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viernes, 7 de noviembre de 2025

Al menos hoy, llueve.

 Viernes noche.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Más de 12 horas diarias de pantallas.

 Todo es rutina. Dar vueltas en la rueda del hámster. Vaciar el mar con un dedal. Sísifo subiendo cada día a la montaña la piedra que encontrará abajo al día siguiente y tendrá que volver a subir. Rutina agotadora y aburrida. Ver pasar los días. Ver pasar la vida sin molestarme siquiera a mirarla. En realidad creo que ni siquiera la veo pasar a estas alturas.


Solo tengo sueño, cansancio. Me duele la espalda, a veces mucho.

Durante el día a veces me apetece escribir. Se me ocurren cosas. Pero no tengo tiempo para hacerlo, sumergida en esa rutina poco productiva. Rutina de pantallas. Creo que estoy pasando más de 12 horas diarias mirando pantallas: ocho obligatorias como mínimo en el trabajo, seguramente otras dos entre trayectos de metro-renfe-bus para enterarme qué pasa en el mundo, muy probablemente otra si sumo el momentito de mirar el móvil al levantarme de la cama e ir al salón a desconectarlo del cargador, el intentar que el portátil se conecte y revisar el grupo de FB que coadministro, mirar un rato la televisión hasta que el sueño puede conmigo y me quedo dormida en el sofá.
Más de 12 horas diarias de pantallas para ni siquiera hacer nada que realmente me guste.

No sé absolutamente nada de él.
Desde finales de septiembre, casi ya dos meses, no ha intentado contactar conmigo.
No hay un solo día en que no piense en él, en que no piense en llamarle, en que no me quite la idea de hacerlo porque sé que si lo hago ni se molestará en coger el teléfono (sí: la excusa de la mala cobertura. La mala excusa de la mala cobertura que hasta me llegué a creer en algún momento). Y sabré que simplemente y otra vez más estará ignorándome, menospreciándome. Y ya no quiero más desprecios disfrazados de… de qué más da.

Casi las doce de la noche de un sábado más, tan monótono como otros muchos. Pasados y futuros.

Un día escribiré sobre lo mucho que tardé en darme cuenta de que consiguió que me quedase en casa los sábados, esperándole, incluso cuando no tenía intención alguna de verme, ni siquiera de llamarme.
Pero será otro día.
Quizá hoy ya sea hora de desconectar de las pantallas.

sábado, 16 de noviembre de 2024

Vida tan aburrida como este post.

 Llego tan cansada a la noche que no tengo ni tiempo ni ganas de escribir. Ni de hacer ninguna otra cosa.

De hecho, tengo que esforzarme para, en un paseo a la cocina, dejarme listo el sándwich del día siguiente y la cafetera preparada para desayunar. Algunos días la pereza ha ganado la batalla y he terminado teniendo que comprarme algo a mediodía para comer. Y preparándome un café rápido (procurando controlar que la cafetera no quede enchufada al salir de casa).

En alguno de los paseos entre la cena y tumbarme en el sofá también preparo la ropa para el día siguiente. Porque aunque no madrugo (me levanto poco antes de las ocho de la mañana) tengo casi calculados al milímetro los tiempos. Aseo, vestirme, crema, perfilar los ojos, rímel. Café y dos galletas, vuelta al baño, lavarme los dientes, peinarme. Pendientes y collares. Colorete, labial. Calzado, perfume. Controlar que llevo el móvil en el bolso y el sándwich en la bolsa auxiliar. Última visita al baño. Chaqueta o pashmina. Bolso en bandolera. Salir de casa con las llaves en la mano.

Así día tras día, de lunes a jueves. El viernes teletrabajo, por lo que me levanto a la hora en que el resto de la semana salgo de casa y la diferencia es que en vez de ritual de maquillaje y tal, me siento para desayunar y trasteo un poco en el móvil. El resto del día no es muy diferente. Sustituyo el paseo de un par de kilómetros del mediodía por hacer alguna tarea doméstica y salgo a hacer compra cuando desconecto por la tarde.

Mi vida cotidiana es tan aburrida como este post.
No hay más.
No habrá más.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Un futuro que no será mi futuro.

 La semana ha sido agotadora.

O igual no, igual no ha sido culpa de la semana que yo lleve cansada tantos días y cada día más que el anterior.

Enumerarlo todo también sería agotador. Y aburrido para el lector. Problemas en el transporte, trabajo tedioso, pocas horas de luz solar, calefacción demasiado alta al llegar a casa, obra de la fachada que me está desquiciando y que me tiene a las diez de la noche reubicando plantas por la casa, el dolor de las imágenes en los informativos…

He comido fatal. Creo que ni he probado la fruta en toda la semana (sí la verdura: bendito y socorrido puré para dos días). Ni siquiera estoy segura de si algún día he llegado a ducharme (sé que no desde el jueves: el propio cansancio, la propia desgana, el importarme cada vez menos…)

La obra de la fachada me ha dejado sin cuerda para tender la ropa en la terraza. Como todavía tengo momentos en que regresa mi rapidez mental de antaño, ésa que me hace encontrar soluciones rápidamente, esta mañana he añadido otra cuerda en la terraza de la cocina (donde están ahora gran parte de mis cactus…además de otras muchas cosas). Pero me ha dado mucho coraje, tras poner la lavadora, ver el solecito de la tarde y no poder tender las sábanas en la terraza. Y no poder, por tanto, ponerlas recién secas y con ese olor a ropa de algodón secada al sol.

He puesto una sábana bajera nueva. O sea, esta noche estreno sábana. Por primera vez en…, ¿alguna vez he llegado a estrenar unas sábanas en los últimos veintitantos años, ahora que caigo?

Cuando venía a dormir conmigo, ponía sábanas recién planchadas.
No las cambiaba al día siguiente: me gustaba encontrar el olor de su piel en mis cama, sin buscarlo.
No sé nada de él. Le importo tan, tan sumamente poco, que no sé nada de él desde la última vez que el llamé hace mes y medio.
Si me paro a pensarlo, saber que no volveré a verle y que ni siquiera volveremos a hablar me duele hasta cortarme la respiración.

Estoy agotada.
Debería comer verduras frescas y frutas esta semana.
Pero no sé si lo haré. En realidad cada vez me importa menos qué me pase en un futuro que no será mi futuro.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Ni ganas ni interés.

