A falta de menos de 24 horas para que se acabe el peor año... no sé si 'de mi vida', pero al menos el peor de los últimos años. Aunque igual no debería juzgarlo así, no vaya a venir el próximo con celos y se proponga superarlo...y ser aún peor.
Sé que cambiar de calendario no cambia nada más que eso. Empezar otra vez a contar desde el 01 de enero. No se va a solucionar nada solo, no se van a quedar cerradas las historias que están abiertas, no se me va a quitar la sensación de pena de los últimos días. Simplemente, cambiará la cifra que describe y clasifica el año y ya está.
Pero hasta algo tan simple me conforta. Quiero dejar atrás este 2018.
No voy a hacer un resumen. Al menos, no hoy, no esta noche.
De hecho, llevo un par de semanas sin escribir ni una línea (y la última semana he estado ya de vacaciones laborales). Y ni siquiera podría asegurar que no me apetezca escribir..., pero, simplemente, no lo he hecho.
Es una evidencia. Como lo del cambio de año.
Si miro hacia atrás..., los dos únicos momentos que de veras salvaré de estos doce meses son los que finalmente pasé a su lado. Dos horas en septiembre. Parte de una tarde, una noche entera y una mañana hace dos semanas.
Me quedo con eso.
Me hubiese gustado verle antes de acabar el año..., pero no ha podido ser. No me voy a poner a valorar ni considerar las razones ni los motivos.
También me habría conformado con hablar un rato con él...pero llevo más de una semana sin conseguirlo. Tampoco lo voy a valorar.
Se termina el año. Cumplo años. Me siento mayor y cansada. No sé que va a ser de mi vida y no auguro nada bueno para las próximas semanas.
Y no voy a pensar ahora en eso.
Treinta y uno de diciembre de dos mil dieciocho.
Mejor en letras, aunque yo sólo crea en los números.
Igual. escribiendo su nombre, dos mil dieciocho, exorcizo algún fantasma más.
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domingo, 30 de diciembre de 2018
sábado, 24 de marzo de 2018
Momentos erróneos.
Y otra vez sábado.
Y sigo sumando semanas. Otra más. La penúltima completa de marzo, la última antes de semanasanta.
Como era de esperar, sin novedades reseñables. Ni no reseñables. Otra semana vacía. Sin otras cosas que rutina, que toneladas de trabajo para llenar las horas, que transportes abarrotados, que dormir poco y descansar aún menos. Otra semana sin planes ni proyectos. Dejando pasar el tiempo. Sin más.
El jueves fue su cumpleaños.
Le mandé un sms para felicitarle. Me contestó. Al menos eso, me contestó.
Otros años no lo ha hecho.
Siempre le he llamado. Alguna vez me cogió el teléfono.
A veces me dijo que estaba lejos del teléfono, a veces el buzón de voz me dio a entender que estaba hablando con otra persona.
Siempre me creí sus explicaciones. Hoy..., no hoy sábado sino en estos días o a estas alturas, tengo claro que nunca tuvo el menor interés en hablar conmigo el día de su cumpleaños. Y que si no cogía el teléfono o ni me respondía a un mensaje no era sino porque estaba con otra u otras personas.
En el fondo, todo era más simple y menos necesario de excusas.
Un año..., creo que fue el primero cuando yo ya consideraba que estábamos manteniendo una relación, que ya había pasado alguna noche en mi cama y que parecía que eso, estábamos juntos, conseguí hablar con él esa noche. Le llamé, no sé si al no cogerme el teléfono le envié un mensaje y me respondió dio diciéndome que le llamase más tarde, o si me atendió un instante diciéndome que estaba hablando por el móvil..., no lo sé bien. Pero sí recuerdo claramente que nunca le he escuchado tan feliz como aquella noche cuando ya atendió mi llamada.
No, no porque se alegrase por mi felicitación, sino porque acababa de hablar con su ex.
