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sábado, 27 de julio de 2024

En ninguno de los días o noches que vendrán.

 Curso de Márketing Digital terminado.

Exámenes hechos. Me ha llamado la atención que en el tipo test las preguntas se cargasen de forma aleatoria. Explico. Había dos intentos. En el primero, pese a aprobarlo, he pensado que igual podía mejorar la puntuación…así que le he dado a 'reintentar'. Y las preguntas eran otras. Sí: he mejorado sustancialmente los resultados. Todo bastante meritorio cuando ni me he leído el temario…
El otro ejercicio ha sido una especie de prueba práctica. Plantear una serie de hipotéticas acciones de márketing, todo muy técnico. Un par de folios y medio. Cargar en el sistema y punto. Y responder, ya que estábamos, un cuestionario del SEPE, que financia estos cursos.

Otra cosa más. Otro curso a sumar a la docena larga que ya tengo. Creo que ni me molestaré en imprimir el diploma, como no imprimí otros (Prevención del Fraude y el Blanqueo de Capitales, por ejemplo). A estas alturas ya sé que no sirven para nada práctico.

A las ocho y media ya estaba en pie. Regando las plantas. Mientras se hacía el café he encendido el portátil que uso para estas cosas (está más vacío que el habitual, el que estoy usando ahora mismo, por ejemplo). Se ha puesto a actualizarse: cerca de una hora. He desayunado en algún momento, leche con café para mojar medio tazón de cereales integrales. Ni ayer ni hoy he desayunado-comido-cenado en condiciones. Cosas simplemente para matar el hambre antes de sentirla.

Hace demasiado calor.

Ayer por la tarde enchufé un rato el ventilador. Ése que compré hace casi tres veranos, en un tórrido mes de agosto y porque iba a venir a dormir conmigo. Yo soportaba el calor, pero la idea de que él viniese y pasara calor, cuando se anunciaba 'ola de calor sahariano' me pareció inconcebible.
No vino la noche en que dijo que vendría (y para la que días antes estuve a punto de decirle que mejor no, cuando tras una broma mía tuvo una salida de tono que no venía a cuento) pero sí a la semana siguiente.
Fue la última vez que durmió en mi cama.

Alguna vez, días y hasta semanas más tarde, dijo que esa noche había estado muy desagradable y hasta grosero conmigo. No sé, no lo vi así. Sí que estaba incómodo. Lo achaqué al calor sofocante. De hecho, el día antes le planteé que si no le venía bien…lo aplazábamos de nuevo.
No quiso aplazarlo, pero no estaba cómodo. Imagino que simplemente quería estar en otro sitio, en otra cama y con otra persona.

Fue la última vez.
No hubo otra oportunidad, imagino que no la quiso propiciar.

Esa noche estuvo el ventilador funcionando, primero en el salón, luego en el dormitorio. Intentando que no pasase calor. Sintiéndome culpable por no poder ofrecerle otra cosa, por haberle sacado de su casa y la comodidad del aire acondicionado, algo que yo no tenía ni tengo. Sólo tenía ese ventilador de torre que había comprado días antes pensando en él.
Después de ese día lo he empleado muy poco.
Ahora está ahí, oscilando a mi izquierda mientras escribo esto sentada en el sofá. Sofá en el que él nunca volverá a estar.
Tampoco. Como en mi cama. Como en ninguno de los días o noches que vendrán.

viernes, 26 de julio de 2024

Márketing Digital. Y otras promesas.

 Mañana tengo que dedicar parte del día a terminar el Curso de Marketing Digital. Ése al que me matriculé hace un par de meses y cuyo temario ni me he leído, ése que he hecho (45 horas obligatorias) conectándome estas dos últimas semanas en el ordenador del trabajo, teniendo la pantalla en segundo plano y entrando cada pocos minutos para mover el ratón (porque si se detectaba inactividad, el tiempo no se computaba).

Un curso que me habría encantado hacer en condiciones, porque me gusta la materia. Pero que con mi horario…ha sido completamente imposible.
Esto que es mi día a día no es vivir.

Y…, y hoy de nuevo he constatado lo evidente. Porque le he llamado (dos semanas sin hablar con él. Porque lo de 'te llamo un rato esta semana', que fue lo último que me dijo, por descontado fue de nuevo una promesa vacía. Si no le llamo yo, no hablo con él. Sin más) y eso…, simplemente he vuelto a constatar el desinterés que tiene hacia mi persona.

Me sigue doliendo mucho. Mucho.

Sé desde hace semanas…, ya meses, que no voy a volver a verle.
Pero saberlo y aceptarlo no hace que deje de desear estar con él.
Y duele. Todo duele.

Mañana, de alguna manera, haré los exámenes y terminaré el Curso de Márketing Digital. Porque me comprometí a hacerlo. Porque el plazo termina el lunes.
Y porque yo sí cumplo mis promesas. Al menos, las que me hago a mí misma y las que me comprometo a cumplir.

sábado, 29 de junio de 2024

"En sus ojos un barco..."

 Creo que la última vez que le vi, hace ya diez meses, en realidad tuve claro que sería la última. Que en realidad había quedado conmigo porque no supo inventarse excusa para no acudir y ya está.

Hora y pico en que mi percepción es que estaba deseando irse. Que simplemente había quedado para decirme que se iba a vivir lo más lejos posible (a esa vivienda comprada 'en familia' y como segunda residencia un par de años antes, a la que en su día me repitió que solo iría de vez en cuando y que incluso le venía bien que existiera porque si su familia se iba a pasar los fines de semana él los tendría libres. Y podría dedicarlos a hacer otras cosas sin plazos ni hora de regreso. Y podríamos vernos más… Y yo lo creí, claro. Si de él me creía lo increíble…cómo dudar de algo tan sencillo). Que seguiría viniendo a Madrid porque, total, era apenas una hora: ir hasta la estación de Segovia, coger el tren hasta Chamartín y desde allí… Que claro que seguiría viniendo e incluso igual más fines de semana de los que pensaba, porque tendría más libertad…
Pero estaba deseando irse. Frente a mí y como en la canción: 'en sus ojos un barco pasa de largo'. 
Casi 40 años he tardado en saber en qué justo momento esa canción sería parte de mi vida. 
Hubiera preferido haberme equivocado y que no lo fuese nunca.
Aquel día vino con unos pantalones de chándal y una camiseta roja. Vestido como para estar en casa, en la suya del campo, pero para ver y dejarse ser visto en pleno Madrid por alguien que llevaba sin verle más de diez meses y con quien, en teoría, mantenía una relación. O la había mantenido.
Vestido para no gustar. Aunque a mí me gustase de cualquier manera.

Aquel día se fue poco menos que huyendo.
En cualquier otra persona, hubiese dicho que su comportamiento era el de alguien casado o comprometido, alguien que teme que le vean con quien no debe estar. Alguien que ha dicho que iba a tal tienda o a tomarse un café a solas o a quedar con su colega Paco, sí, ese amigo de toda la vida…, pero que en realidad ha quedado con otra persona. Y esa persona, en este caso, era yo.
Alguien con quien mantenía una relación desde hacia más de doce años.

Nos fuimos con prisa (suya) de la terraza del bar donde solíamos tomar café cuando quedábamos desde hacía tres o cuatro años antes. Pagué (me dijo que no llevaba efectivo, que podía pagar con tarjeta... Me resultó raro que dijese eso. No por el hecho en sí, que daba igual, sino porque desde siempre pagábamos de manera indistinta y ni se me había ocurrido otra opción que pagar yo y punto. Como muchas veces y sin la menor importancia. Que se justificase innecesariamente me chirrió. Aún no sé por qué).

Tenía mucha prisa. Mucha.

Desde antes de llegar a la estación de Atocha vi como iba mirando a ver si veía a quien le tenía que recoger. O eso pensé: a ver si le o la veía.
Hoy tengo más claro que en realidad iba fijándose a ver si ese alguien aparecía antes de tiempo y nos veía juntos. Yo no tenía que estar allí.
La verdad es que en esos momentos yo estaba en estado de shock: me acababa de enterar de que se iba lejos, a vivir lejos. No de inmediato, quizá a finales de año. Pero se iba. Y aun así…esa actitud… Porque me estaba dando cuenta de que algo no era normal. O sí lo era, pero no en él. No en quien yo seguía creyendo que era.

Muchas otras veces le recogieron cerca de la estación de Cercanías. De hecho, cuando dormía en mi casa o cuando, las últimas veces, pasamos el mediodía y parte de la tarde juntos también en mi casa y luego yo le acompañaba hasta Atocha, salía con él a la calle y esperábamos. Y cuando veía el coche que le iba a recoger (siempre unos metros más allá, o al otro lado de la calle. Nunca cerca de donde estábamos) nos dábamos dos besos de despedida y se iba.
Ese último día no fue así.
Estábamos llegando a la estación cuando me dijo que 'mejor nos vamos despidiendo ya y así no lo hacemos con prisa'. O algo similar. Y nos dimos dos besos rápidos de despedida (jamás le pude besar en los labios en púbico. Jamás. Ni hizo intención de besarme a mí. Sí: eso tan propio de quien tiene una pareja oficial, tú eres la otra y, horror, no me vaya a ver algún conocido. Siempre fue así. Y yo terminé viéndolo normal...aunque en teoría él no estaba con nadie: soltero, sin novia, sin ex, sin hijos...Sin motivos para ese comportamiento tan de manual del perfecto infiel).

