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viernes, 7 de agosto de 2026

Insufrible verano de calor ininterrumpido.

 Calor. Calor. Calor. Calor.

Llevamos en verano desde principios de mayo. No, no 'primavera'. No 'buen tiempo'. Verano en términos absolutos.

De hecho, las últimas veces que me tocó acudir a la oficina, a mediados-finales de abril, fui con manga corta y pantalones ligeros. Es más, decidí que el último día iría con la misma ropa que llevaba em la primera entrevista en septiembre de 2023: camisa tipo blusón en algodón blanco de manga corta y pantalones anchos de viscosa en color negro.
En abril ya hacía calor.

Va anocheciendo un poquito antes cada día e imagino que también amanecerá más tarde, pero eso no hace que bajen las temperaturas. 

Yo cada vez soporto menos el calor.
Me quedo dormida en el sofá, sobre el que he puesto una sábana de algodón, y me despierto a medianoche sudando.
Me traslado a la cama y vuelvo a despertarme sobre las siete y media, sudando. Y sudando estoy cuando decido levantarme entre las nueve y las diez. A diario lavo a mano la camiseta con que duermo (porque prefiero dormir con una camiseta de algodón, precisamente por el sudor, que humedecer las sábanas...ahora que estoy sin lavadora).
Me lavo el pelo y pasados veinte minutos no sé si aún no se me ha secado del todo la cabeza tras lavarla...o si ya estoy sudando otra vez.

Por suerte, nunca tuve un sudor de los que en minutos se convierten en mal olor: beber mucha agua, no tomar alcohol, priorizar las fruta y no tomar ultraprocesados, además de duchas diarias y ropa de tejidos naturales, ayudan. Y mi perimenopausia no ha cambiado eso. Pero..., no soporto esta sensación. Además, subir sudorosa a un autobús o entrar en un comercio es correr el riesgo de resfriarse: aires acondicionados a 18ºC. Que eso es otra. 

Llevo en el bolso un foular de seda, bien plegadito y en una bolsita de tul. Para poder enrollármelo al cuello en caso necesario. Porque ya hace un mes me resfrié 'gracias' al aire acondicionado. Y no me apetece volver a pasar por ello: tuve que recurrir a las aspirinas y sin poder tomar algo caliente para el dolor de garganta, que es el remedio ideal en invierno. Con 38ºC nocturnos (que sí, que los he tenido en mi dormitorio) un vasito de leche calentita con miel.., no, no apetece especialmente.

La semana que viene, pasado el día del eclipse, debo empezar a tomarme en serio lo de actualizar el currículum y empezar a plantearme por dónde quiero empezar a buscar trabajo. Porque también tengo que actualizar mi perfil en los diferentes portales de empleo.
Curiosamente, es lo que peor llevo cada vez que me quedo en paro. Esa burocracia que supone tener que recordar dónde estoy registrada y tener que revisarlo todo, incluir la última experiencia y añadir habilidades, actualizar fechas y foto...
Luego lo de responder ofertas o acudir a entrevistas ya me cuesta menos, la verdad. Y tener ese 'colchoncito' del subsidio de desempleo (que esta vez no me convierte ni en mileurista, por cierto) me da una mínima tranquilidad. Muy mínima, lo sé. Como sé que se convertirá en neurosis cuando comience a responder ofertas y no empiecen a contactarme de inmediato. 

Tengo que activarme en ese tema. Pero estoy cansada. Tres meses y pico sin hacer nada...y sigo cansada.
Y es que estos meses han sido un verano sofocante y sin un solo respiro en forma de días de tormenta o de bajada de temperaturas. 

Y yo cada año soporto menos y peor el calor.

sábado, 24 de mayo de 2025

Inútil y prescindible.

 Intento escribir.

Muchos días me lo propongo. De verdad. Decido que de hoy no pasa, que siquiera unas letras, unas líneas. Pero...

Pero al final me puede el cansancio. El portátil tarda en arrancar, a veces se bloquea o se pone a actualizar. Y espero. Y me tumbo mientras se estabiliza. Y...

Y pasan los días.

Estoy muy cansada. Sigo muy cansada.

Los resultados de mi última analítica dicen que estoy sana. Pero yo no me encuentro bien. Estoy siempre cansada, tengo sueño e insomnio a la vez. Me duelen las articulaciones. A veces me cuesta respirar. 

No tengo ganas de hacer nada. Nada en absoluto. 

Por mi vagaría entre la cama y el sofá.

Me repito que tengo que ordenar el salón, la cocina, el dormitorio. Que lo haré la próxima tarde libre, que ahora los días son más largos y claro que puedo dedicar un ratito antes de la cena... Que siquiera doblar y guardar la ropa, traerme al sofá una bolsa grande de basura y empezar a tirar sin miramientos casi todo lo que tengo sobre la mesa, las mesas. 

Pero no hago nada.

Tengo sobre las sillas jerséis lavados hace semanas. Las chaquetas/abrigo de todo el invierno. Simplemente debo cogerlo y llevarlo al dormitorio.

Pero no lo hago. 

Compro cosas que no necesito y además lo sé, que no las necesito. Unos vasos, unas cajas de plástico para ordenar cosas, pintauñas que ni estreno. No son cosas caras, pero no las necesito. Son gastos inútiles en cosas prescindibles.

Me siento así: inútil y prescindible.

Aunque, al menos, he sido capaz de escribir estas líneas sin sentido ni interés.

domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Un futuro que no será mi futuro.

 La semana ha sido agotadora.

