Domingo por la mañana.
No quiero que llegue el lunes. Y no porque hoy vaya a hacer nada extraordinario y no quiera que el día se acabe, sino porque no quiero que llegue mañana y tener que volver al trabajo que hago.
El mismo sentimiento tenía ayer, y anteayer que fue festivo y no trabajé. Y el jueves sólo quería que dieran las seis de la tarde e irme. Y el lunes pasado mi única ilusión era que el viernes era festivo y no tendría que ir a trabajar. Y la semana anterior mi única felicidad eran los dos días no laborables: el jueves que fue festivo nacional y el viernes que lo había cogido libre a cuenta de las vacaciones pendientes.
Nunca me había pasado esto. Nunca había sentido un rechazo tan radical hacia el sitio donde el hecho de pasar nueve horas al día, cuarenta y tres horas a la semana, era el motivo por el que a finales de mes cobraba una nómina indispensable para seguir viviendo (entiéndase por pagar el alquiler, la conexión a internet que me permite comunicarme en este momento con quien ahora lea esto, el teléfono fijo mediante al que intento contactar con él al menos una vez por semana y que me indica a qué hora he llegado a casa porque levantarlo de su soporte y mirar la hora y posibles llamadas perdidas es casi lo primero que hago al llegar, el teléfono móvil que empleo como reloj para saber si voy bien de hora en mi gymkana diaria para llegar a ese trabajo que rechazo... Y comprar alimentos que sólo me sirven para volver a engordar. O a hincharme, porque lo que perdí este pasado final de primavera/comienzo de verano fue volumen más que peso. Vivir, seguir viviendo y necesitar dinero para ello, para mí es simplemente esto).
Mañana es lunes y no quiero volver al trabajo. Y no sé qué inventarme para no ir. Porque no valgo para mentir.
Parte de mi trabajo, desde hace más de nueve años, consiste en mentir contínuamente por teléfono. En mi actual trabajo, intento que esas mentiras sean las mínimas posibles. Así me ha ido bien todo este tiempo...., pero sé que a otras les ha ido infinitamente mejor que a mí mintiendo contínuamente. Y..., no sé. Porque aunque sí sepa que puedo mentir mejor que nadie (soy una magnífica actriz: esto también lo sé) no quiero hacerlo. Principios éticos, se llama.
Me angustia estar encerrada allí, con luz artificial todo el día, sin ventilación, con una pared blanca enfrente al otro lado de la pantalla del equipo informático. Escuchando sandeces casi a piñón fijo. Sabiendo que si paro dos minutos para intentar intercambiar alguna idea con las pocas personas medianamente inteligentes que me rodean y a las que estoy escuchando hablar de otras cosas más interesantes que lo que yo soporto, me van a regañar como si estuviésemos en el colegio (donde no me regañaron por hablar desde los 6 años, edad en que me planté y me enfrenté con la profesora y hasta con el director... que debieron flipar al escuchar a una pelirroja de metro y poco decirles que no la tomasen por tonta, que ella de tonta no tenía un pelo. Literal. Años 70, egb, colegio semiprivado). No quiero ir a un sitio que no me aporta nada, a estas alturas del año y debido a mi baja médica y otros despropósitos, ni siquiera una satisfacción económica al ver el resultado de mi nómina.
No quiero ir, y no sé cómo hacerlo. Porque, como digo, no valgo para inventarme una enfermedad (aparte, con mis antecedentes recientes, igual esa hipotética invención volvía a conllevar exámenes y pruebas hospitalarios..., y no, no quiero volver a pasar por eso). Y sé que si describo mis sensaciones y síntomas, no tendría que inventar nada: me siento muy, muy cansada. Estoy hinchada. Me duele la cabeza (en algunos momentos, de modo insoportable). A ratos tengo muchas ganas de llorar (no lo hago. No puedo llorar en público. Y cuando salgo de allí se me pasan).A ratos también me duele el estómago, igual es el hígado, que está al lado.... No tendría que inventar síntomas, pero tampoco valgo para pedir cita médica y contar todo esto...y confiar que se tradujera en unos día de baja médica....
Hoy sólo sé que es domingo, que mañana me espera una semana completa, de cinco días, de trabajo. Un trabajo absurdo e inútil que aborrezco y que me hace sentirme mal. Y que no puedo esquivar.
