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domingo, 2 de marzo de 2025

Y marzo, de nuevo.

 Dos meses sin escribir.

El portátil no me lo pone fácil. Cuando tengo ganas de escribir un rato, lo enciendo, me siento delante de la pantalla, consigo que al quinto intento no se quede bloqueado…, se pone a actualizar en el momento más inesperado y puede estar así horas (y horas libres y disponibles no es lo que me sobran precisamente).
A veces no es una actualización, sino que va lento y tarda en cargar los sitios a los que quiero ir. Entonces me tumbo en el sofá, esperando…y ya no vuelvo a mirar si finalmente cargó del todo. Y me termino quedando dormida.

Vivo en estado de agotamiento.

Tampoco me pasa nada tan importante como para ser escrito.
No quiero hablar…escribir, sobre algunas cosas. Aún no estoy mentalmente preparada para recopilar todo lo que he terminado reconociendo que estaba pasando mientras yo quería creerme otras cosas, mientras me creía sus mentiras (porque no quería verlas, porque no tenía por qué mentirme y por eso no me creía algunas cosas que en realidad veía tan evidentes). No, aún no.
Sigue doliendo demasiado.
Sigue costándome demasiado levantarme cada mañana, cuando ya no hay nada a lo que querer llegar, cuando el futuro será repetir la rutina que fue cualquier día de la semana pasada o cualquiera de la semana que viene.

Casi dos meses sin escribir.
Y marzo, de nuevo.

jueves, 21 de octubre de 2021

Pequeños dramas sin importancia.

 El lunes tardé más de 5 horas en conseguir tener escaneada una foto. Y ni siquiera se escaneó bien.
Hoy se me ha terminado, de pronto, la bombona de butano.
Se me ha roto la camisa que llevaba puesta. No descosido: se ha roto la tela de una de las mangas.

Hace años que escaneo fotos. De hecho, debió ser de las primeras cosas (si no la primera) para la que empleé el ordenador cuando por fin tuve uno, allá por 2003 si no me falla la memoria. No sabía hacer absolutamente nada con un ordenador (quien me iba a decir que hoy pase casi 12 horas diarias pegada a alguno), pero lo de escanear fotos lo entendí por puro instinto. 
Este lunes no era capaz, en un primer momento, ni de localizar en el equipo el acceso a la impresora. Creo que tardé más de media hora en encontrar algo tan simple y tan básico como eso (no, no tengo un acceso directo en el escritorio. Pero es muy básico encontrar cualquier cosa que esté instalada en un ordenador).
Y luego todo iba muy lento. No había modo de que el escáner funcionase a un ritmo normal.
La foto era una de las que se hicieron en la Convención Comercial de hace dos semanas. Aparezco en ella con parte del equipo de personas con las que trabajo. Se la pedí a una compañera y quería devolvérsela el martes. 
Conecté la impresora y encendí el portátil sobre las ocho de la tarde. Creo que pasaba de la una de la madrugada cuando ya dejé de insistir, di por bueno el escaneado y guardé la foto original en el bolso, para no perderla.


 Hace años que no me duraba una bombona tan poco tiempo. Creo que la cambié antes de semana santa, entre febrero y marzo
Sí, se que puede sonar raro que el hecho de que una bombona de butano me haya durado unos siete, ocho meses, me parezca que se ha gastado muy rápido. Pero es que lo normal es que ronden el año de duración. Y también me llama la atención que se haya gastado cuando en verano es cuando menos uso le doy (ya sabemos: ensaladas, gazpachos...)
Estaba haciendo unos filetes a la plancha cuando se ha terminado. Y he tenido que cambiarla. Y me he alegrado de haber comprado una nueva en agosto (a veces espero más meses, no me gusta tener una bombona llena en la terraza).
Hace un par de semanas, un sábado al rato de llegar de la calle, noté un fuerte olor a butano. Volví a la cocina y vi que uno de los mandos reguladores de los fogones de la cocina estaba abierto y saliendo gas. Se ve que unos minutos antes, al llegar con la compra y dejarla sobre la parrilla de la cocina, había rozado ese mando. Y al no estar cerrada la espita de la bombona (una de mis obsesiones, me paso la vida comprobando que no está abierta), empezó a salir gas.
También es probable que en esos dos o tres minutos, porque imposible que pasase más tiempo, saliera más gas butano del esperable y que eso haya contribuido a que hoy la bombona haya dejado de funcionar.
La he sustituido por la llena que estaba en la terraza. Asunto resuelto.

