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jueves, 3 de septiembre de 2020

Descentrada.

Sensaciones raras.
Ayer estaba agotada. Agotadísima.

Y hoy he pasado todo el día con una sensación extraña, como de convalecencia. Como esos días en que, de pequeña, me dejaban levantarme más tarde (o me obligaban a quedarme en la cama hasta la hora de comer) porque estaba enferma y cuando por fin me levantaba todo tenía una luz extraña, la hora de los relojes parecía no cuadrar con la que debería ser, no tenía sentido merendar cuando no había desayunado...
Así he pasado todo el día. Descentrada.

Anoche dormí mal. Me desperté varias veces, creo que me levanté al baño dos o tres. Me quedé dormida pensando en que no podía quedarme dormida. Todo raro. Principalmente cuando ayer me traje el portátil de la oficina para trabajar desde casa, cuando tenía a las diez una reunión virtual con mi jefe y el resto del equipo comercial y, obviamente, no había ninguna posibilidad de que me quedase dormida y no llegase a tiempo...
Mis vacaciones terminaron el domingo. Empecé a trabajar de nuevo el lunes (el lunes en casa, el martes y miércoles en la oficina, hoy jueves aquí) y tengo la sensación de llevar haciéndolo meses. No estoy cansada, obviamente, pero... 
Me siento rara.

A decir verdad, es la primera vez desde que comenzó la crisis del covid que he llegado a tener miedo de haberme contagiado. No tenía síntomas compatibles con la enfermedad, pero... 
Me puse el termómetro. 36,7ºC. Igual algo más de mi temperatura habitual, pero no era fiebre.

Decidí comer algo a mediodía (estos días atrás han sido un sandwich de pan integral con algo ligero) y puse a hervir un puñado de pasta de vegetales para mezclar con una latita de atún y un poco de queso fresco. Terminé comiendo a más de las cuatro de la tarde, tras una larguísima llamada comercial.
Es absurdo: nadie realmente controla lo que hago o dejo de hacer, pero me siento extrañamente controlada. Autocontrolada, midiendo a qué hora me conecto al sistema telefónico, a qué hora me desconecto, si aparece alguna pausa larga (incluso sabiendo que la he dedicado a hacer llamadas de manera manual o contestar correos). Sé que trabajo más de las 35 horas semanales que constan en mi contrato, pero...
Me siento rara. 

Mañana ya es viernes. Puedo permitirme trabajar apenas cuatro horas (por mis cálculos, llevo más de treinta y quizá sean ya treinta y dos), pero imagino que me darán las tres de la tarde, o más. Y seguiré con la extraña sensación de no estar haciendo las horas mínimas, de estarme cogiendo pausas, de..., no sé. 

No sé si voy a acostumbrarme, realmente, a teletrabajar sin fecha definitiva de incorporación a una rutina laboral.
Está siendo todo muy raro.
O soy yo la que está rara. 

domingo, 30 de agosto de 2020

Sensaciones raras y contradictorias.

Mañana vuelvo al trabajo. Bueno, dentro de unas horas, si tengo que ser rigurosa con la realidad, porque oficialmente ya es lunes 31 de agosto, aunque sintamos que seguimos en la noche del domingo 30.
Y no sé si tengo ganas. 
Sobre todo porque volver al trabajo...cuando realmente va a ser trabajar desde casa (desde el mismo sitio desde donde estoy escribiendo esto. Y no desde el mismo equipo informático porque para trabajar tengo un portátil de empresa, que si no...) suena casi raro. Tan raro como todo en este año.

Tengo ganas y no las tengo. Incluso si me planteo que probablemente en el transcurso de la semana el trabajo será presencial, en algún momento, porque espero que se abra la oficina y que vaya alguien más que las pocas personas con las que coincidí en junio y julio...no sé exactamente si me apetece o no. 

Es un cúmulo de sensaciones raras y contradictorias. 

No me gusta el teletrabajo, aunque admito que es más cómodo que la hora y media larga de ida y otro tanto de vuelta que me separa del lugar físico donde está la oficina. Y e precisamente si me paro a pensar en esas más de tres horas de trayecto...cuando la idea de tener que trabajar presencialmente se me hace un tanto cuesta arriba. Y me apetece volver a trabajar en un sitio con más gente, pero como he tenido tan poco trato (y tan raro, he de admitirlo) con mis compañeros...tampoco sé cómo me voy a sentir.

Es todo extraño. Me siento extraña. Y nerviosa, sin que tampoco exista nada que explique esto. 
Lo que tenga que ser, será. Las cosas inevitables es lo que tienen.

domingo, 14 de junio de 2020

Yendo hacia la normalidad.