A partir de ese momento y tras esa frase…directamente me ignoró. Seguí caminando a su lado, seguí escuchándole hablar (algo sobre el tipo de coche que iba a recogerlo. Al parecer quien lo iba a hacer había cambiado de coche…, cambiar no sé con respecto a qué otro, puesto que yo nunca tuve ni idea de qué coche le recogía ni de quien, aunque en teoría era su hermana o de su hermana y el conductor, su cuñado. Hoy ya sé que no era así) pero ya ni me miró. Ignorancia absoluta. Supongo que para que si le veían no me viesen a mí, y si me veía, que fuese una transeúnte más de la zona, alguien coincidiendo en tiempo y lugar, pero totalmente ajena a él.
Porque esa mañana y para quien iba a recogerle, no había quedado conmigo, obviamente.
Y yo no estaba con él. No podía estar allí.

En esos momentos no supe ponerle nombre a las cosas. También, ya digo, porque estaba afectada por la noticia, porque cuando dejé de tenerle a la vista (poco menos que salió corriendo en cuando divisó el coche que buscaba y no creo que me dijese nada más o no lo recuerdo. No me dejó sola porque ya lo estaba. Porque no estaba conmigo desde hacía un rato) yo estaba muriéndome de pena y solo quería llorar.
Me dejaba sola una vez más. Sola y con ganas de llorar. Como otras veces en la cama, cuando yo llevaba un rato toqueteándole y se levantaba y se iba a fumar al salón y no volvía, y yo seguía esperándole desnuda en la cama. Y no volvía y yo me secaba las lágrimas con la sábana e iba al baño a lavarme la cara, mientras él seguía solo en el sofá.
Pero sobre eso ya escribiré otro día.

En realidad, ese último jueves de agosto volvía a hacerme lo mismo, aunque yo estuviese vestida y él también, aunque no hubiese podido toquetearle porque, oh cielos, es que no le gusta que le toquen (ni que le besen, ni que le den la menor muestra de cariño. Sé que no es cierto, sé que lo que no le gustaba era yo).
Se levantó con prisa de aquella silla en la terraza del bar. Se despidió de mí minutos antes de separarnos. Y se fue. Sin mirarme. Esta vez para siempre.
Se fue con la persona con quien lleva años de relación y con quien hoy está viviendo en mitad de un pinar, en fingido aislamiento telefónico y tras vivir durante años de forma más o menos continuada no sé exactamente en qué punto de Madrid y haciéndome creer otra cosa y otro tipo de relación familiar.

No sé. No sé lo que tardaré en sanar de todo este dolor, si es que sano algún día, porque esta vez las cicatrices van a ser demasiado profundas.
Y…como ya he dicho antes: respiro por instinto, no por ganas.

sábado, 18 de mayo de 2024

Día tras día. Noche tras noche.

 Pasan los días. Cada uno con más minutos de luz solar que el anterior: vamos hacia el verano.

La primavera está teniendo eso: clima de primavera. Una rareza en una ciudad como Madrid, donde no existe el llamado 'entretiempo' y donde se pasa del calor al frío viceversa. O igual esto ya no es tan cierto porque llevamos años casi anclados en un larguísimo entretiempo que pasa a ser calor estepario durante entre dos y tres meses y en el que llamado invierno es casi testimonial: no más de quince días y no siempre seguidos. 

Este año apenas hemos tenido invierno. Algún día suelto. Y el calor empezó a mediados de marzo, aunque luego se han ido intercalando días de treinta grados y días de quince. Días de lluvia, días con granizo, días de viento. Días de todo a la vez. 

Seguramente muchos días lo han sido de arcoiris en el cielo. Pero me los he perdido. 

Paso cerca de doce horas fuera de casa. Ocho de trabajo, cerca de una de la llamada 'pausa de comida' en que suelo salir a pasear porque ocho horas sentada es una barbaridad para mi salud. Entre dos horas y media y tres de trayectos casa-trabajo-casa. Vivo con la sensación de no hacer nada de provecho (en realidad, no es una sensación: no hago nada de provecho). Sé que estamos a mediados de mayo porque lo dicen los calendarios, pero nada más. No sé qué he hecho con mi vida estos cuatro meses y medio que llevamos de año. 

Cuando llego a casa suelen ser más de las ocho y media de la tarde. Me descalzo, me siento un momento en el sofá a ver terminar un concurso que me gusta (hay días que ni le presto atención, de puro cansancio). Empieza el informativo, veo los titulares mientras me quito pendientes, anillos, collar si lo llevo y voy al baño a lavarme las manos si no lo he hecho nada más llegar y quitarme los zapatos. Planifico una cena rápida (a veces ya tengo preparado puré de verduras del día anterior, gazpacho en esta época del año). Me quito la ropa y me pongo una camiseta grande. A veces me ducho antes de cenar, a veces simplemente me desmaquillo. Siempre aprovecho para terminar de hacer la cama (por las mañanas solo la estiro). En algún momento preparo la ropa que llevaré al día siguiente (muchas veces la elijo entre prendas que ya están en la silla, el piecero de la cama, prendas que llevé días atrás). Ceno frente al televisor encendido, sobre las diez de la noche. Ducha rápida si no me duché antes de cenar. Yogur, a veces algo de chocolate. Intento acordarme de que debo darme alguna crema en la cara (no siempre lo hago). En algún paseo activo la tecla que hará sonar el despertador a las ocho menos cuarto. Preparo los pendientes, colgante, calcetines y bragas que me pondré al día siguiente. A veces olvido llevar a la cocina el plato de la cena o la tarrina vacía del yogur. En esta época empiezo a tener siempre una jarra de agua para ir rellenando el vaso. Antes de las doce ya estoy tumbada en el sofá mirando el televisor. 

En algún momento cierro los ojos en un corte publicitario para descansar la vista. Los abro y sigue la película o el concurso. Los abro y hay un programa de teletienda o un cantante desconocido. Madrugada. Me traslado a la cama.

Día tras día. Noche tras noche. 

Eso es mi presente. 

Y nada más.

jueves, 5 de octubre de 2023

Y ya se irá viendo.

 Las cosas pasan cuando tienen que pasar. Ni antes, ni después. 
Tema aparte es que no nos guste el momento en que pasan.

Finalmente mi proyecto de incorporación laboral del pasado lunes (o sea, ésa que evitó mi fregadero) se desmoronó del todo. Decidieron desestimar mi contratación. Y...francamente, no me afectó demasiado. En realidad siempre tuve esa sensación desasosegante del 'esto no es', desde la entrevista. Y se ve que no era.

Todo lo demás sí ha venido rodado.

Nada más recibir el correo indicando que no me contrataban, llamé a mi 'plan B'. El de la empresa que me entrevistó (teléfono y videollamada) la semana pasada y a la que dije que no podía incorporarme porque ya tenía compromiso con otro trabajo. Para decirles que si ellos seguían interesados...yo estaba disponible.
Y todo ha ido muy rápido.
Larga entrevista personal, ya cara a cara, ayer miércoles por la tarde.
Confirmación por su parte una hora más tarde y solicitud de los documentos necesarios para preparar el contrato.
Envío por mi parte de esos documentos esta mañana.
Envío por su parte del borrador del contrato (que dejaba de ser borrador si yo lo firmaba y se lo devolvía) esta misma tarde.
Compromiso mutuo de empezar el lunes, a las diez de la mañana. En uno de esos barrios residenciales de altísimo nivel adquisitivo. Una oficina que es un piso adaptado, o más bien dos pisos porque está en la entreplanta y el entresótano. Una especie de callcenter pequeño. Jornada partida: nueve horas de lunes a viernes, pero con una hora para comer (deduzco). El horario no me entusiasma porque saldré a las siete de la tarde...pero, en fin, es lo que hay y ya se irá viendo.

El sueldo es meramente aceptable. Las comisiones ya sé que serán poco menos que un milagro. 

Pero también sé que no me van a gritar (o eso espero). Y que si la cosa va mal...pues buscaré otra cosa y punto. Porque si algo he comprobado este disparatado y estresante mes de septiembre es que trabajos con sueldo de supervivencia hay. Incluso cuando ya se está dentro de una franja de edad descartable por muchas empresas.

El lunes día nueve empieza la aventura.
Y ya iremos viendo.

jueves, 24 de agosto de 2023

Diez meses y veinticuatro días.

 Diez meses y veinticuatro días.
Sólo tengo ganas de llorar. De llorar todo lo que no he llorado en los últimos ocho meses. O quizá en esos diez meses y veinticuatro días..., no, sé que en los últimos ocho meses y medio. Desde ese principios-mediados de diciembre del año pasado.

Me he tomado hace un rato una cápsula de valeriana. También lleva pasiflora y espino blanco y no sé qué más. En realidad no estoy nerviosa, no lo estaba antes de tomármela. O quizá sí. También sé que la cápsula de hierbas no me va a quitar estas ganas de llorar. Estas ganas que ni siquiera me dejar que puedan empezar a caer esas lágrimas.

He cogido un chupachup del tarro donde los guardo. Es de melocotón y nata, dice el papel: no sabía que existieran los chupachups de melocotón y nata.

Me ha gustado mucho verle. Me gusta saber que mejora, cada espaciadísimo mensaje en todos estos meses en que me ha comunicado como estaba me ha gustado, sobre todo los que hablaban de mejoría. Pasé preocupadísima las cuatro semanas de silencio del mes de diciembre, comienzos de enero, en que no hubo noticias, en que no podía saber si la operación había salido bien (dentro de mí sabía que sí, pero no podía confirmarlo). Luego más semanas de ausencia de noticias, con alguna respuesta a mis mensajes. Alguna promesa de 'te llamaré en unos días', 'te llamaré esta semana', que por supuesto no se cumplieron. Finalmente, soy yo quien le llamo. Me devuelve la llamada. Es algún momento a finales de junio, quizá principios de julio. Escucharle hablar me hace bien, pero en este caso porque significa que también él está mejor. 

Y eso es lo que más me importa.
Y eso es lo que más me importaba mientras esta mañana, casi mediodía, le escuchaba y le miraba hablar. 