Nunca sentí celos de esa relación. Ni siquiera esa noche. Siempre me alegró lo que le pueda hacer feliz.
Creo que a esas alturas ya tenía claro que nunca podría competir con su ex. Que nunca ni me aproximaría a ser para él lo que ella había sido.
Nunca le había escuchado tan feliz ni volví a escucharle con esa alegría. Y sé que nunca se ha sentido así conmigo.
Un día, hace cuatro años, amaneció en mi cama el día de su cumpleaños. A mí sí me hizo ilusión. Supongo que a él en lo más mínimo. Eligió pasar conmigo esa noche, tras semanas de aplazamientos, para tener libre el día y poder quedar con quien de veras quería estar.
Siempre intenté regalarle algo que le pudiera gustar. Incluso en la etapa más desastrosamente económica de mi reciente pasado, busqué eso, poder regalarle algo. No sé si alguna vez acerté.
A veces también le regalaba cosas sin que fuese ninguna fecha determinada. Suelo regalar cosas a la gente que quiero, sin necesidad de que sean fechas señaladas. Algún objeto de escritorio, un llavero, cualquier tontería... Creo que nunca acerté con él. Siempre había alguien que sí acertaba, que le regalaba cosas importantes y valiosas.
La última vez que nos vimos me hizo una de esas exposiciones-monólogos sobre la idea de regalar, de cómo consideraba que era un acto egoísta, que quien regalaba algo a otro realmente estaba pensando en sí mismo, no en el receptor.
La última vez que nos vimos le regalé un cuaderno. Igual en el fondo estaba pensando en mí misma cuando lo compré, pero lo que recuerdo es que al verlo en la tienda me acordé de él, pensé que le iba a hacer gracia y lo compré por eso.
Y que si en algo no pensé ni un instante es en que sería el último regalo que le haría.
Sábado otra vez. Nublado pero soleado. Ventoso, como dice esa descripción que debe ser este mes 'marzo ventoso', hasta casi rozar lo huracanado.
Sigo acordándome de él a diario, creo que cada hora de cada día. Sigo necesitando saber cómo está.
Sigo sin tener noticias.
Lo único que destaco de esa semana vacía es que me respondió a mi felicitación por sms. Respuesta cortés.
Espero que siga recibiendo llamadas que le hagan feliz, porque fue feliz con el emisor o porque lo está siendo hoy en día.
Yo nunca acerté. Y, aunque creo que en el fondo lo tuve claro en cada uno de esos momentos erróneos, hoy en día ya no me queda la menor duda. Y no es que no pueda hacer nada para rectificar mis errores, es que ni siquiera tendré otra ocasión para volver a fallar frente a él.
Y sigo sumando semanas. Otra más. La penúltima completa de marzo, la última antes de semanasanta.
Como era de esperar, sin novedades reseñables. Ni no reseñables. Otra semana vacía. Sin otras cosas que rutina, que toneladas de trabajo para llenar las horas, que transportes abarrotados, que dormir poco y descansar aún menos. Otra semana sin planes ni proyectos. Dejando pasar el tiempo. Sin más.
El jueves fue su cumpleaños.
Le mandé un sms para felicitarle. Me contestó. Al menos eso, me contestó.
Otros años no lo ha hecho.
Siempre le he llamado. Alguna vez me cogió el teléfono.
A veces me dijo que estaba lejos del teléfono, a veces el buzón de voz me dio a entender que estaba hablando con otra persona.
Siempre me creí sus explicaciones. Hoy..., no hoy sábado sino en estos días o a estas alturas, tengo claro que nunca tuvo el menor interés en hablar conmigo el día de su cumpleaños. Y que si no cogía el teléfono o ni me respondía a un mensaje no era sino porque estaba con otra u otras personas.
En el fondo, todo era más simple y menos necesario de excusas.
