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martes, 3 de diciembre de 2024

Lápices de colores.

 Estaba escribiendo un post desde hace un rato.
De repente, el sistema me ha preguntado si quería guardarlo. No sé qué habré respondido, pero el texto ha desaparecido. Y no ha regresado ni aún empleando el 'rehacer' (control+z).

Otro pequeño desastre a sumar a los acaecidos esta última semana.

No voy a intentar rehacerlo.
Me cuesta mucho sacar un rato libre y con el portátil a mano y funcionando. Ahora lo había sacado…

No consigo hacer nada que de veras me guste.

Tengo sobre la mesa de la oficina dos cajas de lápices de colores. Una al parecer tiene la peculiaridad de que son borrables, la otra combina en un mismo lápiz dos colores.
Simplemente están ahí. Una desde hace más de dos meses, la otra seguramente desde hace un mes.
No tengo tiempo ni para probarlas.
Pero tampoco me las traigo a casa. Supongo que porque al tenerlas en la oficina quiero creerme que las podré disfrutar en algún ratito. Pero sé que en casa no las emplearé nunca, nunca tendré tiempo y ganas para volver a dibujar. E irán a hacer compañía a otros muchos lápices de colores, lápices de dibujo de diferentes dureza, rotuladores, acuarelas, bolígrafos, pinturas de cera...

Y…, en fin: espero que el sistema no borre también este texto sin importancia.

domingo, 17 de diciembre de 2023

No hay perspectivas.

 Hace tiempo que dejé de pintar (o más bien, de dibujar).
Luego, de escribir. Bueno, escribía algo por aquí, pero nada que ver con mis años de escribir a diario, de crear historias o que éstas se creasen solas y yo fuese el instrumento de darlas a conocer.
Poco a poco, también fui dejando la rutina de este mismo blog. Y ni siquiera porque tuviese menos que contar que cuando escribía a diario o porque tuviese menos tiempo o menos necesidad: simplemente dejé de hacerlo.
De unos meses a esta parte apenas hago fotos. Alguna muy de vez en cuando. Y se quedan dentro de la cámara: no tengo interés en ver en pantalla lo que he fotografiado. En descubrirlo, más bien, puesto que cada vez veo menos y para las fotos no empleo las gafas.
Tampoco leo. Tengo una auténtica pila de libros pendientes. Y de revistas, suplementos dominicales del periódico (que hace años compraba a diario y ahora solo los domingos y muchos apenas lo hojeo para ojearlo).
Empecé a dejar de escuchar música. Yo, que no podía vivir sin música... Pero aún era costumbre fija encender la radio nada más levantarme por las mañanas. A las seis y media de la mañana ya estaba puesta la radio, con volumen bajito, y apagarla era lo último antes de salir de casa.
Hace meses que tampoco lo hago.

No le veo ningún sentido a hacer estas cosas.
Me limito a sobrevivir físicamente.
Mi nivel de ilusión por cualquier cosa es cero. Nulo.

Supongo que en cualquier dejaré de encender la cocina para prepararme algo de comer y me alimentaré con cualquier cosa que tenga en el frigorífico o compraré cosas precocinadas. Simplemente para no morirme de hambre, porque hace tiempo que dejé de disfrutar de la comida. 

Cuando lavo las sábanas procuro que se sequen en las siguientes horas para volver a poner esas mismas en la cama. Ya no las plancho, tampoco. Las tiendo bien estiradas y así también vuelvo a ponerlas en la cama.
Sé que no volveré a dormir acompañada. 

No hay perspectivas. No hay esperanza. No hay nada. 

Y tampoco ha vuelto a intentar contactar conmigo. ¿Para qué va a hacerlo, si hace tanto que lo hacía por simple compromiso y espaciando al máximo las llamadas y hasta las respuestas a los mensajes?

Quedan dos semanas justas para que termine el año.
Y la idea de tener que comenzar otro año más me produce tanta, tanta angustia...

domingo, 10 de diciembre de 2023

La evidencia de la nada.

 Pasan los días sin que pase ninguna otra cosa.
No tengo aspiraciones, ni ganas de tenerlas. Madrid está iluminado y, a estas alturas de diciembre, aún no he ido a ver las luces navideñas (más allá de las que veo desde el autobús y a las que tampoco presto mucha atención). He tenido tres días esta semana (viernes festivo, sábado y hasta de forma excepcional, domingo) y ni me ha apetecido ir. Es más, la idea me produce una inmensa pereza...
No he hecho ninguna compra navideña. Y, a fecha de hoy, admito que no sé si las haré. No veo ninguna razón para comprar nada, no tengo la menor gana de hacerlo. 

Es que me da igual todo. Absolutamente todo.

Voy al trabajo, paso allí las ocho horas que marca el contrato. A mediodía me voy a caminar, también para que se me haga más corto el tiempo, también porque no me apetece estar acompañada o porque prefiero estar sola o porque no quiero desarrollar el menor lazo de complicidad con mis compañeros de trabajo. También por eso no quiero quedarme con ellos cuando planifican el 'vamos a tomar algo' a la salida del trabajo y rehuso acompañarles cuando me preguntan si quiero unirme a ellos para ir al burguer o a la pizzeria cuando algún grupito decide ir. No me apetece. Sólo quiero cumplir con las horas de trabajo y ya está.
Paso doce horas fuera de casa. Llego de noche y cansada. Encadeno días idénticos. 

Aunque no me guste el teletrabajo, sé que si me lo propusieran como algo fijo lo aceptaría. Para no tener que vestirme cada día más allá de los pantalones de chándal y las sudaderas viejas. Para poder pasar el día con la misma trenza con la que duermo. Para no tener que maquillarme y hasta que me dé igual si me he lavado o no la cara.

Hace tres años y medio llevé muy mal el confinamiento.
Hoy no me apetece salir de casa. De hecho, creo que ni me apetece levantarme del sofá o de la cama o de donde me encuentre cuando abro los ojos tras un sueño inquieto lleno de imágenes absurdas.

El futuro no existe. 

No hay un 'tal día haré tal cosa', 'algún día viajaré a tal sitio', 'me compraré eso que no he tenido'. No hay nada. Nada más allá de levantarme, pasar ocho horas repartidas en dos tramos de cuatro cada uno y una pausa de una hora para comer en la otra punta de Madrid, encadenar trayectos y trasbordos, elegir cualquier de las prendas de ropa que ya ni guardo, que están entre el piecero de la cama y la silla y el baúl pequeño y que voy combinando hasta que al menos una vez al mes lavo algunas y vuelvo a ponérmelas y así día tras día, olvidando que tengo más ropa en el armario. 

No hay nada. Nada más que el vacío, que la angustia. que el despertar de repente asustada y con sensación de ahogo y tardar en volver a dormir. 
No hay nada. Ya no hay nada ni lo habrá. 

Y soy tan cobarde que ni siquiera tengo ganas de buscar el modo de terminar con todo, ese todo que constituye la evidencia de la nada, de una vez.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Sin que nada tenga sentido.

 Muy cansada. Sin tiempo libre. Con unos horarios criminales, sumando a las ocho horas de trabajo y la hora de descanso a media jornada un mínimo de tres horas de transporte que, algunos días de averías, lluvias torrenciales, manifestaciones o acontecimientos deportivos, pueden ser cuatro. Sin poder hacer otra cosa que enlazar días idénticos en que me levanto a las ocho, salgo de casa a las nueve menos diez sabiendo que debería hacerlo diez minutos antes porque llegaré tarde al trabajo, trabajar o algo similar hasta las dos de la tarde parando unos minutos a las doce para tomarme un café en el office, darme un paseo por el barrio en esa pausa obligatoria de dos a tres porque ni me planteo quedarme en la oficina, volver al trabajo hasta las siete de la tarde que suelen ser las siete y diez porque he llegado tarde, y empezar la excursión de vuelta a casa...para llegar más cerca de las nueve que de las ocho y media. 

Y empezar la rutina casi nocturna de poner el televisor, quitarme el calzado de estar en la calle, preparar algo de cena y aprovechar para prepararme también el sandwich del día siguiente y la cafetera para el café del desayuno, ducharme en algún momento entre ese instante y el de plantearme dormir, cenar frente a la televisión, terminar tumbada frente a la televisión sabiendo que seré incapaz de aguantar despierta por mucho que me pueda apetecer ver el final de alguna película o algún programa, trasladarme a la cama en algún momento sobre las dos de la madrugada...

