Llueve.
Tormenta meteorológica para finalizar una semana de calor sofocante. Una semana absolutamente agotadora.
La amenaza de otras tormentas sigue en el aire.
Y mi cansancio, mi hastío y mi sensación de que algunas cosas hace mucho que no van para ningún sitio cada vez son más grandes y más nítidas.
Igual debería decidirme, recuperar mi antigua capacidad para hacer las cosas con absoluta seguridad y pase lo que pase después. Y terminar lo que hace demasiado tiempo que está, en realidad, agotado.
Llueve torrencialmente. Los relámpagos iluminan el cielo.
Ojalá esta tormenta se lleve el calor, al menos unas horas. Ojalá se despeje el bochorno climático y pueda pensar más mayor nitidez.
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domingo, 25 de julio de 2021
Tormenta de julio.
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viernes, 9 de agosto de 2019
Esperando algo.
Quedó en llamarme el miércoles de la semana pasada para confirmarme la propuesta que me había hecho un rato antes, la tarde del último sábado de julio, y que consistía en venirse a pasar la noche conmigo el viernes. Confirmarme y que yo le confirmase si me era posible.
El martes ya me confirmó que no le era posible (no me llamó, ni me escribió: fue como respuesta a mi sms de buenasnoches). En ese mismo mensaje-respuesta me confirmó el aplazamiento al viernes siguiente. El de esta semana. Hoy.
Por descontado, ya no me llamó el miércoles.
No sé porqué aún, algunas veces, espero que lo haga cuando ha quedado en ello. No sé porqué lo espero, si sé que no lo hará.
Le llamé el viernes, tal como yo sí había quedado. Varios intentos, sin éxito. Le envié entonces un sms, como casi cada noche.
No suele responder mis sms de los viernes. No quiero hacer ninguna conjetura al respecto. Es una simple evidencia en la que un día reparé...y ya está.
El sábado yo tenía un compromiso familiar. Suelo hablar con él los sábados por la tarde (normalmente, porque le llamo yo. Alguna vez es él quien se adelanta..., o, más bien, quien devuelve la llamada que no ha podido atender). Lógicamente este sábado no lo hice y él ya sabía que sería así.
Le llamé el lunes. Por descontado, no atendió mis llamadas.
Le llamé el miércoles con idéntico nulo éxito.
Desde hace años, cada noche sigo enviándole un sms. De buenas noches. A estas alturas, absolutamente aséptico: hablamos del tiempo y poco más. En realidad, nuestras conversaciones telefónicas de unos meses a esta parte son también así. Hablamos del tiempo y me habla de cosas que no le van a comprometer de ningún modo. No me habla de él, no sé qué hace, qué piensa, qué siente.
Por descontado, no hay el menor indicio, resquicio, de algo que se pudiera interpretar como afecto, interés en mí. Absolutamente nada.
Hace tiempo que no me atrevo a insinuarle nada. Bueno, eso no es del todo cierto: hace tiempo que empecé a comprobar que si intento jugar con las palabras y el doble sentido, insinuarle algo, finge no darse por aludido y cambia de tema. Lo que sí dejé de atreverme es a emplear con él cualquier tipo de palabra cariñosa: para qué, si de tanto insistir en contarme que no le gusta que le hablen de determinado modo acabé por entender que también se refería a mí.
Como también se refería a mí y me incluía cuando me contaba que no le gusta que le toquen. Por ejemplo.
Cuando se está...o se cree estar, manteniendo una relación que incluye sexo con otra persona, que te cuenten cosas como ésa, 'no me gusta el contacto físico', ni siquiera te paras a pensar que te esté incluyendo en lo que es el resto del mundo que puede tocarle de algún modo. Hasta que un día se te cae el velo de los ojos, encajan de golpe todas las piezas del puzzle (ése que realmente no quieres terminar, aunque tengas claro dónde encaja cada pieza) y entiendes que te lo está contando por algo. Y aunque te cueste creerlo...o admitirlo... es así.
Ayer esperaba algo. Una llamada. Un mensaje. Algo.
Algo que confirmase nuestra cita de hoy. Algo que la cancelase, la aplazase. Algo. Porque en toda la semana no ha vuelto a mencionarla. Porque no he podido hablar con él (directamente no me coge el teléfono, para qué vamos a andarnos con eufemismos o excusas, por mucho que me las crea cuando me las dice).
Por descontado ni me llamó ni me escribió.
Para qué, si soy yo con quien teóricamente había quedado. Si soy yo, más que habituada a cancelaciones, aplazamientos, propuestas para ir a esperarle y vernos un rato que ignora, sms que no responde, llamadas que no atiende. Que para tocarle y pretender que me toque tenemos que estar solos y tengo que darle tres cervezas, que termino con sentimiento de culpa durante días cuando viene a verme y al final se va más tarde de lo que tenía previsto y sé que le están esperando. Y mi sentimiento de culpa viene de saber le entretengo y cambio sus planes horarios, que le entretengo en la cama aunque sepa que no me va a tocar, pero yo a él sí.
Es imposible, objetivamente imposible, que me pueda dejar más claro su falta de interés en mí.
Y, sin embargo, me dice que podríamos quedar...y sigo haciéndome ilusiones. Y sigo esperándole.
Y me sigue doliendo su ausencia, su indiferencia.
Y sigo esperando algo. No sé ya el qué, si sé que no hay nada. Pero sé que el día en que deje de esperar desaparecerá de mi vida para siempre.
El martes ya me confirmó que no le era posible (no me llamó, ni me escribió: fue como respuesta a mi sms de buenasnoches). En ese mismo mensaje-respuesta me confirmó el aplazamiento al viernes siguiente. El de esta semana. Hoy.
Por descontado, ya no me llamó el miércoles.
No sé porqué aún, algunas veces, espero que lo haga cuando ha quedado en ello. No sé porqué lo espero, si sé que no lo hará.
Le llamé el viernes, tal como yo sí había quedado. Varios intentos, sin éxito. Le envié entonces un sms, como casi cada noche.
No suele responder mis sms de los viernes. No quiero hacer ninguna conjetura al respecto. Es una simple evidencia en la que un día reparé...y ya está.
El sábado yo tenía un compromiso familiar. Suelo hablar con él los sábados por la tarde (normalmente, porque le llamo yo. Alguna vez es él quien se adelanta..., o, más bien, quien devuelve la llamada que no ha podido atender). Lógicamente este sábado no lo hice y él ya sabía que sería así.
Le llamé el lunes. Por descontado, no atendió mis llamadas.
Le llamé el miércoles con idéntico nulo éxito.
Desde hace años, cada noche sigo enviándole un sms. De buenas noches. A estas alturas, absolutamente aséptico: hablamos del tiempo y poco más. En realidad, nuestras conversaciones telefónicas de unos meses a esta parte son también así. Hablamos del tiempo y me habla de cosas que no le van a comprometer de ningún modo. No me habla de él, no sé qué hace, qué piensa, qué siente.
Por descontado, no hay el menor indicio, resquicio, de algo que se pudiera interpretar como afecto, interés en mí. Absolutamente nada.