No quiero ir y no puedo evitarlo.
Y hoy es once del once, y quiero vcrle, quiero estar con él. Y no puedo hacerlo.
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domingo, 11 de noviembre de 2018
martes, 10 de abril de 2018
Cinco primeros meses.
Y los días pasan, pero el tiempo no avanza. Todo sigue igual.
Abril sigue pareciendo invierno. Casi podría afirmar que es lo único que me gusta, que aún no haya empezado el calor (como otros años en estas fechas), pero empieza a cansarme este tiempo monótono, también en lo climatológico.
No me llama, no me escribe, no puedo llamarle. Y sé que esto no cambiará. Y sigo sin saber porqué, que ocasionó el origen de esta situación. Sé lo que pasa (o al menos, tengo que creérmelo) pero no sé porqué decidió no contármelo en su momento.
No entiendo nada. Y eso no ayuda a que deje de doler.
Mañana hará cinco meses desde la última vez que le vi. No es la primera vez de cinco meses de distancia (ya ocurrió el pasado año, desde mediados de diciembre de 2016 a finales de mayo de 2017), pero en esos meses fueron (aun) horas de conversación, planes fallidos, aplazamientos...
Este año no ha habido nada de eso, más allá de una semana en enero en que me creí que de veras podríamos vernos un rato, un viernes cuando saliera de trabajar... A estas alturas tengo claro que en ningún momento fue posible y él lo supo desde el momento en que en vez de esquivar mi propuesta de 'a ver si te puedo acompañar un ratito una tarde de éstas' me respondió que 'igual el viernes de la semana siguiente...'. Igual era un 'planB' que se planteó a sí mismo, por si fallaba el 'planA' que desde hacía muchas semanas era su realidad.
Tampoco a estas alturas me creo lo de la 'recogida y entrega a domicilio' familiar. Supongo que sí fue así en un primer momento, cuando en las navidades de 2016 le cambiaron el horario ampliándole una hora más la jornada y la única forma de poder cuadrar ese horario con sus obligaciones familiares pasaba por que le fuesen a buscar. Pero no me creo, ya no, que esa situación se prorrogase durante casi dos años. Simplemente, había quien le interesaba más que yo como compañía a la hora de salir del trabajo y volver a su casa. E imagino que también a mí me resultaba más sencillo creerme sus explicaciones-excusas en vez de reconocer una realidad tan obvia.
Mañana se cumplen cinco meses sin verle. Y muchas semanas ya sin escucharle.
A ratos, pienso en volver a escribirle. O en empezar a escribirle, más bien. Algo más allá del mensaje de buenasnoches que fue una rutina durante años...
A veces lo pienso. Abrir un blog exclusivamente para él, para escribirle.
Luego pienso que es un disparate. Y desisto.
Me duele mucho su ausencia. Más su silencio que la falta de su presencia física en mi vida.
Mañana se cumplirán cinco meses.
Y sé que en esta ocasión no son sino los cinco primeros meses sin él. Porque en mayo serán seis. Y en noviembre el día once escribiré que ya ha pasado un año entero desde la última noche que desperté a su lado. Y que no ha querido volverme a ver.
Abril sigue pareciendo invierno. Casi podría afirmar que es lo único que me gusta, que aún no haya empezado el calor (como otros años en estas fechas), pero empieza a cansarme este tiempo monótono, también en lo climatológico.
No me llama, no me escribe, no puedo llamarle. Y sé que esto no cambiará. Y sigo sin saber porqué, que ocasionó el origen de esta situación. Sé lo que pasa (o al menos, tengo que creérmelo) pero no sé porqué decidió no contármelo en su momento.
No entiendo nada. Y eso no ayuda a que deje de doler.
Mañana hará cinco meses desde la última vez que le vi. No es la primera vez de cinco meses de distancia (ya ocurrió el pasado año, desde mediados de diciembre de 2016 a finales de mayo de 2017), pero en esos meses fueron (aun) horas de conversación, planes fallidos, aplazamientos...
