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domingo, 3 de diciembre de 2023

Sin que nada tenga sentido.

 Muy cansada. Sin tiempo libre. Con unos horarios criminales, sumando a las ocho horas de trabajo y la hora de descanso a media jornada un mínimo de tres horas de transporte que, algunos días de averías, lluvias torrenciales, manifestaciones o acontecimientos deportivos, pueden ser cuatro. Sin poder hacer otra cosa que enlazar días idénticos en que me levanto a las ocho, salgo de casa a las nueve menos diez sabiendo que debería hacerlo diez minutos antes porque llegaré tarde al trabajo, trabajar o algo similar hasta las dos de la tarde parando unos minutos a las doce para tomarme un café en el office, darme un paseo por el barrio en esa pausa obligatoria de dos a tres porque ni me planteo quedarme en la oficina, volver al trabajo hasta las siete de la tarde que suelen ser las siete y diez porque he llegado tarde, y empezar la excursión de vuelta a casa...para llegar más cerca de las nueve que de las ocho y media. 

Y empezar la rutina casi nocturna de poner el televisor, quitarme el calzado de estar en la calle, preparar algo de cena y aprovechar para prepararme también el sandwich del día siguiente y la cafetera para el café del desayuno, ducharme en algún momento entre ese instante y el de plantearme dormir, cenar frente a la televisión, terminar tumbada frente a la televisión sabiendo que seré incapaz de aguantar despierta por mucho que me pueda apetecer ver el final de alguna película o algún programa, trasladarme a la cama en algún momento sobre las dos de la madrugada...

Y empezar de nuevo.
Sin que nada tenga sentido.

Le echo de menos terriblemente. Me duele físicamente no saber de él.

Acostumbrada a que no me quiera, a que no le importe..., pero me mata su silencio. Ese silencio sin futuro, sin que exista un 'cuando pueda hablar me llamará o le podré llamar, cuando esté mejor podremos vernos un rato'.
Ese silencio sin explicación ni explicaciones. 
Nada tiene sentido. 

Primer domingo del último mes del año. 
Y todo me da igual. Ya todo me da igual. 

sábado, 19 de noviembre de 2022

Levantándome de la cama. Y ya.

 Diría que paso días sin ganas ni fuerzas para levantarme de la cama, pero estaría mintiendo. Porque sí me levanto, claro. Y me preparo el desayuno. E intento todos los días salir un rato a la calle con la excusa de comprar algún alimento. Y me preparo la comida y/o la cena. Y estiro las sábanas de la cama en algún momento del día. 
Por tanto, no puedo decir eso de 'dejo pasar los días sin ganas de levantarme de la cama'. 
Pero...

Creo que hasta hace unos días no me he dado cuenta de que, en realidad, mi actividad diaria viene a ser la de alguien que pasaría los días sin ganas de levantarse de la cama'.

Hace cuatro años y medio pasé por una baja médica (diría de 'larga duración' porque fueron dos meses y algo y yo jamás había estado de baja. Pero entiendo que de larga duración no tuvo nada) que incluía la recomendación de 'reposo absoluto'. Ese tipo de reposo que requiere que alguien haga las cosas por ti, que te levantes exclusivamente para temas de aseo personal y poco más. Bien. Yo hasta fui varias veces a Madrid a comprar algunas cosas (que ni siquiera eran imprescindibles). Se me caía la casa encima y creo que salí a diario: a comprar zumo, pan, fruta. A tirar la basura. A las revisiones médicas, claro, que implican trasladarme a otra localidad con transbordos en transporte público incluidos. Estaba absolutamente agotada (me costaba un mundo cualquier esfuerzo. Recuerdo un viaje de veinte minutos en tren, una compra dentro de la estación de llegada, veinte minutos de regreso...que me pasó por encima como un viaje de horas) pero no podía dejar de moverme.

Hace dos años y medio estuve confinada. Como todo el mundo. Bien. Creo que salí a diario, siquiera para bajar la basura. Subía las escaleras andando para hacer algo de ejercicio. Una vez por semana me organizaba para ir a hacer la compra al otro extremo del municipio. Se me caía la casa encima. Estuve en un ERTE total durante dos meses...y creo que me ha quedado tal trauma que no soporto el teletrabajo. Recuerdo esos tres meses sin ir a Madrid capital como algo casi eterno...

Salí de los dos periodos con la sensación, no obstante, de no haber sido capaz de aprovechar el tiempo. En el primer caso, fueron dos meses y medio, de los cuales pasé tres semanas ingresada en un hospital. En el segundo, tres meses de confinamiento (como todo el país). En ninguno de los dos periodos me recuerdo inactiva, pero sí, al mirar atrás, pienso que perdí ese tiempo...

Llevo cuatro meses y medio desempleada. 
No he hecho absolutamente nada en este tiempo. Nada. 

