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jueves, 7 de agosto de 2025

Ese músculo que dicen que no duele

 Supongo que es algo que tiene nombre, aunque yo no quiera encontrárselo.

martes, 18 de junio de 2024

Tras componer el puzzle.

 En teoría iba a estar dos o tres días en Madrid y aprovecharía para, entre otras cosas, quedar conmigo y, al menos, que nos tomásemos un café. O dos o media docena. 

Eso me lo contó hace meses. Una de las rarísimas veces en que hablamos, imagino que un sábado o un domingo a mediodía. Vendría en mayo para varias revisiones o pruebas o lo que fuese que tocara. Creo que incluso me lo debió contar todas las veces, pocas, en que hablamos. Y creo que me lo dijo siempre porque en una de esas ocasiones hasta me dijo que podía dedicarme un día entero (¡¡¡24 horas!!!). No sé. Imagino que me lo creí. Sí recuerdo que llegaba el metro, que era domingo a mediodía y que yo estaba en Leganés. 

Siempre me lo creía. Siempre le creía. 

Le creí cada vez que me dijo que la semana siguiente, o la siguiente a la siguiente, tenía que venir a Madrid a algún tema (normalmente médico) y aprovecharía, aprovecharíamos, para quedar y vernos un rato. 

Empezó a decírmelo a finales de agosto. La última vez que nos vimos. Que igual la semana siguiente no, pero sí dentro de quince días. Tenía que volver y quedaríamos. Ya me avisaría. 

Y me lo dijo en septiembre. Y en octubre, cuando de hecho yo tenía planificado empezar a trabajar cerca de donde él vivió de crío y hasta días antes quedamos en que nos veríamos, que me avisaría para quedar a la salida de mi trabajo y así se daba una vuelta por el que fue su barrio...

No empecé aquel trabajo. Pero aunque lo hubiese empezado, él aquel lunes no vino a Madrid. Y tampoco me llamó para decirme ni eso ni lo opuesto.

Y siguió, las pocas veces en que me respondía a los whatsapp mientras aún vivía oficialmente en Madrid pero apenas estaba aquí, proyectando 'tomarnos un café tal día', sin que ese día ni ese café llegasen nunca. Aunque, por descontado, sé que sí venía a aquellas revisiones médicas. Y seguramente no era cierto lo que luego diría de 'es que llegamos y volvimos en el día. Es que nos daba tiempo a comer ya en casa'. Simplemente yo no era parte del plan.

Yo siempre fui la alternativa a cuando el plan le fallaba. 

Cuando cancelaba, siempre a última hora, un encuentro conmigo no era porque le hubiese surgido un impedimento inesperado, sino porque el plan inicial para el que yo era 'el plan B', al final se había concretado. 

Y yo no era capaz de darme cuenta.

No me estaba dando cuenta de nada. Precisamente por lo evidente que era todo.

Mañana estará en Madrid. 
Pero volverá a mediodía a su casa de Segovia. 
La versión oficial es ésa.
 

En el fondo no me la creo, pero tampoco me voy a cuestionar nada.

He estado hablando con él...¿una hora, hora y media? No puedo asegurarlo. 
Sin planes. 

Y..., y es imposible que me pueda doler más. Que todo me pueda doler más de lo me está doliendo ahora. Que me pueda faltar el aire de este modo y pese a eso conseguir respirar. 

Sé que no voy a volver a verle. Es algo que está ahí. Que, en el fondo, sé desde el verano pasado aunque cada vez que me ha dicho que quedaríamos para vernos me lo he creído. 

Y no puede doler más. 

Catorce años. Catorce años de mi vida para no conseguir nada, para no tener nada. Para solo haber dado, catorce años a base de cancelar disfrazándolo de aplazamiento. 

Sé que debería bloquear su teléfono en mi móvil. No volver a hablar con él (hoy me ha llamado porque ayer le llamé yo y vio mi 'llamada perdida'. La última vez que hablamos fue el 12 de mayo). Sé que no tiene el menor interés en mí. Que no lo tuvo nunca o dejó de tenerlo hace mucho.

Que no te quieran duele muchísimo. No hay nada que duela más. 

Que, además, te hayan estado engañando durante años y darte cuenta de que no has querido reconocer lo que en el fondo estabas viendo es demoledor. 

Y componer el puzzle (lo compuse hace meses. Tenía todas las piezas sobre la mesa y me negaba a creer que la imagen que saldría de juntarlas era lo que estaba viendo) y confirmar que la verdad era, sí, ésa... No sé. 

No hay nada más doloroso que esto. 
No hay humillación íntima peor que saber lo que ha estado pasando. 

Y que ni siquiera soy capaz de echarle la culpa (no, no me lo ha contado. Pero es que no hace falta. Ya no hace falta ponerle nombre) porque sigo queriéndole. Y la culpa la he tenido, la tengo, yo. 

domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

domingo, 17 de diciembre de 2023

No hay perspectivas.

 Hace tiempo que dejé de pintar (o más bien, de dibujar).
Luego, de escribir. Bueno, escribía algo por aquí, pero nada que ver con mis años de escribir a diario, de crear historias o que éstas se creasen solas y yo fuese el instrumento de darlas a conocer.
Poco a poco, también fui dejando la rutina de este mismo blog. Y ni siquiera porque tuviese menos que contar que cuando escribía a diario o porque tuviese menos tiempo o menos necesidad: simplemente dejé de hacerlo.
De unos meses a esta parte apenas hago fotos. Alguna muy de vez en cuando. Y se quedan dentro de la cámara: no tengo interés en ver en pantalla lo que he fotografiado. En descubrirlo, más bien, puesto que cada vez veo menos y para las fotos no empleo las gafas.
Tampoco leo. Tengo una auténtica pila de libros pendientes. Y de revistas, suplementos dominicales del periódico (que hace años compraba a diario y ahora solo los domingos y muchos apenas lo hojeo para ojearlo).
Empecé a dejar de escuchar música. Yo, que no podía vivir sin música... Pero aún era costumbre fija encender la radio nada más levantarme por las mañanas. A las seis y media de la mañana ya estaba puesta la radio, con volumen bajito, y apagarla era lo último antes de salir de casa.
Hace meses que tampoco lo hago.

No le veo ningún sentido a hacer estas cosas.
Me limito a sobrevivir físicamente.
Mi nivel de ilusión por cualquier cosa es cero. Nulo.

Supongo que en cualquier dejaré de encender la cocina para prepararme algo de comer y me alimentaré con cualquier cosa que tenga en el frigorífico o compraré cosas precocinadas. Simplemente para no morirme de hambre, porque hace tiempo que dejé de disfrutar de la comida. 

Cuando lavo las sábanas procuro que se sequen en las siguientes horas para volver a poner esas mismas en la cama. Ya no las plancho, tampoco. Las tiendo bien estiradas y así también vuelvo a ponerlas en la cama.
Sé que no volveré a dormir acompañada. 