Este año no ha habido nada de eso, más allá de una semana en enero en que me creí que de veras podríamos vernos un rato, un viernes cuando saliera de trabajar... A estas alturas tengo claro que en ningún momento fue posible y él lo supo desde el momento en que en vez de esquivar mi propuesta de 'a ver si te puedo acompañar un ratito una tarde de éstas' me respondió que 'igual el viernes de la semana siguiente...'. Igual era un 'planB' que se planteó a sí mismo, por si fallaba el 'planA' que desde hacía muchas semanas era su realidad.
Tampoco a estas alturas me creo lo de la 'recogida y entrega a domicilio' familiar. Supongo que sí fue así en un primer momento, cuando en las navidades de 2016 le cambiaron el horario ampliándole una hora más la jornada y la única forma de poder cuadrar ese horario con sus obligaciones familiares pasaba por que le fuesen a buscar. Pero no me creo, ya no, que esa situación se prorrogase durante casi dos años. Simplemente, había quien le interesaba más que yo como compañía a la hora de salir del trabajo y volver a su casa. E imagino que también a mí me resultaba más sencillo creerme sus explicaciones-excusas en vez de reconocer una realidad tan obvia.
Mañana se cumplen cinco meses sin verle. Y muchas semanas ya sin escucharle.
A ratos, pienso en volver a escribirle. O en empezar a escribirle, más bien. Algo más allá del mensaje de buenasnoches que fue una rutina durante años...
A veces lo pienso. Abrir un blog exclusivamente para él, para escribirle.
Luego pienso que es un disparate. Y desisto.
Me duele mucho su ausencia. Más su silencio que la falta de su presencia física en mi vida.
Mañana se cumplirán cinco meses.
Y sé que en esta ocasión no son sino los cinco primeros meses sin él. Porque en mayo serán seis. Y en noviembre el día once escribiré que ya ha pasado un año entero desde la última noche que desperté a su lado. Y que no ha querido volverme a ver.
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domingo, 12 de noviembre de 2017
Once del once.
Seguramente fue la última vez.
Porque ya no me puede dejar más claro el desinterés. Porque ya no sé qué inventarme para seguir autoengañándome.
Cuando alguien decide dejar de llamarte, dejar de tener un intercambio de llamadas recíproco y sólo sabes de él cuando eres tú quien mantiene esa rutina periódica de llamadas, no quiere quedar contigo aunque ese 'verse un rato al menos una dos o tres veces al mes' (y ese 'verse un rato' no era sino que yo le acompañaba en el retorno a su punto de destino en el metro: hace siglos que quedar para tomar un café pasó a la historia) ya no sea imposible y para ello ya no haya excusas, no hay intercambio de emails, sus respuestas a los sms nocturnos son mera cortesía...seguir repitiéndose que tiene el menor interés es demasiado autoengaño.
Le quiero. Y voy a seguir queriéndole igual, porque he seguido queriéndole tras cada demostración de clara indiferencia. Porque me confirma que no va a llamarme y termino llamando yo, como la cosa más normal del mundo. Y le sigo enviando un sms de buenas noches y voy a seguir haciéndolo. Y dejé hace meses de mandarle, de vez en cuando, alguna foto personal porque me quedó claro que estaba haciendo el ridículo y que raramente podía interesarle recibir fotos de alguien que no le importa. Y tampoco le escribo, si acaso muy de vez en cuando alguna de las fotos que hago y que publico en redes sociales que él no ve, alguna vez un enlace a algo que veo que le podría interesar (idiota de mí: como si él ya no hubiera leído esa misma noticia o lo que fuese, mucho antes de que yo se lo enviara y desde mejores fuentes). Hubo un tiempo en que nos escribíamos emails. Era, seguro, un tiempo en que no había decidido que sus palabras eran demasiado valiosas como para dejárselas leer a alguien como yo.
Es imposible sentirse más sola que al despertar junto a alguien a quien quieres, alguien que te hacía sentir acompañada, que hacía que sintieras que todo estaba bien y estaba en su sitio cuando abrías los ojos y le veías a tu lado..., despiertas y le acaricias y notas que le da igual.
Este año se ha quedado tres veces a dormir conmigo. Las tres he tenido exactamente la misma sensación al despertar y empezar a acercarme a él y empezar a tocarle, algo que supuestamente le gustaba. Que su cuerpo estaba allí y él quería estar lejos. O, al menos, no estar allí conmigo.
