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domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

domingo, 3 de marzo de 2024

Marzo, dos mil veinticuatro.

 Dos meses sin publicar. Dos meses sin escribir.
Dos meses en los que no ha pasado otra cosa que eso, dos meses de tiempo. En que se han alargado las horas solares porque cada día amanece antes y anoche más tarde. En que pasamos del invierno absoluto a una primavera muy adelantada para unas hace unas horas volver al invierno.
Y poco más. 
Me he leído tres o cuatro libros. He visto alguna película en televisión. Muchas noches me quedo dormida en el sofá. Demasiadas termino trasladándome a la cama cuando apenas quedan dos o o tres hora para levantarme. A veces pienso que a algo en mí le da miedo a acostarse por si no se vuelve a despertar, por eso se engaña dejándose llevar por el sueño en el sofá, dormitando como algo provisional, como si se tratase de una siesta a las doce de la noche, la una de la madrugada...

En el trabajo me dejo llevar por la inercia. El sueldo es completamente de supervivencia, apenas cubrir los gastos fijos y poco más. Ya tengo claro que raramente cobraré comisiones o incentivos y que éstos serán muy bajos. No madrugo, eso es lo que me repito cuando pienso en el horario que tengo y en que no me cunde el día. No madrugo y tampoco pasa nada si llego algo tarde a la oficina: simplemente luego salgo más tarde. Y al final paso 12 horas fuera de casa a cambio de eso, un sueldo de supervivencia. 
Y me repito que no madrugo, que la gente es agradable y no grita, que la empresa pone a nuestra disposición todo el café que queramos tomar (en mi caso, uno sobre las doce del mediodía), que por las ventanas entra algo de luz natural, que el barrio es céntrico y hay tiendas... Porque tengo que justificar por qué sigo en él o por qué no busco otra cosa o respondo a alguna de las ofertas que, a veces personalizadas, me siguen llegando. 

No tengo ganas de hacer nada. 
Me dejo llevar por la inercia y ya está.

Le echo mucho de menos. Me acuerdo cada día de él, cuando me despierto, durante el día, por las noches. Necesito saber cómo está, pero tarda días..., semanas incluso, en responderme un mensaje de whatsapp. No le llamo, finjo creerme lo de la mala cobertura en el sitio donde vive o donde dice vivir en la actualidad. ¿Para qué intentarlo, para que no atienda la llamada? 
Al final encontró el modo de justificar la indiferencia que hace años le produzco. 
No sé. Han sido demasiados años de creer mentiras, de fingir que me las creía cuando realmente veía claramente la realidad de las cosas. 
Pero no deja de doler su ausencia. 
Da igual.

Dos meses sin escribir. 
Marzo, dos mil veinticuatro. 
Qué más da todo.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

lunes, 31 de julio de 2023

Nada de particular medido por horas.

 Tres y pico de la madrugada: me levanto a tomar media cetirizina para ver si calmando el picor de la piel consigo volver a dormirme. Y digo 'volver' porque en algún momento antes de las dos me he quedado dormida en el sofá, con el ventilador haciéndome compañía y la televisión encendida y me he trasladado a la cama más o menos a las tres.

Seis y media de la mañana: me despierto (en realidad, paso las noches entre microsueños y despertares de duermevela) para constatar que aún es de noche. Julio se termina y ya vamos perdiendo un poco de luz solar.

Nueve y ocho minutos: es la hora que refleja mi reloj-proyector en su pantalla. Los números rojos en el techo no se ven porque es de día. Sé que sobre las ocho también me he despertado y quizá hasta he ido al baño. Es una hora más que razonable para levantarme. Voy al salón y miro el móvil. En vez de quedarme en el sofá, vuelvo a la cama con el móvil. Por el pasillo ya lo he puesto en manos libres y estoy marcando de forma automática. Al segundo intento y sentada en la cama, concierto y concreto cita para renovar la reanudación del cobro del paro: viernes por la mañana. No son aún las nueve y media. Dejo el móvil sobre la mesilla y vuelvo a tumbarme en la cama, cerrando los ojos. El 'unos minutitos más' que todos nos hemos dicho alguna vez tras sonarnos el despertador. Solo que esta vez no hay despertador que suene ni obligación alguna.

Once y media: aunque creo haber cerrado y abierto los ojos, la verdad es que han pasado más de dos horas. Dos horas y algún sueño raro, que a estas alturas ni recuerdo.

Una y media: me termino el segundo café y me pongo un vestido ligero, me recojo el pelo en una coleta alta, me lavo los dientes y me pongo la crema de protección solar en la cara. Estoy cansada, pero me voy a IKEA. Necesito una bombilla..., en realidad, la excusa tonta es ésa. 

Dos y diez: tras veinte minutos de espera, llega mi tren.

Tres de la tarde: llevo veinte minutos esperando el bus que me tarda apenas diez minutos en dejarme en la puerta de IKEA. Pasa uno cada media hora. En realidad, es el mismo que llega hasta allí y a las horas y cuarto y menos cuarto se da la vuelta dirección estación del municipio al que pertenece el terreno donde está el centro comercial.

Seis menos cuarto de la tarde: cojo el bus de vuelta. En dos bolsas medianas de tela, la bombilla-excusa, dos plantas pequeñas, una vela perfumada en vaso de cristal, dos paquetes de servilletas de papel en oferta, unas cucharas medianas de mango largo.

Seis y media: llevo otros quince minutos esperando el tren en la estación.

Y..., y podría continuar, pero en realidad todo mi día ha sido así. Nada de particular medido por horas.
Solo la sensación de cansancio se mantiene inalterable. Eso y el calor. 

De nuevo, el ventilador ahí al lado, el portátil sobre mis rodillas, el sofá invitándome a tumbarme en él y dejarme arrastrar al sueño mientras julio se termina, llega agosto y la luna casi llena se pasea por el cielo.


jueves, 27 de julio de 2023

Veintisiete de julio. Sin esperar milagros.

 Días raros.

Hace muchísimo calor. Bueno, como todos los meses de julio en Madrid, por otra parte: no es ninguna novedad. 

Llevo unos días muy movidos. De ésos en que tampoco sé si he hecho o no algo de auténtico provecho, pero en los que no he parado. O sí, porque también me paso largos ratos sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada. Si hago caso al 'medidor de pasos' de mi móvil esta semana he caminado muchísimo: siete kilómetros el domingo, ocho el lunes, siete el martes... Ayer sólo tres. Y hoy no debe registrar ni un solo paso porque no he salido de casa y solo identifica los pasos en que lleve el móvil encima, lógicamente. 

