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martes, 5 de enero de 2021

Carta a los Reyes Magos (pese a todo).

 Queridos Reyes Magos...
Sí: este año y pese a todo también hay Carta de Reyes. 'Pese a todo' porque cada vez escribo menos y más de tarde en tarde. Y 'pese a todo'...por lo que ha sido este último año, por todo lo que ha pasado desde la anterior 'Carta de Reyes'. Lo que ha pasado y lo que no ha pasado. Este año casi en blanco.
Pero, quizá también por algo de superstición, no puedo dejar de escribir mi carta.

Queridos Reyes Magos:
Si de algo estoy segura este año es de que no he podido ser mala. Aunque hubiese querido serlo (que no es afirmación ni declaración  de intenciones, sino hipótesis) no he tenido oportunidades. Y no precisamente por falta de tiempo...que qué os voy a contar a vosotros en relación a todo el tiempo para dedicárnoslo a nosotros mismos que este año hemos tenido todos, a nivel casi mundial.
No he sido mala. Y sí muy obediente. Me quedé en casa tras una semana de rebeldía, y llegó un momento tres o cuatro semanas más tarde que ya no me apetecía ni asomarme a la terraza. Salgo a la calle con mi mascarilla y mi gel hidroalcohólico. Evito las multitudes. Lavo la ropa tras cada uso (o al menos la pongo a ventilar cuando llego a casa). Y en todo lo demás...pues me porto bien. 
Como siempre, por otra parte. Hace muchos años que empecé a ser una niña obediente...y en ello sigo.
Por tanto, creo que merezco alguna de las cosas que os voy a pedir.
Bueno, no: lo primero es agradeceros que me trajerais lo que más falta me hacía: trabajo. Me trajisteis un buen trabajo (o al menos, de aspecto muy aceptable) justo, justito antes de que todo el desastre pandémico y precursor de confinamientos empezase. Y, aunque he estado dos meses, dos, en un erte total y con unos ingresos que...en fin, un mes aún no lo he cobrado, esa casualidad de firmar un contrato a principios de marzo hace que tenga trabajo a estas alturas. Porque de no haber sido así, ya tampoco tendría paro que cobrar. Por tanto: mil gracias por el regalo.

Este año...pues vuelvo a pediros trabajo. Mejor dicho: necesito ingresos económicos. Por tanto, mi deseo es que este trabajo se vuelva, por fin y de una vez, productivo. O que, en su defecto y si no es posible, me consigáis otro que sí me proporcione ingresos. Llevo año y medio tirando de ahorro personal para completar los gastos mínimos mensuales...y miedo me da ver el próximo extracto bancario. Necesito, por tanto, ganar dinero.
Ya sabéis que el esfuerzo laboral nunca me ha asustado. Simplemente quiero que se traduzca en lo que debe traducirse un trabajo: un sueldo acorde. 
Me gusta el horario del que tengo, el entorno, que tenga luz natural, todo eso. Y por ello vuelvo a agradecéroslo.
Por supuesto, también os pido salud. Que me mantengáis la que tengo y, a poder ser, no me deis otro susto como el del pasado mes de enero. Que luego quedó en nada...pero...

En realidad, este año me he vuelto muy, muy poco ambiciosa. 
Con el trabajo y la salud me conformo.
Como otros años, agradeceré no tener grandes gastos en casa: ya sabéis lo que me estresan las averías, las roturas inesperadas. No quiero que se me rompan las cosas, que se me estropeen los electrodomésticos, ni los equipos informáticos. No solo no me lo puedo permitir económicamente, sino que me estresan enormemente. 
Por tanto, también os pido que me siga durando este contrato de alquiler. Y que el pago a Hacienda de esta próxima primavera no sea muy terrible.

Y... Y como otros años, os agradezco y os pido que alguna mañana despierte a mi lado. 
En este año tan, tan complicado para todo, han sido dos noches. Que me debería parecer muy poco (en realidad, siempre me parecerá poco porque algo en mí sigue estando seguro de que quisiera despertarse a su lado cada mañana del resto de mi vida) pero con lo que ha sido este año..., que finalmente hayan sido dos noches me parece una barbaridad.
Este año mi deseo es, claro, más noches encontrando el calor de su cuerpo en mi cama, viéndole a mi lado al despertar. Sé que nunca será del todo..., pero me conformo. Y por eso sé que deberé renovar mi petición cada año, como pienso en él cada día.
Por supuesto, también pido salud para él. Me sigue preocupando mucho su salud.
Y también os pido salud y trabajo para los míos, claro.