O igual no, igual no ha sido culpa de la semana que yo lleve cansada tantos días y cada día más que el anterior.

Enumerarlo todo también sería agotador. Y aburrido para el lector. Problemas en el transporte, trabajo tedioso, pocas horas de luz solar, calefacción demasiado alta al llegar a casa, obra de la fachada que me está desquiciando y que me tiene a las diez de la noche reubicando plantas por la casa, el dolor de las imágenes en los informativos…

He comido fatal. Creo que ni he probado la fruta en toda la semana (sí la verdura: bendito y socorrido puré para dos días). Ni siquiera estoy segura de si algún día he llegado a ducharme (sé que no desde el jueves: el propio cansancio, la propia desgana, el importarme cada vez menos…)

La obra de la fachada me ha dejado sin cuerda para tender la ropa en la terraza. Como todavía tengo momentos en que regresa mi rapidez mental de antaño, ésa que me hace encontrar soluciones rápidamente, esta mañana he añadido otra cuerda en la terraza de la cocina (donde están ahora gran parte de mis cactus…además de otras muchas cosas). Pero me ha dado mucho coraje, tras poner la lavadora, ver el solecito de la tarde y no poder tender las sábanas en la terraza. Y no poder, por tanto, ponerlas recién secas y con ese olor a ropa de algodón secada al sol.

He puesto una sábana bajera nueva. O sea, esta noche estreno sábana. Por primera vez en…, ¿alguna vez he llegado a estrenar unas sábanas en los últimos veintitantos años, ahora que caigo?

Cuando venía a dormir conmigo, ponía sábanas recién planchadas.
No las cambiaba al día siguiente: me gustaba encontrar el olor de su piel en mis cama, sin buscarlo.
No sé nada de él. Le importo tan, tan sumamente poco, que no sé nada de él desde la última vez que el llamé hace mes y medio.
Si me paro a pensarlo, saber que no volveré a verle y que ni siquiera volveremos a hablar me duele hasta cortarme la respiración.

Estoy agotada.
Debería comer verduras frescas y frutas esta semana.
Pero no sé si lo haré. En realidad cada vez me importa menos qué me pase en un futuro que no será mi futuro.

domingo, 6 de octubre de 2024

Seis de octubre.

 Sigo viviendo en estado de agotamiento permanente.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Sin que nada tenga sentido.

 Muy cansada. Sin tiempo libre. Con unos horarios criminales, sumando a las ocho horas de trabajo y la hora de descanso a media jornada un mínimo de tres horas de transporte que, algunos días de averías, lluvias torrenciales, manifestaciones o acontecimientos deportivos, pueden ser cuatro. Sin poder hacer otra cosa que enlazar días idénticos en que me levanto a las ocho, salgo de casa a las nueve menos diez sabiendo que debería hacerlo diez minutos antes porque llegaré tarde al trabajo, trabajar o algo similar hasta las dos de la tarde parando unos minutos a las doce para tomarme un café en el office, darme un paseo por el barrio en esa pausa obligatoria de dos a tres porque ni me planteo quedarme en la oficina, volver al trabajo hasta las siete de la tarde que suelen ser las siete y diez porque he llegado tarde, y empezar la excursión de vuelta a casa...para llegar más cerca de las nueve que de las ocho y media. 

Y empezar la rutina casi nocturna de poner el televisor, quitarme el calzado de estar en la calle, preparar algo de cena y aprovechar para prepararme también el sandwich del día siguiente y la cafetera para el café del desayuno, ducharme en algún momento entre ese instante y el de plantearme dormir, cenar frente a la televisión, terminar tumbada frente a la televisión sabiendo que seré incapaz de aguantar despierta por mucho que me pueda apetecer ver el final de alguna película o algún programa, trasladarme a la cama en algún momento sobre las dos de la madrugada...

Y empezar de nuevo.
Sin que nada tenga sentido.

Le echo de menos terriblemente. Me duele físicamente no saber de él.

Acostumbrada a que no me quiera, a que no le importe..., pero me mata su silencio. Ese silencio sin futuro, sin que exista un 'cuando pueda hablar me llamará o le podré llamar, cuando esté mejor podremos vernos un rato'.
Ese silencio sin explicación ni explicaciones. 
Nada tiene sentido. 

Primer domingo del último mes del año. 
Y todo me da igual. Ya todo me da igual. 

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

lunes, 31 de julio de 2023

Nada de particular medido por horas.

 Tres y pico de la madrugada: me levanto a tomar media cetirizina para ver si calmando el picor de la piel consigo volver a dormirme. Y digo 'volver' porque en algún momento antes de las dos me he quedado dormida en el sofá, con el ventilador haciéndome compañía y la televisión encendida y me he trasladado a la cama más o menos a las tres.

Seis y media de la mañana: me despierto (en realidad, paso las noches entre microsueños y despertares de duermevela) para constatar que aún es de noche. Julio se termina y ya vamos perdiendo un poco de luz solar.

Nueve y ocho minutos: es la hora que refleja mi reloj-proyector en su pantalla. Los números rojos en el techo no se ven porque es de día. Sé que sobre las ocho también me he despertado y quizá hasta he ido al baño. Es una hora más que razonable para levantarme. Voy al salón y miro el móvil. En vez de quedarme en el sofá, vuelvo a la cama con el móvil. Por el pasillo ya lo he puesto en manos libres y estoy marcando de forma automática. Al segundo intento y sentada en la cama, concierto y concreto cita para renovar la reanudación del cobro del paro: viernes por la mañana. No son aún las nueve y media. Dejo el móvil sobre la mesilla y vuelvo a tumbarme en la cama, cerrando los ojos. El 'unos minutitos más' que todos nos hemos dicho alguna vez tras sonarnos el despertador. Solo que esta vez no hay despertador que suene ni obligación alguna.

