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lunes, 14 de noviembre de 2022

Caos doméstico y días vacíos.

 Lunes. Casi once y media de la mañana. 
No he hecho nada ni tengo ganas de hacerlo.
La jarra amarilla con el café del desayuno, a medias, se enfrió hace un rato. Ante mí tengo el caos de la mesa baja del salón: varios vasos, la caja abierta de galletas (que ni siquiera sé si tiene dentro alguna), la jarra de agua que hace días que no uso, un par de bolsas de snacks y otra de chuches (de ésas que al cabo de los días terminan en la basura porque los snacks se resecan o cogen humedad y las gominolas se ponen duras como piedras), papeles, dos minitubos de pegamento instantáneo secos, una de mis cámaras de fotos, un dragoncito de goma antiestrés, unos cascos con micrófono... Seguro que más cosas que, con el portátil sobre las rodillas, no alcanzo a ver.

No tengo ganas de hacer nada.
Hace días que no reviso las páginas de ofertas de empleo. Creo que, no sé si consciente o inconscientemente, he dejado la búsqueda hasta pasada la navidad. Que dos ofertas que atraían mucho no hayan cuajado me produjo un considerable bajón anímico. Que la única oferta para la que me confirmaron que me querían en su plantilla sea de una empresa que está tan, pero tan lejos de mi casa (además de que es un trabajo comercial con objetivos casi inalcanzables) me hizo aplazar la decisión de trabajar con ellos. 
Y no me apetece hacer nada. 
Y no solo me refiero a ponerme a buscar trabajo. Nada en general.

En la cocina me esperan cacharros para fregar. Realmente nada está sucio-sucio: son platos donde trasladé comida, jarras y tazas de desayuno que enjuagué tras el uso pero no llegué a enjabonar, un par de cacerolas donde he hervido verduras, la túrmix que dejé enjuagada y llena de agua el sábado por la noche... Pero todo ese conjunto llena el fregadero, la encimera, parte de los fogones de la cocina... Sé que en media hora todo estaría limpio y escurriendo en el seno derecho del fregadero. Sé que en una hora todo estaría guardado en sus respectivos estantes. Pero no tengo ganas de hacer nada. Y por eso están ahí desde hace días, acumulándose. 

Sobre el baúl-asiento del recibidor se acumulan revistas dominicales para revisar-tirar. Y ropa, la ropa que lavo y tiendo en el tendedero de la cocina y que dejo ahí cuando ya está seca, para doblar y guardar. Hay prendas que llevan ahí semanas, que pasan de las cuerdas a mi cuerpo, que vuelvo a lavar-tender-dejar provisionalmente ahí. El centro de planchado (plancha con calderín) está a los pies del sofá desde el sábado, en que di un repaso antes de ponerlas a las sábanas recién lavadas y secas antes de la tormenta. Hay varias camisas-camisetas planchadas y colgada en perchas, enganchadas éstas en el picaporte de la puerta del comedor. Algunas semanas la plancha parece parte del decorado del salón: simplemente no lo guardo aunque tampoco lo vaya a utilizar. Para doblar-guardar todo esto solo necesitaría media hora de tiempo. Tiempo que me sobra como nunca me había llegado a sobrar. Pero no hago nada. 

Duermo mal. Me duermo en el sofá, me traslado a cama previo paso por el baño antes de meterme en la cama, a veces a punto de amanecer. Me desvelo. Me empeño en volver a dormir, casi con sentimientos de culpa porque me digo que quién sabe cuando volveré a tener la oportunidad de levantarme tarde. Pero si luego me levanto a más de las nueve, también tengo sentimientos de culpa por estar en la cama tan tarde...con la cantidad de cosas que tengo pendientes para hacer, cuando quién sabe cuando volveré a tener tiempo para dedicarlo a ordenar-recoger-limpiar a fondo.
Nunca he estado tan horrible físicamente. Hinchada, uñas sin pintar, raíces en el pelo. Me duelen los pies a poco que haga. Me duelen las articulaciones. No sé dónde quedó aquella que fui.

Doce del mediodía, acaba de decir la radio. El café ya estará completamente frío en la jarra de color amarillo.
Sigo con la camiseta de manga corta con la que duermo. Al otro lado del ventanal de la terraza, que está abierta, el cielo está cada vez más gris. Este casi invierno que apenas parece otoño.
Me rodea el caos. No tengo ganas de hacer absolutamente nada. 
Y la vida, ese tiempo que no vuelve, pasa a mi alrededor sin que yo sea capaz de convertirlo siquiera en recuerdos.

martes, 9 de noviembre de 2021

Vacío e intrascendente.