Supongo que poco a poco las cosas irán volviendo a la normalidad.
No una 'nueva normalidad' (si es nueva, no es normalidad) sino a la normalidad de antes. O a algo que se le parezca y a lo que adaptarse. Aunque sé que me costará asumir el haber perdido más de dos meses de este año y no saber qué he hecho con ellos. Porque durante los meses de abril y mayo no he hecho absolutamente nada, pero nada, de provecho. 


Y probablemente no vuelva a tener tanto tiempo libre para hacer cosas de ésas que requieren tiempo. Tiempo que no te robe la calle, otras personas, el trabajo, las obligaciones. Tiempo como el que he tenido durante dos meses y en el que no he hecho nada. Entre otras cosas porque no era capaz de concentrarme. No he sido capaz de leer, de ver dvd de películas o series, de dibujar, de pintar, de hacer collares, de cualquier cosa medianamente creativa. No he hecho otra cosa que perder el tiempo, dejándolo pasar sin más.


El martes vuelvo a la oficina. No a tiempo completo (creo) porque la empresa mantendrá el erte todo el tiempo que pueda (cosa comprensible) y porque tampoco creo que decida trabajar por mi cuenta y riesgo con el horario normal. Mi idea es un de 11:00h a 17:o0h o similar...y ya iremos viendo. Y de momento tampoco todos los días: esta semana me he apuntado para ir el martes, miércoles y jueves. Y lunes-viernes teletrabajo.
Lo de 'apuntarme' es literal: nos han hecho llegar un excel común en el que anotar qué días pensamos ir. El viernes, cuando apagué el portátil, solo una compañera se había apuntado para toda la semana. Y otras tres personas (que no identifico por el nombre) para el miércoles. Y debemos ser unas cincuenta personas de trabajo presencial en esa oficina, así que veo que la gente tiene pocas  ganas de volver.


Yo tampoco las tendría si llevase más tiempo y controlase el producto, los ritmos, el enfoque... y mis resultados fuesen buenos. Qué mejor que poder trabajar desde casa, con calzado y ropa cómodas y el pelo atado con una cinta, sin tener que esperar transportes ni hacer trasbordos, pudiendo tomarte el café con calma y comer de cuchara y servilleta a mediodía... Pero necesito volver. Es más: necesito empezar de veras a trabajar, porque esta crisis me pilló cuando llevaba 4 días (literalmente) de trabajo en la empresa. Y de las siguientes tres semanas, hasta que decretaron que pasábamos al erte, una fue allí con otras cuatro personas (a veces, solo tres o incluso solo dos) y dos ya fueron en teletrabajo. Y así no hay manera...

Y también necesito la rutina de salir, de desayunar con prisas tras madrugar, de ponerme calzado de calle sabiendo que puede que no me lo quite en doce horas, de trenes y autobuses, de ver otras personas y ver el cielo y los árboles. 

Las cosas, poco a poco, irán volviendo a la normalidad.

E igual un día, en el futuro, me sorprendo preguntándome qué hice yo en abril y mayo de 2020...y tengo que hacer memoria para recordar que tuve que pasarlos encerrada y sin ganas ni ánimos para hacer nada.

lunes, 8 de junio de 2020

Principios de junio. Esas fechas en que el mundo suele empezar a acabárseme.

Tal día como ayer, hace un año, me despedían del trabajo. 
Tal día como hoy, hace dos años, me ingresaban en el hospital.

Un trabajo que se me daba bien y en el que casi todo el mundo me consideraba imprescindible e inamovible (yo no). Y en el que perfectamente podía haber terminado jubilándome.
Un ingreso hospitalario de urgencias porque mis análisis decían que me estaba muriendo. Aunque yo no lo sintiera así. 

Prácticamente llevo un año sin trabajar. Cosa totalmente inaudita en mi vida. Mis vacaciones más largas. Una breve experiencia a finales del año pasado, la firma de un contrato indefinido a principios de marzo, entrada en un erte la segunda semana de abril...
Todavía no saben qué tuve, pese a estar tres semanas ingresada con analíticas diarias, tras dos meses y pico de baja médica, tras más controles y analíticas rutinarias posteriores y tras una recaída de la que pasado mañana hará un año (aunque esta vez no necesité hospitalización).
No era la primera vez, ni la segunda..., ni la tercera en que el comienzo de junio ponía mi vida patas arriba. Mes de terminar cosas que creía más o menos estables, mes de empezar otras por sorpresa. 