Antes de las siete de la mañana ya estoy despierta. Intento quedarme en la cama hasta más de las ocho y media, no levantándome a poder ser ni para ir al baño. Así que por las noches a la una y pico me suelo quedar dormida en el sofá. En definitiva: tengo los mismos horarios que cuando estoy trabajando. 

Esta mañana he hecho un ensayo de 'pedir hora para renovar el cobro del paro'. O sea, sobre las nueve de la mañana he hecho varias llamadas al teléfono donde se supone que te asignan (mediante sistema automático) las citas. Como me las ofrecían para los días uno y dos de agosto (y no estoy segura de si el dos sigo oficialmente de vacaciones o si no), no he seguido con el proceso de aceptación. He echado cuentas y, si son quince días hábiles para poder solicitarlo desde que se terminan las vacaciones, tendría más o menos hasta el día veinte de agosto. No obstante, mi idea es conseguir cita para antes del día diez.

Descarto el día ocho porque tengo 'el acto de conciliación' con la empresa que me ha despedido sin indemnización. Que por otra parte me hizo llegar un correo con la propuesta de llegar a un acuerdo privado 'porque les viene mal acudir al acto de conciliación en agosto'. Como no me ofrecían nada que no me correspondiera legalmente, les he respondido que 'mejor hacemos la conciliación en el SMAC'. El SMAC es el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación', dependiente del Ministerio de Justicia. A ellos les irá mal tener que quedarse (quien sea) para acudir a la conciliación, pero a mí también me iba mal que me despidieran estando de baja y lo han hecho.

Ya veremos en qué termina esto. Si no comparecen, presento demanda y ahí ya sí que reclamo que mi despido sea nulo. Y que sea lo que tenga que ser y tarden lo que tengan que tardar.

Antes de esas fechas (solicitar el paro, ir a la conciliación) tengo que ir a que mi doctora me dé el alta. Porque también es el día ocho cuando tenía la cita para renovar baja/solicitar alta. Y, obviamente, no puedo estar en dos sitios a la vez. Aparte que igual es más complejo lo de solicitar el paro estando de baja médica, no sé bien cómo van esas cosas y tampoco voy a complicarme la vida. Pensé ir el pasado martes (tenía una entrevista de trabajo en el centro a primera hora de la mañana, podía haber pasado directamente y sin necesidad de cita una vez terminada la entrevista) pero como tampoco es algo que corra una prisa excesiva...pues eso, que lo dejé estar. Probablemente sí vaya el martes de esta semana, para que me vayan cuadrando las piezas de este puzzle raro en que se ha convertido mi verano.

Hoy estoy especialmente cansada. He llegado a tumbarme en el sofá tras comer (comer algo y mal, por cierto) y creo que he llegado a quedarme medio dormida algún minuto. La verdad es que tengo más o menos asumido lo de vivir en estado de perpetuo cansancio. Procuro beber mucha agua y me tomo cada mañana mi pastillita de ácido fólico y mi otra pastillita de biotina. La primera, recetada por mi doctora; la segunda, por mi cuenta. Y los sábados añado una cápsula de vitamina D, también recetada y que no sé si me sienta bien, la verdad...

Se supone que mi cansancio también era imputable a esas carencias vitamínicas, pero veo que no noto mejoría. Por tanto, me reafirmo en la idea de que principalmente es algo psicológico. Ese algo que no me atrevo a llamar 'depresión' pero cuyos síntomas se asemejan mucho.

La entrevista del martes, bien. En realidad, creo que si no hubiese puesto condiciones al respecto empezaría a trabajar esta próxima semana. Pero..., lo dicho: prefiero tener todas las piezas ordenadas o al menos controladas. Así que indiqué, con absoluta franqueza, que aunque mi disponibilidad de incorporación era objetivamente inmediata (porque no estoy trabajando) preferiría hacerlo a finales de agosto. ¿Razones? Que en agosto es complicado contactar con gente si se trata de un empleo de tipo comercial. Y que, egoístamente, necesito unos días de descanso.
Obviamente no he comentado, ni pienso hacerlo, que llevo 'descansando' desde mediados de junio. 

Egoístamente..., bueno, ni eso, más bien por puro sentido común, lo mejor sería haber dicho que sí y reengancharme ya al trabajo. Seguiría acumulando cotización (porque en cuanto empiece a cobrar el paro, nos olvidamos de esos seis meses cotizados que llevo este año), el sueldo que iba a cobrar era más elevado que lo que me corresponde de subsidio (una auténtica miseria), pero... No sé. Estoy cansada. Sigo cansada y eso me impide no sé si razonar, pero sí aplicar correctamente lo que razono como más conveniente.

Y, en otro orden de cosas...

Le echo mucho de menos. Hablé con él el pasado domingo (me llamó. Había quedado en hacerlo el lunes de la semana pasada, luego el viernes... Ya, ya sé: aplazamientos sucesivos de todo tipo). Me gusta saber que su mejoría post-quirúrgica es progresiva. Me apena saber que no está todo lo bien que querría y debería. Me alegra escucharle. Me duele no saber cuando le veré.
Y..., y me hace mucho daño la certeza de que no, de que ya no habrá futuro con él. 

Igual también este cansancio, esta incapacidad de hacer planes o de organizar mi vida tiene mucho que ver con eso. Saber que el resto de mi vida será algo ajeno a él.

Mi vida, la de alguien que para él siempre fue la de una persona ajena y con quien nunca pensó compartir un solo segundo de una vida futura en común.

Veintisiete de julio. Calor sofocante en Madrid.
Seguro que se ha licuado la sangre de San Pantaleón. Pero este año no soy capaz de esperar otros milagros suyos.



sábado, 3 de junio de 2023

Aunque no se me note.

 Anoche me tomé el primer nolotil de la caja recién comprada en la farmacia, porque el dolor en la pierna derecha, tumbada en el sofá, era insoportable. Antes había conseguido llegar a mi casa atravesando la tormenta, una de esas tormentas radicales. Llegué con las puntas del pelo chorreando, las botas me demostraron que ya no son impermeables, la sudadera de algodón parecía recién sacada del centrifugado de la lavadora. 

La bolsa de la compra con las hortalizas para el gazpacho, la bolsita donde llevo la botella de agua (y, los viernes, la agenda que tengo en el trabajo), la bolsa de papel del restaurante de pollo empanado donde acababa de recoger la cena...llegaron secas. Como tantas veces: a mí me puede pasar de todo, pero que lo que me rodea o depende de mí no note nada.