Hace tiempo que no me atrevo a insinuarle nada. Bueno, eso no es del todo cierto: hace tiempo que empecé a comprobar que si intento jugar con las palabras y el doble sentido, insinuarle algo, finge no darse por aludido y cambia de tema. Lo que sí dejé de atreverme es a emplear con él cualquier tipo de palabra cariñosa: para qué, si de tanto insistir en contarme que no le gusta que le hablen de determinado modo acabé por entender que también se refería a mí.
Como también se refería a mí y me incluía cuando me contaba que no le gusta que le toquen. Por ejemplo.
Cuando se está...o se cree estar, manteniendo una relación que incluye sexo con otra persona, que te cuenten cosas como ésa, 'no me gusta el contacto físico', ni siquiera te paras a pensar que te esté incluyendo en lo que es el resto del mundo que puede tocarle de algún modo. Hasta que un día se te cae el velo de los ojos, encajan de golpe todas las piezas del puzzle (ése que realmente no quieres terminar, aunque tengas claro dónde encaja cada pieza) y entiendes que te lo está contando por algo. Y aunque te cueste creerlo...o admitirlo... es así.
Ayer esperaba algo. Una llamada. Un mensaje. Algo.
Algo que confirmase nuestra cita de hoy. Algo que la cancelase, la aplazase. Algo. Porque en toda la semana no ha vuelto a mencionarla. Porque no he podido hablar con él (directamente no me coge el teléfono, para qué vamos a andarnos con eufemismos o excusas, por mucho que me las crea cuando me las dice).
Por descontado ni me llamó ni me escribió.
Para qué, si soy yo con quien teóricamente había quedado. Si soy yo, más que habituada a cancelaciones, aplazamientos, propuestas para ir a esperarle y vernos un rato que ignora, sms que no responde, llamadas que no atiende. Que para tocarle y pretender que me toque tenemos que estar solos y tengo que darle tres cervezas, que termino con sentimiento de culpa durante días cuando viene a verme y al final se va más tarde de lo que tenía previsto y sé que le están esperando. Y mi sentimiento de culpa viene de saber le entretengo y cambio sus planes horarios, que le entretengo en la cama aunque sepa que no me va a tocar, pero yo a él sí.
Es imposible, objetivamente imposible, que me pueda dejar más claro su falta de interés en mí.
Y, sin embargo, me dice que podríamos quedar...y sigo haciéndome ilusiones. Y sigo esperándole.
Y me sigue doliendo su ausencia, su indiferencia.
Y sigo esperando algo. No sé ya el qué, si sé que no hay nada. Pero sé que el día en que deje de esperar desaparecerá de mi vida para siempre.
domingo, 21 de enero de 2018
Despedidas conscientes.
Cerrando círculos. Despidiéndome de cosas.
Pocas veces tenemos la oportunidad de saber que estamos haciendo algo por última vez.
Estas navidades fui a despedirme del barrio donde le conocí.
El viernes hice, voluntariamente, el mismo recorrido que hacía cuando era parte de mi rutina semanal el quedar con él y acompañarle en el regreso a su barrio.
La primera acción no fue algo planeado. En mi lista de 'regalos que tengo que comprar para Reyes' había un objeto que momentáneamente no sabía dónde iba a conseguir, y que recordé tenían en una tienda de ese barrio. En las 'pausas de la comida', durante dos años y algo, no había muchas más cosas que hacer que dar una vuelta calle arriba, calle abajo, y ver los escaparates de las pocas tiendas de la zona. La verdad es que más allá de alguna chuche en uno de esos ultramarinos chinos, pipas en el herbolario, patatas fritas en una tienda específica para ello o algún bolígrafo en el bazar chino, no tuve demasiada relación con las tiendas de la zona..., y nunca compré nada en la que ahora recordaba como sitio donde comprar ese regalo...
Por descontado, la tienda estaba cerrada al no haber calculado bien el horario.
Y allí, a mediodía, me reencontré con el mismo paisaje. Las mismas tiendas. El mismo hipermercado al que algunos días me echaba una carrera para comprar algo que no tenía para la cena. El mismo bar con terraza, junto a la autoescuela, donde muchos viernes de la última etapa quedábamos para dedicar dos y hasta tres horas a tomar un par de cafés. El mismo edificio con antena.
Me gustó que no hubiese apenas gente por la calle, que prácticamente todos los locales estuviesen cerrados (creo que sólo estaba abierto el ultramarinos chino, además del hipermercado francés. Y los bares, claro). Me reencontré con la antena, ésa que sí sé que seguía en su sitio porque algunos días la diviso desde varios kilómetros de distancia, la busco con la mirada también algún día en que otro bus de mis variables sobre la rutina atraviesa el barrio. Me di cuenta de que hace seis años y medio que dejé de trabajar en la zona. Y de que prácticamente todo seguía exactamente igual.
Estaba nublado, pero sin nubes definidas, uno de esos días que a la vez son grises y luminosos de los eneros madrileños. Los árboles apenas conservaban hojas. La supuesta zona ajardinada de la acera de enfrente al 'Edificio' seguía igual de abandonada: una especie de ligero terraplén con algún arbusto.
Me hice un par, o tres, o más, de autofotos con la cámara.
Hice el mismo recorrido de vuelta de tantas noches, hasta la parada del bus de la calle paralela.
Y desde allí, me acerqué a la boca de metro más cercana, que no pertenecía para nada a la rutina de aquellos días. Y continué mi día de compras.
No creo que tenga nunca motivos para volver a pisar esas calles.
No fue una despedida consciente, pero sé que seguramente era la última vez.
El viernes pasado tampoco era consciente de lo que iba a hacer. No lo planifiqué.
Tras la segunda jornada de Convención Comercial de la empresa en que trabajo, el bus que cogí para empezar el regreso a casa, con dos compañeros, me dejó en el intercambiador por el que paso todos los días (y por el que pasamos, seguro, casi todos los que no empleamos el vehículo propio para desplazarnos). Y me di cuenta de que eran poco más de las cuatro de la tarde, quizá ya cerca de las cinco, y no tenía nada concreto en mis planes. Y se me ocurrió de pronto..., o igual ni eso. Simplemente, continué el trayecto con una de mis compañeras (que viven en uno de esos municipios del extrarradio hasta donde ya también llega el Metro de Madrid y que, circunstancialmente, estaba usando este medio de transporte al tener averiado el coche), dándome cuenta de hacia dónde iba y dónde iba a terminar.
E hice el mismo recorrido, partiendo desde el mismo punto equidistante a los lugares de trabajo de ambos en que algunas veces quedaba con él. Y, aunque este viernes la compañía fuese otra, era el recorrido que hacía acompañada y para acompañarle.
Y me bajé en el punto de llegada de aquellos días. Y, algo más de dos años después, también todo seguía igual: el mismo otro edificio con antena, la mismas marquesinas de autobús, el mismo llamado 'intercambiador zonal', que no es otra cosa que un espacio en superficie donde se congregan media docena de cabeceras de línea de buses interubanos, el mismo supermercado alemán donde alguna vez entraba antes de coger el bus de regreso tras despedirme de él.