Aunque el corazón se me hubiese hecho cachitos al confirmarme algo que, en realidad, hace mucho que sé porque lo intuí y sentí que estaba en lo cierto. Mirarle y encontrarle guapo (sé que siempre me parecerá guapo. Que cuando deje de verle definitivamente le recordaré como el hombre guapo que es). Muriéndome de ganas de abrazarle y sabiendo que no podía hacerlo (no me iba a rechazar el abrazo...pero también sé desde hace mucho que no le gusta que le toquen. O, simplemente, que no le gusta que le toque yo). Ganas absolutamente egoístas de tocarle, de sentirle cerca. Ganas a cuarenta centímetros de distancia y treinta y cinco grados de calor madrileño.

Más allá de dos pares de besos cordiales, saludo y despedida, no ha habido más contacto físico. Pocas veces he sentido un muro invisible tan palpable, una coraza de 'no te pertenezco, no te acerques, soy de otra persona' tan evidente. 

Hay muchas cosas que en realidad sé desde hace muchísimo tiempo. Cosas de las que no se hablan, que se disfrazan de otras, historias contadas que enmascaran realidades. 
Las flechas rojas, los avisos casi con luces de neón, siempre estuvieron ahí. Pero era yo quien se empeñaba en no verlas. Imagino que porque eran tan evidentes...pero la historia que me contaba era tan distinta, que preferí engañarme y decir, cada vez que veía como encajaba una pieza en el puzzle hacia el que me negaba a mirar, que eran figuraciones mías. Que ese paisaje tan claro, ese cuadro tan evidente, que se estaba fabricando pieza a pieza, verdad a verdad camuflada tras una creible mentira, era producto de mi desconfianza.
De esa desconfianza que mis experiencias pasadas había dejado dentro de mí.

Hace mucho que decidió salir de mi vida. O, peor, que decidió dejarme fuera y lejos de la suya. Seguro que cuando me di cuenta a principios de 2018 (y eso y mi preocupación por él y por su silencio casi me vuelve loca. Y no es una frase hecha) ya hacía mucho que para él yo era algo totalmente ajeno a sus intereses y a su vida real.

Hace mucho que se fue alejando. Hace mucho que empecé a hacerme a la idea.
Pero no deja de doler. Hace tiempo que sé que se iría a vivir aún más lejos de lo que ya está de mí. Pero escucharle confirmarlo duele, y duele mucho.

Se ha despedido de mí con dos besos apresurados mientras atendía una llamada de móvil y ha cruzado la calle porque le venían a recoger, como tantas veces. Le he visto irse, el coche era de color rojo. No sé marca ni modelo, ni me importa. Ni sé realmente quien lo recoge ni con quien se va (eso son otras piezas del puzzle, de los puzzles. El real y el que formaba la imagen que me había hecho sobre mi relación con él). Simplemente le he visto irse, con una camiseta también roja.

Hace años supe que nunca se sabe cuándo será la última vez en que se ve a alguien. Nunca. Ni aunque lo planifiques.
Hace también tiempo decidí que cada vez que me despedía de él podía ser la última vez. En dos ocasiones estuve casi completamente segura de que había sido.

He bajado a la estación. He dado una vuelta por ella, por la zona de tiendas, sin pararme a ver nada. Caminar por caminar. He bajado finalmente al andén, he esperado siete minutos, me he subido al tren.
Me he bajado en la siguiente estación; el tren no iba lleno pero a mí me faltaba el aire. Hay un centro comercial que en cualquier momento van a derribar y con ese derribo el edificio se quedará solo en una parte de mis recuerdos. Llevaba meses diciéndome que tenía que acercarme a hacer una especie de despedida.

Y...y nada más entrar se ha activado otro recuerdo. Y ese peso entre la garganta y el diafragma se ha expandido y se ha convertido en imagen sin imágenes concretas, en otro coche que se alejó.
Y he recordado que ya pasé por esto... Que hace 20 años alguien se fue diciendo que vendría a menudo, que nos seguiríamos viendo, que dejaba cosas pendientes, que... Que han pasado 20 años, simplemente, desde aquella última vez.

Creo que la cápsula de valeriana me está haciendo efecto.  
También he terminado el chupachup de melocotón.
Creo que he llorado algo.

Diez meses y veinticuatro días. Nunca había estado tanto tiempo sin verle. Posiblemente nunca había tenido tantas ganas de abrazarle sin poder hacerlo. Un abrazo que habría sido como abrazarme a mí misma, como querer sentir que igual todo tendría arreglo, que no estaría sola. Que algo aún tenía sentido y futuro.

No estoy nerviosa. En realidad, creo que no siento nada. 

O sí. Que es imposible tener más ganas de llorar de las que yo tengo ahora mismo y que llevo teniendo desde esta mediamañana casi mediodía de uno de los días más calurosos del año, tras diez meses y veinticuatro días sin verle, tras desear ese momento quizá cada uno de esos días. Sin sospechar, como en tantas cosas, que volver a verle me rompería, de nuevo, el corazón.


jueves, 27 de julio de 2023

Veintisiete de julio. Sin esperar milagros.

 Días raros.

Hace muchísimo calor. Bueno, como todos los meses de julio en Madrid, por otra parte: no es ninguna novedad. 

Llevo unos días muy movidos. De ésos en que tampoco sé si he hecho o no algo de auténtico provecho, pero en los que no he parado. O sí, porque también me paso largos ratos sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada. Si hago caso al 'medidor de pasos' de mi móvil esta semana he caminado muchísimo: siete kilómetros el domingo, ocho el lunes, siete el martes... Ayer sólo tres. Y hoy no debe registrar ni un solo paso porque no he salido de casa y solo identifica los pasos en que lleve el móvil encima, lógicamente. 

Antes de las siete de la mañana ya estoy despierta. Intento quedarme en la cama hasta más de las ocho y media, no levantándome a poder ser ni para ir al baño. Así que por las noches a la una y pico me suelo quedar dormida en el sofá. En definitiva: tengo los mismos horarios que cuando estoy trabajando. 

Esta mañana he hecho un ensayo de 'pedir hora para renovar el cobro del paro'. O sea, sobre las nueve de la mañana he hecho varias llamadas al teléfono donde se supone que te asignan (mediante sistema automático) las citas. Como me las ofrecían para los días uno y dos de agosto (y no estoy segura de si el dos sigo oficialmente de vacaciones o si no), no he seguido con el proceso de aceptación. He echado cuentas y, si son quince días hábiles para poder solicitarlo desde que se terminan las vacaciones, tendría más o menos hasta el día veinte de agosto. No obstante, mi idea es conseguir cita para antes del día diez.

Descarto el día ocho porque tengo 'el acto de conciliación' con la empresa que me ha despedido sin indemnización. Que por otra parte me hizo llegar un correo con la propuesta de llegar a un acuerdo privado 'porque les viene mal acudir al acto de conciliación en agosto'. Como no me ofrecían nada que no me correspondiera legalmente, les he respondido que 'mejor hacemos la conciliación en el SMAC'. El SMAC es el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación', dependiente del Ministerio de Justicia. A ellos les irá mal tener que quedarse (quien sea) para acudir a la conciliación, pero a mí también me iba mal que me despidieran estando de baja y lo han hecho.

Ya veremos en qué termina esto. Si no comparecen, presento demanda y ahí ya sí que reclamo que mi despido sea nulo. Y que sea lo que tenga que ser y tarden lo que tengan que tardar.

Antes de esas fechas (solicitar el paro, ir a la conciliación) tengo que ir a que mi doctora me dé el alta. Porque también es el día ocho cuando tenía la cita para renovar baja/solicitar alta. Y, obviamente, no puedo estar en dos sitios a la vez. Aparte que igual es más complejo lo de solicitar el paro estando de baja médica, no sé bien cómo van esas cosas y tampoco voy a complicarme la vida. Pensé ir el pasado martes (tenía una entrevista de trabajo en el centro a primera hora de la mañana, podía haber pasado directamente y sin necesidad de cita una vez terminada la entrevista) pero como tampoco es algo que corra una prisa excesiva...pues eso, que lo dejé estar. Probablemente sí vaya el martes de esta semana, para que me vayan cuadrando las piezas de este puzzle raro en que se ha convertido mi verano.

Hoy estoy especialmente cansada. He llegado a tumbarme en el sofá tras comer (comer algo y mal, por cierto) y creo que he llegado a quedarme medio dormida algún minuto. La verdad es que tengo más o menos asumido lo de vivir en estado de perpetuo cansancio. Procuro beber mucha agua y me tomo cada mañana mi pastillita de ácido fólico y mi otra pastillita de biotina. La primera, recetada por mi doctora; la segunda, por mi cuenta. Y los sábados añado una cápsula de vitamina D, también recetada y que no sé si me sienta bien, la verdad...

Se supone que mi cansancio también era imputable a esas carencias vitamínicas, pero veo que no noto mejoría. Por tanto, me reafirmo en la idea de que principalmente es algo psicológico. Ese algo que no me atrevo a llamar 'depresión' pero cuyos síntomas se asemejan mucho.

La entrevista del martes, bien. En realidad, creo que si no hubiese puesto condiciones al respecto empezaría a trabajar esta próxima semana. Pero..., lo dicho: prefiero tener todas las piezas ordenadas o al menos controladas. Así que indiqué, con absoluta franqueza, que aunque mi disponibilidad de incorporación era objetivamente inmediata (porque no estoy trabajando) preferiría hacerlo a finales de agosto. ¿Razones? Que en agosto es complicado contactar con gente si se trata de un empleo de tipo comercial. Y que, egoístamente, necesito unos días de descanso.
Obviamente no he comentado, ni pienso hacerlo, que llevo 'descansando' desde mediados de junio. 