No hay perspectivas. No hay esperanza. No hay nada. 

Y tampoco ha vuelto a intentar contactar conmigo. ¿Para qué va a hacerlo, si hace tanto que lo hacía por simple compromiso y espaciando al máximo las llamadas y hasta las respuestas a los mensajes?

Quedan dos semanas justas para que termine el año.
Y la idea de tener que comenzar otro año más me produce tanta, tanta angustia...

domingo, 10 de diciembre de 2023

La evidencia de la nada.

 Pasan los días sin que pase ninguna otra cosa.
No tengo aspiraciones, ni ganas de tenerlas. Madrid está iluminado y, a estas alturas de diciembre, aún no he ido a ver las luces navideñas (más allá de las que veo desde el autobús y a las que tampoco presto mucha atención). He tenido tres días esta semana (viernes festivo, sábado y hasta de forma excepcional, domingo) y ni me ha apetecido ir. Es más, la idea me produce una inmensa pereza...
No he hecho ninguna compra navideña. Y, a fecha de hoy, admito que no sé si las haré. No veo ninguna razón para comprar nada, no tengo la menor gana de hacerlo. 

Es que me da igual todo. Absolutamente todo.

Voy al trabajo, paso allí las ocho horas que marca el contrato. A mediodía me voy a caminar, también para que se me haga más corto el tiempo, también porque no me apetece estar acompañada o porque prefiero estar sola o porque no quiero desarrollar el menor lazo de complicidad con mis compañeros de trabajo. También por eso no quiero quedarme con ellos cuando planifican el 'vamos a tomar algo' a la salida del trabajo y rehuso acompañarles cuando me preguntan si quiero unirme a ellos para ir al burguer o a la pizzeria cuando algún grupito decide ir. No me apetece. Sólo quiero cumplir con las horas de trabajo y ya está.
Paso doce horas fuera de casa. Llego de noche y cansada. Encadeno días idénticos. 

Aunque no me guste el teletrabajo, sé que si me lo propusieran como algo fijo lo aceptaría. Para no tener que vestirme cada día más allá de los pantalones de chándal y las sudaderas viejas. Para poder pasar el día con la misma trenza con la que duermo. Para no tener que maquillarme y hasta que me dé igual si me he lavado o no la cara.

Hace tres años y medio llevé muy mal el confinamiento.
Hoy no me apetece salir de casa. De hecho, creo que ni me apetece levantarme del sofá o de la cama o de donde me encuentre cuando abro los ojos tras un sueño inquieto lleno de imágenes absurdas.

El futuro no existe. 

No hay un 'tal día haré tal cosa', 'algún día viajaré a tal sitio', 'me compraré eso que no he tenido'. No hay nada. Nada más allá de levantarme, pasar ocho horas repartidas en dos tramos de cuatro cada uno y una pausa de una hora para comer en la otra punta de Madrid, encadenar trayectos y trasbordos, elegir cualquier de las prendas de ropa que ya ni guardo, que están entre el piecero de la cama y la silla y el baúl pequeño y que voy combinando hasta que al menos una vez al mes lavo algunas y vuelvo a ponérmelas y así día tras día, olvidando que tengo más ropa en el armario. 

No hay nada. Nada más que el vacío, que la angustia. que el despertar de repente asustada y con sensación de ahogo y tardar en volver a dormir. 
No hay nada. Ya no hay nada ni lo habrá. 

Y soy tan cobarde que ni siquiera tengo ganas de buscar el modo de terminar con todo, ese todo que constituye la evidencia de la nada, de una vez.

domingo, 26 de noviembre de 2023

Levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito.

 Agotada. 

Llego al viernes por la noche absolutamente agotada. Supongo que porque llego así a la noche del lunes, martes, miércoles y jueves. Porque ya me levanto cansada y a lo largo del día (transporte público, trasbordos, retrasos, trayecto a pie para llegar al trabajo desde el último trayecto en metro, trayecto a pie para llegar a mi casa desde el último trayecto en tren) solo consigo acumular más cansancio.

No me cunde el día. No hago nada de provecho. Terminar a las siete de la tarde los viernes, aunque ese día teletrabaje, me produce desazón. Supongo que porque, desde que de trabajar 'en lo mío' (y de eso hace casi 20 años, así a lo tonto) nunca había salido de trabajar un viernes más tarde de las cinco (con la única excepción de algún viernes que cambié el horario y trabajé 'de tarde', como también trabajé algún sábado). 

Mi trabajo no es difícil, no es cansado, no es duro. El ambiente es bueno (aunque admito que no me apetece demasiado 'integrarme' al 100%. Gente maja pero con la que no tengo muy claro si tenemos o no cosas en común), no hay gritos, no hay enfrentamientos, no hay jefes inquisidores. Alguna vez he pensado que éste habría sido el trabajo ideal hace trece, catorce años... Pero ahora me pilla mayor. Y cansada.

Y triste. Porque estoy y me siento triste.
No entiendo su silencio. No entiendo su desaparición absoluta. 
No entiendo nada. 

Aún sabiendo desde hace mucho que no me quiere, que nunca me ha querido y que no le intereso en lo más mínimo desde hace mucho también...no entiendo nada.
Y ese 'no entender', esa falta de noticias y ese admitir que ya se terminó todo, que no hay futuro en que esté él, que todos estos años han sido un dar vueltas en la rueda del hámster, un dar para no recibir nada...también es otra losa, otro peso con el que cargar. 

No sé cuando tiempo voy a ser capaz de seguir resistiendo. Hasta donde voy a aguantar esta vez sin pedir una baja médica (sé que no puedo hacerlo, como mínimo, hasta principios de febrero. Cuatro meses de periodo de prueba. Una baja antes se traduciría en despido sin explicaciones). Y tampoco sé si una baja médica serviría de algo. 

Hay cansancios que no se quitan metiéndose en la cama, levantándose tarde, pasando el día tumbada en el sofá. Comiendo cosas sanas con un horario regular o dándose caprichos a base de chocolate, merengue, salmón ahumado o queso de cabra a deshoras. Cansancios que no dependen de ocho o diez horas de sueño, de eliminar el café o aumentar su dosis. 
Cansancios como el que yo tengo. El derivado de esa seguridad de que llegó el fin del camino sin que haya llegado a ninguna meta.
El cansancio de haber dedicado demasiado esfuerzo a levantar castillitos de humo arrastrando ladrillos de granito. 

El cansancio lleno de lágrimas que nunca le importaron. Que no le importan.
Y que ya no existe la menor opción de que algún día puedan importarle.

jueves, 27 de julio de 2023

Veintisiete de julio. Sin esperar milagros.

 Días raros.

Hace muchísimo calor. Bueno, como todos los meses de julio en Madrid, por otra parte: no es ninguna novedad. 

