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sábado, 12 de octubre de 2024

Masculino singular.

 La penúltima vez que hablé con él me dijo que nos veríamos en breve. Más que decírmelo, me lo aseguró y sin yo sacar el tema. Le creí, como siempre.

Por supuesto, me estaba mintiendo. También como solía ser costumbre, aunque yo haya tardado tantos años en reconocerlo.
La última vez que hablé con él, ya ni eso. De hecho ni mencionó aquello que me había asegurado dos semanas antes.

Las últimas conversaciones con él versaban, básicamente, en ponerme al día sobre el clima y la temperatura del sitio donde se ha ido a vivir. O donde se lo han llevado para aislarle por completo del mundo. Aislamiento con el que está muy contento. O eso dice. O eso cree.
Da igual.

También mencionaba cosas de la empresa donde nos conocimos. Que siempre y por otra parte estos catorce años fue el tema del 80% de nuestras conversaciones telefónicas. O más bien sus monólogos. Ahora ya no trabaja allí (o por lo menos no trabajaba allí hace dos semanas) pero imagino que para él era un tema recurrente cuando hablaba conmigo porque debía pensar, no sé en base a qué, que a mí me interesaba lo que pasaba en esa empresa.
Empresa a la que no quise volver hace un año, aunque tenían mi contrato preparado y buenas condiciones económicas. O sea: que la empresa no me interesa en lo más mínimo. Escucharle hablar de ella es lo que yo llamaba 'terapia'. Eso y que me importaba tanto él que, por descontado, me interesaban todos los temas de lo que me quisiera hablar. Y si para él era un desahogo hablarme de eso (imagino que porque tampoco le interesaba a nadie), perfecto. A mí él me importaba en todas las facetas de su vida.
También da igual.

Nuestras dos últimas conversaciones telefónicas acabaron más o menos del mismo modo. En realidad, ya habían acabado algunas otras de un modo similar, aunque hasta esta última no había tenido auténtica conciencia de ello. Estábamos hablando y le estaban hablado en su entorno físico, real. Hasta que me decía que tenía que colgar, que se tenía que ir con su familia a pasear al perro.
Curioso. Vive en mitad de nosecuantos cientos metros de terreno, en realidad casi nosecuantos kilómetros porque esa es la medida de distancia hasta la edificación más cercana: kilómetros de terreno, pero tienen que sacar a pasear al perro. Justo cuando está hablando conmigo.
Y aún más curioso que le pareciera normal decírmelo.
Y todavía más que me pareciera normal a mí.

Nuestra última conversación, sí, concluyó así. Lo último, penúltimo, que le dije es que si algún día terminaba viniendo a Madrid, me avisara. Más o menos me dijo que sí, en plan evasiva. Sin planes. Esta vez ya no habría más aplazamientos sucesivos. Es más: su promesa de la conversación anterior, el primer sábado de septiembre, ya no se convirtió en un aplazamiento. Simplemente no la cumplió y no me dio ninguna explicación.
Para qué.
Yo creí su promesa porque quería creerme equivocada. Pero en realidad ya había dejado de creerle.

Nuestra última conversación acabó porque su novio le estaba conminando a que colgase. Simplemente. Todo lo demás, cualquier justificación, era una excusa.
Novio, sí. Masculino singular. La persona con quien lleva años de relación y con quien ahora está viviendo en mitad de un pinar en medio del campo. Posiblemente para que nadie…, en fin, da igual. 
Y cómo tardé yo tanto, pero tanto tiempo en atar los cabos con lo claras que estaban algunas cosas…lo único que sé ahora es que tardaré años en entender del todo.

domingo, 2 de febrero de 2020

02/02/2020

En mi vida hay círculos que tarde o temprano se cierran, capicuas numéricos, fechas-aniversario en las que año tras año pasan cosas similares (o que yo soy capaz de relacionar), personas nacidas el mismo día de años diferentes, nombres compuestos, lugares con los que sueño hasta que los encuentro (y dejo de soñarlos).

A estas alturas ya sé que todas estas neuras no son algo que sólo me ocurra a mí, obviamente. 


Este post supongo que debería tratar sobre otras cosas. Sobre esta semana extraña. Sobre mi vida vacía, sobre la seguridad de que no estoy bien (al menos anímicamente). Pero es domingo, estamos ya en febrero, está nublado pero no hace frío. Y...

Curiosidades cronológicas:
Quienes tenemos más de 30 años hemos conocido:
-Un cambio de siglo (del XX al XXI).
-Un cambio de milenio (de los 1000 a los 2000).
-Dos años capicua: el 1991 y el 2002.

-Y la fecha de hoy, que es muy capicua también: 02/02/2020.

Ya digo: simples curiosidades del Primer Mundo.
Y una forma como otra cualquiera de rellenar un ratito de mi vida vacía. Y de este blog al que cada vez veo menos razón de seguir manteniendo abierto.


domingo, 17 de diciembre de 2017

No recordar, para no olvidar.

Última semana antes de mis vacaciones. Dos semanas justas para que termine el año.

El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.


Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás.  Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio  a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.

En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.

Y también  tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis,  si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.

Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.

Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.

La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.

Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.

Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.