Antes de las siete de la mañana ya estoy despierta. Intento quedarme en la cama hasta más de las ocho y media, no levantándome a poder ser ni para ir al baño. Así que por las noches a la una y pico me suelo quedar dormida en el sofá. En definitiva: tengo los mismos horarios que cuando estoy trabajando. 

Esta mañana he hecho un ensayo de 'pedir hora para renovar el cobro del paro'. O sea, sobre las nueve de la mañana he hecho varias llamadas al teléfono donde se supone que te asignan (mediante sistema automático) las citas. Como me las ofrecían para los días uno y dos de agosto (y no estoy segura de si el dos sigo oficialmente de vacaciones o si no), no he seguido con el proceso de aceptación. He echado cuentas y, si son quince días hábiles para poder solicitarlo desde que se terminan las vacaciones, tendría más o menos hasta el día veinte de agosto. No obstante, mi idea es conseguir cita para antes del día diez.

Descarto el día ocho porque tengo 'el acto de conciliación' con la empresa que me ha despedido sin indemnización. Que por otra parte me hizo llegar un correo con la propuesta de llegar a un acuerdo privado 'porque les viene mal acudir al acto de conciliación en agosto'. Como no me ofrecían nada que no me correspondiera legalmente, les he respondido que 'mejor hacemos la conciliación en el SMAC'. El SMAC es el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación', dependiente del Ministerio de Justicia. A ellos les irá mal tener que quedarse (quien sea) para acudir a la conciliación, pero a mí también me iba mal que me despidieran estando de baja y lo han hecho.

Ya veremos en qué termina esto. Si no comparecen, presento demanda y ahí ya sí que reclamo que mi despido sea nulo. Y que sea lo que tenga que ser y tarden lo que tengan que tardar.

Antes de esas fechas (solicitar el paro, ir a la conciliación) tengo que ir a que mi doctora me dé el alta. Porque también es el día ocho cuando tenía la cita para renovar baja/solicitar alta. Y, obviamente, no puedo estar en dos sitios a la vez. Aparte que igual es más complejo lo de solicitar el paro estando de baja médica, no sé bien cómo van esas cosas y tampoco voy a complicarme la vida. Pensé ir el pasado martes (tenía una entrevista de trabajo en el centro a primera hora de la mañana, podía haber pasado directamente y sin necesidad de cita una vez terminada la entrevista) pero como tampoco es algo que corra una prisa excesiva...pues eso, que lo dejé estar. Probablemente sí vaya el martes de esta semana, para que me vayan cuadrando las piezas de este puzzle raro en que se ha convertido mi verano.

Hoy estoy especialmente cansada. He llegado a tumbarme en el sofá tras comer (comer algo y mal, por cierto) y creo que he llegado a quedarme medio dormida algún minuto. La verdad es que tengo más o menos asumido lo de vivir en estado de perpetuo cansancio. Procuro beber mucha agua y me tomo cada mañana mi pastillita de ácido fólico y mi otra pastillita de biotina. La primera, recetada por mi doctora; la segunda, por mi cuenta. Y los sábados añado una cápsula de vitamina D, también recetada y que no sé si me sienta bien, la verdad...

Se supone que mi cansancio también era imputable a esas carencias vitamínicas, pero veo que no noto mejoría. Por tanto, me reafirmo en la idea de que principalmente es algo psicológico. Ese algo que no me atrevo a llamar 'depresión' pero cuyos síntomas se asemejan mucho.

La entrevista del martes, bien. En realidad, creo que si no hubiese puesto condiciones al respecto empezaría a trabajar esta próxima semana. Pero..., lo dicho: prefiero tener todas las piezas ordenadas o al menos controladas. Así que indiqué, con absoluta franqueza, que aunque mi disponibilidad de incorporación era objetivamente inmediata (porque no estoy trabajando) preferiría hacerlo a finales de agosto. ¿Razones? Que en agosto es complicado contactar con gente si se trata de un empleo de tipo comercial. Y que, egoístamente, necesito unos días de descanso.
Obviamente no he comentado, ni pienso hacerlo, que llevo 'descansando' desde mediados de junio. 