El entorno que sigue siendo parte de su rutina. De la rutina de la que decidió sacarme, primero con una explicación que me pareció lógica (por un tema circunstancial de cambio de horarios le iban a recoger al trabajo), luego con excusas, ahora sin explicación alguna.
Entré al supermercado, más por repetir lo que a veces hacía que por necesidad (trabajo muy cerca de un establecimiento similar). Fui a la misma marquesina donde cogía el mismo bus, que curiosamente también era la línea que me llevaba desde el barrio de mi otra despedida al mismo punto de llegada, la estación de Atocha. Otro sitio que forma parte de esta historia mía con él, ésta que sólo me ha importado y me importa a mí.
E hice el mismo recorrido de vuelta. Tan sola como lo hice siempre.
Creo que nunca viajé con él en esa línea de autobuses.
Mientras me 'despedía' del barrio donde le conocí y donde tantas noches esperó conmigo a que viniera mi autobús, entendí claramente porqué no quiere que vaya a esperarle cerca de donde trabaja, como hice tantas veces.
Mientras salía a la calle, sola desde la estación que fue mi punto de llegada el pasado viernes, creí darme cuenta de que siempre había salido a la calle acompañada por él. Y de pronto recordé que un día no fue así. Que me pidió que no saliera con él para que no nos viesen juntos, porque quizá le estaban esperando. Aquel día esperé a verle desaparecer escaleras arriba. Y salí por el otro acceso de la estación , el que está justo frente al supermercado y las cabeceras de línea de los autobuses. Sin mirar hacia donde podía estar.
Nunca supe porqué aquel día me pidió aquello.
A veces me he preguntado porqué accedí.
Y siempre me preguntaré porqué seguí quedando con él tras aquella noche.
Todas estas cosas ya dan exactamente igual. Creo que tenía que hacer ese recorrido sola, por última vez. Conscientemente por última vez.
Pocas veces tenemos la oportunidad de saber que estamos haciendo algo por última vez. Lo normal es que un día nos demos cuenta de que algo o alguien ha cambiado nuestra rutina y ya está. Yo no supe que la última vez que estuve con él en el barrio donde nos conocimos sería eso, la última.
Cuando me despedí de él la última noche, en el punto donde él cogía el último bus hacia su casa y yo me daba la vuelta y cogía otro para empezar mi recorrido de vuelta, tampoco podía imaginar que la siguiente semana ya no se repetiría aquello, ni antes de finales de año, ni todo el año que empezaría tres semanas después, ni todo el año siguiente. Y que empezaría otro año más y yo ya sabría claramente que no quería verme al salir del trabajo. Ni en ninguna otra ocasión.
Cualquier día, será el último en que hablemos por teléfono.
Y creo que ese día no seré consciente de que lo era. Y no podré repetir ese momento diciendo o diciéndome 'es la última vez que hablamos'.
Igual por eso he hecho estos dos recorridos que eran parte de mi rutina con él, para saber que eran los últimos e, igual, sacar su presencia permanente de esos paisajes. Quizá, como parte de mi personal periodo de duelo.
Y he hecho esos recorridos sin pizca de nostalgia y en dos momentos en que no existía la más remota posibilidad de encontrármelo.
O, casi más exactamente, de que él se encontrase conmigo.
Pocas veces tenemos la oportunidad de saber que estamos haciendo algo por última vez.
Estas navidades fui a despedirme del barrio donde le conocí.
El viernes hice, voluntariamente, el mismo recorrido que hacía cuando era parte de mi rutina semanal el quedar con él y acompañarle en el regreso a su barrio.
La primera acción no fue algo planeado. En mi lista de 'regalos que tengo que comprar para Reyes' había un objeto que momentáneamente no sabía dónde iba a conseguir, y que recordé tenían en una tienda de ese barrio. En las 'pausas de la comida', durante dos años y algo, no había muchas más cosas que hacer que dar una vuelta calle arriba, calle abajo, y ver los escaparates de las pocas tiendas de la zona. La verdad es que más allá de alguna chuche en uno de esos ultramarinos chinos, pipas en el herbolario, patatas fritas en una tienda específica para ello o algún bolígrafo en el bazar chino, no tuve demasiada relación con las tiendas de la zona..., y nunca compré nada en la que ahora recordaba como sitio donde comprar ese regalo...
Por descontado, la tienda estaba cerrada al no haber calculado bien el horario.
Y allí, a mediodía, me reencontré con el mismo paisaje. Las mismas tiendas. El mismo hipermercado al que algunos días me echaba una carrera para comprar algo que no tenía para la cena. El mismo bar con terraza, junto a la autoescuela, donde muchos viernes de la última etapa quedábamos para dedicar dos y hasta tres horas a tomar un par de cafés. El mismo edificio con antena.
Me gustó que no hubiese apenas gente por la calle, que prácticamente todos los locales estuviesen cerrados (creo que sólo estaba abierto el ultramarinos chino, además del hipermercado francés. Y los bares, claro). Me reencontré con la antena, ésa que sí sé que seguía en su sitio porque algunos días la diviso desde varios kilómetros de distancia, la busco con la mirada también algún día en que otro bus de mis variables sobre la rutina atraviesa el barrio. Me di cuenta de que hace seis años y medio que dejé de trabajar en la zona. Y de que prácticamente todo seguía exactamente igual.
Estaba nublado, pero sin nubes definidas, uno de esos días que a la vez son grises y luminosos de los eneros madrileños. Los árboles apenas conservaban hojas. La supuesta zona ajardinada de la acera de enfrente al 'Edificio' seguía igual de abandonada: una especie de ligero terraplén con algún arbusto.
Me hice un par, o tres, o más, de autofotos con la cámara.
Hice el mismo recorrido de vuelta de tantas noches, hasta la parada del bus de la calle paralela.
Y desde allí, me acerqué a la boca de metro más cercana, que no pertenecía para nada a la rutina de aquellos días. Y continué mi día de compras.
No creo que tenga nunca motivos para volver a pisar esas calles.
No fue una despedida consciente, pero sé que seguramente era la última vez.
El viernes pasado tampoco era consciente de lo que iba a hacer. No lo planifiqué.
Tras la segunda jornada de Convención Comercial de la empresa en que trabajo, el bus que cogí para empezar el regreso a casa, con dos compañeros, me dejó en el intercambiador por el que paso todos los días (y por el que pasamos, seguro, casi todos los que no empleamos el vehículo propio para desplazarnos). Y me di cuenta de que eran poco más de las cuatro de la tarde, quizá ya cerca de las cinco, y no tenía nada concreto en mis planes. Y se me ocurrió de pronto..., o igual ni eso. Simplemente, continué el trayecto con una de mis compañeras (que viven en uno de esos municipios del extrarradio hasta donde ya también llega el Metro de Madrid y que, circunstancialmente, estaba usando este medio de transporte al tener averiado el coche), dándome cuenta de hacia dónde iba y dónde iba a terminar.