Ayer fui al médico. A por analgésicos.
La verdad es que pedí cita a principios de semana no sé bien con qué intención. Tengo hora confirmada para el viernes que viene, para recoger los resultados de las analíticas que me hicieron también ayer mismo por la mañana. Por tanto, no sé bien para qué entré a hacer esa tentativa de nueva cita (¿quizá para cambiar la ya confirmada? ¿atrasarla, adelantarla? No lo sé) y cuando vi que había disponibilidad del viernes fuera de horario laboral...lo confirmé. Total, me debí decir que para anularla siempre estaría a tiempo...

No sé con qué idea la solicité, pero sí por qué razón no la anulé y por qué acudí. A por analgésicos. Porque llevaba ya más de una semana (¿quizá casi dos?) con unos dolores a ratos insoportables. Ciática. No puedo tomar antiinflamatorios, no puedo tomar casi nada (más allá de algún paracetamol, que es lo que estoy tomando) y recordé que el nolotil es algo bastante fuerte y, a la vez, poco dañino. Por tanto, ya tenía excusa para ir a consulta: dolor y necesidad de algo que me lo quitase.

En realidad, lo que me sigue dando vueltas dentro de la cabeza es la necesidad de una baja médica. Ir a por analgésicos no era sino una (auto)excusa para plantearlo, para no esperar otra semana más...

No estaba mi doctora (luego me dijeron que tenía vacaciones). Me atendió una suplente, una médica que seguramente está a punto de jubilarse...y evidentemente de vuelta de todo. De las que no te van a interrogar. A la que dije claramente que necesitaba nolotil, que llevaba días con unos dolores de ciática a ratos inaguantables.
Me preguntó que porqué no había ido antes. De urgencias a consulta, que es lo que suele hacer la gente en estos casos. 
No supe qué contestarle. Imagino que porque la respuesta habría sido que no tenía ni idea.

Como le mencioné que estaba tomando paracetamol, me dijo que también me lo recetaba. Y le extrañó que no quisiera la versión más fuerte, ésa que no te despachan sin receta. Incluso me insistió, pero le confirmé que no, que no me hacía falta. Solo me faltó añadir que, total, aunque sea a un precio cinco veces superior al genérico con receta, el paracetamol de 650 lo puedo comprar en farmacias y pagarlo...

Charlamos brevemente sobre qué me dolía, sobre las posibles causas (paso demasiadas horas sentada, mi lugar de trabajo es incómodo tanto física como mentalmente, creo que todo es debido a la tensión en que paso las ocho horas laborales). Comenté someramente en qué consistía mi trabajo: sedentario, en una empresa de servicios financieros. Me preguntó si cara al público (es muy evidente, o a mí me lo parece, que mi apariencia actual no es como para estar cara al público. Y cada día que pasa, menos) y le expliqué que no, que telefónico, todo telefónico. Para que no nos vean los clientes a los que debemos intentar engañar. Porque la empresa, en realidad, se dedica a estafar a la gente. No sé si lo había dicho así, en público, alguna vez. Le hizo gracia, de esa gracia de reír por no llorar (porque así me lo dijo también). Y también, como mi doctora hace dos semanas, me dijo que intente salir de ahí cuanto antes.

No estoy acostumbrada a ir al médico. 
En realidad, no estoy acostumbrada a pedir ayuda. 

Estoy mal. Me siento mal. Tengo migrañas, repentinas taquicardias, picores más parecidos a pinchazos (ese tipo de picor que me asusta, porque también sé lo que es), a ratos me falta el aire. Se me duermen las manos y tengo que masajearlas para que despierten. Se me parte el pelo, además de caérseme a puñados cuando lo lavo. No descanso por las noches, me despierto de pronto asustada y busco volver a dormir, pero no queriendo regresar al sueño que seguro a sido la causa de mi despertar. Me levanto cansada, muy cansada. Ir a trabajar es poco menos que una tortura. Yo, que he sido adicta al trabajo, que pasé la única baja médica de mi vida rogando a mi doctora que me diese el alta ya mismo...

El nolotil de anoche me debió hacer efecto en algún momento y me quedé dormida en el sofá. O eso creo, porque he amanecido en la cama pero no recuerdo en qué momento me trasladé. Por la mañana me he tomado otro. He desayunado casi a la una del mediodía, he salido a comprar dos veces, he comido casi a las seis de la tarde. En ningún momento me ha dejado de doler la pierna. A las siete estaba preparando el primer gazpacho de la temporada, friendo pimientos verdes. En esos momentos me he dado cuenta de que no me dolía la pierna. 

Esta mañana, también y por fin, he vuelto a saber de él. Que ya está mejor.
Doce días y dos mensajes desde que le pregunté cómo seguía su recuperación, me ha contestado. 
Me alegra saber que está casi bien. 

Aunque ya sea completamente consciente de lo que hay (y que es nada, absolutamente nada entre nosotros), él no va a dejar de importarme nunca. 
Supongo que porque tampoco voy a dejar de quererle.
Aunque no se me note la preocupación. O igual sí.

O qué más da. Qué ha importado siempre, que más da todo lo que yo pueda sentir.

sábado, 8 de abril de 2023

Semana que empieza y termina en domingo.

 La llamada Semana Santa empieza en domingo. El llamado 'Domingo de Ramos'. Ése del ramo de olivo y romero que se cuelga en la terraza y que está ahí un año, día arriba, día abajo. 

El único día del año en que entro en una iglesia y estoy un rato mientras un cura católico habla es el Domingo de Ramos. Hace años, tras comprar los ramos de olivo a la gitana, cualquiera de las gitanas, que acampan en el entorno de la iglesia para sacarse unos euros con la venta de los citados ramos, me dio por entrar en la iglesia...y así supe de la llamada 'bendición de los ramos'. Que es el acto que comienza las misas de esa mañana: el cura pasea con un hisopo y va bendiciendo con agua bendita a los fieles y sus ramos, alzados en los brazos, emulando a aquellos que en la Palestina de hace más de dos siglos recibieron al que llamaban El Mesías. 

Un Domingo de Ramos me quedé, ya que estaba allí, a ver en qué consistía la mencionada 'bendición de los ramos'...y se convirtió en costumbre a repetir cada año.

