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miércoles, 6 de julio de 2022

Ya lo pensaré mañana.

 Creo que el agotamiento que he llegado a acumular (y que aún arrastro) está haciendo que todavía no me haya dado el esperable 'bajón' que me debía producir la pérdida del trabajo. 
Y sé que ese momento llegará. 
Aunque esto fuese totalmente insostenible, quedarse sin empleo nunca es una situación agradable. Al menos, para mí nunca lo ha sido. 
Quizá que haya fallado un proyecto (éste en que he estado casi dos años y medio) que me ilusionaba tanto, que creí que no fallaría nunca...me ha dejado en un estado mental y anímico raro. Llevo una semana en paro, pero de momento me siento como 'de vacaciones'. Bueno, técnicamente estoy así: de vacaciones legalmente.
No sé. Imagino que porque sigo cansada (y estresada), algo en mí me hace tener la actitud de Scarlett O'Hara: 'ya lo pensaré mañana'.

Lo único que sigo teniendo claro, que vuelvo a tener claro si en algún momento llegué a dudar de ello (que tampoco lo sé. O sí, o...) es que le quiero. Que le sigo queriendo. Y que también estos meses agotadores, este último año lleno de sinsentidos y algunas pérdidas irreparables le eché tremendamente de menos. Y que esa ausencia, más allá de cualquier explicación lógica que pudiese tener, contribuyó a mis malestares y a lo que, sé, fue la mayor depresión de mi vida.
Aunque no haya querido hablar mucho de ello. Aunque probablemente nunca hablaré.
O tal vez sí.

Ya pensaré en ello en otro momento.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Empieza noviembre.

 Empieza noviembre. Ese mes que me produce desasosiego, que no sé si me hace bien o me hace mal. Ese mes en que otros años en sus primeros días me han pasado cosas que me han cambiado la vida (o casi). Ese mes que debería ser el noveno, como dice su nombre, pero que es el undécimo. 
Ese mes. Este mes. 

Noviembre siempre empieza con un festivo (o 'día no laborable'). Este año ha empezado con dos, porque al caer en domingo el día 01 (festivo nacional) el día no laborable se ha pasado al lunes día 02 para cuadrar el calendario de festivos. Al menos en Madrid.

En un año tan extraño como éste, en que los días pasan sin más y en que las novedades tienen nombre de tipo de confinamiento (domiciliario, perimetral, municipal, autonómico...) un día festivo tampoco implica grandes cambios. Sobre todo cuando, además de los confinamientos, los estados de alarma y las nuevas normalidades, este ha sido el año del teletrabajo. Así que aquello de que lo que diferenciaba los festivos de los laborables era el hecho de quedarse en casa o ir a trabajar....pues tampoco está tan claro. Porque nos hemos traído el trabajo a casa. Y, en mi caso, ni siquiera todos los días.

No he hecho gran cosa este fin de semana largo.
En realidad, vivo con la sensación de no haber hecho gran cosa en todo el año.

Volvemos a estar al borde de otro confinamiento domiciliario (intentamos mirar para otro lado, pero todos los indicios apuntan en la misma dirección). El proyecto laboral que consiguió ilusionarme en marzo (ya es fatalidad, empezar a trabajar un día 02...y que empiece el Estado de Alerta el viernes de la siguiente semana) es como un azucarillo al borde de una taza de té caliente. Sabes que terminarás echándolo dentro o que se caerá solo. Sé que este proyecto no va a durar. En ambos casos lo que no conocemos es el momento exacto, pero será antes de que el té se enfríe. Y seguramente será antes de que cambiemos de calendario.

Intento ilusionarme con otras cosas. Con encuentros que en realidad sé desde que se plantean como hipótesis que no serán. Con llamadas programadas que luego tampoco se producen. Con un 'a ver si la próxima semana quedamos para tomar café (siquiera eso)'. Pero en el fondo sé que no será. Aunque durante días, a ratos, intento creérmelo para ilusionarme con algo.

Vivo en un estado de cansancio permanente. De permanente incertidumbre. De imágenes que aparecen como flashes. De canciones que de pronto me sorprendo tarareando...durante horas y sin que exista ninguna explicación a qué me llevó a ella cuando es una canción de 10, 30 años atrás y que ni siquiera me entusiasme especialmente. 

Y a ratos hasta tengo síntomas físicos. A los que tampoco hago caso: si no pienso en ellos, si los ignoro, seguro que desaparecen. E imagino que así es. 
O igual no. 

Terminó octubre. Empieza noviembre. 
Cuenta atrás para que finalice este año tan inesperadamente raro.

sábado, 15 de octubre de 2016

Sin ir para ningún lado.

Y quince de octubre.
Tras una semana absolutamente espantosa en todos los sentidos. De costarme infinitamente levantarme de la cama por las mañanas, de no ser capaz de desayunar más que un café con una pizca de leche, de tener medido al segundo el tiempo para refrescarme la cara, aplicarme la hidratante, escuchar el parte meteorológico y el resumen de noticias en la radio mientras me tomo el café, darme la crema protectora y el rimmel, lavarme los dientes, coger el bolso y el foular y salir corriendo, asegurándome antes de tener cerrada la espita del gas y desenchufada la cafetera.
Ni siquiera me llevo algo para comer. Durante la mañana me tomo un café de sobre con agua de la máquina, mordisqueo alguna galleta integral. A las tres y media compro cualquier cosa en el Mercadona o el Lidl, leo en un banco entre sol y sombra mientras me lo como. A las cuatro vuelvo a la rutina. A las seis, que siempre son las seis y algo, salgo del trabajo. Casi dos horas de trayecto. Picotear algunas uvas o dos o tres patatas fritas de bolsa al llegar. Ducha, revisar el correo electrónico o las redes sociales mientras veo el concurso de la tele. Cenar cualquier cosa,  sin ganas ni orden ni lógica. Y volver a la rutina: televisor encendido frente al sofá en que me tumbo. Despertarme a más de las doce para trasladarme a la cama. Y dormir mal, a trompicones. Y otra vez son las seis, y a las seis y media paro el despertador, y a las siete menos cuarto me levanto y me visto casi a oscuras o con la luz del baño. Y vuelta a empezar....
En el trabajo, de repente, se respira un ambiente de lo más viciado. De pronto, un trabajo que era trabajo pero también era soportable, está dejando de serlo. Presión, presión, presión. Y de paso y por obra y gracia de la presión, descubrir en las personas lo peor de sí mismas.
Más de una vez he estado a punto de decir que me iba. Levantarme, irme al médico y pedir un par de días de baja. Una gastroenteritis, tengo varios compañeros con niños pequeños y llevan días malos, se me ha contagiado... Pero no sirvo para mentir. Yo no.

Esperar al sábado por la tarde.
Saber el jueves por la noche que no hay nada que esperar.
No quiero recordar lo mucho que me apetecía.

Esta noche he tenido un sueño extraño. Bueno, creo que de un tiempo a esta parte lo son casi todos.
En el de esta noche, aparecía un antiguo jefe. No tendría demasiada importancia...si no hubiese fallecido a finales del pasado mes de enero. Y yo se lo decía en el sueño. Y me alegraba mucho de que aquello hubiese sido una noticia falsa que todos nos creímos.

Creo que sé con lo que tiene que ver este sueño.

Me siento tremendamente cansada. No sólo agotada físicamente: cansada de muchas cosas, de muchas situaciones, de una vida presente que no va para ningún lado.