Mostrando entradas con la etiqueta sensación de vacío. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sensación de vacío. Mostrar todas las entradas

sábado, 15 de marzo de 2025

Falta de tiempo para vivir.

 Trabajar los sábados me descoloca el día.

Y me parece absurdo ese desconcierto: durante muchos años trabajé todos los sábados. Y durante gran parte de esos muchos años trabajé los sábados completos y con jornada partida…
Pero ya había perdido la costumbre.

También me parece absurdo el descoloque cuando simplemente son cuatro horas por la mañana y teletrabajando. Y que será solo un sábado al mes.
Pero lo comprobé el mes pasado (primer mes en que tenía que trabajar un sábado) y lo he vuelto a comprobar hoy.

Aunque sé que esta sensación rara, de desconcierto, no solo es por haber trabajado por la mañana. La semana ha sido complicada. Cada vez más descontrol en las comidas. Quedarme dormida en el sofá y trasladarme a la cama cuando apenas quedan ya dos horas para tener que levantarme. Trayectos que se me hacen larguísimos para ir y volver al trabajo.
Falta de tiempo para todo.
Falta de tiempo para vivir.

Lo de menos ha sido tener que teletrabajar hoy sábado por la mañana.
El auténtico problema es este pasar incesante de días completamente vacíos, estos días que solo son fechas en el calendario. Que me pasan por encima.

Que no significan (ni significarán cuando mire hacia atrás, desde el presente que hoy son días futuros) absolutamente nada para mí.

domingo, 12 de mayo de 2024

Este vacío inmenso.

 Necesito saber cómo está. Lo necesito como algo físico, como necesito ducharme o limarme una uña cuando la noto astillada. Cosas sin las que claro que se puede sobrevivir, pero…

Necesito saber que está bien. Supongo que catorce años cerca de él pesan. Catorce años queriendo lo mejor para él. Haciendo castillitos de humo, pero priorizando siempre, siempre, sus deseos, sus planes, sus necesidades.
Necesito saber cómo está. Y ya me conformo con hablar…o casi con escucharle, un rato al mes. Porque eso es lo que tengo. Conformarme con que me llame cada dos, tres…, cinco semanas.
Pero…la sensación de vacío que me queda tras hablar con él…duele.
Duele mucho. Más que el que ni siquiera me pregunte cómo estoy (a eso ya me acostumbré. Hasta el punto de responderle con cualquier evasiva cortés cuando, también por simple cortesía, me lo pregunta. Ya me acostumbré a que si intentaba contarle algo, cambiase de tema si ese algo no tenía que ver directamente con él. Me acostumbré a no importarle). Duele que la distancia ya sea insalvable en todos los sentidos, también en el físico, el real. Duele que ya no existan planes, que los 'aplazamientos sucesivos' ya no sean ni serán. Duele admitir la forma radical en que me sacó de su vida, sin explicaciones, sin contarme la verdad.
Le escucho hablar y sé que ya no hay nada. Que ni hay ni habrá.
Que en vez de planificar un presente conmigo, se fue a vivir lejos. Muy lejos. Cuando podía haberse quedado. Cuando yo podría haber buscado las fórmulas para que se quedase, hacerle un hueco en mi casa (ya ni siquiera pienso en que también fuese en mi cama si él no lo quería. Porque hacía mucho que tampoco quería eso. Hacía mucho que cuando se despertaba a mi lado se iba a fumar al salón, por ejemplo, y ya no volvía a la cama donde yo le esperaba desnuda. No podía dejármelo más claro, por mucho que yo no quisiera reconocerlo).
No. Simplemente se fue. Se ha ido para siempre.
Ya no hay planes conjuntos ni comunes. Ya no hay nada.
Solo lo que yo sigo sintiendo por él. Solo mi necesidad de saber cómo está.
Y el vacío inmenso que siento. A veces incluso mientras le escucho hablar al otro lado de la línea, a muchos kilómetros de mí, en otra provincia.
En otra vida. En la que era su vida real. En la vida en que yo nunca existí.
Sólo vacío.
Y…y que más da ya todo.

sábado, 29 de agosto de 2020

Último sábado del mes de agosto.