Once y media: aunque creo haber cerrado y abierto los ojos, la verdad es que han pasado más de dos horas. Dos horas y algún sueño raro, que a estas alturas ni recuerdo.

Una y media: me termino el segundo café y me pongo un vestido ligero, me recojo el pelo en una coleta alta, me lavo los dientes y me pongo la crema de protección solar en la cara. Estoy cansada, pero me voy a IKEA. Necesito una bombilla..., en realidad, la excusa tonta es ésa. 

Dos y diez: tras veinte minutos de espera, llega mi tren.

Tres de la tarde: llevo veinte minutos esperando el bus que me tarda apenas diez minutos en dejarme en la puerta de IKEA. Pasa uno cada media hora. En realidad, es el mismo que llega hasta allí y a las horas y cuarto y menos cuarto se da la vuelta dirección estación del municipio al que pertenece el terreno donde está el centro comercial.

Seis menos cuarto de la tarde: cojo el bus de vuelta. En dos bolsas medianas de tela, la bombilla-excusa, dos plantas pequeñas, una vela perfumada en vaso de cristal, dos paquetes de servilletas de papel en oferta, unas cucharas medianas de mango largo.

Seis y media: llevo otros quince minutos esperando el tren en la estación.

Y..., y podría continuar, pero en realidad todo mi día ha sido así. Nada de particular medido por horas.
Solo la sensación de cansancio se mantiene inalterable. Eso y el calor. 

De nuevo, el ventilador ahí al lado, el portátil sobre mis rodillas, el sofá invitándome a tumbarme en él y dejarme arrastrar al sueño mientras julio se termina, llega agosto y la luna casi llena se pasea por el cielo.


jueves, 27 de julio de 2023

Veintisiete de julio. Sin esperar milagros.

 Días raros.

Hace muchísimo calor. Bueno, como todos los meses de julio en Madrid, por otra parte: no es ninguna novedad. 

Llevo unos días muy movidos. De ésos en que tampoco sé si he hecho o no algo de auténtico provecho, pero en los que no he parado. O sí, porque también me paso largos ratos sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada. Si hago caso al 'medidor de pasos' de mi móvil esta semana he caminado muchísimo: siete kilómetros el domingo, ocho el lunes, siete el martes... Ayer sólo tres. Y hoy no debe registrar ni un solo paso porque no he salido de casa y solo identifica los pasos en que lleve el móvil encima, lógicamente. 

Antes de las siete de la mañana ya estoy despierta. Intento quedarme en la cama hasta más de las ocho y media, no levantándome a poder ser ni para ir al baño. Así que por las noches a la una y pico me suelo quedar dormida en el sofá. En definitiva: tengo los mismos horarios que cuando estoy trabajando. 

Esta mañana he hecho un ensayo de 'pedir hora para renovar el cobro del paro'. O sea, sobre las nueve de la mañana he hecho varias llamadas al teléfono donde se supone que te asignan (mediante sistema automático) las citas. Como me las ofrecían para los días uno y dos de agosto (y no estoy segura de si el dos sigo oficialmente de vacaciones o si no), no he seguido con el proceso de aceptación. He echado cuentas y, si son quince días hábiles para poder solicitarlo desde que se terminan las vacaciones, tendría más o menos hasta el día veinte de agosto. No obstante, mi idea es conseguir cita para antes del día diez.

Descarto el día ocho porque tengo 'el acto de conciliación' con la empresa que me ha despedido sin indemnización. Que por otra parte me hizo llegar un correo con la propuesta de llegar a un acuerdo privado 'porque les viene mal acudir al acto de conciliación en agosto'. Como no me ofrecían nada que no me correspondiera legalmente, les he respondido que 'mejor hacemos la conciliación en el SMAC'. El SMAC es el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación', dependiente del Ministerio de Justicia. A ellos les irá mal tener que quedarse (quien sea) para acudir a la conciliación, pero a mí también me iba mal que me despidieran estando de baja y lo han hecho.

Ya veremos en qué termina esto. Si no comparecen, presento demanda y ahí ya sí que reclamo que mi despido sea nulo. Y que sea lo que tenga que ser y tarden lo que tengan que tardar.

Antes de esas fechas (solicitar el paro, ir a la conciliación) tengo que ir a que mi doctora me dé el alta. Porque también es el día ocho cuando tenía la cita para renovar baja/solicitar alta. Y, obviamente, no puedo estar en dos sitios a la vez. Aparte que igual es más complejo lo de solicitar el paro estando de baja médica, no sé bien cómo van esas cosas y tampoco voy a complicarme la vida. Pensé ir el pasado martes (tenía una entrevista de trabajo en el centro a primera hora de la mañana, podía haber pasado directamente y sin necesidad de cita una vez terminada la entrevista) pero como tampoco es algo que corra una prisa excesiva...pues eso, que lo dejé estar. Probablemente sí vaya el martes de esta semana, para que me vayan cuadrando las piezas de este puzzle raro en que se ha convertido mi verano.