La llamada Semana Santa también incluye el día que menos me gusta de todo el año. El miércoles, que no sé si oficialmente se llama 'miércoles santo'. No sé bien porqué, pero no me gusta ese día. Me produce una tristeza rara, profunda. Desasosegante. El miércoles de Semana Santa es día de maletas, de comenzar viajes, de hacer un paréntesis en el trabajo. De atascos en la carretera, de estaciones de tren y autobuses repletos de gente. 

Quizá sea eso lo que hace que casi aborrezca ese día: mi ausencia de planes. O..., no sé. Tampoco sé si es eso. 

Mi único plan de esta Semana Santa, de estos cuatro días (jueves, viernes, sábado y domingo, sobre todo los dos primeros) han sido dormir. Levantarme tarde. Yo, que siempre he dormido poco, que siempre trasnoché y nunca me costó madrugar. Dormir sin prisas por levantarme. También tenía otros planes: limpiar, poner lavadoras, ordenar, regar las plantas y revisar su estado...
Planes de cualquier fin de semana, en realidad. 

Ya no tengo otros planes. Ya no tengo planes de ningún tipo, en realidad.

Mañana, o casi mejor decir 'dentro de unas horas', se acaba la Semana Santa. Domingo de Resurrección, le llaman al domingo en que acaba esta semana regida por la primera luna llena de la primavera. Semana que empieza y termina en domingo.

En mi vida ya no hay nada que resucite ni me haga resucitar. Pasé de tener sueños a, sí, simplemente tener sueño.

domingo, 12 de marzo de 2023

Derrapando hasta la nada.

 Vivo en estado de agotamiento.

No es normal, tras pasarme prácticamente todo el día sentada, ir sentada la mayor parte del recorrido de ida-vuelta del trabajo, hacer un esfuerzo físico mínimo, llegar a casa el viernes por la tarde absolutamente agotada. Hinchada como una pelota y con ganas de tumbarme en el sofá, cerrar los ojos y dormir. Deseando que alguien me pudiese preparar algo de cena, me trajera el plato y el vaso y lo retirase luego (algo que hace tantos años que no pasa que ya ni me acuerdo en qué consiste en la práctica). Y luego poder dormir, dormir de un tirón y sin prisas por despertar ni levantarme de la cama. Y levantarme sin dolor de espalda, dolor de rodilla, sin esa sensación de que me han pasado por encima dos apisonadoras, una de ida y otra de vuelta.

Vivo cansada. Y sin perspectiva alguna.

No me gusta mi trabajo. No me gusta en lo más mínimo. Y el caso es que ya lo sabía, sabía que no me iba a gustar, cuando lo acepté. Pero fue aquella tontería de 'voy a aceptar lo primero que me ofrezcan, si reúne las características de horario de mañana, sueldo fijo pasable y no demasiado lejos'. Y sí, esas características las reúne. Y fue lo primero que me ofrecieron. Pero también sabía que sería algo tedioso, rutinario, casi de cadena de montaje. Y es eso lo que es. Eso, y en una empresa que choca frontalmente con mis convicciones éticas. 

No, no me gusta lo que hago. 

Mi periodo de prueba (dos meses, por contrato) finaliza en diez días. Y no sé si quiero pasarlo. Porque no tengo un 'plan B' claro. Y porque me restan menos de dos meses de subsidio de desempleo, el vulgarmente llamado 'paro'. Y no tengo fuerzas para empezar otra vez con la incertidumbre de responder anuncios de empleo y no saber si te llamarán de alguno para, al menos, hacer la entrevista. Y no saber si luego te seleccionarán. Ni si te gustará en la práctica el trabajo. 

Estoy cansada. Y cada día entiendo menos cómo he llegado hasta este punto. En qué momento se torció mi vida hasta derrapar hasta el sitio en que estoy.

sábado, 25 de junio de 2022

Horas perdidas.

 Vivo en estado de cansancio permanente. 
También, por eso, no escribo. A veces me propongo hacerlo, pero llego a la noche muy cansada. Más cansada aún de lo que he pasado el día.

Anoche me quedé dormida en el sofá, no sé bien a qué hora. Quizás a más de la una de la madrugada, quizás cerca de las dos. Cuando abrí nuevamente los ojos, ya estaba amaneciendo. Entremedias, recuerdo haber sentido algo de frío, preguntarme por qué no me había tapado con la sábana...
Cuando me quedo dormida en el sofá, a veces, pierdo la noción del espacio y del lugar.
Me trasladé a la cama esperando dormir al menos un par de horas más. Y me tapé con la sábana. 
Cuando volví a abrir los ojos, eran las doce del mediodía. En punto.
Entremedias, recuerdo sueños densos, de esos que parecen pesadillas reales. 

He pasado el día muy cansada. Tanto como si no hubiese dormido. Pero he debido dormir diez horas.
Algunos dirían que para recuperar el sueño de la semana: duermo tan poco y tan mal...
Pero las horas que no se duermen tampoco se recuperan durmiendo más otro día. 
Y las cosas que no se escriben en el día a día tampoco viene al caso contarlas en otro momento.

sábado, 8 de enero de 2022

Las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida.

 Terminando las vacaciones de navidad más extrañas de mi vida. 
Las navidades del que no me atrevo a asegurar que haya sido el peor año de mi vida, aunque tampoco recuerdo años que hayan sido mucho peores.

Dos semanas de vacaciones que no he disfrutado. Ni aprovechado. Dos semanas que se me han pasado en un parpadeo, sin hacer apenas nada. Quizá descentrándome aún más, porque algunos días abría los ojos y no tenía claro ni donde estaba (mi cama o mi sofá) ni qué día era.
Una noche dormí en el sofá hasta las ocho de la mañana. Cuando me trasladé a la cama ya estaba amaneciendo. Durante la noche sé que me desperté varias veces, que fui consciente de que seguía en el sofá y que ni siquiera me había tapado con una manta, pero seguí donde estaba. A veces pienso que, instintivamente, prefiero seguir durmiendo en el sofá porque sé que el breve traslado a la cama me va a desvelar. Y el cuerpo me dice que necesita dormir.