Llevo unos días muy movidos. De ésos en que tampoco sé si he hecho o no algo de auténtico provecho, pero en los que no he parado. O sí, porque también me paso largos ratos sentada en el sofá sin hacer absolutamente nada. Si hago caso al 'medidor de pasos' de mi móvil esta semana he caminado muchísimo: siete kilómetros el domingo, ocho el lunes, siete el martes... Ayer sólo tres. Y hoy no debe registrar ni un solo paso porque no he salido de casa y solo identifica los pasos en que lleve el móvil encima, lógicamente. 

Antes de las siete de la mañana ya estoy despierta. Intento quedarme en la cama hasta más de las ocho y media, no levantándome a poder ser ni para ir al baño. Así que por las noches a la una y pico me suelo quedar dormida en el sofá. En definitiva: tengo los mismos horarios que cuando estoy trabajando. 

Esta mañana he hecho un ensayo de 'pedir hora para renovar el cobro del paro'. O sea, sobre las nueve de la mañana he hecho varias llamadas al teléfono donde se supone que te asignan (mediante sistema automático) las citas. Como me las ofrecían para los días uno y dos de agosto (y no estoy segura de si el dos sigo oficialmente de vacaciones o si no), no he seguido con el proceso de aceptación. He echado cuentas y, si son quince días hábiles para poder solicitarlo desde que se terminan las vacaciones, tendría más o menos hasta el día veinte de agosto. No obstante, mi idea es conseguir cita para antes del día diez.

Descarto el día ocho porque tengo 'el acto de conciliación' con la empresa que me ha despedido sin indemnización. Que por otra parte me hizo llegar un correo con la propuesta de llegar a un acuerdo privado 'porque les viene mal acudir al acto de conciliación en agosto'. Como no me ofrecían nada que no me correspondiera legalmente, les he respondido que 'mejor hacemos la conciliación en el SMAC'. El SMAC es el Servicio de Mediación, Arbitraje y Conciliación', dependiente del Ministerio de Justicia. A ellos les irá mal tener que quedarse (quien sea) para acudir a la conciliación, pero a mí también me iba mal que me despidieran estando de baja y lo han hecho.

Ya veremos en qué termina esto. Si no comparecen, presento demanda y ahí ya sí que reclamo que mi despido sea nulo. Y que sea lo que tenga que ser y tarden lo que tengan que tardar.

Antes de esas fechas (solicitar el paro, ir a la conciliación) tengo que ir a que mi doctora me dé el alta. Porque también es el día ocho cuando tenía la cita para renovar baja/solicitar alta. Y, obviamente, no puedo estar en dos sitios a la vez. Aparte que igual es más complejo lo de solicitar el paro estando de baja médica, no sé bien cómo van esas cosas y tampoco voy a complicarme la vida. Pensé ir el pasado martes (tenía una entrevista de trabajo en el centro a primera hora de la mañana, podía haber pasado directamente y sin necesidad de cita una vez terminada la entrevista) pero como tampoco es algo que corra una prisa excesiva...pues eso, que lo dejé estar. Probablemente sí vaya el martes de esta semana, para que me vayan cuadrando las piezas de este puzzle raro en que se ha convertido mi verano.

Hoy estoy especialmente cansada. He llegado a tumbarme en el sofá tras comer (comer algo y mal, por cierto) y creo que he llegado a quedarme medio dormida algún minuto. La verdad es que tengo más o menos asumido lo de vivir en estado de perpetuo cansancio. Procuro beber mucha agua y me tomo cada mañana mi pastillita de ácido fólico y mi otra pastillita de biotina. La primera, recetada por mi doctora; la segunda, por mi cuenta. Y los sábados añado una cápsula de vitamina D, también recetada y que no sé si me sienta bien, la verdad...

Se supone que mi cansancio también era imputable a esas carencias vitamínicas, pero veo que no noto mejoría. Por tanto, me reafirmo en la idea de que principalmente es algo psicológico. Ese algo que no me atrevo a llamar 'depresión' pero cuyos síntomas se asemejan mucho.

La entrevista del martes, bien. En realidad, creo que si no hubiese puesto condiciones al respecto empezaría a trabajar esta próxima semana. Pero..., lo dicho: prefiero tener todas las piezas ordenadas o al menos controladas. Así que indiqué, con absoluta franqueza, que aunque mi disponibilidad de incorporación era objetivamente inmediata (porque no estoy trabajando) preferiría hacerlo a finales de agosto. ¿Razones? Que en agosto es complicado contactar con gente si se trata de un empleo de tipo comercial. Y que, egoístamente, necesito unos días de descanso.
Obviamente no he comentado, ni pienso hacerlo, que llevo 'descansando' desde mediados de junio. 

Egoístamente..., bueno, ni eso, más bien por puro sentido común, lo mejor sería haber dicho que sí y reengancharme ya al trabajo. Seguiría acumulando cotización (porque en cuanto empiece a cobrar el paro, nos olvidamos de esos seis meses cotizados que llevo este año), el sueldo que iba a cobrar era más elevado que lo que me corresponde de subsidio (una auténtica miseria), pero... No sé. Estoy cansada. Sigo cansada y eso me impide no sé si razonar, pero sí aplicar correctamente lo que razono como más conveniente.

Y, en otro orden de cosas...

Le echo mucho de menos. Hablé con él el pasado domingo (me llamó. Había quedado en hacerlo el lunes de la semana pasada, luego el viernes... Ya, ya sé: aplazamientos sucesivos de todo tipo). Me gusta saber que su mejoría post-quirúrgica es progresiva. Me apena saber que no está todo lo bien que querría y debería. Me alegra escucharle. Me duele no saber cuando le veré.
Y..., y me hace mucho daño la certeza de que no, de que ya no habrá futuro con él. 

Igual también este cansancio, esta incapacidad de hacer planes o de organizar mi vida tiene mucho que ver con eso. Saber que el resto de mi vida será algo ajeno a él.

Mi vida, la de alguien que para él siempre fue la de una persona ajena y con quien nunca pensó compartir un solo segundo de una vida futura en común.

Veintisiete de julio. Calor sofocante en Madrid.
Seguro que se ha licuado la sangre de San Pantaleón. Pero este año no soy capaz de esperar otros milagros suyos.



sábado, 29 de abril de 2023

Cansancio más allá de lo físico.

 Cada vez me cuesta más mantener el control sobre mi propia vida.