Mi actividad cada vez es más la de alguien a quien le cuesta levantarse de la cama. 
Porque claro que me levanto, pero paso horas sentada en el sofá sin hacer nada. Trasteando por rrss. O mirando hacia la terraza. Porque hay días que ni salgo a ver las plantas, a ver la calle desde arriba. 
Me leí varios libros. Desde hace días ya ni leo. 
Ni escribo por aquí, como puede comprobarse. 

En este tiempo sí me he comprado algunas prendas de ropa. Ahí están, sin estrenar. Porque paso los días con unas mallas negras, unos pantalones tipo chándal granates, dos sudaderas. Lavo las bragas a mano, meto en la lavadora los calcetines (que me cambio cada dos o tres días: total, no voy a ningún  sitio). 
Es como si la ropa, cambiarme y arreglarme, solo tuviese sentido al ir a trabajar. Como si lo que he comprado fuese con esas miras: para cuanto tenga trabajo. Y ahí están un par de pantalones, una camisa azul de rayitas blancas, una blusa de gasa floreada. Y otras prendas de años atrás que lavé, planché y que en algún caso cuelga del picaporte de la puerta del salón: una camisa blanca de lino, un blusón de viscosa con apliques de encaje. Ni me he puesto ni me apetece ponerme, ¿para qué, para sentarme en el sofá a mirar la pantalla del portátil mientras la tele está de fondo? ¿para jugar a 'explotar burbujas' en el móvil?
También he comprado tres pintalabios, dos tipo gloss, otro en barra. Tonos naturales, porque siempre fui de rojos radicales.
Simplemente los estrené para probarlos. ¿Para qué me voy a maquillar? ¿para bajar la basura?

Diría que no tengo ni ganas ni fuerzas para levantarme de la cama si no pasase las horas sentada en el sofá. Si no acabase tumbada en el sofá por la noche, mirando la tele sin que me importe qué estoy viendo, quedándome dormida y trasladándome a la cama de madrugada...

Y pasan los días. Y cada día anochece antes y amanece más tarde.
Y espero que, en un futuro, mire hacia esta época de mi vida y me enfade al comprobar que no aproveché este tiempo de desempleo. Pero a fecha de hoy, último tercio del penúltimo mes del año, no soy capaz de ver ese futuro. 

sábado, 23 de noviembre de 2019

Coloreando mandalas en el reino de Morgana.

Se me había olvidado lo aburrida que era la televenta. El trabajo de televenta con automarcador.

Había olvidado lo aburrido que es. Lo alineante que es este tipo de trabajo. La sensación de 'qué hago aquí' que aparece (me aparece) a los pocos días. Sobre todo cuando en tu vida has hecho otras cosas, mucho más creativas, mucho más productivas también económicamente. Lo único positivo es el nulo esfuerzo intelectual. Porque para esto no hay que pensar: unos minutos antes del horario de comienzo oficial de tu horario laboral te conectas al aplicativo de automarcación, te pones los cascos-micrófono-teléfono, das a 'agente activo' a la hora en punto...y esperas que te vayan llegando las llamadas. El sistema marca por ti. Sólo tienes que codificarlas correctamente: 'no deja argumentar-no colabora', 'ya tiene otros seguros-tiene un producto similar con la competencia', 'ya es cliente' y alguna variante más dependiendo del producto. Y, si decide decirte que sí, leerle literalmente y sin el menor fallo (ni la menor aportación) un 'texto legal' y trasferirle a una locución (otro texto legal grabado) para que, al final, vuelva a repetirte que está de acuerdo y que va a comprar lo que le ofreces. Y pasar al siguiente en todos los casos.

La semana pasada ya me llevé los lápices de colores y hojas para colorear mandalas. Sí, esos dibujos de formas geométricas (también repetidas) que hace unos años consideraron que podían servir como terapia para adultos. Blocs de colorear sin salirse de las líneas, como cuando éramos pequeños en el parvulario o en las horas muertas en casa.
Coloreo mandalas a toda velocidad. Con lápices de colores 'plastidecor', que no hay que sacarles punta (es todo pintura). Al final les he encontrado utilidad a ese tipo de lápices de colores, que no sirven para dibujar otras cosas.
Y dejo pasar el tiempo, sin pensar en nada. 

Al menos, el lugar de trabajo (la 'plataforma de callcenter', que se llaman así este tipo de sitios de trabajo) está climatizada (sin chorros de aire helado o caliente), hay luz natural (si no está nublado y anochece pronto, como estos días), no hay moqueta (el suelo es de sintasol gris con alguna loseta naranja), la luz del techo no molesta excesivamente... Y el horario es bueno. Y el barrio me resulta de lo más familiar. 
Intento encontrar puntos favorables. Porque podía ser peor, siempre puede ser peor. 
Me lo estoy tomando como una especie de terapia, de transición hacia otro sitio. No sé cual, francamente.
Me lo estoy tomando como una forma de recordar cómo empecé en este sector. Como un reciclaje, después de haber hecho otras cosas al menos no tan repetitivas. Recordar los orígenes y recordar que se puede salir de estas ruedas. Que hay otras cosas (no necesariamente estupendas, pero otras).

