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domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

sábado, 6 de abril de 2024

Desgaste.

domingo, 18 de abril de 2021

Dieciocho de abril de 2021.

 Días pensando en escribir.

Un grado de agotamiento tal que, algunas noches, no tengo fuerza ni para pensar. No es una metáfora: literalmente no me quedan ideas, no recuerdo cómo se llaman algunas cosas, sé que tengo sueño pero no puedo ni definirlo con palabras. Termino tumbada en el sofá con sensación insomne...y me quedo dormida, trasladándome a la cama en algún momento de la noche. 

Días, semanas, pensando en escribir y sin fuerzas para hacerlo. 

Procuro que en mi día a día no se me note el agotamiento. Curiosamente, el uso de mascarillas, que tapan media cara, ayuda al disimulo. Apenas me muevo. No sé si estoy exageradamente gorda (que también) o simplemente hinchada (que seguramente también). Voy y vuelvo al trabajo. No podría definir si camino poco o mucho. Algunos días no como a mediodía (en realidad, como muy poco), pero es probable que finalmente consuma más calorías diarias de las debidas, porque también es posible que al llegar a casa me ponga a picotear cosas (snacks, alguna chuchería, zumo...) y eso hace que al final cene muy tarde y no haga el menor ejercicio físico hasta la hora de dormir.

Cansada.

En mi trabajo estamos en pleno ERE. No, no ERTE como el año pasado (bueno, también) sino un plan para reducir drásticamente la plantilla. Cuento con que estaré incluida en la lista de personas de las que prescindir. No, no por no haber cumplido con mi trabajo, con los objetivos planificados, sino.., da igual: cuento con que estaré incluida y que me despedirán.
Y eso tampoco anima.
Es como dar vueltas sin parar en la rueda del hámster.

Me veo horrorosa en los espejos. Intento no mirarme más que lo estrictamente imprescindible. La progresiva pérdida de visión también ayuda.

En las últimas semanas he cancelado (aplazamiento sucesivo) el encontrarme con él. 
Cuestiones de salud, de su salud, que también me preocupa mucho.
Quizá lo único positivo de estos últimos días es que hemos hablado casi a diario. Hacía mucho que no hablábamos tan a menudo...

Dieciocho de abril de 2021. Domingo soleado. Seguro que estaría bien poder quedarme en casa, leyendo. Seguro que estaría bien poder dar un paseo al sol. Seguro que estaría bien llenar la bañera de agua caliente con cosas que huelen bien y meterme una hora en ella. Seguro que estaría bien volver a meterme en la cama...
Seguro que me apetecerían muchas cosas si no estuviese tan cansada.
Rutina de domingo. Ojalá recupere las ganas de, al menos, escribir.

miércoles, 22 de abril de 2020

Cuarentena. Día 38.

Deprimida. Cansada. Aburrida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares. 
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada. 
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar. 
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo. 
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos). 
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso. 
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle. 
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social. 
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar. 
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón. 
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual. 
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía. 
Estoy cansada, aburrida, deprimida.

jueves, 9 de abril de 2020

Huyendo de los sueños.

Sueños raros cada noche.
Pesadillas. Supongo que podría definirlos así.

Me da miedo que llegue la noche porque sé que no voy a dormir. Bueno, sí que duermo. Termino quedándome dormida en el sofá (no me esfuerzo por no quedarme dormida o por trasladarme a la cama en cuanto me empieza el sueño, sino que me dejo llevar por él: imagino que instintivamente debo pensar que el tiempo que consiga dormir será lo que me lleve de esa noche). Así que en algún momento me traslado a la cama. A veces se ha apagado la televisión sola, a veces no y hay algún espacio musical o algo de teletienda. Raramente es antes de las cuatro de la mañana. 

En la cama vuelvo al duermevela y a los sueños raros. Sueño que ya he tenido en el sofá, aunque no sean los mismos. Sueños como trozos de película de argumento angustioso, aunque no recuerdo que me esté pasando nada malo. Pero...tienen una luz rara, un ambiente denso. Sueño con personas de mi pasado y es como si estuviesen en mi presente. No es 'soñar con el pasado', sino que esas personas están hoy en mi vida y tienen el aspecto que supuestamente deberán tener (en muchos casos, más de sesenta años y cerca de los setenta. Incluso más). Argumentos raros que en el sueño parecen reales...y que me hacen sentir incómoda. Situaciones de las que no puedo salir. Aunque en algunos momentos sé que es un sueño y que solo necesito hacer el esfuerzo de abrir los ojos y romperé con todo. Pero, también a veces, decido no despertar...porque también sé que si lo hago entraré en el insomnio, en las vueltas en la cama, en el dolor de cabeza (últimamente no me lo consigo quitar durante horas y hasta me acompaña en el argumento de mis sueños), en el malestar, en el silencio raro de la calle y la sensación de estar rodeada de vacío...
Días raros y noches aún más raras.

Me despierto sobre las seis y media, siete. Recuerdo que no es necesario levantarme e intento volver a dormir. Tardo en conseguirlo. Si me despierto sobre las nueve ya no hago esfuerzo alguno por dormir (sobre todo, porque hasta anteayer he estado teletrabajando..., bueno, hasta el lunes, que no fue anteayer...tengo perdido el sentido del tiempo). Me levanto, voy al salón, miro el móvil, miro por la terraza, a veces pongo la radio o vuelvo sobre mis pasos y voy al baño...

Hoy he vuelto a dormir fatal. Me quedé dormida en el sofá, me trasladé a la cama (no recuerdo la hora), me desperté antes de las siete y volvió a desconcertarme la falta de ruidos. Decidí volver a dormir, hacer el esfuerzo por quedarme nuevamente dormida...
Cuando he abierto los ojos, he pensado que había visto mal, que las manecillas del reloj rosa de la mesilla no estaban juntas, sino que no había visto la otra, la corta.
Pero sí.

Creo que he vuelto a cerrar los ojos mientras pensaban eso, en qué hora sería. Y entonces he mirado hacia el proyector del techo. 
Eran más de las doce del mediodía. Y ni siquiera tenía la sensación agradable de haber dormido profundamente. Sólo la de haberme pasado la noche huyendo de argumentos raros, de vidas que no son la mía, de personas con las que no quise ni quiero volver a estar...
Huyendo de los sueños. 

Supongo que no es sino un reflejo de mis días. Días en lo que no puedo huir, salir de casa, caminar hasta cansarme, coger el tren y llegar a la última parada y cambiar de andén y dar la vuelta...
Este encierro preventivo, esta cuarentena, este confinamiento me están volviendo loca. E igual, esta vez, no es una frase hecha.

domingo, 5 de abril de 2020

Reclusión, teletrabajo, aire de pesadilla.

Empieza la tercera semana de reclusión domiciliaria y teletrabajo.

En lo referente a lo primero, tenemos por delante tres semanas, como mínimo, en la misma situación. Y recalco lo de 'como mínimo' porque supongo que se prorrogará otra semana más. Al menos, hasta mediados de la primera semana de mayo. O sea, un mes completo a contar desde hoy.
En lo relativo al teletrabajo, la empresa en que empecé a trabajar hace un mes está a punto de entrar en un ERTE (Expediente de Regulación Temporal de Empleo). O sea, a despedirnos con compromiso de recontratación cuando las cosas vuelvan a la normalidad. Que no será antes de un mes. Y que implica una  considerable pérdida de ingresos. Aunque no sería lo peor, porque lo peor sería un despido (en mi caso, les basta un simple 'no supera el periodo de prueba').
No quiero pensar en ello. Lo que tenga que ser, será.