 Ni ganas ni interés.
No madrugo. Aunque habitualmente a las siete ya estoy despierta, no me levanto hasta las ocho más o menos. Unos minutos antes sonaría el despertador si no lo hubiese apagado ya al despertarme, para así precisamente evitar que suene. Como ya tengo preparada la ropa desde la noche anterior y he puesto la cafetera y he preparado el sandwich y la pieza de fruta, no me tengo que preocupar por nada. Paso por el baño, me lavo la cara con agua fría, me doy la hidratante, me visto, caliento el café y cojo una galleta integral. Me siento en el sofá y mientras desayuno echo un vistazo al móvil, que no recuperará el sonido como mínimo hasta las nueve de la mañana (en realidad, muchos días lo tengo en silencio), Me doy en la cara una crema con algo de color, un toque de rímel, un brochazo de colorete. Me lavo los dientes antes de perfilarme los labios y rellenarlos con un carmín de esos que ahora llaman 'nude' y que es un rosa amarronado transparente. Me peino, me pongo los zapatos, cojo el bolso y la bolsa con la comida y la botella de agua...y a las nueve menos diez salgo de casa. Sé que debería salir diez minutos antes para ir más tranquila...pero es que ni ganas ni interés.

Atravieso Madrid. Cojo el tren en la estación de siempre y, a partir de ahí, tengo varias opciones: trasbordo a otro tren cuatro estaciones más allá, llegar hasta Atocha y cambiar de vía, quedarme en Méndez Álvaro y coger el metro con un cambio de línea tres o siete estaciones más adelante... El último tramo, haga lo que haga antes, será en metro. Y a partir de ahí paso ligero, entre diez y quince minutos, para llegar al trabajo.

Y ni ganas ni interés.

Salgo a las siete, siete y algo. Es jornada partida, parando de dos a tres. Para volver también tengo muchas opciones. Y, haga lo que haga y coja el camino que coja, raramente llego antes de las nueve de la noche.

Y...prácticamente se me ha terminado el día. Porque a partir de ahí es descalzarme y ponerme unos calcetines antideslizantes, desvestirme y ponerme la camiseta de dormir, desmaquillarme y darme un poco de crema, recogerme el pelo en una trenza. Cenar cualquier cosa, ver un rato la tele sin demasiado interés. Ducharme en algún momento entre la llegada a casa y el momento de irme a la cama. Preparar el sandwich de mañana, la ropa que me pondré mañana. Tumbarme un poco en el sofá procurando no quedarme dormida o despertarme antes de las dos para pasar en la cama la mayor parte de la noche.

Y vuelta a empezar.
Sin ganas ni interés. Rutina. Falta de planes.
Y, sin más, estamos casi a mediados de noviembre.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Levantándome de la cama. Y ya.

 Diría que paso días sin ganas ni fuerzas para levantarme de la cama, pero estaría mintiendo. Porque sí me levanto, claro. Y me preparo el desayuno. E intento todos los días salir un rato a la calle con la excusa de comprar algún alimento. Y me preparo la comida y/o la cena. Y estiro las sábanas de la cama en algún momento del día. 
Por tanto, no puedo decir eso de 'dejo pasar los días sin ganas de levantarme de la cama'. 
Pero...

Creo que hasta hace unos días no me he dado cuenta de que, en realidad, mi actividad diaria viene a ser la de alguien que pasaría los días sin ganas de levantarse de la cama'.

Hace cuatro años y medio pasé por una baja médica (diría de 'larga duración' porque fueron dos meses y algo y yo jamás había estado de baja. Pero entiendo que de larga duración no tuvo nada) que incluía la recomendación de 'reposo absoluto'. Ese tipo de reposo que requiere que alguien haga las cosas por ti, que te levantes exclusivamente para temas de aseo personal y poco más. Bien. Yo hasta fui varias veces a Madrid a comprar algunas cosas (que ni siquiera eran imprescindibles). Se me caía la casa encima y creo que salí a diario: a comprar zumo, pan, fruta. A tirar la basura. A las revisiones médicas, claro, que implican trasladarme a otra localidad con transbordos en transporte público incluidos. Estaba absolutamente agotada (me costaba un mundo cualquier esfuerzo. Recuerdo un viaje de veinte minutos en tren, una compra dentro de la estación de llegada, veinte minutos de regreso...que me pasó por encima como un viaje de horas) pero no podía dejar de moverme.

Hace dos años y medio estuve confinada. Como todo el mundo. Bien. Creo que salí a diario, siquiera para bajar la basura. Subía las escaleras andando para hacer algo de ejercicio. Una vez por semana me organizaba para ir a hacer la compra al otro extremo del municipio. Se me caía la casa encima. Estuve en un ERTE total durante dos meses...y creo que me ha quedado tal trauma que no soporto el teletrabajo. Recuerdo esos tres meses sin ir a Madrid capital como algo casi eterno...

Salí de los dos periodos con la sensación, no obstante, de no haber sido capaz de aprovechar el tiempo. En el primer caso, fueron dos meses y medio, de los cuales pasé tres semanas ingresada en un hospital. En el segundo, tres meses de confinamiento (como todo el país). En ninguno de los dos periodos me recuerdo inactiva, pero sí, al mirar atrás, pienso que perdí ese tiempo...

Llevo cuatro meses y medio desempleada. 
No he hecho absolutamente nada en este tiempo. Nada. 

Mi actividad cada vez es más la de alguien a quien le cuesta levantarse de la cama. 
Porque claro que me levanto, pero paso horas sentada en el sofá sin hacer nada. Trasteando por rrss. O mirando hacia la terraza. Porque hay días que ni salgo a ver las plantas, a ver la calle desde arriba. 
Me leí varios libros. Desde hace días ya ni leo. 
Ni escribo por aquí, como puede comprobarse. 

En este tiempo sí me he comprado algunas prendas de ropa. Ahí están, sin estrenar. Porque paso los días con unas mallas negras, unos pantalones tipo chándal granates, dos sudaderas. Lavo las bragas a mano, meto en la lavadora los calcetines (que me cambio cada dos o tres días: total, no voy a ningún  sitio). 
Es como si la ropa, cambiarme y arreglarme, solo tuviese sentido al ir a trabajar. Como si lo que he comprado fuese con esas miras: para cuanto tenga trabajo. Y ahí están un par de pantalones, una camisa azul de rayitas blancas, una blusa de gasa floreada. Y otras prendas de años atrás que lavé, planché y que en algún caso cuelga del picaporte de la puerta del salón: una camisa blanca de lino, un blusón de viscosa con apliques de encaje. Ni me he puesto ni me apetece ponerme, ¿para qué, para sentarme en el sofá a mirar la pantalla del portátil mientras la tele está de fondo? ¿para jugar a 'explotar burbujas' en el móvil?
También he comprado tres pintalabios, dos tipo gloss, otro en barra. Tonos naturales, porque siempre fui de rojos radicales.
Simplemente los estrené para probarlos. ¿Para qué me voy a maquillar? ¿para bajar la basura?

Diría que no tengo ni ganas ni fuerzas para levantarme de la cama si no pasase las horas sentada en el sofá. Si no acabase tumbada en el sofá por la noche, mirando la tele sin que me importe qué estoy viendo, quedándome dormida y trasladándome a la cama de madrugada...