Y..., y nada más, queridos Reyes Magos. Vosotros decidiréis si merezco algo más, que si es bueno será bien recibido.

Por descontado, os pido que termine de una vez esta pesadilla que llamamos pandemia. Que se acabe, que deje de faltar gente. Que podamos volver a tocarnos, a abrazarnos y perdamos el miedo. 
No voy a hablaros más de ello. Ya entendéis cual es mi deseo.
Y, como siempre, los deseos de paz mundial y todo eso que a veces suena a tópico...

Os dejo polvorones y mantecados, mermelada de arándanos, chocolate con avellanas, vino de Rioja y plátanos: podéis compartirlo con los pajes, aunque a éstos igual les gusta más la leche que el vino. Y para los camellos, que me gustan tanto,  heno, zanahorias, manzanas y todo el agua que quieran. Sabéis donde está: los alimentos virtuales son fáciles de encontrar. 

Poco más que añadir. Agradeceros de nuevo los regalos que me hacéis cada día. Incluso de los que no sois ni soy consciente, pero están ahí.
Abrigaos: dicen que se avecina la mayor nevada de los últimos años. Aunque, ahora que lo pienso...seguramente la nevada, si llega, será un regalo vuestro. Un detalle para este año en que no vais a poder dejaros ver por las calles de Madrid.

Agradecida y siempre vuestra, bruxana (o A. S. T.)

domingo, 5 de enero de 2020

Queridos Reyes Magos:

Queridos Reyes Magos...

Sí. Aunque cada vez escriba menos, aunque tenga varios post en 'deberes' (no están redactados, no están en borrador. Están sólo en mi cabeza y tengo como 'deberes' escribirlos y publicarlos. Aunque no sé cuando) la carta de reyes, mi 'Carta a los Reyes Magos' es algo ineludible.


Queridos Reyes Magos:
Este año ha sido tan extraño que no me ha dado tiempo a ser mala. Y, si lo he sido, ni me he enterado. En realidad, es que apenas me he enterado de cómo han ido pasando los días de este año, como se ha acabado tan pronto, como no he hecho nada significativo en él. Pero, como quiero ser positiva y ver el vaso medio lleno, diré que tampoco ha sido un mal año. Y que me habéis traído lo que os pedí hace un año. Salud, renovar el contrato de alquiler, rebajar la carga de trabajo (hasta el punto de quedarme en el paro antes de mediados de año) y..., sí, verle al despertar algunas mañanas. Y alguna larga conversación telefónica, también.
Las cosas malas he decidido olvidarlas, porque no han sido cosa vuestra, Reyes Magos.


¿Qué os pido para este año? Pues un buen trabajo, para qué decir otra cosa. Necesito que me ayudéis a conseguir un buen trabajo, algo que me resulte gratificante en todos los sentidos, que me guste hacer, que tenga un buen horario, y, claro, que tenga un buen sueldo. Ya, ya sé que es mucho lo que pido...pero es el regalo que quiero (y necesito) para este año.

Por lo demás..., necesito conservar la salud. El miedo no lo he perdido del todo, aunque disimule. Sabéis que tengo una revisión en unos días y, en fin... Que os pido salud. Que no quiero pensar en otras cosas.
También necesito mejorar mi aspecto físico. No voy a enumerar todo lo que no está bien y todo lo que no me hace sentir bien, porque supongo que ya sabéis a qué me refiero.

Aunque ya he renovado el alquiler, os pido conservarlo y no tener averías ni gastos derivados de éstas. Sabéis lo que me estresan esos temas. Aparte de que mi economía no está, precisamente, para gastos inesperados. 

Y... Sé que el año pasado os dije que no iba a pediros amor porque de eso tenía de sobra. Amor para dar. Y que no iba a pediros que me fuese correspondido...porque no creo merecerlo. Sin más. Sigo pensando así.