Llevo muy mal el hecho de estar encerrada.
Llevo muy mal el teletrabajo: al final paso casi nueve horas (y sin el casi, porque suelo sobrepasarlas) sentada frente al portátil de empresa, intentando ser productiva...y sin conseguirlo. Y con la sensación añadida de angustia que esto me produce. 
Acabo agotada. Más cansada, mucho más, que si trabajase esas horas más las tres y pico diarias de transporte para ir y volver.

Todo esto tiene un aire de pesadilla que hace que me cueste dormir por las noches. Sueño cosas raras, densas.
No descanso.
No sé qué va a ser de mí estas próximas tres, probablemente cuatro semanas de encierro.

domingo, 7 de abril de 2019

Semana del despropósito.

Definir como 'muy complicada' esta semana que se termina, sería quedarse muy corto. Faltar a la verdad, para ser exactos.

Estoy acostumbrada a èpocas en que mi vida es una montaña rusa: de pronto darme cuenta de que estoy en la cima de algo (que tampoco lleva a ninguna parte) cuando un rato antes estaba en lo más hondo. Y rápidamente volver a caer. Y dar un giro. Y subir de nuevo. Y...
Pero estos últimos tiempos están siendo otra cosa.

Si tuviera que elegir una sola palabra para definir la semana, ésta sería 'despropósito'. Todo ha sido un compendio de despropósitos. Uno tras otro. Y cada uno más disparatado, más pernicioso, más inexplicable y más absurdo que el anterior.
Y nada divertidos.

Se han juntado muchas cosas. Algunas mezclando lo emocional con lo laboral.
Algunas cosas me han dejado un poco más sola de lo que ya me sentía, además.

Lo único positivo y salvable de la semana es haber hablado, ayer, con él. Y saber que está mejor.

Lo demás..., de lo demás sólo me queda agotamiento, sensación de dar vueltas sin meta alguna.
Y sin encontrar la puerta por la que poder salir. 

domingo, 31 de marzo de 2019

Termina marzo. Empieza abril.

Terminando una de las semanas más raras de los últimos años de mi vida. Y quizá, también, de las más complicadas...aunque para eso creo que ya he creado 'callo' y ni lo noto.

Ser capaz de desconectar, totalmente, al salir del trabajo también ayuda. Y ayuda que, igualmente, en las horas laborales no se mezclen otras cuestiones. 
Pero que no se mezclen ni significa que no estén ahí y no evita que afecten. Afectan. Quizá más de lo deseable.

En unas horas comienza una nueva semana y un nuevo mes, el cuarto del año. Y ya sé que la semana va a ser intensa. Probablemente tanto o más que la que se ha terminado.
Pero sobreviviré. que remedio.

No estoy bien de salud, ni física ni mentalmente. Porque sé que mis problemas físicos se derivan de lo mental, y por eso el año pasado no fueron capaces de averiguar qué había ocasionado lo que me pasó. 

Estoy cansada, estresada, me siendo hinchada. El lunes pasado tenía la tensión disparada y sé que no he mejorado.
Y no sabemos porqué.
Bueno, yo sí lo sé. El estrés laboral. La preocupación por no saber de él. Temas familiares. Historias raras.

Termina marzo.
Empieza abril. 
No me atrevo a darle la bienvenida.

domingo, 6 de mayo de 2018

Semana de pesadilla.

Me gustaría decir que estoy o me siento convaleciente, porque eso querría decir que realmente estoy bien y lo único que tengo es la fatiga lógica tras pasar una enfermedad...pero no es así.
No estoy bien.

Creo que esta que acaba hoy es la peor semana que recuerdo, de toda mi vida, del aspecto 'salud'. Arrastrando aún las secuelas del ataque de ansiedad de hace ocho días, el lunes volví a sufrir otro.
Y llegué a creer que me moría. No recuerdo haberlo pasado tan mal nunca.

Me empecé a poner mala en el trabajo. Aguanté hasta las seis de la tarde, no sé bien cómo ni con qué intención (¿pensando quizá que al salir de allí se me pasaría como por arte de magia? ¿ que llegada la hora de salir mi angustia, mi dolor terrible de espalda, la sensación de estarme ahogando, el estómago revuelto, el dolor de cabeza como de golpes de martillo..., el resto de los síntomas, no se vendrían conmigo?) y el recorrido de vuelta a casa fue una pesadilla de más de dos horas y media. Y se prorrogó en la noche, y...
Es la primera vez en mi vida en que estoy en la cama hasta más de la una del mediodía. Tras no haber dormido apenas y no saber qué hacer ni qué tomar para conseguir quitarme el dolor y la angustia...
No le voy a dar más vueltas.

Tengo controlada la ansiedad, y con eso me estoy conformando.

Me siento muy cansada, mucho. Me duele todo el cuerpo. Me pica toda la piel, a ratos de una forma desquiciante, un picor que no me calma ninguna loción ni evitan las pastillas para la alergia, supongo que porque viene desde el interior. Y a ratos me veo amarillenta.

El martes tengo una analítica. Sé que no me detectarán nada, que seguiré igual de cansada y de harta, que en algún momento pararán los picores y el dolor de estómago. Y que lo único que habré sacado es haber pasado por la desagradable sensación de haberme tenido que pinchar.

Lo único que salvo de esta semana es haberle vuelto a escuchar. Lo único.
E imagino que en cualquier momento decidiré que si la recompensa o la compensación por haber soportado esa semana de pesadilla era eso, volverle a escuchar, habrá valido la pena.
Y..., y curiosamente, mientras le escuchaba no me dolía nada. Y el efecto analgésico se prorrogó hasta horas más tarde, quizá toda la noche...

Sé que lo que me pasa también es consecuencia de estos meses sin él. De mi preocupación inevitable por él, de mi tristeza infinita al no tenerle ni saber nada de él.
Pero eso es algo con lo que tendré que aprender a  vivir. También mi cuerpo tendrá que aprender.

Mañana, que realmente es en unas horas, empieza otra semana. Y me da mucho miedo que vuelva a repetirse parte de la que acaba de terminar.

domingo, 29 de abril de 2018

Enferma.

El viernes fui al médico. Y entendí (recordé) enseguida porqué no voy.
Lo primero que hice cuando salí de la consulta fue pedir el cambio de médico. Creo que esto bastará para resumir lo agradable de la situación.

Llevaba más de diez años sin ir. No es que no haya estado enferma en este tiempo, sino que, como creo que ya he dicho alguna que otra vez, me he dado cuenta de que tardo lo mismo en sanar que quienes sí van al médico, cogen días de baja, se medican... Así que me ahorro el trámite. Me decidí finalmente hace un par de semanas: fui a mi centro de salud, intenté pedir un médico 'de tarde', como no había acepté el que tenía 'de mañana' (también pensando que la doctora que me tocaba era una conocida...por haber sido médico de mi familia años atrás), pedí cita...

Y dos semanas más tarde, que era el primer día en que había 'hueco' para primera hora de la mañana, allí estaba yo: a las ocho y media de la mañana, esperando que me atendiesen.

Y allí estuve, intentando contar que estaba siempre, siempre, cansada; que no dormía, o sí, pero seguía cansada y con sueño; que apenas comía y no dejaba de ganar peso; que me sentía hinchada (y lo estaba); que... a alguien que estaba más ocupada y preocupada por mirar su móvil que a mí. Alguien que lo primero que me dijo es que me iba a dar cita para el ginecólogo (y le respondí que no, que no iba a ir y que no había acudido a consulta para eso). Alguien que revisando mi historial (que existe, y que digo yo que reflejará mis problemas hormonales, mi diagnóstico de estrés y de anorexia, mis problemas de sobrepeso...) solo dijo cosas incongruentes referenciándose en lo que iba leyendo.