Y este año..., no sé. Este año y en estos días estoy cansada. Cierto que ya mi erte está ya a tiempo parcial (oficialmente estoy a un 30% de contrato, extraoficialmente se supone que la empresa me pagará el 50% del sueldo que tengo en contrato, en la práctica estoy trabajando a jornada completa. Todo voluntario. Todo raro) y que también ha sido a principios de junio, el día 3, cuando cambió también esta situación que podía haberse alargado (también por compromiso y comunicación del sistema público de empleo) hasta principios de agosto. 
Teletrabajo. Y no me apaño. Y eso hace que trabaje más horas de las que debiera. Y me estreso. 

Y..., y hay más cosas. Pero está esa premisa de que cuando no se habla de algo, cuando algo no tiene nombre, ese algo no existe.

Principios de junio.

Hace 17 años, la noche del 08 al 09 de junio, soñé que se terminaba el mundo. Y que lo estaba viendo en directo. 
Al día siguiente parte de mi mundo empezó a terminarse.

Estoy cansada. Y no quiero, o quizá no puedo, asumir que también ahora parte de mi mundo se está desmoronando ante mí. A veintitantos kilómetros y un río de distancia.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Último festivo.

Semana complicada en que lo único salvable ha sido el día festivo de hoy. No porque haya hecho nada excepcional, sino porque conllevaba no tener que ir a trabajar.
Mejor dicho: no tener que ir al sitio donde trabajo.

A mí trabajar no me ha molestado nunca. Es más, he sido una adicta al trabajo durante años, librando sólo los domingos, teniendo si acaso una semana de vacaciones en verano... Y no pasaba nada: me gustaba mi trabajo. Vivir para trabajar y trabajar para vivir era la misma cosa. 
Nada que ver con lo que hago ahora a cambio de una nómina más o menos fija y de cantidad de lo más variable.

Éste miércoles ha sido el último festivo del año, prácticamente hasta navidad. 

Hasta este empleo que tengo ahora..., o hasta este sector en el que trabajo desde hace años, nunca me preocupó cuando caían los festivos, si había o no un puente, si las navidades eran días entresemana o domingos.
Ahora lo miro y lo calculo con semanas de antelación. Que no voy a dedicar esos festivos a nada excepcional, que simplemente es para no ir al trabajo.

No estoy bien. 
No lo estoy físicamente y tampoco me encuentro bien mentalmente. Probablemente lo uno sea culpa de lo otro, pero no sé en qué orden. 

Dieciséis de mayo.
Y no quiero ir a trabajar. Y no puedo evitarlo.

domingo, 27 de enero de 2019

Eterno enero de 2019.

Este enero está siendo raro. Muy raro.Más malo que bueno, he de admitirlo. Y, sobre todo, muy largo. Se me está haciendo eterno. 

Cada día de por sí se me hace eterno, minuto a minuto. La hora y media de recorrido en transporte público para llegar desde mi casa al trabajo hace que, cuando llego, piense que hizo un siglo que me levanté de la cama (cuando hace dos horas y pico, únicamente). El tiempo allí se diría que no pasa y, lo que es peor, cuando pasa es sin que haga nada realmente de provecho. El camino de vuelta es igual de eterno. Incluso ha llegado a ocurrirme (cosa extraña) haber ido a comprar algo que necesitaba (o simplemente a ver ropa de rebajas) al salir del trabajo...y llegar a casa antes de las nueve, para ver el final de un concurso de la tele que sigo habitualmente. Y me ha resultado poco menos que increíble que el tiempo me haya cundido tanto...o se haya ralentizado de ese modo. 

Porque lo habitual es, que si hago el recorrido sin detenerme más allá de los transbordos y las incidencias en el tráfico, raro es llegar antes de las ocho. Que en una hora me haya dado tiempo a pasar por un par de tiendas tras haber cambiado la rutina calculada del transporte público, entrar en probadores, esperar cola para pagar, volver desde otras estaciones de metro o tren...es raro. Tiempo que de pronto se ha estirado como un chicle de los años 80.


Hace veintisiete días, cuatro semanas mañana, que empezó el año. Volví al trabajo el día ocho, por tanto, no llevo ni tres semanas seguidas de rutina laboral. Y me cuesta creerlo, de veras. El tiempo no puede ir tan, pero tan lento.Y tan aburrido.

El ambiente laboral llegó a estar tan sumamente enrarecido que costaba respirar. Bueno, quizás el término exacto no sea ése (allí siempre cuesta respirar: es lo que tienen los sitios sin ventilación cuyos aparatos de climatización se limpian poco y mal). Costaba hasta moverse. Todo era gente enfurruñada.  La incertidumbre laboral en que seguimos sumidos desde finales de año es cada día mayor (porque ni se hace nada, ni se deja hacer) y todo son rumores extraños que nadie sabe de dónde salen ni con qué motivos. Y que contribuyen a que el mal ambiente crezca y crezca, como un virus creando una epidemia.