E hice el mismo recorrido, partiendo desde el mismo punto equidistante a los lugares de trabajo de ambos en que algunas veces quedaba con él. Y, aunque este viernes la compañía fuese otra, era el recorrido que hacía acompañada y para acompañarle.
Y me bajé en el punto de llegada de aquellos días. Y, algo más de dos años después, también todo seguía igual: el mismo otro edificio con antena, la mismas marquesinas de autobús, el mismo llamado 'intercambiador zonal', que no es otra cosa que un espacio en superficie donde se congregan media docena de cabeceras de línea de buses interubanos, el mismo supermercado alemán donde alguna vez entraba antes de coger el bus de regreso tras despedirme de él.
El entorno que sigue siendo parte de su rutina. De la rutina de la que decidió sacarme, primero con una explicación que me pareció lógica (por un tema circunstancial de cambio de horarios le iban a recoger al trabajo), luego con excusas, ahora sin explicación alguna.
Entré al supermercado, más por repetir lo que a veces hacía que por necesidad (trabajo muy cerca de un establecimiento similar). Fui a la misma marquesina donde cogía el mismo bus, que curiosamente también era la línea que me llevaba desde el barrio de mi otra despedida al mismo punto de llegada, la estación de Atocha. Otro sitio que forma parte de esta historia mía con él, ésta que sólo me ha importado y me importa a mí.
E hice el mismo recorrido de vuelta. Tan sola como lo hice siempre.
Creo que nunca viajé con él en esa línea de autobuses.
Mientras me 'despedía' del barrio donde le conocí y donde tantas noches esperó conmigo a que viniera mi autobús, entendí claramente porqué no quiere que vaya a esperarle cerca de donde trabaja, como hice tantas veces.
Mientras salía a la calle, sola desde la estación que fue mi punto de llegada el pasado viernes, creí darme cuenta de que siempre había salido a la calle acompañada por él. Y de pronto recordé que un día no fue así. Que me pidió que no saliera con él para que no nos viesen juntos, porque quizá le estaban esperando. Aquel día esperé a verle desaparecer escaleras arriba. Y salí por el otro acceso de la estación , el que está justo frente al supermercado y las cabeceras de línea de los autobuses. Sin mirar hacia donde podía estar.
Nunca supe porqué aquel día me pidió aquello.
A veces me he preguntado porqué accedí.
Y siempre me preguntaré porqué seguí quedando con él tras aquella noche.
Todas estas cosas ya dan exactamente igual. Creo que tenía que hacer ese recorrido sola, por última vez. Conscientemente por última vez.
Pocas veces tenemos la oportunidad de saber que estamos haciendo algo por última vez. Lo normal es que un día nos demos cuenta de que algo o alguien ha cambiado nuestra rutina y ya está. Yo no supe que la última vez que estuve con él en el barrio donde nos conocimos sería eso, la última.
Cuando me despedí de él la última noche, en el punto donde él cogía el último bus hacia su casa y yo me daba la vuelta y cogía otro para empezar mi recorrido de vuelta, tampoco podía imaginar que la siguiente semana ya no se repetiría aquello, ni antes de finales de año, ni todo el año que empezaría tres semanas después, ni todo el año siguiente. Y que empezaría otro año más y yo ya sabría claramente que no quería verme al salir del trabajo. Ni en ninguna otra ocasión.
Cualquier día, será el último en que hablemos por teléfono.
Y creo que ese día no seré consciente de que lo era. Y no podré repetir ese momento diciendo o diciéndome 'es la última vez que hablamos'.
Igual por eso he hecho estos dos recorridos que eran parte de mi rutina con él, para saber que eran los últimos e, igual, sacar su presencia permanente de esos paisajes. Quizá, como parte de mi personal periodo de duelo.
Y he hecho esos recorridos sin pizca de nostalgia y en dos momentos en que no existía la más remota posibilidad de encontrármelo.
O, casi más exactamente, de que él se encontrase conmigo.
sábado, 16 de diciembre de 2017
Sin gloria, pero con pena.
Estoy triste.
Las navidades no me han gustado nunca (creo que lo escribo todos los años por estas fechas). No me gustaban especialmente ni de cría. Miro hacia atrás y no recuerdo esas fechas con la supuesta magia que deben tener, con ésa que recuerda casi todo el mundo, esa magia que está en la niebla que envuelven los recuerdos de infancia... No eran unos días muy distintos a los de antes o después. Simplemente, había polvorones de limón y chocolate, turrón que terminaba derritiéndose en una bandeja de cerámica que tenía unos perros dibujados, un árbol de plástico con cosas colgando que no podíamos poner ni quitar porque se rompían (a mí me gustaba especialmente alguna bola roja con hendidura amarilla como de fuego, algún animalito blanco con algo de purpurina... Curiosamente, no podía tocarlas por si se rompían, y un día supe que terminaron todas en la basura en una mudanza, sin más ni más), una cinta de cassette de villancicos que alguna navidad no se puso por temas de fallecimiento de familiares que ni siquiera conocía... Sólo me gustaba el día de Reyes, más por 'querer creer' que por los regalos en sí (que ni siquiera elegía yo en plan 'Carta de Reyes'; se acordaba lo que iban a ser nuestros regalos, en plan 'sorpresa', supongo). Años más tarde, a la navidad se unió un Belén, y mis recuerdos incluyen cenas de huevos rellenos con mayonesa y chuletas de cordero que casi desayunábamos, más que comíamos, al día siguiente, porque siempre sobraba. Y espárragos blancos y piña de postre...
No sé. No me gustan las navidades. Años más tarde he contribuido a que los recuerdos de los demás sean mejores que los míos (al menos lo he intentado) y los días de Reyes eran una fiesta. Y los turrones y polvorones eran los mejores, y se incluyó el salmón ahumado, los volovanes de hojaldre rellenos de cosas, el sucedáneo de caviar, el queso roquefort y alguna delicatessen de andar por casa más. Pero eso tampoco mejora los recuerdos infantiles.
Y este año aun no ha llegado la navidad, pero yo ya estoy triste. Muy triste.
Hace semanas tengo la sensación de que todo se me está desmoronando alrededor. Que llevo mucho tiempo semienterrada en arenas movedizas, pero hasta determinado momento había asideros a los que agarrarme, y casi era divertida esa sensación de no poner salir del sitio. Y terminar convirtiéndolo en mi 'lugar de confort'.
Pero cada vez me queda menos a lo que agarrarme. Y soy consciente de ello. Y cuando ya no hay nada a lo que asirse, da igual que quieras huir porque no hay un punto de apoyo que te sirva como impulso.
Estoy muy cansada. Y estoy muy triste, aunque pretenda que no se note, aunque a veces parezca que estoy enfadada. Y mis enfados deben ser casi divertidos, porque me pongo de lo más sarcástica y eso a veces hace mucha gracia.
A estas alturas del mes, aun no he comprado ningún regalo de Reyes. Y me faltan cosas para completar la cena de navidad (en realidad, no, porque tenemos de todo y ya están comprados los turrones, algún entremés..., y la cena en sí ni la hago yo ni es en mi casa). Y lo peor es que no tengo ganas de nada.