Egoístamente..., bueno, ni eso, más bien por puro sentido común, lo mejor sería haber dicho que sí y reengancharme ya al trabajo. Seguiría acumulando cotización (porque en cuanto empiece a cobrar el paro, nos olvidamos de esos seis meses cotizados que llevo este año), el sueldo que iba a cobrar era más elevado que lo que me corresponde de subsidio (una auténtica miseria), pero... No sé. Estoy cansada. Sigo cansada y eso me impide no sé si razonar, pero sí aplicar correctamente lo que razono como más conveniente.

Y, en otro orden de cosas...

Le echo mucho de menos. Hablé con él el pasado domingo (me llamó. Había quedado en hacerlo el lunes de la semana pasada, luego el viernes... Ya, ya sé: aplazamientos sucesivos de todo tipo). Me gusta saber que su mejoría post-quirúrgica es progresiva. Me apena saber que no está todo lo bien que querría y debería. Me alegra escucharle. Me duele no saber cuando le veré.
Y..., y me hace mucho daño la certeza de que no, de que ya no habrá futuro con él. 

Igual también este cansancio, esta incapacidad de hacer planes o de organizar mi vida tiene mucho que ver con eso. Saber que el resto de mi vida será algo ajeno a él.

Mi vida, la de alguien que para él siempre fue la de una persona ajena y con quien nunca pensó compartir un solo segundo de una vida futura en común.

Veintisiete de julio. Calor sofocante en Madrid.
Seguro que se ha licuado la sangre de San Pantaleón. Pero este año no soy capaz de esperar otros milagros suyos.



viernes, 9 de diciembre de 2022

Nueve de diciembre. Seis tabletas de turrón. Y, por fin, la lluvia.

 Sigo sin ganas de nada. 
Es más: cada día aumenta mi desgana frente a la idea de hacer cosas. 
A veces hago algo y, casi, me quedo con la sensación de haber hecho un enorme esfuerzo, un gran trabajo. Ayer, por ejemplo: tiré unos cuantos pares de calzado que ya no usaba (fundamentalmente por deterioro: dos pares de sandalias de verano que hace dos se rompieron, pensé en que igual tenían arreglo y ni me molesté en intentarlo porque ya sabía que no lo tenían; unas deportivas que exteriormente no estaban mal, pero interiormente se estaban deshaciendo...y llevaba ya un par de años en que raramente me las había puesto; unas botas de lluvia a las que les entraba ésta, unas deportivas blancas muy baratas que compré pensando en el mismo uso y que tenían el mismo problema: les entraba agua si me las ponía lloviendo...., seguro que alguna cosa más). Llené tres bolsas medianas. Y no sé porqué no había tirado aún, porque simplemente estaban ocupando espacio en el cuarto de la lavadora. Bueno, pues algo tan simple y que no me llevó mucho más de cuarenta minutos hacer, incluido el ordenamiento de los estantes zapateros...me dejó la sensación de haber hecho una enorme tarea. 
A mí, que siempre fui hiperactiva. Que hacía doscientas tareas a la semana, tres o cuatro a la vez, que las horas del día me parecían pocas y a  veces me preguntaba cómo había hecho tantas cosas esa semana, si solo tenía siete días, si cada uno de ellos apenas veinticuatro horas y algunas las dedicaba a dormir...

Nueve de diciembre. Casi navidad. Con los regalos por comprar, poco presupuesto (aunque no quiero pensar en eso), con absoluta desgana hasta por comprar los dulces navideños. Ayer por la tarde fui al 'gran almacén' por excelencia y compré los turrones. Mi idea era comprar los tres básicos; una promo de ésas rebuscadas me hizo comprar ¡¡¡seis tabletas!!! porque la promoción era, precisamente, que comprando seis sólo te cobraban cuatro. 
Seis tabletas de turrón. Que luego apenas pruebo y que son la razón por la que en casa tenemos turrón hasta la primavera. Entiéndase por 'casa' la de mi madre, claro. Yo suelo comprar una tableta de turrón 'del blando' y doy de sí..., o mejor dicho, olvido en el frigorífico. De hecho, tengo media tableta del año pasado...
Compré un panetone hace dos o tres semanas (es de los pocos dulces que me entusiasman), compré bombones de chocolate negro con cereza al licor hace unos diez días (que me encantan), compré roscos de vino con almendra hace unos días (mi 'polvorón' favorito), compré esta semana una bandeja de frutas escarchadas 'de diseño'. Ni los he probado. 
Diciembre y a dos semanas para navidad. Cuando me parece que apenas ayer estábamos en plena ola de calor, ese verano sofocante y absurdo que ha sido el de 2022.

Estas navidades van a ser aún más raras de lo habitual.
En mi casa tampoco tenemos pensado celebrar nada. Cenaré con mi madre 'las dos noches' y, claro, comeré 'los dos días', y poco más. 

Además, estoy muy preocupada por él. 
Desarrollaré estrategias mentales para no pensar (demasiado), pero estoy preocupada. Sé que todo va a salir bien (de eso tengo absoluta certeza), pero no por ello voy a dejar de preocuparme. Aunque sea la primera vez en mi vida en que saber que alguien a quien quiero va a pasar por un quirófano (anestesia general, intervención complicada y de varias horas) me alegra. Porque es para bien, para bien para él. Y porque lleva demasiados meses esperándolo.
Estaré semanas..., meses, sin hablar con él. Aunque también eso ya lo conozco, ya he pasado por ello: el año pasado fueron más de cuatro meses de imposibilidad. La diferencia es que esta vez es porque está encaminada la solución; el año pasado, porque había acontecido el problema. Por decirlo de una manera simple. 
A  estas alturas (y creo que desde hace mucho) lo único que de verdad me importa en mi relación con él es que esté bien. Supongo que porque ya no me queda ningún argumento que me haga creer que hay algo más entre nosotros, algo más que mi interés por él. 
Sé que tendría que escribir sobre ello, sobre esta no-relación. Que me ayudaría psicológicamente. 
Pero estoy muy cansada.
Nueve de diciembre. Llueve, por fin llueve en Madrid. 
Y hasta eso, casi, ni me importa.


lunes, 5 de septiembre de 2022

Ni siquiera ser 'Plan B'.

Aquel 24 de junio de 2000 había quedado con "M". 
O, más bien, él había decido que habíamos quedado. El plan era pasar el día juntos, 
hasta la hora de la noche que fuese y sin prisas ni urgencias ni horas de llegada.. Era sábado. Su familia (mujer e hijas, en esas fechas adolescentes) estaban de viaje. Simplemente bastaba que yo me organizase e inventara algo para no trabajar, al menos a partir del mediodía. Me lo recalcó mucho. Me insistió, casi dándome a entender que no valían excusas ni tenía que haber plan alguno más importante para mí. 

Por supuesto, me lo comunicó con tiempo suficiente (ya no recuerdo cuanto: ¿dos semanas, un mes, más?). Creo que llevábamos semanas sin quedar. Lo de siempre: su trabajo, el mío, su familia... Pero esos días iba a estar solo. Como cuando nos conocimos, nueve años antes. 
No recuerdo cómo, pero lo organicé para no tener que ir a trabajar esa tarde. Probablemente era el primer sábado en que no trabajaba, en años.
Cierto que no me llamó ni el jueves, ni el viernes. En esos años yo ya tenía móvil (mucho más seguro que llamarme a la oficina y, por supuesto, sin el riesgo de llamarme a casa y que alguien pudiese descolgar el supletorio. Aunque la verdad es que a mi casa, que era la de mis padres, sí me había llamado muchas veces antes). 
La cita estaba confirmada. Bastaba el dónde me recogería o dónde iríamos. Para eso esperaba su llamada. 
Tampoco me llamó el mismo sábado por la mañana. Pero yo seguí esperando.
Y comí en mi casa. E imagino que me arreglé algo más de lo habitual (aunque en esos años solía ir vestida como para acudir a cualquier evento sorpresa sin desentonar). Probablemente no dejé de mirar el teléfono en todo el día, que me lo llevé hasta al baño. 
No me fui muy lejos: cogí el bus como si fuese al trabajo, pero me quedé en el municipio de al lado. El que estaba entre mi lugar de residencia y mi trabajo y bien comunicado con el pueblo donde él vivía por entonces.
También lo decidí porque algunas veces me recogió allí, siquiera para pasar un rato juntos en su coche, algo de sexo antes de dejarme cerca de la oficina.
Hacía mucho calor.
No me llamó. 
Podría reconstruir calle por calle, escaparate por escaparate (casi todo de tiendas cerradas, horario de verano, fin de semana) aquellas horas. No me llamó. No me escribió. No dio señales de vida.
No era la primera vez que lo hacía, aunque... Aunque aquella tarde parecía que el plan era otro, más elaborado, porque me había insistido más de lo habitual (sabía que yo sí trabajaba los sábados por la tarde y que tenía complicado el 'inventarme' algo). 
Aquel veinticuatro de junio de dos mil decidí algo: buscaría un piso y me iría a vivir sola. 
No sé si aquella decisión tuvo algo que ver con su plantón, francamente. Pero sí que lo decidí mientras daba vueltas en aquel primer sábado de verano por una ciudad dormitorio casi desértica.
Esperé su llamada porque yo no podía llamarle al móvil. A esas alturas ya lo tenía prohibido. A esas alturas, ya me llamaba desde un número oculto. Su célebre paranoia.
Aquel veinticuatro de junio se cumplía, además, el noveno aniversario de la fecha en que nos habíamos conocido. Aunque ese detalle seguro que solo lo recordaba yo.