Semana rara, de ésas en que no pasa nada.
Semana que debería haber terminado mejor, pero en la que lo único reseñable fue otro 'aplazamiento sucesivo'. 
Y ya no sé si enfadarme o no por ello. Mejor dicho, ya no sé si eso me produce o no enfado (no con él. Con las circunstancias). Igual tras cerca de diez años me he acostumbrado, no sé. 

Segunda y última semana de vacaciones veraniegas de este año tan, tan sumamente extraño. 

Hace un rato tenía frente a mi terraza, en el cielo, ese cometa que lleva meses siendo visible a determinadas horas y en determinadas zonas...y que yo no había visto hasta hoy. Ahora veo una luminosa luna en pleno creciente y el planeta Júpiter, también grande y brillante. Iluminando el tejado de pizarra de el edificio estilo 'quiero y no puedo' que tengo enfrente.
Y anoche bajaron un poco las sofocantes temperaturas.
Y poco más que añadir. 

Último sábado del mes de agosto.
El lunes vuelvo al trabajo.
Y nada más.

sábado, 24 de marzo de 2018

Momentos erróneos.

Y otra vez sábado.
Y sigo sumando semanas. Otra más. La penúltima completa de marzo, la última antes de semanasanta.

Como era de esperar, sin novedades reseñables. Ni no reseñables. Otra semana vacía. Sin otras cosas que rutina, que toneladas de trabajo para llenar las horas, que transportes abarrotados, que dormir poco y descansar aún menos. Otra semana sin planes ni proyectos. Dejando pasar el tiempo. Sin más.

El jueves fue su cumpleaños.
Le mandé un sms para felicitarle. Me contestó. Al menos eso, me contestó.
Otros años no lo ha hecho.

Siempre le he llamado. Alguna vez me cogió el teléfono.
A veces me dijo que estaba lejos del teléfono, a veces el buzón de voz me dio a entender que estaba hablando con otra persona.

Siempre me creí sus explicaciones. Hoy..., no hoy sábado sino en estos días o a estas alturas, tengo claro que nunca tuvo el menor interés en hablar conmigo el día de su cumpleaños. Y que si no cogía el teléfono o ni me respondía a un mensaje no era sino porque estaba con otra u otras personas.

En el fondo, todo era más simple y menos necesario de excusas.

Un año..., creo que fue el primero cuando yo ya consideraba que estábamos manteniendo una relación, que ya había pasado alguna noche en mi cama y que parecía que eso, estábamos juntos, conseguí hablar con él esa noche. Le llamé, no sé si al no cogerme el teléfono le envié un mensaje y me respondió dio diciéndome que le llamase más tarde, o si me atendió un instante diciéndome que estaba hablando por el móvil..., no lo sé bien. Pero sí recuerdo claramente que nunca le he escuchado tan feliz como aquella noche cuando ya atendió mi llamada.
No, no porque se alegrase por mi felicitación, sino porque acababa de hablar con su ex.

Nunca sentí celos de esa relación. Ni siquiera esa noche. Siempre me alegró lo que le pueda hacer feliz.

Creo que a esas alturas ya tenía claro que nunca podría competir con su ex. Que nunca ni me aproximaría a ser para él lo que ella había sido.

Nunca le había escuchado tan feliz ni volví a escucharle con esa alegría. Y sé que nunca se ha sentido así conmigo.

Un día, hace cuatro años, amaneció en mi cama el día de su cumpleaños.  A mí sí me hizo ilusión. Supongo que a él en lo más mínimo. Eligió pasar conmigo esa noche, tras semanas de aplazamientos, para tener libre el día y poder quedar con quien de veras quería estar.

Siempre intenté regalarle algo que le pudiera gustar. Incluso en la etapa más desastrosamente económica de mi reciente pasado, busqué eso, poder regalarle algo. No sé si alguna vez acerté.

A veces también le regalaba cosas sin que fuese ninguna fecha determinada. Suelo regalar cosas a la gente que quiero, sin necesidad de que sean fechas señaladas. Algún objeto de escritorio, un llavero, cualquier tontería... Creo que nunca acerté con él. Siempre había alguien que sí acertaba, que le regalaba cosas importantes y valiosas.