Al quitarme la camisa blanca que me puse esta mañana, he visto que la tela de la manga derecha, sobre el codo, estaba rota. Es incluso probable que se haya roto al trasladar la bombona, un rato antes. 
No estaba previsto que llevase puesta hoy esa camisa. Lo que planifiqué anoche es una blusa, también blanca. Pero al ponérmela esta mañana no me quedaba como esperaba y la he sustituido por la camisa. O sea, que hoy era su día de romperse (en el armario igual no le habría pasado. O sí, al sacarla o sacar otra prenda).
He mirado la forma de arreglarla. Creo que no vale la pena.
No me gusta que se me rompan las cosas. Y tengo muchísima ropa (aunque a veces también piense eso de 'no tengo nada que ponerme'). Además, esta camisa me gusta..., me gustaba. 
Pero supongo que la tiraré. Aunque la veo como algo nuevo..., me consta que tiene más de siete años (hay fotos en que la llevo, a finales de octubre de 2014). 
La tienda donde la compré cerró hace meses. 

Cosas sin importancia.
Pero estoy agotada y todo se me hace un mundo. Porque cada una de esas cosas absolutamente baladís, cuando me han pasado, me han parecido importantes. La blusa que no me pude poner esta mañana. El tener que cambiar las joyas elegidas al sustituirla por la camisa. El salir más tarde de casa y llegar más tarde al trabajo (no tengo una hora fija y siempre estoy más tiempo del que debería, pero hoy al llegar lo primero que me ha dicho mi superior directa es que me acababa de enviar un guasap porque ya le extrañaba mi tardanza. ¿Controlándome el horario de entrada, quizá?). La bombona que tengo que cambiar. La impresora que, además de escanear lenta y mal, no imprime el color negro correctamente. El no haber podido sacar dinero, en toda la semana, para pagar el alquiler (otra cosa para la que no tengo fecha fija) porque las fusiones y absorciones bancarias han tenido como una de sus consecuencias que ya no abren las sucursales por las tardes y que han cerrado las de los centros comerciales (el lunes me desplacé expresamente a uno de los habituales para comprobar que la oficina bancaria cerró hace meses).Pequeños trastornos sucesivos.

Cuando he cogido el bus pensé que tampoco me funcionaba el abono transportes. Lo he acercado dos o tres veces al lector de billetes del bus.., antes de darme cuenta de que estaba intentando validar el acceso al autobús con la tarjeta de acceso a la oficina.

Hasta ese punto estoy agotada.
Y todavía queda el viernes.

Pequeños dramas sin importancia que, cuando una está muy cansada, se hacen montañas.
Y que, quizá, son excusas que la mente crea para no pensar en asuntos más importantes que también están pasando.

viernes, 21 de junio de 2019

Hospital, Inem, fallos informáticos...Semana rara.

El viernes de la semana pasada tenía cita con mi médica a primera hora de la mañana.
El mismo viernes tenía cita con Hacienda por la tarde.
La cita con la médica era para saber los resultados de una analítica que me mandó, urgente, el martes y que me hicieron el miércoles. El mismo miércoles, mientras me sujetaba la gasa sobre el pinchazo para evitar el posterior hematoma, cambié la cita al lunes.
Porque ya tenía algo más que un presentimiento. 
Y no podía permitirme cancelar la cita con Hacienda (tras el numerito que monté el año pasado para que me diesen permiso en el hospital y poder ir). 

El lunes por la tarde fui a consulta. Y lo primero que me dijo mi doctora es que tenía que ir urgentemente al hospital a que me repitieran la analítica...porque los valores en algunas cosas eran más que preocupantes. 
Y yo, en el fondo, lo sabía.

El ataque de ansiedad del lunes anterior me habían desestabilizado. También físicamente. Y se ve que en estos casos se va todo al mismo sitio. A disparar los niveles de mis transaminasas y subirme el índice de bilirrubina.
La comparecencia inmediata en el hospital fue innegociable (juro que intenté aplazarla...pero no coló). 

Tres horas y un pinchazo más tarde, y el hematoma producido por la vía (pedazo aguja) que tuve durante un par de horas, me dieron el alta. Con los niveles más o menos controlados (altos para cualquiera, dentro de la franja de normalidad de los míos). En medio, una enfermera preguntándome si trabajaba en la radio porque mi vocabulario no era muy habitual ('yo es que hablo mucho'. 'Sí, si aquí viene mucha gente que habla mucho. Pero como te expresas tú, que se te entiende todo, viene muy poca gente'). otra encantada conmigo, un doctor de muy buen ver que tampoco entendía la urgencia para repetir mi analítica y que terminó aceptando repetirla...también para que mi doctora se quedase tranquila.