Quedan 15 días para que se termine el año. Quince, con sus quince noches.
Esta semana es la última que trabajo (no sé si en lo que queda de año, o si 'la última' en una buena temporada: las cosas están complicadas. Mucho). Y a partir de ese momento ya no me quedará la excusa de estar tan cansada por las noches que tumbarme en el sofá quiera decir quedarme dormida. Y no llorar.
O no llorar apenas ninguna noche.
No creo que el año que viene sea mejor que éste, francamente. Pero mi único deseo ahora mismo es que por fin se acabe este 2017, que se va sin gloria. Porque pena si me deja, pena me ha ido dejando mucha, extendida a lo largo de los días de este año.
Las navidades no me han gustado nunca (creo que lo escribo todos los años por estas fechas). No me gustaban especialmente ni de cría. Miro hacia atrás y no recuerdo esas fechas con la supuesta magia que deben tener, con ésa que recuerda casi todo el mundo, esa magia que está en la niebla que envuelven los recuerdos de infancia... No eran unos días muy distintos a los de antes o después. Simplemente, había polvorones de limón y chocolate, turrón que terminaba derritiéndose en una bandeja de cerámica que tenía unos perros dibujados, un árbol de plástico con cosas colgando que no podíamos poner ni quitar porque se rompían (a mí me gustaba especialmente alguna bola roja con hendidura amarilla como de fuego, algún animalito blanco con algo de purpurina... Curiosamente, no podía tocarlas por si se rompían, y un día supe que terminaron todas en la basura en una mudanza, sin más ni más), una cinta de cassette de villancicos que alguna navidad no se puso por temas de fallecimiento de familiares que ni siquiera conocía... Sólo me gustaba el día de Reyes, más por 'querer creer' que por los regalos en sí (que ni siquiera elegía yo en plan 'Carta de Reyes'; se acordaba lo que iban a ser nuestros regalos, en plan 'sorpresa', supongo). Años más tarde, a la navidad se unió un Belén, y mis recuerdos incluyen cenas de huevos rellenos con mayonesa y chuletas de cordero que casi desayunábamos, más que comíamos, al día siguiente, porque siempre sobraba. Y espárragos blancos y piña de postre...
No sé. No me gustan las navidades. Años más tarde he contribuido a que los recuerdos de los demás sean mejores que los míos (al menos lo he intentado) y los días de Reyes eran una fiesta. Y los turrones y polvorones eran los mejores, y se incluyó el salmón ahumado, los volovanes de hojaldre rellenos de cosas, el sucedáneo de caviar, el queso roquefort y alguna delicatessen de andar por casa más. Pero eso tampoco mejora los recuerdos infantiles.
Y este año aun no ha llegado la navidad, pero yo ya estoy triste. Muy triste.
Hace semanas tengo la sensación de que todo se me está desmoronando alrededor. Que llevo mucho tiempo semienterrada en arenas movedizas, pero hasta determinado momento había asideros a los que agarrarme, y casi era divertida esa sensación de no poner salir del sitio. Y terminar convirtiéndolo en mi 'lugar de confort'.
Pero cada vez me queda menos a lo que agarrarme. Y soy consciente de ello. Y cuando ya no hay nada a lo que asirse, da igual que quieras huir porque no hay un punto de apoyo que te sirva como impulso.
Estoy muy cansada. Y estoy muy triste, aunque pretenda que no se note, aunque a veces parezca que estoy enfadada. Y mis enfados deben ser casi divertidos, porque me pongo de lo más sarcástica y eso a veces hace mucha gracia.
A estas alturas del mes, aun no he comprado ningún regalo de Reyes. Y me faltan cosas para completar la cena de navidad (en realidad, no, porque tenemos de todo y ya están comprados los turrones, algún entremés..., y la cena en sí ni la hago yo ni es en mi casa). Y lo peor es que no tengo ganas de nada.
Quedan 15 días para que se termine el año. Quince, con sus quince noches.
Esta semana es la última que trabajo (no sé si en lo que queda de año, o si 'la última' en una buena temporada: las cosas están complicadas. Mucho). Y a partir de ese momento ya no me quedará la excusa de estar tan cansada por las noches que tumbarme en el sofá quiera decir quedarme dormida. Y no llorar.
O no llorar apenas ninguna noche.
No creo que el año que viene sea mejor que éste, francamente. Pero mi único deseo ahora mismo es que por fin se acabe este 2017, que se va sin gloria. Porque pena si me deja, pena me ha ido dejando mucha, extendida a lo largo de los días de este año.
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martes, 24 de octubre de 2017
Posibles últimos capítulos.
Escribir siempre me ha sido una terapia.
Debería escribir para sacar de dentro la basura que me va llenando la cabeza y el ánimo. Lo sé. Pero suelo llegar tan cansada, tanto, a casa...que no me apetece escribir.
Además, he desarrollado la capacidad de desconectar en cuanto salgo por la puerta del edificio de oficinas en que trabajo. O, lo más tardar, en cuando cojo el bus...
No pienso, no recuerdo, no me preocupo. Pero eso tampoco hace que se me vacíe la cabeza de porquería.
Debería escribir. Volcar aquí lo que siento, como he hecho tantas otras veces.
Pero estoy muy cansada. Y muy sola. También en este mundo virtual.
Y ni siquiera sé si quiero seguir teniendo abierto este blog.
Debería escribir para sacar de dentro la basura que me va llenando la cabeza y el ánimo. Lo sé. Pero suelo llegar tan cansada, tanto, a casa...que no me apetece escribir.
Además, he desarrollado la capacidad de desconectar en cuanto salgo por la puerta del edificio de oficinas en que trabajo. O, lo más tardar, en cuando cojo el bus...
No pienso, no recuerdo, no me preocupo. Pero eso tampoco hace que se me vacíe la cabeza de porquería.
Debería escribir. Volcar aquí lo que siento, como he hecho tantas otras veces.
Pero estoy muy cansada. Y muy sola. También en este mundo virtual.
Y ni siquiera sé si quiero seguir teniendo abierto este blog.
martes, 28 de marzo de 2017
Finales de marzo.
Finales de marzo.
Pasando del calor del verano a la nieve en cosa de cuatro días contados, volviendo a la primavera, pasando por algo de lluvia y rachas de viento. Tiempo de primavera.
Primavera otra vez, finales de marzo de nuevo. Como cada año.
Y ya han pasado siete.
Y sé que debo dejar de llamarle y debo dejar de escribirle. Que él no va a volver a hacerlo hacia mí. Que en realidad nunca tuvo el menor interés en mi persona, que si yo no me hubiese empeñado hace siete años..., si no me hubiera creído lo que no pasaba por su parte de ser un cumplido, una frase hecha, un 'podemos quedar algún día' que repetiría a docenas de personas..., no habría pasado nada entre nosotros.
No voy a decir que he tardado siete años en darme cuenta, porque no es cierto. Hace tiempo que lo sé. He luchado contra esa evidencia durante años.