Llevaba más de siete años sin trabajar como falsa teleoperadora (no sé porqué le llaman así, cuando no 'operamos', cuando es repetir y repetir y repetir lo que otros han malredactado para leerlo al teléfono y conseguir que alguien compre un producto infumable) con sistema de automarcación. 
Sé que no va a durar muchos días. Soy consciente de ello. 
Igual hay a quienes les alegra o les estimula o les hace feliz que les digan lo bien que hablan (a estas alturas alabanzas así me parecen patéticas: claro que hablo bien. Extraordinariamente bien si se me compara con la mayoría de quienes me lo dicen creyendo que esto me va a suponer un estímulo añadido). Que me digan que soy muy técnica, que me adapto a los interlocutores o que empleo un vocabulario muy rico. También me dicen que tengo una voz bonita (eso no es cierto y menos por teléfono y menos aún intentando 'convencer' a un cliente. Empleo a propósito un tono algo más agudo y una dicción, perfecta, eso sí, de locución de gran almacén..., pero no suena 'bonito'). Y me dan exactamente igual este tipo de halagos. Aunque los agradezco (finjo agradecerlos) igual que doy las gracias por cualquier comentario que me hagan los responsables o superiores, tanto de corrección como de felicitación. Sonrío y agradezco. Me despido con un 'hasta mañana' y un 'gracias por todo' cada día con mi mejor  sonrisa (fabricada para estos fines) y desconecto entre la visita al baño, el descenso en el ascensor de mecanismo hidráulico y la puerta giratoria del prefabricado y acristalado edificio de oficinas. Un edificio repetido en un parque empresarial de un polígono industrial a las afueras y frente a un barrio de fama marginal.

El mismo polígono donde he trabajado los últimos cuatro años y medio. El mismo polígono y en el mismo parque empresarial donde trasladaron las dependencias de televenta de la empresa donde trabajé hace 7 años, aquel traslado desde el centro de Madrid y que provocó el comienzo del fin de aquel proyecto.

Evidentemente, el mundo al final es muy pequeño. 
Y cíclico.
Y yo vuelvo a trabajar dando vueltas en la rueda del hámster, sin ir a ningún lado ni poder dejar de dar vueltas. Ocho horas al día de lunes a jueves, siete horas los viernes. Treinta y nueve horas a la semana. Convenio de telemárketing.

Había olvidado lo aburrido que es trabajar como televendedora con sistema de automarcación.
Y no puedo olvidar que se puede salir de esta rutina.
Y que tengo que hacerlo.
Y, para no pensar de más y hasta que sea capaz de ver la puerta correcta de salida, seguiré coloreando mandalas con plastidecores (sin salirme del trazo negro) en el arcoiris del reino de Morgana.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Rutinas para sobrevivir.

Semana complicada nuevamente.

Cada domingo quiero pensar que la que empieza al día siguiente va a ser mejor. De veras lo pienso. Cuando salgo del trabajo los viernes por la tarde, desconecto. Intento olvidar todo lo que ha pasado, los malos rollos, el pésimo ambiente...y la verdad es que lo consigo. También porque durante el fin de semana evito tener el menor contacto con mis compañeros (nada de guasap si no es irremediable, nada de intercambio de comentarios en Facebook) y eso me permite mantener cada cosa en su sitio: el trabajo, de nueve a seis y los viernes hasta las cuatro; la vida real, antes y después de ese horario y lugar. Suele funcionar.

Cuento los días que faltan para vacaciones. Cosa rarísima en mí, a quien siempre estos temas me han tenido un tanto sin cuidado: si hay vacaciones, se aprovechan, pero sin obsesiones sobre cuándo serán (imagino que el haber estado durante años teniendo como 'vacaciones' una semana en agosto...en el mejor de los casos, no librar más que los jueves y viernes de semanasanta porque los sábados trabajaba, los primero de noviembre y el uno de mayo..y hasta en este último caso recuerdo haber trabajado uno, cambia bastante la actitud ante algunos temas). En el momento actual, cuento los días para los próximos festivos (el seis y el ocho de diciembre. El siete trabajo, por no haberme organizado bien el tiempo...y por haber tenido que coger un día de vacaciones por un tema de obras en casa, en el mes de junio). Y luego ya empiezo las vacaciones 'oficiales' el día 22 de diciembre...y hasta pasado el día de Reyes, no vuelvo. Gozada de vida.