Y empezar de nuevo.
Sin que nada tenga sentido.

Le echo de menos terriblemente. Me duele físicamente no saber de él.

Acostumbrada a que no me quiera, a que no le importe..., pero me mata su silencio. Ese silencio sin futuro, sin que exista un 'cuando pueda hablar me llamará o le podré llamar, cuando esté mejor podremos vernos un rato'.
Ese silencio sin explicación ni explicaciones. 
Nada tiene sentido. 

Primer domingo del último mes del año. 
Y todo me da igual. Ya todo me da igual. 

sábado, 10 de diciembre de 2022

Y pasarán muchas semanas...

 Me hubiese gustado verle antes de terminar el año, antes de lo que va a ser una inmensa pausa, una larga ausencia. Me hubiese gustado mucho.
Verle siquiera un ratito, lo que se tarda en tomar un café. Nada más que eso. 
Pero sabía, sé, que no iba a ser posible. 
Simplemente por algo tan básico como que no soy parte de su vida. No de esa parte que a mí me hubiera gustado ser. 
Me quedó perfectamente claro hace casi cinco años. Y si por no hubiese quedado tan, tan claro, volvió a recordármelo hace algo más de un año. Las dos ocasiones en que le ocurrió algo grave y me dejó fuera de su vida. Sin más. 
Me hubiese gustado verle. En realidad, a mí siempre me gusta verle, siempre me apetece. Pero aprendí hace mucho que no puede ser. Que no podía ser.

Ahora lo único que quiero es que todo salga bien. Que esté bien. Le quiero y que esté bien es mi deseo prioritario. Siempre lo ha sido, pero curiosamente cuanto más claro he tenido que no soy parte de su vida, más me ha importado él, más claro he tenido que lo que quiero es que esté bien. Con quien sea, con quien quiera, pero bien.

Hace más de un año tuve claro que no volvería a despertarme a su lado. No hay nada que me guste más que eso: abrir los ojos en medio de la noche y saberle a mi lado, despertarme cuando ya hay luz y verle. No hay nada que me produzca esa sensación de paz..., o, no es paz exactamente: es la sensación de que en esos momentos todo está bien, que no puede pasar ni pasarme nada malo. Pero tuve claro que eso no volvería a repetirse. 
A veces me digo cosas como 'no volverá a repetirse...en bastante tiempo'. Pero siento que me estoy autoengañando, sin más. Tiritas en el alma para disimular puñaladas. 
Este año nos hemos visto cuatro veces. Todo un récord, teniendo en cuenta las circunstancias...y el 'histórico' de los últimos años. Desde que me planteó la idea de venir a mi casa..., ya entendemos los dos para qué, tuve claro que no podía, que no debía, quedarse a pasar la noche conmigo. Y no porque a mí no me apeteciera (imposible que algo pueda apetecerme más con respecto a él) sino por él. Por su comodidad física. Y debo admitir que él sí planteó quedarse a dormir conmigo, hacer la prueba 'a ver qué tal se encontraba'...pero no, no quise permitirlo. Porque yo sí tenía claro que no iba a estar cómodo. 
Y nada me importa más que él. 

Hay muchas razones por las que nunca, hasta este año, quise que se fuese a dormir a su casa (o donde sea, a cualquier sitio donde se pudiese ir) tras estar conmigo. No quería con él ese tipo de encuentros: llegas, estar un rato, nos vamos a la cama, te vistes y te vas. No, no con él. 
Pero este año no quise que se quedase, no quise que intentase a ver qué pasaba, cómo se encontraba. Y no por mí (a mí me habría gustado cuidarle el resto de mi vida) sino porque precisamente por eso, porque le quiero, sabía que lo más cómodo era llegar, estar un rato, irnos a la cama, vestirnos y acompañarle hasta el lugar donde ya tuviese que dejarle ir solo. Hasta el punto donde su vida es algo donde yo no tengo cabida, donde yo no existo. 

Ahora solo quiero que todo salga bien. Que todo salga bien para él. 
Sé que lo van a cuidar. No sé exactamente quienes, no conozco a nadie de su entorno, pero sé que siempre hay alguien que le cuida y que ahora con más motivos lo van a cuidar.
Sé que van a pasar semanas sin saber nada de él y que, aunque me quiera empeñar en no pensar en ello, esa falta de noticias me va a doler. Sé que pasarán aún más semanas, meses, antes de volver a escucharle. Y que aún serán muchas más semanas y más meses antes de volverle a ver. Pero lo único que quiero es que esté bien. Incluso si no volviera a verle, lo único que me importa es que esté bien. 

Llevaba tiempo sin llorar. He conseguido no llorar mientras hablaba con él por última vez esta tarde.
Pero ya no está. No está a mi lado en el sofá, no estará a mi lado en la cama, no está al otro lado del teléfono. 
Y ya da igual si lloro o no. Y, aunque ni siquiera me sirva de desahogo, llevo un rato sin ver la pantalla porque no puedo dejar de llorar, como no puedo dejar de quererle ni de echarle (ahora, cada día, cada noche) de menos. 

viernes, 9 de diciembre de 2022

Nueve de diciembre. Seis tabletas de turrón. Y, por fin, la lluvia.

 Sigo sin ganas de nada. 
Es más: cada día aumenta mi desgana frente a la idea de hacer cosas. 
A veces hago algo y, casi, me quedo con la sensación de haber hecho un enorme esfuerzo, un gran trabajo. Ayer, por ejemplo: tiré unos cuantos pares de calzado que ya no usaba (fundamentalmente por deterioro: dos pares de sandalias de verano que hace dos se rompieron, pensé en que igual tenían arreglo y ni me molesté en intentarlo porque ya sabía que no lo tenían; unas deportivas que exteriormente no estaban mal, pero interiormente se estaban deshaciendo...y llevaba ya un par de años en que raramente me las había puesto; unas botas de lluvia a las que les entraba ésta, unas deportivas blancas muy baratas que compré pensando en el mismo uso y que tenían el mismo problema: les entraba agua si me las ponía lloviendo...., seguro que alguna cosa más). Llené tres bolsas medianas. Y no sé porqué no había tirado aún, porque simplemente estaban ocupando espacio en el cuarto de la lavadora. Bueno, pues algo tan simple y que no me llevó mucho más de cuarenta minutos hacer, incluido el ordenamiento de los estantes zapateros...me dejó la sensación de haber hecho una enorme tarea. 
A mí, que siempre fui hiperactiva. Que hacía doscientas tareas a la semana, tres o cuatro a la vez, que las horas del día me parecían pocas y a  veces me preguntaba cómo había hecho tantas cosas esa semana, si solo tenía siete días, si cada uno de ellos apenas veinticuatro horas y algunas las dedicaba a dormir...

Nueve de diciembre. Casi navidad. Con los regalos por comprar, poco presupuesto (aunque no quiero pensar en eso), con absoluta desgana hasta por comprar los dulces navideños. Ayer por la tarde fui al 'gran almacén' por excelencia y compré los turrones. Mi idea era comprar los tres básicos; una promo de ésas rebuscadas me hizo comprar ¡¡¡seis tabletas!!! porque la promoción era, precisamente, que comprando seis sólo te cobraban cuatro. 
Seis tabletas de turrón. Que luego apenas pruebo y que son la razón por la que en casa tenemos turrón hasta la primavera. Entiéndase por 'casa' la de mi madre, claro. Yo suelo comprar una tableta de turrón 'del blando' y doy de sí..., o mejor dicho, olvido en el frigorífico. De hecho, tengo media tableta del año pasado...
Compré un panetone hace dos o tres semanas (es de los pocos dulces que me entusiasman), compré bombones de chocolate negro con cereza al licor hace unos diez días (que me encantan), compré roscos de vino con almendra hace unos días (mi 'polvorón' favorito), compré esta semana una bandeja de frutas escarchadas 'de diseño'. Ni los he probado. 
Diciembre y a dos semanas para navidad. Cuando me parece que apenas ayer estábamos en plena ola de calor, ese verano sofocante y absurdo que ha sido el de 2022.

Estas navidades van a ser aún más raras de lo habitual.
En mi casa tampoco tenemos pensado celebrar nada. Cenaré con mi madre 'las dos noches' y, claro, comeré 'los dos días', y poco más. 