Pero la evidencia ha ganado. Ni siquiera puedo decir que él haya ganado, porque nunca jugó a nada.
Hace siete años que empezó todo. Otro finales de marzo.
Qué mejor fecha para que la última llamada sea eso, la última. Para dejar de escribirle mensajes. Para borrar sus números de teléfono de los míos (por suerte, no me sé de memoria esos números: si los borro, no podré recuperarlos). Para dejarle en paz de una vez.
Que mejor fecha para poner fin a lo que nunca debí dejar que empezase para mí. Para dejar, de una vez, de molestarle.
Pasando del calor del verano a la nieve en cosa de cuatro días contados, volviendo a la primavera, pasando por algo de lluvia y rachas de viento. Tiempo de primavera.
Primavera otra vez, finales de marzo de nuevo. Como cada año.
Y ya han pasado siete.
Y sé que debo dejar de llamarle y debo dejar de escribirle. Que él no va a volver a hacerlo hacia mí. Que en realidad nunca tuvo el menor interés en mi persona, que si yo no me hubiese empeñado hace siete años..., si no me hubiera creído lo que no pasaba por su parte de ser un cumplido, una frase hecha, un 'podemos quedar algún día' que repetiría a docenas de personas..., no habría pasado nada entre nosotros.
No voy a decir que he tardado siete años en darme cuenta, porque no es cierto. Hace tiempo que lo sé. He luchado contra esa evidencia durante años.
Pero la evidencia ha ganado. Ni siquiera puedo decir que él haya ganado, porque nunca jugó a nada.
Hace siete años que empezó todo. Otro finales de marzo.
Qué mejor fecha para que la última llamada sea eso, la última. Para dejar de escribirle mensajes. Para borrar sus números de teléfono de los míos (por suerte, no me sé de memoria esos números: si los borro, no podré recuperarlos). Para dejarle en paz de una vez.
Que mejor fecha para poner fin a lo que nunca debí dejar que empezase para mí. Para dejar, de una vez, de molestarle.
martes, 24 de enero de 2017
Vacío.
Y pasan los días e intento llenarlos de cosas. Para no pensar. Para no recordar. Para no preguntarme cosas. Para no tener tiempo para responderme a esas preguntas. Para no acordarme de cuánto tiempo hace que sé las respuestas y cuánto he pasado intentando engañarme.
Podría decir que no sé qué ha pasado, pero estaría mintiéndome de nuevo. Claro que lo sé.
Intento llenar los días de cosas, de rutinas y de inutilidades. Para llegar tan cansada a la noche que el sueño pese más que las ganas de lo que no tengo ni tendré nunca, y quedarme dormida. Y que no haya sueños. O que no los recuerde al despertar, porque no serán los que quisiera.
O porque sería peor que sí lo fueran, ahora que he tirado la toalla, que le he dejado ganar. Ahora que definitivamente sé que, sueñe lo que sueñe, no volveré a verle a mi lado al despertar.
Podría decir que no sé qué ha pasado, pero estaría mintiéndome de nuevo. Claro que lo sé.
Intento llenar los días de cosas, de rutinas y de inutilidades. Para llegar tan cansada a la noche que el sueño pese más que las ganas de lo que no tengo ni tendré nunca, y quedarme dormida. Y que no haya sueños. O que no los recuerde al despertar, porque no serán los que quisiera.
O porque sería peor que sí lo fueran, ahora que he tirado la toalla, que le he dejado ganar. Ahora que definitivamente sé que, sueñe lo que sueñe, no volveré a verle a mi lado al despertar.
sábado, 21 de enero de 2017
Veintiuno de enero.
Este año no pedí un deseo al soplar las velas de mi tarta de cumpleaños.
Tampoco se habría cumplido: por primera vez en mi vida no conseguí que todas se apagaran de un solo soplido.
Tampoco pedí un deseo con cada uva.
A decir verdad, olvidé que hubiese que hacerlo, que tuviera que hacerlo, en las dos circunstancias. Que en mi caso se dan seguidas: esa noche el postre de la cena es mi tarta. A continuación, siempre 'nos dan las uvas', literalmente.
Este año no hubo deseos. Pasé de un año a otro sin apenas darme cuenta. Como si no quisiera hacerlo. O como si ya lo hubiera hecho...no lo sé.
Terminé el 2016 y empecé el 2017 triste. Íntimamente, profundamente triste. Empezando un año sin planes, un futuro sin futuro.
Hoy sé, también, un motivo de esa tristeza, de esa sensación de catástrofe inminente. Íntima.
Hace tres, cuatro horas he hecho la cama con sábanas recién lavadas y recién planchadas. Mi dormitorio huele a lavanda, a jabón de lavar, al calor de la plancha sobre el hilo de algodón. He quitado la colcha de crochet, he puesto como sobrecama la que tiene unas flores raras amarillas salpicando la superficie marfil. He sacado el edredón.
Creo que hace mucho que no era tan consciente de mi soledad. De que dormiré sola. Probablemente cada una de las noches del resto de mi vida.
La semana que viene descoseré la funda de la almohada suplementaria, la vaciaré, lavaré, coseré de nuevo y meteré en su bolsa de plástico. Y guardaré en el armario pequeño, indefinidamente.
Quizá también para el resto de los días y las noches de nuestras respectivas vidas.
Ayer fue veinte de enero. Nunca fue una mala fecha para empezar una nueva vida.
Pero nunca pensé que un día pudiera serlo para dar por terminada la única que, de veras, me hubiese gustado que fuese la que llenase el resto de mis días. De ésos sin deseos ni planes, de ésos que me son tan ajenos que ya ni me importan.
Tampoco se habría cumplido: por primera vez en mi vida no conseguí que todas se apagaran de un solo soplido.
Tampoco pedí un deseo con cada uva.
A decir verdad, olvidé que hubiese que hacerlo, que tuviera que hacerlo, en las dos circunstancias. Que en mi caso se dan seguidas: esa noche el postre de la cena es mi tarta. A continuación, siempre 'nos dan las uvas', literalmente.
Este año no hubo deseos. Pasé de un año a otro sin apenas darme cuenta. Como si no quisiera hacerlo. O como si ya lo hubiera hecho...no lo sé.
Terminé el 2016 y empecé el 2017 triste. Íntimamente, profundamente triste. Empezando un año sin planes, un futuro sin futuro.
Hoy sé, también, un motivo de esa tristeza, de esa sensación de catástrofe inminente. Íntima.
Hace tres, cuatro horas he hecho la cama con sábanas recién lavadas y recién planchadas. Mi dormitorio huele a lavanda, a jabón de lavar, al calor de la plancha sobre el hilo de algodón. He quitado la colcha de crochet, he puesto como sobrecama la que tiene unas flores raras amarillas salpicando la superficie marfil. He sacado el edredón.
Creo que hace mucho que no era tan consciente de mi soledad. De que dormiré sola. Probablemente cada una de las noches del resto de mi vida.
La semana que viene descoseré la funda de la almohada suplementaria, la vaciaré, lavaré, coseré de nuevo y meteré en su bolsa de plástico. Y guardaré en el armario pequeño, indefinidamente.