Y seguir acariciándole y sentir que querría sólo otra cosa: llorar. Porque es imposible sentirse más sola.
Creo que las tres veces he terminado llorando. Esforzándome para no hacerlo.
Mientras te das cuenta de que estás intentando animar una parte de su anatomía que tiene el mismo interés en ti que la que tiene el resto del cuerpo de su propietario. Y que es así porque la fuerza de la mente es mucha, y esa mente pertenece a alguien que no tiene el menor interés.
Y seguir esforzándote porque ya se trata de un tema de orgullo personal, o, mejor, de amor propio femenino. Aunque sabes que su interés es nulo.
No le gusto. Es muy complicado que algunas cosas, incluso algunos mecanismos masculinos de respuesta que pueden parecer muy básicos, reaccionen cuando no le gustas a quien está contigo. Y saber que contra eso no se puede hacer absolutamente nada.
Algunas cosas muy íntimas y muy sencillas nunca han pasado entre nosotros porque él no ha querido. Dejé de intentarlo. Volví a hacerlo. Se lo llegué a pedir expresamente, aún conociendo de antemano la respuesta negativa. Al final, supe que tenía que dejar de insinuar, de insistir o de intentar: para qué. Para qué pretender, con qué derecho, algo para lo que ya tiene a otras. Y lo sé porque es él quien me lo ha dicho así.
Por la noche, le doy tres cervezas y con eso ya tengo más o menos asegurado que me va a tocar. Y que me va a dejar que le toque, aunque no le guste.
Por la mañana no tengo más argumentos ni más herramientas ni más excusas que mi cuerpo y su falta de interés en él. Y se me pasa por la cabeza decirle que piense en alguien que le guste..., pero decido no decir nada. Absolutamente nada, para no echarme a llorar a mares. Y sigo acariciándole.
Ayer empecé cuando, claramente, estaba dormido. Porque más de una vez me dijo que le gustaba eso, que le despertasen así. Olvidó aclararme que no se refería a tenerme a mí como compañía, evidentemente.
Cuando pasaba la noche conmigo, no cambiaba después las sábanas: descubrí que me gustaba encontrar su olor entre ellas, la noche siguiente, algunas noches después. Era recuperar un instante esa sensación de compañía..., de, exactamente, haber creído por unas horas que todo estaba bien y todo era posible. Era el equivalente a esas lucecitas de enchufe que algunos niños necesitan para dormir: abrir los ojos y ver la lucecita que espanta a los monstruos. Creo que en mi caso era dormir sintiéndole cerca de algún modo.
Ayer no lo hice. Por primera vez, en casi siete años de visitas nocturnas.
Por la mañana propicié que el estado de las sábanas obligase a cambiarlas. También por los restos de rimmel en la almohada o en el embozo, que es con lo que me sequé los ojos. Podría haberlas dejado, pero no.
Porque seguramente había sido la última vez. Y no quería dormir la noche siguiente con el olor a esa certeza. A que mi logro final posiblemente ha sido el último.
Y luego me lavo la cara y pongo café y echo a las plantas el agua que sobró (que fue la jarra entera, porque las últimas dos visitas ha venido con su propia botella de agua. Igual para que no le envenene o algo). Y me pongo una camiseta porque siento absurdo seguir desnuda. Y retiro de la mesa del salón algún resto de comida (patatas fritas, queso, galletitas saladas: no cocino cuando sé que alguien no va a querer comer lo que he preparado), y saco el azucarero, y traigo el café. Y todo es cotidiano y normal, también su prisa.
Y sé que todo ha terminado.
Y le acompaño hasta Madrid, sentada a su lado y al lado de su prisa, porque no quiero quedarme sola. Y me despido de él respondiendo a su pregunta-afirmación de '¿hablamos?' con un 'cuando tú quieras' que es a la vez mentira y verdad, porque sé que no me va a llamar, que llamaré yo y que hablaremos sí él coge el teléfono. Y cruzo la calle cuando sé que ya se ha ido, y entro en una tienda para no pensar, y cojo un bus y miro sin ver desde la ventanilla, y otra tienda, y alguna foto, y otro bus, y vuelta a la estación, y fotografío la colonia de tortugas abandonadas de Atocha, y cojo el tren, y voy al hipermercado... Y todo es porque no me quiero quedar sola con mis ganas de llorar.