Además, estoy muy preocupada por él. 
Desarrollaré estrategias mentales para no pensar (demasiado), pero estoy preocupada. Sé que todo va a salir bien (de eso tengo absoluta certeza), pero no por ello voy a dejar de preocuparme. Aunque sea la primera vez en mi vida en que saber que alguien a quien quiero va a pasar por un quirófano (anestesia general, intervención complicada y de varias horas) me alegra. Porque es para bien, para bien para él. Y porque lleva demasiados meses esperándolo.
Estaré semanas..., meses, sin hablar con él. Aunque también eso ya lo conozco, ya he pasado por ello: el año pasado fueron más de cuatro meses de imposibilidad. La diferencia es que esta vez es porque está encaminada la solución; el año pasado, porque había acontecido el problema. Por decirlo de una manera simple. 
A  estas alturas (y creo que desde hace mucho) lo único que de verdad me importa en mi relación con él es que esté bien. Supongo que porque ya no me queda ningún argumento que me haga creer que hay algo más entre nosotros, algo más que mi interés por él. 
Sé que tendría que escribir sobre ello, sobre esta no-relación. Que me ayudaría psicológicamente. 
Pero estoy muy cansada.
Nueve de diciembre. Llueve, por fin llueve en Madrid. 
Y hasta eso, casi, ni me importa.


jueves, 1 de diciembre de 2022

Inactividad rutinaria.

 Mi nivel de actividad es tan, tan bajo, que me canso tras el mínimo esfuerzo. Así que paso todo el día cansada.

No recuerdo ninguna etapa de mi vida tan vacía. Ni con menos ganas de hacer nada. Y el caso es que por las mañanas, cuando me levanto de la cama, sí tengo planes, proyectos. Es más, creo que los hago en la cama, entre sueño y rato de insomnio. Levantarme, desayunar y ponerme a ordenar...qué sé yo, el dormitorio del fondo. Donde empecé metiendo la tabla de planchar, la aspiradora, el centro de planchado, la escalera plegable...y terminó siendo el sitio donde reina el caos, porque creo que llevo más de 15 años sin ordenar nada. O la otra habitación, donde tengo el ordenador antiguo...y que es otra habitación trastero donde amontono cosas: bolsas con regalos de Reyes inútiles con los que no sé qué hacer, pero que tampoco me atrevo a tirar a la basura. O cosas más sencillas: tirar suplementos dominicales atrasados. Esos que no leo el día que compro, que se quedan en casa de mi madre y que me llevo una vez al mes (los tres o cuatro de las últimas semanas) para revisar y deshechar...y que terminan creando montones. Porque hace años sí que los leía (en los trayectos al trabajo) e iban al contenedor de papel. Pero desde hace tiempo...no. Y no sólo estos meses de desempleo en que lógicamente no hay trayectos casa-trabajo. sino desde muchos meses antes...
Desayunar y ordenar el baúl del recibidor donde se acumulan esos suplementos y ropa que lavé-tendí-recogí...y ahí está, provisionalmente. Montón de ropa de la que recojo la que me quiero poner y que lleva meses sin pasar por su sitio en el dormitorio, porque el ciclo lavar-tender-recoger-ir al montón-volver a ponérmela...casi me parece ya lo nornal. 
Y no, no lo es. 

No he hecho nada en todo el día. Bueno, miento. He sacado brillo a dos teteras de adorno: frotar con 'algodón mágico' (una especie de gasa embebida en sidol) y luego con un paño de felpa viejo. Una de las teteras también la he fregado con estropajo. También he regado las plantas, algunas. Esa ha sido toda mi actividad. 
Sobre las cinco de la tarde me he preparado un calabacín espirilado y salteado con un poco de aceite. Sobre las diez de la noche he cenado unos filetes de pollo a la plancha. Todo muy sano. Pero también he picoteado kikos a la barbacoa, crema de queso cámember con palitos de cereales, un stick de fuet de pollo, un trocito de turrón de Jijona, una pasta de hojaldre... Además de los dos cafés a lo largo de la mañana y el pan tostado con mermelada de naranja. Y todo en un grado de absoluta inactividad física, sentada en el sofá ante el portatil jugando al tetris. 
Y sin ganas ni ánimos para hacer otra cosa. Porque tampoco he hecho mucho más en el transcurso de la semana. 

No estoy bien. No sé si será también algo físico (mañana me llamará la doctora para darme los resultados de la analítica de hace tres semanas. Rutina. E imagino que sin novedades reseñables, que por eso no me habrá llamado antes), pero anímicamente no estoy bien.
Y las inminentes navidades (y otras cosas) tampoco ayudan. 

Espero que sigan contando conmigo en la empresa donde me entrevistaron a finales de octubre y con la que quedé, quedamos, en volver a hablar en el transcurso de este mes para incorporarme en enero. Porque casi cuento con ello. 
Y porque de no ser así, tendré que ponerme a trabajar en cualquier sitio.
Y no tengo ganas, ni casi fuerzas, para empezar de nuevo un proceso de búsqueda activa de empleo que desembocará en otro trabajo basura de supervivencia.  

domingo, 12 de diciembre de 2021

Nada funciona.

 Semana rarísima que da paso a la última semana 'normal', por lo completa, del año.

La última semana eso, completa, es la que empieza en unas horas. Porque la siguiente ya será nochebuena (cae en viernes) y la siguiente nochevieja (sí, viernes de nuevo). 
Una semana normal en un año tan lleno de anormalidades como ha sido éste. Como sigue siendo éste.
Una semana que sé que seguramente tampoco será normal. Porque últimamente nada lo es, nada tiene la normalidad (ésa cómoda, de cotidianidad, de cosas controladas y controlables, de conseguir lo esperado y esperable) que me gustaría.

Me siento cansada, hinchada. Algunas noches siento frío. Quedarme dormida en el sofá, con la tele puesta, y trasladarme a la cama a cualquier hora: a las tres, a las cuatro y media, a las seis..., una noche me trasladé a las siete. Pero no tenía que trabajar al día siguiente, porque no me habría trasladado a la cama sino que me habría tenido que vestir y tomar el café. Y habría pasado el día con la extraña sensación de no haber dormido esa noche. Algunas noches apago la tele entre sueños y sigo durmiendo en el sofá. Algunas no tengo claro donde estoy, y sigo durmiendo en el sofá. Tiro de la mantita de sofá y siento frío en los pies, a pesar de los calcetines. 
Nunca había sido tan cotidiano eso, dormirme durante horas en el sofá. Alguna vez sí me había quedado dormida, claro, pero despertaba al rato, a la hora, a las dos horas...y automáticamente me trasladaba a la cama. 
Ahora me da igual.

Igual lo hago porque algo me dice que el tiempo que me haya quedado dormida es, quizá, lo que voy a dormir de un tirón esa noche. O porque ese 'dejarme llevar' es en cierta medida una forma de controlar mi vida (por contradictorio que suene).
No lo sé. Probablemente no tenga ningún sentido ni ninguna explicación.

Nada funciona. Y no sé cómo hacerlo funcionar. O tal vez sí. O quizá, simplemente, es que ya me da igual cual debe ser el correcto funcionar de las cosas. 

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Invisible.

 Un largo 'puente' de tres días en el que no he hecho nada.

En realidad, no he trabajado pero sí lo he hecho. El lunes tenía un contrato para cerrar (sí, el lunes festivo. Una de las dos fiestas nacionales patrias) y ayer martes tenía que hacer un par de llamadas...y al final otro contrato sorpresa y al margen de esas dos llamadas más o menos programadas me tuvo conectada casi hasta la seis de la tarde.
Total, tampoco tenía nada mejor que hacer.

Estoy cansada. Me siento vieja. No me lo paso bien en el trabajo ni me proporciona más allá de un sueldo con el que llego justa a fin de mes. Pero que tampoco puedo dejar porque no veo alternativas. Porque tengo un contrato indefinido en un trabajo que tampoco me supone grandes esfuerzos (no es tampoco cómodo ni fácil, pero ya digo que no me supone esfuerzos. El agotamiento es más de puro aburrimiento) y no estoy en edad de poder dejarlo y encontrar enseguida otro.
Absoluta falta de motivación y de estímulos. 