La última vez que nos vimos me hizo una de esas exposiciones-monólogos sobre la idea de regalar, de cómo consideraba que era un acto egoísta, que quien regalaba algo a otro realmente estaba pensando en sí mismo, no en el receptor.

La última vez que nos vimos le regalé un cuaderno. Igual en el fondo estaba pensando en mí misma cuando lo compré, pero  lo que recuerdo es que al verlo en la tienda me acordé de él, pensé que le iba a hacer gracia y lo compré por eso.
Y que si en algo no pensé ni un instante es en que sería el último regalo que le haría.

Sábado otra vez. Nublado pero soleado. Ventoso, como dice esa descripción que debe ser este mes 'marzo ventoso', hasta casi rozar lo huracanado.

Sigo acordándome de él a diario, creo que cada hora de cada día. Sigo necesitando saber cómo está.
Sigo sin tener noticias.

Lo único que destaco de esa semana vacía es que me respondió a mi felicitación por sms. Respuesta cortés.
Espero que siga recibiendo llamadas que le hagan feliz, porque fue feliz con el emisor o porque lo está siendo hoy en día.


Yo nunca acerté. Y, aunque creo que en el fondo lo tuve claro en cada uno de esos momentos erróneos, hoy en día ya no me queda la menor duda. Y no es que no pueda hacer nada para rectificar mis errores, es que ni siquiera tendré otra ocasión para volver a fallar frente a él.

viernes, 16 de marzo de 2018

Cosas. Y vacío.

Esta semana me he comprado un minihorno eléctrico, una caja de plástico para herramientas, dos geranios de la variante pelargonio.
El horno el martes, los geranios el miércoles, la caja de herramientas el jueves.

El martes cargué todo el día con el paraguas y, creo, llevé las botas azules de goma para lluvia. Pero apenas llovió. Afortunadamente, porque el horno es mini, pero la caja donde iba es muy grande y, si hubiese llovido no sé cómo me las habría apañado. Como no llovió apenas, no tuve mayor problema para transportarlo que el tamaño de la caja. La até con una cuerda de algodón que compré a mediodía en la tienda de chinos que está bajo las oficina donde trabajo y usé esa cuerda como 'asa' para transportarlo. Escaleras arriba en el tren, escaleras abajo para atravesar la vía y volver a subir escaleras para salir a la calle.
Si hubiese aplazado la compra para el miércoles, la lluvia me habría hecho desistir. Y habría tenido que esperar a que volvieran a ponerlo en oferta en la tienda, porque la promoción terminaba ese mismo miércoles.

El miércoles llegué empapada a casa. Por la mañana me fie del cielo despejado y no cogí el paraguas. ni me puse las botas de goma. Salí del trabajo casi media hora más tarde de lo habitual y, al llegar a la calle, llovía. Y no sé porqué no subí de nuevo a buscar otro paraguas que tengo allí, para casos como éste. Y lo dicho: llegué completamente empapada. A mediodía había comprado los geranios: la tienda los estaba liquidando a menos de la mitad del precio que tenían un par de días antes. Es la misma cadena de tiendas que donde compré el minihorno, aunque no exactamente el mismo sitio. Es también donde dos o tres veces por semana compro zumo exprimido refrigerado, normalmente de naranja o mandarina. Los zumos que, a veces he pensado, han evitado que pase la gripe este invierno donde el virus ha sido bastante salvaje.

La caja para herramientas la compré el jueves. Llevaba meses para comprar una. Tengo bastantes herramientas en antigua caja de vinos dentro de la despensa multiusos de mi cocina: dos martillos, alicates, tenazas, destornilladores, cintas aislantes o de papel, bolsitas con tornillos, alcayatas, tacos de plástico, rollos de cuerda, remaches... La idea es guardar todo en la nueva caja y sacarla a la terraza de la cocina. Es algo que se me ocurrió hace meses, creo que antes del verano pasado, pero lo había ido dejando... Ahora ya es inaplazable, porque quiero meter el horno nuevo en la alacena y el único espacio donde se me ocurre que lo pueda ubicar es justo donde tengo el desorden de las herramientas.