Sólo quiero seguir teniendo alguna de esas mañanas de amanecer a su lado, de abrir los ojos a media noche y sentir el calor de su cuerpo a unos centímetros del mío. En unos días hará nueve años que esas noches empezaron a ser mi regalo de Reyes preferido. Y en todo este tiempo he aprendido a no planificar nada, a conformarme con lo que haya en cada momento. Sólo le quiero alguna noche más, alguna más también en número a las de este año. Sólo eso.

Y..., y para él pido salud. Me siguen preocupando mucho sus frecuentes recaídas. Sé que está cuidado y controlado, pero no puedo evitar preocuparme,  mucho, por él.
Igual el amor es, también, eso.


Y..., y agradeceros que el karma, en algunos temas, haya funcionado. Solito. 
Aunque quedan cosas por hacer y por pasar.
También os pido que me echéis una mano para tomar la iniciativa y dar el primer paso para tener algunas conversaciones, recuperar a algunas personas, o dar carpetazo y sacar de mi vida para siempre a otras. 


Os pido en definitiva, que este año bisiesto y de transición entre décadas me ayudéis a reencauzar mi errática vida presente.

Para todo lo demás, y puesto que creo que he sido buena, caeremos en los tópicos: paz para el mundo, veranos no tan cálidos, que no llueva a destiempo pero tampoco deje de llover. Que la gente no sufra.
Y que el karma no deje de actuar.


Os dejo, como siempre, polvorones, pastelitos de gloria y mazapanes virtuales, leche, sidra y plátanos. Y si os apetece alguna otra cosa, echad un vistazo al frigorífico y serviros: hay algo de chocolate, salchichón ibérico y queso de cabra al pimentón. Y leche de soja con sabor a nuez, por si la normal de vaca no os gusta a vosotros o a los pajes. 
Para los camellos (esos bichos tan simpáticos) tengo heno, terrones de azúcar y agua fresca. A ellos no les digo que escojan otras cosas porque me temo que no son muy de caprichos. 

Poco más que añadir, Reyes Magos.
Agradeceros de corazón, nuevamente, los regalos que me dais cada día. Incluso los que no me he atrevido a pediros nunca. 

Nada más, Reyes Magos.
No paséis frío. Aunque..., que tontería: vosotros nunca pasáis frío, con esas capas de armiño que me lucís en los retratos.


Agradecida y siempre vuestra (y siempre, en esta noche, niña): 
bruxana (o A.S.T.)

viernes, 13 de diciembre de 2019

Trece de diciembre. Luna del frío.

Viernes por la noche. Hecha un ovillo con una manta, en el sofá. 

Esta mañana no me habría levantado de la cama. A no sé qué hora del ya amanecer (¿siete, siete y media, quizá ya ocho?) me he desvelado completamente. No me encontraba bien. En realidad, anoche volví a quedarme dormida en el sofá (ya cerca de la una, creo recordar) y habrá sido sobre las cuatro cuando me he trasladado al dormitorio. Al final me conseguí quedar dormida de nuevo, este amanecer, y cuando he vuelto a despertar eran más de las diez. Y he alargado el duermevela hasta más de las once.
Creo que sólo porque tenía que hacer una gestión en el banco me he decidido a levantarme: tenía que comprobar que no me encontraba físicamente mal, que desayunar con calma y que, ya cerca del mediodía, cruzar a efectuar la gestión mencionada. He seguido ese casi guión paso por paso. Y he alargado el paseo hasta una frutería cercana para evitar tener que salir por la tarde. Incluso para si no llego a salir mañana, tener ya comprado lo necesario para poder prepararme un puré de verduras.

No es exactamente malestar físico (aunque tampoco me encuentro bien del todo. Imagino que nunca volveré a estar lo que se puede considerar 'bien del todo', aunque mi última analítica tiene valores bastante normales). Es..., es algo más.
Algo de lo que tampoco consigo acabar de recuperarme.

Mi última 'aventura' laboral finalizó con el mes. Era algo esperable y tampoco lo echo de menos ni voy a darle más vueltas.
Ya escribiré sobre eso, supongo.

