viernes, 7 de noviembre de 2025

Al menos hoy, llueve.

 Viernes noche.

sábado, 18 de octubre de 2025

La fase en que se avanza hacia el desamor definitivo.

 Cuando se quiere, pero se tiene que dejar de querer, hay tres fases:

-Cuánto le quiero.
-Cuánto le he querido.
-Cuánto le quise.

Hace justo un año, octubre pasó de ser el mes en que le encontré a ser el mes en que tuve que decidir cortar el contacto. El contacto que llevaba demasiado tiempo empeñada en mantener absurdamente. 

Ha pasado un año.

No ha pasado ni un solo día en que no haya pensado en él. No pasa ningún día en que no le recuerde. No ha habido ninguna semana en que no me haya preguntado cómo estará.
No sé cuantas veces, entre semana, me he dicho ''este sábado le llamo".
Cada sábado en que, por circunstancias, he sabido que pasaría el domingo en casa, he pensado en que quizá sería un buen momento…
No lo he hecho.
En todo este tiempo, él no ha hecho la menor intención por contactar.
Le mandé algún whatsapp (nada demasiado personal. Porque ni siquiera felicitarle por su cumpleaños es algo que, viniendo de mí, le importaba) que por supuesto no ha respondido.
Ni siquiera sé si conserva el mismo número de teléfono o si esa cuenta de whatsapp es válida (aunque mantiene la misma foto. La foto de esa especie de 'hijo' que su novio se inventó o que él invento para su novio…, otra de esas historias inquietantes que he ido hilvanando, otro de esas imágenes con piezas perdidas que componían el puzzle).
Un año justo. Mañana hará un año justo.
O…
Exactamente, el 15 de agosto se cumplieron cuatro años de la última mañana que desperté a su lado.
El 01 de octubre, tres de la última vez que estuvo en mi cama, un sábado por la tarde.
El 24 de agosto, dos de la última vez que le vi.
El 28 de septiembre, uno de la última vez que hablamos
Tantas últimas veces.
En ninguna de ellas pensé que lo era.

Existen tres fases. Dos son en presente:
Cuánto le quiero. Cuánto le he querido.
La tercera ya se dice en pasado: Cuánto le quise.

Ha pasado un año desde que decidí despedirme de él.
Sigue doliendo mucho. Mucho.
Pero creo que estoy empezando a entrar en la segunda fase. 
La fase en que se avanza hacia el desamor definitivo.

jueves, 7 de agosto de 2025

Ese músculo que dicen que no duele

 Supongo que es algo que tiene nombre, aunque yo no quiera encontrárselo.

sábado, 24 de mayo de 2025

Inútil y prescindible.

 Intento escribir.

Muchos días me lo propongo. De verdad. Decido que de hoy no pasa, que siquiera unas letras, unas líneas. Pero...

Pero al final me puede el cansancio. El portátil tarda en arrancar, a veces se bloquea o se pone a actualizar. Y espero. Y me tumbo mientras se estabiliza. Y...

Y pasan los días.

Estoy muy cansada. Sigo muy cansada.

Los resultados de mi última analítica dicen que estoy sana. Pero yo no me encuentro bien. Estoy siempre cansada, tengo sueño e insomnio a la vez. Me duelen las articulaciones. A veces me cuesta respirar. 

No tengo ganas de hacer nada. Nada en absoluto. 

Por mi vagaría entre la cama y el sofá.

Me repito que tengo que ordenar el salón, la cocina, el dormitorio. Que lo haré la próxima tarde libre, que ahora los días son más largos y claro que puedo dedicar un ratito antes de la cena... Que siquiera doblar y guardar la ropa, traerme al sofá una bolsa grande de basura y empezar a tirar sin miramientos casi todo lo que tengo sobre la mesa, las mesas. 

Pero no hago nada.

Tengo sobre las sillas jerséis lavados hace semanas. Las chaquetas/abrigo de todo el invierno. Simplemente debo cogerlo y llevarlo al dormitorio.

Pero no lo hago. 

Compro cosas que no necesito y además lo sé, que no las necesito. Unos vasos, unas cajas de plástico para ordenar cosas, pintauñas que ni estreno. No son cosas caras, pero no las necesito. Son gastos inútiles en cosas prescindibles.