Un año..., creo que fue el primero cuando yo ya consideraba que estábamos manteniendo una relación, que ya había pasado alguna noche en mi cama y que parecía que eso, estábamos juntos, conseguí hablar con él esa noche. Le llamé, no sé si al no cogerme el teléfono le envié un mensaje y me respondió dio diciéndome que le llamase más tarde, o si me atendió un instante diciéndome que estaba hablando por el móvil..., no lo sé bien. Pero sí recuerdo claramente que nunca le he escuchado tan feliz como aquella noche cuando ya atendió mi llamada.
No, no porque se alegrase por mi felicitación, sino porque acababa de hablar con su ex.
Nunca sentí celos de esa relación. Ni siquiera esa noche. Siempre me alegró lo que le pueda hacer feliz.
Creo que a esas alturas ya tenía claro que nunca podría competir con su ex. Que nunca ni me aproximaría a ser para él lo que ella había sido.
Nunca le había escuchado tan feliz ni volví a escucharle con esa alegría. Y sé que nunca se ha sentido así conmigo.
Un día, hace cuatro años, amaneció en mi cama el día de su cumpleaños. A mí sí me hizo ilusión. Supongo que a él en lo más mínimo. Eligió pasar conmigo esa noche, tras semanas de aplazamientos, para tener libre el día y poder quedar con quien de veras quería estar.
Siempre intenté regalarle algo que le pudiera gustar. Incluso en la etapa más desastrosamente económica de mi reciente pasado, busqué eso, poder regalarle algo. No sé si alguna vez acerté.
A veces también le regalaba cosas sin que fuese ninguna fecha determinada. Suelo regalar cosas a la gente que quiero, sin necesidad de que sean fechas señaladas. Algún objeto de escritorio, un llavero, cualquier tontería... Creo que nunca acerté con él. Siempre había alguien que sí acertaba, que le regalaba cosas importantes y valiosas.
La última vez que nos vimos me hizo una de esas exposiciones-monólogos sobre la idea de regalar, de cómo consideraba que era un acto egoísta, que quien regalaba algo a otro realmente estaba pensando en sí mismo, no en el receptor.
La última vez que nos vimos le regalé un cuaderno. Igual en el fondo estaba pensando en mí misma cuando lo compré, pero lo que recuerdo es que al verlo en la tienda me acordé de él, pensé que le iba a hacer gracia y lo compré por eso.
Y que si en algo no pensé ni un instante es en que sería el último regalo que le haría.
Sábado otra vez. Nublado pero soleado. Ventoso, como dice esa descripción que debe ser este mes 'marzo ventoso', hasta casi rozar lo huracanado.
Sigo acordándome de él a diario, creo que cada hora de cada día. Sigo necesitando saber cómo está.
Sigo sin tener noticias.
Lo único que destaco de esa semana vacía es que me respondió a mi felicitación por sms. Respuesta cortés.
Espero que siga recibiendo llamadas que le hagan feliz, porque fue feliz con el emisor o porque lo está siendo hoy en día.
Yo nunca acerté. Y, aunque creo que en el fondo lo tuve claro en cada uno de esos momentos erróneos, hoy en día ya no me queda la menor duda. Y no es que no pueda hacer nada para rectificar mis errores, es que ni siquiera tendré otra ocasión para volver a fallar frente a él.
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jueves, 4 de enero de 2018
Cambio de año.
Ya en 2018.
Este año no he publicado post-resumen del año 2017. No sé. Podría alegar falta de tiempo (e igual tampoco estaría mintiendo, pese a llevar de vacaciones desde el viernes día 22), pero seré más sincera si reconozco que han sido falta de ganas. Absolutas. O ganas de olvidar ese año y pasar página sin demasiado entusiasmo (también he de reconocerlo).
No ha sido un buen año. Tampoco de ésos que dices día a día 'esto es un infierno', o en los que pasas una temporada tan mala que incluso cuando ha pasado quedan ahí los restos y cuesta quitarlos. No. Este año ha sido de ésos que dejan cicatrices pequeñas, mal sabor de boca, sensación de vacío, pocos recuerdos felices...