Y pongo la lavadora y unas sábanas limpias. Y me quedo dormida pronto en el sofá y cuando abro los ojos pienso que ya es tarde y no le he enviado un beso de buenas noches...
No sé las veces que me he despertado ni cuanto he dormido. Creo que me he levantado tres veces, que una me he lavado la cara. No sé las veces que he llorado ni si en algún momento he dejado de hacerlo. Incluso dormida.
Ahora las sábanas de anoche, ésas que compartí con él y que ensuciamos juntos, se terminan de secar al sol del mediodía. Y huelen a lilas sintéticas en vez de a su piel.
Y a mí me duele el alma, eso que igual no existe y el dolor que siento son mis células echándole de menos desde hace demasiado tiempo y sabiendo que será así eternamente.
Once del once. Igual esta fecha de soldaditos desfilando es la más lógica para terminar algo que sólo tenía sentido para mí.
Porque ya no me puede dejar más claro el desinterés. Porque ya no sé qué inventarme para seguir autoengañándome.
Cuando alguien decide dejar de llamarte, dejar de tener un intercambio de llamadas recíproco y sólo sabes de él cuando eres tú quien mantiene esa rutina periódica de llamadas, no quiere quedar contigo aunque ese 'verse un rato al menos una dos o tres veces al mes' (y ese 'verse un rato' no era sino que yo le acompañaba en el retorno a su punto de destino en el metro: hace siglos que quedar para tomar un café pasó a la historia) ya no sea imposible y para ello ya no haya excusas, no hay intercambio de emails, sus respuestas a los sms nocturnos son mera cortesía...seguir repitiéndose que tiene el menor interés es demasiado autoengaño.
Le quiero. Y voy a seguir queriéndole igual, porque he seguido queriéndole tras cada demostración de clara indiferencia. Porque me confirma que no va a llamarme y termino llamando yo, como la cosa más normal del mundo. Y le sigo enviando un sms de buenas noches y voy a seguir haciéndolo. Y dejé hace meses de mandarle, de vez en cuando, alguna foto personal porque me quedó claro que estaba haciendo el ridículo y que raramente podía interesarle recibir fotos de alguien que no le importa. Y tampoco le escribo, si acaso muy de vez en cuando alguna de las fotos que hago y que publico en redes sociales que él no ve, alguna vez un enlace a algo que veo que le podría interesar (idiota de mí: como si él ya no hubiera leído esa misma noticia o lo que fuese, mucho antes de que yo se lo enviara y desde mejores fuentes). Hubo un tiempo en que nos escribíamos emails. Era, seguro, un tiempo en que no había decidido que sus palabras eran demasiado valiosas como para dejárselas leer a alguien como yo.
Es imposible sentirse más sola que al despertar junto a alguien a quien quieres, alguien que te hacía sentir acompañada, que hacía que sintieras que todo estaba bien y estaba en su sitio cuando abrías los ojos y le veías a tu lado..., despiertas y le acaricias y notas que le da igual.
Este año se ha quedado tres veces a dormir conmigo. Las tres he tenido exactamente la misma sensación al despertar y empezar a acercarme a él y empezar a tocarle, algo que supuestamente le gustaba. Que su cuerpo estaba allí y él quería estar lejos. O, al menos, no estar allí conmigo.
Y seguir acariciándole y sentir que querría sólo otra cosa: llorar. Porque es imposible sentirse más sola.
Creo que las tres veces he terminado llorando. Esforzándome para no hacerlo.
Mientras te das cuenta de que estás intentando animar una parte de su anatomía que tiene el mismo interés en ti que la que tiene el resto del cuerpo de su propietario. Y que es así porque la fuerza de la mente es mucha, y esa mente pertenece a alguien que no tiene el menor interés.
Y seguir esforzándote porque ya se trata de un tema de orgullo personal, o, mejor, de amor propio femenino. Aunque sabes que su interés es nulo.
No le gusto. Es muy complicado que algunas cosas, incluso algunos mecanismos masculinos de respuesta que pueden parecer muy básicos, reaccionen cuando no le gustas a quien está contigo. Y saber que contra eso no se puede hacer absolutamente nada.