 Martes festivo en Madrid.
Ayer lunes teletrabajé (no me gusta teletrabajar. Si no viviera al hora y media larga del trabajo y no fuese tan tentadora la teoría de poder levantarme cerca de las nueve, me iría a la oficina incluso los días en que puedo quedarme en casa. Como ayer). 
Aunque hoy no tenía que madrugar, la verdad es que a la hora en que habitualmente me levanto ya estaba despierta. Y sobre las nueve (creo que antes) levantada y ya respondiendo correos relacionados con el trabajo.
No he aprovechado el día. Tenía pensado planchar, fregar el suelo de toda la casa, darme el baño de color mensual en el pelo, hacer cosas en la terraza... Apenas si he puesto la lavadora y pasado la aspiradora. 
Nada más. 
Estoy cansada de forma permanente. Me duele el brazo izquierdo (mucho. Contractura) y la rodilla derecha (mi recurrente lesión de menisco). Y toda la noche me dolió la cabeza. De hecho, ahora recuerdo porqué estaba levantada antes de las nueve: necesidad de paracetamol.
Tampoco el persistente zumbido del oído izquierdo (consecuencia de los cascos-auriculares de gamer que llevo un mínimo de horas diarias) ayuda. La sensación de estar escuchando permanentemente el distante motor de la nevera, el ventilador del portátil..., cosas que realmente no están haciendo ruido, porque ese zumbido extraño está en mi cabeza. Y hay días en que es muy, pero que muy pesado.

Mi vida es un vacío permanente y continuo.
Le echo mucho, muchísimo, de menos. Y tener claro que no debería sentirme así, porque en realidad nunca le importé ni le importó nada que tuviese que ver conmigo, que él nunca me consideró nada suyo, que no debería haber mantenido con él esta relación de más de once años..., no, no ayuda. No sirve de nada, no me sirve de nada para no echarle de menos. 
Pero la decisión de dejarme al margen de su vida, una vez más, ha sido suya. 
Y yo estoy cansada, muy cansada. Y no puedo luchar más.

Martes festivo totalmente vacío e intrascendente.
Como todo lo que acabo de contar.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Vacío y sueño.

 Si me paro a pensar qué me apetece hacer, por encima de cualquier otra cosa, diría que dormir. 
Me gustaría tumbarme a dormir sin prisas, durante horas. En realidad lo estoy haciendo: me tumbo en el sofá tras la cena, el paso por el baño, el dentífrico, la nutritiva facial, con la intención de ver un rato cualquier cosa en la tele...y lo siguiente es despertar viendo que el televisor se apagó solo o que emite imágenes de teletienda sin apenas sonido (lo voy bajando de modo casi automático, según me voy adormilando). A veces vuelvo a cerrar los ojos y duermo otro rato, otra hora... Y cuando me traslado al dormitorio pueden ser las dos o las cinco de la madrugada. 
Y quisiera seguir durmiendo durante horas, mientras fuera amanece el sol y la gente. 

He vuelto a perder las rutinas alimenticias (si es que las tuve en algún momento). Me da igual si como algo a mediodía, me da igual lo que cene por las noches o a qué hora sea. Picoteo snacks, bebo poca agua, no tomo leche. El jueves me dolía el estómago, o igual era el hígado porque estaba hacia la derecha y bajo las costillas. Un par de noches me he despertado con ganas de vomitar, creo recordar que una de ellas terminé haciéndolo. No me apetece nada en concreto. Bueno, sí, me apetece comer verdura. Pero me da pereza meterme en la cocina, pelar, hervir, esperar... Y entonces picoteo patatas fritas de bolsa o tostaditas con paté. 
Y me da igual.

El año avanza. Noviembre llegó y avanza. 
Y nada más avanza. 
Otra semana vacía. Otro sábado vacío donde no me acostumbro a su ausencia. A la ausencia que ya será siempre y para siempre.
 

jueves, 4 de marzo de 2021

Pasan los días. Y nada más.

 Pasan los días y es lo único que pasa.

Algunas mañanas pienso que igual debería quedarme en casa, en la cama. En realidad, no sería difícil: llamo a la oficina diciendo que no me encuentro bien; llamo al médico (o pido cita por internet o lo que se pueda) y digo que me he quedado en casa porque no me encuentro bien. Y no creo que fuese difícil que me dieran la baja, siquiera para ese día, igual para dos o tres. No sería difícil, la verdad. Están ahí mis antecedentes médicos, está ahí el miedo al covid, puedo contar que en mi empresa se han dado casos... 
No sería difícil, pero no lo hago. Porque lo que me apetecería es quedarme en casa durmiendo. Durmiendo durante horas. Conseguir dormir durante horas, realmente, para no pensar. Y la ejecución de ese plan mío, tan simple y a la vez tan calculado, implica dedicar tiempo: llamadas telefónicas, igual visita presencial a un centro de salud que me pilla a casi una hora de casa, posibilidad de analíticas o incluso de visita de control al hospital... Además de repercusiones económicas, en un momento en que no me puedo permitir perder ni un euro de ingresos...

Y pasa otro día más. Y me levanto a los diez minutos de escuchar el 'click' del despertador, que he apagado antes de que suene, que indica la hora en que lo había programado para despertarme. Y que he apagado antes porque siempre estoy despierta antes de que suene, aunque luego remolonee en la cama porque no quiero levantarme, porque quisiera volver a dormirme. Y al final salgo con prisas a más de las ocho porque tengo que estar a las nueve y media en el trabajo. Y me agobio si veo que no voy a llegar a mi hora, autoexigencia aun sabiendo que no pasa nada si llego más tarde, que basta con salir de manera que sean siete horas las que pase en la oficina...