Y pasan los días. Y cada día anochece antes y amanece más tarde.
Y espero que, en un futuro, mire hacia esta época de mi vida y me enfade al comprobar que no aproveché este tiempo de desempleo. Pero a fecha de hoy, último tercio del penúltimo mes del año, no soy capaz de ver ese futuro. 

lunes, 14 de noviembre de 2022

Caos doméstico y días vacíos.

 Lunes. Casi once y media de la mañana. 
No he hecho nada ni tengo ganas de hacerlo.
La jarra amarilla con el café del desayuno, a medias, se enfrió hace un rato. Ante mí tengo el caos de la mesa baja del salón: varios vasos, la caja abierta de galletas (que ni siquiera sé si tiene dentro alguna), la jarra de agua que hace días que no uso, un par de bolsas de snacks y otra de chuches (de ésas que al cabo de los días terminan en la basura porque los snacks se resecan o cogen humedad y las gominolas se ponen duras como piedras), papeles, dos minitubos de pegamento instantáneo secos, una de mis cámaras de fotos, un dragoncito de goma antiestrés, unos cascos con micrófono... Seguro que más cosas que, con el portátil sobre las rodillas, no alcanzo a ver.

No tengo ganas de hacer nada.
Hace días que no reviso las páginas de ofertas de empleo. Creo que, no sé si consciente o inconscientemente, he dejado la búsqueda hasta pasada la navidad. Que dos ofertas que atraían mucho no hayan cuajado me produjo un considerable bajón anímico. Que la única oferta para la que me confirmaron que me querían en su plantilla sea de una empresa que está tan, pero tan lejos de mi casa (además de que es un trabajo comercial con objetivos casi inalcanzables) me hizo aplazar la decisión de trabajar con ellos. 
Y no me apetece hacer nada. 
Y no solo me refiero a ponerme a buscar trabajo. Nada en general.

En la cocina me esperan cacharros para fregar. Realmente nada está sucio-sucio: son platos donde trasladé comida, jarras y tazas de desayuno que enjuagué tras el uso pero no llegué a enjabonar, un par de cacerolas donde he hervido verduras, la túrmix que dejé enjuagada y llena de agua el sábado por la noche... Pero todo ese conjunto llena el fregadero, la encimera, parte de los fogones de la cocina... Sé que en media hora todo estaría limpio y escurriendo en el seno derecho del fregadero. Sé que en una hora todo estaría guardado en sus respectivos estantes. Pero no tengo ganas de hacer nada. Y por eso están ahí desde hace días, acumulándose. 

Sobre el baúl-asiento del recibidor se acumulan revistas dominicales para revisar-tirar. Y ropa, la ropa que lavo y tiendo en el tendedero de la cocina y que dejo ahí cuando ya está seca, para doblar y guardar. Hay prendas que llevan ahí semanas, que pasan de las cuerdas a mi cuerpo, que vuelvo a lavar-tender-dejar provisionalmente ahí. El centro de planchado (plancha con calderín) está a los pies del sofá desde el sábado, en que di un repaso antes de ponerlas a las sábanas recién lavadas y secas antes de la tormenta. Hay varias camisas-camisetas planchadas y colgada en perchas, enganchadas éstas en el picaporte de la puerta del comedor. Algunas semanas la plancha parece parte del decorado del salón: simplemente no lo guardo aunque tampoco lo vaya a utilizar. Para doblar-guardar todo esto solo necesitaría media hora de tiempo. Tiempo que me sobra como nunca me había llegado a sobrar. Pero no hago nada. 

Duermo mal. Me duermo en el sofá, me traslado a cama previo paso por el baño antes de meterme en la cama, a veces a punto de amanecer. Me desvelo. Me empeño en volver a dormir, casi con sentimientos de culpa porque me digo que quién sabe cuando volveré a tener la oportunidad de levantarme tarde. Pero si luego me levanto a más de las nueve, también tengo sentimientos de culpa por estar en la cama tan tarde...con la cantidad de cosas que tengo pendientes para hacer, cuando quién sabe cuando volveré a tener tiempo para dedicarlo a ordenar-recoger-limpiar a fondo.
Nunca he estado tan horrible físicamente. Hinchada, uñas sin pintar, raíces en el pelo. Me duelen los pies a poco que haga. Me duelen las articulaciones. No sé dónde quedó aquella que fui.

Doce del mediodía, acaba de decir la radio. El café ya estará completamente frío en la jarra de color amarillo.
Sigo con la camiseta de manga corta con la que duermo. Al otro lado del ventanal de la terraza, que está abierta, el cielo está cada vez más gris. Este casi invierno que apenas parece otoño.
Me rodea el caos. No tengo ganas de hacer absolutamente nada. 
Y la vida, ese tiempo que no vuelve, pasa a mi alrededor sin que yo sea capaz de convertirlo siquiera en recuerdos.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Simplemente sobrevivir.

 Vivo en una continua sensación de irrealidad. 
Como si el tiempo hubiese adquirido otro ritmo. 
No hago nada de provecho en todo el día. Las semanas pasan, sin más. Cada día anochece antes. Me desvelo sobre las siete de la mañana (a veces, antes), paso casi todo el día cansada. Me quedo dormida en el sofá si por la noche me tumbo frente a la televisión. En algún momento me despierto y me traslado a la cama, a veces sobre las 03:00h, a veces a más de las 05:00h, anoche a poco más de la una de la madrugada. Algunos días la tele se apaga sola y yo sigo durmiendo, otros la apago en algún momento y sigo durmiendo o me traslado a la cama. Muchas noches pierdo la noción del espacio y ya no sé, entre sueños, si estoy en el sofá o en la cama. A veces estoy en un sitio y a veces en el otro, entre sueños, pero en ninguno de los dos estoy realmente cómoda.

Apenas me muevo. Limpio algo, riego las plantas de la terraza, bajo a comprar alguna cosa. A veces voy a comprar más lejos, incluso a Madrid, y vuelvo agotada. Sin apenas haber hecho nada, pero cansada, muy cansada.
No tengo ganas de hacer nada. 
No sé si estoy o no buscando trabajo. Hay algo ahí..., algo en donde podría haber empezado a trabajar esta misma semana, pero que he aplazado a enero. Hemos aplazado a enero. O igual simplemente lo he descartado y no quiero admitirlo.

Nunca he estado tan desanimada, tan falta de ganas y de proyectos. Nunca he tenido tan claro que no he hecho nada, absolutamente nada de provecho con mi vida. 
Y que ya es demasiado tarde para demasiadas cosas. Casi para todo. 
Y que solo me quedan años para, simplemente, sobrevivir.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Cuarenta y siete días.

 Cuarenta y siete días. 
Eso falta exactamente para que termine este año. Cuarenta y siete días. 
No pienso, por descontado, que cambiar de año vaya a hacer ningún milagro. Que pasar del año impar a uno par vaya mejorar las cosas. Pero tengo muchas ganas, muchas, de dejar atrás este aciago 2021.