Mi estado de salud tampoco es bueno. Cierto que ni siquiera me he resfriado (cuando en mi entorno todo son constipados, gripes, gastroenteritis y similares), pero siento que no estoy bien. Imagino que porque no estoy agusto con lo que hago. 
Igual debería hacer algo (empezar a moverme para encontrar otro trabajo, por ejemplo) pero la propia inestabilidad de mi actual empresa me tiene en ese impass. Esperando a que ellos muevan ficha para tomar alguna decisión. Porque el riesgo de, vale, encontrar algo que me parezca mejor (lo que conllevaría entrevistas de trabajo y tal, cogiendo días a cuenta de vacaciones) es que al irme voluntariamente de la empresa en que estoy lo haría renunciando a posibles indemnizaciones por despido (llevo casi cuatro años aquí. La cantidad en caso de despido no sería alta, porque no lo es mi sueldo base, pero algo me correspondería) y, lo que es peor: o dando un preaviso de 15 días (en mi empresa y por el peculiar cálculo de las horas trabajadas, 15 días son tres semanas) o renunciando a medio mes de sueldo. Y con el riesgo añadido de que si el nuevo hipotético trabajo no termina de funcionar (o sea, si me despiden en el periodo de prueba y no llego a los tres meses) ni siquiera tendré derecho a cobrar el paro.
Económicamente no me lo puedo permitir.


O sea, que no están las cosas para hacer experimentos. 
Cuando se cumplen años, o según se van cumpliendo, los miedos aumentan. En mi caso, las inseguridades.

Llevo dos semanas sin hablar con él. Las mismas que lleva enfermo. La garganta, su enfermedad crónica. La misma que nos ha hecho aplazar encuentros en los más de ocho años en que llevamos viéndonos con variable frecuencia.También llevo días sin saber nada de él (sin que me responda a los sms. Hace meses volví a la costumbre de enviarle besos de buenasnoches). 

Nunca dejará de preocuparme. Aunque sepa que en realidad no puede estar muy mal porque le cuidan...no puedo controlar del todo mi preocupación por él.Ni puede dejar, egoistamente, de echarle de menos.

Hoy ya es domingo. El último domingo del mes y mañana será el inicio de la última semana de enero. Y sé, desde ya, que no pasará nada importante y que el tiempo pasará, pero seguirá pasándome igual de lentamente.

El primer mes del año nunca se me había hecho tan eterno.

sábado, 12 de enero de 2019

Sueño raro.

Sueño raro.
Sueño que estoy en la casa donde me he criado (y donde sigue viviendo mi madre y a la que voy un par de veces por semana y sigo considerando mi casa, por otra parte). En el sueño es esa vivienda y la identifico como tal, pero si recuerdo el sueño veo que no, que sobran  y faltan cosas. 

La luz es rara. Demasiado luminoso todo. No sé qué estación del año o que horas del día son en el sueño, pero la luz es muy blanca y, a la vez, muy amarilla. Se parece a la luz de algunos amaneceres de finales de enero, ahora que lo pienso...

Tengo un bebé. Hasta creo que nace, sin demasiada dificultad, en el transcurso del sueño y que lo traigo al mundo en mi cama. Que a ratos está en el sitio donde se encuentra en el momento actual, a ratos en el dormitorio donde estuvo más de 20 años y a ratos es, incluso, la cama que tuve hasta la adolescencia (una de poliester, grande y de aristas marcadas. La que hoy es mi cama en esa vivienda es de madera maciza y formas redondeadas). Tengo un bebé que en mi sueño está tan envuelto en ropa que solo se le ve la cara. 

Mi pareja se va a vivir fuera, a Londres. Mi pareja en el sueño creo que no tiene nada que ver con el bebé (es como si en el mismo sueño se combinasen varias historias, sin nexo entre ellas. O sin más nexo que mi presencia). Tampoco tengo claro si quien en el sueño reconozco como 'pareja' es la persona con quien, en la realidad, estaría dispuesta a pasar el resto de mi vida  y de quien, si no estoy enamorada, siento algo que se  le puede parecer bastante. En mi sueño, la que es mi pareja me comunica que se tiene que ir a Londres (¿a trabajar? ¿a terminar unos estudios?. No lo recuerdo. O, mejor dicho, recuerdo ambas como razones). El problema es que si se va, no sabré nada más de él. Porque en mi sueño las comunicaciones con la gente son..., digamos que como eran en los 80. No existía internet, las llamadas telefónicas se hacían desde teléfonos fijos y sólo en caso necesario. Y existía eso llamado 'amores de verano'...que recibían ese nombre porque terminaba la relación y el contacto en cuanto terminaba el verano y cada cual volvía a su domicilio habitual. Pues en mi sueño era algo así. Salvo que nos escribiéramos, no sabríamos nada del otro en ese tiempo (¿semanas? ¿meses?) en que él estaría fuera.