Mi entorno físico (mi dormitorio, comedor, cocina, baño, recibidor..., el resto de la vivienda es desde hace años una especie de trastero donde apenas entro. Es como si no fuese parte de mi casa) tiene un aspecto caótico. Las cosas se acumulan sin ton ni son ni visos de ser recogidas de ahí. Planché ropa en algún momento de semanasanta (previo lavado: los jerseis y similares prendas de invierno) y desde entonces cuelgan en sus perchas del picaporte de la puerta del comedor, sobre los respaldos de las sillas en que terminaron cuando necesité la percha para colgar alguna otra prenda recién lavada, en cualquier lugar. Sobre el sofá lleno de cojines que no suelo usar para nada hay más ropa: seguramente lleva ahí meses. Lo que recojo del tendedero de la cocina acaba sobre el baúl-asiento de mimbre del recibidor, y de ahí recojo prendas que necesito ponerme en el transcurso de la semana: calcetines, bragas, sostenes...Veo aparecer dos bufandas bajo otras cosas, en una silla, y deduzco que llevan ahí desde el mes de febrero, mínimo. Imposible detallar qué hay sobre las mesas...

El resto de la vivienda está igual. 

El cubo de fregar el suelo está casi enmedio, junto a la puerta que da paso al pasillo que conduce al resto de la casa. La fregona, al otro lado de la puerta. No sé el tiempo que llevan ahí, seguramente he fregado el suelo dos veces este mes de abril y ni siquiera he llevado estos utensilios a su sitio, que es la terraza-tendedero de la cocina. 

En mi dormitorio se acumula ropa. Sobre el piecero de la cama, sobre el taburete artesanal, sobre el baúl pequeño de madera, algunas cosas ya directamente en el suelo. Seguro que hay cosas que dejé de ponerme el pasado otoño. Cambio las sábanas cada dos semanas (seguro que alguna vez han sido tres, antes las cambiaba cada semana), dejo las mencionadas prendas sobre cualquier sitio, hago la cama cuando las sábanas lavadas ya están secas y la ropa sigue sin guardarse. 

Todo así.

La cocina tiene limpias las superficies de uso cotidiano: cocina de guisar, fregadero, encimera junto al microondas, interior de éste. Pero se acumulan en el suelo botes, botellas, bolsas, catálogos de supermercados.

Planifico 'hacer cosas' aprovechando el sábado por la mañana: buena luz, sueño nocturno suficiente. Las aplazo para 'esos puentes festivos' en que tendré más tiempo.

No hago nada. 

Son más de la una y media del mediodía y apenas si he barrido un poco el comedor. Hace semanas que no uso la aspiradora. 

Y no solo es mi entorno doméstico. Es todo.

Me ducho y lavo el pelo por elementales cuestiones de higiene. Me cambio a diario de ropa, también por un 'algo' de coquetería. Me doy algo de rímel, de brillo en los labios. Pero sé que si no tuviese que salir a la calle para trabajar, igual ni lo hacía. 

Porque no me apetece. Porque lo único que quiero es dormir (duermo fatal. No sé si 'poco', pero fatal). Porque pasaría el día en camiseta y, si acaso, me pondría un pantalón de chándal y una sudadera (mi casi uniforme los fines de semana) para bajar a reponer comida: leche, algo de verdura, yogures... También me cuesta mucho ponerme a cocinar cualquier cosa. Yo, que no tomo ultraprocesados ni me gustan los precocinados, estas últimas semanas he comido pizza, pollo de burguer, seguro que alguna cosa similar más. Por la presunta comodidad de 'no ponerme a cocinar'.

En realidad, es que ni siquiera me apetece comer. Como por hambre y eso me lo puedo quitar con una bolsa de patatas fritas o unos frutos secos. Sobre la mesa baja frente al sofá, entre un sinsentido de papeles, tickets, tubos de pegamento, limas de uñas, algún frasco de esmalte que puede llevar ahí meses, cintas adhesivas, cables usb, complementos tipo pendientes-colgantes, bolígrafos..., también veo dos o tres bolsas (¿vacías, semivacías?) de snacks, un paquete empezado de galletas tipo barquillo rellenas, otro de tortitas de arroz inflado, un bote de plástico con alguna almendra... Seguro que hay más cosas en ese revoltillo que no sé por dónde empezar a limpiar y ordenar.

Estoy tremendamente cansada. Y no solo físicamente. 

Se termina abril. Tengo por delante cuatro..., bueno, ya tres días y medio de fin de semana unido a dos días festivos. Tengo docenas de tareas pendientes.

Y no tengo ni ganas ni fuerzas para hacer nada.

domingo, 2 de abril de 2023

Vida cotidiana mecánica.

 Agotada. Deprimida. Con un trabajo que no me aporta nada, en una empresa totalmente siniestra.
Sabiendo que ya no queda absolutamente nada de lo que en algún momento casi llegué a creerme que era una relación sentimental y que tenía futuro.

No tengo ganas de nada. 

Si pudiera, me metería en la cama y no me levantaría para nada más allá que ir al baño, beber agua, comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia y volver a la cama. 
En realidad, mi día a día viene a ser algo así, solo que en vez de no salir de la cama sí que salgo, voy al trabajo y vuelvo a casa. Pero el resto de mi actividad se reduce a ir al baño, beber agua y comer cualquier cosa por mero instinto de supervivencia. 

Dejo que el caos se adueñe de mi espacio. 

Tres semanas ha estado en mitad del salón la caja de cartón del nuevo televisor. Dos semanas he tenido el centro de planchado aquí, al lado del sofá. Nueve días llevan el cubo de fregar el suelo y la fregona junto a la puerta de acceso al pasillo. No sé cuando ordené por última vez la mesa baja que está entre el sofá y la estantería donde está la televisión, no sé cuanto tiempo llevan en el sofá que no uso algunas prendas que lavé en algún momento, ¿quizá a finales de año pasado? ¿en enero, antes de volver al trabajo?

Me ducho porque tengo que hacerlo, pero ni siquiera estoy segura de si lo hago a diario. Me lavo el pelo al menos una vez a la semana. Se me ha caído mucho, se me parte al cepillarlo por las mañanas. No sé cuando me depilé las piernas por última vez, pero sí que no ha sido en lo que va de año: total, siempre llevo mallas o pantalones. 

Todo es así. 

Leo en el tren. Cuando termino los libros los dejo en cualquier sitio de la casa: bajo o sobre la mesa, en la cocina, en el baúl del recibidor (que también acumula ropa lavada y revistas).

No le encuentro sentido a nada. 
Ya no hago planes. Ni planeo volver a hacerlos. 
Vida cotidiana mecánica. Vida de cadena de montaje.
Abril. Comienza la llamada 'semana santa'. Y todo me da igual.

sábado, 11 de febrero de 2023

Esa desconocida que me mira desde los espejos.

 Vivo en estado de agotamiento.
Duermo fatal, entre sueños. Me despierto totalmente contracturada y así paso el día, deseando que llegue la noche para poder dormir, temiendo que tampoco esta noche descansaré.