Sin poder decir que haya tenido enfermedades (no recuerdo ni haber pasado la gripe), no fue un buen año para la salud. Tres o cuatro ataques de ansiedad (recuerdo un par de ellos muy fuertes. Los controlo, sé que soy capaz de controlarlos y entender que no me estoy muriendo), de ésos que te dejan extrañamente convaleciente durante varios días. Ataques de dolor de estómago que duraban también días (inexplicables. Pero hay que ver lo que duele el estómago, lo que es capaz de doler...). Jaquecas de no saber qué más hacer para que se pasen. Que duran apenas unas horas y ya está, pero esas horas se hacen eternas. Y, sobre todo, el cansancio. El cansancio permanente, continuo, el sueño incluso cuando teóricamente se han dormido más de ocho horas...
Sin haber dejado, tampoco, de trabajar en todo el año..., no ha sido un buen año laboral. Por mil pequeñas cosas. Por un mal ambiente laboral continuado y progresivo, que llegó un momento en que ni yo (conciliadora por naturaleza, pegamento en el grupo en que trabajo, positiva e irónica para desdramatizarlo todo) era capaz de esquivar. Cada día más y más trabajo, cada mes menos sueldo (es lo que tiene que parte de tu 'variable' vaya condicionado a una exigencias de producción...que son progresivas mes a mes, pero donde no te dan con qué poder aumentarlo). Y la absoluta certeza de que no va a mejorar. Que la semana que viene vuelvo al trabajo y todo va a seguir igual, sólo que partiendo de nuevo de cero...
Y con la tercera variable, ésa que según la canción compone el terceto ideal para ser feliz si todo va bien (salud-dinero-amor) qué añadir. Qué más añadir cuando has visto a la persona a quien quieres tres veces a lo largo del año, sin que realmente nada pueda justificar esa circunstancia (bueno, claro que lo justifica..., pero es ajeno a mi decisión, mi voluntad y mis deseos). Cuando el año termina sabiendo que ni siquiera quiere que intentes llamarle (el educado y justificado 'ya te llamo yo a mediados de semana, ya hablamos un día de éstos'). Que mientras te lo está diciendo te parece incluso lógico: 'le llamo y no me coge el teléfono porque no lo oye, porque está cansado, porque no puede hablar..., le envío un sms de buenasnoches y a veces ni me contesta porque ya está dormido...; mejor que me llame él cuando pueda...', y luego te das cuenta de qué es lo que realmente te está diciendo: 'no me llames'. Así, sin más. Y sin entender qué pasa.
Bueno, sí; que no me quiere, que no le intereso ni le importo. Que no soy más que una molestia reiterada. Que, como es una persona educada, no me lo va a decir así: para eso están las excusas. Y ya está.
Evidentemente, no ha sido un buen año.
Lo terminé como todos: cumpliendo años. Y sintiéndome vieja. Por primera vez en mi vida, me siento mayor, muy mayor. Tanto como me indica mi edad real (sé que aparento..., o al menos he aparentado durante tiempo, menos de la que indica mi dni). Lo terminé con tarta y velas, con uvas mientras miraba las Campanadas en televisión, ropa interior roja, adelantando el pie derecho, tacones en botines nuevos, lanzado de moneditas a la calle mientas veo los fuegos artificiales...., todo eso. Todo lo que enlaza un año con el anterior en unos minutos, lo que lo enlaza a la vez con el mismo día de años anteriores...
Llevamos 3 días del nuevo año. El primero, rutina familiar: comida de Año Nuevo para liquidar los restos de la noche anterior y, además, comer lentejas; el segundo, enferma con un insoportable dolor de estómago a partir de mediodía que me dejó inmovilizada en casa tras una mañana sin problemas, de intendencia doméstica, gestiones bancarias, visita al híper para alguna compra de Reyes...; el tercero, ayer, más compras de Reyes y alguna foto navideña, ya sin rastro de dolor (o al menos, apenas reseñable). Tres días de rutina.