Tengo que alimentar al bebé. Que a esas alturas no tengo claro si es un niño o un gato. Lo manejo con soltura porque pesa poco. Sigue envuelto de tal modo que sólo se le ve la cara. Le hago poco caso: digamos que sigo con mi vida y mis quehaceres y me asomo a verle como quien se asoma a ver si el canario sigue dando saltitos en su jaula. Pero le tengo que dar de comer. Lo intento con el método tradicional para alimentar recién nacidos: amamantándolo. Pero no quiere (en ese punto es cuando creo que me doy cuenta de que no es un niño humano, sino un gatito. Ambas opciones me parecen normales). Dejo por imposible el tema de darle de mamar (porque no quiere) y empiezo a valorar otras opciones, aunque no recuerdo cuales. Es más, creo que dejo al bebé en su cuna y sigo con mi vida. Tengo claro que debe comer y otras cosas, pero también que hay otros temas  y tengo otras obligaciones. Ya digo: tengo un bebé, pero es como tener un pez escalar en la pecera.

Si quiero mantener el contacto con mi pareja (el que se va a Londres) deberé escribirle. Es la única vía existente de posible contacto. Nos tendremos que escribir.
Pero yo sé que no va a contestarme. Y entonces tampoco tengo claro si debo o no escribirle yo. Si, simplemente, debo esperar a que regrese...y ya veremos.

Hay otras cosas. Calles que hoy son peatonales y en mi sueño siguen abiertas al tráfico. Ver desde la calle la terraza de mi casa como si estuviese en una primera o segunda planta, cuando está en una octava (y, además, no exista ninguna opción de verla desde otro edificio, por la situación geográfica pura y dura). 
Hay mucha luz. Y yo tengo una creciente sensación de fiebre... 

No sé en qué momento me despierto. Sí que paso varias horas entre sueños, diciéndome que debería levantarme al baño y recordándome que no tengo prisa, hoy no, porque es sábado.


La semana ha sido tremenda. Intento desdramatizar y quitarle importancia. Entre otras cosas, porque tal y como salgo por la puerta del lugar en que trabajo, y ese momento son las cuatro de la tarde en el caso de los viernes, desconecto. Pero la semana ha sido terrorífica. En líneas generales y con detalles particulares. Con ataque de ansiedad y todo.

Normal que acumule sensaciones como para terminar teniendo sueños así de raros.

domingo, 5 de agosto de 2018

Agosto caluroso y vacío.

Ya trabajando.
Sin ganas y sin la menor vocación, lo admito, pero el martes conseguí que mi doctora me diera el alta y el miércoles, día 01, volví al trabajo. Dos meses y algo de baja laboral me parecía tiempo más que suficiente, por mucho que perfectamente podría haberla prorrogado para todo el mes de agosto (total, el alta definitiva  por parte del hospital no la tengo y no la tendré hasta el día 20. En esas fechas, si me daban el alta estaría de vacaciones...y, es más, habrían transcurrido la mitad de las vacaciones que me tienen aprobadas. Por lo que habría estado igual sin trabajar y, encima, me deberían esos días. Cualquiera hubiese hecho eso. Pero yo debo ser tonta, además de masoquista).

Hace muchísimo calor. Mucho. Le llaman 'ola de calor', pero en realidad no es otra cosa que el verano. Sólo que este año ha llegado un poco más tarde. El verano en todo su esplendor suele llegar en Madrid en pleno mes de julio. Este año, por lo que sea, se ha retrasado y nos está tocando ahora. Mejor dicho: este año julio ha sido soportable y agosto está siendo como todos los agostos: calor y más calor.

Esta semana trabajo (de nueve de la mañana a tres de la tarde) y el viernes empiezo mis vacaciones, hasta el primer lunes de septiembre. Así que como vuelvo sin ganas ni demasiado interés, mi único objetivo es que estos días pasen rápido. Sin más.