Pasaron días antes de que hablásemos (creo que me llamó él, a la oficina. Como si no hubiese pasado nada). Ni un reproche por mi parte (eso no podía hacerlo. A esas alturas, ya sabía que no podía hacerlo). Creo que le saludé con un 'hombre, el niño perdido...', creo que saqué el tema (sin reproches, siempre sin reproches) de que habíamos quedado y, en fin...
Esperé la explicación: seguro que a última hora su familia había cancelado el viaje. Seguro que finalmente una de sus hijas se quedó en casa para salir con las amigas. Seguro que se había presentado alguno de sus hermanos a hacerle compañía, sabiéndolo solo. Seguro que había surgido algo relacionado con el trabajo, algo completamente inaplazable. Seguro que...
No. Simplemente después de comer el vecino del chalet de al lado le había dado un toque desde su lado del jardín y, como le dijo que no tenía nada mejor que hacer, se quedó con él tomándose unas cervezas y viendo algún evento deportivo (de escasa importancia) por televisión. Sin más. 
Sí, claro que recordaba que había quedado conmigo. Pero... Por mi parte no hubo el menor reproche. 
Era normal. Todo eso era normal. Yo era yo. Él era él.
A esas alturas, yo ya no era nadie. Yo no volví nunca a ser la que era cuando él me conoció. Y desde aquello habían pasado nueve años.

Esa tarde decidí que me iría a vivir sola. No se lo comenté, lo supo meses más tarde, cuando ya tenía alquilado el piso donde aún vivo. 
Imagino que también decidí, en algún momento no sé si de esa tarde, cuando esa noche me echase a llorar sin entender qué había pasado, cuando hablé con él días más tarde y me dio su explicación..., en algún momento, digo, que no le iba a permitir volverme a hacer algo así. Ni a él, ni a nadie.
Esa tarde compré algo en una de las pocas tiendas que encontré abiertas. Un bolso de serraje azul que debe estar en el fondo de algún rincón del armario. Y un pequeño dragón azul de barro, plácidamente dormido. Único entre docenas de cosas de plástico en una tienda de regalos de esos tipo 'óscar al mejor profesor', 'delantal para el mejor padre cocinero'. No sé cómo llegó hasta allí, francamente.

Por supuesto, no fue la última vez que decidió pasar de mí aunque hubiese insinuado que tal o cual día podríamos vernos. Yo ni siquiera era el 'Plan B' en su vida, y ya lo sabía. Aunque cada vez que hablásemos y que planificase un encuentro, me lo creyera. Le creyera y creyera que le importaba y que de veras quería verme. 
Porque si a alguien no le apetece verte, ¿para qué va a proponerte nada, para qué hacer planes, para qué?

De aquella tarde, conservo muchas sensaciones. 
Pero no aprendí nada. Porque seguí tropezando en la misma piedra. Porque sigo creyéndome, cuando alguien me importa, que si me plantea que tal o cual día vamos a vernos, es que le apetece verme. 
Me lo creo de veras. Aunque sepa que no soy ni siquiera un 'Plan B', ni lo he sido nunca. Que soy y sigo siendo lo que fui para "M" aquel sábado de junio: algo tan prescindible que bastó que el vecino le propusiera tomarse una cerveza en el jardín para desestimar la idea de quedar conmigo. 

De aquella tarde también conservo el dragoncito dormido. 
Que me sigue produciendo mucha ternura. Aunque sé que, como el animal que representa, igual nunca existí. Y que a mi yo actual ya nadie va a rescatarlo de entre un montón de baratijas y cosas fabricadas en serie, porque importo lo mismo que todo ese plástico.
Porque ya pasó mi tiempo. Y el de los dragones. 

sábado, 30 de octubre de 2021

Sábado anodino.

 Primero pensé en ir antes de comer, como otras veces. Para estar en casa antes de las siete de la tarde.
De hecho, esta mañana (me levanté tarde, sin prisas, tras dormir como tantas noches: a sobresaltos y sueños cortos) hasta preparé antes de desayunar las hortalizas para el puré, para que fuesen cociéndose. 
Luego pensé que tampoco tenía tanta prisa, que podía comer algo mientras veía el informativo de mediodía y que ya me iría después de ver el parte meteorológico.
Tren hasta Villaverde, transbordo, tren hasta Sol. Quería ver el nuevo túnel subterráneo hasta Gran Vía, bajo Montera, pero he sido incapaz de entender dónde estaba (de hecho, mientras viajaba en el tren ha habido un momento de despiste tiempo-espacio, en que no era capaz de entender la dirección del convoy, teniendo como tengo el plano de Madrid en la cabeza...).
Metro hasta Príncipe de Vergara. Huesos de Santo en una de mis pastelerías favoritas, Viena Capellanes.
Suelo, desde hace nueve años, comprarlos en otra sucursal de la misma cadena, la de Génova-Alonso Martínez. Pero el año pasado se habían agotado y terminé yendo a la de Alcalá-Príncipe de Vergara..., así que he ido a ésta última directamente. 
Autobús en la misma puerta de Viena-Capellanes hasta la Gran Vía, parada frente al majestuoso edificio de Telefónica. Ése que se diría construido hace un año y que dentro de cinco cumplirá cien. La fachada mejor conservada de todo Madrid, que nunca se ha pintado, que se limpiaba con arena a presión y ahora se limpia con láser. Cosas de ser la sede de la primera empresa del país, supongo.
Buñuelos en San Onofre. Una diminuta pastelería escondida en una calle igual de diminuta, un local con mostrador de madera y lleno de exquisiteces. Dependienta encantadora a la que le ha gustado mi mascarilla estampada de catrinas, mascarilla que también han alabado otros clientes. Dos paquetes de buñuelos, uno de medio kilo y sin batata ni cabello de ángel. Otro de cuarto, surtidos y con batata y cabello de ángel. Regalo de un panellet, también delicioso. Todo en esa zona, una calle que va de Chueca a Malasaña en apenas tres portales de longitud, es bonito.
Fotos. Han vuelto a instalar la 'loba capitolina' en una de las azoteas de Gran Vía. Fotos también al templete de la Red de San Luis, réplica del que eliminó hace 50 años un alcalde gafe y que nos dejó como legado la horrible ubicación de la Torre de Valencia, rompiendo el paisaje de Madrid mirando desde Cibeles hacia el este.
Corto paseo por Gran Vía hasta Callao. Edificio Adriática en obras. Obras también en el maravilloso Cine Avenida, que fue la tienda más bonita que la cadena H&M tuvo en el mundo, respetando lámparas, escaleras de mármol, vestíbulo, frescos...y que probablemente los nuevos propietarios, mexicanos, ya habrán arrasado. 
Me hago un selfi ante la pared de azulejos blancos con dibujos azules que cubren la fachada del antiguo Palacio de la Música, parte de la Obra Social de la desaparecida Caja Madrid y que lleva más de 15 años sin utilidad. Y con un letrero, desde hace unos meses, que anuncia el inicio de las obras de rehabilitación...para 2021. Obras que no se ven, y solo quedan dos meses de este desconcertante año.
Visito la Fnac. Compro cuatro libros de bolsillo. Me preguntan como siempre si soy socia y respondo como siempre que no. Me regalan un comic sobre el cambio climático. 
Bajo a Sol. En realidad, he hecho tiempo a que se vaya haciendo de noche para ver la instalación de unos conejos gigantes, luminosos, que son una de las atracciones artísticas de la Fiesta de la Luz. Olvido que hay otra atracción luminosa en el cercano Palacio de Cibeles. Recuerdo que hay más en la Plaza Mayor, pero no me apetece acercarme.
Estoy cansada. 
Vuelvo a subir Montera para comprar unos donuts edición Halloween en una cafetería americana. Antes, entro en un Carrefour Express para comprar una bolsa de lechugas cortadas, para la ensalada de la cena. Me gustaba el suelo de Montera, de losetas tipo granito de diferentes colores. Ahora es una calle más con suelo de cemento más.
Otro selfi con el Templete del Metro y el Edificio Telefónica, de fondo.
Debo ser la única persona que se hace selfis con una cámara de fotos. No la cámara de un móvil: una cámara de fotos compacta.
Entro al metro con la idea de bajar Montera bajo tierra y llegar a la estación de Cercanías de Sol. La obra que iba a ser cosa de seis, ocho meses y que han sido casi cuatro años. 
Entiendo la obra y porqué cuando llegué, un par de horas antes a la estación de Sol, no di con la salida hacia el túnel peatonal. Era tan simple como salir por el otro extremo del andén.
Tren hasta Atocha. Trasbordo dirección sur de Madrid.

Esa ha sido mi apasionante tarde de sábado.
Tan apasionante como el relato, vamos. 
Pero es que ya no tengo que esperar a que me llame ni llamarle yo a la hora en que me dijo que estaría localizable y cerca del teléfono. 
Ya no. 
E igual tengo que destinar mis tardes de sábado a otras cosas. 
Cosas tan anodinas como lo descrito.

(Mi aspecto en el selfi de la Gran Vía, ante la bonita pared de azulejos blancos con ilustraciones azules no engaña. Aunque he sonreído a la cámara en las dos, tres fotos, aunque he mirado al objetivo intentando parecer alegre..., mi mirada no engaña. Pero ya da igual).

sábado, 10 de octubre de 2020

Es todo muy raro.

 Llevo toda la semana muy cansada. 

Anoche dormí fatal (creo que no es la única noche de esta semana en que he dormido mal, de hecho).
Me paso todo el día somnolienta, pensando en que perfectamente podría meterme en la cama y dejarme llevar (cuando estoy en casa, claro. O sea, ayer y hoy) pero luego me dan las tantas despierta y levantada. Ayer hasta me tomé una infusión de las que ayudan a dormir...y sí, me terminé quedando dormida en el sofá, pero cerca de la una de la madrugada. Y tampoco he dormido bien: tras trasladarme a la cama en torno a las tres, previo paso por el baño y dormir un rato, vuelvo a estar entresueños, vueltas en la cama, despertarme a las siete y pico, no conseguir dormirme agusto de nuevo...
Vivo entre sueños raros. Sueños raros de noche, rutina intranscendente de día. Y volver a los sueños raros.