Lo primero que le dije es que, tras diez años (quizá más) sin hacerlo, probablemente deberíamos empezar por hacerme una analítica.

Por increíble que pueda parecer, al final aceptó...'porque igual piensas que puedas tener alguna enfermedad o algo'.
Hasta ese momento, mi sensación era estar frente a alguien que internamente se estaba preguntando qué hacía yo allí, haciéndole perder el tiempo. Para comprobar que probablemente sí era cierto que mi problema de sobrepeso no era imaginario, lo máximo que me pidió fue que me pusiera en pie y me levantase la camisa...
Nada de pesarme o tomarme la tensión.
Peso 30 kilos más que hace 15 años. Y en esas fechas no estaba esquelética.

Poco menos que me dijo que lo de verse hinchada o tener ojeras era normal, que no podemos estar toda la vida igual y que sólo a los dieciocho años se tiene una piel perfecta... En ningún momento yo hice mención alguna a que me estuviese comparando a 'mi yo pasado'. Sé que no aparento la edad que tengo (es cosas de familia). Igual era eso lo que le rompió los esquemas: ¿qué hace aquí una tía que aparenta diez años menos de los que su ficha dice que tiene, quejándose de no encontrarse bien?

Insistió en lo del ginecólogo (mejor dicho: insistió en que me iba a mandar a hacer una citología: ni siquiera era darme cita para el ginecólogo, que al menos habría tenido alguna lógica. Igual es que le dan puntos por ello, o algo así) y le respondí nuevamente que no. Que ya veríamos en el futuro.

Le pregunté si el justificante de asistencia me lo daba ella o lo tenía que pedir en recepción. Y sí, me lo dio ella. Y me indicó que en recepción me daban la cita para la analítica.
Lo último que hice fue confirmar que nunca había sido médica nuestra. No, no lo había sido (tampoco suplente) porque no encajaban las fechas. Aun así (y esto es cierto) la conozco de algo...y no sé de qué...

En recepción me dieron la cita para la analítica. Al preguntar si el 'frasquito para la orina' me lo daban ellos o lo compraba en farmacia...me respondieron que sólo era análisis de sangre...
Obviamente, lo siguiente fue pedir cambio de médico.

Entramos en bucle: no hay espacio libre para las tardes.
-Necesito un médico de turno de tarde.
-No hay espacio libre para las tardes.
-Pero yo necesito un médico de turno de tarde: no puedo estar viniendo por la mañana.
-Ya, pero los doctores de tarde tienen todo el cupo cubierto.
-¿No podéis ponerme en lista de espera, o algo? Necesito un médico para la tarde.
-No podemos, es que no hay espacio libre.
-¿Entonces, qué tengo que hacer para ver si hay algún hueco en algún momento?
-Pásate de vez en cuando y pregunta.
-Bueno..., pero con mi falta de tiempo...pueden pasar otros diez años.

En algún momento debieron ver que iba en serio. Tanto mi decisión como mi necesidad de cambiar de médico.
-Creo que a la doctora tal le quedó algo libre ayer...espera que mire.... Pues sí ¿te interesa?
-Siendo por la tarde, sí.

Así que tengo cita para analítica y médica para la tarde, que recibirá los resultados de mi analítica y volveremos a empezar con el relato de mis síntomas. Todo en uno.

La sensación de impotencia, de pérdida de tiempo, de mal funcionamiento de la sanidad pública...era tremenda. Tan tremenda como mis ganas de llorar.
No sé si fue por esto..., bueno, no, esto simplemente fue una gota más sobre un vaso ya lleno, pero por la noche me dio un ataque de ansiedad.
Dos días enferma.

Ayer sólo fui desde la cama al sofá. Tras no dormir apenas por la noche (conseguí vomitar varias veces) tiritando y sudando a la vez, creyendo que me estaba muriendo, pasé la mayor parte del día dormitando en el sofá. Salí a mediodía a comprar fresas (la verdad es que lo intento razonar...y me cuesta. Apenas me tenía en pie) y compré también zumo de naranja presuntamente exprimido y un envase grande de yogur natural. Lo único que tomé ayer fue zumo (de piña, una botella entera) y, en la tarde-noche, dos huevos cocidos. Creo que cuando estoy enferma me muevo por instinto en lo de alimentarme...

Por la noche intenté ver a través de internet un capítulo de una serie que estoy siguiendo, pero vi que me estaba quedando dormida, así que lo dejé. Casi a las cuatro de la mañana me tomé un paracetamol. Sé que era esa hora porque di la luz de la cocina. Hasta ese momento estaba durmiendo en el sofá, a partir de ahí fui a la cama a seguir durmiendo...

Ya estoy mejor. Con una sensación rara de convalecencia.
Ayer, mientras bajaba a la calle a por las fresas, reviví la sensación de cuando era pequeña y tenía fiebre, y esa fiebre era la de 'estar creciendo'. Todos conocemos esa sensación... En mi caso, no crecí demasiado. Y obviamente, esta vez no voy a crecer.

Tengo una sensación rara, también, de alergia generalizada... Ayer me picaba la piel simplemente por contacto con la ropa. Esta mañana bastaba con tocarme para que se me irritase el tramo de piel que hubiera tocado. Ahora tengo que ducharme: ya veré cómo reacciono...

Todo esto simplemente acrecienta mi sensación de irrealidad. De que mi presente es irreal.

Lo bueno de ayer es que por un momento noté que había vuelto a recuperar vista (de hecho, creo que sigo teniendo esa recuperación). Y también noto que se me ha acrecentado el sentido del olfato (eso lo noté claramente ayer. Y en alguien que ya de por sí tiene muy desarrollados los sentidos...no es precisamente muy agradable).

No sé si valgo para estar enferma.
No molesto a nadie, eso es cierto. Pero..., tampoco es muy agradable saber eso: que no voy a molestar a nadie porque a nadie le importa como esté.
Ni siquiera a quien supuestamente es mi médico.

domingo, 22 de abril de 2018

Colapso físico y emocional.

Hay un momento en que el cuerpo dice 'basta' y creo que el mío está a punto. O igual me lo ha dicho ya y he preferido ignorarlo.

Estoy siempre cansada, siempre. Da igual si llevo levantada desde antes de las siete de la mañana y son más de las doce de la noche y sigo en pie y llevo encima más de tres horas de transportes con sus transbordos y nueve de encierro laboral en un sitio sin luz ni ventilación natural bajo un ambiente de tensión, o si es sábado y apenas he hecho nada en todo el día. Estoy tremendamente cansada.

Apenas como. De hecho, hace semanas que directamente no me llevo nada para el mediodía. Me compro un blíster de pavo o similar y me como dos o tres rodajas, o cualquier casi aperitivo salado, tipo hojaldre con queso de cabra, enrejado de espinacas, y con eso paso el día. A veces, ni siquiera consigo comerme más de la mitad de lo que, como digo, por tamaño apenas es un tentempié.