Egoístamente..., bueno, ni eso, más bien por puro sentido común, lo mejor sería haber dicho que sí y reengancharme ya al trabajo. Seguiría acumulando cotización (porque en cuanto empiece a cobrar el paro, nos olvidamos de esos seis meses cotizados que llevo este año), el sueldo que iba a cobrar era más elevado que lo que me corresponde de subsidio (una auténtica miseria), pero... No sé. Estoy cansada. Sigo cansada y eso me impide no sé si razonar, pero sí aplicar correctamente lo que razono como más conveniente.

Y, en otro orden de cosas...

Le echo mucho de menos. Hablé con él el pasado domingo (me llamó. Había quedado en hacerlo el lunes de la semana pasada, luego el viernes... Ya, ya sé: aplazamientos sucesivos de todo tipo). Me gusta saber que su mejoría post-quirúrgica es progresiva. Me apena saber que no está todo lo bien que querría y debería. Me alegra escucharle. Me duele no saber cuando le veré.
Y..., y me hace mucho daño la certeza de que no, de que ya no habrá futuro con él. 

Igual también este cansancio, esta incapacidad de hacer planes o de organizar mi vida tiene mucho que ver con eso. Saber que el resto de mi vida será algo ajeno a él.

Mi vida, la de alguien que para él siempre fue la de una persona ajena y con quien nunca pensó compartir un solo segundo de una vida futura en común.

Veintisiete de julio. Calor sofocante en Madrid.
Seguro que se ha licuado la sangre de San Pantaleón. Pero este año no soy capaz de esperar otros milagros suyos.



sábado, 8 de abril de 2023

Semana que empieza y termina en domingo.

 La llamada Semana Santa empieza en domingo. El llamado 'Domingo de Ramos'. Ése del ramo de olivo y romero que se cuelga en la terraza y que está ahí un año, día arriba, día abajo. 

El único día del año en que entro en una iglesia y estoy un rato mientras un cura católico habla es el Domingo de Ramos. Hace años, tras comprar los ramos de olivo a la gitana, cualquiera de las gitanas, que acampan en el entorno de la iglesia para sacarse unos euros con la venta de los citados ramos, me dio por entrar en la iglesia...y así supe de la llamada 'bendición de los ramos'. Que es el acto que comienza las misas de esa mañana: el cura pasea con un hisopo y va bendiciendo con agua bendita a los fieles y sus ramos, alzados en los brazos, emulando a aquellos que en la Palestina de hace más de dos siglos recibieron al que llamaban El Mesías. 

Un Domingo de Ramos me quedé, ya que estaba allí, a ver en qué consistía la mencionada 'bendición de los ramos'...y se convirtió en costumbre a repetir cada año.

La llamada Semana Santa también incluye el día que menos me gusta de todo el año. El miércoles, que no sé si oficialmente se llama 'miércoles santo'. No sé bien porqué, pero no me gusta ese día. Me produce una tristeza rara, profunda. Desasosegante. El miércoles de Semana Santa es día de maletas, de comenzar viajes, de hacer un paréntesis en el trabajo. De atascos en la carretera, de estaciones de tren y autobuses repletos de gente. 

Quizá sea eso lo que hace que casi aborrezca ese día: mi ausencia de planes. O..., no sé. Tampoco sé si es eso. 

Mi único plan de esta Semana Santa, de estos cuatro días (jueves, viernes, sábado y domingo, sobre todo los dos primeros) han sido dormir. Levantarme tarde. Yo, que siempre he dormido poco, que siempre trasnoché y nunca me costó madrugar. Dormir sin prisas por levantarme. También tenía otros planes: limpiar, poner lavadoras, ordenar, regar las plantas y revisar su estado...
Planes de cualquier fin de semana, en realidad. 

Ya no tengo otros planes. Ya no tengo planes de ningún tipo, en realidad.

Mañana, o casi mejor decir 'dentro de unas horas', se acaba la Semana Santa. Domingo de Resurrección, le llaman al domingo en que acaba esta semana regida por la primera luna llena de la primavera. Semana que empieza y termina en domingo.

