Mañana empiezo, oficialmente, las vacaciones.
Como creo que ya he comentado: sin planes de ningún tipo, más allá de intentar dormir lo más posible.
Sigo anormalmente cansada. Incluso sin hacer nada los dos o tres últimos días, estoy muy cansada y tengo mucho sueño aun sin madrugar.
Me gustaría mucho, mucho, verle antes de terminar el año. Pero sé que no va a ser así. Es más, cada vez estoy más segura de que no voy a volverle a ver. No sé si, simplemente, en mucho tiempo...o nunca más.
No se puede pensar en ver a quien ni siquiera contesta los mensajes. A quien se llama por teléfono y con quien no es posible hablar. Que ni siquiera en navidad se molesta en enviar una felicitación, aunque sólo fuese por compromiso.
No se puede soñar con estar con quien demuestra un desinterés tan claro y tan evidente.
Creo que debo dejar de llamarle y de escribirle, sin más.
A veces... A veces he pensado en ir a verle sin que me vea. Utilizar mi invisibilidad (aún más ante sus ojos, que hace tanto decidieron dejar de mirarme. Porque también descubrí, en aquellos tiempos en que me dejaba acompañarle un rato en su retorno a su punto de llegada tras el trabajo, que no me miraba) para verle sin ser vista.
En marzo estuve muy a punto de hacerlo. Llevaba tres meses sin verle. Un viernes cogí un bus, luego otro, uno que en teoría pasaba cerca de la estación de metro que es su punto de partida para regresar a su casa... Y antes de llegar a la parada donde debería bajarme, me di cuenta de la soberana tontería que estaba a punto de hacer...y seguí el viaje. Y terminé en un barrio al que ni le puse nombre ni se lo he intentado poner posteriormente, y bajé del bus, crucé la calle y cogí otro que no pasaría cerca de él. Y aún pasaron otros dos meses y pico antes de volverle a ver.
Hace semanas, haciendo limpieza en los archivos fotográficos del móvil, descubrí que llevaba una foto suya. La última que le hice. Estaba allí porque se la envié: las hago con la cámara de fotos digital, luego las descargo en el ordenador y desde ahí suelo mandarlas por guasap. Como él no maneja esa aplicación (o igual sí y yo no tengo acceso a contactar con él: hace poco supe que se puede bloquear contactos y no me extrañaría que esa fuese mi situación), las fotos se las enviaba por email. Y alguna mediante sms. Esa última foto se la mandé así, y por eso estaba en la memoria de mi móvil, simplemente.
Le llevo en mi teléfono desde hace año y medio. Sin saberlo.
No miro su foto, pero está ahí.
Espero sacar fuerzas algún día de los próximos meses para eliminarla.
Pienso en estas cosas, en todo eso que tengo que hacer (no llamarle más, no escribirle, dejar de enviarle un beso de buenasnoches, borrar sus teléfonos de la memoria de los míos para resistir la tentación de seguir haciéndolo...), y me falta el aire.
Pero luego pienso que también me habría faltado si hace dos años alguien me hubiese dicho que no iba a seguir viéndole al menos una vez por semana, como hasta entonces. Que llegaría un momento en que pasarían días y días sin que hablásemos. Que enviarle un sms no significaría tener respuesta.
Y ésa es mi realidad y sigo respirando.
No sé porqué, porque cada día encuentro menos razones para seguir haciéndolo, pero sigo respirando. Por mero instinto de supervivencia, supongo.
O porque para llorar necesito aire.
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lunes, 25 de diciembre de 2017
Seguir respirando.
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domingo, 17 de diciembre de 2017
No recordar, para no olvidar.
Última semana antes de mis vacaciones. Dos semanas justas para que termine el año.
El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.
Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás. Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.
En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.
Y también tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis, si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.
Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.
Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.
La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.
Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.
Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.
El 'pepitogrillo' o duendecillo protector que vive en mi hombro derecho (o en el izquierdo, dependiendo de dónde lleve el bolso) ya me está repitiendo lo de 'noquieroir-noquieroir-noquieroir', refiriéndose al lugar en que trabajo. Y aún faltan horas, nueve exactamente, para que llegue ese momento.
Pero es que no quiero ir.
Y las dos únicas razones por las que iré son que me pagan por ello...y que será el comienzo de una cuenta atrás. Para que lleguen mis vacaciones. Y, quizá, para empezar en serio a buscar otra cosa, algo que me estimule, que me provoque, que me devuelva las ganas de hacer cosas. Algo que ahora mismo no tengo.