Trece de diciembre. En Escandinavia es la 'Fiesta de la luz', la jornada en que no viven en una noche permanente, el día en que tienen eso, unos segundos de luz solar. Además, luna llena. La 'luna del frío', según los calendarios indios. La última luna llena del año, que trae eso: mucho frío. 
Lo estamos teniendo. Días solares muy cortos y muy fríos.

Trece de diciembre.
Hecha un ovillo en el sofá, hasta hace un momento mirando la tele sin prestar demasiada atención, ahora mirando la pantalla del portátil que tengo sobre mi estómago mientras escribo esto prácticamente tumbada.  No suelo escribir así. Aunque el portátil sea eso, portátil como su propio nombre indica, lo tengo siempre en el mismo sitio (sobre la mesa de centro, en el extremo inferior izquierdo) y escribo sentada en el sofá y sin moverlo. Como si fuese un ordenador normal, de sobremesa. Costumbres, supongo.
El proyecto, los planes, eran otros. Para todo el día.
Quizá por eso, al cambiar los planes, he malgastado el día dedicándome a no hacer nada, a no ir a ningún sitio, a comer a deshoras y cosas digamos poco sanas. 

Y..., no sé.
Estoy acostumbrada a estos 'aplazamientos sucesivos', a estos cambios de planes por causas de fuerza mayor. Creo que en su momento...,hace años, me afectaban más. Creo que alguna de aquellas cancelaciones que yo llamo aplazamiento me llegó a afectar bastante. Imagino que con el tiempo me he ido acostumbrando. O que la mente se entrena para que las cosas previsibles dejen de doler...si en algún momento dolieron.
Vuelve a preocuparme más, mucho más, el hecho de que el aplazamiento sea por sus problemas de salud.
Me da miedo que un día ya me dé igual verle o no.
Me da miedo que llegue el día en que ya no desee estar con él, despertarme y verle a mi lado. Que me haya acostumbrado tanto a no verle que eso ya sea el estado normal de mi relación con él: hablar una vez por semana y no todas las semanas, verle tres o cuatro veces al año (cada año, menos) y casi solo si se viene a dormir conmigo, porque quedar con él para algo tan simple como tomarnos un café es también un lujo y algo que, si acaso, pasa una vez al año.

El año pasado le vi solo dos veces. En una nos tomamos un par de cafés mientras llovía y Madrid tenía una luz preciosa. En la siguiente comprobé que seguía deseando su cuerpo, que los trece meses y tres días transcurridos no habían cambiado eso, que abrir los ojos en la noche y verle y notarle a mi lado seguían haciéndome sentir la misma paz, la misma sensación de que todo estaba bien, la certeza de que podría pasar así el resto de mi vida. De que querría estar a su lado el resto de mi vida.

Y hoy, y de un tiempo a estar parte...

Tras tantos aplazamientos sucesivos este año, (en que al final ha pasado conmigo tres noches, casi dentro de la media de los últimos años), tras tantos periodos de semanas en que no llegábamos a hablar porque encadena periodos de enfermedad (que me preocupan mucho más que el sentimiento egoísta de querer tenerle a mi lado), me da miedo a estarme habituando a esa rutina.

Me da miedo a que un día sea yo quien diga que no, que tengo otro plan. Aunque ese plan sea, simplemente, quedarme en el sofá hecha un ovillo mientras como chocolate, miro la tele sin prestarle atención y lloro sin tener claro porqué lo hago.

domingo, 19 de mayo de 2019

Como voy a pretender importarle...

En ocasiones cuelgo el teléfono con ganas de llorar.
En ocasiones, de hecho, las tengo mientras hablo con él. 
Cuando noto claramente que mi llamada pasa a ser una molestia pasados los cinco primeros minutos de cortesía. Que me está dejando hablar, pero no tiene el menor interés en lo que le esté diciendo. Y no sé porqué no cuelgo yo.
Eso me lo pregunto luego, sintiéndome idiota. Porqué no cuelgo yo, sin más, Por qué sigo llamándole, cuando ya sé que muchas veces ni se molesta en cogerme el teléfono (y ya sin disimular). 

Le llamo porque me importa, porque necesito saber cómo está, porque necesito escucharle. Porque una relación es eso, y si uno de los dos no la mantiene mínimamente, desaparece. 