No bebo agua y ni me doy cuenta. Me tomo un café antes de salir de casa. Un café que no es otra cosa que agua con algo de café, porque lo hago tan ligero que con echarle una nube de leche se aclara como si fuese leche con una nube de café. A veces, una galleta o mediadocena de copos de cereal integral. Muchas mañanas, ni eso. En el curro, entre las diez y las once, me preparo otro café (de la cafetera de cápsulas) y me dura mediamañana. Sobre las doce y media y casi más bien a la una del mediodía, un par de mandarinas, algún día un plátano, las menos una galleta de chocolate de la máquina. Mi comida fuerte del día es la cena, más cerca de las diez que de las nueve (aunque me sigo esforzando en que no sea así) y tampoco es eso, fuerte. Cosas a la plancha o verdura, normalmente. Algunos días me doy cuenta de que ni siquiera me he comido el yogur que suelo añadir para al menos tomar lácteos (el calcio y mi edad). Al llegar a la cena puedo llevar sin beber agua todo el día. Sí he pasado el invierno tomándome a diario medio brick de zumo de naranja o mandarina: digo que eso me ha evitado la gripe... Pero en un trabajo donde es imprescindible tener la garganta hidratada, no lo hago. No me apetece.

No pierdo peso. Es más, sigo engordando. Y estoy hinchada.
Esta semana, con la subida de las temperaturas, ha aumentado la sensación (y la realidad) de hinchazón. El jueves tenía los pies tan hinchados que cuando me quité los calcetines (de rejilla, sin apreturas) tenía marcado el relieve en la piel. Me duró toda la noche.
Me duelen las articulaciones. Se me duermen las manos. Cada día veo peor.

No tengo ganas de nada. Trabajo por mero impulso, por inercia y por mi exacerbado sentido de la responsabilidad. Y da igual lo que haga: nada es productivo.
El viernes, además, las cosas se complicaron más. Mucho más. Hasta el punto de que probablemente lo que quede de año cobre el sueldo fijo, sin comisiones ni incentivos. Todo por la pésima gestión de los responsables de esta empresa.

No me paso todo el día llorando porque ni pienso en ello. Pero si me paro...y pienso...me echo a llorar.

Le echo de menos. Mucho, muchísimo. Tengo asumido que no voy a volverle a ver, que no quiere saber nada de mí. Que ni me va a llamar ni va a atender mis llamadas. Lo tengo asumido, pero eso no quiere decir que entienda el porqué.

Gran parte de lo que me pasa no es nuevo, lo sé. Y por eso, porque lo sé, he confirmado que me hacía bien tenerle. Poder hablar con él, que la mayor parte de las veces no era sino escucharle al otro lado del teléfono. Poder verle de vez en cuando (sin ser consciente de ello, o igual sí, saber que iba a verle un rato una vez por semana, o cada diez días, era un aliciente para mi vida, una especie de tener algo con que ilusionarme).

Le echo de menos con el egoísmo de necesitarle. Y me duele terriblemente saber que, además, el origen de porqué cortó la comunicación es un problema de salud. El origen....o la excusa. Porque a estas alturas tengo claro que no me dijo qué pasaba porque no consideró que yo tuviese derecho alguno a saberlo. Y que sigo sin saber nada (un email hace mes y medio, dos respuestas a dos sms míos. Nada más) porque evidentemente no tiene la menor intención de retomar el contacto.

Ni siquiera quiero pensar en cómo me gustaba estar a su lado, acordarme de su cuerpo o recordarle dormido junto a mí. No quiero pensar en ello. Duele hasta dejarme sin aire.

Mi cuerpo (y mi mente, ésa a la que no hago caso) me mandan señales para que pare.

He estado toda la semana sin lavarme el pelo. Me justifico en que no he tenido tiempo. La realidad es que no tenía ganas. Me obligo a meterme en la ducha: total, tardo poco más de cinco minutos en ducharme y volver a estar seca y con algo de ropa encima. Algunas noches no consigo tener fuerzas para hacerlo. Coqueterías como hacerme la pedicura, depilarme...creo que hace meses que salieron de mis rutinas. Total, para qué. Nunca lo hice para alguien en concreto, nunca fui de las que se depilaban las piernas porque en mi entorno hubiese alguien a quien agradar o me pintara las uñas de los pies porque alguien fuese a verlo en pleno invierno. Lo hacía porque sí y lo hacía siempre. Ahora no encuentro ninguna razón.

Del estado de desorden de mi entorno ya ni hablo. Acumulo montañas de ropa lavada y pendiente de clasificar, montañas de ropa planchada y sin ordenar, montañas de ropa que me he puesto una vez y están entre la silla y el piecero de mi cama. Cuando necesito algo limpio, recurro a los montones de ropa planchada o retirada del tendedero. Me siento incapaz de sacar fuerzas y minutos para poder orden.

Hay papeles, tickets de compra que saco por puñados del bolso si tengo que buscar algo y que quedan sobre cualquier mesa. En el suelo de la cocina se acumulan frascos, conservas y otros alimentos que no necesitan frío; cartones para reciclar, bolsas de plástico hechas un nudo para emplear luego con otros fines. Hace dos o tres semanas compré un par de fuentes de cristal para mi nuevo minihorno, ése que compré hace un par de meses. Las fuentes siguen en el suelo dentro de la bolsa de plástico en que me las dieron. Friego los platos cuando tengo casi lleno el fregadero y se quedan, limpios, en la ora mitad de la pila. Y desde ahí inician el camino contrario: los voy cogiendo según los necesito, pasan al lado 'sucio' y el ciclo empieza de nuevo. Sin pasar por su sitio de orden: el mueble de los platos, el de los vasos y jarras, el cajón de los cubiertos...

Estoy siempre cansada.

Sólo quisiera dormir durante horas. Durante días. Dormir sin pensar. Sin los sueños/pesadilla que me acompañan.

Llevo entre diez y doce años sin ir al médico.
Nunca fui muy aficionada. Además, he comprobado que si estoy enferma, vengo a tardar lo mismo en sanar que quienes lo están, van al médico y toman medicamentos (que tampoco suelo tomarlos). Termino todos los años con el 'cupo de horas médicas' intacto. Treinta y cinco horas que le regalo a la empresa o a quien corresponda administrar estos temas.

El lunes..., quizá el martes, me acerqué por el Centro de Salud que me corresponde. A que me confirmasen qué doctor y a qué horario me corresponde. Quise cambiarlo a 'turno de tarde' cuando me confirmaron que sigue siendo de mañana. Me pusieron todas las pegas, les dije que no tenía prisa: total, más de diez años sin ir....
Tengo cita para el viernes que viene. Turno de mañana. Primer paciente del día.

Por unos segundos, algo hizo 'clik' dentro de mí y pedí la cita.
Espero no cancelarla.
Espero tener fuerzas para llegar al viernes.

martes, 17 de abril de 2018

Primavera al fin.

Parece que ya termina el invierno.
Es raro. Llevábamos tantos años sin tener un invierno real...que en algunos momentos ya se me estaba haciendo un poco pesado. Aunque la verdad es que tampoco hemos tenido muchos días de frío drástico. Ha sido una especie de otoño larguísimo con más lluvia (mucha más) de lo habitual.

Otros años, por estas fechas ya llevábamos más de un mes de primavera que algunos días ya era casi verano. Éste, hasta hoy hemos empezado los días con temperaturas muy bajas (inferiores a los 5ºC) y raramente hemos pasado de los 15ºC. Pero hoy ya hemos sobrepasado los 20ºC y mañana se mantendrá la misma tónica.

Y..., y aquí estoy, muerta de sueño y hablando del tiempo.

La semana está siendo tan rara como todas las de este invierno, como me temo que van a seguir siendo todas las de la primavera. Monotonía y ambiente raro laboral.
Y su ausencia.

Anteayer se me desconfiguró el blog. Ahora ya no tiene exactamente el mismo aspecto. Y, por un momento, hasta llegué a temer haberlo perdido...
Estoy dándole vueltas a la idea de abrir uno sólo para él. Para escribirle.

Sigue sin llamarme, sin darme permiso para llamarle yo, sin escribirme. Y aunque ya sé que eso va a ser así para siempre...no deja de doler.
Le echo terriblemente en falta.