Hoy estoy especialmente cansada. He llegado a tumbarme en el sofá tras comer (comer algo y mal, por cierto) y creo que he llegado a quedarme medio dormida algún minuto. La verdad es que tengo más o menos asumido lo de vivir en estado de perpetuo cansancio. Procuro beber mucha agua y me tomo cada mañana mi pastillita de ácido fólico y mi otra pastillita de biotina. La primera, recetada por mi doctora; la segunda, por mi cuenta. Y los sábados añado una cápsula de vitamina D, también recetada y que no sé si me sienta bien, la verdad...

Se supone que mi cansancio también era imputable a esas carencias vitamínicas, pero veo que no noto mejoría. Por tanto, me reafirmo en la idea de que principalmente es algo psicológico. Ese algo que no me atrevo a llamar 'depresión' pero cuyos síntomas se asemejan mucho.

La entrevista del martes, bien. En realidad, creo que si no hubiese puesto condiciones al respecto empezaría a trabajar esta próxima semana. Pero..., lo dicho: prefiero tener todas las piezas ordenadas o al menos controladas. Así que indiqué, con absoluta franqueza, que aunque mi disponibilidad de incorporación era objetivamente inmediata (porque no estoy trabajando) preferiría hacerlo a finales de agosto. ¿Razones? Que en agosto es complicado contactar con gente si se trata de un empleo de tipo comercial. Y que, egoístamente, necesito unos días de descanso.
Obviamente no he comentado, ni pienso hacerlo, que llevo 'descansando' desde mediados de junio. 

Egoístamente..., bueno, ni eso, más bien por puro sentido común, lo mejor sería haber dicho que sí y reengancharme ya al trabajo. Seguiría acumulando cotización (porque en cuanto empiece a cobrar el paro, nos olvidamos de esos seis meses cotizados que llevo este año), el sueldo que iba a cobrar era más elevado que lo que me corresponde de subsidio (una auténtica miseria), pero... No sé. Estoy cansada. Sigo cansada y eso me impide no sé si razonar, pero sí aplicar correctamente lo que razono como más conveniente.

Y, en otro orden de cosas...

Le echo mucho de menos. Hablé con él el pasado domingo (me llamó. Había quedado en hacerlo el lunes de la semana pasada, luego el viernes... Ya, ya sé: aplazamientos sucesivos de todo tipo). Me gusta saber que su mejoría post-quirúrgica es progresiva. Me apena saber que no está todo lo bien que querría y debería. Me alegra escucharle. Me duele no saber cuando le veré.
Y..., y me hace mucho daño la certeza de que no, de que ya no habrá futuro con él. 

Igual también este cansancio, esta incapacidad de hacer planes o de organizar mi vida tiene mucho que ver con eso. Saber que el resto de mi vida será algo ajeno a él.

Mi vida, la de alguien que para él siempre fue la de una persona ajena y con quien nunca pensó compartir un solo segundo de una vida futura en común.

Veintisiete de julio. Calor sofocante en Madrid.
Seguro que se ha licuado la sangre de San Pantaleón. Pero este año no soy capaz de esperar otros milagros suyos.



domingo, 11 de junio de 2023

Junio avanza.

 Mis analíticas dicen que tengo niveles bajísimos de vitamina D. Y que el ácido fólico da valores preocupantes, de puro bajo. 

O sea, nada que no se pueda resolver con una medicación adecuada (que ya me han pautado). Y que explica el porqué de mis uñas quebradizas o de que se me parta el pelo. Incluso de parte de mi cansancio.

Lo demás está claramente relacionado con mi presente. El laboral, el familiar, el sentimental. Todos ellos a la vez. Con la inmensa sensación de vacío que me rodea. 

Y para eso no hay medicamentos. Y no sé hasta qué punto lo resolvería una baja médica (que terminaré necesitando, me temo, porque la ansiedad cada vez me resulta más limitante).

Junio avanza. Los días cada vez tienen más horas de luz.
Y yo sigo estancada y cada vez lo veo todo más y más oscuro.

domingo, 28 de mayo de 2023

Casi dos semanas por delante.

 Algunos días llego tan, tan cansada que directamente me tumbo en el sofá. Me quito el calzado, aprieto el mando a distancia del televisor (casi más por tener algo de 'ruido de fondo' que por interés en lo que emitan) y me dejo caer en el sofá. Algunos días me dan las nueve, las diez, diciéndome a mí misma que debo ir a la cocina a prepararme algo de cena, que a mediodía he comido un sandwich o algún producto de 'bollería salada' del hipermercado que hay bajo el edificio donde trabajo y que debo tener hambre aunque no lo note, pero estoy tan cansada que hasta eso me cuesta un esfuerzo ímprobo. 

Y por eso, también, algunos días no soy capaz de prepararme el sandwich del día siguiente. Bueno, igual no es por eso sino por simple desgana.

Me cuesta mucho hacer cualquier cosa. Tengo que hacer un esfuerzo para algo tan simple como ducharme (cinco minutos desde que empiezo a quitarme la ropa hasta que vuelvo a ponerme algo encima, cinco minutos es todo el proceso y me cuesta), para quitarme el poco maquillaje que me puse por las mañanas (cada vez menos. De unas semanas a esta parte es rímel en las pestañas y, si acaso, un trazo de perfilador sobre éstas), para elegir la ropa que me pondré al día siguiente. Me cuesta todo mucho, muchísimo trabajo. 

Las deportivas que me he quitado se quedan junto al sofá porque algo tan simple como llevarlas al cuartito de la lavadora, donde tengo el calzado, también me supone un esfuerzo. Y porque me digo que qué más da, si me las pondré de nuevo al día siguiente. La ropa que me voy poniendo a lo largo de la semana se amontona junto a la cama, en el taburete, en el piecero de forja. Me compro cualquier prenda y se queda en el respaldo de una silla del comedor o sobre el sillón-baúl del recibidor. Y me olvido de ella durante días, semanas..., quizá meses. 