En el resto de las cosas..., en fin. No hay más cosas. Sin más.
Y también tengo que reconocerlo de una vez por todas, y empezar el nuevo año rendida a la evidencia. No hay más.
Si alguien no te llama, no hace absolutamente nada por intentar verte, rehúsa las proposiciones y los planes y las opciones que le haces para que os veáis, si nunca te ha dicho que te quiere, si no le gustó nunca que se lo dijeras, si nunca tuvo un detalle contigo, si ni recuerda qué día es tu cumpleaños ni en qué fecha aproximada durmió por primera vez contigo, si cada vez que por fin quedabais estaba pendiente todo de un hilo y era más fácil que se cancelase el encuentro a que se llevase a cabo, si nunca ha querido quedar para comer o cenar en cualquier sitio, si la única foto que tienes con él es de un tiempo en que simplemente era un compañero de trabajo y te ha dejado claro que no quiere fotos contigo, si hace más de un año que no tomáis un café juntos (y antes de esa última vez también hacía meses), si nunca has podido tocarle en público, si nadie de su entorno sabe que existes, si ni siquiera te tiene guardada con tu nombre en la agenda de su teléfono, si te ha demostrado por activa y por pasiva que no eres parte de su vida ni formarás nunca parte de ella, si ni siquiera le atraes como mujer, si lo único que tienes claro y seguro de él y con él es que todo lo que he enumerado ahora mismo es lo único que hay..., es que ya no necesitas...no necesito, más pruebas.
Por mucho que le quiera, porque no voy a dejar de quererle. Pero no hay más. Sólo hay eso y sólo es eso lo que ha habido: que yo le quería. Y ya está.
Y no voy a dejar de quererle y lo sé. Pero no puedo seguir insistiendo. No va a volver a estar conmigo. Ya no está conmigo.
Creo que nunca lo estuvo, por mucho que recuerde algún detalle, algún momento, alguna llamada...
Ya está.
La semana que viene lavaré la funda de la almohada suplementaria, antes de guardarla. Esta vez, de manera definitiva. Porque pasará mucho tiempo antes de que alguien duerma en mi casa y pueda necesitarla. La compré para él, que sí la necesitaba.
A mí no me hace falta. Yo dormía acurrucada sobre mis propios brazos, mirándole. Me gustaba verle a mi lado si abría los ojos un instante, antes de seguir durmiendo. Me gustaba verle a mi lado al despertar. También recuerdo eso como si hubiese sido anoche.
Me quiero quedar con ese recuerdo, con el recuerdo de esa sensación de 'todo está en su sitio y todo esta bien'.
Aunque sepa que era un espejismo, me quiero quedar con ese recuerdo.
Quiero que termine el año.
Quiero aprender a buscar una pócima secreta, encontrar un sortilegio que me ayude a no recordarle.
Pero que, a la vez, me haga no olvidar. Nunca.
martes, 24 de octubre de 2017
Posibles últimos capítulos.
Escribir siempre me ha sido una terapia.
Debería escribir para sacar de dentro la basura que me va llenando la cabeza y el ánimo. Lo sé. Pero suelo llegar tan cansada, tanto, a casa...que no me apetece escribir.
Además, he desarrollado la capacidad de desconectar en cuanto salgo por la puerta del edificio de oficinas en que trabajo. O, lo más tardar, en cuando cojo el bus...
No pienso, no recuerdo, no me preocupo. Pero eso tampoco hace que se me vacíe la cabeza de porquería.
Debería escribir. Volcar aquí lo que siento, como he hecho tantas otras veces.
Pero estoy muy cansada. Y muy sola. También en este mundo virtual.
Y ni siquiera sé si quiero seguir teniendo abierto este blog.
Debería escribir para sacar de dentro la basura que me va llenando la cabeza y el ánimo. Lo sé. Pero suelo llegar tan cansada, tanto, a casa...que no me apetece escribir.
Además, he desarrollado la capacidad de desconectar en cuanto salgo por la puerta del edificio de oficinas en que trabajo. O, lo más tardar, en cuando cojo el bus...
No pienso, no recuerdo, no me preocupo. Pero eso tampoco hace que se me vacíe la cabeza de porquería.
Debería escribir. Volcar aquí lo que siento, como he hecho tantas otras veces.
Pero estoy muy cansada. Y muy sola. También en este mundo virtual.
Y ni siquiera sé si quiero seguir teniendo abierto este blog.
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