Mañana tengo que ir a trabajar de manera presencial. Cargar con el equipo informático para volver a cargar con él de vuelta por la tarde, porque el viernes teletrabajo.
Y, además, con conflictos por resolver. 
Y con las vacaciones navideñas sin aprobar. A estas alturas.
Y viendo como se contrata a diario. Y como se despide gente. Gente que, como yo, están con jornada completa (los nuevos contratos son a tiempo parcial). 
Pese a estar, a estas alturas del mes, prácticamente al 90% de alcance de los objetivos mensuales, sé que mi continuidad peligra. Y que da igual si cumplo sobradamente con mi horario, si no soy nada conflictiva, si intento aportar: no sé si llegaré a finales de año.
Y tampoco me preocupa especialmente. El problema es ése: que me da igual.

Nunca he tenido una falta de proyectos, de ilusiones, de planes tan enorme como ahora. 
En realidad, no tengo ninguno.
Miércoles festivo. Y esta tarde he ido al centro, a hacer unas compras, con el pantalón de chándal, una sudadera que empieza a ser vieja, sin maquillar ni peinar, sin ni siquiera ponerme pendientes.
Como quien de pronto, cuando está en casa y a punto de ponerse el pijama, recuerda que no ha bajado la basura y lo hace en una escapada rápida, sabiendo que no se va a encontrar con nadie.
Pero este miércoles festivo eran miles de personas las que llenaban Madrid. 
Y yo, con pantalón de entre chándal y pijama, sudadera casi vieja, deportivas de hipermercado, chaqueta de lana, sin pendientes ni sujetador ni maquillaje...simplemente era invisible.

viernes, 3 de diciembre de 2021

Las semanas se repiten.

No sé cuantos días llevaba sin ducharme.
Literalmente. Ni siquiera puedo afirmar que fuesen muchos, que fuesen varios. Sé que ayer no lo hice. Y quizás anteayer tampoco. ¿El martes? No lo sé con exactitud. Ni siquiera podría afirmar que lo haya hecho esta última semana. Pero tampoco negarlo.
Sí sé, en este momento, que me he duchado hace unos minutos.

Tampoco sé cuando pasé la aspiradora por la alfombra la última vez. Sí creo que puede haber sido hace un par de semanas. 
Las sábanas esperan ser planchadas desde mediados de noviembre. 
Y mi entorno, físicamente hablando, es un desastre. Limpio el baño, tampoco a diario, pero está limpio. Pero no ordeno ni recojo nada. Tengo ropa amontonada sobre el baúl del recibidor. Cojo de ahí las bragas y los calcetines que, eso sí, me pongo limpios a diario, Suelo dejar la ropa, tras quitarla de las cuerdas del tendedero, sobre ese baúl. Y desde ahí la clasifico: doblo y amontono lo que se guarda sin planchar, coloco en perchas o sobre los respaldos de las sillas lo que hay que planchar, guardo en sus cajones las prendas... 
Llevo semanas sin hacerlo. De hecho, no recuerdo cuando lo hice por última vez.

Me da exactamente igual mi aspecto físico. Sí me cambio de ropa a diario, pero me importa poco lo que llevo. Supongo que combino las prendas por puro instinto, por el hábito adquirido de tantos años cuidando ese aspecto. 
También amontono prendas sobre el piecero de la cama, en el taburete vietnamita. Prendas que me he puesto una vez, o tres. O igual ni siquiera me he llegado a poner. Prendas hasta del verano, que aún no he guardado y que, seguro, primero tendré que lavar porque no sé si me las habré puesto alguna vez o si están ahí tras haberlas lavado y no haberlas guardado. 
No me maquillo. Solo algo de khol en los ojos y rímel en las pestañas. Y simplemente para evitar restregarme los ojos.

Mi vida se limita a un ir y venir de casa al trabajo, ida y vuelta. Sin más. Con la rutina de entrar a comprar algo en el supermercado que me pilla de paso entre la estación de tren y mi casa. 
Leo. Llevo un libro en el bolso y leo mucho en los trayectos. Veo poco la tele y apenas me entero de lo que veo. No escucho música. Casi me obligo a salir a la terraza en algún momento del fin de semana  a regar las plantas. Cada vez tengo más plantas, porque también sé que en ocasiones he comprado alguna más en el mismo supermercado donde compro comida al pasar ante él.
Las semanas se repiten. Muchos días apenas como. O, mejor dicho, como fatal. Cualquier cosa para salir del paso a mediodía, cualquier cosa para creer que he cenado. Cada vez me sobran más kilos. No sé cuantos, pero sé que muchos. 
Y me da igual.

Supongo que cuando todo esto pase, porque también pienso que pasará, podré retomar mi vida. O lo que era mi vida en algún momento.
Pero ahora lo único que sé es que estoy pasando la peor depresión de mi vida. 
Y de momento soy capaz de reconocer eso, al menos. 
Al menos en algunos momentos.  

lunes, 28 de diciembre de 2020

Último día después.

Último lunes del año.
Lunes de ventilar bien la casa (ya que ayer no pude hacerlo), de recoger un poco lo que quedó aún por medio (mi ropa, entre otros detalles), de planificar las horas por delante para hacer compras 'de reyes'.

Ayer domingo, al llegar a casa ya de noche, hice la cama, me duché. Algo que hago con ese horario entresemana pero no los domingos. Pero este domingo, también último del año, sí.

Me gusta despertar brevemente y saber que acabo de encontrar el olor de su cuerpo entre mis sábanas, algo de él cuando ya no está. Por eso no cambio las sábanas tras sus visitas. 
Por si consigo soñar que sigue a mi lado, por si al menos en sueños recupero esa sensación de 'todo está mejor, todo está bien' que descubrí un día sentir al abrir los ojos en plena noche y verle dormido a mi lado. 
Ese espejismo que trae. Esa paz que nunca sé cuando volveré a disfrutar. 
Esa seguridad que, quizá, no sea otra cosa que saber que si me muriese en esos momentos no estaría, como sé que estaré cuando llegue el momento, completamente sola.

Último lunes de este año tan breve como interminable. 
Último 'día después' a su presencia a mi lado, esperando el siguiente algún día del próximo esperado año.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Semana agridulce.

Semana agridulce. Y en el justo orden del término.

La semana laboral ha sido una pesadilla. La misma pesadilla que lleva semanas siendo y cada vez es más intensa (incluso de puro aburrimiento). Un no-dar-vueltas para no llegar a ninguna parte, un no-dejar-de-girar en la rueda de la jaula del hámster, para terminar cansada y ver que no sólo sigues en el mismo sitio, sino que no dejas de estar encerrada.
A eso se sumamos un incipiente constipado (no creo que sea gripe porque ni va a más, ni remite pasados los cinco días de rigor). Aparte que la gripe es vírica y de todos es sabido que yo soy inmune a los virus (o al menos a esa conclusión llegaron los médicos que me trataron este verano y no supieron explicar qué había estado a punto de matarme. No es una frase hecha). Aunque no puedo (debo) tomar medicamentos, no he podido evitar tomar una aspirina esferverscente en el desayuno y antes de irme a dormir, con el correspondiente vaso de leche con miel en la toma nocturna. 
De momento no me ha matado. Ni la aspirina ni el resfriado.

Sé, no obstante, que no estoy bien. Llevo varios días sin apenas tomar agua. No tengo los ojos tan limpios como deberían estar. Varias veces me ha dolido (y algunos instantes, bastante) en un punto que debería identificar como el lugar donde tengo el hígado. Y el viernes por la mañana, en el trabajo, el 'tienes mala cara' fue formulado por varias personas: tenía ojeras, bolsas bajo los ojos y el ir con el pelo a su libre albedrío (la humedad me lo encrespa) y la cara lavada tampoco debió contribuir a mejorar el conjunto. 

Admito que ese 'mal aspecto' del viernes me vino estupendamente para avalar mi decisión de no acudir a la cena de navidad de la empresa. Evento que no me apetecía demasiado...y para el que tenía una alternativa personal que fue lo que terminó salvando mi semana, endulzando el final...

La noche del viernes al sábado apenas dormí (o casi debería decir que no dormí en absoluto, puesto que eran más de las cinco y casi las seis cuando me quedé dormida). Sin embargo, y pese a llevar despierta desde las seis y algo de la mañana, por tanto casi 24 horas, arrastrar el cansancio, el agotamiento y el hastío de toda la semana laboral, sumarle reuniones familiares poco agradables, añadir mi constipado, los retrasos, paros y huelgas en los transportes que no me queda más remedio que aguantar como parte de mi rutina diaria, la falta de tiempo que no me permite ni a ordenar mi espacio cotidiano..., pese a todo esto y más cosas, esa noche se me quitó todo el cansancio y me dieron más de las cinco y casi las seis perfectamente despierta y consciente y, posiblemente, siendo capaz de aguantar las horas que hubiesen podido venir después si me hubiera correspondido seguir despierta...