En mi vida ya no hay nada que resucite ni me haga resucitar. Pasé de tener sueños a, sí, simplemente tener sueño.

domingo, 2 de abril de 2023

Vida cotidiana mecánica.

 Agotada. Deprimida. Con un trabajo que no me aporta nada, en una empresa totalmente siniestra.
Sabiendo que ya no queda absolutamente nada de lo que en algún momento casi llegué a creerme que era una relación sentimental y que tenía futuro.

No tengo ganas de nada. 

Si pudiera, me metería en la cama y no me levantaría para nada más allá que ir al baño, beber agua, comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia y volver a la cama. 
En realidad, mi día a día viene a ser algo así, solo que en vez de no salir de la cama sí que salgo, voy al trabajo y vuelvo a casa. Pero el resto de mi actividad se reduce a ir al baño, beber agua y comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia. 

Dejo que el caos se adueñe de mi espacio. 

Tres semanas ha estado en mitad del salón la caja de cartón del nuevo televisor. Dos semanas he tenido el centro de planchado aquí, al lado del sofá. Nueve días llevan el cubo de fregar el suelo y la fregona junto a la puerta de acceso al pasillo. No sé cuando ordené por última vez la mesa baja que está entre el sofá y la estantería donde está la televisión, no sé cuanto tiempo llevan en el sofá que no uso algunas prendas que lavé en algún momento, ¿quizá a finales de año pasado? ¿en enero, antes de volver al trabajo?

Me ducho porque tengo que hacerlo, pero ni siquiera estoy segura de si lo hago a diario. Me lavo el pelo al menos una vez a la semana. Se me ha caído mucho, se me parte al cepillarlo por las mañanas. No sé cuando me depilé las piernas por última vez, pero sí que no ha sido en lo que va de año: total, siempre llevo mallas o pantalones. 

Todo es así. 

Leo en el tren. Cuando termino los libros los dejo en cualquier sitio de la casa: bajo o sobre la mesa, en la cocina, en el baúl del recibidor (que también acumula ropa lavada y revistas).

No le encuentro sentido a nada. 
Ya no hago planes. Ni planeo volver a hacerlos. 
Vida cotidiana mecánica. Vida de cadena de montaje.
Abril. Comienza la llamada 'semana santa'. Y todo me da igual.

lunes, 16 de noviembre de 2020

A falta de mes y medio.

 Profundamente desanimada. 

Así es como me siento. Sin matices. Desanimada hasta el punto de desear meterme en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana (si es necesario, con ayuda de cualquier infusión relajante o somnífera), despertar y volver a dormir. De no salir a la calle (confinamiento voluntario) pero tampoco engancharme al sistema telefónico de trabajo. De dedicar la mañana a intentar ordenar algo mi entorno (todavía tengo prendas de verano sin guardar, prendas que planché hace semanas y que siguen en los respaldos de las sillas, colgadas en perchas de alambre que a su vez cuelgan del picaporte de las puertas). De ni tener ganas siquiera, si me quedase en casa, de poner la radio o la televisión o simplemente música de fondo. 
Desanimada y cansada. 

Queda mes y medio para que termine el año, un año en que no ha pasado nada. Mes y medio en que sé que tampoco va a pasar nada. 
Me siento cansada. Física y, sobre todo, espiritualmente. 

Hace mucho que entendí que mi vida es una continua pérdida de tiempo. Que todo empezó a fallar en la segunda década de mi vida y que todo ha sido una caída libre continua, con breves temporadas en las que se diría que la propia vida me daba una oportunidad de remontar, de rectificar, de volver a coger el camino de (supuesto) éxito al que debería estar abocada una mente como la mía, una mente que durante unos años estuvo acompañada también por un físico que (tampoco) supe aprovechar en beneficio propio...y que dejé pasar de nuevo. 
Vida de montaña rusa. Con breves momentos de subida que volvían a la caída libre. 

Ya no hay subidas. Hace años que dejaron de existir. Ni siquiera hay grandes bajadas. Todo es un valle aburrido y monótono, la vía de un tren de Cercanías en una línea circular.
Me siento cansada y desanimada. 