Mañana (bueno, ya en unas horas. Porque aunque siga sintiéndome en domingo, ya es lunes) empieza la tercera semana de noviembre. Sin perspectivas, sin esperanzas, sin nada. Con la única certeza de que el próximo domingo mi vida seguirá siendo la misma sucesión de monotonías, la misma falta de planes, el mismo mirar hacia el lunes, ese que será mañana, y ver que nada ha mejorado.
Porque sé que será así.
Y porque este año ya no me queda otro deseo que el que no pase nada más. Que no se rompa nada más.

Cuarenta y siete días para que se termine un año tan prescindible. 
Un año tan inolvidable. Tan malditamente inolvidable.

viernes, 12 de noviembre de 2021

Canutos de cartón (del papel higiénico).

 A primera hora de la tarde, una compañera ha comentado por el guasap del grupo de trabajo que, si teníamos canutos de cartón de los del papel higiénico, se los guardásemos. Que quería hacer una manualidad navideña para sus hijos y que iba a necesitar bastantes. Y como también nosotros somos ya bastantes en el equipo de trabajo (cada vez más. O igual no tantos, porque también despiden gente) había pensado que podríamos echarle una mano.
Le he respondido que contase con al menos uno de mi parte, que este fin de semana seguro que se me acababa el que tenía en uso. Y que miraría si tenía algún otro en la bolsa donde voy echando el papel y cartón y que luego bajo al contenedor de reciclaje. Esto se lo he dicho porque he visto que no había vaciado la bolsa (el martes, festivo, se me olvidó), aunque estaba segura de que no tendría ninguno.
En realidad, un rollo de papel higiénico me dura bastante. Los compro de ésos dobles, que de hecho ni siquiera puedo colocar en el expendedor hasta pasados unos días porque literalmente no caben. Y entre eso y que apenas estoy en casa...pues eso. Probablemente me dure dos semanas cada rollo. De hecho, hace unos días compré un paquete de ¿ocho, diez rollos? porque solo me quedaba uno y me gusta tener reservas, y me pregunté hace cuantos meses compré el anterior, del que llevé un par de rollos a mi madre...
He cambiado el del expendedor (más concretamente, he puesto el que empecé hace días y que por desgaste ya cabía). Y me he dado cuenta de que en el suelo, en un rincón pero cerca del inodoro. había otro canuto vacío. El del anterior rollo. Y me he preguntado cuantos días llevaría allí y porqué cuando he fregado el suelo del baño no lo he tirado.
Se me ha ocurrido mirar en un cesto grande donde tengo frascos de gel, paquetes de compresas y otros útiles de aseo (y donde a veces dejo cosas provisionalmente cosas que están en el suelo cuando voy a fregarlo, normalmente los sábados, para luego tirarlas donde correspondan) y había otros dos canutos de cartón.
Cuatro en total. Los he juntado, los he puesto sobre la mesa auxiliar del salón y los he fotografiado para enviar la imagen a mi compañera: cuatro canutos de cartón para la manualidad que quiere hacer. He mandado la foto a través del guasap del grupo: total, es un cajón de sastre en el que apenas hablamos de trabajo... Alguna anécdota de la bbdd, la celebración de alguna venta, enlaces musicales...

Sé que esto que estoy contando no tiene el menor interés ni el menor sentido.
Mi compañera va a tener cuatro canutos de cartón a sumar a los que ya tenga para la manualidad navideña de sus niños.¨
Y yo, de pronto, he tomado conciencia por un momento de lo mucho que se está descontrolando mi vida. Porque si gasto dos rollos de papel higiénico al mes (y ni siquiera estoy segura de que sea tanto, y eso a pesar de que lo uso para limpiar cualquier cosa en el baño, secar agua que salpica a algún mueble al regar alguna planta...) y he acumulado cuatro canutos si llevar a la bolsa de reciclaje de papeles y cartones, cuando es algo tan sencillo y sistemático como eso: llevar a la bolsa, que además tengo junto a la puerta del comedor...y ni siquiera me ha llamado la atención verlos, porque los he estado viendo, todos estos días, semanas, quizá ya meses...

Necesitaría un mes completo, y sin otras actividades (ni internet, ni televisión, ni lecturas, ni jardinería...) solo para poner en orden mi casa. Lo sé. Pero ni tengo ese tiempo ni sería capaz de prescindir de las otras cosas que me ayudan a no pensar. 
Y, lo que es peor, creo que a estas alturas me he acostumbrado a ese progresivo y creciente desorden. 
Y ya me da igual.

martes, 9 de noviembre de 2021

Vacío e intrascendente.

 Martes festivo en Madrid.
Ayer lunes teletrabajé (no me gusta teletrabajar. Si no viviera al hora y media larga del trabajo y no fuese tan tentadora la teoría de poder levantarme cerca de las nueve, me iría a la oficina incluso los días en que puedo quedarme en casa. Como ayer). 
Aunque hoy no tenía que madrugar, la verdad es que a la hora en que habitualmente me levanto ya estaba despierta. Y sobre las nueve (creo que antes) levantada y ya respondiendo correos relacionados con el trabajo.
No he aprovechado el día. Tenía pensado planchar, fregar el suelo de toda la casa, darme el baño de color mensual en el pelo, hacer cosas en la terraza... Apenas si he puesto la lavadora y pasado la aspiradora. 
Nada más. 
Estoy cansada de forma permanente. Me duele el brazo izquierdo (mucho. Contractura) y la rodilla derecha (mi recurrente lesión de menisco). Y toda la noche me dolió la cabeza. De hecho, ahora recuerdo porqué estaba levantada antes de las nueve: necesidad de paracetamol.
Tampoco el persistente zumbido del oído izquierdo (consecuencia de los cascos-auriculares de gamer que llevo un mínimo de horas diarias) ayuda. La sensación de estar escuchando permanentemente el distante motor de la nevera, el ventilador del portátil..., cosas que realmente no están haciendo ruido, porque ese zumbido extraño está en mi cabeza. Y hay días en que es muy, pero que muy pesado.

Mi vida es un vacío permanente y continuo.
Le echo mucho, muchísimo, de menos. Y tener claro que no debería sentirme así, porque en realidad nunca le importé ni le importó nada que tuviese que ver conmigo, que él nunca me consideró nada suyo, que no debería haber mantenido con él esta relación de más de once años..., no, no ayuda. No sirve de nada, no me sirve de nada para no echarle de menos. 
Pero la decisión de dejarme al margen de su vida, una vez más, ha sido suya. 
Y yo estoy cansada, muy cansada. Y no puedo luchar más.

Martes festivo totalmente vacío e intrascendente.
Como todo lo que acabo de contar.

sábado, 6 de noviembre de 2021

Vacío y sueño.