Dicen que hay que cuidar los primeros doce días del mes, porque 'marcan' lo que será cada uno de los doce meses. No sé. Por esa regla, me espera un enero de vivir de restos, escuchar discos, leer periódicos atrasados... Un febrero de alternar la rutina doméstica con las tareas administrativas propias y con el dolor inevitable. Y un marzo de más intendencia doméstica, compras y relacionarme un tanto con extraños (esto lo digo porque estas navidades he ejercido en más ocasiones que nunca de 'fotógrafa de desconocidos': gente que debe observarme haciendo fotos, debo parecerles de fiar...y terminan por pedirme si, por favor, puedo hacerles una fotografía con su móvil en los escenarios navideños madrileños). Y un abril que, a tenor a la teoría antes mencionada, va a tener mucho ordenador, y más compras...
Probablemente no hable con él los próximos días: sé que no me va a llamar. Y que, si lo hace, será por mero compromiso e incluso sabiendo que ese día y a esa hora seguramente no estaré en mi casa (mañana, día cinco, me voy por la tarde de 'paje de Reyes Magos' al domicilio materno, y probablemente ya no regrese hasta el domingo por la tarde-noche).
Objetivamente, este 2018 no está empezando bien. Pero no me quiero anclar en esa idea. Quiero pensar que va a ir mejorando. Que éste es el punto de partida y sólo puede ir mejorando.
Feliz 2018. Par, redondito y hasta lunático.
Este año no he publicado post-resumen del año 2017. No sé. Podría alegar falta de tiempo (e igual tampoco estaría mintiendo, pese a llevar de vacaciones desde el viernes día 22), pero seré más sincera si reconozco que han sido falta de ganas. Absolutas. O ganas de olvidar ese año y pasar página sin demasiado entusiasmo (también he de reconocerlo).
No ha sido un buen año. Tampoco de ésos que dices día a día 'esto es un infierno', o en los que pasas una temporada tan mala que incluso cuando ha pasado quedan ahí los restos y cuesta quitarlos. No. Este año ha sido de ésos que dejan cicatrices pequeñas, mal sabor de boca, sensación de vacío, pocos recuerdos felices...
Sin poder decir que haya tenido enfermedades (no recuerdo ni haber pasado la gripe), no fue un buen año para la salud. Tres o cuatro ataques de ansiedad (recuerdo un par de ellos muy fuertes. Los controlo, sé que soy capaz de controlarlos y entender que no me estoy muriendo), de ésos que te dejan extrañamente convaleciente durante varios días. Ataques de dolor de estómago que duraban también días (inexplicables. Pero hay que ver lo que duele el estómago, lo que es capaz de doler...). Jaquecas de no saber qué más hacer para que se pasen. Que duran apenas unas horas y ya está, pero esas horas se hacen eternas. Y, sobre todo, el cansancio. El cansancio permanente, continuo, el sueño incluso cuando teóricamente se han dormido más de ocho horas...
Sin haber dejado, tampoco, de trabajar en todo el año..., no ha sido un buen año laboral. Por mil pequeñas cosas. Por un mal ambiente laboral continuado y progresivo, que llegó un momento en que ni yo (conciliadora por naturaleza, pegamento en el grupo en que trabajo, positiva e irónica para desdramatizarlo todo) era capaz de esquivar. Cada día más y más trabajo, cada mes menos sueldo (es lo que tiene que parte de tu 'variable' vaya condicionado a una exigencias de producción...que son progresivas mes a mes, pero donde no te dan con qué poder aumentarlo). Y la absoluta certeza de que no va a mejorar. Que la semana que viene vuelvo al trabajo y todo va a seguir igual, sólo que partiendo de nuevo de cero...