Quizá también para el resto de los días y las noches de nuestras respectivas vidas.
Ayer fue veinte de enero. Nunca fue una mala fecha para empezar una nueva vida.
Pero nunca pensé que un día pudiera serlo para dar por terminada la única que, de veras, me hubiese gustado que fuese la que llenase el resto de mis días. De ésos sin deseos ni planes, de ésos que me son tan ajenos que ya ni me importan.
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sábado, 20 de diciembre de 2014
A quien nunca le gustó besarme.
Sigo mandando besos a alguien que no me quiere.
A veces me digo que es por costumbre. Que sigo llamándole y sigo enviándole un sms casi cada noche para saber como está, y que lo hago por costumbre. Por costumbre mía de hacerlo...y a veces quisiera creer que por costumbre suya de que lo haga. Pero sé que esto último es mentira.
En el mejor de los casos, le da igual. En el peor, le molesta que lo haga. Y cuando valoro la segunda opción me siento terriblemente egoísta. Y me digo que tengo que terminar con todo esto, con todo eso. Que debo dejar de llamarle y de escribirle. Y, por supuesto y por encima de todo, de empeñarme en verle.
También los últimos meses me han dejado eso muy claro: le da igual verme que no. O, peor: me digo que hay demasiadas pistas, demasiadas señales, demasiados detalles y alguna afirmación directa que me dicen que le molesta que vaya a verle. Esas frases sueltas de que le gusta volver solo en el metro a casa, por ejemplo. Esos avisos de que igual no salía a su hora, que no fuese..., y si finalmente he ido porque total, ya estaba cerca..., sí ha salido a la hora en principio prevista. Y si no he ido..., saber que luego no hubo ningún cambio de planes.
Siempre fue muy educado. Simplemente era una forma educada de indicarme que no le apetecía nada verme.
Este sábado me apetecía mucho verle, me apetecía pasar la noche con él. Bueno..., siempre me apetece verle, lo sé. Pero también tengo asumido que no puede ser...son ya muchos años de 'no poder ser' y tuve que asumirlo y ya está. Y sin embargo...
Sin embargo, muchas veces fantaseo. Y pienso que porqué no va a poder ser esta vez esa noche.
Me gusta mucho, también como hombre. Y hubo días en que me apetecía mucho tener sexo con él, días en que en teoría además era posible, días en que se había planificado con tiempo..., y luego no pudo ser. Y me tuve que aguantar y ya está. Y negarme a pensar que simplemente le había surgido otro plan. Porque en esas ocasiones normalmente me explicaba porqué la nueva cancelación sucesiva que yo me empeñé en llamar 'aplazamiento', y yo le creía y ya está. Nunca dudé de él, nunca. Siempre le creí, supongo que porque no pensé en ningún momento en algo tan sencillo como que pudiese ser mentira, que no le apeteciera verme o que de pronto le surgiera un plan mejor..., aunque a veces fue eso, y también lo sé, y lo sé porque disfrazándolo de otras cosas también me lo planteó así: 'este viernes, sábado, no..., pero te propongo un plan mejor: la semana que viene'. Y yo simplemente aceptaba, porque tampoco tenía más opciones. Porque la otra opción era no verle y ya está.
No me planteaba que esas cancelaciones realmente lo que conllevaban era que no le apeteciera estar conmigo. Y también sé que no me lo planteaba porque no quería hacerme más daño a mí misma.
Ahora 'libra' un sábado sí y otro no. He aprendido rápido que ésa es la teoría, porque creo que 'la práctica' es que 'libra' cada tres o cuatro semanas...
Hace dos semanas le propuse sutilmente que se viniera a pasar la tarde conmigo. A veces casi me reprocha que no le propongo nada..., simplemente no recuerda que durante meses fui yo quien propuso..., que muchas veces he sido yo quien 'ha propuesto'..., aunque ni siquiera yo quiera reconocerlo. Propuestas para tomarnos un café o para comer juntos, en los seis meses en que trabajé en el centro de Madrid, salía antes de las siete de la tarde (los viernes a las tres, el resto de los días parando de dos y media a tres y media); propuestas mucho antes de esos días, entre la broma y el coqueteo, para que se viniera a pasar la tarde a mi casa....'y luego ya veremos'. Hasta que llegó esa primera noche, tras aplazar durante semanas por su parte, y repetir que tras esa primera noche vendría una segunda... Y la segunda se aplazó, y...
Creo que desde ese día decidí que sería él quien propusiera y aplazase. Porque si era yo quien proponía y él quien aplazaba..., enseguida se terminaría el juego. No habría muchas propuestas más, no iba a seguir acumulando rechazos.
La teoría claro que era ésa. Es ésa.
Supongo que todos nos contamos mentiras para justificar lo que disgusta en la realidad que nos rodea.
Hoy tampoco nos hemos visto. Entiendo perfectamente que tiene planes familiares, claro que lo entiendo..., cómo podría no entenderlo, si he asumido desde hace años sus circunstancias personales y familiares, cómo no iba a entenderlo hoy que ni siquiera teníamos planificado vernos.
Por mucho que a mí me apeteciera. Y es que eso da igual. Ya ni se lo menciono.
Hace mucho que no me habla de sí mismo, de sentimientos. Nuestras conversaciones son monólogos por su parte sobre su trabajo. Y a mí me sirve, porque sé que es lo máximo que voy a obtener de él: de qué otra cosa le iba a hablar a alguien como yo, que nunca he pasado de ser su 'compañera de la izquierda durante los peores seis meses laborales de su vida'. Los peores seis meses que pasó en la empresa en la que hoy y desde hace casi dos años vuelve a trabajar, en la que llevaba años trabajando cuando le conocí, de la que yo salí hace tres años y medio y a la que no volveré nunca.
De qué sino me va a hablar, si para él no tenemos otra cosa en común.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Bueno, miento: hace cuatro semanas que no hablamos de sexo, porque hace cuatro semanas que durmió conmigo por última vez. Antes de esa semana, hacía mucho que no hablábamos de sexo.
Cuando precisamente eso, hablar de sexo, algo que se fue convirtiendo en un coqueteo mutuo tanto telefónico como en persona, era una de las peculiaridades de una relación que en principio no era sino la de dos personas que habían trabajado juntas y, de vez en cuando, hablaban por teléfono o quedaban para tomar un café. Cuando, tras esa primera noche, siguió siendo uno de los principales temas..., una especie de hilo que recorría veintitantos kilómetros cruzando de paso un río medio seco, mientras yo a oscuras daba vueltas en mi cama con su voz en el oído izquierdo.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Hace mucho que no me habla de nada que no sea su trabajo.
Hace mucho que dejó de proponerme cosas, que dejó de mirarme.
Y yo quisiera poder preguntarme qué hago con él...
No, no 'hago' nada con él, porque no está conmigo. Quisiera poder preguntarme qué hago dando vueltas a su alrededor, cuando no voy a obtener nada de lo que quisiera, quisiera poder preguntármelo y darme una respuesta. Otra respuesta.