Estrés. Es la primera vez que me lo han reflejado en un informe. 
Es más que probable que lo mío sea autoinmune y que lo provoque el estrés. 

O sea, lo que me han dicho en alguna otra ocasión, en vista de que no daban con los motivos de mi enfermedad. Lo provoco yo misma, inconscientemente, para protegerme mentalmente. 
Es perfectamente lógico. Pero igualmente desconcertante. 

Mi único tratamiento es descansar y no estresarme. El resto, como me dijo el doctor, no hace falta decírmelo: 'creo que no tengo que recomendarte nada más: ya deduzco que te estás controlando tú sola'.
Y sí, así es. Mucha agua, alimentos frescos...

La última sorpresa de la noche me la dio mi portátil. Que se puso a actualizarse (tengo las actualizaciones controladas manualmente. no sé qué pasó) y el resultado, media hora más tarde fue una desconfiguración interna que se llevó por delante la imagen del fondo de pantalla....y el teclado en castellano. Perdí la 'eñe', los signos de apertura de interrogación y exclamación, las tildes...y cambió de sitio todo menos el teclado alfabético básico.
Y no fui capaz de arreglarlo.

Aparte, se escondió el explorer (menos mal que trabajo con chrome y que tenía un acceso directo en el escritorio), se borraron todas las contraseñas..., un pequeño desastre.
Esa noche me dieron más de las dos intentando arreglarlo. Recuperé el acceso a algunos sitios, me busqué la vida para copiar una arroba (luego, el martes, la localicé de otro modo en otra tecla), pero no fui capaz de solucionar nada importante: el equipo no guardaba los cambios. Aparentemente todo debería estar bien, pero no.

El martes me dediqué casi en exclusiva a intentar arreglar el desaguisado. Programé el equipo para que volviera al punto anterior a las actualizaciones. Busqué por varios medios cambiar lo fallido, intenté añadir una imagen de escritorio. Nada que hacer. 

El martes por la tarde, además de pagar el alquiler y quedar con una amiga y tomarnos una cerveza, estuve viendo ofertas en portátiles. 
El miércoles por la mañana fui a otra tienda a comparar precios.
Por la tarde volví a la tienda del martes.
Mi nuevo portátil es peor que el otro (que confío en recuperar), pero lo conseguí a buen precio. 
Es azul. No es un dato relevante, pero sí una curiosidad.

Y llevo dos días y medio instalándolo. Porque los portátiles ya no se instalan solos ni con un cd de instalación: hay que conectarse a internet sí o sí. E ir siguiendo/dando instrucciones. Aparte, tuve que cargar todo lo que había rescatado del otro: más de cienmil fotos, una copia del blog, documentos de oficina... Otras cosas no he podido rescatarlas. El programa office, por ejemplo. Y tampoco tengo instalada la impresora, porque el portátil nuevo no tiene compartimento de cd...y no sé cómo voy a instalarla (imagino que desde la página de la marca. Que es la misma que la del portátil).

Hoy he dedicado medio día a conseguir descargarme una equivalencia (sin coste, pero legal) del Office. Y un antivirus, más allá del propio que viene con el equipo.
También he estado limpiando parcialmente la cocina, fregando sartenes....
Todo muy divertido, vamos.

Esta semana ha sido rara. Y se me ha pasado volando.
El jueves fui a completar el trámite necesario para poder cobrar el paro. Otro trámite que intenté hacer el lunes y que no fue posible, porque resulta que seguía de vacaciones (el extraño cálculo de las vacaciones de la empresa en que he trabajado). Este mes no sé ni qué voy a cobrar (muy poco, aunque mi exempresa entre la semana trabajada, el preaviso y las vacaciones, prácticamente me ha pagado el mes completo), ni cuando... Un pequeño desastre.
El martes por la noche nos dieron prácticamente las doce hablando por teléfono. Cosas en general, mi salud, informática... Pero bien: hablar con él, escucharle hablar, me hace bien.

Tengo la casa manga por hombro. Y pocas ganas de hacer nada.

Sé que psicológicamente no estoy bien. Pero me recuperaré, como siempre. O conseguiré, al menos, que no se me note.
Estoy especializada en sobrevivir.