 Si me paro a pensar qué me apetece hacer, por encima de cualquier otra cosa, diría que dormir. 
Me gustaría tumbarme a dormir sin prisas, durante horas. En realidad lo estoy haciendo: me tumbo en el sofá tras la cena, el paso por el baño, el dentífrico, la nutritiva facial, con la intención de ver un rato cualquier cosa en la tele...y lo siguiente es despertar viendo que el televisor se apagó solo o que emite imágenes de teletienda sin apenas sonido (lo voy bajando de modo casi automático, según me voy adormilando). A veces vuelvo a cerrar los ojos y duermo otro rato, otra hora... Y cuando me traslado al dormitorio pueden ser las dos o las cinco de la madrugada. 
Y quisiera seguir durmiendo durante horas, mientras fuera amanece el sol y la gente. 

He vuelto a perder las rutinas alimenticias (si es que las tuve en algún momento). Me da igual si como algo a mediodía, me da igual lo que cene por las noches o a qué hora sea. Picoteo snacks, bebo poca agua, no tomo leche. El jueves me dolía el estómago, o igual era el hígado porque estaba hacia la derecha y bajo las costillas. Un par de noches me he despertado con ganas de vomitar, creo recordar que una de ellas terminé haciéndolo. No me apetece nada en concreto. Bueno, sí, me apetece comer verdura. Pero me da pereza meterme en la cocina, pelar, hervir, esperar... Y entonces picoteo patatas fritas de bolsa o tostaditas con paté. 
Y me da igual.

El año avanza. Noviembre llegó y avanza. 
Y nada más avanza. 
Otra semana vacía. Otro sábado vacío donde no me acostumbro a su ausencia. A la ausencia que ya será siempre y para siempre.
 

domingo, 29 de noviembre de 2020

Noviembre (casi) vacío.

 A punto de terminarse noviembre. A un mes para que se termine este año tan, pero tan raro...
Sigo cansada. Duermo mal. Me quedo dormida en el sofá, de puro agotamiento, y cuando me traslado a la cama tardo en coger el sueño. O igual no tardo, pero me quedo con esa sensación. Algunos días los paso en puro bostezo (incluso aunque no bostece, físicamente hablando). 

Que amanezca cada día más tarde y que a poco más de las seis de la tarde ya sea de noche tampoco ayuda. 
Que mi trabajo sea un dar vueltas en la rueda de un hámster, un quehacer de Sísifo infinito...pues también contribuyen al agotamiento. 

Termina noviembre. Y lo único salvable en estos 30 días fue el hecho de haberle visto. Esas horas de viernes por la mañana, al sol, con la perceptiva mascarilla (retirada a ratos, al estar al aire libre y con distancia de seguridad de otras personas). Un par de horas salvables en un mes vacío de días cortos, horas laborables eternas, noches de dormir sin descansar...

Que difícil está siendo este 2020. Que difícil.

lunes, 16 de noviembre de 2020

A falta de mes y medio.

 Profundamente desanimada. 

Así es como me siento. Sin matices. Desanimada hasta el punto de desear meterme en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana (si es necesario, con ayuda de cualquier infusión relajante o somnífera), despertar y volver a dormir. De no salir a la calle (confinamiento voluntario) pero tampoco engancharme al sistema telefónico de trabajo. De dedicar la mañana a intentar ordenar algo mi entorno (todavía tengo prendas de verano sin guardar, prendas que planché hace semanas y que siguen en los respaldos de las sillas, colgadas en perchas de alambre que a su vez cuelgan del picaporte de las puertas). De ni tener ganas siquiera, si me quedase en casa, de poner la radio o la televisión o simplemente música de fondo. 
Desanimada y cansada. 

Queda mes y medio para que termine el año, un año en que no ha pasado nada. Mes y medio en que sé que tampoco va a pasar nada. 
Me siento cansada. Física y, sobre todo, espiritualmente. 

Hace mucho que entendí que mi vida es una continua pérdida de tiempo. Que todo empezó a fallar en la segunda década de mi vida y que todo ha sido una caída libre continua, con breves temporadas en las que se diría que la propia vida me daba una oportunidad de remontar, de rectificar, de volver a coger el camino de (supuesto) éxito al que debería estar abocada una mente como la mía, una mente que durante unos años estuvo acompañada también por un físico que (tampoco) supe aprovechar en beneficio propio...y que dejé pasar de nuevo. 
Vida de montaña rusa. Con breves momentos de subida que volvían a la caída libre. 

Ya no hay subidas. Hace años que dejaron de existir. Ni siquiera hay grandes bajadas. Todo es un valle aburrido y monótono, la vía de un tren de Cercanías en una línea circular.
Me siento cansada y desanimada. 

Quisiera poder quedarme en casa. En realidad, sé que puedo hacerlo (basta con informar en el trabajo de que no me encuentro del todo bien...y que opto por teletrabajar unos días. Ni siquiera necesito explicar que realmente es un tema anímico: sería suficiente hablar con molestias en la garganta, por ejemplo. 
Pero no lo voy a hacer. Esa mezcla entre puñetero sentido de la responsabilidad y auto-obligación a salir a la calle, a ir al lugar físico de trabajo, para que se me haga más corto y más llevadero el día. 
Contradictorio. Emplear más de tres horas en desplazarme, ida y vuelta, para que la jornada laboral me parezca más corta. 
Añadir cansancio físico a la sensación de cansancio con la que ya me levanto y que me acompañará todo el día. 
Ir y volver para, al desplazarme atravesando Madrid, intentar no pensar en que hace mucho que no voy a ningún lado. 
Que mi vida no va a ningún lado.
Y solo es lunes. Aún es lunes. 
Y queda mes y medio, apenas mes y medio o aún mes y medio, para que termine este inolvidable año 2020. 
El año vacío lleno de imágenes inusualmente individualistas y carente de contacto físico. 
El año que pasará como si no hubiese pasado. Como pasa mi vida desde hace demasiados años
.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Semana complicada.

 Hay semanas complicadas. Ésta ha sido una semana complicada.

De ésas en la que, en realidad, tampoco pasa nada terrible ni irreparable. Ni siquiera pasa nada importante o a lo que haya que dedicar demasiado tiempo. Pero de esas semanas en las que el tiempo se ralentiza pero se acelera a la vez. Y se llega a la noche con una intensa sensación de fatiga y, a a vez, de día pasado sin pena ni gloria, sin haber hecho nada de provecho.

El martes estaba tan, pero tan exageradamente cansada...que hasta llegué a plantearme que si a la mañana siguiente no me encontraba mejor, en vez de ir a trabajar me iría al médico. Mejor dicho: directamente a urgencias del hospital.
Porque empezaba a reconocer los síntomas.