Mañana será ya dieciocho de abril. Será ya miércoles. Y el parte meteorológico dice que habrá llegado la primavera a los termómetros.
Pero para mí, todo seguirá igual.

martes, 10 de abril de 2018

Cinco primeros meses.

Y los días pasan, pero el tiempo no avanza. Todo sigue igual.

Abril sigue pareciendo invierno. Casi podría afirmar que es lo único que me gusta, que aún no haya empezado el calor (como otros años en estas fechas), pero empieza a cansarme este tiempo monótono, también en lo climatológico.

No me llama, no me escribe, no puedo llamarle. Y sé que esto no cambiará. Y sigo sin saber porqué, que ocasionó el origen de esta situación. Sé lo que pasa (o al menos, tengo que creérmelo) pero no sé porqué decidió no contármelo en su momento.
No entiendo nada. Y eso no ayuda a que deje de doler.

Mañana hará cinco meses desde la última vez que le vi. No es la primera vez de cinco meses de distancia (ya ocurrió el pasado año, desde mediados de diciembre de 2016 a finales de mayo de 2017), pero en esos meses fueron (aun) horas de conversación, planes fallidos, aplazamientos...

Este año no ha habido nada de eso, más allá de una semana en enero en que me creí que de veras podríamos vernos un rato, un viernes cuando saliera de trabajar... A  estas alturas tengo claro que en ningún momento fue posible y él lo supo desde el momento en que en vez de esquivar mi propuesta de 'a ver si te puedo acompañar un ratito una tarde de éstas' me respondió que 'igual el viernes de la semana siguiente...'.  Igual era un 'planB' que se planteó a sí mismo, por si fallaba el 'planA' que desde hacía muchas semanas era su realidad.

Tampoco a estas alturas me creo lo de la 'recogida y entrega a domicilio' familiar. Supongo que sí fue así en un primer momento, cuando en las navidades de 2016 le cambiaron el horario ampliándole una hora más la jornada y la única forma de poder cuadrar ese horario con sus obligaciones familiares pasaba por que le fuesen a buscar. Pero no me creo, ya no, que esa situación se prorrogase durante casi dos años. Simplemente, había quien le interesaba más que yo como compañía a la hora de salir del trabajo y volver a su casa. E imagino que también a mí me resultaba más sencillo creerme sus explicaciones-excusas en vez de reconocer una realidad tan obvia.

Mañana se cumplen cinco meses sin verle. Y muchas semanas ya sin escucharle. 

A ratos, pienso en volver a escribirle. O en empezar a escribirle, más bien. Algo más allá del mensaje de buenasnoches que fue una rutina durante años...
A veces lo pienso. Abrir un blog exclusivamente para él, para escribirle.
Luego pienso que es un disparate. Y desisto.

Me duele mucho su ausencia. Más su silencio que la falta de su presencia física en mi vida.
Mañana se cumplirán cinco meses.

Y sé que en esta ocasión no son sino los cinco primeros meses sin él. Porque en mayo serán seis. Y en noviembre el día once escribiré que ya ha pasado un año entero desde la última noche que desperté a su lado. Y que no ha querido volverme a ver.

domingo, 8 de abril de 2018

Otra semana de mierda más.

Termina otra semana de mierda. Y, en unas horas, dará comienzo otra de la que me gustaría esperar buenas cosas, pero sé que no será así.

Me gustaría, también, tener más valor. Valor para organizarme y cambiar de vida.

Empezar por ir al médico y pedir la baja. Estoy tan mal anímicamente (y  creo que si me hacen una analítica, los resultados acompañarían) que no creo que fuese complicado conseguir una baja de un par de semanas. Y aprovechar ésta para descansar...o para empezar a movilizarme.

Mi trabajo, más allá de la nómina a finales de mes, no me aporta nada positivo. Trabajo a las órdenes de una personalidad ciclotímica (la tengo cariño, pero no hay quien la soporte. Curiosamente, en eso está de acuerdo todo el mundo. Incluso quienes sólo la conocen superficialmente) que, a su vez, tiene como jefa a la persona peor educada que me he echado a la cara. Una señora con nulas habilidades sociales, que no te responde cuando la saludas (por poner un ejemplo). Y que ponen su inutilidad al servicio de una empresa donde muchos días no sabemos hacia dónde vamos ni para qué. Y, encima, que cuando tienen que contratar a alguien..., en fin, que ni a propósito lo harían peor. Durante seis meses hemos tenido a una yonki que faltaba más de lo que venía a trabajar (curiosamente, tenía por costumbre faltar todos los lunes: ya se sabe, los fines de semana son muy malos. Y para un lunes que viene, le comunican que no se le prorroga el contrato). Ahora, para sustituirla me traen a alguien 'del programa de integración'. Se supone que su minusvalía declarada tiene que ver con un problema de audición. En la práctica, es un friki que tras dos semanas de formación aún no se ha enterado siquiera a qué se dedica la empresa. Eso sí, ha aprendido y entendido que no va a ser necesario trabajar para que le paguen a finales de mes. Y como en este caso su contrato desgrava a la empresa...me temo que vamos a tener que cargar con el lastre durante meses. Dice incongruencias, apoya la veracidad de teorías conspiratorias mundiales, creo que a estas alturas todas las chicas de la plantilla hemos tenido que darle a entender que no tenemos la más mínima intención de hacer menor caso a sus intentos de cortejo. Soy consciente de que voy a tener que hacer la mitad de su trabajo (lo sé. Y eso no implica que se me vaya ni a gratificar económicamente ni a agradecer) pero también tengo muy claro que no voy a seguir ni intentando formarle, ni corregirle, ni nada que contribuya a que pase más tiempo del imprescindible en plantilla.

Exactamente lo contrario a lo que decidí hace siete meses con otro de los fichajes: he estado meses haciendo más de la mitad de su trabajo (que sigo supervisando de manera continuada) porque decidí que nos lo quedábamos. No tanto por simpatía personal (que me cae bien, francamente, pero eso ha sido con el paso de los días) como porque ya estoy cansada de tanto cambio. Así que decidí 'a éste, nos lo quedamos. Ya me encargo yo de que sus resultados sean buenos'. Y hace unas semanas le firmaron la renovación del contrato, pasando a indefinido....


Hace tiempo que no somos un equipo. Somos un grupo de personas que, circunstancialmente, trabajan juntas. Sí fuimos equipo hace meses..., más de un año ya, pero la empresa ha hecho todo lo posible e imposible para fragmentarlo hasta que ya no tenga arreglo ni vuelta atrás.

Me siento terriblemente cansada. Termino cada día con la sensación de no haber hecho nada de provecho y con la certeza de que al día siguiente la conclusión será la misma.
Nadie es imprescindible, en ningún sitio y en ninguna situación. Pero también sé que si falto, se desatará el caos.  E igual eso, ese puñetero sentido mío de la responsabilidad, me impide soltar algo que no es sino un lastre que no me deja volar..., ni pensar, ni descansar...

Físicamente sigo sin estar bien. Los síntomas de ahogo derivados del ataque de alergia (e igual, también de algo de resfriado) de esta semana siguen ahí. Intento controlarlos con un jarabe mucolítico y muchos kleenex, pero simplemente se quedan ahí, latentes.

La primavera no termina de arrancar. Pero tampoco es invierno.
Y me sigue doliendo mucho el corazón.

Es imposible explicar con palabras lo que duele, lo tremendo que es el dolor, de no saber cómo está la persona a quien quieres. Más aun cuando lo único que sabes (con cuentagotas) es que no está precisamente bien. Y saber (y no entender porqué) que es él quien ha decidido sacarte de su vida, no darte explicaciones, no informarte de nada. Y saber también que probablemente no le vuelvas a ver nunca más. Es imposible explicarlo.