El miércoles llegué tan empapada que entré por la puerta dejando cosas mojadas (la gabardina colgada en la puerta de la cocina, las deportivas en el suelo cerca de la terraza, el bolso de plexiglás sobre un trapo en la alfombra del comedor...) para llegar cuanto antes a la ducha. Cuando llego mojada, lo único que se me ocurre para precisamente evitar el inminente riesgo de resfriado es ducharme con agua caliente. Cambiar la sensación de humedad por agua real. Y ponerme luego una camiseta de algodón y unos calcetines gordos. También me tomé una aspirina y un vaso de leche caliente con miel. Y en algún momento, antes de las doce, me quedé dormida en el sofá. Y en algún otro momento, la tele se apagó sola y creo que me enteré, pero seguí durmiendo. En la calle llovía a mares. Y me volví a despertar y fui consciente de que estaba en el sofá, y al apagar el portátil vi que eran casi las cuatro y media de la mañana. Apenas pasé dos horas en la cama, antes de que el despertador me recordase que como cada mañana era la hora de levantarme para empezar mi rutina diaria.

El jueves me tomé otra aspirina en el desayuno. Llovía en la calle de nuevo.

Y termino el viernes con ojeras, sin rastro de lo que temí derivase en resfriado serio, tremendamente cansada. La semana laboral ha sido muy intensa, muchísimo. Estoy haciendo el trabajo de tres personas: el mío, el de una compañera que lleva más de dos meses de baja médica y, desde el martes, el de otra que se despidió el lunes (al parecer, a la única que no le pilló por sorpresa fue a mí. Que ya llevaba semanas haciendo parte de sus tareas). Desde ayer, además, me dedico a formar a una nueva incorporación. Y el lunes tendremos otra y de nuevo formarle o formarla (aunque creo que será en masculino) será parte de mis tareas. De todas ésas que no redundan en mejorar mi sueldo, dicho sea de paso, pero que no le encargan a nadie más.

Tengo un nuevo horno, una caja para herramientas, dos nuevos geranios. Mucha falta de sueño. Trabajo pendiente tras no haber parado un minuto en toda la semana y haber salido casi media hora más tarde de mi horario el martes, miércoles y jueves. La casa en absoluto desorden, incluida la caja grande del horno, que está ahí, casi en medio del salón. El pelo sucio, tras tanto viaje en transportes públicos abarrotados y tanta lluvia. Libros por colocar y por leer, no sé en qué orden. Y un sábado por delante para intentar llenar con todas estas cosas.

Un sábado vacío. Tan vacío como yo me he sentido toda esta semana que he intentado llenar con todas estas cosas que acabo de contar, con todo el cansancio que he ido acumulando pero que no llena el vacío.
Cosas para intentar llenar el sábado.

Sabiendo que llegará el domingo y no habré llenado nada. Que el vacío seguirá ahí.

Porque llenar de cosas esta semana eterna no ha conseguido, en realidad, que haya dejado de pensar en él ni una sola hora de un solo día. Ni que me haya abandonado esa sensación de vacío.

sábado, 5 de marzo de 2016

La misma y conocida sensación de vacío.