El viernes 15 es la cena de navidad de la empresa. Por descontado, no voy a ir. A estas alturas ya me da igual si el resto de mis compañeros va a secundar la idea, si piensan no perdérselo, si pensaban ir y al final han decidido lo contrario..., porque de todo ha habido en las últimas semanas. Yo fui la primera en saber qué día sería (cosas raras que pasan...) y ya tenía decidido el 'no'. Me da igual si eso termina teniendo consecuencias: no pienso ir y punto.

No sé si el viernes siguiente, el último que trabajo, se hará el habitual 'desayuno' o 'brindis' de navidad en la oficina. También es un asunto que me trae completamente sin cuidado.

Otros años, como siempre en mi vida laboral, he sido 'la chica de las fotos'. Este año hasta es posible que me olvide la cámara..., aunque esté en mi bolso.

Estoy cansada y harta. Y no entiendo muchas cosas. Y no entiendo que me repercutan otras que no tienen absolutamente nada que ver conmigo, con mi actitud ante la vida y con el desempeño y resultado de mi trabajo.

En otro orden de cosas..., en el 'otro' orden de cosas, sigo echándole mucho de menos.

Está de vacaciones. Cosa de la que me alegro porque soy consciente de que necesitaba descansar.

Sé que no voy a verle. Nunca, estando de vacaciones, ha hecho el menor gesto por intentar verme (yo, cuando lo estaba y durante años, he ido a esperarle a la salida del trabajo, más bien a la llegada al metro, al menos un par de veces por semana) y ahora no va a cambiar esa actitud. Ahora menos que nunca.
El martes tiene que ir al médico. Nunca va a dejar de preocuparme esas cosas, aun sabiendo que no pasa nada, que en realidad no le pasa nada.

Le llamo. Hablamos. Habla y me gusta oír su voz. Desde que el sexo dejó de ser un tema presente en nuestras llamadas (de eso hace mucho, francamente) esas conversaciones no me provocan otras cosas. Simplemente me gusta oírle hablar. También me costó asimilar que no quisiera el menor comentario sexual en nuestras conversaciones, pero luego entendí que era normal que no lo quisiera cuando yo era alguien que no le ponía en lo más mínimo y terminé acostumbrándome. A veces..., alguna vez y alguna demasiado a menudo, digo algo con doble intención..., pero como noto que no se da por aludido o simplemente elude responderme, no insisto. Y ya está.

Creo que la razón por la que, hace más de siete años, vi que había 'algo' entre nosotros más allá de la simple amistad fue precisamente eso: las alusiones sexuales en nuestras conversaciones. Esa especie de pingpong dialéctico que no faltaba en ninguna llamada y que iba a más. Eso que me hizo ver que para algunas cosas podía ser como si fuese mi hermano..., pero, obviamente, con mis hermanos no hablaba de sexo...así que había algo más en todo aquello.
Ya no hay nada más.

Mi vida es madrugar para cruzarme Madrid e ir a pasar nueve horas en un sitio donde no quiero estar, y al que me liga la necesidad de cobrar una nómina que pague mis gastos, un sitio al que tardo en llegar más de hora y media y otro tanto para volver. Conseguir hablar por teléfono una, dos veces a lo sumo, por semana con alguien con quien podría haber pasado el resto de mi vida y a quien sé de antemano que no voy a ver más que si a él le cuadran todas sus cuentas para venir a pasar la noche conmigo (no hay más trato físico ni visual entre nosotros: estamos terminando noviembre y le he visto tres veces). Y dejar pasar los días con ese ritmo. Y de pronto me encuentro comprándome una crema para la cara que supuestamente es muy buena, y como más o menos me lo puedo permitir, me la compro. O un gel de ducha del que me gusta mucho el olor, y lo compro aunque su precio me daría para invertir en gel de otras marcas para tres años, aún sabiendo que sólo yo voy a oler mi piel. Y algunos días me pinto los ojos, aunque lo normal es no hacerlo, y sigo comprando barras de labios que no uso. Y estamos a menos de un mes para la Navidad, esos días que sigo sin entender del todo, y tendré que comprar productos y regalos para esas fechas porque eso es lo que se espera que haga, como he comprado lotería sabiendo que es un gasto absurdo y que nunca me va a tocar...

Mantener rutinas para seguir un engranaje. Sin más.

Me quedan menos años por delante de los que ya he vivido, incluso en el más optimista de los cálculos. Laboralmente, algo menos de veinte.

Rutina todo ello. Porque a estas alturas ya tampoco quiero esperar otra cosa. Seguir agarrándome a la rutina diaria para sobrevivir.

Y seguir esperando que, igual algún día, venga a pasar la noche conmigo y me despierte y le vea dormir a mi lado. Y, por unos segundos, creer que todo en mi vida es como lo hubiese deseado.