Y aun es más complicado cuando no puedes hablar de ello. Cuando no puedes decir que si dices que te falta el aire, no sólo te estás refiriendo a los problemas respiratorios relacionados con la alergia. Que si hablas de tu poca esperanza en el porvenir que ves por delante, no te estás refiriendo únicamente al caos imperante en la organización de la empresa en que trabajas.

Le tengo en el sentido opuesto y casi al final de la misma línea de metro en que voy al trabajo cada mañana. No en otro país. Le tengo al otro lado de dos líneas telefónicas, cuyos números aún tienen memorizados mi móvil y mi inalámbrico. Le tengo en el punto de llegada de una dirección de correo electrónico.
Y no le tengo, porque no quiere que yo esté.

Y en este domingo que cierra una semana de mierda, sé que la semana que empieza mañana todo será igual. Y seguiré sin tenerle.
Y seguiré sin saber porqué.

miércoles, 4 de abril de 2018

A oscuras a pleno sol.

Creo que voy mejorando. Al menos, en el plano físico.
O igual no, y es sólo que me voy acostumbrando.

A veces me dan unos ataques repentinos de tos que me dejan sin respiración (literalmente). Esta noche han sido varios. Igual demasiados. Creo que he pasado más tiempo despierta que dormida, aun no teniendo ni siquiera eso del todo claro. Sí me recuerdo sentada en la cama intentando que me llegase algo de aire a los pulmones. Y en más de una ocasión.

A las seis y media, puntual como sólo sabe ser él, ha sonado el despertador. Lo he apagado como suelo, de un manotazo. Y he seguido con los ojos cerrados...y una sensación muy rara...

La verdad es que mis sueños de esta noche lo han sido. Muy raros. Creo que he soñado con el fin del mundo. O con esos momentos previos... No es la primera vez que sueño con algo así, aunque luego se me olvide el argumento del sueño y sólo conserve la sensación desasosegante. Esta mañana, por un momento, hasta he pensado en quedarme en la cama, en intentar recuperar el sueño a ver cómo terminaba todo eso.
Y el caso es que no recuerdo el argumento del sueño en sí. Y sólo recuerdo que era bastante angustioso.

Esta mañana, tras apagar el despertador, primero he pensado que la sensación rara que notaba en el ambiente era una consecuencia del propio sueño. Y luego he pensado que igual era todo mucho más sencillo de explicar...

He comprobado qué hora era en otro de mis relojes (un proyector que refleja la hora en el techo si lo toco. Antes y durante años tuve un reloj-proyector, pero hace semanas dejó de funcionar esa opción y en navidad compré algo similar, aunque menos sofisticado) y, viendo que ya eran las siete menos cuarto, me he levantado. Casi completamente segura de qué estaba pasando en realidad.

Estaba sin luz.
El interruptor del baño me lo ha corroborado.
He ido hasta el comedor y he visto que toda la calle estaba a oscuras. Eso era 'lo raro' que noté al despertar: falta de la luz ambiente cotidiana. Semáforos, farolas, la luz de otras viviendas...

Y, sobre todo, el ruido. La ausencia de todos esos pequeños ruidos ambiente que provienen de aparatos eléctricos: despertadores enchufados, maquinillas de afeitar, secadores de pelo, microondas, aparatos de radio... El ruido del ascensor o de los temporizadores de luz de la escalera. Más que la falta de luz, era la ausencia de ruido lo desconcertante.

No es la primera vez que me pasa. En algún corte de luz diurno lo pude comprobar. Aunque a oscuras es distinto.

Sin luz (bendita fotofobia que me hace ver en la oscuridad) me he lavado la cara, me he vestido, me he puesto los pendientes y las deportivas. También me he aplicado la crema hidratante en la cara. He tenido que prescindir del café y he desayunado un vaso de zumo de mandarina. Y cuando me planteaba cómo bajar a la calle, con la escalera a oscuras...he recordado que el móvil incluye entre sus herramientas una linterna.

Es la primera vez que la uso. Y hay que ver la cantidad de luz que emite: ha sido encenderla y se ha iluminado media casa. Y con esa luz me he tomado el jarabe en la cocina y me he cepillado el pelo en el baño.

Curiosamente, anoche ya estaba acostada y volví a levantarme para enchufar el móvil al cargador y éste a la red eléctrica. Afortunadamente.  Porque si no, hoy tampoco habría tenido luz en el móvil.
Y curiosamente ese arrebato fue algo extrañamente instintivo y que no recuerdo haber hecho nunca anteriormente (alguna vez he descubierto que el móvil estaba prácticamente sin batería al ir a mirar la hora antes de salir de casa).

La luz ha vuelto a las siete y media de la mañana. Justo cuando iba a salir de casa.
Y lo he sabido porque, de pronto, ha sido como si una ola de pequeños ruidos lo invadiera todo.

Lo último que he hecho, antes de salir de casa y con la iluminación de la linterna del móvil, casi innecesaria porque ya había amanecido, es poner el reloj del microondas en hora.

El día ha sido absolutamente prescindible.

Al volver, el reloj parpadeante del microondas me ha demostrado que en algún momento del día ha vuelto a irse la luz.

En mi móvil, además de una linterna y otras cosas, tengo una foto suya. A veces aparece sola en una de esas galerías que se activan aleatoriamente.

Como creo que he contado alguna vez, descubrí que la tenía ahí hace unos meses. Y que ni siquiera la había guardado conscientemente: la envié al móvil para poder enviársela tras hacérsela con la cámara, hace casi dos años. Fue una fotografía del último día en que le hice fotos.
Está especialmente guapo. Lo pensé la primera vez que la vi y sigo pensándolo. Guapo y muy reconocible.

Este mes tengo que sacar el valor en algún momento y borrarla.
Y, si no vuelvo a hablar con él, este mes también tengo que buscar el valor para eliminar de la agenda de mis teléfonos su nombre. No voy a borrar los teléfonos, fijo y móvil, pero dejarán de estar identificados. Dejarán de ser parte de la agenda.

Ha sido él quien decidió dejar de ser parte de mi vida, por el método de no querer verme, no llamarme, no responder mis mensajes, no coger el teléfono.
Por tanto, si en los próximos días no tengo noticias, confirmaré que no tengo ningún derecho a conservar su foto, ni sus teléfonos, ni nada que pueda dar a entender que siga siendo una realidad en mi presente.

No me sé sus teléfonos. Cuando le llamaba, buscaba su nombre. Si me llamaba él, era su nombre lo que aparecía en pantalla.
Si lo borró, dejaré de poder contactar con él. Aunque me muera de ganas, no tendré cómo hacerlo. Y evitaré el riesgo de hacerlo sin permiso, por tanto.

Esta noche en algún momento se fue la luz. Aunque estuviese dormida y, por tanto, no me fuese necesaria, se ve que he detectado esa ausencia y he terminado soñando que se avecinaba el fin del mundo. He echado en falta la luz artificial estando dormida.

Desde hace semanas, me falta algo sin él. Algo me mantiene a oscuras aunque esté a pleno sol. La luz que sé que no puedo encender mientras, dormida, tampoco tendría porqué hacerme falta.

Y esa sensación silenciosa y creciente, como en mi sueño, de que se (me) está acabando el mundo.

martes, 3 de abril de 2018

Casi curada (pero no).

Cuando alguien que nunca está enfermo va y se pone malo, pues resulta muy llamativo.
O eso pienso cuando me pasa.