Muchos días me cuesta respirar. Sin más.

Tengo prevista una analítica el próximo viernes. Le dije a mi doctora que para descartar causas y motivos físicos de lo que me pasa. Tengo cita para los resultados una semana más tarde. Pero cada día, desde hace diez, me digo que debería volver al centro de salud, solicitar una cita urgente para que me reciba y pedirle la baja médica. Porque nunca, jamás, me ha costado tanto ir a trabajar. Nunca se me han hecho tan eternas, tan tediosas, tan...repulsivas las jornadas laborales. Nunca he sentido tal rechazo por un trabajo, nunca me he sentido tan enferma trabajando en un sitio. En una oficina sucia, con gente que desde el lunes a las diez de la mañana están deseando que sean las cinco de la tarde del viernes. Con gente que sufre ataques de ansiedad, que tiene las mismas migrañas que yo tengo, a la que escuchas decir que no duermen, que no pueden con el nivel de estrés. En una empresa que explota a la gente, cuyos responsables dan 'charlas motivadoras' a base de amenazas. Cuya actividad es estafar a la gente. 

No quiero seguir trabajando ahí. Pero tampoco puedo irme voluntariamente. Y mi pundonor personal me obliga a intentar dar lo más de mi misma para que no me despidan. Me gustaría no ser así, ser capaz de provocar mi despido, pero no sé hacer eso... No sé seguirles el juego (no valgo ni quiero valer para estafar a la gente) pero tampoco sé forzar mi despido.

Y además me da miedo que me despidan: me quedan menos de dos meses de 'paro' por cobrar. Estamos a punto de empezar junio. Me da miedo no encontrar rápidamente otro trabajo con un sueldo de supervivencia. Además, no me siento con fuerzas para empezar a buscar...

Estoy mal. Me siento mal porque sé que estoy mal.

Espero que llegue el viernes. Que me pinchen y analicen mi sangre. Que me digan que este agotamiento se debe a algo físico y que tomando tal pastilla o tal jarabe me sentiré mejor. No sé. Pero las casi dos semanas que faltan hasta ese momento se me van a hacer eternas.

sábado, 29 de abril de 2023

Cansancio más allá de lo físico.

 Cada vez me cuesta más mantener el control sobre mi propia vida.

Mi entorno físico (mi dormitorio, comedor, cocina, baño, recibidor..., el resto de la vivienda es desde hace años una especie de trastero donde apenas entro. Es como si no fuese parte de mi casa) tiene un aspecto caótico. Las cosas se acumulan sin ton ni son ni visos de ser recogidas de ahí. Planché ropa en algún momento de semanasanta (previo lavado: los jerseis y similares prendas de invierno) y desde entonces cuelgan en sus perchas del picaporte de la puerta del comedor, sobre los respaldos de las sillas en que terminaron cuando necesité la percha para colgar alguna otra prenda recién lavada, en cualquier lugar. Sobre el sofá lleno de cojines que no suelo usar para nada hay más ropa: seguramente lleva ahí meses. Lo que recojo del tendedero de la cocina acaba sobre el baúl-asiento de mimbre del recibidor, y de ahí recojo prendas que necesito ponerme en el transcurso de la semana: calcetines, bragas, sostenes...Veo aparecer dos bufandas bajo otras cosas, en una silla, y deduzco que llevan ahí desde el mes de febrero, mínimo. Imposible detallar qué hay sobre las mesas...

El resto de la vivienda está igual. 

El cubo de fregar el suelo está casi enmedio, junto a la puerta que da paso al pasillo que conduce al resto de la casa. La fregona, al otro lado de la puerta. No sé el tiempo que llevan ahí, seguramente he fregado el suelo dos veces este mes de abril y ni siquiera he llevado estos utensilios a su sitio, que es la terraza-tendedero de la cocina. 

En mi dormitorio se acumula ropa. Sobre el piecero de la cama, sobre el taburete artesanal, sobre el baúl pequeño de madera, algunas cosas ya directamente en el suelo. Seguro que hay cosas que dejé de ponerme el pasado otoño. Cambio las sábanas cada dos semanas (seguro que alguna vez han sido tres, antes las cambiaba cada semana), dejo las mencionadas prendas sobre cualquier sitio, hago la cama cuando las sábanas lavadas ya están secas y la ropa sigue sin guardarse. 

Todo así.

La cocina tiene limpias las superficies de uso cotidiano: cocina de guisar, fregadero, encimera junto al microondas, interior de éste. Pero se acumulan en el suelo botes, botellas, bolsas, catálogos de supermercados.

Planifico 'hacer cosas' aprovechando el sábado por la mañana: buena luz, sueño nocturno suficiente. Las aplazo para 'esos puentes festivos' en que tendré más tiempo.

No hago nada. 

Son más de la una y media del mediodía y apenas si he barrido un poco el comedor. Hace semanas que no uso la aspiradora. 

Y no solo es mi entorno doméstico. Es todo.

Me ducho y lavo el pelo por elementales cuestiones de higiene. Me cambio a diario de ropa, también por un 'algo' de coquetería. Me doy algo de rímel, de brillo en los labios. Pero sé que si no tuviese que salir a la calle para trabajar, igual ni lo hacía. 