Con el paso de los días y según voy volviendo a la rutina, me voy dando cuenta de que todo en mi vida sigue siendo tan anodino como antes de mi baja. Un trabajo que no me aporta gran cosa (y que probablemente me aportará el sueldo base según convenio de aquí hasta finales de mes, porque en estos dos últimos meses los objetivos que me exigen para cobrar incentivos deduzco que se han desplomado), unas perspectivas de futuro laboral tediosas (nada va a cambiar, no hay nada más a lo que aspirar), el echarle de menos cada día y no saber cuándo volveré a verle...y sí saber que no estará en mi futuro porque decidió sacarme del suyo...

De momento, mi único objetivo es que no vuelva a repetirse mi enfermedad, que no haya recaídas. Como no hemos conseguido averiguar qué lo provocó (más allá del estrés y de la tristeza, estoy segura) podría volver en cualquier momento. Y la idea de un nuevo ingreso hospitalario, enganchada al suero salino (sigo teniendo las marcas de la vía en la muñeca izquierda y el antecodo derecho) no me atrae en lo más mínimo..., para qué negarlo.

Agosto se presenta tremendamente caluroso.
Y vacío.

domingo, 7 de enero de 2018

Sin ganas de nada.

En un año tan ordenadito como este 2018, que ha empezado en lunes, también entra dentro de esa lógica ordenada que el día de la vuelta a la normalidad tras las navidades sea otro lunes. Mañana día 08, para ser exactos. Primer lunes tras el día de Reyes.

Mañana regreso al trabajo, por tanto. Y no tengo ganas.
En lo más mínimo.

No me apetece tener que levantarme a las seis y media de la mañana, salir a las siete y media cruzando los dedos para que no sigan las huelgas encubiertas de Cercanías Renfe (ésas que siguen disfrazando de averías e inexplicables fallos puntuales) o no convoquen otras oficiales los de Metro y tardar sólo hora y media para llegar al trabajo. No me apetece volver a la misma rutina, a la misma acumulación de órdenes incongruentes, a escuchar cómo se justifica lo injustificable, a los objetivos inalcanzables, al malambiente laboral que dejé hace dos semanas.

Y no me apetece porque, aparte de todo esto, no hay más. Y tengo que volver por lo mismo, porque no hay más.
No tengo otra cosa. Ni ningún otro estímulo.

Me duele la espalda: creo que cada día la tengo más tensionada. Tengo, además, la sensación de no haber descansado apenas nada, de tener el mismo sueño acumulado. Me empieza a doler el estómago otra vez.

Ahora mismo (casi las doce de la noche, sentada en el sofá frente al portátil), todo mi entorno está lleno de restos de papel de envolver, de bolsas donde aún queda alguna chuche de las que empleé para hacer paquetitos para regalar, del bolsas de papel con asas de rafia o de plástico con asas anchas de plástico también donde en las tiendas me guardaron los regalos. En las sillas están la gabardina, la capa verde, el abrigo viejo impermeable con capucha, la chaqueta abrigada de los últimos días. Cuatro o cinco bufandas diferentes. El bolso de piel trenzada y el de plexiglás impermeable. Y las bolsas donde he traído mis regalos de Reyes. Y un barreño donde han  pasado un par de noches alguna de mis plantas. También hay ropa que quité de las cuerdas hace días y no he recogido.

El caos, en definitiva. Y no tengo ganas de ordenar nada.

Mañana vuelvo al trabajo. A mi rutina laboral.
Y no tengo ganas de nada.

jueves, 4 de enero de 2018

Cambio de año.

Ya en 2018.

Este año no he publicado post-resumen del año 2017. No sé. Podría alegar falta de tiempo (e igual tampoco estaría mintiendo, pese a llevar de vacaciones desde el viernes día 22), pero seré más sincera si reconozco que han sido falta de ganas. Absolutas. O ganas de olvidar ese año y pasar página sin demasiado entusiasmo (también he de reconocerlo).
No ha sido un buen año. Tampoco de ésos que dices día a día 'esto es un infierno', o en los que pasas una temporada tan mala que incluso cuando ha pasado quedan ahí los restos y cuesta quitarlos. No. Este año ha sido de ésos que dejan cicatrices pequeñas, mal sabor de boca, sensación de vacío, pocos recuerdos felices...

Sin poder decir que haya tenido enfermedades (no recuerdo ni haber pasado la gripe), no fue un buen año para la salud. Tres o cuatro ataques de ansiedad (recuerdo un par de ellos muy fuertes. Los controlo, sé que soy capaz de controlarlos y entender que no me estoy muriendo), de ésos que te dejan extrañamente convaleciente durante varios días. Ataques de dolor de estómago que duraban también días (inexplicables. Pero hay que ver lo que duele el estómago, lo que es capaz de doler...). Jaquecas de no saber qué más hacer para que se pasen. Que duran apenas unas horas y ya está, pero esas horas se hacen eternas. Y, sobre todo, el cansancio. El cansancio permanente, continuo, el sueño incluso cuando teóricamente se han dormido más de ocho horas...