Un año, un mes y cuatro días después, volví a constatar que tenerle cerca me cura. Que el olor de su piel y el calor de su cuerpo cerca del mío me despierta y me tranquiliza a la vez.

Y que despertar a su lado, abrir los ojos y verle junto a mí, vuelve a hacerme sentir que todo está en su sitio, que todo vuelve a cuadrar, que ya no me rodea la basura ni el aire tiene tanta suciedad que me impide respirar. 

Aunque a estas alturas sepa que no es sino un espejismo, que en pocas horas todo volverá a la normalidad que aborrezco y al castigo que no sé porqué padezco y que componen mi vida cotidiana. 

Pero el momento en que estiro mi brazo para que mis dedos lleguen a su piel, en que acerco mi cara a su espalda y siento su calor y mis labios pueden rozarle, hace que se pare el mundo.

Y mi semana de mierda se convierte, finalmente, en algo agridulce. Como esa salsa de los restaurantes chinos que nunca sabré si de veras me gusta...pero que no puedo evitar añadir al arroz porque hay algo en ella inevitablemente adictivo.
Como soy, y lo sé, adicta a él.

domingo, 17 de diciembre de 2017

No recordar, para no olvidar.

Última semana antes de mis vacaciones. Dos semanas justas para que termine el año.

El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.


Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás.  Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio  a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.

En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.

Y también  tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis,  si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.

Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.

Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.

La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.

Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.

Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Empezando el final del año.

Empieza la primera semana del último mes del año. Este año impar y primo que está siendo tan raro y que quisiera que con el tiempo se convirtiera en totalmente olvidable.

Cada año, la primera semana de diciembre es una sucesión de intermitencias laborales. Al tener dos días festivos a nivel nacional (el día 06, aniversario de la aprobación de la Constitución y, por tanto, Fiesta Nacional conjuntamente con la del 12 de Octubre; el día 08. la Inmaculada Concepción, y por consiguiente festivo de tradición religiosa, conjunto al 15 de agosto) casi todos los años es un 'hoy trabajo-mañana libro-pasado trabajo-al otro libro' bastante desconcertante. Porque cuando llega el último día festivo (o laborable, según caigan los días semanales coincidentes con los laborables-festivos) ya no sabemos en qué día vivimos ni qué toca al siguiente...

Este año, los festivos son el miércoles y el viernes. Y como los días que me restan por disfrutar de las vacaciones anuales que me corresponden me los he reservado para las navidades, no puedo cogerme 'puente'. Así que me toca semana intermitente.

Tampoco pensaba hacer nada especial en ese 'puente' de cinco días que habría sido el resultado de haber tenido un día suelto de vacaciones o no haber guardado para navidad los ocho que me quedan.

Imagino que esa falta de planes y de motivaciones para hacerlos es la razón por la que no he planificado en todo el año mis días de vacaciones. Tres semanas en agosto, porque es lo más tarde en verano que en mi empresa podemos cogerlas; dos semanas en navidad, para terminar el año y empezar el siguiente fuera de allí. Y porque es lo más tarde que, en mi empresa, podemos coger las vacaciones que nos resten.
Por tanto, ni semanasanta, ni puente de mayo, ni puentes de octubre o noviembre. Las vacaciones en dos bloques concretos, con los días mínimos que en verano podemos cogernos (quince días, que al ser hábiles se corresponden a tres semanas) y el resto en navidad, que al ser también 'días hábiles' convierten ocho días en dos semanas completas (el día 25 de diciembre y el 01 de enero son lunes, este año. Por eso ocho días completan el resto de las dos semanas). En total, tenemos 24 días de vacaciones al año. El día número 24 tuve que pedirlo para estar en casa con motivo de una reforma en el edificio. A la que también tuve que dedicar otras cuatro horas y pico..., y preferí que me descontasen su coste de la nómina en vez de perder otro día de vacaciones. En esto sí fui calculadora..., pero simplemente porque prefiero esos 'bloques de vacaciones'...

Mi presente es tan interesante y tan apasionante como el texto de este post: cosas intranscendentes. Casi como hacer la lista de la compra y compartirla.

A veces me despierto a mitad de la noche y le echo de menos. Pero cierro los ojos, me doy la vuelta en la cama, me hago un ovillo, vuelvo a darme la vuelta, intento volver al sueño absurdo del que acabo de salir.

A veces recuerdo que más que probablemente no vuelva a verle en lo que queda de año. Y entonces empiezo instintivamente a calcular qué día podría, qué día podríamos... Entonces vuelvo a recordar que la razón por la que más que probablemente no vuelva a verle en lo que queda de año, y quizá mucho más tiempo que ése, es que él no tiene la menor intención de verme ni de que le vea. Y cierro los ojos, pero no puedo darme la vuelta ni hacerme un ovillo, porque estoy en la calle o en el bus o en el tren o en el trabajo. Y me duele tanto que por un instante me cuesta respirar.
Y todo me parece absurdo, pero no es un sueño.

Tengo ganas de que termine este año. No porque crea que el próximo, un año par con Mundial de Fútbol, vaya a ser mejor. Simplemente, cambiar de año. Sin más.

sábado, 3 de diciembre de 2016

De noviembre a diciembre.

Hay semanas agotadoras, aunque luego se mire hacia atrás y no haya pasado nada que justifique esa sensación.
Semanas que se pasan esperando que llegue el viernes, porque el viernes se sale un poquito antes. Y que el viernes se pasa esperando esa hora, casi más bien porque falta menos para que llegue la noche y eso signifique que no hay que madrugar al día siguiente.
Luego llega el sábado, como hoy, y a las ocho y algo ya estoy despierta como un búho. Y recuerdo que a las cinco y pico de la mañana me obligué a levantarme del sofá donde me he quedé dormida para trasladarme a la cama, aunque mi cuerpo que se acaba de despertar parece estar de acuerdo con una parte de mi mente que pide que les arrope un poco más y siga durmiendo...
Pero si me amanezco en el sofá me voy a pasar todo el día con la sensación rara de no haber dormido.


La semana ha sido una sucesión de circunstancias laborales absurdas. De pequeños despropósitos que, también, ayudan en parte a que todo se haga un poquito más ameno. Caos que hay que ordenar y que ralentizan el buenhacer de las cosas, pero que también tienen su puntito de sal y pimienta.
Aunque también contribuyen al cansancio. A seguir acumulando cansancio.

Salgo por las mañanas cuando aún es de noche y no veo amanecer en todo el recorrido. Cojo el bus de vuelta cuando el reloj dice que debería ser de día...pero también es casi noche. Paso fuera de casa cerca de trece horas: nueve de trabajo (con las oportunas pausas, que no llegan a una hora completa), más de tres de transportes. Con sus huelgas encubiertas, sus cortes de línea de metro 'por atención sanitaria a un viajero, se estima en más de dos horas', sus transbordos que algunos días se hacen eternos porque se diría que algunos pasillos crecen a voluntad, sus tener que desviarse de la ruta habitual para hacer una compra por encargo. Día tras día. Rutina tras rutina.

No hablé de ello la última vez que escribí. Pero la semana pasada tocó otro 'aplazamiento sucesivo'. Bueno, en realidad fue una 'cancelación de planes' por cuestiones de salud, si tengo que definir correctamente el tema.
Asunto que me tuvo preocupada toda la semana. A estas alturas, prevalece eso sobre la pequeña o gran decepción que puede significarme el tener que cancelar algo que me apetecía.
Hace mucho, en realidad, que prevalece por encima de lo que me pueda apetecer a mí el hecho de que él esté bien. Creo que en esta relación siempre fue así: no hay nada que me parezca más prioritario.