Cuando duerme conmigo, no cambio después las sábanas. Lo decidí el día en que noté que descubrir su olor en ellas la noche siguiente, de pronto y sin esperarlo, me tranquilizaba. Como me tranquiliza abrir los ojos y verle dormir a mi lado cuando está. Ese instante de 'todo está bien, todo está como tiene que estar' que me devuelve al sueño.

Sólo una vez las cambié cuando me quedé sola y lo decidí antes, procurando mancharlas aquella mañana. Una de aquellas mañanas en que despertar a su lado era sentir que todo estaba bien...y que eso dejase de ser así al rato, cuando terminaba sintiendo que no le gustaba que le tocase y que me dejaba claro que yo no le gustaba a él (hay cosas que no es necesario pronunciar. Hay actitudes. Hay momentos en que las actitudes no se pueden fingir. Mis despertares con él siempre fueron así de sinceros. Algunas mañanas sí le apetecí. De eso hace mucho). 

Este sábado, cuando me acosté de nuevo tras la noche anterior con él, estuve a punto de levantarme y cambiar las sábanas. O simplemente quitarlas y dormir sin ellas. O irme a dormir al sofá...
El olor de su piel en mis sábanas me dolía. Mucho. 

Me gustaba y me hacía daño. Me regresaba a mi decisión de esa mañana, cuando se levantó escapando de mis intentos de acariciarle y, simplemente, lo entendí sin más y me conformé. Decidí conformarme.

Hace mucho tiempo que sé que no le atraigo como mujer. Y lo entiendo perfectamente: yo tampoco me sentiría atraída por alguien como yo. Hace años que sé que no se va a decidir a tocarme hasta la tercera cerveza. Y hace mucho (instinto de supervivencia, imagino) que decidí incorporar ese detalle al propio juego de estar juntos y acabar en la cama. Pero cada vez es más indisimulable su falta de interés en mí. 

Hace mucho que esquiva cualquier insinuación de tipo sexual que le pueda hacer en una conversación telefónica, en cualquier mensaje telefónico de buenasnoches. Hace años era raro que en nuestras conversaciones no hubiese dobles sentidos (o sentidos muy claros). Incluso cuando no había nada entre nosotros más allá de un tonteo dialéctico, cuando ni se me pasaba por la cabeza que un día acabase desnudo en mi cama. 

Hace mucho que me evita y que me esquiva en ese sentido. 
Esta vez han pasado cinco meses (menos tres días) desde la última vez que nos vimos. Y esa última vez fue también así: pasó la noche conmigo.
En medio no hay nada. Claramente no tiene la menor intención de verme. 
Y yo a él sí. Y me siento una imbécil.

No cambié las sábanas. Creo que en algún momento pensé que evitar encontrar su olor en ellas me iba a doler aún más.

Cada día que le veo estoy segura de que será el último. 

Hace años que no soy yo quien decide cuando verle, sino que tengo que conformarme con aceptar su propuesta (cuando puede y quiere). Hace mucho que no puedo irle a ver tras salir del trabajo. Que si le insinúo que igual un día podemos quedar para, qué sé yo, tomar un café, sé que ni me va a contestar. Y ya, ya sé que no puede, que no dispone de su tiempo..., pero miro hacia atrás y también sé que cuando disponía más o menos de él nunca quiso que quedáramos para comer, por ejemplo. 

Me costó darme cuenta de que, simplemente, no quería verme demasiado. Y no quería correr el riesgo de que le pudieran ver conmigo. 
Son cosas tan básicas como eso.

Son muchos años. Hace casi diez que le conozco. Hace casi nueve que supe que quería seguir viéndole. Hace más de ocho que se quedó a dormir conmigo por vez primera.

Y en estos años me he ido acostumbrando a aceptar que todo sería renunciar a cualquier deseo, por simple que fuese. Que nunca me iría de vacaciones con él (ni siquiera un fin de semana, ni siquiera una escapada con regreso ese mismo día). Que nunca conocería su casa (tampoco tuve nunca ningún deseo de ello, lo confieso) por mucho que en un tiempo él llegase a planificar encuentros allí, por mucho que un par de veces me confesara (tras uno de aquellos encuentros brevísimos en que yo iba a esperarle a la salida del trabajo y le acompañaba hasta su destino en metro) que había estado a punto de decirme que le acompañase porque quería quitarme la ropa (a veces sí me decía esas cosas. En muchas de nuestras largas conversaciones había frases así). Que nunca conocería a nadie de su entorno personal. Esto tenía una explicación de lo más básica: yo no existía en su vida.