Y no, no es que nunca esté enferma (como se suele pensar), es que no se me nota. Cuando se me nota, es porque me quedo afónica (y poco más). En veintimuchos años de vida laboral, sólo he tenido una baja médica (en realidad, fue una baja para negociar la salida de una especie de empresa que realmente era una banda de estafadores. Era la única forma de que me reenviasen al paro) y dos días en que no fui a trabajar porque tenía una gripe tan tremenda que no me tenía en pie (literalmente). Al margen de esos dos momentos excepcionales, he ido a trabajar recién operada, con esguinces que me obligaban a dedicar diez minutos a algo tan simple como atravesar una calle y veinticinco metros (y que nunca me curaron del todo), con una infección en los ojos que realmente asustaba mirarme... Aparte gripes, ataques de alergia con sus afonías, crisis de ansiedad... No falto al trabajo. Y normalmente, apenas se me nota nada.

Y no, no es que vea mal que la gente falte al trabajo si está enferma. Es más, soy la primera que dice 'no sé qué haces viniendo así, vete a casa'. Pero..., pero yo no valgo para eso.
Es como si en mi más profundo 'yo' considerara que no tengo derecho a ponerme mala. Igual por eso hace tantos años que no voy al médico. Y no porque lleve tanto tiempo sin enfermar: es que no voy.

Así que estos dos días, en que tengo la garganta fatal (llena de heridas de toser, estornudar y de la propia alergia), toso de una forma angustiosa (me falta el aire) y por lo visto tengo los ojos vidriosos...pues constituyo un espectáculo. Y me dicen que porqué no voy al médico y esos tópicos, sí, pero creo que ya saben que no voy a hacer caso.

Ayer por la tarde volvía a tener fiebre. Cené pronto, me arrebujé en el sofá con la manta tras tomarme un poco de leche caliente con miel y un paracetamol, dormí sin sueños unas tres horas frente al televisor encendido y casi sin sonido antes de trasladarme a la cama. Esta tarde mi fiebre era tan poca que en cualquier otra persona el resultado del termómetro habría pasado por temperatura normal.

Sé que en tres o cuatro días ya estaré lo bastante recuperada como para que resulte creíble decir que 'ya estoy bien'. Aunque no lo esté.


Esta vez me ha pillado con las defensas más bajas, supongo, y por eso no he podido disimular.
Y es que el estado de ánimo influye. Y yo llevo muchos meses triste.
Y tantos días, tantas semanas ya, sin saber nada de él tampoco ayuda a hacerme mejorar.

domingo, 1 de abril de 2018

01 de abril.

Y ya, abril.
Se diría que este año estoy desarrollando un nuevo sentido del tiempo. Porque me parece increíble que ya hayan pasado 3 meses desde que las campanadas del reloj de la Puerta del Sol y la toma de las correspondientes uvas nos indicase formal y oficialmente que habíamos cambiado de año.  Pero sí: ya estamos en abril. Desde hace unas horas.

Creo que nunca había aprovechado tan poco los días de descanso de la semanasanta. Creo que hace mucho que no tenía tanta necesidad de descansar. Y probablemente estaré lamentando esta falta de aprovechamiento durante días.
Me he estado despertando antes de las ocho todos y cada uno de los días. Y aunque no me haya levantado de la cama a esa hora y haya intentado aguantar el máximo tiempo posible en la cama, la verdad es que la idea no era ésa. También la idea era aprovechar estos días para limpiar y ordenar ('limpieza de primavera') y apenas he hecho nada.

El jueves ya no me encontraba bien del todo. Me molestaba un poco la garganta. Y el tema fue empeorando según pasaban las horas, hasta llegar al ataque de asma de anoche, en que me desvelaban los pitidos de mis pulmones entre la inspiración y la expiración que constituyen el hecho de respirar. Creo que es más alergia que resfriado, pero tampoco descarto del todo que se hayan juntado ambas cosas (y con el añadido, esta noche, de esos procesos mensuales meramente femeninos...que a estas alturas de mi vida no veo con el menor sentido ni utilidad futura). Tengo los ojos hinchados (haber llorado también contribuye), estoy forzando la apertura de las vías respiratorias a base de inhalador nasal (a ratos, esta noche, creía estarme asfixiando) y me duelen las articulaciones de un modo exagerado, aunque a esto último ya casi me voy acostumbrando, porque raro es el momento en que no me duelen músculos y articulaciones.

Había proyectado cortarme el pelo. Hace semanas me dije que iba a aguantar hasta que los mechones más largos me llegasen a la cintura, y hace días comprobé que ya la sobrepasaban, así que en vez de coger tijeras y arreglármelo yo sola en casa (como llevo años haciendo) decidí que mejor me acercaba a cualquiera de esas cadenas de peluquería en franquicia y que me lo cortasen ellos. Sé el riesgo que eso conlleva (pedirle a un peluquero 'córtame las puntas' puede traducirse que entiendan que las quieres a la altura de las orejas, por mucho que entres con el pelo por la cintura) pero igual me hace falta un cambio de imagen. Total, ya no me reconozco en los espejos, ya no sé quien es ésa que a veces me ha mirado desde el interior de un probador...

Se ve que ayer media humanidad femenina decidió lo mismo que yo: que como ha salido mucha gente esta semanasanta, seguro que apenas había gente en las peluquerías y era el mejor día para acercarse. Y estaban llenas.
En la única que entré (un local gigantesco, que se diría de estética futurista si estuviésemos en los 80, perteneciente a una cadena de franquicias) me indicaron que ahora trabajan con cita (nunca lo habían hecho, hasta donde sé) y me dieron una tarjeta. Que guardé en el bolso y que tiraré a la basura en cuanto haga limpieza. Si decido pedir cita para cortarme las puntas del pelo, no va a ser para que lo haga cualquier aprendiza en una franquicia de peluquería en un local de barrio de un municipio del sur de Madrid. Para eso, para que tenga que esperar que me den cita, día y hora, ya elegiría una peluquería en Madrid capital con un cierto prestigio.
Así que continúo con el pelo por la cintura.

Ayer compré un botecito de cápsulas de l.carnitina. Llevo años sin tomarlo. Lo dejé porque no me gusta sentirme dependiente de nada. Y porque las dos veces que, estos últimos años, he decidido volver a comprarlo no lo tenían. Ayer haciendo la compra en el súper y enredando un poco en el stand de los complementos nutricionales, vi que les quedaba un botecito (sin precio) y lo paseé por toda la tienda mientras terminaba de elegir los pocos productos que me hacían falta. En caja me confirmaron el precio (asequible) y ahí lo tengo, encima de la mesa. Ahora sólo falta que me acuerde de tomarme las dos cápsulas de rigor por las mañanas. Cuando lo tomaba, y lo hice durante años, me sentía menos cansada...e incluso tengo la sensación de que durante esos años mantuve un peso inferior al que tengo ahora (no tengo la sensación: estoy segura de que pesaba unos ocho kilos menos). Probaré a ver si al menos palía en algo el cansancio...

A veces me digo que tengo que hacer idea y empezar a cuidarme un poco. Acercarme de una vez a mi centro de salud de referencia e informarme a qué hora tengo el médico de cabecera, pedirle hora, asistir a consulta y solicitar que me hagan unos análisis de sangre. La verdad es que en los últimos meses lo he planificado una docena de veces y no lo he llegado a hacer, evidentemente... Y recuperar también otros hábitos sencillos, como volver a pintarme las uñas cada semana, por ejemplo... También tengo que graduarme la vista (cada vez veo peor). Pero...
Pero es que no tengo ganas ni motivación alguna.