Pasan los días y pasan sin más, uno tras otros, todos igual de vacíos. 

Y voy acumulando cansancio, canas, años, arrugas, kilos. Y no hay nada en el horizonte, nada más que lo que serán más días vacíos. Sin proyectos, sin planes, sin otra cosa que esperar que llegue el final de cada mes y cambiar la hoja del calendario, que la primera semana me llegue la factura del teléfono, que a mediados sea la de la luz, que sobre el día veinte quede para pagar el alquiler, que en algún momento antes de acaba el mes me ingresen la nómina... Gastos e ingresos que nunca voy a comprobar al banco y de los que sólo recibo notificación por correo cada dos meses en cartas que normalmente ni reviso en detalle.

Días sin planes, futuro sin otros cambios que nuevas agendas y algún calendario de pared. 
Pasan los días, se alarga la duración de las horas de luz. 
Y no pasa nada. Ya no pasa nada. 

lunes, 16 de noviembre de 2020

A falta de mes y medio.

 Profundamente desanimada. 

Así es como me siento. Sin matices. Desanimada hasta el punto de desear meterme en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana (si es necesario, con ayuda de cualquier infusión relajante o somnífera), despertar y volver a dormir. De no salir a la calle (confinamiento voluntario) pero tampoco engancharme al sistema telefónico de trabajo. De dedicar la mañana a intentar ordenar algo mi entorno (todavía tengo prendas de verano sin guardar, prendas que planché hace semanas y que siguen en los respaldos de las sillas, colgadas en perchas de alambre que a su vez cuelgan del picaporte de las puertas). De ni tener ganas siquiera, si me quedase en casa, de poner la radio o la televisión o simplemente música de fondo. 
Desanimada y cansada. 

Queda mes y medio para que termine el año, un año en que no ha pasado nada. Mes y medio en que sé que tampoco va a pasar nada. 
Me siento cansada. Física y, sobre todo, espiritualmente. 

Hace mucho que entendí que mi vida es una continua pérdida de tiempo. Que todo empezó a fallar en la segunda década de mi vida y que todo ha sido una caída libre continua, con breves temporadas en las que se diría que la propia vida me daba una oportunidad de remontar, de rectificar, de volver a coger el camino de (supuesto) éxito al que debería estar abocada una mente como la mía, una mente que durante unos años estuvo acompañada también por un físico que (tampoco) supe aprovechar en beneficio propio...y que dejé pasar de nuevo. 
Vida de montaña rusa. Con breves momentos de subida que volvían a la caída libre. 

Ya no hay subidas. Hace años que dejaron de existir. Ni siquiera hay grandes bajadas. Todo es un valle aburrido y monótono, la vía de un tren de Cercanías en una línea circular.
Me siento cansada y desanimada. 

Quisiera poder quedarme en casa. En realidad, sé que puedo hacerlo (basta con informar en el trabajo de que no me encuentro del todo bien...y que opto por teletrabajar unos días. Ni siquiera necesito explicar que realmente es un tema anímico: sería suficiente hablar con molestias en la garganta, por ejemplo. 
Pero no lo voy a hacer. Esa mezcla entre puñetero sentido de la responsabilidad y auto-obligación a salir a la calle, a ir al lugar físico de trabajo, para que se me haga más corto y más llevadero el día. 
Contradictorio. Emplear más de tres horas en desplazarme, ida y vuelta, para que la jornada laboral me parezca más corta. 
Añadir cansancio físico a la sensación de cansancio con la que ya me levanto y que me acompañará todo el día. 
Ir y volver para, al desplazarme atravesando Madrid, intentar no pensar en que hace mucho que no voy a ningún lado. 
Que mi vida no va a ningún lado.
Y solo es lunes. Aún es lunes. 
Y queda mes y medio, apenas mes y medio o aún mes y medio, para que termine este inolvidable año 2020. 
El año vacío lleno de imágenes inusualmente individualistas y carente de contacto físico. 
El año que pasará como si no hubiese pasado. Como pasa mi vida desde hace demasiados años
.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Como un enorme agujero negro.

 Cansada. Rara. Con una progresiva sensación de vacío...

Cada día termino así. Con la certeza de que no he parado en todo el día, pero con la misma sensación de no haber hecho realmente nada. Y analizo objetivamente el día y el resultado da la razón a mis sensaciones: no he hecho nada de provecho. Y siento que el día siguiente será más o menos igual. Y lo es. Y van pasando los días, las semanas, los meses...
Y este 2020 extraño dejará como resumen el haber sido un enorme agujero negro capaz de tragarse cualquier cosa que se haya aproximado a él. Proyectos, sueños, encuentros, planes, paseos, flores, maquillaje, fuegos artificiales, primavera, vacaciones... Y dejando solo una enorme sensación de cansancio.
Quizá el cansancio, la fatiga, que deja estar luchando contra la atracción de ese agujero negro, de pelear para que no lo absorba todo.

Noviembre. A estas alturas, ya ha pasado un tercio del mes de noviembre. Y sin hacer nada de provecho.
Y sin perspectivas de que lo que resta de mes vaya a mejorar las cosas.