Hace unos días creo que pasé horas en un duermevela tan raro...que quizá ni lo fue. Que quizá fue un sueño. Soñar que estaba medio despierta esperando que sonase el despertador.
Otra noche de esta semana apenas si dormí dos horas. A las cuatro de la mañana no sé si habría conseguido dormir media hora, a base de cabezadas. Con una sed tremenda, con picor en todo el cuerpo. Empezando a hacerme heridas a base de rascarme a través de la ropa. Sobre esas horas, cuatro de la mañana, me levanté por no sé qué vez, pero para buscar un antihistamínico, ya como último recurso para intentar conciliar el sueño un par de horas, tres a lo sumo, ojalá casi cuatro hasta la alarma del despertador. Me tomé una cetirizina entera (raramente tomo más de media, si no tengo otro remedio que recurrir a ellas). Volví a aplicarme crema hidratante por todo el cuerpo. Creo que a la media hora conseguí dormir...
Me asustan esos ataques de picor, me devuelven al 2018...

No me cunde el tiempo. Acumulo días con la sensación de no hacer absolutamente nada, pero tampoco tener unos minutos libres para, qué menos, ordenar la mesa del salón, recoger el baño, regar las plantas... Que casi todo esto podría hacerlo cuando llego a casa, sobre las ocho de la tarde (porque no sé cómo me las apaño, pero en teoría salgo a las seis de trabajar...pero raramente llego antes de las ocho. Y es desconcertante, porque por las mañanas salgo a las nueve menos cuarto, menos diez, y estoy en el trabajo antes de las diez) pero llego tan, tan cansada, que...
Las plantas no, no puedo regarlas a esas horas. Por las noches baja mucho la temperatura y regarlas sería condenarlas a muerte. Así que las mato de sed para no matarlas de frío. 

En mi dormitorio acumulo la ropa que me voy poniendo en el transcurso de la semana. Está sobre el taburete, sobre el piecero de la cama, sobre el baúl pequeño de madera. Algunas cosas terminan en el suelo. No tengo tiempo de nada. No soy capaz de sacar ese tiempo. 

Vivo en estado de cansancio permanente.
Mi trabajo es una mierda. Sin matices.
No me apetece hablar de eso.

Me miro al espejo y no me reconozco. No sé quién ésa que me mira desde ahí, desde cualquier espejo: el de mi cuarto de baño por las mañanas o por las noches, los de los aseos del edificio de oficinas donde trabajo, las lunas de los escaparates, la pantalla del portátil en las conexiones laborales por meet donde no puedo desconectar la cámara. 

En estos últimos meses he envejecido diez años. Me he convertido en una señora mayor. Gorda, renqueante, desgreñada, con la cara descolgada, con las uñas sin arreglar. Una mujer fea que me mira desde el espejo y a la que no reconozco. Una mujer gorda que se hace un ovillo en el sofá por las noches y que procura no quedarse dormida o despertarse enseguida para transladarse a la cama e intentar dormir y descansar algo, para no seguir acumulando cansancio, ojeras y bolsas, párpados hinchados...

Mi vida no va a hacia ninguna parte.

Al menos sé que él va estando mejor. Aunque también sepa que seguramente no volveré a verle, o que si le veo será por simple cortesía, saber que va mejorando me alegra mucho más de lo que él podría imaginarse nunca. 

Casi mediados de febrero. Se alargan los días solares.
Cuando no hay planes ni proyectos, hasta eso da lo mismo.

domingo, 5 de febrero de 2023

Febrero nunca me fue un mes fácil.

 Cuando las cosas no terminan de ir bien...pues no van. 

Estoy cansada. Duermo muy mal, con sueños extraños que me hacen dudar entre la realidad y la ficción. Con reacciones alérgicas durante el día (e imagino que por la noche), picores, erupciones cutáneas que vienen y van, dermografitis. Me levanto con los ojos hinchados, paso el día con sensación legañosa (aunque no tengo legañas, obviamente) y los ojos enrojecidos.
A ratos tengo frío en la cama y me arropo, pero en realidad tengo calor y me destapo, pero tengo frío y estoy sudando. 

No me encuentro ni me siento bien.

Tengo trabajo. Buen horario, sueldo aceptable (de supervivencia), lejos de casa pero más cerca que en los últimos años. Empresa en la que sé que es difícil entrar (creo que en otras ocasiones rechazaron mi candidatura). Leyeron mis respuestas a sus cuestionarios en la oferta de empleo. Abrieron mi CV. Me llamaron. Pasé las tres entrevistas. 
Pero...

Supongo que es fácil de resumir porqué no me encuentro bien allí: no quiero servir para engañar a la gente. Y eso, engañar a la gente, es a lo que en realidad se dedica la empresa.

Febrero nunca me fue un mes fácil. 
Imagino que éste no iba a ser una excepción.

viernes, 13 de enero de 2023

Angustia y vacío.

 Necesito ponerme a trabajar cuanto antes. O voy a terminar por volverme loca, definitivamente. 

No me acostumbro a la sensación de angustia que me produce la búsqueda de empleo. Mejor dicho: no exactamente la búsqueda de empleo, sino el hecho de responder ofertas en los portales de empleo...y que el CV pase al limbo de 'enviado', sin más movimientos. O ver que el sistema notifica que hay novedades en las candidaturas...y que éstas no sean otras que el hecho de que la empresa en cuestión haya entrado a gestionar currículum. Pero no el mío, que sigue en ese limbo de 'enviado'. 

Empecé a revisar ofertas-enviar currículum y carta de presentación el pasado lunes. Me habré suscrito a ¿ocho, diez ofertas? Puede ser. Dos me rechazaron  (es algo que molesta en un primer momento...pero que al menos es una respuesta, una reacción). En tres, mi currículum ha sido 'seleccionado para continuar en el proceso'. En dos de ellas, la empresa ha contactado: una llamada para breve entrevista telefónica y posterior confirmación de entrevista personal (la tendré el lunes), en el otro, email indicándome que si estoy interesada me llamarán en unos días para una entrevista personal, probablemente mediante video-conferencia. En realidad me da la sensación de que por un lado, en este segundo caso, seleccionaron mi CV al responder a la oferta y, por otro, me localizaron en el 'buscador interno de candidatos' y el correo que recibí fue en base a éste. No sé. El caso es que estoy en esa 'siguiente fase'...pero no he sabido nada más desde el martes.

Y en una tercera oferta, la más interesante en cuando a condiciones económicas, estoy en esa 'siguiente fase del proceso' pero no me han llamado ni escrito. Ni he sabido nada más al respecto.

Y la angustia me mata.

Paso horas sentada delante del portátil, revisando ofertas, filtrando por palabras clave. Buscando la ubicación de las empresas, descartando las que están demasiado lejos. Descartando también las jornadas parciales, las de horario de tarde, las que incluye trabajar los fines de semana. A veces me dan ganas de responder a alguna de ésas, a ver qué pasa. Luego me digo que mejor esperar unos días, tenerlo como 'plan b' por si no sale otra cosa. No quemar todos los cartuchos. 