Sin haber dejado, tampoco, de trabajar en todo el año..., no ha sido un buen año laboral. Por mil pequeñas cosas. Por un mal ambiente laboral continuado y progresivo, que llegó un momento en que ni yo (conciliadora por naturaleza, pegamento en el grupo en que trabajo, positiva e irónica para desdramatizarlo todo) era capaz de esquivar. Cada día más y más trabajo, cada mes menos sueldo (es lo que tiene que parte de tu 'variable' vaya condicionado a una exigencias de producción...que son progresivas mes a mes, pero donde no te dan con qué poder aumentarlo). Y la absoluta certeza de que no va a mejorar. Que la semana que viene vuelvo al trabajo y todo va a seguir igual, sólo que partiendo de nuevo de cero...

Y con la tercera variable, ésa que según la canción compone el terceto ideal para ser feliz si todo va bien (salud-dinero-amor) qué añadir. Qué más añadir cuando has visto a la persona a quien quieres tres veces a lo largo del año, sin que realmente nada pueda justificar esa circunstancia (bueno, claro que lo justifica..., pero es ajeno a mi decisión, mi voluntad y mis deseos). Cuando el año termina sabiendo que ni siquiera quiere que intentes llamarle (el educado y justificado 'ya te llamo yo a mediados de semana, ya hablamos un día de éstos'). Que mientras te lo está diciendo te parece incluso lógico: 'le llamo y no me coge el teléfono porque no lo oye, porque está cansado, porque no puede hablar..., le envío un sms de buenasnoches y a veces ni me contesta porque ya está dormido...; mejor que me llame él cuando pueda...', y luego te das cuenta de qué es lo que realmente te está diciendo: 'no me llames'. Así, sin más.  Y sin entender qué pasa.
Bueno, sí; que no me quiere, que no le intereso ni le importo. Que no soy más que una molestia reiterada.  Que, como es una persona educada, no me lo va a decir así: para eso están las excusas. Y ya está.

Evidentemente, no ha sido un buen año.

Lo terminé como todos: cumpliendo años. Y sintiéndome vieja. Por primera vez en mi vida, me siento mayor, muy mayor. Tanto como me indica mi edad real (sé que aparento..., o al menos he aparentado durante tiempo, menos de la que indica mi dni). Lo terminé con tarta y velas, con uvas mientras miraba las Campanadas en televisión, ropa interior roja, adelantando el pie derecho, tacones en botines nuevos, lanzado de moneditas a la calle mientas veo los fuegos artificiales...., todo eso. Todo lo que enlaza un año con el anterior en unos minutos, lo que lo enlaza a la vez con el mismo día de años anteriores...

Llevamos 3 días del nuevo año. El primero, rutina familiar: comida de Año Nuevo para liquidar los restos de la noche anterior y, además, comer lentejas; el segundo, enferma con un insoportable dolor de estómago a partir de mediodía que me dejó inmovilizada en casa tras una mañana sin problemas, de intendencia doméstica, gestiones bancarias, visita al híper para alguna compra de Reyes...; el tercero, ayer, más compras de Reyes y alguna foto navideña, ya sin rastro de dolor (o al menos, apenas reseñable). Tres días de rutina.

Dicen que hay que cuidar los primeros doce días del mes, porque 'marcan' lo que será cada uno de los doce meses. No sé. Por esa regla, me espera un enero de vivir de restos, escuchar discos, leer periódicos atrasados... Un febrero de alternar la rutina doméstica con las tareas administrativas propias y con el dolor inevitable. Y un marzo de más intendencia doméstica, compras y relacionarme un tanto con extraños (esto lo digo porque estas navidades he ejercido en más ocasiones que nunca de 'fotógrafa de desconocidos': gente que debe observarme haciendo fotos, debo parecerles de fiar...y terminan por pedirme si, por favor, puedo hacerles una fotografía con su móvil en los escenarios navideños madrileños). Y un abril que, a tenor a la teoría antes mencionada, va a tener mucho ordenador, y más compras...

Probablemente no hable con él los próximos días: sé que no me va a llamar. Y que, si lo hace, será por mero compromiso e incluso sabiendo que ese día y a esa hora seguramente no estaré en mi casa (mañana, día cinco, me voy por la tarde de 'paje de Reyes Magos' al domicilio materno, y probablemente ya no regrese hasta el domingo por la tarde-noche).