Y con la tercera variable, ésa que según la canción compone el terceto ideal para ser feliz si todo va bien (salud-dinero-amor) qué añadir. Qué más añadir cuando has visto a la persona a quien quieres tres veces a lo largo del año, sin que realmente nada pueda justificar esa circunstancia (bueno, claro que lo justifica..., pero es ajeno a mi decisión, mi voluntad y mis deseos). Cuando el año termina sabiendo que ni siquiera quiere que intentes llamarle (el educado y justificado 'ya te llamo yo a mediados de semana, ya hablamos un día de éstos'). Que mientras te lo está diciendo te parece incluso lógico: 'le llamo y no me coge el teléfono porque no lo oye, porque está cansado, porque no puede hablar..., le envío un sms de buenasnoches y a veces ni me contesta porque ya está dormido...; mejor que me llame él cuando pueda...', y luego te das cuenta de qué es lo que realmente te está diciendo: 'no me llames'. Así, sin más. Y sin entender qué pasa.
Bueno, sí; que no me quiere, que no le intereso ni le importo. Que no soy más que una molestia reiterada. Que, como es una persona educada, no me lo va a decir así: para eso están las excusas. Y ya está.
Evidentemente, no ha sido un buen año.
Lo terminé como todos: cumpliendo años. Y sintiéndome vieja. Por primera vez en mi vida, me siento mayor, muy mayor. Tanto como me indica mi edad real (sé que aparento..., o al menos he aparentado durante tiempo, menos de la que indica mi dni). Lo terminé con tarta y velas, con uvas mientras miraba las Campanadas en televisión, ropa interior roja, adelantando el pie derecho, tacones en botines nuevos, lanzado de moneditas a la calle mientas veo los fuegos artificiales...., todo eso. Todo lo que enlaza un año con el anterior en unos minutos, lo que lo enlaza a la vez con el mismo día de años anteriores...
Llevamos 3 días del nuevo año. El primero, rutina familiar: comida de Año Nuevo para liquidar los restos de la noche anterior y, además, comer lentejas; el segundo, enferma con un insoportable dolor de estómago a partir de mediodía que me dejó inmovilizada en casa tras una mañana sin problemas, de intendencia doméstica, gestiones bancarias, visita al híper para alguna compra de Reyes...; el tercero, ayer, más compras de Reyes y alguna foto navideña, ya sin rastro de dolor (o al menos, apenas reseñable). Tres días de rutina.
Dicen que hay que cuidar los primeros doce días del mes, porque 'marcan' lo que será cada uno de los doce meses. No sé. Por esa regla, me espera un enero de vivir de restos, escuchar discos, leer periódicos atrasados... Un febrero de alternar la rutina doméstica con las tareas administrativas propias y con el dolor inevitable. Y un marzo de más intendencia doméstica, compras y relacionarme un tanto con extraños (esto lo digo porque estas navidades he ejercido en más ocasiones que nunca de 'fotógrafa de desconocidos': gente que debe observarme haciendo fotos, debo parecerles de fiar...y terminan por pedirme si, por favor, puedo hacerles una fotografía con su móvil en los escenarios navideños madrileños). Y un abril que, a tenor a la teoría antes mencionada, va a tener mucho ordenador, y más compras...
Probablemente no hable con él los próximos días: sé que no me va a llamar. Y que, si lo hace, será por mero compromiso e incluso sabiendo que ese día y a esa hora seguramente no estaré en mi casa (mañana, día cinco, me voy por la tarde de 'paje de Reyes Magos' al domicilio materno, y probablemente ya no regrese hasta el domingo por la tarde-noche).
Objetivamente, este 2018 no está empezando bien. Pero no me quiero anclar en esa idea. Quiero pensar que va a ir mejorando. Que éste es el punto de partida y sólo puede ir mejorando.
Feliz 2018. Par, redondito y hasta lunático.
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