Mañana vuelvo al trabajo, a retomar donde lo dejé. Y sé que abril va a ser demoledor. Que va a ser el comienzo de una sucesión de meses a cual peor y más complicado a la hora de cobrar algo más que el sueldo base.
Y la idea de levantarme a las siete menos cuarto de la mañana, tras apagar el despertador a las seis y media, para empezar una rutina de días uno igual que el anterior y que el siguiente, sumar semanas que sumen meses y que no me aporten nada intelectualmente hablando, obedeciendo órdenes de quienes a su vez las obedecen sin cuestionar nada, días y días así sin mayor motivación que cobrar una nómina a finales de mes y siempre con el miedo velado a que un día sea el último y ya no haya nómina a finales de mes..., pensar que mañana vuelvo a eso...

Estas dos  noches pasadas he soñado con mi actual trabajo. Creo que nunca me había pasado. Creo que he tenido algo de fiebre y, entre sueños, estaba allí y le daba vueltas a cosas y...

Seguir en abril lo que dejé y donde lo dejé hace cuatro días, que era marzo. Uno de los meses de marzo más vacíos y más feos que recuerdo.

Uno de abril. Domingo de Resurrección. Y saber que no cambia nada.

lunes, 1 de mayo de 2017

Simplemente, sigo viva.

Mes quinto.
Este año, mayo empieza con una especie de 'puente'. Al ser sábado y domingo los últimos días de abril, nos juntamos con cuatro estupendos días no laborables. En mi empresa, me refiero, que no laborable en el resto del país es sólo hoy, Primero de Mayo.

Cuatro días que desde el principio proyecté 'para no hacer gran cosa'. Y que de manera innegociable decidí 'para no madrugar y levantarme tarde'. Todo lo tarde que me permitiese un cuerpo habituado a despertarse en torno a las seis, apagar de un manotazo el despertador a las seis y media, intentar rascar unos minutitos más al descanso...y terminar levantándose con prisa casi a las siete, que antes de las siete menos veinte ya tiene que estar camino del tren...

De momento, lo de levantarme tarde sólo lo he conseguido el sábado. Y la verdad es que hubiese preferido que no..., porque me levanté casi a las doce, pero como consecuencia de haber dormido francamente mal.

Me quedé dormida frente a la tele entorno a las doce, quizá hasta algo más tarde. El 'no tienes prisa mañana'. Me desperté a más de la una.
No podía apenas moverme y me costaba respirar. Era como tener una losa aprisionándome el cuerpo desde el cuello hasta el nacimiento de las piernas. Y los brazos hormigueantes. No sabía si tenía frío o calor o las dos cosas a la vez. La casa está fría porque han bajado las temperaturas y porque, como hizo calor días atrás, la Comunidad ha decidido quitar la calefacción, adelantándose a la 'fecha oficial' que es el 01 de mayo. Pero yo tenía también calor. O la sensación angustiosa de no poder respirar ni moverme me hacía sentirlo.

Ataque de ansiedad. De manual.

Como ya los conozco (suelo conseguir evitarlos en cuanto detecto los síntomas) decidí no entrar en pánico...porque es peor. Sé que no es un infarto. Sé que no es un ictus. También sé que no es un ataque de gastroenteritis (curiosamente, además del resto de los síntomas, el dolor y el malestar en el estómago también es muy similar). Sé que, aunque por un momento pueda pensar otra cosa, puedo levantarme y caminar. Y es lo que hice. Despacio (no respirar con normalidad y sentir que tienes encima un peso superior a tu propio cuerpo no facilita los movimientos). Por un instante sé que también pienso en llamar a emergencias....pero creo que desestimo la idea (o que, directamente, en esos momentos directamente no sé ni cómo se hace, ni dónde tengo el teléfono, ni cual es el número...). Sé que tengo que controlar la respiración poco a poco...

Termino en la cama. Creo que antes paso por el baño, que hasta me enjuago la boca con un elixir de ésos que en un momento dado sustituyen al dentífrico. También he cogido del armario un par de pastillitas para los gases (me siento llena de ellos. Y sé que no soy capaz de expulsarlos, que nunca he sido capaz, como no soy capaz de vomitar, que es algo que en esta situación también me pide el cuerpo y me sentaría bien). Imagino que bebo agua. Y que uso el inhalador multiusos.

Termino en la cama y decido que no voy a morirme.  No esta noche, por muy mal que me sienta. Y me siento muy, muy mal.

Sé que en algún momento me quedé dormida, imagino que cuando conseguí recuperar el ritmo normal respiratorio. Sé que la sensación de hormigueo en las extremidades es simple consecuencia de lo mismo: falta de oxígeno.
No sé cuantas veces me despierto. Tengo conciencia de hacerlo entorno a las ocho y no recuerdo si me levanto o no al baño. Sí sé que son más de las once cuando por fin decido que ya es de día para mí y que he sobrevivido. Me duele todo el cuerpo (sé que es de la tensión que generan estas situaciones) pero estoy aún viva.

Hace unas semanas me caí en la calle (siempre me he caído mucho, conservo cicatrices en las rodillas). Ya no me hago (apenas) daño, porque un día llegué a la conclusión de que si los niños se pasan el día cayéndose y dándose golpes y raramente se rompen nada es gracias a que tienen los huesos muy flexibles...y a que no oponen resistencia a las caídas. Desde que lo hago así, y puesto a que pese a mis 30 kilos de más sigo siendo bastante flexible, apenas me hago daño. Por aparatosa que sea la caída, me levanto y lo máximo será un hematoma durante días en  algún sitio, un dolor persistente unas horas o algún rasguño. Poco más y nada grave.

La caída de hace unas semanas fue así. Pero es la primera vez que me di cuenta de que vivo sola. De que si una caída así deriva en rotura de algún hueso, o me atropella un coche, o tengo cualquier accidente..., vivo sola. Que me tendré que apañar yo sola para todo. Que podía haberme levantado del suelo (hubo quien preguntó si de veras estaba bien, si tenían que llamar a una ambulancia...) llegar a casa (estaba apenas a doscientos metros) y descubrir que tenía un esguince, qué sé yo..., y nadie iba a hacer nada. Que tendría que hacerlo yo, como en este caso me di una crema de componentes naturales que me hizo bien, que repetí la aplicación tras la ducha y de nuevo antes de acostarme e hizo que apenas me doliera la rodilla magullada en toda la noche.

Si un día me caigo en casa y me rompo algo o, peor, pierdo el sentido, o me atraganto y no soy capaz de resolverlo (un par de veces he estado a punto de ahogarme por ese motivo), si el ataque de ansiedad realmente es algo más grave... no se enterará nadie. Ni voy a tener ningún tipo de ayuda al respecto.

Creo que la idea no me gusta en lo más mínimo.

Vivo sola como algo natural, como algo que no planifiqué así ni me pareció nunca raro ni mal. Nunca me planteé como algo vital el tener que vivir con una pareja, pero tampoco lo desestimé. Imagino que, de hecho, siempre pensé que terminaría siendo así...

A estas alturas ya ni me lo planteo, francamente. La última persona con quien sí me habría gustado compartir mi vida nunca podrá ser, y yo no me planteo buscar a nadie ni creo que en un futuro lo encuentre sin buscarlo. Ni me apetece, por lo más remoto, estar con otro hombre que no sea él. Que nunca estará y lo sé. Este año me ha quedado completamente y perfectamente claro. No soy parte de su vida.


Cuatro días libres. Esta mañana del día uno de mayo es el 'ecuador' de ese periodo. Paso de abril a mayo. Y, simplemente, lo empiezo viva. Sigo sola y sigo viva.