A veces, tras hablar con él tengo claro que debo dejar de llamarle.
Total, si dejo de hacerlo le va a dar igual.
A veces tras hablar con él lo único que me queda es la sensación de estar de más. De que me contesta y me habla por simple cortesía, ya que he llamado, y que en realidad le estoy estorbando.
Si pudiese medirlo, confirmaría que mínimo el 90% de las veces que hemos hablado en estos casi seis años he sido yo quien ha llamado. Y probablemente el 100% de las conversaciones han durado hasta que él ha querido hablar, o, mejor dicho, hasta que ha decidido terminar la conversación.
Si en cualquier momento de estos años hubiese dejado de llamarle, habría terminado la historia.
Si en cualquier momento de estos dos últimos años hubiese dejado de insistir en intentar verle al menos un par de veces al mes, habríamos dejado de vernos. Porque también eso lo ha decidido él: hemos dejado de vernos cuando él lo ha decidido.
Hace dos años y pico y durante un año completo trabajé en un sitio espantoso. Absolutamente espantoso en todos los sentidos, algo que rozaba peligrosamente con la esclavitud en muchas cosas y muchos detalles. Una de las peculiaridades de esa experiencia era el horario. Lo llamaban 'horario flexible' y sí, era de lo más flexible para la empresa...que podía tenerte allí las horas que le pareciera entre las nueve de la mañana a las diez de la noche, sábados por la mañana incluidos. Oficialmente y según contrato, trabajaba 35 horas a la semana. Realmente, ninguna semana, ninguna, bajé de las 40 y estoy segura de que muchas llegué a las 50, sobre todo las que me tocaba trabajar el sábado. Esas horas, por descontado, ni se pagaban ni se compensaban...y, lo que era peor, no constaba en ningún sitio que has hubieses hecho y no te podías negar a hacerlas...
Elegí en su momento ese 'horario flexible' porque no sabía bien en qué consistía...y porque nos dijeron, me dijeron, que conllevaba tener dos tardes a la semana libres (esas horas se 'echaban' el resto de la semana, claro). En realidad era una tarde la que nos aseguraban que íbamos a tener libre (el viernes) y probablemente el jueves, aunque en cualquier momento podría a ser la mañana del jueves la que libráramos...
Al final, quienes optaron por el 'horario continuo' (de tres de la tarde a diez de la noche) eran los únicos que realmente trabajaban las 35 horas semanales, sin más. Porque llegaban a su hora...y el sitio se cerraba a las diez de la noche, por lo que sólo si llamaban a alguien para que fuese antes echaba alguna hora de más (que en ese caso se supone que luego se descontaría de otro día...o igual no, tampoco estoy segura).
Los lunes, martes y miércoles eran agotadores. Absolutamente agotadores. De salir de casa a las nueve de la mañana y volver a las diez y pico de la noche...trabajando a menos de una hora de casa.
Alguna semana trabajé el viernes por la tarde, librando por la mañana.
Y varias veces tuve la oportunidad de poder cambiar de turno: pasarme al de tarde. Lo que significaría evitar echar horas sin ton ni son, no tener que madrugar, poder aprovechar las mañanas para hacer gestiones (incluidas entrevistas de trabajo: con mi 'horario flexible' eso era totalmente impensable)... Incluso me saldría más a cuenta económicamente: algunos días decidía comer en el Burger o en el 'chino' (más que nada porque el invierno fue muy frio y llovió a menudo y el verano fue abrasador). Y mi pausa de dos horas a mediodía, aunque en la práctica se quedaba en hora y media, era demasiado tiempo para estar en la calle dando vueltas o sentada en el banco con el sándwich y el libro. Entrando a trabajar a las tres de la tarde ya habría comido en casa. Temprano para mis costumbres..., pero todo es eso, acostumbrarse. Y también me saldría más 'a cuenta' por otra razón: el transporte. Hay una tarifa reducida para moverse por el extrarradio que tuve durante años. Incluso podía emplear 'bono de diez viajes' de metro (en realidad iba y volvía en eso, el metro. Y si luego cogía algún bus desde la estación a mi casa...era por no caminar y por puro cansancio). Teniendo el horario 'de tarde' habría empleado esa modalidad de abono mensual. Pero... esos doce meses estuve pagando el abono mensual de transporte para ir a Madrid. ¿Diferencia en precio? Unos veinte euros más al mes, o quizás algo más de ese importe. Sí: más de doscientos euros al año...
Cogí ese horario pensando en tener al menos una tarde libre a la semana y 'escaparme' a Madrid. Y seguí con ese horario a pesar de todo.
Porque ese horario me permitía poder verle.
Porque salvo los días en que me dijo que no, que tenía otros planes (le iban a recoger, por ejemplo. Me lo decía y ya está. Yo jamás le he pedido explicaciones. Nunca las he creído merecer) intenté verle una vez por semana. Y casi todos los meses conseguí eso, verle al menos una vez. Salvo algún mes muy complicado en su vida en que sólo podía estar donde debía estar y ya está, y yo no habría entendido otra cosa.
Y yo salía de trabajar a las tres que solían ser las tres y media y que alguna vez fueron las cuatro. Y me cogía un bus hasta Madrid. Y comía en el Burger del centro comercial. Y le mandaba un sms diciendo dónde estaba. Y esperaba su contestación. E iba a su encuentro. Me cruzaba Madrid para esperarle y acompañarle un trecho en el metro. Sin más. Dándole dos besos al verle y dos al despedirle. Sin esperar ni una sola demostración de cariño más allá de la cortesía. Dándome cuenta de que a veces ni siquiera me miraba. Hablaba a mi lado y yo era invisible.
Durante meses le acompañé eso, parte del trayecto. Luego lo amplié alguna estación más. En verano casi hasta su estación de destino. Y luego ya directamente sin el 'casi' iba con él hasta su estación de destino...
Verle esa media hora un par de veces al mes me compensaba del horario exagerado, de las condiciones tremendas de trabajo, de cruzarme media ciudad.
Jamás me planteé cambiar el horario. De hecho, un par de veces, quizá tres, me cambiaron el turno por sorpresa (me avisaron el jueves de que trabajaría el viernes, cuando había quedado con él ese día) y no me planteé ni un solo segundo otra opción que irme a intentar verle esa misma tarde. Un día, recuerdo, había salido de casa con la cara lavada y una pinza recogiéndome el pelo... y en el centro comercial compré rimmel y un perfilador y un gloss labial rojo brillante y una crema con color para la cara y un cepillo pequeñito para el pelo y algo con que recogérmelo, y me peiné y maquillé en los aseos del centro comercial.
Aun siendo plenamente consciente de que en realidad ni me iba a mirar. Como solía ser costumbre.