Un día decidí que quería hacerme un tatuaje y que querría que él lo dibujase (algo muy básico, por otra parte). Imagino que pensé que así siempre tendría algo suyo... Un día se lo insinué. Evidentemente no supe pedírselo. En esos momentos no se me ocurrió que para él fuera un encargo profesional.  No se me ocurrió pedirle presupuesto.

Sé que dibuja y que escribe. O eso quiero creer, que es verdad que lo hace. En casi diez años nunca he visto nada dibujado por él, no he leído nada más allá de su respuesta a algún correo. 

No tiene redes sociales (o, si las tiene, yo no tengo acceso a verlas). En tiempos sí tuvo cuenta en Fb. Un día le dije que prefería que el día en que decidiera entretenerme con sus fotos publicadas, quería verlas con él para que me las explicara (eran fotos de sus viajes). En algún momento eliminó la cuenta, creo que antes de ese momento me bloqueó el acceso...

Cuando empiezas una relación (porque lo mío con él tuvo muchos, pero muchos meses previos de irnos conociendo poco a poco, muchos días de trabajar juntos, muchas horas de teléfono, horas frente a un par de cafés, insinuaciones, tanteos..., no fue un arrebato de irnos juntos nada más conocernos, no fue conocernos sólo con el fin de irnos a la cama) piensas que esa persona ha decidido, como tú, empezar una relación porque le interesas, de algún modo. Y te puede la vanidad y te crees importante para esa persona.
Supongo que así empezó mi relación con él. Al menos, tras la primera noche juntos, que habíamos aplazado durante meses.

Hace años ya supe que yo no era la única. Luego supe que no era la más importante. Hoy sé que ni siquiera he sido nunca nada en su vida.
Cómo voy a pretender, con todo esto, pensar que siquiera le pueda gustar como mujer, que pueda tener cualquier tipo de deseo sexual cuando está conmigo...

domingo, 16 de diciembre de 2018

Semana agridulce.

Semana agridulce. Y en el justo orden del término.

La semana laboral ha sido una pesadilla. La misma pesadilla que lleva semanas siendo y cada vez es más intensa (incluso de puro aburrimiento). Un no-dar-vueltas para no llegar a ninguna parte, un no-dejar-de-girar en la rueda de la jaula del hámster, para terminar cansada y ver que no sólo sigues en el mismo sitio, sino que no dejas de estar encerrada.
A eso se sumamos un incipiente constipado (no creo que sea gripe porque ni va a más, ni remite pasados los cinco días de rigor). Aparte que la gripe es vírica y de todos es sabido que yo soy inmune a los virus (o al menos a esa conclusión llegaron los médicos que me trataron este verano y no supieron explicar qué había estado a punto de matarme. No es una frase hecha). Aunque no puedo (debo) tomar medicamentos, no he podido evitar tomar una aspirina esferverscente en el desayuno y antes de irme a dormir, con el correspondiente vaso de leche con miel en la toma nocturna. 
De momento no me ha matado. Ni la aspirina ni el resfriado.

Sé, no obstante, que no estoy bien. Llevo varios días sin apenas tomar agua. No tengo los ojos tan limpios como deberían estar. Varias veces me ha dolido (y algunos instantes, bastante) en un punto que debería identificar como el lugar donde tengo el hígado. Y el viernes por la mañana, en el trabajo, el 'tienes mala cara' fue formulado por varias personas: tenía ojeras, bolsas bajo los ojos y el ir con el pelo a su libre albedrío (la humedad me lo encrespa) y la cara lavada tampoco debió contribuir a mejorar el conjunto. 

Admito que ese 'mal aspecto' del viernes me vino estupendamente para avalar mi decisión de no acudir a la cena de navidad de la empresa. Evento que no me apetecía demasiado...y para el que tenía una alternativa personal que fue lo que terminó salvando mi semana, endulzando el final...