Me siento así: inútil y prescindible.

Aunque, al menos, he sido capaz de escribir estas líneas sin sentido ni interés.

sábado, 15 de marzo de 2025

Falta de tiempo para vivir.

 Trabajar los sábados me descoloca el día.

Y me parece absurdo ese desconcierto: durante muchos años trabajé todos los sábados. Y durante gran parte de esos muchos años trabajé los sábados completos y con jornada partida…
Pero ya había perdido la costumbre.

También me parece absurdo el descoloque cuando simplemente son cuatro horas por la mañana y teletrabajando. Y que será solo un sábado al mes.
Pero lo comprobé el mes pasado (primer mes en que tenía que trabajar un sábado) y lo he vuelto a comprobar hoy.

Aunque sé que esta sensación rara, de desconcierto, no solo es por haber trabajado por la mañana. La semana ha sido complicada. Cada vez más descontrol en las comidas. Quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama cuando apenas quedan ya dos horas para tener que levantarme. Trayectos que se me hacen larguísimos para ir y volver al trabajo.
Falta de tiempo para todo.
Falta de tiempo para vivir.

Lo de menos ha sido tener que teletrabajar hoy sábado por la mañana.
El auténtico problema es este pasar incesante de días completamente vacíos, estos días que solo son fechas en el calendario. Que me pasan por encima.

Que no significan (ni significarán cuando mire hacia atrás, desde el presente que hoy son días futuros) absolutamente nada para mí.

sábado, 8 de marzo de 2025

Acumular cosas. Faltarme ganas.

 Todos los finales de mes planifico que, para cuando comience el próximo, haré tales o cuales cosas.

O casi debería decir que todos los meses aplazo las cosas, lo dejo 'para el próximo mes, para empezar de una forma organizada'.

Luego me doy cuenta de que ya empezó el nuevo mes, de que han pasado varios días y no ha cambiado nada porque no he hecho nada por cambiar. Y es que ni me he dado cuenta, realmente, de que van pasando los días.

Entre semana no tengo tiempo para hacer absolutamente nada. Nada de lo que quisiera, nada de lo que debiera.

El despertador suena entre las siete y media y las ocho menos cuarto. Remoloneo en la cama hasta las ocho, a veces diez minutos menos, a veces cinco minutos más. Rutina de aseo, de vestirme con la ropa que dejé preparada la noche anterior. Hidratante en la cara, rímel en las pestañas, sombra oscura en los párpados, un toque de colorete. Café con leche que caliento en el microondas, dos galletas, todo de pie en la cocina al mismo tiempo que saco del frigorífico el sandwich para el mediodía. A veces lo preparo en el momento porque por la noche no saqué tiempo o ganas de hacerlo. Sandwich y alguna galleta o similar a la bolsa donde también llevo o debería llevar una botella de agua, o a bolso los días en que me toca llevar el equipo informático. Vuelta al baño, dentífrico y cepillo para los dientes, cepillo y peine para el pelo. Terminar de arreglarme: collar, pendientes. Terminar de maquillarme: labial y retoque en las pestañas. Calzado, a veces anillos. Bufanda, abrigo, móvil al bolso. Última visita al baño. Comprobación casi compulsiva de cierre de espita del gas, del desenchufado de la cafetera. Salir por la puerta, ser consciente de que cierro la puerta con los cuatro giros de llave…

Esto tan monótono es mi rutina matinal.
El resto del día es igual de monótono.
Muchos días llego a más de las nueve de la noche.

Acumulo cansancio. No como fruta fresca. No sé si bebo suficiente agua.
Acumulo ropa en el piecero de la cama, en el taburete del dormitorio.
Acumulo todo tipo de cosas en las dos mesas del salón.
Acumulo tareas pendientes.
Acumulo de todo y me faltan ganas, ánimos, sueños, deseos.

Cada mes planeo y planifico que el próximo será diferente. Que lo empezaré ordenando mi entorno y mi vida.
Cada mes me encuentro con que nada ha cambiado.
Cada vez tengo menos ganas.
Y más cansancio.

domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.