Quisiera poder quedarme en casa. En realidad, sé que puedo hacerlo (basta con informar en el trabajo de que no me encuentro del todo bien...y que opto por teletrabajar unos días. Ni siquiera necesito explicar que realmente es un tema anímico: sería suficiente hablar con molestias en la garganta, por ejemplo. 
Pero no lo voy a hacer. Esa mezcla entre puñetero sentido de la responsabilidad y auto-obligación a salir a la calle, a ir al lugar físico de trabajo, para que se me haga más corto y más llevadero el día. 
Contradictorio. Emplear más de tres horas en desplazarme, ida y vuelta, para que la jornada laboral me parezca más corta. 
Añadir cansancio físico a la sensación de cansancio con la que ya me levanto y que me acompañará todo el día. 
Ir y volver para, al desplazarme atravesando Madrid, intentar no pensar en que hace mucho que no voy a ningún lado. 
Que mi vida no va a ningún lado.
Y solo es lunes. Aún es lunes. 
Y queda mes y medio, apenas mes y medio o aún mes y medio, para que termine este inolvidable año 2020. 
El año vacío lleno de imágenes inusualmente individualistas y carente de contacto físico. 
El año que pasará como si no hubiese pasado. Como pasa mi vida desde hace demasiados años
.

miércoles, 10 de julio de 2019

Ni planes absurdos, ni castillitos de humo.

Dejo pasar los días. 
Supongo que eso también debe ser 'descansar'. Y que mi cuerpo lo estará notando y lo aprovechará los próximos meses, cuando la situación sea otra. O sea, cuando vuelva a trabajar.

Llevo un mes en paro. Es el periodo más prolongado en que he estado sin trabajar en los últimos cuatro años y pico. 

Bueno, no: me acabo de dar cuenta. El año pasado estuve de baja médica dos meses y algo. En que tampoco hice nada. En realidad, ni siquiera descansé en condiciones: los primeros quince días iba de la cama al sofá y sólo salía para comprar alguna cosa sana para comer. Porque aunque me negaba a admitirlo, estaba tremendamente cansada. No seguí al pie de la letra el 'reposo absoluto' que me habían recomendado como único tratamiento...pero la verdad es que el cuerpo tampoco me permitía hacer mucho más. Las siguientes tres semanas las pasé ingresada en el hospital. Donde no es que tuviera mucha actividad (casi todo el día en la cama, entre recostada leyendo o escuchando música tumbada sin hacer nada), pero la situación no era agradable. Y despertarme a las seis de la mañana para pincharme tampoco era muy relajante. Y el mes de julio tampoco hice gran cosa en casa, la verdad...
Por tanto, no es cierto que este mes haya sido mi primer periodo de descanso largo en cuatro años y algo. Aunque sí ha sido más largo que mis vacaciones laborales, que eran 3 semanas en agosto.

Da igual. Llevo un mes justo sin trabajar. Y creo que realmente aún no he asimilado la situación.

Lo bueno es que no echo de menos, en lo más mínimo, nada relacionado con ese trabajo. Ni a los compañeros. Ni a los clientes. Ni nada.

El trabajo en sí no me disgustaba y se me daba muy bien. Y tampoco estaba tan espantosamente mal pagado como suele ser habitual en este sector (aunque el sueldo no era para hacerse rica. Simplemente daba para pagar los gastos y hasta, algunos meses, poder ahorrar un poquito). Pero los últimos meses, sumados al último año, fueron tan pésimos que es imposible añorar nada cuando ya se está definitivamente lejos de todo aquello.

A quien si echo mucho de menos es a él.
No le veo desde hace un mes. No hablamos desde hace más de tres semanas. 
Sé que está, o ha estado, enfermo. Y eso también me preocupa. Siempre me preocupó su salud.
Y también el año pasado me acostumbré a no verle ni escucharle. O eso creía, que me había acostumbrado.
Pero no: le echo mucho de menos.

Aún sabiendo que no le intereso en lo más mínimo, le echo de menos.