Algunas cosas muy íntimas y muy sencillas nunca han pasado entre nosotros porque él no ha querido. Dejé de intentarlo. Volví a hacerlo. Se lo llegué a pedir expresamente, aún conociendo de antemano la respuesta negativa. Al final, supe que tenía que dejar de insinuar, de insistir o de intentar: para qué. Para qué pretender, con qué derecho, algo para lo que ya tiene a otras. Y lo sé porque es él quien me lo ha dicho así.
Por la noche, le doy tres cervezas y con eso ya tengo más o menos asegurado que me va a tocar. Y que me va a dejar que le toque, aunque no le guste.
Por la mañana no tengo más argumentos ni más herramientas ni más excusas que mi cuerpo y su falta de interés en él. Y se me pasa por la cabeza decirle que piense en alguien que le guste..., pero decido no decir nada. Absolutamente nada, para no echarme a llorar a mares. Y sigo acariciándole.
Ayer empecé cuando, claramente, estaba dormido. Porque más de una vez me dijo que le gustaba eso, que le despertasen así. Olvidó aclararme que no se refería a tenerme a mí como compañía, evidentemente.
Cuando pasaba la noche conmigo, no cambiaba después las sábanas: descubrí que me gustaba encontrar su olor entre ellas, la noche siguiente, algunas noches después. Era recuperar un instante esa sensación de compañía..., de, exactamente, haber creído por unas horas que todo estaba bien y todo era posible. Era el equivalente a esas lucecitas de enchufe que algunos niños necesitan para dormir: abrir los ojos y ver la lucecita que espanta a los monstruos. Creo que en mi caso era dormir sintiéndole cerca de algún modo.
Ayer no lo hice. Por primera vez, en casi siete años de visitas nocturnas.
Por la mañana propicié que el estado de las sábanas obligase a cambiarlas. También por los restos de rimmel en la almohada o en el embozo, que es con lo que me sequé los ojos. Podría haberlas dejado, pero no.
Porque seguramente había sido la última vez. Y no quería dormir la noche siguiente con el olor a esa certeza. A que mi logro final posiblemente ha sido el último.
Y luego me lavo la cara y pongo café y echo a las plantas el agua que sobró (que fue la jarra entera, porque las últimas dos visitas ha venido con su propia botella de agua. Igual para que no le envenene o algo). Y me pongo una camiseta porque siento absurdo seguir desnuda. Y retiro de la mesa del salón algún resto de comida (patatas fritas, queso, galletitas saladas: no cocino cuando sé que alguien no va a querer comer lo que he preparado), y saco el azucarero, y traigo el café. Y todo es cotidiano y normal, también su prisa.
Y sé que todo ha terminado.
Y le acompaño hasta Madrid, sentada a su lado y al lado de su prisa, porque no quiero quedarme sola. Y me despido de él respondiendo a su pregunta-afirmación de '¿hablamos?' con un 'cuando tú quieras' que es a la vez mentira y verdad, porque sé que no me va a llamar, que llamaré yo y que hablaremos sí él coge el teléfono. Y cruzo la calle cuando sé que ya se ha ido, y entro en una tienda para no pensar, y cojo un bus y miro sin ver desde la ventanilla, y otra tienda, y alguna foto, y otro bus, y vuelta a la estación, y fotografío la colonia de tortugas abandonadas de Atocha, y cojo el tren, y voy al hipermercado... Y todo es porque no me quiero quedar sola con mis ganas de llorar.
Y pongo la lavadora y unas sábanas limpias. Y me quedo dormida pronto en el sofá y cuando abro los ojos pienso que ya es tarde y no le he enviado un beso de buenas noches...
No sé las veces que me he despertado ni cuanto he dormido. Creo que me he levantado tres veces, que una me he lavado la cara. No sé las veces que he llorado ni si en algún momento he dejado de hacerlo. Incluso dormida.
Ahora las sábanas de anoche, ésas que compartí con él y que ensuciamos juntos, se terminan de secar al sol del mediodía. Y huelen a lilas sintéticas en vez de a su piel.
Y a mí me duele el alma, eso que igual no existe y el dolor que siento son mis células echándole de menos desde hace demasiado tiempo y sabiendo que será así eternamente.
Once del once. Igual esta fecha de soldaditos desfilando es la más lógica para terminar algo que sólo tenía sentido para mí.
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