La noche del viernes al sábado apenas dormí (o casi debería decir que no dormí en absoluto, puesto que eran más de las cinco y casi las seis cuando me quedé dormida). Sin embargo, y pese a llevar despierta desde las seis y algo de la mañana, por tanto casi 24 horas, arrastrar el cansancio, el agotamiento y el hastío de toda la semana laboral, sumarle reuniones familiares poco agradables, añadir mi constipado, los retrasos, paros y huelgas en los transportes que no me queda más remedio que aguantar como parte de mi rutina diaria, la falta de tiempo que no me permite ni a ordenar mi espacio cotidiano..., pese a todo esto y más cosas, esa noche se me quitó todo el cansancio y me dieron más de las cinco y casi las seis perfectamente despierta y consciente y, posiblemente, siendo capaz de aguantar las horas que hubiesen podido venir después si me hubiera correspondido seguir despierta...

Un año, un mes y cuatro días después, volví a constatar que tenerle cerca me cura. Que el olor de su piel y el calor de su cuerpo cerca del mío me despierta y me tranquiliza a la vez.

Y que despertar a su lado, abrir los ojos y verle junto a mí, vuelve a hacerme sentir que todo está en su sitio, que todo vuelve a cuadrar, que ya no me rodea la basura ni el aire tiene tanta suciedad que me impide respirar. 

Aunque a estas alturas sepa que no es sino un espejismo, que en pocas horas todo volverá a la normalidad que aborrezco y al castigo que no sé porqué padezco y que componen mi vida cotidiana. 

Pero el momento en que estiro mi brazo para que mis dedos lleguen a su piel, en que acerco mi cara a su espalda y siento su calor y mis labios pueden rozarle, hace que se pare el mundo.

Y mi semana de mierda se convierte, finalmente, en algo agridulce. Como esa salsa de los restaurantes chinos que nunca sabré si de veras me gusta...pero que no puedo evitar añadir al arroz porque hay algo en ella inevitablemente adictivo.
Como soy, y lo sé, adicta a él.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Rutinas para sobrevivir.

Semana complicada nuevamente.

Cada domingo quiero pensar que la que empieza al día siguiente va a ser mejor. De veras lo pienso. Cuando salgo del trabajo los viernes por la tarde, desconecto. Intento olvidar todo lo que ha pasado, los malos rollos, el pésimo ambiente...y la verdad es que lo consigo. También porque durante el fin de semana evito tener el menor contacto con mis compañeros (nada de guasap si no es irremediable, nada de intercambio de comentarios en Facebook) y eso me permite mantener cada cosa en su sitio: el trabajo, de nueve a seis y los viernes hasta las cuatro; la vida real, antes y después de ese horario y lugar. Suele funcionar.

Cuento los días que faltan para vacaciones. Cosa rarísima en mí, a quien siempre estos temas me han tenido un tanto sin cuidado: si hay vacaciones, se aprovechan, pero sin obsesiones sobre cuándo serán (imagino que el haber estado durante años teniendo como 'vacaciones' una semana en agosto...en el mejor de los casos, no librar más que los jueves y viernes de semanasanta porque los sábados trabajaba, los primero de noviembre y el uno de mayo..y hasta en este último caso recuerdo haber trabajado uno, cambia bastante la actitud ante algunos temas). En el momento actual, cuento los días para los próximos festivos (el seis y el ocho de diciembre. El siete trabajo, por no haberme organizado bien el tiempo...y por haber tenido que coger un día de vacaciones por un tema de obras en casa, en el mes de junio). Y luego ya empiezo las vacaciones 'oficiales' el día 22 de diciembre...y hasta pasado el día de Reyes, no vuelvo. Gozada de vida.

El viernes 15 es la cena de navidad de la empresa. Por descontado, no voy a ir. A estas alturas ya me da igual si el resto de mis compañeros va a secundar la idea, si piensan no perdérselo, si pensaban ir y al final han decidido lo contrario..., porque de todo ha habido en las últimas semanas. Yo fui la primera en saber qué día sería (cosas raras que pasan...) y ya tenía decidido el 'no'. Me da igual si eso termina teniendo consecuencias: no pienso ir y punto.

No sé si el viernes siguiente, el último que trabajo, se hará el habitual 'desayuno' o 'brindis' de navidad en la oficina. También es un asunto que me trae completamente sin cuidado.