Objetivamente, este 2018 no está empezando bien. Pero no me quiero anclar en esa idea. Quiero pensar que va a ir mejorando. Que éste es el punto de partida y sólo puede ir mejorando.

Feliz 2018. Par, redondito y hasta lunático.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Primera semana de septiembre.

La primera semana de este mes de septiembre no está siendo fácil.
Laboralmente hablando, me refiero. Aunque..., la verdad es que no hay otra cosa que eso: trabajo.

Estoy despierta antes de que suene el despertador, pero aún así dejo que suene (para evitar que si cierro los ojos pueda quedarme irremisiblemente dormida). el trayecto se me hace largo, aunque luego es como si apareciese en el polígono como por arte de magia; el tiempo parece no pasar, pero cuando me quiero dar cuenta ya son más de las diez y aún no he tomado el café con el intento despertarme del todo; llega la pausa de antes de la una y veo que no me ha cundido el tiempo en lo más mínimo; pasan otras dos horas y media casi eternas antes de salir para comer y quedan otras dos cuando vuelvo de comerme el sándwich... Y ha pasado el día y no he tenido ni dos minutos de descanso y me voy con la sensación de que, en realidad, no he hecho nada de provecho.

El ambiente está muy enrarecido. En muchas direcciones.
Se ve que el verano no ha sentado bien a nadie. O a nada.

Y..., y aunque no hace ni una semana que no le veo (tras más de tres meses en que esa fue mi realidad: no verle), le echo mucho de menos. Sé que he dormido abrazada a la almohada y que aunque no lo note conscientemente, mis sábanas huelen a su cuerpo y el mío lo sabe y lo reconoce. Y eso a la vez me hace sentirme segura...y me hace sentir absolutamente vacía cuando despierto y me doy cuenta de que estoy sola.

domingo, 3 de septiembre de 2017

Fin de vacaciones.

Fin de vacaciones.

Nunca había tenido tan pocas ganas de volver a 'la normalidad'.
Nunca he terminado unas vacaciones con una sensación tan clara de no haber hecho nada 'de provecho' durante las mismas.

Sé que es contradictorio, sí. Pero es de las pocas cosas que tengo claras en este momento. Que mañana tengo que levantarme (de nuevo) a las seis y media de la mañana para salir corriendo a las siete y media, meterme en hora y media de transportes públicos variados, pasar nueve horas en un sitio donde me espera el caos tras veintitrés días de ausencia, y sufrir otra hora y media larga de retorno.

Estamos en septiembre. Estoy en septiembre, ése que siempre ha sido mi comienzo de año real y mi mes, el mes en que me suelen pasar cosas que me cambian la vida.
Y este año no espero nada. Quizá porque hasta me cuesta creer que ya hayan transcurrido ocho meses de este año, impar y primo, ocho meses en que apenas ha pasado otra cosa que tiempo vacío en mi vida.

Sólo el que mi cama aún conserve hoy el olor de su piel sé que me sirve de bálsamo.

Fin de vacaciones. Vuelta a mi realidad.

domingo, 8 de enero de 2017

Fin de vacaciones.

Mañana vuelvo al trabajo.
Iba a decir 'hoy se terminan mis vacaciones'...pero como hoy es domingo... En estos casos siempre quedan las dudas de si no fue el viernes cuando se terminaron. O el jueves, más bien, puesto que el viernes era festivo (de no haberlo sido, mis vacaciones habrían acabado ese jueves y habría trabajado el viernes).

¿Si las he aprovechado? Pues no podría asegurarlo. Las he dedicado a las llamadas 'compras navideñas' (pánico me da el próximo extracto bancario) y a hacer fotos en Madrid. Básicamente. Mi deseo-proyecto de dormir-dormir-dormir (todo lo que no puedo hacer el resto del año) y despertarme-levantarme tarde ha resultado totalmente fallido: mi cuerpo está adaptado a un horario y me despierto sobre las seis. Y aunque me vuelva a dormir (duermevela) a las nueve ya estoy completamente despierta. Y raramente me he levantado a más de las nueve y media.
La excepción ha sido hoy: podría haberme quedado en la cama todo el día. Me he despertado a más de las diez.

Vuelvo sin ganas. He procurado (y conseguido) no tener la menor información de qué ha pasado estos días: la máxima comunicación que he tenido con mis compañeras ha sido para felicitarnos navidades y año nuevo. Mi 'jefa directa' también ha estado de vacaciones esta última semana...y tampoco la habría llamado-escrito para preguntarle novedades, la verdad. Ni por mí ni por ella.

Y..., en fin. No voy a añadir nada más. Como cada domingo, mis compromisos familiares me llaman...
Igual esta noche escribo algo.