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jueves, 4 de marzo de 2021

Pasan los días. Y nada más.

 Pasan los días y es lo único que pasa.

Algunas mañanas pienso que igual debería quedarme en casa, en la cama. En realidad, no sería difícil: llamo a la oficina diciendo que no me encuentro bien; llamo al médico (o pido cita por internet o lo que se pueda) y digo que me he quedado en casa porque no me encuentro bien. Y no creo que fuese difícil que me dieran la baja, siquiera para ese día, igual para dos o tres. No sería difícil, la verdad. Están ahí mis antecedentes médicos, está ahí el miedo al covid, puedo contar que en mi empresa se han dado casos... 
No sería difícil, pero no lo hago. Porque lo que me apetecería es quedarme en casa durmiendo. Durmiendo durante horas. Conseguir dormir durante horas, realmente, para no pensar. Y la ejecución de ese plan mío, tan simple y a la vez tan calculado, implica dedicar tiempo: llamadas telefónicas, igual visita presencial a un centro de salud que me pilla a casi una hora de casa, posibilidad de analíticas o incluso de visita de control al hospital... Además de repercusiones económicas, en un momento en que no me puedo permitir perder ni un euro de ingresos...

Y pasa otro día más. Y me levanto a los diez minutos de escuchar el 'click' del despertador, que he apagado antes de que suene, que indica la hora en que lo había programado para despertarme. Y que he apagado antes porque siempre estoy despierta antes de que suene, aunque luego remolonee en la cama porque no quiero levantarme, porque quisiera volver a dormirme. Y al final salgo con prisas a más de las ocho porque tengo que estar a las nueve y media en el trabajo. Y me agobio si veo que no voy a llegar a mi hora, autoexigencia aun sabiendo que no pasa nada si llego más tarde, que basta con salir de manera que sean siete horas las que pase en la oficina...

Pasan los días y pasan sin más, uno tras otros, todos igual de vacíos. 

Y voy acumulando cansancio, canas, años, arrugas, kilos. Y no hay nada en el horizonte, nada más que lo que serán más días vacíos. Sin proyectos, sin planes, sin otra cosa que esperar que llegue el final de cada mes y cambiar la hoja del calendario, que la primera semana me llegue la factura del teléfono, que a mediados sea la de la luz, que sobre el día veinte quede para pagar el alquiler, que en algún momento antes de acaba el mes me ingresen la nómina... Gastos e ingresos que nunca voy a comprobar al banco y de los que sólo recibo notificación por correo cada dos meses en cartas que normalmente ni reviso en detalle.

Días sin planes, futuro sin otros cambios que nuevas agendas y algún calendario de pared. 
Pasan los días, se alarga la duración de las horas de luz. 
Y no pasa nada. Ya no pasa nada. 

viernes, 4 de octubre de 2019

Sensación de sueño sin motivos para tener sueño.

Me siento triste y cansada. Quizá lo uno sea consecuencia de lo otro, pero no sé en qué orden.

Duermo mal. Me quedo dormida (a veces porque no hago por evitarlo) en el sofá ante la televisión y me despierto y traslado a la cama a las tantas de la madrugada. Anoche creo que eran más de las cuatro. Algunas noches la tele se apaga sola, otras no y cuando despierto hay algún concierto en vivo en locales pequeños..., esos programas de madrugada que, seguro, me gustaría ver si los emitieran en horarios normales, de tarde. Algunas noches me despierto a las dos, o antes, y hay programas de teletienda o esos realitys absurdos de gentucilla sin profesión conocida encerrados en casas llenas de cámaras. O supuestamente encerrados en casas llenas de supuestas cámaras que lo graban todo. Algunas de esas noches aprovecho para trasladarme a la cama. Otras vuelvo a cerrar los ojos y sigo en el sofá. 
Nunca me ha llegado a amanecer fuera de la cama.

Me despierto sobre las seis y media, la que durante años ha sido mi hora de despertador y ponerme en marcha. Intento seguir durmiendo. Algunos días paso por el baño y regreso a la cama. Otros hago por aguantar e intentar seguir dormida. 
Algunos días consigo estar en la cama hasta más de las nueve, alguno hasta a más de las diez.

Me siento cansada.

Reviso ofertas de empleo en internet. Tengo prevista una entrevista el lunes a mediodía para algo más o menos interesante. Esta tarde he respondido enviando el currículum a otra potencialmente buena. Veo que hay cosas, que hay posibilidades de reengancharme al trabajo en breve. Pero hay momentos en que me digo que tampoco tenga tanta prisa, que igual debo esperar hasta encontrar algo que de veras me motive.
Y entonces entro en contradicciones, en el duende malo en el hombro izquierdo que me dice que con lo que cobro de paro casi cubro gastos mensuales y que tengo algo de ahorro (la indemnización...que me temo que a estas alturas ya no quedará tanto) y que puedo esperar incluso hasta después de navidad. Y el duende bueno en el hombro derecho pone el grito en el cielo ante esa posibilidad y me recuerda que no puedo seguir gastando tanto los ahorros como, sobre todo, el paro. Que por mucho que a fecha de hoy me quede un año completo de paro...los días y las semanas y los meses pasan. Como ya han pasado cuatro.