Otros años, como siempre en mi vida laboral, he sido 'la chica de las fotos'. Este año hasta es posible que me olvide la cámara..., aunque esté en mi bolso.

Estoy cansada y harta. Y no entiendo muchas cosas. Y no entiendo que me repercutan otras que no tienen absolutamente nada que ver conmigo, con mi actitud ante la vida y con el desempeño y resultado de mi trabajo.

En otro orden de cosas..., en el 'otro' orden de cosas, sigo echándole mucho de menos.

Está de vacaciones. Cosa de la que me alegro porque soy consciente de que necesitaba descansar.

Sé que no voy a verle. Nunca, estando de vacaciones, ha hecho el menor gesto por intentar verme (yo, cuando lo estaba y durante años, he ido a esperarle a la salida del trabajo, más bien a la llegada al metro, al menos un par de veces por semana) y ahora no va a cambiar esa actitud. Ahora menos que nunca.
El martes tiene que ir al médico. Nunca va a dejar de preocuparme esas cosas, aun sabiendo que no pasa nada, que en realidad no le pasa nada.

Le llamo. Hablamos. Habla y me gusta oír su voz. Desde que el sexo dejó de ser un tema presente en nuestras llamadas (de eso hace mucho, francamente) esas conversaciones no me provocan otras cosas. Simplemente me gusta oírle hablar. También me costó asimilar que no quisiera el menor comentario sexual en nuestras conversaciones, pero luego entendí que era normal que no lo quisiera cuando yo era alguien que no le ponía en lo más mínimo y terminé acostumbrándome. A veces..., alguna vez y alguna demasiado a menudo, digo algo con doble intención..., pero como noto que no se da por aludido o simplemente elude responderme, no insisto. Y ya está.

Creo que la razón por la que, hace más de siete años, vi que había 'algo' entre nosotros más allá de la simple amistad fue precisamente eso: las alusiones sexuales en nuestras conversaciones. Esa especie de pingpong dialéctico que no faltaba en ninguna llamada y que iba a más. Eso que me hizo ver que para algunas cosas podía ser como si fuese mi hermano..., pero, obviamente, con mis hermanos no hablaba de sexo...así que había algo más en todo aquello.
Ya no hay nada más.

Mi vida es madrugar para cruzarme Madrid e ir a pasar nueve horas en un sitio donde no quiero estar, y al que me liga la necesidad de cobrar una nómina que pague mis gastos, un sitio al que tardo en llegar más de hora y media y otro tanto para volver. Conseguir hablar por teléfono una, dos veces a lo sumo, por semana con alguien con quien podría haber pasado el resto de mi vida y a quien sé de antemano que no voy a ver más que si a él le cuadran todas sus cuentas para venir a pasar la noche conmigo (no hay más trato físico ni visual entre nosotros: estamos terminando noviembre y le he visto tres veces). Y dejar pasar los días con ese ritmo. Y de pronto me encuentro comprándome una crema para la cara que supuestamente es muy buena, y como más o menos me lo puedo permitir, me la compro. O un gel de ducha del que me gusta mucho el olor, y lo compro aunque su precio me daría para invertir en gel de otras marcas para tres años, aún sabiendo que sólo yo voy a oler mi piel. Y algunos días me pinto los ojos, aunque lo normal es no hacerlo, y sigo comprando barras de labios que no uso. Y estamos a menos de un mes para la Navidad, esos días que sigo sin entender del todo, y tendré que comprar productos y regalos para esas fechas porque eso es lo que se espera que haga, como he comprado lotería sabiendo que es un gasto absurdo y que nunca me va a tocar...

Mantener rutinas para seguir un engranaje. Sin más.

Me quedan menos años por delante de los que ya he vivido, incluso en el más optimista de los cálculos. Laboralmente, algo menos de veinte.

Rutina todo ello. Porque a estas alturas ya tampoco quiero esperar otra cosa. Seguir agarrándome a la rutina diaria para sobrevivir.

Y seguir esperando que, igual algún día, venga a pasar la noche conmigo y me despierte y le vea dormir a mi lado. Y, por unos segundos, creer que todo en mi vida es como lo hubiese deseado.