Nunca me planteé cambiar el horario. Siquiera pensar en no tener la posibilidad de verle me era más duro que las condiciones reales de mi trabajo.
Y cuando dejé de trabajar allí, como cuando he tenido vacaciones, he seguido cruzándome Madrid un par de veces por semana...para estar con él apenas una hora.
Y sé que una de las cosas que me entusiasmaron de mi trabajo actual (que no tiene nada que ver con el anterior en cuando a condiciones. Es trabajo, no esclavitud) fue el horario. Completamente compatible con poder vernos...cuando a él le apeteciera o le fuese posible. Porque a mí no me iba a costar atravesar Madrid en metro para ir a esperarle o encontrarme con él a medio camino los días en que salía antes 'por convenio'. Y seguir atravesándolo para acompañarle a su destino y volver a atravesarlo para regresar a casa.
A mí no me iba a costar, estuviese lo cansada que estuviera.

En los casi seis años que han pasado desde que dejamos de trabajar juntos, en los más o menos cinco que yo he creído mantener con él una relación sentimental, nunca hizo nada para intentar verme. Los seis meses que pasé trabajando en el centro de Madrid, hace más de tres años, y que en los que él trabajaba en su casa... nunca nos vimos más que las contadas veces que se vino a dormir a mi casa. Algunos días me dijo que, por temas profesionales, estaría a mediodía relativamente cerca. Alguna vez me comentó que probablemente me avisaría para que nos viésemos... Nunca lo hizo.

Ahora llevo casi tres meses sin verle. Yo sigo teniendo el mismo horario compatible con el suyo. Él sigue trabajando en el mismo sitio. Por un tema de salud, le llevan y le recogen cada día desde hace semanas. La excusa o razón antes de esta circunstancia fue un provisional pico de trabajo en que tenía que salir más tarde. Y..., en fin, qué más da. Llevo casi tres meses sin verle.

Las conversaciones telefónicas duran hasta que él decide terminarlas, aunque le suelo llamar yo.
Durante meses nos seguimos viendo porque yo organicé mi tiempo para poder hacerlo. Y porque él me permitía verle, cada vez tengo más clara esa impresión. Hacía el esfuerzo y me daba ese gusto.
Y hemos dejado de vernos cuando él lo ha decidido.

Algunas veces, tras colgar, he pensado que debo dejar de llamarle.
Algunas veces, tras estar con él, me ha invadido una inmensa sensación de vacío. De estar completamente sola. Y esa noche sé que me he dormido llorando.
Algunas veces, tras colgar el teléfono también me he echado a llorar. La misma conocida sensación de vacío.

Hoy ha sido una de esas veces.