Esta semana apenas he comido. En realidad, llevo así días..., quizá semanas. A mediodía como cualquier cosa y a deshora. Por la noche ceno demasiado tarde. Realmente no es que no coma...es que como mal. Por la mañana desayuno café (uno de esos cafés que son cada vez menos café y más agua, porque los hago muy ligeros la noche anterior y los hago cambiar de color con unas gotas de leche...que así me duran los bricks, más de una semana) y una galleta integral. Muchos días me compro algún bollo (croissant, trenza, donut) en una cafetería que está a la salida del metro y antes de cruzar a coger el autobús con el que hago el último trayecto de llegada hasta el trabajo, pero apenas si lo pruebo antes de coger el bus. Y cuando llego al destino como otro pedazo. Y algunos días vuelvo a comer otro trozo cuando salgo de trabajar y antes de volver a coger el bus.
Y muchas veces el resto termina sobre alguna mesa, la del comedor, la de la cocina...

Con la mascarilla no se puede comer, claro. Y la mascarilla es obligatoria.
Y mi maldito sentido de...yo que sé... ¿responsabilidad, puntualidad laboral, qué, exactamente? me impide hacer algo tan simple como terminar de desayunar antes de subir a la oficina. Y acabo por no desayunarme algo que me he comprado por capricho y que me prometo que me terminaré tras la cena, pero que luego tampoco termino...

Muchos días me quedo dormida en el sofá.
Eso no tiene nada de raro: me pasa desde hace años. Pero me quedo dormida en el sofá porque, aunque sé que debo irme a la cama, que me voy a quedar dormida tal y como me acueste...no me hago caso a mí misma. Y me duermo en el sofá y me despierto al rato y algunos días vuelvo a dormir otro rato...
Y termino trasladándome a la cama a más de las tres, de las cuatro de la mañana.
El viernes, a las siete. Me dieron las siete de la mañana en el sofá, destapada. A pesar de haberme despertado varias veces a lo largo de la noche y de tener claro que debía irme a la cama.
Por suerte, los sábados no tengo que madrugar. Y dormí de nuevo (entre sueños, viendo a ratos los números rojos que indican la hora proyectada en el techo, escuchando el silencio de la calle o el ruido de los vecinos del piso superior moviendo algún mueble o pasando el aspirador...) hasta más de las once.

El miércoles no fui al hospital. Me levanté bastante mejor de lo que estaba el día anterior.
Y el resto de la semana me dediqué a dejarme llevar por la vida, por la rutina.

No sé hacia donde voy. Supongo que hacia ningún sitio.

Debo beber más agua. Debería intentar comer a mis horas. Debo comer fruta (la compro, eligiendo las piezas con mimo, y termina estropeándose en el frutero, en el cajón del frigorífico). Debo tomar nueces, volver a las bebidas de soja o de cereales antes de irme a la cama.
Conozco la teoría. Como conozco los síntomas y lo que no he de hacer si no quiero terminar como acabé hace dos años y medio.
Agotada y sin ganas de nada.

Aunque también sé que para sentirme mejor necesito verle. Pero eso no está en mi mano.

Pero eso ya es otro tema. Y no es exclusivo de esta semana complicada que acaba hoy. Ni siquiera de este año imposible y absurdo. Es algo que nunca estuvo en mi mano.
Pero ya es otro tema. Y no del que quería hablar, escribir, esta noche.

lunes, 9 de noviembre de 2020

Como un enorme agujero negro.

 Cansada. Rara. Con una progresiva sensación de vacío...

Cada día termino así. Con la certeza de que no he parado en todo el día, pero con la misma sensación de no haber hecho realmente nada. Y analizo objetivamente el día y el resultado da la razón a mis sensaciones: no he hecho nada de provecho. Y siento que el día siguiente será más o menos igual. Y lo es. Y van pasando los días, las semanas, los meses...
Y este 2020 extraño dejará como resumen el haber sido un enorme agujero negro capaz de tragarse cualquier cosa que se haya aproximado a él. Proyectos, sueños, encuentros, planes, paseos, flores, maquillaje, fuegos artificiales, primavera, vacaciones... Y dejando solo una enorme sensación de cansancio.
Quizá el cansancio, la fatiga, que deja estar luchando contra la atracción de ese agujero negro, de pelear para que no lo absorba todo.

Noviembre. A estas alturas, ya ha pasado un tercio del mes de noviembre. Y sin hacer nada de provecho.
Y sin perspectivas de que lo que resta de mes vaya a mejorar las cosas. 

lunes, 2 de noviembre de 2020

Empieza noviembre.

 Empieza noviembre. Ese mes que me produce desasosiego, que no sé si me hace bien o me hace mal. Ese mes en que otros años en sus primeros días me han pasado cosas que me han cambiado la vida (o casi). Ese mes que debería ser el noveno, como dice su nombre, pero que es el undécimo. 
Ese mes. Este mes. 

Noviembre siempre empieza con un festivo (o 'día no laborable'). Este año ha empezado con dos, porque al caer en domingo el día 01 (festivo nacional) el día no laborable se ha pasado al lunes día 02 para cuadrar el calendario de festivos. Al menos en Madrid.

En un año tan extraño como éste, en que los días pasan sin más y en que las novedades tienen nombre de tipo de confinamiento (domiciliario, perimetral, municipal, autonómico...) un día festivo tampoco implica grandes cambios. Sobre todo cuando, además de los confinamientos, los estados de alarma y las nuevas normalidades, este ha sido el año del teletrabajo. Así que aquello de que lo que diferenciaba los festivos de los laborables era el hecho de quedarse en casa o ir a trabajar....pues tampoco está tan claro. Porque nos hemos traído el trabajo a casa. Y, en mi caso, ni siquiera todos los días.

No he hecho gran cosa este fin de semana largo.
En realidad, vivo con la sensación de no haber hecho gran cosa en todo el año.

Volvemos a estar al borde de otro confinamiento domiciliario (intentamos mirar para otro lado, pero todos los indicios apuntan en la misma dirección). El proyecto laboral que consiguió ilusionarme en marzo (ya es fatalidad, empezar a trabajar un día 02...y que empiece el Estado de Alerta el viernes de la siguiente semana) es como un azucarillo al borde de una taza de té caliente. Sabes que terminarás echándolo dentro o que se caerá solo. Sé que este proyecto no va a durar. En ambos casos lo que no conocemos es el momento exacto, pero será antes de que el té se enfríe. Y seguramente será antes de que cambiemos de calendario.

Intento ilusionarme con otras cosas. Con encuentros que en realidad sé desde que se plantean como hipótesis que no serán. Con llamadas programadas que luego tampoco se producen. Con un 'a ver si la próxima semana quedamos para tomar café (siquiera eso)'. Pero en el fondo sé que no será. Aunque durante días, a ratos, intento creérmelo para ilusionarme con algo.

Vivo en un estado de cansancio permanente. De permanente incertidumbre. De imágenes que aparecen como flashes. De canciones que de pronto me sorprendo tarareando...durante horas y sin que exista ninguna explicación a qué me llevó a ella cuando es una canción de 10, 30 años atrás y que ni siquiera me entusiasme especialmente. 

Y a ratos hasta tengo síntomas físicos. A los que tampoco hago caso: si no pienso en ellos, si los ignoro, seguro que desaparecen. E imagino que así es. 
O igual no. 