Porque no me apetece. Porque lo único que quiero es dormir (duermo fatal. No sé si 'poco', pero fatal). Porque pasaría el día en camiseta y, si acaso, me pondría un pantalón de chándal y una sudadera (mi casi uniforme los fines de semana) para bajar a reponer comida: leche, algo de verdura, yogures... También me cuesta mucho ponerme a cocinar cualquier cosa. Yo, que no tomo ultraprocesados ni me gustan los precocinados, estas últimas semanas he comido pizza, pollo de burguer, seguro que alguna cosa similar más. Por la presunta comodidad de 'no ponerme a cocinar'.

En realidad, es que ni siquiera me apetece comer. Como por hambre y eso me lo puedo quitar con una bolsa de patatas fritas o unos frutos secos. Sobre la mesa baja frente al sofá, entre un sinsentido de papeles, tickets, tubos de pegamento, limas de uñas, algún frasco de esmalte que puede llevar ahí meses, cintas adhesivas, cables usb, complementos tipo pendientes-colgantes, bolígrafos..., también veo dos o tres bolsas (¿vacías, semivacías?) de snacks, un paquete empezado de galletas tipo barquillo rellenas, otro de tortitas de arroz inflado, un bote de plástico con alguna almendra... Seguro que hay más cosas en ese revoltillo que no sé por dónde empezar a limpiar y ordenar.

Estoy tremendamente cansada. Y no solo físicamente. 

Se termina abril. Tengo por delante cuatro..., bueno, ya tres días y medio de fin de semana unido a dos días festivos. Tengo docenas de tareas pendientes.

Y no tengo ni ganas ni fuerzas para hacer nada.

domingo, 12 de marzo de 2023

Derrapando hasta la nada.

 Vivo en estado de agotamiento.

No es normal, tras pasarme prácticamente todo el día sentada, ir sentada la mayor parte del recorrido de ida-vuelta del trabajo, hacer un esfuerzo físico mínimo, llegar a casa el viernes por la tarde absolutamente agotada. Hinchada como una pelota y con ganas de tumbarme en el sofá, cerrar los ojos y dormir. Deseando que alguien me pudiese preparar algo de cena, me trajera el plato y el vaso y lo retirase luego (algo que hace tantos años que no pasa que ya ni me acuerdo en qué consiste en la práctica). Y luego poder dormir, dormir de un tirón y sin prisas por despertar ni levantarme de la cama. Y levantarme sin dolor de espalda, dolor de rodilla, sin esa sensación de que me han pasado por encima dos apisonadoras, una de ida y otra de vuelta.

Vivo cansada. Y sin perspectiva alguna.

No me gusta mi trabajo. No me gusta en lo más mínimo. Y el caso es que ya lo sabía, sabía que no me iba a gustar, cuando lo acepté. Pero fue aquella tontería de 'voy a aceptar lo primero que me ofrezcan, si reúne las características de horario de mañana, sueldo fijo pasable y no demasiado lejos'. Y sí, esas características las reúne. Y fue lo primero que me ofrecieron. Pero también sabía que sería algo tedioso, rutinario, casi de cadena de montaje. Y es eso lo que es. Eso, y en una empresa que choca frontalmente con mis convicciones éticas. 

No, no me gusta lo que hago. 

Mi periodo de prueba (dos meses, por contrato) finaliza en diez días. Y no sé si quiero pasarlo. Porque no tengo un 'plan B' claro. Y porque me restan menos de dos meses de subsidio de desempleo, el vulgarmente llamado 'paro'. Y no tengo fuerzas para empezar otra vez con la incertidumbre de responder anuncios de empleo y no saber si te llamarán de alguno para, al menos, hacer la entrevista. Y no saber si luego te seleccionarán. Ni si te gustará en la práctica el trabajo. 

Estoy cansada. Y cada día entiendo menos cómo he llegado hasta este punto. En qué momento se torció mi vida hasta derrapar hasta el sitio en que estoy.

sábado, 11 de febrero de 2023

Esa desconocida que me mira desde los espejos.

 Vivo en estado de agotamiento.
Duermo fatal, entre sueños. Me despierto totalmente contracturada y así paso el día, deseando que llegue la noche para poder dormir, temiendo que tampoco esta noche descansaré.

Hace unos días creo que pasé horas en un duermevela tan raro...que quizá ni lo fue. Que quizá fue un sueño. Soñar que estaba medio despierta esperando que sonase el despertador.
Otra noche de esta semana apenas si dormí dos horas. A las cuatro de la mañana no sé si habría conseguido dormir media hora, a base de cabezadas. Con una sed tremenda, con picor en todo el cuerpo. Empezando a hacerme heridas a base de rascarme a través de la ropa. Sobre esas horas, cuatro de la mañana, me levanté por no sé qué vez, pero para buscar un antihistamínico, ya como último recurso para intentar conciliar el sueño un par de horas, tres a lo sumo, ojalá casi cuatro hasta la alarma del despertador. Me tomé una cetirizina entera (raramente tomo más de media, si no tengo otro remedio que recurrir a ellas). Volví a aplicarme crema hidratante por todo el cuerpo. Creo que a la media hora conseguí dormir...
Me asustan esos ataques de picor, me devuelven al 2018...