Ayer viernes me quedé dormida antes de las once. No había hecho nada de importancia en todo el día. Ni había madrugado (quizá me levanté sobre las nueve, nueve y media). Poner una lavadora, tender la ropa, recoger los platos del fregadero, pasar la aspiradora, guardar algún regalo de Reyes, trastear por internet, colocar los cojines del sofá. Dejar la mesa igual de desordenada, las sábanas limpias y sin planchar sobre el sofá que no empleo, la caja de cartón que fue mi 'cesta de navidad' apoyada en una silla desde hace un mes, dos botellas de vino y una de aceite junto a otra silla, un enorme montón de ropa limpia y revuelta sobre el sillón de mimbre del recibidor. Barrer la terraza, no limpiar la mesita revistero de tapa de cristal. Cambiar la tierra a una planta, no guardar la bolsa de tierra para plantas. Dejar sobre la repisa del mueble de la televisión la vela en tarro de vidrio que no llegó a arder la noche del uno de noviembre, y que lleva ahí desde entonces. Chatear con el resto de los administradores del grupo de fotografía histórica. Autorrecordarme que necesito lejía líquida para ropa de color. Olvidarme de comprarla, otra vez, en la visita al hípermercado.

Me quedé dormida en el sofá mientras hacía tiempo a que empezase en la televisión algo que despertase mi interés, quizás una película de animación, mientras me decía que algo debería cenar. Abrí los ojos y en la tele estaban Hugh Grant y Drew Barrymore. Seguí durmiendo. Creo que pasaba de las dos cuando me trasladé a la cama y, claro, me desvelé. Pero aún así he dormido hasta más de las diez.
Una cantidad exagerada de horas de sueño para alguien noctámbula, que no había madrugado y que tampoco había hecho nada cansado en todo el día.

El lunes vuelvo al trabajo. Presencial. 
No quiero ir. No me apetece nada. Creo que mi cansancio de ayer, esa necesidad de dormir, también estaba provocada por eso. 
Nunca he tenido tan pocas ganas de volver al trabajo. La idea de volver a esa rutina me produce ansiedad. No quiero volver al trabajo. No a ese trabajo.
Pero tampoco puedo hacer nada para evitarlo.
Sí podría evitar ir de forma presencial (basta con indicar que me he levantado con dolor de garganta, por ejemplo) pero tendría que trabajar desde casa. Y eso es aún peor. No soporto el teletrabajo. Me agota hasta límites insospechados.
No me encuentro bien. Y no, no me refiero a un malestar físico y circunstancial.

Terminan las vacaciones de navidad de las navidades más extrañas de mi vida. Las navidades que son el colofón de un año horrible. 
En unas horas vuelvo a la rutina, empiezo oficialmente el 2022. 
Pero no cambia nada. 
Y yo necesito cambiar. Y no sé dónde está el cabo de inicio del ovillo para poder tirar de él y que la vida ruede.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Vacío y sueño.

 Si me paro a pensar qué me apetece hacer, por encima de cualquier otra cosa, diría que dormir. 
Me gustaría tumbarme a dormir sin prisas, durante horas. En realidad lo estoy haciendo: me tumbo en el sofá tras la cena, el paso por el baño, el dentífrico, la nutritiva facial, con la intención de ver un rato cualquier cosa en la tele...y lo siguiente es despertar viendo que el televisor se apagó solo o que emite imágenes de teletienda sin apenas sonido (lo voy bajando de modo casi automático, según me voy adormilando). A veces vuelvo a cerrar los ojos y duermo otro rato, otra hora... Y cuando me traslado al dormitorio pueden ser las dos o las cinco de la madrugada. 
Y quisiera seguir durmiendo durante horas, mientras fuera amanece el sol y la gente. 

He vuelto a perder las rutinas alimenticias (si es que las tuve en algún momento). Me da igual si como algo a mediodía, me da igual lo que cene por las noches o a qué hora sea. Picoteo snacks, bebo poca agua, no tomo leche. El jueves me dolía el estómago, o igual era el hígado porque estaba hacia la derecha y bajo las costillas. Un par de noches me he despertado con ganas de vomitar, creo recordar que una de ellas terminé haciéndolo. No me apetece nada en concreto. Bueno, sí, me apetece comer verdura. Pero me da pereza meterme en la cocina, pelar, hervir, esperar... Y entonces picoteo patatas fritas de bolsa o tostaditas con paté. 
Y me da igual.

El año avanza. Noviembre llegó y avanza. 
Y nada más avanza. 
Otra semana vacía. Otro sábado vacío donde no me acostumbro a su ausencia. A la ausencia que ya será siempre y para siempre.
 

domingo, 24 de octubre de 2021

Agotamiento inútil

 No me gusta teletrabajar.
No, cuando encima se supone que trabajo en una empresa donde deberíamos tener una cierta libertad, donde seguro que hay quienes se conectan a los programas...y no hacen nada en todo el día, donde incluso hay quienes presumen de hacerlo. Y yo, en cambio, me engancho de tal modo que siempre pienso que estoy trabajando poco (haciendo menos gestiones, menos llamadas, cogiendo más pausas administrativas, siendo menor productiva...). Y paso horas sin moverme de enfrente de la pantalla (cuando sé que hay quienes ponen lavadoras, escuchan música, salen al balcón, se van a comprar dejando el equipo encendido) y casi me autocontrolo los necesarios paseos al baño. 
No me gusta teletrabajar.
El pasado viernes tenía que hacer una inaplazable gestión bancaria (algo que no había podido hacer entresemana por el cambio de horario de apertura, debido a las fusiones entre entidades). Vivo justo enfrente del banco en cuestión: diez minutos entre ir y volver. Tardo tan poco que hasta me acerqué a una tienda también cercana para comprar un poco de pan para desayunar... A la hora en que habitualmente empiezo a trabajar en la oficina, ya estaba oficialmente conectada y trabajando.
Media hora más tarde, me di casi una carrera hasta la cocina para servirme un vaso de zumo.
Una hora más tarde, recordé que no había tomado café y preparé la cafetera. Dos o tres minutos. 
Quizá tardé otra hora en poderme servir un café y coger unas galletas. 
Casi a mediodía no había terminado de tomarme el café. Por descontado, no desayuné el pan que había comprado expresamente para tostar. 
Y todo así.

No me gusta teletrabajar.
Por mi horario oficial, debo desconectar entre las cuatro y media y las cinco de la tarde. Y puedo coger media hora de pausa para comer, aparte de ir al baño, a la cocina a servirme los cafés que quiera, coger pausas presuntamente administrativas para hacer lo que me venga en gana (las pausas que en la oficina se cogen los compañeros que fuman para salir a la terraza a hacerlo, por ejemplo). 
Yo suelo comer cualquier cosa mientras sigo trabajando. También en casa. El viernes tardé una hora en comer unos cuantos macarrones con tomate, mientras seguía haciendo cosas en el portátil profesional.
El viernes eran las seis de la tarde cuando estaba manteniendo la última conversación comercial con un cliente. Lo recuerdo porque fui con el portátil hasta el dormitorio, los cascos-diadema enganchados al mismo, y recuerdo esa hora en el reloj-proyector. No sé para qué fui al dormitorio: supongo que a buscar algo porque mi idea era irme a la compra tal y como terminase de trabajar.
Imagino que me iría sobre las seis y media. Y regresé a poco más de las ocho de la tarde.
Y como no había guardado el portátil (se quedó cargando batería), en algún momento volví a encenderlo (sin la conexión telefónica que justifica que estamos trabajando) y seguí ordenando cosas...