Terminó octubre. Empieza noviembre. 
Cuenta atrás para que finalice este año tan inesperadamente raro.

sábado, 23 de noviembre de 2019

Coloreando mandalas en el reino de Morgana.

Se me había olvidado lo aburrida que era la televenta. El trabajo de televenta con automarcador.

Había olvidado lo aburrido que es. Lo alineante que es este tipo de trabajo. La sensación de 'qué hago aquí' que aparece (me aparece) a los pocos días. Sobre todo cuando en tu vida has hecho otras cosas, mucho más creativas, mucho más productivas también económicamente. Lo único positivo es el nulo esfuerzo intelectual. Porque para esto no hay que pensar: unos minutos antes del horario de comienzo oficial de tu horario laboral te conectas al aplicativo de automarcación, te pones los cascos-micrófono-teléfono, das a 'agente activo' a la hora en punto...y esperas que te vayan llegando las llamadas. El sistema marca por ti. Sólo tienes que codificarlas correctamente: 'no deja argumentar-no colabora', 'ya tiene otros seguros-tiene un producto similar con la competencia', 'ya es cliente' y alguna variante más dependiendo del producto. Y, si decide decirte que sí, leerle literalmente y sin el menor fallo (ni la menor aportación) un 'texto legal' y trasferirle a una locución (otro texto legal grabado) para que, al final, vuelva a repetirte que está de acuerdo y que va a comprar lo que le ofreces. Y pasar al siguiente en todos los casos.

La semana pasada ya me llevé los lápices de colores y hojas para colorear mandalas. Sí, esos dibujos de formas geométricas (también repetidas) que hace unos años consideraron que podían servir como terapia para adultos. Blocs de colorear sin salirse de las líneas, como cuando éramos pequeños en el parvulario o en las horas muertas en casa.
Coloreo mandalas a toda velocidad. Con lápices de colores 'plastidecor', que no hay que sacarles punta (es todo pintura). Al final les he encontrado utilidad a ese tipo de lápices de colores, que no sirven para dibujar otras cosas.
Y dejo pasar el tiempo, sin pensar en nada. 

Al menos, el lugar de trabajo (la 'plataforma de callcenter', que se llaman así este tipo de sitios de trabajo) está climatizada (sin chorros de aire helado o caliente), hay luz natural (si no está nublado y anochece pronto, como estos días), no hay moqueta (el suelo es de sintasol gris con alguna loseta naranja), la luz del techo no molesta excesivamente... Y el horario es bueno. Y el barrio me resulta de lo más familiar. 
Intento encontrar puntos favorables. Porque podía ser peor, siempre puede ser peor. 
Me lo estoy tomando como una especie de terapia, de transición hacia otro sitio. No sé cual, francamente.
Me lo estoy tomando como una forma de recordar cómo empecé en este sector. Como un reciclaje, después de haber hecho otras cosas al menos no tan repetitivas. Recordar los orígenes y recordar que se puede salir de estas ruedas. Que hay otras cosas (no necesariamente estupendas, pero otras).

Llevaba más de siete años sin trabajar como falsa teleoperadora (no sé porqué le llaman así, cuando no 'operamos', cuando es repetir y repetir y repetir lo que otros han malredactado para leerlo al teléfono y conseguir que alguien compre un producto infumable) con sistema de automarcación. 
Sé que no va a durar muchos días. Soy consciente de ello. 
Igual hay a quienes les alegra o les estimula o les hace feliz que les digan lo bien que hablan (a estas alturas alabanzas así me parecen patéticas: claro que hablo bien. Extraordinariamente bien si se me compara con la mayoría de quienes me lo dicen creyendo que esto me va a suponer un estímulo añadido). Que me digan que soy muy técnica, que me adapto a los interlocutores o que empleo un vocabulario muy rico. También me dicen que tengo una voz bonita (eso no es cierto y menos por teléfono y menos aún intentando 'convencer' a un cliente. Empleo a propósito un tono algo más agudo y una dicción, perfecta, eso sí, de locución de gran almacén..., pero no suena 'bonito'). Y me dan exactamente igual este tipo de halagos. Aunque los agradezco (finjo agradecerlos) igual que doy las gracias por cualquier comentario que me hagan los responsables o superiores, tanto de corrección como de felicitación. Sonrío y agradezco. Me despido con un 'hasta mañana' y un 'gracias por todo' cada día con mi mejor  sonrisa (fabricada para estos fines) y desconecto entre la visita al baño, el descenso en el ascensor de mecanismo hidráulico y la puerta giratoria del prefabricado y acristalado edificio de oficinas. Un edificio repetido en un parque empresarial de un polígono industrial a las afueras y frente a un barrio de fama marginal.

El mismo polígono donde he trabajado los últimos cuatro años y medio. El mismo polígono y en el mismo parque empresarial donde trasladaron las dependencias de televenta de la empresa donde trabajé hace 7 años, aquel traslado desde el centro de Madrid y que provocó el comienzo del fin de aquel proyecto.

Evidentemente, el mundo al final es muy pequeño. 
Y cíclico.
Y yo vuelvo a trabajar dando vueltas en la rueda del hámster, sin ir a ningún lado ni poder dejar de dar vueltas. Ocho horas al día de lunes a jueves, siete horas los viernes. Treinta y nueve horas a la semana. Convenio de telemárketing.

Había olvidado lo aburrido que es trabajar como televendedora con sistema de automarcación.
Y no puedo olvidar que se puede salir de esta rutina.
Y que tengo que hacerlo.
Y, para no pensar de más y hasta que sea capaz de ver la puerta correcta de salida, seguiré coloreando mandalas con plastidecores (sin salirme del trazo negro) en el arcoiris del reino de Morgana.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Lágrimas sin futuro.

El viernes terminé llorando.
Ni siquiera fue por nada concreto, por ningún acontecimiento emocionante, triste, doloroso. Ni fue, como normalmente suele ser, en la más estricta intimidad de mi casa y normalmente en la aún más estricta de mi cama. No: fue en público. Público completamente desconocido, afortunadamente.

La semana ha sido aún peor de lo previsto, que ya era previsión nefasta. Una concatenación de sandeces y de monotonías inútiles. De despertarme antes de las seis y media, hora en que suena el despertador, apago de un manotazo y cierro los ojos cinco o diez minutos más al tiempo que voy estirándome en la cama (sí: es compatible el 'cinco minutitos más' matinal con el hecho de desperezarse). De la rutina 'baño donde me despejo mojándome la cara con agua fría-necesidades fisiológicas-cepillado de pelo' para pasar con la luz del baño encendida al dormitorio de nuevo donde me visto con lo que he preparado la noche anterior, pasar por el cuartito donde tengo la lavadora y el maquillaje para darme la crema hidratante mantinal, poner la radio y bajar el volumen, ir a la cocina a calentar el café en el microondas, ir con la jarra y una galleta de avena al comedor donde desayuno sentada mientras escucho las predicciones meteorológicas autonomía por autonomía, ponerme los zapatos y los anillos, volver al cuartito de la lavadora a darme algo de rimmel en las pestañas, volver al baño a lavarme los dientes y pasarme un poco el peine por el pelo mientras en la radio, munchos días, ya dan las siete y media. Y acelerar el ritmo volviendo al comedor a ponerme el abrigo, colgarme el bolso del hombro, pasar por la cocina a recoger el bolsito donde guardo algo de fruta para mediamañana y normalmente un sandwinch de pan de centeno y algo de fiambre y llenar la botella de agua que me tiene que acompañar (recomendación facultativa) en el viaje...