No me cunde el tiempo. Acumulo días con la sensación de no hacer absolutamente nada, pero tampoco tener unos minutos libres para, qué menos, ordenar la mesa del salón, recoger el baño, regar las plantas... Que casi todo esto podría hacerlo cuando llego a casa, sobre las ocho de la tarde (porque no sé cómo me las apaño, pero en teoría salgo a las seis de trabajar...pero raramente llego antes de las ocho. Y es desconcertante, porque por las mañanas salgo a las nueve menos cuarto, menos diez, y estoy en el trabajo antes de las diez) pero llego tan, tan cansada, que...
Las plantas no, no puedo regarlas a esas horas. Por las noches baja mucho la temperatura y regarlas sería condenarlas a muerte. Así que las mato de sed para no matarlas de frío. 

En mi dormitorio acumulo la ropa que me voy poniendo en el transcurso de la semana. Está sobre el taburete, sobre el piecero de la cama, sobre el baúl pequeño de madera. Algunas cosas terminan en el suelo. No tengo tiempo de nada. No soy capaz de sacar ese tiempo. 

Vivo en estado de cansancio permanente.
Mi trabajo es una mierda. Sin matices.
No me apetece hablar de eso.

Me miro al espejo y no me reconozco. No sé quién ésa que me mira desde ahí, desde cualquier espejo: el de mi cuarto de baño por las mañanas o por las noches, los de los aseos del edificio de oficinas donde trabajo, las lunas de los escaparates, la pantalla del portátil en las conexiones laborales por meet donde no puedo desconectar la cámara. 

En estos últimos meses he envejecido diez años. Me he convertido en una señora mayor. Gorda, renqueante, desgreñada, con la cara descolgada, con las uñas sin arreglar. Una mujer fea que me mira desde el espejo y a la que no reconozco. Una mujer gorda que se hace un ovillo en el sofá por las noches y que procura no quedarse dormida o despertarse enseguida para transladarse a la cama e intentar dormir y descansar algo, para no seguir acumulando cansancio, ojeras y bolsas, párpados hinchados...

Mi vida no va a hacia ninguna parte.

Al menos sé que él va estando mejor. Aunque también sepa que seguramente no volveré a verle, o que si le veo será por simple cortesía, saber que va mejorando me alegra mucho más de lo que él podría imaginarse nunca. 

Casi mediados de febrero. Se alargan los días solares.
Cuando no hay planes ni proyectos, hasta eso da lo mismo.

domingo, 5 de febrero de 2023

Febrero nunca me fue un mes fácil.

 Cuando las cosas no terminan de ir bien...pues no van. 

Estoy cansada. Duermo muy mal, con sueños extraños que me hacen dudar entre la realidad y la ficción. Con reacciones alérgicas durante el día (e imagino que por la noche), picores, erupciones cutáneas que vienen y van, dermografitis. Me levanto con los ojos hinchados, paso el día con sensación legañosa (aunque no tengo legañas, obviamente) y los ojos enrojecidos.
A ratos tengo frío en la cama y me arropo, pero en realidad tengo calor y me destapo, pero tengo frío y estoy sudando. 

No me encuentro ni me siento bien.

Tengo trabajo. Buen horario, sueldo aceptable (de supervivencia), lejos de casa pero más cerca que en los últimos años. Empresa en la que sé que es difícil entrar (creo que en otras ocasiones rechazaron mi candidatura). Leyeron mis respuestas a sus cuestionarios en la oferta de empleo. Abrieron mi CV. Me llamaron. Pasé las tres entrevistas. 
Pero...

Supongo que es fácil de resumir porqué no me encuentro bien allí: no quiero servir para engañar a la gente. Y eso, engañar a la gente, es a lo que en realidad se dedica la empresa.

Febrero nunca me fue un mes fácil. 
Imagino que éste no iba a ser una excepción.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Simplemente sobrevivir.

 Vivo en una continua sensación de irrealidad. 
Como si el tiempo hubiese adquirido otro ritmo. 
No hago nada de provecho en todo el día. Las semanas pasan, sin más. Cada día anochece antes. Me desvelo sobre las siete de la mañana (a veces, antes), paso casi todo el día cansada. Me quedo dormida en el sofá si por la noche me tumbo frente a la televisión. En algún momento me despierto y me traslado a la cama, a veces sobre las 03:00h, a veces a más de las 05:00h, anoche a poco más de la una de la madrugada. Algunos días la tele se apaga sola y yo sigo durmiendo, otros la apago en algún momento y sigo durmiendo o me traslado a la cama. Muchas noches pierdo la noción del espacio y ya no sé, entre sueños, si estoy en el sofá o en la cama. A veces estoy en un sitio y a veces en el otro, entre sueños, pero en ninguno de los dos estoy realmente cómoda.

Apenas me muevo. Limpio algo, riego las plantas de la terraza, bajo a comprar alguna cosa. A veces voy a comprar más lejos, incluso a Madrid, y vuelvo agotada. Sin apenas haber hecho nada, pero cansada, muy cansada.
No tengo ganas de hacer nada. 
No sé si estoy o no buscando trabajo. Hay algo ahí..., algo en donde podría haber empezado a trabajar esta misma semana, pero que he aplazado a enero. Hemos aplazado a enero. O igual simplemente lo he descartado y no quiero admitirlo.

Nunca he estado tan desanimada, tan falta de ganas y de proyectos. Nunca he tenido tan claro que no he hecho nada, absolutamente nada de provecho con mi vida. 
Y que ya es demasiado tarde para demasiadas cosas. Casi para todo. 
Y que solo me quedan años para, simplemente, sobrevivir.

jueves, 14 de julio de 2022

Despiste horario.

 Otra noche de calor tórrido más. Y así llevamos más de una semana. 
Ya, ya sé que el verano madrileño es esto y es así. Pero saberlo no me hace sentir menos calor.