Eran las más de las once de la noche cuando me di cuenta de qué hora era, que no había cenado (ni me apetecía), que no había terminado de guardar la compra. 
Creo que freí alguna cosa: unos calamares, un par de croquetas congeladas... Y, ya apagado el portátil (pero no guardado) me tumbé en el sofá como si fuese media tarde, a ver un rato la tele. Eran más de las doce de la noche.
Creo que me quedé dormida sobre la una, una y media. Eso de cerrar un momento los ojos y...
Me despertó el ruido de subir una persiana o recorrer unas cortinas, en el salón del piso de al lado. Era de noche, la tele se había apagado sola. Sentía algo de frío.
Me trasladé a la cama. Supongo que pasé un instante por el baño.
Creo que vi en el reloj-proyector que eran más de las siete de la mañana. La hora en que habitualmente me levanto para ir a trabajar. Pero, afortunadamente, era sábado..., por lo que no tenía que irme tras haber dormido en el sofá.

Cuando volví a abrir los ojos, me pareció que pasaba de las diez y media de la mañana. Lucía el sol. 
Volví a fijarme en la hora: en realidad eran las doce menos veinte.
No recuerdo cuando me levanté tan, pero tan tarde.

No recuerdo cuando estuve tan cansada como el pasado viernes. Y con una sensación tan enorme de inutilidad, de no haber parado en todo el día para no haber hecho absolutamente nada de provecho. 

No me gusta trabajar en casa.
Si no viviese a hora y media larga del trabajo, me iría a la oficina también los viernes, el único día en que podemos teletrabajar (ahora ya van un par de compañeros). Porque al menos allí no tengo esa sensación ridícula de que me están controlando en mi propia casa, allí llega mi hora de salida y me voy, sin opciones de encender de nuevo el portátil a deshoras. 
Cada día estoy más desilusionada con este trabajo en que puse tanto empeño en mantener. 
Cada día estoy más desilusionada con la gente con que trabajo.

Cada día le encuentro menos sentido a mi vida actual. No solo en lo relativo al trabajo.

Mañana empiezo la última semana laboral de octubre. Presunta fiesta de jalogüin incluida. 
Y no tengo la más mínima gana. Y no voy a poder evitarlo.
Y sé que ni las horas que eché de más el viernes (ni las que añadí el sábado por la tarde) van a figurar por ningún lado. Cansancio improductivo. 
Agotamiento inútil. 
(Y esa forma, casi permanente, absolutamente inevitable, de seguir echándole de menos...)

domingo, 25 de octubre de 2020

Octubre desaprovechado.

 Tras dos noches de quedarme dormida en el sofá (de puro agotamiento y sin tener claro porqué no me voy a la cama en vez de tumbarme, arroparme con la mantita de sofá y poner el sonido de la televisión en el mínimo sabiendo que me quedaré dormida) y terminar trasladándome a la cama...a las siete de la mañana, anoche me trasladé casi a la tres de la madrugada. Y cuando me desperté al rato, me desconcertó bastante ver que eran poco más de las tres, aunque tenía la sensación de haber pasado dormida un buen rato.
Luego caí en que el reloj-proyector del dormitorio había cambiado solo la hora ('a las tres serán de nuevo las dos').

Me descolocan los cambios de hora, tanto el de primavera como éste. El de primavera tiene el inconveniente de hacerme pasar toda la semana siguiente muerta de sueño, al tener que levantarme una hora antes de lo que mi cerebro dice que es. Éste de otoño no tiene ese efecto secundario (más bien termino durmiendo menos porque estoy programada mentalmente para despertarme a una hora determinada...y el reloj dice que puedo quedarme una hora más en la cama) pero eso de que se haga de noche antes de las siete de la tarde...pues no me gusta nada. Y es lo que pasará mañana.
Desayunaré con luz de día (eso me gusta, que llevaba un par de semanas haciéndolo con luz artificial) pero echaré de menos la luz de sol mientras vuelvo a casa a partir de las seis, seis y media de la tarde. 

Me gusta el otoño y aún más el invierno, por el frío (o porque no soporto el calor), pero no la falta de luz solar ni que anochezca tan pronto. No me cunden igual los días. Llego a casa y no puedo ponerme a pasar la aspiradora, no voy a poner la lavadora-tender la ropa, ni a quitar el polvo de la estantería o limpiar el cristal de la puerta de la terraza... Las ocho son las ocho tanto en mayo como en noviembre, pero mientras en primavera-verano son 'de la tarde' en otoño-invierno son 'de la noche'. Y lo que se hace con sol no parece normal hacerlo con luna.

Poco más.

Esta semana se acaba el mes de octubre. Un mes que siempre me ha gustado...y que este año me ha resultado raro. Tan raro como está siendo todo el año.  Y tan desaprovechado como no recuerdo otro octubre de mi vida.

viernes, 23 de octubre de 2020

Despierta, vestida, escribiendo. Y muerta de sueño.

 Anoche no tenía sueño.
Estaba cansada, eso sí, pero no tenía sueño. Igual también por la certeza de no tener hoy que madrugar (los viernes teletrabajo). Así que me dieron la una de la madrugada mirando la tele tumbada en el sofá...y en algún momento debí quedarme dormida. Sin siquiera taparme con alguna de las mantitas auxiliares.
Creo que me he despertado varias veces durante algunos segundos, consciente de donde estaba, consciente de que debía trasladarme a la cama (como tantas noches). Cuando me he decidido, la televisión seguía encendida repitiendo programas de recortes de otros programas y el portátil (que también se había quedado encendido) estaba actualizándose...

He pasado por el  baño antes de meterme en la cama. Y antes de volver a cerrar los ojos he mirado la hora, proyectada con números rojos en el techo: 06:58.
Casi las siete de la mañana. Creo que nunca me había pasado dormir prácticamente toda la noche en el sofá. Y si no hubiese sido por el teletrabajo...no habría sido un 'prácticamente' porque no me podría haber acostado en la cama. O sí, pero para levantarme media hora después.