El 'aplazamiento' ha sido 'hasta que se pueda'. Hubo un mínimo resquicio de que hasta pudiese haber sido ayer..., pero realmente no me lo planteé del todo.
A veces también pienso que este 'es posible que sí, luego veré que no, igual la próxima semana, igual el próximo mes'...también me sirve para que las semanas se me hagan más llevaderas.
A veces también pienso que si la rutina no me resultase tan demoledoramente agotadora, no podría ilusionarme con algunas posibilidades. Luego desestimo ideas como ésta. Cuando me doy cuenta de que por encima de todo, en estos 'aplazamientos' lo único que me importa es él.
Hace ya mucho que asumí que yo sí veo esto como una relación sentimental, porque yo sí le quiero, pero que simplemente es eso: algo de mí hacia él. No es, ni va a ser nunca, una 'relación de pareja' porque él jamás ni se planteó algo así conmigo. No busco excusas. Ni las querría. Y aunque todo sería muy fácil de explicar si digo que 'sus circunstancias personales y familiares lo hacen inviable'... en realidad también sé que si sus circunstancias fuesen otras, el resultado sería muy similar.
O quizá peor. Porque si esas circunstancias fueran otras, es más que probable que ni siquiera me quedase la esperanza de alguna noche juntos, porque haría mucho tiempo que en su realidad habría otra relación más 'normal' con alguien que de veras le gustase y con quien de veras quisiera pasar el resto de su vida.
Que nunca he sido yo y que, al menos a estas alturas ya no tengo que plantearme otra cosa, nunca lo seré.

Hay semanas laborales que son agotadoras. Y hay fines de semana que tampoco sirven para descansar, desconectar y, pasando página, recargar las pilas para la siguiente.
Los siete días de esta semana de transito desde noviembre hasta diciembre cumplen con absolutamente todos los requisitos.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Fin de año.

Todos los años los termino con un post. Mi post de recapitulación, de despedida del año.
Y éste..., pues no quería que fuese menos.
La verdad es que no tengo ganas de escribir. Estoy tristona. Es más: no recuerdo otro año en que haya estado tan triste estas fechas. No me gustan las navidades, no me han gustado nunca, pero intento adaptarme a ellas. Me disfrazo y me camuflo entre eso que dicen que se llama 'espíritu navideño', e intento que no se me note nada.
Este año no he tenido ganas ni de eso.
Ha sido un año extraño. Es el primer año, desde hace seis, que empiezo el año desempleada. No es que ésa sea la causa por la que me siento triste, no: casi es lo de menos. No sé si porque quiero ser optimista (de algún modo) o porque este año ha sido tan difícil laboralmente hablando y he terminado tan cansada..., que pensar en reincorporarme al trabajo es simplemente un paso más. La semana que viene empezaré con los CVs, con las entrevistas..., y lo que tenga que ser, pues será. Ya está.
Estoy triste como consecuencia de todo el año. De tantas cosas, de tantas decepciones..., algunas que ya venían de antes. Triste porque sé que para el próximo año ya no puedo tener esas..., no sé cómo definirlas..., ¿esperanzas? ¿ilusiones? Eso que realmente no podía ser, que sabía que no podía ser..., porque hace mucho que destruí los castillos que se estaban edificando solos en el aire y soplé hasta eliminar cualquier resto de ceniza o de polvo de nubes. Pero..., no sé, Supongo que algo en mí seguía creyendo que podía tener derecho a un milagro. No sé de qué tipo, porque sería eso: un milagro.
Y no: los milagros no existen,
Da igual.

Termina un año complicado, raro. Un año de disparatados horarios laborales, de dar vueltas para no llegar a ningún sitio. Un año que ni siquiera puedo pensar que sea 'de transición', porque ya no pienso que esté yendo hacia ningún sitio.
Un año que, como todos, termino 'cumpliendo años'. El año y yo cumplimos a la vez: él desaparecerá esta noche, yo lo termino con un nuevo dígito en la edad. Llevo todo el día (en realidad, desde anoche) recibiendo y contestando mensajes de felicitación; una de esas cosas que pueden tener 'buenas' las redes sociales, que señalan a los conocidos y a los amigos desmemoriados cuando es el cumpleaños de los demás. Aunque normalmente quien por lo que sea en algún momento se ha enterado de qué día nací suele acordarse de que es mi cumpleaños (otra cosa es que se acuerde de felicitarme ese día: luego en enero me lo suelen comentar).

Él no me ha llamado, ni me ha escrito. Ni creo que lo haga. Ayer por la tarde nos vimos: sigo empeñada en mantener ese mínimo contacto de al menos acompañarle en el metro en el trayecto que tiene que hacer desde el trabajo hasta su casa. Tampoco me mencionó nada. Me consta que ni se acuerda ni le importa en lo más mínimo cuando pueda o no cumplir yo los años. Alguna vez se lo he comentado..., y suele responder que tiene no sé cuantas amigas que cumplen el uno de enero.
Y eso es lo importante, supongo: que se acuerde de que sus amigas celebran su cumpleaños el uno de enero.
Los dos o tres últimos años, simplemente, coincidió que la noche del 30 hablamos por teléfono... y creo que al menos una de las veces nos dieron las doce hablando. Y le pedí que, ya que estábamos, me felicitase (esas tonterías). Este año no espero que dé señales de vida, para qué pensar otra cosa.
E igual yo debería de dejar de insistir. Para qué. Si ya lo tengo muy claro, si este año me lo ha dejado tan claro que aunque fuese rematadamente tonta me habría dado cuenta de su absoluta falta de interés.
Este año no voy a desear nada al soplar las velas de mi tarta. Para qué, si ya he comprobado que algunos deseos no se cumplen por mucho empeño que se ponga en facilitarle las cosas a la vida para que sea así.

Da igual.
No voy ahora a recopilar nada de lo que ha pasado este año. En realidad, sólo quiero que termine. Tampoco por pensar que el próximo, que mañana, las cosas vayan a mejorar..., pero quiero que estas fechas que para muchos son 'estas fiestas' se terminen cuanto antes. Volver a una rutinaria normalidad..., aun sabiendo que tampoco eso va a cambiarme nada.

Éste es, eso, un post casi de compromiso.
Por si aún me lee alguien: feliz 2015.

sábado, 20 de diciembre de 2014

A quien nunca le gustó besarme.

Sigo mandando besos a alguien que no me quiere.
A veces me digo que es por costumbre. Que sigo llamándole y sigo enviándole un sms casi cada noche para saber como está, y que lo hago por costumbre. Por costumbre mía de hacerlo...y a veces quisiera creer que por costumbre suya de que lo haga. Pero sé que esto último es mentira.
En el mejor de los casos, le da igual. En el peor, le molesta que lo haga. Y cuando valoro la segunda opción me siento terriblemente egoísta. Y me digo que tengo que terminar con todo esto, con todo eso. Que debo dejar de llamarle y de escribirle. Y, por supuesto y por encima de todo, de empeñarme en verle.
También los últimos meses me han dejado eso muy claro: le da igual verme que no. O, peor: me digo que hay demasiadas pistas, demasiadas señales, demasiados detalles y alguna afirmación directa que me dicen que le molesta que vaya a verle. Esas frases sueltas de que le gusta volver solo en el metro a casa, por ejemplo. Esos avisos de que igual no salía a su hora, que no fuese..., y si finalmente he ido porque total, ya estaba cerca..., sí ha salido a la hora en principio prevista. Y si no he ido..., saber que luego no hubo ningún cambio de planes.
Siempre fue muy educado. Simplemente era una forma educada de indicarme que no le apetecía nada verme.


Este sábado me apetecía mucho verle, me apetecía pasar la noche con él. Bueno..., siempre me apetece verle, lo sé. Pero también tengo asumido que no puede ser...son ya muchos años de 'no poder ser' y tuve que asumirlo y ya está. Y sin embargo...
Sin embargo, muchas veces fantaseo. Y pienso que porqué no va a poder ser esta vez esa noche. 

Me gusta mucho, también como hombre. Y hubo días en que me apetecía mucho tener sexo con él, días en que en teoría además era posible, días en que se había planificado con tiempo..., y luego no pudo ser. Y me tuve que aguantar y ya está. Y negarme a pensar que simplemente le había surgido otro plan. Porque en esas ocasiones normalmente me explicaba porqué la nueva cancelación sucesiva que yo me empeñé en llamar 'aplazamiento', y yo le creía y ya está. Nunca dudé de él, nunca. Siempre le creí, supongo que porque no pensé en ningún momento en algo tan sencillo como que pudiese ser mentira, que no le apeteciera verme o que de pronto le surgiera un plan mejor..., aunque a veces fue eso, y también lo sé, y lo sé porque disfrazándolo de otras cosas también me lo planteó así: 'este viernes, sábado, no..., pero te propongo un plan mejor: la semana que viene'. Y yo simplemente aceptaba, porque tampoco tenía más opciones. Porque la otra opción era no verle y ya está.
No me planteaba que esas cancelaciones realmente lo que conllevaban era que no le apeteciera estar conmigo. Y también sé que no me lo planteaba porque no quería hacerme más daño a mí misma.