El año pasado, mientras estaba de baja..., sí, aunque hay cosas que no tengo claro si lo soñé o lo planifiqué, sé que esto fue real. Planifiqué irme a verle. Simplemente eso: acercarme a su lugar de trabajo y apostarme en algún sitio donde pudiera verle, sin que él me viera a mí.
Obviamente no lo hice.

Pero sé que llegué a planearlo y que el día planeado era el último viernes de mayo o tal vez el día 01 de junio. Por puro descarte: el siguiente viernes es cuando ingresé en el hospital. ¿Por qué un viernes? No lo sé, la verdad: tiene el mismo horario todos los días. ¿Por qué no lo hice? Porque realmente sí estaba agotada. Impensable un viaje en transporte público, con varios trasbordos, de más de hora y media. 
Algo que en circunstancias normales me hubiese dado igual hacer sabiendo que iba a verle. Algo que realmente hacía cuando estaba de vacaciones o sin trabajar. Porque durante años le vi al menos una vez por semana. Y eso incluía mis periodos de desempleo o vacaciones. Me iba a encontrar con él, esperándole en la estación donde cogía el metro de regreso a su casa. Simplemente para acompañarle. Una hora con él. Y otra hora y media de regreso, sola. 
Me compensaba.

Ahora eso ya no es posible. Hace mucho que no lo es. Tres años y medio desde que decidió cortar esa rutina.
Y, curiosamente, en este último mes no me he planteado de nuevo aquel plan casi absurdo: irle a ver siquiera desde lejos, sin que él me viese a mí. 
Verle, simplemente eso.

No lo he vuelto a planificar (planes absurdos, castillitos de humo) pero le echo muchísimo de menos. 

Sin trabajo. Sin ganas de hacer nada. Sin siquiera poder hablar con él.
Espero que todo esto (este vacío) me esté sirviendo para descansar. Al menos que sirva para algo, ya que conscientemente no lo estoy aprovechando.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Empanadillas congeladas.

Para mí raramente las he comprado.

Durante años, sí las teníamos en casa. Son socorridas, a mi padre le gustaban (siempre fue especialito para todo lo que no fuese 'cocina tradicional'. Eso sí, a veces decidía probar algo de lo que durante años había renegado sin conocer a qué sabía...y terminaba casi adicto) y en los años en que yo ya no vivía con ellos, me consta que eran una de las alternativas para acompañar a otras cosas, cada dos o tres semanas.

Pero para mí raramente las he comprado.
Sí las clásicas, las grandes. Aunque también hace años.

Los últimos seis años las he comprado para él.

El tema tenía más de juego que de otra cosa. También porque sé que le gustan. Se juntaba eso con el claro rechazo a comer casi cualquier cosa que decidiera ponerle. Que le gustaban ya lo sabía de antes, así que desde el primer día fui a lo seguro...

Los días en que habíamos quedado en que vendría esa tarde-noche a mi casa, freía una bolsa entera a mediodía. Una bolsa trae una veintena larga. Siempre sobraron. Así que la tarde del siguiente día (si era sábado) o incluso como alternativa al sándwich de mediodía, el lunes si la noche que pasaba en mi casa era la del sábado al domingo, me las terminaba yo.

Y en los días en que lo que era seguro...se convertía en otro aplazamiento, allá un par de horas antes de la hora en que habíamos quedado, eran mi cena. Y las que sobraban...pues el mismo plan para dar salida a las sobra que antes he descrito.
Pero lo que es comprarlas para mí..., no. Desde hace seis años, no.

Tenía una bolsa en el congelador. No sé, supongo que la compré en enero. Creo que me acostumbré a tener siempre repuesto, a comprar otra bolsa la semana siguiente a gastar con él o para él la que tenía.

También solía comprobar que las tenía cuando me confirmaba un inminente encuentro, para el sábado de esa semana o de la siguiente. Procuraba confirmar que había cervezas suficientes, alguna cosa para picar (galletitas saladas, aceitunas y pepinillos en vinagre, queso...) y una bolsa de mini-empanadillas congeladas.