A veces me duele el estómago. No ayer y hoy, sino toda la semana y tal vez en semanas pasadas. Y me da miedo a que no sea el estómago. Entonces analizo qué he podido comer que me haya podido hacer daño, con qué estoy obligando a mi hígado a trabajar más de la cuenta...
Algunos días me despierto especialmente hinchada. No sé, pero bien del todo sé que no estoy. 

Esta semana es festivo el lunes. Da igual: volvemos a estar confinados, no voy a ir a ningún sitio. Casi la novedad es ésa: precisamente por ser festivo el lunes, no voy a ir a ningún sitio (porque el tipo de confinamiento conlleva el no poder salir del municipio donde te encuentres). 

Es todo muy raro. Y yo estoy muy cansada. 

sábado, 29 de agosto de 2020

Último sábado del mes de agosto.

Semana rara, de ésas en que no pasa nada.
Semana que debería haber terminado mejor, pero en la que lo único reseñable fue otro 'aplazamiento sucesivo'. 
Y ya no sé si enfadarme o no por ello. Mejor dicho, ya no sé si eso me produce o no enfado (no con él. Con las circunstancias). Igual tras cerca de diez años me he acostumbrado, no sé. 

Segunda y última semana de vacaciones veraniegas de este año tan, tan sumamente extraño. 

Hace un rato tenía frente a mi terraza, en el cielo, ese cometa que lleva meses siendo visible a determinadas horas y en determinadas zonas...y que yo no había visto hasta hoy. Ahora veo una luminosa luna en pleno creciente y el planeta Júpiter, también grande y brillante. Iluminando el tejado de pizarra de el edificio estilo 'quiero y no puedo' que tengo enfrente.
Y anoche bajaron un poco las sofocantes temperaturas.
Y poco más que añadir. 

Último sábado del mes de agosto.
El lunes vuelvo al trabajo.
Y nada más.

martes, 25 de agosto de 2020

Casi escritura automática.

Algunos días me levanto con ganas de escribir y no sé bien porque al final no llego a hacerlo.
Igual porque tengo ganas y a la vez no. Porque de lo que realmente tengo ganas es de contar algo, de soltar lastre o basura mental y no exactamente de escribir. No sé, tampoco estoy segura de que esto sea así.
El caso es que pasan los días y no escribo. Y tampoco hago gran cosa en todo el día.

Estoy de vacaciones. Desde el lunes de la semana pasada hasta el viernes de ésta. Dos semanas. Vacaciones totalmente innecesarias. O igual no, igual más necesarias que nunca, pero no así. Porque mis vacaciones en este año tan raro no son otra cosa que estar dos semanas sin teletrabajar (aunque me he conectado tres veces al sistema, he resuelto alguna tarea más o menos pendiente y hasta he cerrado una venta, esta mañana, tras escribirme la clienta en cuestión ayer domingo) y sin poder ir a ningún sitio, ni quedar con nadie ni hacer ningún plan. Vacaciones innecesarias en un año que ha transcurrido entre el confinamiento y la cuarentena. Y que tiene todo el aspecto de volver a esa alternancia los próximos meses a tenor de lo que nos van avisando en los informativos.
Así que éste vuelve a ser un post casi de rutina o de compromiso.

Anoche dormí poco y mal. He pasado casi todo el día cansada y somnolienta (aunque la venta la cerré con normalidad y entusiasmo, al menos aparente). Tomándome un café a las diez y media, once, desayunando otro café y unas tostadas de pan de cereales con mermelada de arándanos a más de la una del mediodía, friéndome unas croquetas industriales a más de las cuatro de la tarde..., todo así. Y ahora son las dos y media de la madrugada y debería tener sueño, pero la verdad es que estoy desvelada. Y tengo mucho calor.
Y soy plenamente consciente de que esto es casi escritura automática. Escribir sin decir nada. 
Y no sé si es eso lo que quiero hacer.

O sí: sé que no es eso lo que quiero hacer. Pero como tantas cosas que hago sin realmente querer hacerlas...es lo que termino haciendo.

martes, 14 de abril de 2020

Lluvia de un 14 de abril.

El 14 de abril de 2010 también llovió.
No todo el día, sí a ratos breves. Dejando de llover a mediodía, volviendo a hacerlo por la tarde. Llovizna fina, de la que no merece el uso del paraguas.
Los días anteriores hizo buen tiempo. Primavera soleada. Aunque fue en marzo, mediados de marzo, cuando el tiempo fue más cálido.

El 14 de abril de 2010 terminé una etapa de mi vida. Y, a veces, he pensado que comencé otra. 
Hoy no estoy segura. De hecho, he dudado de ello en muchas ocasiones. 

La llovizna fina nos hace pensar, sentir, que no es necesario abrir el paraguas. 
Pero si te paras bajo ella durante un largo rato, terminarás empapada. 

Han pasado diez años. Y hoy, 14 de abril de 2020, no sé realmente cómo estoy.

sábado, 14 de marzo de 2020

Es todo tan extraño estos días...

Días raros. Cada vez más raros.
El viernes (ayer, para mí; anteayer para la fecha en que esto se publiqué) hubo un momento en que pensé que estaba viviendo la jornada más extraña de los últimos años. Y eso es mucha extrañeza, si tengo que hacer recuento de eso, mis últimos años de vida...


Volviendo hacia mi casa en un bus anormalmente vacío y bajo una luz vespertina extraña, con un calor de junio mientras el calendario decía que no estábamos ni a mediados de marzo, con el portátil del trabajo (y el cargador de éste, y un ratón inalámbrico, y unos cascos enormes) en la bolsa que cogí por la mañana para hacer la compra, con la compra en una bolsa de plástico del supermercado (el supermercado completamente abarrotado de gente que llenaban carritos de manera compulsiva y formaban una cola kilométrica que bordaba todo el establecimiento, quizá más de doscientos carritos con sus respectivos porteadores  y familia. Y sin darse cuenta de que en las 'cajas rápidas', las que usábamos quienes llevábamos la compra en una cesta, te cobraban en menos de cinco minutos), tras haber pasado por el banco a retirar el dinero para el alquiler (en previsión de que esta próxima semana ni siquiera estuviesen abiertos) y ser atendida por un cajero con mascarilla y guantes de latex, viendo colas de gente en la puerta de los estancos y barricadas a la entrada de las farmacias... Y una sensación como de sueño, de absoluta irrealidad...

No sé si mi nuevo trabajo me gusta o no. 
Quizá mi mente se está preparando para que todo termine antes de haberme acostumbrado. La actual situación del país (estado de alerta por el coronavirus, algo que roza con el estado de sitio a partir del lunes) no es la mejor para el tipo de empresa que es. Y el viernes también pensé que, al parecer y por las reacciones del personal, yo era la única que me estaba dando cuenta.

Me tengo que cuidar. Como siempre, me tomo completamente a la ligera todo lo relacionado con mi salud (o eso parece) pero soy consciente de que pertenezco a un grupo de riesgo. Yo no puedo enfermar porque no puedo tomar medicamentos.

Pero el lunes intentaré llegar al trabajo. Aunque me traje el portátil (en realidad, volví a por él estando ya en la calle, a punto de coger el bus) mi idea es seguir yendo a trabajar a la oficina. Así que atravesaré Madrid cargada con el portátil, el cargador, el ratón inalámbrico, el enorme casco telefónico... Un Madrid que intuyo fantasmal, con tiendas cerradas, con bares cerrados, con la gente caminado sin formar grupos y respetando el metro mínimo de distancia entre personas.

Raro. Todo es raro.

También intuyo que mi relación con él ya no existe.
Que estoy viviendo, o ya he vivido sin siquiera saberlo, los últimos días de esta relación que sólo me importó a mí. 
Que diez años son muchos, demasiados. Incluso cuando sólo para mí han sido eso, diez años, porque para él no sé lo que he sido (si he sido algo) ni si lo fui alguna vez.

Da igual. Es todo tan extraño estos días...

domingo, 1 de marzo de 2020

Ya es marzo. Y está lloviendo.

Terminó el bisiesto febrero. 
Un mes completito, largo y estresante. Porque aunque sea el mes más corto del año (aun teniendo ese día de más en este 2020), se me ha hecho muy largo.

Mes que he pasado a base de infusiones relajantes para dormir. Con dos entrevistas laborales interesantes (las ofertas. Las entrevistas fueron tan anodinas como lo son habitualmente) y una perfectamente olvidable. Con una analítica rutinaria de la que tendré resultados a mediados de mes y una prueba médica complementaria que me ha tenido en vilo...y que el mismo día en que me la hicieron me tranquilicé porque el resultado ya me dijeron que no era para nada alarmante. Controles cada seis meses y ya está.
Febrero que hace bisiesto a este año y que no me ha gustado nada.
Hoy ya es marzo.
Mañana, si no hay novedades completamente inesperadas, empiezo una nueva aventura laboral.

He de confesar que estaba bastante más ilusionada el día en que hice la entrevista de lo que estoy hoy. Me apetecía más la otra posible opción laboral, la de la entrevista que pasé un par de días después y para la que también me preseleccionaron...para no volver a saber nada de ellos tras unos psicotécnicos y la solicitud de algún contacto al que pedir referencias sobre mi perfil profesional. Me apetecía más porque el sueldo era algo más alto (eran más horas semanales), la empresa ya la conozco...y hasta tardaría unos diez minutos menos en llegar. Pero..., en fin: esto es lo que hay.