Llevo todo el día cansadísima. No sé si es, también, por eso. 

Me he levantado a poco más de las nueve, he preparado café, he sacado del congelador un trozo de pan integral y lo he puesto a descongelar en el microondas. Me he puesto una bata-kimono sobre la camiseta gris con la que duermo. Al mirar el móvil, he visto un par de correos relativos al trabajo (tengo las notificaciones desviadas a mi móvil personal). Antes de las diez, con el café delante y el pan tostado y endulzado por un poco de mermelada de naranja, ya tenía el ordenador del trabajo encendido sobre la mesa baja del salón donde el resto del tiempo tengo el portátil personal, éste donde estoy ahora escribiendo. Hoy ni siquiera me he molestado en sacar la mesa auxiliar y plegable donde organizo mi área de teletrabajo.

Viernes extraño. Laborable y extraño. 

Llevo todo el día bostezando y pensando en dormirme pronto. 
En torno a las seis de la tarde me he ido a comprar al supermercado. Antes de eso, he parado sobre las tres para prepararme la comida (un poco de pasta fresca con tomate y huevo cocido), he comido sobre las cuatro de la tarde y antes de las cinco me he reenganchado un rato al trabajo (contestar un correo que he recibido mientras comía, hacer un par de llamadas programadas). Y muerta de sueño.
Y al final me han dado las doce de la noche y sigo despierta, vestida, escribiendo.

El año sigue siendo muy raro. Raro a diario. Esta semana, más. Sin pasar nada reseñable, ha sido una semana con un aire tan y tan extraño...

sábado, 10 de octubre de 2020

Es todo muy raro.

 Llevo toda la semana muy cansada. 

Anoche dormí fatal (creo que no es la única noche de esta semana en que he dormido mal, de hecho).
Me paso todo el día somnolienta, pensando en que perfectamente podría meterme en la cama y dejarme llevar (cuando estoy en casa, claro. O sea, ayer y hoy) pero luego me dan las tantas despierta y levantada. Ayer hasta me tomé una infusión de las que ayudan a dormir...y sí, me terminé quedando dormida en el sofá, pero cerca de la una de la madrugada. Y tampoco he dormido bien: tras trasladarme a la cama en torno a las tres, previo paso por el baño y dormir un rato, vuelvo a estar entresueños, vueltas en la cama, despertarme a las siete y pico, no conseguir dormirme agusto de nuevo...
Vivo entre sueños raros. Sueños raros de noche, rutina intranscendente de día. Y volver a los sueños raros.

A veces me duele el estómago. No ayer y hoy, sino toda la semana y tal vez en semanas pasadas. Y me da miedo a que no sea el estómago. Entonces analizo qué he podido comer que me haya podido hacer daño, con qué estoy obligando a mi hígado a trabajar más de la cuenta...
Algunos días me despierto especialmente hinchada. No sé, pero bien del todo sé que no estoy. 

Esta semana es festivo el lunes. Da igual: volvemos a estar confinados, no voy a ir a ningún sitio. Casi la novedad es ésa: precisamente por ser festivo el lunes, no voy a ir a ningún sitio (porque el tipo de confinamiento conlleva el no poder salir del municipio donde te encuentres). 

Es todo muy raro. Y yo estoy muy cansada. 

miércoles, 1 de enero de 2020

Veinte-veinte.

Uno de enero.
Cansada. Con sueño. Quizás algo deshidratada.

Comienzo el año (bisiesto, redondito, dicen que matemáticamente es una fecha 'descendiente'...o algo así) sin haber hecho examen y resumen del anterior.
Por tanto, lo comienzo sin haber cerrado correctamente el que acaba de finalizar en los calendarios.
Pero..., tengo sueño, estoy cansada, debo ir a por un vaso grande de agua. 


Año que llevo tiempo denominando 'veinte-veinte' simplemente porque el pasado fue el 'veinte-diecinueve' y llevo llamando 'veinte-lo que corresponda' desde el 2010. Y resulta que a este año nuevo le está llamando medio mundo eso, 'veinte-veinte'. No se puede ser original. 
No hemos inventado nada.

Muerta de sueño: feliz 2020.

viernes, 4 de octubre de 2019

Sensación de sueño sin motivos para tener sueño.

Me siento triste y cansada. Quizá lo uno sea consecuencia de lo otro, pero no sé en qué orden.

Duermo mal. Me quedo dormida (a veces porque no hago por evitarlo) en el sofá ante la televisión y me despierto y traslado a la cama a las tantas de la madrugada. Anoche creo que eran más de las cuatro. Algunas noches la tele se apaga sola, otras no y cuando despierto hay algún concierto en vivo en locales pequeños..., esos programas de madrugada que, seguro, me gustaría ver si los emitieran en horarios normales, de tarde. Algunas noches me despierto a las dos, o antes, y hay programas de teletienda o esos realitys absurdos de gentucilla sin profesión conocida encerrados en casas llenas de cámaras. O supuestamente encerrados en casas llenas de supuestas cámaras que lo graban todo. Algunas de esas noches aprovecho para trasladarme a la cama. Otras vuelvo a cerrar los ojos y sigo en el sofá. 
Nunca me ha llegado a amanecer fuera de la cama.

Me despierto sobre las seis y media, la que durante años ha sido mi hora de despertador y ponerme en marcha. Intento seguir durmiendo. Algunos días paso por el baño y regreso a la cama. Otros hago por aguantar e intentar seguir dormida. 
Algunos días consigo estar en la cama hasta más de las nueve, alguno hasta a más de las diez.

Me siento cansada.

Reviso ofertas de empleo en internet. Tengo prevista una entrevista el lunes a mediodía para algo más o menos interesante. Esta tarde he respondido enviando el currículum a otra potencialmente buena. Veo que hay cosas, que hay posibilidades de reengancharme al trabajo en breve. Pero hay momentos en que me digo que tampoco tenga tanta prisa, que igual debo esperar hasta encontrar algo que de veras me motive.
Y entonces entro en contradicciones, en el duende malo en el hombro izquierdo que me dice que con lo que cobro de paro casi cubro gastos mensuales y que tengo algo de ahorro (la indemnización...que me temo que a estas alturas ya no quedará tanto) y que puedo esperar incluso hasta después de navidad. Y el duende bueno en el hombro derecho pone el grito en el cielo ante esa posibilidad y me recuerda que no puedo seguir gastando tanto los ahorros como, sobre todo, el paro. Que por mucho que a fecha de hoy me quede un año completo de paro...los días y las semanas y los meses pasan. Como ya han pasado cuatro.