Ahora 'libra' un sábado sí y otro no. He aprendido rápido que ésa es la teoría, porque creo que 'la práctica' es que 'libra' cada tres o cuatro semanas...
Hace dos semanas le propuse sutilmente que se viniera a pasar la tarde conmigo. A veces casi me reprocha que no le propongo nada..., simplemente no recuerda que durante meses fui yo quien propuso..., que muchas veces he sido yo quien 'ha propuesto'..., aunque ni siquiera yo quiera reconocerlo. Propuestas para tomarnos un café o para comer juntos, en los seis meses en que trabajé en el centro de Madrid, salía antes de las siete de la tarde (los viernes a las tres, el resto de los días parando de dos y media a tres y media); propuestas mucho antes de esos días, entre la broma y el coqueteo, para que se viniera a pasar la tarde a mi casa....'y luego ya veremos'. Hasta que llegó esa primera noche, tras aplazar durante semanas por su parte, y repetir que tras esa primera noche vendría una segunda... Y la segunda se aplazó, y...
Creo que desde ese día decidí que sería él quien propusiera y aplazase. Porque si era yo quien proponía y él quien aplazaba..., enseguida se terminaría el juego. No habría muchas propuestas más, no iba a seguir acumulando rechazos.
La teoría claro que era ésa. Es ésa.

Supongo que todos nos contamos mentiras para justificar lo que disgusta en la realidad que nos rodea.

Hoy tampoco nos hemos visto. Entiendo perfectamente que tiene planes familiares, claro que lo entiendo..., cómo podría no entenderlo, si he asumido desde hace años sus circunstancias personales y familiares, cómo no iba a entenderlo hoy que ni siquiera teníamos planificado vernos.
Por mucho que a mí me apeteciera. Y es que eso da igual. Ya ni se lo menciono.
Hace mucho que no me habla de sí mismo, de sentimientos. Nuestras conversaciones son monólogos por su parte sobre su trabajo. Y a mí me sirve, porque sé que es lo máximo que voy a obtener de él: de qué otra cosa le iba a hablar a alguien como yo, que nunca he pasado de ser su 'compañera de la izquierda durante los peores seis meses laborales de su vida'. Los peores seis meses que pasó en la empresa en la que hoy y desde hace casi dos años vuelve a trabajar, en la que llevaba años trabajando cuando le conocí, de la que yo salí hace tres años y medio y a la que no volveré nunca.
De qué sino me va a hablar, si para él no tenemos otra cosa en común.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Bueno, miento: hace cuatro semanas que no hablamos de sexo, porque hace cuatro semanas que durmió conmigo por última vez. Antes de esa semana, hacía mucho que no hablábamos de sexo.
Cuando precisamente eso, hablar de sexo, algo que se fue convirtiendo en un coqueteo mutuo tanto telefónico como en persona, era una de las peculiaridades de una relación que en principio no era sino la de dos personas que habían trabajado juntas y, de vez en cuando, hablaban por teléfono o quedaban para tomar un café. Cuando, tras esa primera noche, siguió siendo uno de los principales temas..., una especie de hilo que recorría veintitantos kilómetros cruzando de paso un río medio seco, mientras yo a oscuras daba vueltas en mi cama con su voz en el oído izquierdo.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Hace mucho que no me habla de nada que no sea su trabajo.
Hace mucho que dejó de proponerme cosas, que dejó de mirarme.
Y yo quisiera poder preguntarme qué hago con él...
No, no 'hago' nada con él, porque no está conmigo. Quisiera poder preguntarme qué hago dando vueltas a su alrededor, cuando no voy a obtener nada de lo que quisiera, quisiera poder preguntármelo y darme una respuesta. Otra respuesta.
Porque la única que me podría dar es que, simplemente, le quiero. Y me cuesta mucho empezar eso que sé que debo hacer, y que no es sino dejarle en paz, alejarme de él, de una vez.
Empezar por dejar de mandar besos a quien nunca le gustó besarme.

martes, 16 de diciembre de 2014

Desgana.

Sin ganas de hacer nada.
No tener una 'rutina laboral' me hace perder en cierto modo la noción del tiempo: tengo que pararme  a pensar en qué día vivo. No tengo obligación alguna para levantarme a tal hora (aunque me sigo despertando antes de las ocho, y luego vagueo hasta las nueve y algo: a las diez estoy levantada), no tengo horas concretas para ir a tal sitio, comer o tener cual cosa terminada.
Tengo mil cosas por hacer (todo lo que acumulo a lo largo de las semanas y los meses en que no tengo un minuto libre), pero no me apetece hacer nada. Tampoco me apetece estar tirada en el sofá, ni enredando en internet mientras estoy sentada, que es algo que podríamos definir como 'descansar'. No: simplemente no tengo ganas de nada.

Tampoco estoy mirando ofertas de empleo: en estas fechas sé que es tarea absurda. Además, podría darse el caso de que sí, de que me llamasen para hacer entrevista e, incluso, que firmase contrato... Y ahí entraríamos en un problema: si lo que voy a buscar son trabajos de tipo comercial (y visto lo que he hecho los últimos años, más que probablemente sea para venta telefónica) soy consciente de que estamos en los peores días para que nadie te compre un producto de tipo 'financiero' por teléfono (lo sé por experiencia, claro), por lo que estaría gastando un valioso 'periodo de prueba': las empresas no se ponen a valorar si la época en que transcurre ese periodo es potencialmente buena o mala.
Tengo que actualizar el currículum 'en papel'. El imprimible que hay que aportar habitualmente cuando te citan para una entrevista personal. La versión que tengo, aun estando retocada y revisada...y muy recortada (debo ser de los pocos casos que omiten información... en vez de recargar el currículum con experiencias y conocimientos falsos) sigue siendo demasiado larga.
Tengo que actualizarlo y me da una pereza atroz.

Tengo dos habitaciones por ordenar: la que he empleado algo así como 'de despacho' los últimos años (y que finalmente terminó por ser la habitación donde tenía el ordenador...y mucho papel desordenado de mala manera, y trastos varios, y la manta de la cama en verano, y..., y su almohada) y la otra...donde acumulo en plan trastero la tabla de planchar, el propio centro de planchado, la escalera portátil con la que descuelgo y cuelgo cortinas, aspiradora medio averiada, productos de limpieza (también por la proximidad con el baño)...y cienmil papeles, libros y trastos de todo tipo, incluidas dos impresoras viejas y restos de un ordenador de sobremesa. De hecho, en sendas bolsas de viaje tengo aún sin recoger (y sin mirar, francamente) los regalos de navidad de los dos pasados años... El colmo del caos. El colmo de quien tiene de todo en grandes cantidades, también. Y que no tiene tiempo. Ni ganas.
En esa habitación hay cosas que llevan diez años esperando a que las eche un vistazo: las que traje cuando cerramos la empresa donde trabajaba. Y que no, no eran cosas que 'me regalaron' por el cierre: en gran parte eran cosas que yo había comprado y que estaban allí. Mi auténtica adicción por el material de escritorio (unido a unos ingresos más que aceptables) hacían que comprase todo tipo de útiles de escritura, carpetas y demás sin que eso redundase en pasar factura alguna a mi jefe. Y esas cosas: archivadores, cajas con bolígrafos, rotuladores, pinturas, cartulinas..., siguen esperando a que tenga tiempo y ganas y 'me moleste' en  ordenar, clasificar y tirar (porque muchos bolígrafos estarán secos desde hace años. Por ejemplo).

No tengo ganas de hacer nada, insisto.
Tampoco de salir a buscar y comprar los regalos de Reyes. Esa obligación que cada vez me apetece menos cumplir...y para la que soy consciente de que tampoco tengo 'capital'. Sé que tengo pendientes una serie de gastos absurdos, inútiles..., que muchos ya los he hecho (comprar el turrón y demás dulces navideños, que luego apenas si pruebo) y que supondrán llevarme un susto mortal cuando a mediados-finales de enero me llegue el extracto de la cuenta bancaria.
Gastos y más gastos, sin tener trabajo, viniendo de un trabajo donde tenía un sueldo de supervivencia. Y sin ganas ni ilusión para gastar.