No estoy demasiado ilusionada. Incluso he tenido un par de momentos en que...sí, he estado tentada en enviar un correo y decir que no me podía incorporar. Pero no lo voy a hacer.
En octubre ya lo hice: me lo podía permitir (tenía por delante aún un año de subsidio de desempleo por cobrar). A finales de enero también lo hice: la oferta era buena, económicamente hablando, pero el horario no me convencía. Y pensé que aún tenía tiempo para írmelo pensando.

Tengo aún por delante ocho meses de 'paro' por cobrar. Pero no pienso agotarlo. Y, además, ya me ha bajado un poco la cantidad..., y ya no me compensa.

Pasa a ser el recurso, la red, por si vuelvo a quedarme sin trabajo. Lo que es y para lo que está pensado, en realidad.
Así que mañana me incorporaré a lo que seguramente será mi nuevo trabajo. 
Insisto: con pocas ganas. Y con poca ilusión.
Me hago mayor.

Está lloviendo. Siempre me ha gustado la lluvia, eso casi tan raro en una ciudad como Madrid. Pero preferiría que mañana no lloviese. Preferiría no tener que cargar con un paraguas, no tener que ponerme un calzado compatible con la lluvia. Preferiría empezar en este posible nuevo trabajo con buen pie, con el clima de primavera adelantada de los últimos días.
Pero no: está lloviendo.
Y yo me hago mayor.

Dos de marzo ya a estas horas de la noche. A unas horas de dejar de estar desempleada.
Pero con pocas, muy pocas ganas de trabajar.

domingo, 23 de febrero de 2020

Última semana de febrero. Y calor.

Semana muy complicada a la vista.

Analítica. Pruebas médicas (todo programado). No he tomado ni un solo lexatín: la caja sigue intacta. Pero me temo que dentro de una semana no seguirá en ese estado.


Probablemente, también, ésta sea mi última semana de este periodo de larguísimas vacaciones. El lunes de la próxima semana (no mañana, me refiero) ya debería estar trabajando.
Me han llamado de uno de los sitios que tenía pendientes de respuesta, tras las respectivas entrevistas. Si no me llaman del otro, no habrá nada más que decidir. Si me llaman...entraré en otro proceso, esta vez mental, de dudas.  Porque del que me han llamado es el que tiene el sueldo (inicialmente) más bajo de los dos y el que me pilla más lejos.  

No le voy a dar más vueltas: será lo que tenga que ser.
Me preocupa más el tema médico. Y tampoco quiero darle más vueltas.

Me despierto muy temprano, sin tener necesidad. Duermo mal. Un par de noches me he despertado en el sofá del salón cuando ya casi estaba amaneciendo. Y tras llevar horas en un duermevela raro, que es peor y más desconcertante: saber que te tienes que trasladar a la cama y no ser capaz de hacerlo...

Está haciendo más calor del normal en estas fechas. El invierno en Madrid siempre fue en febrero. Y hoy hemos alcanzado, y creo que sobrepasado, los 20ºC.
Y...
Y hay más cosas. Pero son más de las doce de la noche y estoy nerviosa y tengo sueño...

La infusión relajante y somnífera me espera en la cocina. 
Mañana será otro día. Último lunes de febrero.
Intentaré escribir otro poquito. Lo intentaré.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Coloreando mandalas en el reino de Morgana.

Se me había olvidado lo aburrida que era la televenta. El trabajo de televenta con automarcador.

Había olvidado lo aburrido que es. Lo alineante que es este tipo de trabajo. La sensación de 'qué hago aquí' que aparece (me aparece) a los pocos días. Sobre todo cuando en tu vida has hecho otras cosas, mucho más creativas, mucho más productivas también económicamente. Lo único positivo es el nulo esfuerzo intelectual. Porque para esto no hay que pensar: unos minutos antes del horario de comienzo oficial de tu horario laboral te conectas al aplicativo de automarcación, te pones los cascos-micrófono-teléfono, das a 'agente activo' a la hora en punto...y esperas que te vayan llegando las llamadas. El sistema marca por ti. Sólo tienes que codificarlas correctamente: 'no deja argumentar-no colabora', 'ya tiene otros seguros-tiene un producto similar con la competencia', 'ya es cliente' y alguna variante más dependiendo del producto. Y, si decide decirte que sí, leerle literalmente y sin el menor fallo (ni la menor aportación) un 'texto legal' y trasferirle a una locución (otro texto legal grabado) para que, al final, vuelva a repetirte que está de acuerdo y que va a comprar lo que le ofreces. Y pasar al siguiente en todos los casos.

La semana pasada ya me llevé los lápices de colores y hojas para colorear mandalas. Sí, esos dibujos de formas geométricas (también repetidas) que hace unos años consideraron que podían servir como terapia para adultos. Blocs de colorear sin salirse de las líneas, como cuando éramos pequeños en el parvulario o en las horas muertas en casa.
Coloreo mandalas a toda velocidad. Con lápices de colores 'plastidecor', que no hay que sacarles punta (es todo pintura). Al final les he encontrado utilidad a ese tipo de lápices de colores, que no sirven para dibujar otras cosas.
Y dejo pasar el tiempo, sin pensar en nada. 

Al menos, el lugar de trabajo (la 'plataforma de callcenter', que se llaman así este tipo de sitios de trabajo) está climatizada (sin chorros de aire helado o caliente), hay luz natural (si no está nublado y anochece pronto, como estos días), no hay moqueta (el suelo es de sintasol gris con alguna loseta naranja), la luz del techo no molesta excesivamente... Y el horario es bueno. Y el barrio me resulta de lo más familiar. 
Intento encontrar puntos favorables. Porque podía ser peor, siempre puede ser peor. 
Me lo estoy tomando como una especie de terapia, de transición hacia otro sitio. No sé cual, francamente.
Me lo estoy tomando como una forma de recordar cómo empecé en este sector. Como un reciclaje, después de haber hecho otras cosas al menos no tan repetitivas. Recordar los orígenes y recordar que se puede salir de estas ruedas. Que hay otras cosas (no necesariamente estupendas, pero otras).

Llevaba más de siete años sin trabajar como falsa teleoperadora (no sé porqué le llaman así, cuando no 'operamos', cuando es repetir y repetir y repetir lo que otros han malredactado para leerlo al teléfono y conseguir que alguien compre un producto infumable) con sistema de automarcación. 
Sé que no va a durar muchos días. Soy consciente de ello. 
Igual hay a quienes les alegra o les estimula o les hace feliz que les digan lo bien que hablan (a estas alturas alabanzas así me parecen patéticas: claro que hablo bien. Extraordinariamente bien si se me compara con la mayoría de quienes me lo dicen creyendo que esto me va a suponer un estímulo añadido). Que me digan que soy muy técnica, que me adapto a los interlocutores o que empleo un vocabulario muy rico. También me dicen que tengo una voz bonita (eso no es cierto y menos por teléfono y menos aún intentando 'convencer' a un cliente. Empleo a propósito un tono algo más agudo y una dicción, perfecta, eso sí, de locución de gran almacén..., pero no suena 'bonito'). Y me dan exactamente igual este tipo de halagos. Aunque los agradezco (finjo agradecerlos) igual que doy las gracias por cualquier comentario que me hagan los responsables o superiores, tanto de corrección como de felicitación. Sonrío y agradezco. Me despido con un 'hasta mañana' y un 'gracias por todo' cada día con mi mejor  sonrisa (fabricada para estos fines) y desconecto entre la visita al baño, el descenso en el ascensor de mecanismo hidráulico y la puerta giratoria del prefabricado y acristalado edificio de oficinas. Un edificio repetido en un parque empresarial de un polígono industrial a las afueras y frente a un barrio de fama marginal.

El mismo polígono donde he trabajado los últimos cuatro años y medio. El mismo polígono y en el mismo parque empresarial donde trasladaron las dependencias de televenta de la empresa donde trabajé hace 7 años, aquel traslado desde el centro de Madrid y que provocó el comienzo del fin de aquel proyecto.

Evidentemente, el mundo al final es muy pequeño. 
Y cíclico.
Y yo vuelvo a trabajar dando vueltas en la rueda del hámster, sin ir a ningún lado ni poder dejar de dar vueltas. Ocho horas al día de lunes a jueves, siete horas los viernes. Treinta y nueve horas a la semana. Convenio de telemárketing.

Había olvidado lo aburrido que es trabajar como televendedora con sistema de automarcación.
Y no puedo olvidar que se puede salir de esta rutina.
Y que tengo que hacerlo.
Y, para no pensar de más y hasta que sea capaz de ver la puerta correcta de salida, seguiré coloreando mandalas con plastidecores (sin salirme del trazo negro) en el arcoiris del reino de Morgana.

domingo, 27 de octubre de 2019

Miércoles de invierno, sábado veraniego. Otoño raro.

Semana rara. Muy rara.
Sin ganas ni de ponerme a escribir (más falta de ganas que de tiempo, lo admito). Muchas cosas pequeñas enlazadas y con lagunas en medio, pocas ganas de hacer nada. Hechos aislados que casi dan continuidad de rutina a lo que no lo es.
Últimamente tengo que pararme a pensar, cuando abro los ojos por las mañanas tras horas de sueños a rompicones, en qué día de la semana estoy. La falta de rutina laboral termina desembocando en cosas así de inquietantes.

Debería llevar dos semanas trabajando, pero tomé la decisión de no empezar (porque no lo veía nada claro y creo que no me equivoqué). Y eso ha conllevado seguir revisando durante largos ratos las página de ofertas de empleo, seleccionado, enviando algún currículum. Tengo 3 cosas 'pendientes' de respuesta por parte de las respectivas empresas, que ya me han entrevistado durante largos ratos (en uno de los casos, dos entrevistas en dos días distintos y espaciados; en el otro, una larguísima entrevista de tres horas con tres personas diferentes). Pero no me han dicho ni sí, ni no. Quiero pensar que porque, por las fechas en que estamos y considerando que esta semana hay un festivo (viernes) que antecede a un fin de semana, igual están esperando a eso, decirme algo con vistas a empezar el primer lunes de noviembre.
Aunque tampoco lo tengo claro al 100%, para qué negarlo.