Era casi más una especie de juego cómplice que otra cosa. El 'avísame, para que te fría las empanadillas'. Un par de veces, quizá más, quedamos un viernes por la tarde. Los dos procedentes del trabajo. O al menos yo (alguna vez sí quedamos viniendo él directamente de trabajar..., pero yo estaba de vacaciones o en el paro y no había problemas: tenía prevista la merienda-cena...o como se quisiera definir aquello que nos acompañaría mientras en el equipo de música o la radio-cd o hasta el portátil cantaba Bunbury o George Michael o David Bowie o...). En esas ocasiones, me escapaba a la cocina entre botellín y botellín y freía las empanadillas. 

Un par de veces lo hice desnuda: en el fondo, parte del juego. Otro día apagó la cocina y no me dejó freírlas: tenía otros intereses...
Al día siguiente, descongeladas, acabaron en la basura. Y yo las deseché sin el menor remordimiento: también tenía el recuerdo de otras sensaciones en determinadas zonas de mi cuerpo.

Esta noche he puesto a freír una docena para llevármelas mañana para la pausa de la comida. Se me ha acabado el pan integral con el que me preparo el sándwich habitual, y, aunque perfectamente podía haber comprado un paquete, he preferido dejarlo para el fin de semana (sólo gasto pan de sándwich de lunes a jueves, y sólo a mediodía: un paquete mediano me dura mínimo dos semanas).

Supongo que en algún momento pensé que tenía que 'gastarlas'. Que ya no hay razones ni motivos que justifiquen su presencia, esperando, en el congelador.

También tengo que decidir qué hago con la cerveza. Yo no bebo. Y menos a solas.
Y creo que sobró 'para la próxima vez' la última noche que estuvo hace más de dos meses y medio.
Y ya sé que no vendrá a ayudarme a gastarla.

No más noches de botellines y empanadillas pequeñas, que más que cenar, solía desayunar.

Lo ha decidido él. Y sé que no puedo hacer nada para cambiar las cosas.

sábado, 21 de enero de 2017

Veintiuno de enero.

Este año no pedí un deseo al soplar las velas de mi tarta de cumpleaños.
Tampoco se habría cumplido: por primera vez en mi vida no conseguí que todas se apagaran de un solo soplido.

Tampoco pedí un deseo con cada uva.
A decir verdad, olvidé que hubiese que hacerlo, que tuviera que hacerlo, en las dos circunstancias. Que en mi caso se dan seguidas: esa noche el postre de la cena es mi tarta. A continuación, siempre 'nos dan las uvas', literalmente.
Este año no hubo deseos. Pasé de un año a otro sin apenas darme cuenta. Como si no quisiera hacerlo. O como si ya lo hubiera hecho...no lo sé.

Terminé el 2016 y empecé el 2017 triste. Íntimamente, profundamente triste. Empezando un año sin planes, un futuro sin futuro.

Hoy sé, también, un motivo de esa tristeza, de esa sensación de catástrofe inminente. Íntima.

Hace tres, cuatro horas he hecho la cama con sábanas recién lavadas y recién planchadas. Mi dormitorio huele a lavanda, a jabón de lavar, al calor de la plancha sobre el hilo de algodón. He quitado la colcha de crochet, he puesto como sobrecama la que tiene unas flores raras amarillas salpicando la superficie marfil. He sacado el edredón.
Creo que hace mucho que no era tan consciente de mi soledad. De que dormiré sola. Probablemente cada una de las noches del resto de mi vida.

La semana que viene descoseré la funda de la almohada suplementaria, la vaciaré, lavaré, coseré de nuevo y meteré en su bolsa de plástico. Y guardaré en el armario pequeño, indefinidamente.
Quizá también para el resto de los días y las noches de nuestras respectivas vidas.

Ayer fue veinte de enero. Nunca fue una mala fecha para empezar una nueva vida.
Pero nunca pensé que un día pudiera serlo para dar por terminada la única que, de veras, me hubiese gustado que fuese la que llenase el resto de mis días. De ésos sin deseos ni planes, de ésos que me son tan ajenos que ya ni me importan.