No salgo. El lunes lo pasé en casa, sin salir para nada. El martes bajé un momento, por la tarde, a comprar algo de fruta (en realidad, salí para que me diese el aire). Ayer me acerqué a comprar medio pollo asado, del que tengo parte para prepararme mañana una ensalada. Hoy, un momento a por unos yogures, pan de molde integral, algo de verdura para preparar el puré del fin de semana. 

Salir y regresar enseguida. Yo, que se me caía la casa encima si no salía mañana y tarde. Que lo pasé tan mal, tan sumamente mal en el confinamiento. 

Me quedo en casa y no hago nada. Me obligo a vestirme, eso sí, porque la camiseta de dormir es para eso: dormir. O estar con ella casi hasta mediodía y volver a ponérmela antes de cenar cualquier cosa. Intentar marcar una cierta rutina.

No estoy bien. La excusa de mi malestar es la falta de empleo, justifico la sensación de angustia con la explicación de que solo me quedan dos meses de paro por cobrar. Pero es que no estoy bien, sin más. 

Muchas noches las paso casi enteras en el sofá. Otra situación ridícula. En vez de apagar la tele (que está puesta, pero a la que no presto la menor atención) e irme a la cama, me tumbo en el sofá, me arrebujo bajo una mantita (algunos días, ni eso), bajo mucho, mucho, el volumen del televisor...y me duermo en la primera pausa de publicidad de la teletienda, los programas de zapping, las promos de casinos, el comienzo del horóscopo... Y me despierto a las cuatro, a las cinco y media, casi a las siete. O casi a las ocho, hace unos días. Tras estar entre sueños, a veces con sensación de frío, con sed. 

Me acuesto en el sofá, frente al televisor. Como si tuviese miedo a meterme en la cama. Como si me diera miedo a dormir sola y el sonido del televisor me hiciese compañía. 

No sé en qué me estoy convirtiendo.

Me angustia la idea de no encontrar trabajo. No salgo de casa en días enteros. Me da miedo meterme en mi cama para dormir. No sé qué me pasa.

Al menos, sé que él está bien. Bueno, todo lo bien que pueda estar, todo lo bien que yo necesitaba saber que está. Que la operación salió bien. 

Sé que lo están cuidando. Y..., en fin. Se recuperará, porque lo están cuidando. Eso que yo nunca podré hacer. 

Imagino que poco a poco me fui haciendo a la idea de que la relación terminó, si es que en algún momento llegó a existir. Que ya no hay absolutamente nada y que, por puro instinto de supervivencia, no puedo seguir esperando, no puedo seguir creyendo que igual un día, si las cosas cambian, si las circunstancias son otras..., si, si, si... Han pasado doce años desde su primer noche conmigo, pero en realidad no ha pasado nada. No han pasado doce años porque nunca hubo nada por su parte. Esta evidencia dolió durante mucho tiempo, como si me acuchillaran con espadas ardiendo. Porque nada duele más que el desamor, el saber que no te quieren. Pero al final todas las heridas cicatrizan. Las cicatrices también duelen, escuecen, perciben los cambios de temperatura. Pero llega un momento en que ya no son heridas, ya no sangran. Y aprendemos a vivir con ellas, a maquillarlas para que no se vean, a contar excusas si alguien se da cuenta de su existencia. Y estoy en esa fase: no voy a dejar de quererle en lo que me quede de vida, pero sé que no hay un futuro común. 

Le están cuidando y mejorará. Y se quedará con quien, precisamente, esté cuidándolo. Yo nunca tuve esa oportunidad. Yo nunca pude ir a visitarle cuando estaba enfermo, porque a estas alturas ni siquiera sé dónde vive.

Y, obviamente, hace mucho que dejó de importarme no saberlo.

Quedé en escribirle, enviarle fotos, no sé. Tengo vídeos de navidad (que principalmente grabé para eso, para mandárselos y que viese algo de lo que ha ido pasando en el mundo). Pero aún no se los he enviado. Imagino que algo en mí me repite que, en realidad, a él le da exactamente igual recibirlos o no. Que seguramente le haría ilusión si viniesen de parte de otra persona, pero, siendo yo...

Se los enviaré, por supuesto. 

Pero sabiendo que aunque a mí sí me importase grabarlos para que él los vea, para él no tienen la menor importancia. Que serán unos más de los muchos que recibe. Como yo he sido una más de las muchas con quien ha pasado la noche a lo largo de su vida. Incluso a lo largo de estos años.

Porque, obviamente, hace mucho que en lo más profundo de mí misma dejé también de creer algunas razones o excusas.

No estoy bien, no me siento bien. 

Igual por eso algo me hace rechazar la idea de acostarme y dormir en mi cama. Porque siempre he sabido que moriría estando sola. 

E igual dormir en el sofá, con la tele sonando de fondo, es una forma extraña de estar acompañada y derrotar otra noche más a la muerte.

jueves, 1 de diciembre de 2022

Inactividad rutinaria.

 Mi nivel de actividad es tan, tan bajo, que me canso tras el mínimo esfuerzo. Así que paso todo el día cansada.

No recuerdo ninguna etapa de mi vida tan vacía. Ni con menos ganas de hacer nada. Y el caso es que por las mañanas, cuando me levanto de la cama, sí tengo planes, proyectos. Es más, creo que los hago en la cama, entre sueño y rato de insomnio. Levantarme, desayunar y ponerme a ordenar...qué sé yo, el dormitorio del fondo. Donde empecé metiendo la tabla de planchar, la aspiradora, el centro de planchado, la escalera plegable...y terminó siendo el sitio donde reina el caos, porque creo que llevo más de 15 años sin ordenar nada. O la otra habitación, donde tengo el ordenador antiguo...y que es otra habitación trastero donde amontono cosas: bolsas con regalos de Reyes inútiles con los que no sé qué hacer, pero que tampoco me atrevo a tirar a la basura. O cosas más sencillas: tirar suplementos dominicales atrasados. Esos que no leo el día que compro, que se quedan en casa de mi madre y que me llevo una vez al mes (los tres o cuatro de las últimas semanas) para revisar y deshechar...y que terminan creando montones. Porque hace años sí que los leía (en los trayectos al trabajo) e iban al contenedor de papel. Pero desde hace tiempo...no. Y no sólo estos meses de desempleo en que lógicamente no hay trayectos casa-trabajo. sino desde muchos meses antes...
Desayunar y ordenar el baúl del recibidor donde se acumulan esos suplementos y ropa que lavé-tendí-recogí...y ahí está, provisionalmente. Montón de ropa de la que recojo la que me quiero poner y que lleva meses sin pasar por su sitio en el dormitorio, porque el ciclo lavar-tender-recoger-ir al montón-volver a ponérmela...casi me parece ya lo nornal. 
Y no, no lo es. 