Los trabajos que encuentro tampoco son de ingresos espectaculares (cobraría un sueldo fijo similar a lo que ya estoy cobrando de desempleo) por lo que dependo de que sean empleos con comisiones e incentivos adicionales para que de veras valgan la pena.
Dar vueltas a todo esto me agota.

Y además llevo más de un mes sin verle. Y casi un mes sin hablar con él. Y sé (el poco contacto es mediante sms, los que le envío casi todas las noches para desearle eso, buenas noches) que lleva semanas enfermo.
Y eso me preocupa mucho. Su salud siempre me ha preocupado mucho. Y lo que le ocurrió el año pasado (y que también repercutió, esa preocupación por él, en lo que me ocurrió a mí) hace que aún me preocupe más su estado de salud. 
Porque a veces me asalta la duda de si me estará diciendo la verdad. Si no me estará ocultando algo, si no estará peor de lo que me dice.

Le echo de menos. Y quiero que esté bien.
Primer fin de semana de octubre.
Diez años desde que le conocí. Aunque eso será otro post.
Hoy estoy triste y cansada. 
Y tengo sueño. Siento que tengo sueño.
O igual no, porque ni siquiera tengo razones o motivos para tener sueño.

sábado, 30 de enero de 2016

Under pressure.

Estaba empezando a limpiar el baño. Tenía enjabonado con algo azul que huele fuertemente a limpiador el lavabo, el inodoro, el bidet, el borde de la bañera. Llevaba puestos unos guantes de goma de color amarillento, es para lo único que me pongo guantes. Bueno, para fregar el baño con productos de limpieza rotundos y para trasplantar cactus.
Estaba empezando a limpiar el baño cuando he escuchado 'cantar' a Mercury y Bowie. Under Pressure. La obra maestra que elegí para que me avisara cuando en el móvil nuevo entra un guasap, un correo, un sms. Cuando es esto último, la canción suena hasta que decido leer el mensaje en cuestión.
Creo que llevaba un minuto de música cuando he llegado hasta el aparato, que me esperaba sobre la cómoda de pino del dormitorio, el sitio más próximo al baño. Al salir he dado un involuntario puntapié a la bombilla que acababa de cambiar en el espejo, y he vuelto a comprobar cuan resistente es el vidrio con que las hacen, que no se rompen ni a golpes. La bombilla se ha quedado dando vueltas sobre sí misma...

He leído el texto. Lo he respondido.
En realidad..., bueno, en realidad lo esperaba. Lo sabía.

Cuando me he querido dar cuenta, llevaba un rato sin poder dejar de llorar ni de temblar, boca abajo sobre la cama, abrazada a lo único que tengo sobre ella, que es la almohada. No sé cuantos minutos habrían pasado, ni tengo conciencia exacta de mi mínimo recorrido desde la cómoda y la cama, desde la verticalidad a la horizontalidad.

En algún momento he dejado de temblar. No sé si seguía llorando. He vuelto al baño, a los guantes de goma amarillentos, a la esponja azul y blanca. He abierto los grifos, he frotado bien los sanitarios cerámicos, he dejado correr el agua hasta que no ha quedado rastro de espuma. Con una bayeta naranja he retirado los restos de jabón y he limpiado el pie de los sanitarios, los grifos, el borde del radiador, los toalleros. He guardado los guantes, la esponja, la bayeta en un cubo pequeño, todo en el dormitorio que colinda con el baño y que uso como 'trastero'.
El móvil seguía callado sobre la cómoda.
Y yo seguía temblando.

He cogido la almohada supletoria. Su almohada. La que dejé sobre el baúl en algún momento, la que suele dormir junto al piecero de la cama. Tenía que lavar la funda antes de guardarla.
No sé el tiempo que he vuelto a pasar llorando. Esta vez en el sofá, esta vez sobre la almohada que había llevado hasta allí conmigo para descoser la funda.

El relleno es como de algodón, pero no es algodón. Está ahí a mi lado haciendo una montañita sobre la alfombra.
La funda es como una bandera blanca que ondea en la terraza, secándose al sol de este último sábado de enero.
En un rato estará seca. El relleno volverá a mullirla. Coseré el breve espacio que he abierto para vaciarla. Y buscaré una bolsa blanca y limpia, para poder guardarla, quien sabe si para siempre. Hasta que un día me encuentre la bolsa en el armario y me dé cuenta de que la había olvidado. O hasta que alguien pregunte si a otro alguien le sobra una almohada, y yo, como con tantas cosas, me preste a cedérsela...sin esperar devolución.

He estado lavando mis jerséis, tendiéndolos, fotografiando una gerbera enorme que ha florecido inesperadamente, barriendo las hojas secas de la azalea rosa del comedor. Creo que he tirado la bombilla fundida y danzarina. Seguro que he hecho más cosas rutinarias que ni recuerdo.
Creo que no he dejado de llorar en ningún momento.
Lo único que quiero es dormir. Mi único plan es conseguir quedarme dormida. Necesito no pensar. Dormir a poder ser hasta mañana, y que el domingo pasé pronto, y que llegue otro lunes que inicie una semana agotadora como las pasadas, y que los sábados y los amaneceres de domingo no existan...

Espero que con quien quiera que esté le haga feliz, que le esté haciendo muy feliz.
Espero que donde esté, con quien esté, tenga también una almohada supletoria que le ayude a dormir mejor. Yo este último sábado de enero ya sé que ha decidido que la mía ya nunca le va a hacer falta.