Los trabajos que encuentro tampoco son de ingresos espectaculares (cobraría un sueldo fijo similar a lo que ya estoy cobrando de desempleo) por lo que dependo de que sean empleos con comisiones e incentivos adicionales para que de veras valgan la pena.
Dar vueltas a todo esto me agota.

Y además llevo más de un mes sin verle. Y casi un mes sin hablar con él. Y sé (el poco contacto es mediante sms, los que le envío casi todas las noches para desearle eso, buenas noches) que lleva semanas enfermo.
Y eso me preocupa mucho. Su salud siempre me ha preocupado mucho. Y lo que le ocurrió el año pasado (y que también repercutió, esa preocupación por él, en lo que me ocurrió a mí) hace que aún me preocupe más su estado de salud. 
Porque a veces me asalta la duda de si me estará diciendo la verdad. Si no me estará ocultando algo, si no estará peor de lo que me dice.

Le echo de menos. Y quiero que esté bien.
Primer fin de semana de octubre.
Diez años desde que le conocí. Aunque eso será otro post.
Hoy estoy triste y cansada. 
Y tengo sueño. Siento que tengo sueño.
O igual no, porque ni siquiera tengo razones o motivos para tener sueño.

martes, 17 de septiembre de 2019

Desordenada.

Desanimada.
No me atrevo a decir 'deprimida' porque no quiero llegar a eso. Desanimada, sin más.


A ratos me siento muerta de sueño. Igual tengo sueño precisamente por dormir demasiado, o igual es que duermo menos de lo que creo. Algunas noches me dan las dos de la mañana despierta y antes de la siete vuelvo a desvelarme. No me levanto (algunas veces sí, al baño, y regreso a la cama. Creo que hay días que incluso olvido si lo he hecho) y remoloneo en la cama hasta más de las nueve. Y creo que casi siempre me levanto más cerca de las diez que de las nueve: total, no tengo ni prisa ni nada importante que hacer.

Recibo en el móvil notificaciones sobre ofertas de empleo: avisos que tengo activados en portales dedicados a este tema. Creo que es lo primero que miro al levantarme (el teléfono no duerme a mi vera, sino en el comedor y, algunas veces, en el bolso). Les doy un rápido repaso en plan 'titulares'. Cada día son las mismas o muy similares y no hay nada demasiado interesante, la verdad.
Aunque debería empezar ya a responder a alguna, enviar algún currículum. Moverme. E igual así no me sentiría tan cansada.

Algunos días no como a mediodía (si acaso, a media tarde). El problema es que igual sí voy 'picando' algunas cosas: un poquito de queso, unos snacks con sésamo, una loncha de lomo... Y al final sí que he comido algo o he echado al cuerpo más calorías que si me hubiese sentado a la mesa con un plato de pasta o una megaensalada. 

Necesito organizarme, organizar mi mente. No es normal que teniendo todo el tiempo del mundo para mí misma esté llegando de nuevo a este desbarajuste, a este descontrol sin sentido...


Estoy desordenada.
Y le echo de menos. 

Le echo mucho de menos y, quizá, lo que debería hacer es dejar de llamarle, dejar de enviarle mensajes de buenasnoches (a estas alturas, apenas hay nada más). Salir de su vida cuando en estos días se cumplen, en realidad, diez años teniéndole como parte de mi vida de un modo u otro. 
Quizá debería sumar esto a la ordenación de mi espacio, mi tiempo y mi mente. 
Quizá.

Pero me siento cansada y a veces tengo mucho sueño. Y estoy desanimada. Y le echo de menos.

martes, 26 de febrero de 2019

Cuatro letras.

Días complicados.
Quizá como corresponde a febrero. A mis febreros. Porque en mi vida los meses complicados han sido, siempre, febrero y noviembre.

No me voy a extender. De hecho, ni siquiera voy a hacer un resumen. Estoy cansada. Cuatro letras y a la cama.

Me hubiese gustado haber hablado un poquito con él. Quedé en llamarle. Más bien, fue él quien decidió que el mejor día para que pudiésemos hablar un poco era el martes. Hoy. 
No ha podido ser (sí he llamado, no ha atendido la llamada). Debería estar acostumbrada..., pero algunas veces siento que no lo estoy ni lo estaré nunca totalmente. Nunca terminaré de hacerme completamente a la idea de que ni le importo, ni le he importado nunca, ni soy ni he sido la única, ni lo seré, ni he sido un sólo instante la más importante entre todas las que (pocas o muchas) hemos estado en su vida al mismo tiempo. 
Supongo que da igual. También mi estado de ánimo.

Prometí cuatro letras. 
Tengo sueño. Estoy cansada. Creo que estoy permanentemente cansada y siempre tengo sueño.
Dos días para acabar febrero.
En el fondo, no ha sido sino un mes vacío más.

sábado, 28 de octubre de 2017

Trece horas de sueño.

Hacía tiempo que no dormía tantas horas seguidas. Y sin proponérmelo.

Ayer no eran las once de la noche cuando me quedé dormida. Recuerdo que empecé a ver un programa que empieza sobre las diez...y recuerdo poco de él. Debí quedarme dormida en uno de los primeros cortes publicitarios. En algún momento abrí los ojos, vi que la televisión se había apagado sola y me trasladé a la cama. Y no sé si vi en el reloj-proyector de mi dormitorio que eran las doce y pico...o igual me imaginé la hora.

Sé que me he despertado sobre las seis y algo, como cada día. Y que ya había luz natural cuando me he dicho que debería levantarme al baño...pero me he pedido 'unos minutitos más' para no desvelarme. Y he seguido entre sueños raros, densos, a ratos como muy realistas y muy cotidianos, otros absolutamente fantasiosos...

Creo recordar que vi las nueve y algo en el reloj. Pero igual también eso lo imaginé.
Eran las once y treinta y cinco minutos cuando, por fin, me he despertado del todo.

Trece horas durmiendo.

Sé que el sueño no se recupera, pero yo tenía mucho, pero mucho, atrasado. Sigo teniéndolo.

Tampoco me siento especialmente descansada. Y no sé si esta noche me desvelaré (posiblemente) como consecuencia de haber dormido demasiadas horas ya.

Esta noche, además, tenemos una hora más: a las tres vuelven a ser la dos (horario de invierno, le llaman).
Me hubiese gustado poder haber aprovechado de otro modo esa 'hora de más'. Pero ya sé lo que hay y todo lo demás serían inútiles castillitos de humo en el aire.