No he hecho nada en todo el día. Bueno, miento. He sacado brillo a dos teteras de adorno: frotar con 'algodón mágico' (una especie de gasa embebida en sidol) y luego con un paño de felpa viejo. Una de las teteras también la he fregado con estropajo. También he regado las plantas, algunas. Esa ha sido toda mi actividad. 
Sobre las cinco de la tarde me he preparado un calabacín espirilado y salteado con un poco de aceite. Sobre las diez de la noche he cenado unos filetes de pollo a la plancha. Todo muy sano. Pero también he picoteado kikos a la barbacoa, crema de queso cámember con palitos de cereales, un stick de fuet de pollo, un trocito de turrón de Jijona, una pasta de hojaldre... Además de los dos cafés a lo largo de la mañana y el pan tostado con mermelada de naranja. Y todo en un grado de absoluta inactividad física, sentada en el sofá ante el portatil jugando al tetris. 
Y sin ganas ni ánimos para hacer otra cosa. Porque tampoco he hecho mucho más en el transcurso de la semana. 

No estoy bien. No sé si será también algo físico (mañana me llamará la doctora para darme los resultados de la analítica de hace tres semanas. Rutina. E imagino que sin novedades reseñables, que por eso no me habrá llamado antes), pero anímicamente no estoy bien.
Y las inminentes navidades (y otras cosas) tampoco ayudan. 

Espero que sigan contando conmigo en la empresa donde me entrevistaron a finales de octubre y con la que quedé, quedamos, en volver a hablar en el transcurso de este mes para incorporarme en enero. Porque casi cuento con ello. 
Y porque de no ser así, tendré que ponerme a trabajar en cualquier sitio.
Y no tengo ganas, ni casi fuerzas, para empezar de nuevo un proceso de búsqueda activa de empleo que desembocará en otro trabajo basura de supervivencia.  

sábado, 19 de noviembre de 2022

Levantándome de la cama. Y ya.

 Diría que paso días sin ganas ni fuerzas para levantarme de la cama, pero estaría mintiendo. Porque sí me levanto, claro. Y me preparo el desayuno. E intento todos los días salir un rato a la calle con la excusa de comprar algún alimento. Y me preparo la comida y/o la cena. Y estiro las sábanas de la cama en algún momento del día. 
Por tanto, no puedo decir eso de 'dejo pasar los días sin ganas de levantarme de la cama'. 
Pero...

Creo que hasta hace unos días no me he dado cuenta de que, en realidad, mi actividad diaria viene a ser la de alguien que pasaría los días sin ganas de levantarse de la cama'.

Hace cuatro años y medio pasé por una baja médica (diría de 'larga duración' porque fueron dos meses y algo y yo jamás había estado de baja. Pero entiendo que de larga duración no tuvo nada) que incluía la recomendación de 'reposo absoluto'. Ese tipo de reposo que requiere que alguien haga las cosas por ti, que te levantes exclusivamente para temas de aseo personal y poco más. Bien. Yo hasta fui varias veces a Madrid a comprar algunas cosas (que ni siquiera eran imprescindibles). Se me caía la casa encima y creo que salí a diario: a comprar zumo, pan, fruta. A tirar la basura. A las revisiones médicas, claro, que implican trasladarme a otra localidad con transbordos en transporte público incluidos. Estaba absolutamente agotada (me costaba un mundo cualquier esfuerzo. Recuerdo un viaje de veinte minutos en tren, una compra dentro de la estación de llegada, veinte minutos de regreso...que me pasó por encima como un viaje de horas) pero no podía dejar de moverme.

Hace dos años y medio estuve confinada. Como todo el mundo. Bien. Creo que salí a diario, siquiera para bajar la basura. Subía las escaleras andando para hacer algo de ejercicio. Una vez por semana me organizaba para ir a hacer la compra al otro extremo del municipio. Se me caía la casa encima. Estuve en un ERTE total durante dos meses...y creo que me ha quedado tal trauma que no soporto el teletrabajo. Recuerdo esos tres meses sin ir a Madrid capital como algo casi eterno...

Salí de los dos periodos con la sensación, no obstante, de no haber sido capaz de aprovechar el tiempo. En el primer caso, fueron dos meses y medio, de los cuales pasé tres semanas ingresada en un hospital. En el segundo, tres meses de confinamiento (como todo el país). En ninguno de los dos periodos me recuerdo inactiva, pero sí, al mirar atrás, pienso que perdí ese tiempo...

Llevo cuatro meses y medio desempleada. 
No he hecho absolutamente nada en este tiempo. Nada. 

Mi actividad cada vez es más la de alguien a quien le cuesta levantarse de la cama. 
Porque claro que me levanto, pero paso horas sentada en el sofá sin hacer nada. Trasteando por rrss. O mirando hacia la terraza. Porque hay días que ni salgo a ver las plantas, a ver la calle desde arriba. 
Me leí varios libros. Desde hace días ya ni leo. 
Ni escribo por aquí, como puede comprobarse. 

En este tiempo sí me he comprado algunas prendas de ropa. Ahí están, sin estrenar. Porque paso los días con unas mallas negras, unos pantalones tipo chándal granates, dos sudaderas. Lavo las bragas a mano, meto en la lavadora los calcetines (que me cambio cada dos o tres días: total, no voy a ningún  sitio). 
Es como si la ropa, cambiarme y arreglarme, solo tuviese sentido al ir a trabajar. Como si lo que he comprado fuese con esas miras: para cuanto tenga trabajo. Y ahí están un par de pantalones, una camisa azul de rayitas blancas, una blusa de gasa floreada. Y otras prendas de años atrás que lavé, planché y que en algún caso cuelga del picaporte de la puerta del salón: una camisa blanca de lino, un blusón de viscosa con apliques de encaje. Ni me he puesto ni me apetece ponerme, ¿para qué, para sentarme en el sofá a mirar la pantalla del portátil mientras la tele está de fondo? ¿para jugar a 'explotar burbujas' en el móvil?
También he comprado tres pintalabios, dos tipo gloss, otro en barra. Tonos naturales, porque siempre fui de rojos radicales.
Simplemente los estrené para probarlos. ¿Para qué me voy a maquillar? ¿para bajar la basura?

Diría que no tengo ni ganas ni fuerzas para levantarme de la cama si no pasase las horas sentada en el sofá. Si no acabase tumbada en el sofá por la noche, mirando la tele sin que me importe qué estoy viendo, quedándome dormida y trasladándome a la cama de madrugada...

Y pasan los días. Y cada día anochece antes y amanece más tarde.
Y espero que, en un futuro, mire hacia esta época de mi vida y me enfade al comprobar que no aproveché este tiempo de desempleo. Pero a fecha de hoy, último tercio del penúltimo mes del año, no soy capaz de ver ese futuro. 

miércoles, 6 de julio de 2022

Ya lo pensaré mañana.