Esta tarde ya he sacado el ventilador. Estaba resistiéndome (no me gustan los ventiladores, cosas del asma, imagino. Y también, aunque no sea consciente de ello, del precio disparado y disparatado de la luz). Estamos a más de 40 grados...

Anoche me acosté tarde, a más de las dos. Preferí evitar quedarme dormida en el sofá y me fui a la cama. 

Tras dormir mal (mucho, mucho calor) cuando me he despertado (ya de día) el reloj rosa analógico de la mesilla marcaba ¡¡las once y media!! Me he preguntado cómo he podido dormir tanto...con este calor y sin ser consciente de ello. Sin ser consciente, más bien, de haberme despertado sobre las seis como todos los días, de haber escuchado el 'clik' casi imperceptible del despertado a las siete de la mañana (hora en que debería sonar si no estuviese desactivada la pestaña del despertador), de escuchar los ruidos propios del despertar de la ciudad... Las once y media. Descabalándome algunos planes, cosas que quería hacer a primera hora de la mañana (intentar conseguir cita para solicitar el 'paro', por ejemplo).
Me he levantado y he ido al salón. La luz era rara. No escasa ni exagerada: rara.
He puesto la radio. El locutor entrevistaba a una ministra. Me ha extrañado: la programación a casi mediodía suele ser otra, más ligera. Además, quien hace el programa es una locutora... Por un momento me he preguntado si sería sábado en vez de jueves...
Y finalmente, creo que por instinto, he mirado hacia el pequeño despertador, también analógico de la estantería.
Eran las ocho y cuarto de la mañana. No las once y media.
A las once y media se paró, al quedarse sin pilas, el despertador. No era esa hora. De ahí la luz anormal para ser mediodía, la entrevista de tintes políticos...

Podría haber vuelto a la cama. Pero hacía tanto, tanto calor...

Y así transcurren mis días. Creo que más descansada, eso sí.

miércoles, 6 de julio de 2022

Ya lo pensaré mañana.

 Creo que el agotamiento que he llegado a acumular (y que aún arrastro) está haciendo que todavía no me haya dado el esperable 'bajón' que me debía producir la pérdida del trabajo. 
Y sé que ese momento llegará. 
Aunque esto fuese totalmente insostenible, quedarse sin empleo nunca es una situación agradable. Al menos, para mí nunca lo ha sido. 
Quizá que haya fallado un proyecto (éste en que he estado casi dos años y medio) que me ilusionaba tanto, que creí que no fallaría nunca...me ha dejado en un estado mental y anímico raro. Llevo una semana en paro, pero de momento me siento como 'de vacaciones'. Bueno, técnicamente estoy así: de vacaciones legalmente.
No sé. Imagino que porque sigo cansada (y estresada), algo en mí me hace tener la actitud de Scarlett O'Hara: 'ya lo pensaré mañana'.

Lo único que sigo teniendo claro, que vuelvo a tener claro si en algún momento llegué a dudar de ello (que tampoco lo sé. O sí, o...) es que le quiero. Que le sigo queriendo. Y que también estos meses agotadores, este último año lleno de sinsentidos y algunas pérdidas irreparables le eché tremendamente de menos. Y que esa ausencia, más allá de cualquier explicación lógica que pudiese tener, contribuyó a mis malestares y a lo que, sé, fue la mayor depresión de mi vida.
Aunque no haya querido hablar mucho de ello. Aunque probablemente nunca hablaré.
O tal vez sí.

Ya pensaré en ello en otro momento.

sábado, 25 de junio de 2022

Horas perdidas.

 Vivo en estado de cansancio permanente. 
También, por eso, no escribo. A veces me propongo hacerlo, pero llego a la noche muy cansada. Más cansada aún de lo que he pasado el día.

Anoche me quedé dormida en el sofá, no sé bien a qué hora. Quizás a más de la una de la madrugada, quizás cerca de las dos. Cuando abrí nuevamente los ojos, ya estaba amaneciendo. Entremedias, recuerdo haber sentido algo de frío, preguntarme por qué no me había tapado con la sábana...
Cuando me quedo dormida en el sofá, a veces, pierdo la noción del espacio y del lugar.
Me trasladé a la cama esperando dormir al menos un par de horas más. Y me tapé con la sábana. 
Cuando volví a abrir los ojos, eran las doce del mediodía. En punto.
Entremedias, recuerdo sueños densos, de esos que parecen pesadillas reales. 

He pasado el día muy cansada. Tanto como si no hubiese dormido. Pero he debido dormir diez horas.
Algunos dirían que para recuperar el sueño de la semana: duermo tan poco y tan mal...
Pero las horas que no se duermen tampoco se recuperan durmiendo más otro día. 
Y las cosas que no se escriben en el día a día tampoco viene al caso contarlas en otro momento.

domingo, 20 de febrero de 2022

Cansadísima.

 Desaparecida por puro agotamiento, por pura falta de tiempo.

No me cunden los días. Se me hacen eternas las horas de trabajo de días que, luego, se me pasan a toda velocidad cuando llega la noche y miro hacia atrás y se diría que me levanté de la cama un rato antes y no sé cómo pasaron esas quince, dieciocho horas. Semanas que pasan en un suspiro llenas de minutos laborables eternos, de trayectos larguísimos en transporte público. 
No me cunden los días. No hago nada de provecho.
Y estoy cansadísima. 
Y apenas acabo de pasar por aquí para..., no sé, no sé para qué.