Me siento cansada. Imagino que nunca volveré, tras mi enfermedad del año pasado, a estar igual, a estar como estaba antes de ese momento. 

El viernes pasado me pusieron la segunda dosis de la vacuna. Ayer tenía una sensación de sueño...que realmente tampoco quiero achacar a esa vacuna (aunque creo que cuando me pusieron la primera dosis, hace un mes, fue algo similar). Dentro de unos seis meses me pondrán el 'refuerzo' y ya quedaré inmunizada para algo que raramente podía pillar...pero que en caso de hacerlo directamente me mataría. Cosas raras.
Físicamente no me veo bien. Me siento hinchada (no sé si lo estoy). Creo que nunca me he visto tan fea. Me maquillo un poco para las entrevistas de trabajo: una crema con un poco de color (porque otra consecuencia de mi enfermedad del año pasado es que no he vuelto a recuperar mi blancura casi transparente. Nadie más lo nota, pero yo sí), rímmel, algo de perfilador en los párpados y carmín rojo. Me veo en algún espejo y parezco un payaso mal pintado. Tampoco soy capaz de hacer carrera de mi pelo, que ya llevo por la cintura, que debería cortar un poco...pero es como si perder algo, lo que sea, me pareciera una nueva derrota.

En esta semana rara me vuelve la sensación de estar dando vueltas sin llegar a ningún sitio, porque no hay ni meta ni destino al que llegar. 

Esta noche 'cambiaron la hora'. Ese proceso que se hace dos veces al año (marzo y octubre) buscando aprovechar mejor las horas de luz solar. Estos días atrás, como esporádicamente he madrugado algo para poder acudir a las entrevista de trabajo, he podido comprobar que casi eran las ocho cuando empezaba a amanecer. Y a las siete y media de la tarde, ayer mismo, ya era de noche. Hoy habrá amanecido sobre las siete de la mañana, pero empezará a anochecer a las seis y algo de la tarde.
Lo único que me gusta del verano es lo largos que son los días solares. 

Esta semana rara también lo ha sido climatológicamente hablando. El lunes refrescó y pronosticaban lluvia (no recuerdo que cayera ni una gota y a mediodía me sobraba la chaqueta de lana). El martes bajaron considerablemente las temperaturas. Tanto que, al llegar a casa por la tarde tras otra entrevista y ponerme cómoda con una de las camisetas grandes de algodón con las que duermo, tuve que buscar unos calcetines gordos y me puse sobre la camiseta un jersey viejo de algodón, porque estaba helada. Y sólo me apetecían bebidas calientes. Y el miércoles fue peor. Por la mañana, a primera hora, tenía otra entrevista (en el mismo polígono donde he trabajado los cuatro años y pico últimos. Y pude comprobar, de nuevo, cuan horrible es y qué poco me gustan los polígonos industriales). Lloviznaba y hacía frío. Subí andando, tras la entrevista, hacia el centro civilizado de la zona (la calle Alcalá de Madrid, en su tramo final) y seguí caminando algo más, calculo, de un kilómetro, para ver escaparates, tomar el desayuno en una cadena de cafeterías con establecimientos bonitos, comprar algo en un hipermercado, esas cosas, para finalmente coger otro bus hasta Atocha y de ahí, el tren hasta el municipio del sur de Madrid donde vivo...y descubrir al llegar que la casa estaba helada y yo tiritando en ella. Y acabar con el mismo jersey viejo sobre la ropa que llevaba...y sintiendo igualmente frío (yo, que no soy para nada friolera).
Por la tarde, a última hora, pusieron a funcionar la calefacción centralizada del edificio. Y esa noche ya dormí sin la sensación de estar escondida entre un montón de ropa descolocada....que es en lo que se había convertido mi cama: las sábanas de satén con la colcha de crochet y la sobrecolcha de algodón y una manta encima y... Dormí en un lío similar, pero al menos sin tiritar.
Imagino que, también, estaba destemplada.

Ayer sábado a las cinco, cinco y media de la tarde, vi en varios termómetros del centro de Madrid marcar más de 30ºC. El miércoles no habíamos pasado de los 11ºC en ningún momento del día. 

Sé que todo este relato está bastante deslavazado. Pero son casi las doce del mediodía de un domingo de octubre y me cuesta creer que ya hayamos llegado a estas alturas del año. Y mi reloj interior no se cree la hora que marca el reloj (me pasaré así varios días, me cuesta adaptarme al cambio de hora). Y voy soltando cosas y sensaciones, sentada en el sofá sobre un cojín y con otro a la espalda y con el portátil sobre las piernas y los pies apoyados en el borde de la mesa baja.

Al menos, él está ya mejor. Y eso también me hace sentir mejor a mí. Y..., no sé, imagino que ya escribiré sobre esto en otro momento.

Domingo. Último domingo de octubre. Cielo absolutamente azul. 
Final de semana rara. Y sin un destino claro en la que empieza mañana.

domingo, 27 de enero de 2019

Eterno enero de 2019.

Este enero está siendo raro. Muy raro.Más malo que bueno, he de admitirlo. Y, sobre todo, muy largo. Se me está haciendo eterno. 

Cada día de por sí se me hace eterno, minuto a minuto. La hora y media de recorrido en transporte público para llegar desde mi casa al trabajo hace que, cuando llego, piense que hizo un siglo que me levanté de la cama (cuando hace dos horas y pico, únicamente). El tiempo allí se diría que no pasa y, lo que es peor, cuando pasa es sin que haga nada realmente de provecho. El camino de vuelta es igual de eterno. Incluso ha llegado a ocurrirme (cosa extraña) haber ido a comprar algo que necesitaba (o simplemente a ver ropa de rebajas) al salir del trabajo...y llegar a casa antes de las nueve, para ver el final de un concurso de la tele que sigo habitualmente. Y me ha resultado poco menos que increíble que el tiempo me haya cundido tanto...o se haya ralentizado de ese modo. 

Porque lo habitual es, que si hago el recorrido sin detenerme más allá de los transbordos y las incidencias en el tráfico, raro es llegar antes de las ocho. Que en una hora me haya dado tiempo a pasar por un par de tiendas tras haber cambiado la rutina calculada del transporte público, entrar en probadores, esperar cola para pagar, volver desde otras estaciones de metro o tren...es raro. Tiempo que de pronto se ha estirado como un chicle de los años 80.


Hace veintisiete días, cuatro semanas mañana, que empezó el año. Volví al trabajo el día ocho, por tanto, no llevo ni tres semanas seguidas de rutina laboral. Y me cuesta creerlo, de veras. El tiempo no puede ir tan, pero tan lento.Y tan aburrido.

El ambiente laboral llegó a estar tan sumamente enrarecido que costaba respirar. Bueno, quizás el término exacto no sea ése (allí siempre cuesta respirar: es lo que tienen los sitios sin ventilación cuyos aparatos de climatización se limpian poco y mal). Costaba hasta moverse. Todo era gente enfurruñada.  La incertidumbre laboral en que seguimos sumidos desde finales de año es cada día mayor (porque ni se hace nada, ni se deja hacer) y todo son rumores extraños que nadie sabe de dónde salen ni con qué motivos. Y que contribuyen a que el mal ambiente crezca y crezca, como un virus creando una epidemia.

Mi estado de salud tampoco es bueno. Cierto que ni siquiera me he resfriado (cuando en mi entorno todo son constipados, gripes, gastroenteritis y similares), pero siento que no estoy bien. Imagino que porque no estoy agusto con lo que hago. 
Igual debería hacer algo (empezar a moverme para encontrar otro trabajo, por ejemplo) pero la propia inestabilidad de mi actual empresa me tiene en ese impass. Esperando a que ellos muevan ficha para tomar alguna decisión. Porque el riesgo de, vale, encontrar algo que me parezca mejor (lo que conllevaría entrevistas de trabajo y tal, cogiendo días a cuenta de vacaciones) es que al irme voluntariamente de la empresa en que estoy lo haría renunciando a posibles indemnizaciones por despido (llevo casi cuatro años aquí. La cantidad en caso de despido no sería alta, porque no lo es mi sueldo base, pero algo me correspondería) y, lo que es peor: o dando un preaviso de 15 días (en mi empresa y por el peculiar cálculo de las horas trabajadas, 15 días son tres semanas) o renunciando a medio mes de sueldo. Y con el riesgo añadido de que si el nuevo hipotético trabajo no termina de funcionar (o sea, si me despiden en el periodo de prueba y no llego a los tres meses) ni siquiera tendré derecho a cobrar el paro.
Económicamente no me lo puedo permitir.


O sea, que no están las cosas para hacer experimentos. 
Cuando se cumplen años, o según se van cumpliendo, los miedos aumentan. En mi caso, las inseguridades.

Llevo dos semanas sin hablar con él. Las mismas que lleva enfermo. La garganta, su enfermedad crónica. La misma que nos ha hecho aplazar encuentros en los más de ocho años en que llevamos viéndonos con variable frecuencia.También llevo días sin saber nada de él (sin que me responda a los sms. Hace meses volví a la costumbre de enviarle besos de buenasnoches). 

Nunca dejará de preocuparme. Aunque sepa que en realidad no puede estar muy mal porque le cuidan...no puedo controlar del todo mi preocupación por él.Ni puede dejar, egoistamente, de echarle de menos.

Hoy ya es domingo. El último domingo del mes y mañana será el inicio de la última semana de enero. Y sé, desde ya, que no pasará nada importante y que el tiempo pasará, pero seguirá pasándome igual de lentamente.

El primer mes del año nunca se me había hecho tan eterno.