Ayer estuve dando una vuelta por el centro de Madrid, también porque tenía que visitar una de las tiendas 'habituales' en mis compras. Papel de regalo original, gadgets de ésos que tampoco son caros de forma individual, que completan el total de los obsequios...y que supondrán otra suma en el listado de gastos totales. Hice un par de fotos (o seis, o diez) en la Puerta del Sol. Madrid comercial de noche en navidad. Y regresé a casa.
Uno de los planes/proyecto era enviarle el sms de rutina (porque hasta eso es rutina) para decirle que estaba en Madrid...y acercarme a esperarle. Igual no a la boca del metro más cercana a su trabajo (no tanto porque está lejos...sino, y lo sé, para evitar que le vean conmigo. Evitarle que alguien pueda pensar que tiene algo que ver con alguien como yo, alguien que también me pueda conocer de antes y no lo entienda. El pasado comienzo del otoño me dejó claro, muy claro, que no le gusta que nos vean juntos) pero sí a algún intercambiador de metro que le pille de paso en el recorrido habitual para volver a su casa. Al final..., al final al mirar el reloj me di cuenta de que iba justa de tiempo. Claro que hubiese podido: más que de sobra, Sol-Avenida de América, por ejemplo... Pero no lo hice. En esos casos de duda, al final sí pesa el recordar que no soy parte de su vida, que a él tampoco le parece apetecer en lo más mínimo verme. Y que..., en fin, qué más da. Supongo que en realidad debo estar haciéndome a la idea de que esto también se ha terminado. Y que no puedo ni debo seguir siendo tan egoísta.

No me apetece hacer nada. No me apetece siquiera darme el bañito de color en el pelo, que ya lo está pidiendo a gritos. Ni hacerme la pedicura (total, si no me va a ver las uñas de los pies nadie. Total..., si me estoy dando esa excusa cuando durante años no me habría servido, cuando siempre he llevado impecablemente arregladas y pintadas las veinte uñas, sacando tiempo de donde no lo tenía), ni nada que pueda suponer mejorar mi aspecto físico. Total, para qué. Total, si ya soy invisible.

Estoy cansada y no hago nada. O..., o ni siquiera estoy segura de que sea cansancio lo que siento.
Simplemente son ganas de no hacer nada. Desgana generalizada.

martes, 9 de diciembre de 2014

Veintiun días.

Estoy triste.
Creo que es el mejor modo de definirlo de una forma concreta y concisa: estoy triste.

Las navidades no me gustan, nunca me han gustado. Y todo a mi alrededor es eso: proyecto de navidad. Estética navideña en las tiendas, nieve artificial en los escaparates de las tiendas en una ciudad donde raramente nieva...y además, sin que sea capaz de entender qué tiene que ver la nieve con la navidad, francamente. Productos típicamente navideños que comprar...y que bien, que me gustan, pero de los que nunca he tenido menos ganas. Eso ya sin querer pararme a pensar en que tampoco puedo permitirme los gastos que al final voy a tener que hacer. Como todos los años.

Tengo la sensación de llevar diez días perdidos. Los mismos que llevo esperando a que me vengan a arreglar un radiador que no deja de perder agua. Y, aunque la verdad es que he aprovechando estos días (bueno, moderadamente) limpiando, ordenando, planchando..., si miro hacia atrás me lleno de esa sensación de pérdida de tiempo. Porque hace diez días, el mismo viernes en que descubrí que mi radiador no dejaba de perder agua de una forma más que alarmante, mi proyecto era ya empezar a enviar currículums como respuesta a las pocas y malas ofertas de empleo que había publicadas en esos portales de búsqueda de trabajo que todos conocemos. Pero la necesidad de quedarme en casa para que vinieran a arreglar mi radiador (porque si me pongo a trabajar antes de que me lo arreglen ya no tendré tiempo para hacerlo. De hecho, si está estropeado es porque no pude quedarme en casa hace un año, cuando descubrí el inicio de la avería) me hizo empezar a postponer el plan: nada de responder ofertas, porque si me llamaban y ese día tenía previsto que viniera el fontanero, no podría ir o tendría que llamar al fontanero para que no viniese (y cualquiera sabe lo que podría tardar en poder volver). Y si la entrevista era fructífera y me preseleccionaban y tenía que incorporarme a esas 'formaciones selectivas' que hacen las empresas antes de decidir si eres o no lo que buscan...pues volvería a tener que decidir: radiador o empleo.
Y es tan complicado encontrar un trabajo como un fontanero. Y...
Y llevo casi dos semanas esperando.

Estoy triste.
Sé que también son las puñeteras hormonas femeninas, esos procesos mensuales que...
Los estrógenos. El radiador averiado. Mi desempleo. La navidad que no me gusta. Y tantas cosas, tantas otras cosas pequeñas...
En lo que queda de año tengo que encontrar el modo de reencauzar mi vida, de cara al 2015. Y me siento cansada, hastiada, con pocas ganas..., con nulas ganas de nada.
También tengo que decidir qué quiero con respecto a..., bueno, no. Rectifico: sé lo que quiero. Simplemente tengo de decidir lo que debo hacer. Querer..., claro que lo sé, claro que sé lo que quiero. Lo mismo que llevo queriendo más de cuatro años, y que es a él. Y que sé que sería pasar a su lado el resto de mi vida..., pero igual que sé que no puede ser.
Antes de termine el año tengo que decidir, simplemente, si debo seguir en contacto o no con él. Si debo seguir insistiendo.
Probablemente no nos volvamos a ver,  no le vuelva a ver, en lo que queda de año. Probablemente no le vuelva a ver en mucho tiempo.
Cada vez tengo más y más claro que no siente el menor interés por mí. Y creo que ya está bien, que no tengo ningún derecho a seguir insistiendo.

Me siento triste.
Quedan tres semanas y un día para que termine el año. Quedan veintiún días para que según dice el dni, cambie de edad. Cumpla años.
Probablemente no quede ni ese tiempo para poner punto final a lo que ya para siempre sentiré que ha sido el último amor de mi vida.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Reorganizando mis blogs.

Bien, pues hago un 'inciso' y copio aquí el post que he publicado en:
http://lanostalgicacoctelera.wordpress.com/

"Bueno, pues creo que ya he reorganizado mi blog.
Hasta ahora, me estaba 'apañando' con un blog en blogspot http://diario-de-una-exvampiresa-en-paro.blogspot.com.es/
que venía a ser la continuación del que tuve en Lacoctelera durante los últimos ocho años. En blogspost redactaba los post que luego copiaba aquí y que son los que anteceden a éste.
??????????
Cierto que no he copiado/publicado en esta plataforma todo lo publicado
y, de hecho, creo que algunas de las cosas que sí he publicado deberían haberse quedado donde estaban...pero es que mi falta de tiempo para organizarme, también y de forma fundamental mentalmente, es lo que conllevaba. Descontrol.
Por otra parte, también tenía pendiente intentar descargar el antiguo blog (los archivos de Lacoctelera) en wordpress. Porque sí: seguí las instrucciones y, aunque costó (porque costó) finalmente recibí el correo donde en teoría iban comprimidos todos los textos y sus comentarios y era cuestión comprobar si se podía descargar todo eso en otro blog (lógicamente, de wordpress, que al parecer es el único formato compatible).
Bueno, pues ya está.
Ahora mantengo el blog de blogspot:
http://diario-de-una-exvampiresa-en-paro.blogspot.com.es/
y tengo descargado en wordpress el antiguo blog de Lacoctelera... con !!!todos los comentarios!!!
http://diariodeunavampiresaenparo.wordpress.com/
donde también he añadido lo publicado en blogspost estos últimos dos meses.
A ver si  a partir de ahora mantengo un mínimo de coherencia y de continuidad escribiendo."

O sea, por resumir y aclarar:
Todo lo publicado en el desaparecido alojamiento para blogs 'La Coctelera' (donde mi blog se publicaba con el dominio 'espacioblog', por cierto), está actualmente copiado en
http://diariodeunavampiresaenparo.wordpress.com/

Aparte, mantengo el blog donde estoy escribiendo actualmente (aunque ya he copiado también en wordpress los post publicados hasta ahora aquí). Y colaboro, por llamarlo de algú modo, en
http://lanostalgicacoctelera.wordpress.com/
sitio muy aconsejable y recomendable para los 'antiguos cocteleros' (si alguno me lee...que se pase por allí, se registre y esas cosas. Es muy sencillo y viene todo explicado).

Y..., y nada más.
Seguiré escribiendo, pero volviendo a ser bruxana, como lo fui hasta el final en Lacocte, como lo he seguido siendo aquí desde que inicié este nuevo diario...