Porque la única que me podría dar es que, simplemente, le quiero. Y me cuesta mucho empezar eso que sé que debo hacer, y que no es sino dejarle en paz, alejarme de él, de una vez.
Empezar por dejar de mandar besos a quien nunca le gustó besarme.
A veces me digo que es por costumbre. Que sigo llamándole y sigo enviándole un sms casi cada noche para saber como está, y que lo hago por costumbre. Por costumbre mía de hacerlo...y a veces quisiera creer que por costumbre suya de que lo haga. Pero sé que esto último es mentira.
En el mejor de los casos, le da igual. En el peor, le molesta que lo haga. Y cuando valoro la segunda opción me siento terriblemente egoísta. Y me digo que tengo que terminar con todo esto, con todo eso. Que debo dejar de llamarle y de escribirle. Y, por supuesto y por encima de todo, de empeñarme en verle.
También los últimos meses me han dejado eso muy claro: le da igual verme que no. O, peor: me digo que hay demasiadas pistas, demasiadas señales, demasiados detalles y alguna afirmación directa que me dicen que le molesta que vaya a verle. Esas frases sueltas de que le gusta volver solo en el metro a casa, por ejemplo. Esos avisos de que igual no salía a su hora, que no fuese..., y si finalmente he ido porque total, ya estaba cerca..., sí ha salido a la hora en principio prevista. Y si no he ido..., saber que luego no hubo ningún cambio de planes.
Siempre fue muy educado. Simplemente era una forma educada de indicarme que no le apetecía nada verme.
Este sábado me apetecía mucho verle, me apetecía pasar la noche con él. Bueno..., siempre me apetece verle, lo sé. Pero también tengo asumido que no puede ser...son ya muchos años de 'no poder ser' y tuve que asumirlo y ya está. Y sin embargo...
Sin embargo, muchas veces fantaseo. Y pienso que porqué no va a poder ser esta vez esa noche.
Me gusta mucho, también como hombre. Y hubo días en que me apetecía mucho tener sexo con él, días en que en teoría además era posible, días en que se había planificado con tiempo..., y luego no pudo ser. Y me tuve que aguantar y ya está. Y negarme a pensar que simplemente le había surgido otro plan. Porque en esas ocasiones normalmente me explicaba porqué la nueva cancelación sucesiva que yo me empeñé en llamar 'aplazamiento', y yo le creía y ya está. Nunca dudé de él, nunca. Siempre le creí, supongo que porque no pensé en ningún momento en algo tan sencillo como que pudiese ser mentira, que no le apeteciera verme o que de pronto le surgiera un plan mejor..., aunque a veces fue eso, y también lo sé, y lo sé porque disfrazándolo de otras cosas también me lo planteó así: 'este viernes, sábado, no..., pero te propongo un plan mejor: la semana que viene'. Y yo simplemente aceptaba, porque tampoco tenía más opciones. Porque la otra opción era no verle y ya está.
No me planteaba que esas cancelaciones realmente lo que conllevaban era que no le apeteciera estar conmigo. Y también sé que no me lo planteaba porque no quería hacerme más daño a mí misma.
Ahora 'libra' un sábado sí y otro no. He aprendido rápido que ésa es la teoría, porque creo que 'la práctica' es que 'libra' cada tres o cuatro semanas...
Hace dos semanas le propuse sutilmente que se viniera a pasar la tarde conmigo. A veces casi me reprocha que no le propongo nada..., simplemente no recuerda que durante meses fui yo quien propuso..., que muchas veces he sido yo quien 'ha propuesto'..., aunque ni siquiera yo quiera reconocerlo. Propuestas para tomarnos un café o para comer juntos, en los seis meses en que trabajé en el centro de Madrid, salía antes de las siete de la tarde (los viernes a las tres, el resto de los días parando de dos y media a tres y media); propuestas mucho antes de esos días, entre la broma y el coqueteo, para que se viniera a pasar la tarde a mi casa....'y luego ya veremos'. Hasta que llegó esa primera noche, tras aplazar durante semanas por su parte, y repetir que tras esa primera noche vendría una segunda... Y la segunda se aplazó, y...
Creo que desde ese día decidí que sería él quien propusiera y aplazase. Porque si era yo quien proponía y él quien aplazaba..., enseguida se terminaría el juego. No habría muchas propuestas más, no iba a seguir acumulando rechazos.
La teoría claro que era ésa. Es ésa.
Supongo que todos nos contamos mentiras para justificar lo que disgusta en la realidad que nos rodea.
Hoy tampoco nos hemos visto. Entiendo perfectamente que tiene planes familiares, claro que lo entiendo..., cómo podría no entenderlo, si he asumido desde hace años sus circunstancias personales y familiares, cómo no iba a entenderlo hoy que ni siquiera teníamos planificado vernos.
Por mucho que a mí me apeteciera. Y es que eso da igual. Ya ni se lo menciono.
Hace mucho que no me habla de sí mismo, de sentimientos. Nuestras conversaciones son monólogos por su parte sobre su trabajo. Y a mí me sirve, porque sé que es lo máximo que voy a obtener de él: de qué otra cosa le iba a hablar a alguien como yo, que nunca he pasado de ser su 'compañera de la izquierda durante los peores seis meses laborales de su vida'. Los peores seis meses que pasó en la empresa en la que hoy y desde hace casi dos años vuelve a trabajar, en la que llevaba años trabajando cuando le conocí, de la que yo salí hace tres años y medio y a la que no volveré nunca.
De qué sino me va a hablar, si para él no tenemos otra cosa en común.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Bueno, miento: hace cuatro semanas que no hablamos de sexo, porque hace cuatro semanas que durmió conmigo por última vez. Antes de esa semana, hacía mucho que no hablábamos de sexo.
Cuando precisamente eso, hablar de sexo, algo que se fue convirtiendo en un coqueteo mutuo tanto telefónico como en persona, era una de las peculiaridades de una relación que en principio no era sino la de dos personas que habían trabajado juntas y, de vez en cuando, hablaban por teléfono o quedaban para tomar un café. Cuando, tras esa primera noche, siguió siendo uno de los principales temas..., una especie de hilo que recorría veintitantos kilómetros cruzando de paso un río medio seco, mientras yo a oscuras daba vueltas en mi cama con su voz en el oído izquierdo.
Hace mucho que no hablamos de sexo. Hace mucho que no me habla de nada que no sea su trabajo.
Hace mucho que dejó de proponerme cosas, que dejó de mirarme.
Y yo quisiera poder preguntarme qué hago con él...
No, no 'hago' nada con él, porque no está conmigo. Quisiera poder preguntarme qué hago dando vueltas a su alrededor, cuando no voy a obtener nada de lo que quisiera, quisiera poder preguntármelo y darme una respuesta. Otra respuesta.
Porque la única que me podría dar es que, simplemente, le quiero. Y me cuesta mucho empezar eso que sé que debo hacer, y que no es sino dejarle en paz, alejarme de él, de una vez.
Empezar por dejar de mandar besos a quien nunca le gustó besarme.
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