Y luego la rutina del transporte con sus retrasos y su abarrote de humanidad. Y pasar el día haciendo algo que no me aporta nada con gente que cuenta cosas que no me interesan y en cuyas conversaciones ya he optado por participar lo menos posible. Y las pocas pausas: ir a por un café en torno a las diez, pausa de diez minutos para tomarme la fruta casi a la una, parón de media hora para comer mientras doy una vuelta o hago alguna compra y estar de vuelta a las cuatro y hacer tiempo ya a que den las seis.... Y vuelta a casa.

No, el viernes no pasó nada diferente. Un viernes más. Salir a las cuatro de la tarde, como todos los viernes, tras otra mañana anodina más.  Volver en bus parte del recorrido, una de las rutas habituales diarias, pero que debía interrumpir para acercarme a hacer una compra. Ver las hojas amarillas de los árboles por la ventanilla. Envié un guasap a un compañero (con el que había estado toda la mañana. No de manera personal, sino con la proximidad de quienes trabajan en el mismo sitio) para preguntarle algo así como '¿todo bien?' porque le había encontrado algo raro....y porque sé que está pendiente de unas pruebas médicas y porque si se lo pregunto en el trabajo ya empezaríamos con el 'no hagáis corrillos', '¿es que no tenéis nada que hacer?', 'a hacer llamadas, que hacéis pocas'. Absurdo ambiente de guardería.
Intercambio aséptico de guasap. No, no pasaba nada. Es más, hasta dudó si el mensaje era realmente para él o si me había equivocado al enviarlo. No le dí mayor importancia (no la tenía. Igual hasta mi mensaje no era más que de cortesía) y le deseé un feliz fin de semana.

Me volvió a contestar mientras iba andando por el barrio de Salamanca destino al recado que tenía que hacer y opté por ignorarle (bueno, no: simplemente ya les respondería cuando no fuese caminando). Entré en una de esas tiendas que venden naderías y productos de escritorio que tanto me gustan, a enredar un poco, gastar algún euro en un cuaderno o unas servilletas de usar y tirar bonitas. Me llegó un segundo guasap. Paré para responderle.
En ese momento me di cuenta de que estaba llorando. De que, en realidad, había empezado a llorar en el autobús, donde me había secado las lágrimas con los dedos. Que había seguido llorando mientras cruzaba la calle Narváez y que por eso no había respondido al anterior mensaje. Y tuve que dejar las tres o cuatro naderías en una estantería para buscar los klinex en el bolso, porque las lágrimas ya me impedían ver. 
No podía dejar de llorar. 

Ni siquiera la conversación a base de guasaps tenía nada que ver. O igual sí, no sé. 
Le contesté quitándole toda la importancia a mi pregunta inicial (creo que creyó que algo en su actitud me había molestado: nada más lejos de la realidad. Además, empiezo a estar muy harta de gente susceptible que entienden como una indirecta cualquier cosa que se diga a su alrededor y es algo en que lo no pienso caer). Como digo: sé que no fue ese intercambio de mensajes con alguien con quien sí los intercambio de vez en cuando lo que me hizo llorar...

Pero no podía dejar de hacerlo. De esos llantos silenciosos e incontrolables, de lágrimas como un grifo de agua sin fuerza que no se puede cerrar y que ni hace el menor ruido.

No sé cuanto tiempo estuve llorando: imagino que apenas unos minutos. No sé qué pensaría la dependienta que estaba colocando cosas de navidad a mi lado y que sí se dio cuenta. No sé si me vio alguien más (imagino que si: había bastante público entrando y saliendo). La verdad es que me da exactamente igual. 

Ni siquiera me molesté, ni en ese momento ni en toda la tarde, en mirar en un espejo mi aspecto, en comprobar si el poco rimmel de la mañana y creo que algo de perfilador había aportado a mi aspecto más empeoramiento al habitual de mi aspecto. Al secarme las lágrimas bajo los ojos imagino que retiré casi todo. 
Me da igual.

Alguna vez, sobre todo hace años, me eché a llorar en el bus, en el tren. Solía disimular poniéndome las gafas de sol.
Un par de veces en este trabajo he terminado llorando en el baño. Un día se me saltaron las lágrimas en una conversación, entre las explicaciones profesionales y la terapia personal (suya) con mi jefa directa.

No lloro en público. Es el único gesto personal que me produce un pudor de lo más incómodo.

El viernes me dio igual. Creo que ya no podía más. 

En el fondo, sí sé lo que lo provocó. Y no fue ese intercambio concreto de palabras. Fue..., fue algo ajeno a mi interlocutor y a este momento concreto. Fue algo que me devolvió a otro momento y otro lugar, a un correo electrónico, a alguna frase dicha días después. A un momento de hace años. A, seguramente, más momentos y más palabras en otros instantes...

Sé que no estoy bien. No me encuentro bien.

Lo que necesitaría sería verle. No, no a mi compañero de trabajo (pobre, qué culpa tiene él de mis neuras. Que además desconoce y desconocerá siempre: la relación es otra. Bueno, la relación no es ninguna, en realidad). 

Verle. Ver a quien ni siquiera me atrevo a comentar por teléfono como estoy en realidad, porque ya no tengo la confianza suficiente para hacerlo. Porque este año me ha dejado tan sumamente claro que no soy parte de su vida que no hay razones que pudieran justificar que le cuente que no estoy bien, que le echo de menos, que le quiero, que me preocupa como esté y quiero que esté bien. Que necesito abrazarle (él no me va a abrazar a mí). Que el único momento positivo de este año son las dos horas que pasé con él hace dos meses y pico...

Que creo que ya ni aparece en mis sueños, de lejos que está. 

Mañana empieza otra semana de mierda. Que fuese tan mala como la que acaba de pasarme casi sería algo positivo: también me estoy acostumbrando a que cada una sea peor que la anterior. Ésta no será una excepción. 
Supongo que le tendré que explicar a mi compañero que mi primer guasap era algo completamente cortés, que en ningún momento ni en ningún caso tenía relación con un posible mal gesto de su parte hacia mí. 
Me siento estúpida teniendo que dar ese tipo de explicaciones.

Me siento estúpida, cansada, mayor. Inútil e inservible para el mundo en general. Sin futuro.