 Creo que el agotamiento que he llegado a acumular (y que aún arrastro) está haciendo que todavía no me haya dado el esperable 'bajón' que me debía producir la pérdida del trabajo. 
Y sé que ese momento llegará. 
Aunque esto fuese totalmente insostenible, quedarse sin empleo nunca es una situación agradable. Al menos, para mí nunca lo ha sido. 
Quizá que haya fallado un proyecto (éste en que he estado casi dos años y medio) que me ilusionaba tanto, que creí que no fallaría nunca...me ha dejado en un estado mental y anímico raro. Llevo una semana en paro, pero de momento me siento como 'de vacaciones'. Bueno, técnicamente estoy así: de vacaciones legalmente.
No sé. Imagino que porque sigo cansada (y estresada), algo en mí me hace tener la actitud de Scarlett O'Hara: 'ya lo pensaré mañana'.

Lo único que sigo teniendo claro, que vuelvo a tener claro si en algún momento llegué a dudar de ello (que tampoco lo sé. O sí, o...) es que le quiero. Que le sigo queriendo. Y que también estos meses agotadores, este último año lleno de sinsentidos y algunas pérdidas irreparables le eché tremendamente de menos. Y que esa ausencia, más allá de cualquier explicación lógica que pudiese tener, contribuyó a mis malestares y a lo que, sé, fue la mayor depresión de mi vida.
Aunque no haya querido hablar mucho de ello. Aunque probablemente nunca hablaré.
O tal vez sí.

Ya pensaré en ello en otro momento.

jueves, 23 de diciembre de 2021

Y todo da igual.

 Terminar el año no significa nada, realmente. 
Cambiar de calendario. Pasar del último día del último mes al primer día del nuevo primero mes.
Como todos los años. Uvas para salir del año. Concierto de Año Nuevo en la televisión. Lentejas para comer. 
Y empezar de nuevo. 
Y realmente no empezar nada. Seguir con la misma rutina.

2020 fue 'el año de la pandemia'. De los confinamientos. De una situación anómala, global pero anómala, que nos pilló a todos por sorpresa y donde tuvimos que improvisar, porque nunca había ocurrido algo similar y nos pilló absolutamente de improviso.
Pero existía la esperanza. Salir de aquello y recuperar esos meses perdidos y raros.

2021 ha sido 'el año de las pérdidas'. 
Hablo por mí. Mi año de las pérdidas irrecuperables. Del cambio total de lo que había sido mi vida durante los últimos años. O de lo que marcó el ritmo, las pautas de mi vida durante años. 
Y no me queda esperanza. 

Tendré que hacer repaso del año en algún momento. 
Pero ni de eso tengo ganas. 

Empiezo mis vacaciones. O, mejor dicho, los días de vacaciones que me quedaban 'pendientes de disfrutar' este año. De hecho, me he reservado uno que puedo coger hasta abril..., y no sé porqué lo he reservado, si no tengo planes. Si me da igual. 

Estoy mentalmente agotada. Y creo que también físicamente. 
Ayer cerré un momento los ojos tras tumbarme en el sofá. Poco más de las nueve de la noche, informativo en el televisor. Mientras pensaba que debía levantarme en un rato para cenar algo, terminar de ordenar la compra, lavarme la cara y darme algo de crema...
Cuando los abrí, era la una de la madrugada. En la televisión, uno de esos absurdos realitys de los que no soy seguidora. Traslado a la cama, supongo que previo paso por el baño. Desvele. Conseguir dormirme en algún momento...

Y así es mi vida cotidiana. Y no hay más. 
Y no lo va a haber. 

Veinticuatro de diciembre a estas alturas ya de la madrugada. Nochebuena. 
Y todo da igual.

viernes, 3 de diciembre de 2021

Las semanas se repiten.

No sé cuantos días llevaba sin ducharme.
Literalmente. Ni siquiera puedo afirmar que fuesen muchos, que fuesen varios. Sé que ayer no lo hice. Y quizás anteayer tampoco. ¿El martes? No lo sé con exactitud. Ni siquiera podría afirmar que lo haya hecho esta última semana. Pero tampoco negarlo.
Sí sé, en este momento, que me he duchado hace unos minutos.

Tampoco sé cuando pasé la aspiradora por la alfombra la última vez. Sí creo que puede haber sido hace un par de semanas. 
Las sábanas esperan ser planchadas desde mediados de noviembre. 
Y mi entorno, físicamente hablando, es un desastre. Limpio el baño, tampoco a diario, pero está limpio. Pero no ordeno ni recojo nada. Tengo ropa amontonada sobre el baúl del recibidor. Cojo de ahí las bragas y los calcetines que, eso sí, me pongo limpios a diario, Suelo dejar la ropa, tras quitarla de las cuerdas del tendedero, sobre ese baúl. Y desde ahí la clasifico: doblo y amontono lo que se guarda sin planchar, coloco en perchas o sobre los respaldos de las sillas lo que hay que planchar, guardo en sus cajones las prendas... 
Llevo semanas sin hacerlo. De hecho, no recuerdo cuando lo hice por última vez.

Me da exactamente igual mi aspecto físico. Sí me cambio de ropa a diario, pero me importa poco lo que llevo. Supongo que combino las prendas por puro instinto, por el hábito adquirido de tantos años cuidando ese aspecto. 
También amontono prendas sobre el piecero de la cama, en el taburete vietnamita. Prendas que me he puesto una vez, o tres. O igual ni siquiera me he llegado a poner. Prendas hasta del verano, que aún no he guardado y que, seguro, primero tendré que lavar porque no sé si me las habré puesto alguna vez o si están ahí tras haberlas lavado y no haberlas guardado. 
No me maquillo. Solo algo de khol en los ojos y rímel en las pestañas. Y simplemente para evitar restregarme los ojos.

Mi vida se limita a un ir y venir de casa al trabajo, ida y vuelta. Sin más. Con la rutina de entrar a comprar algo en el supermercado que me pilla de paso entre la estación de tren y mi casa. 
Leo. Llevo un libro en el bolso y leo mucho en los trayectos. Veo poco la tele y apenas me entero de lo que veo. No escucho música. Casi me obligo a salir a la terraza en algún momento del fin de semana  a regar las plantas. Cada vez tengo más plantas, porque también sé que en ocasiones he comprado alguna más en el mismo supermercado donde compro comida al pasar ante él.
Las semanas se repiten. Muchos días apenas como. O, mejor dicho, como fatal. Cualquier cosa para salir del paso a mediodía, cualquier cosa para creer que he cenado. Cada vez me sobran más kilos. No sé cuantos, pero sé que muchos. 
Y me da igual.

Supongo que cuando todo esto pase, porque también pienso que pasará, podré retomar mi vida. O lo que era mi vida en algún momento.
Pero ahora lo único que sé es que estoy pasando la peor depresión de mi vida. 
Y de momento soy capaz de reconocer eso, al menos. 
Al menos en algunos momentos.  

domingo, 17 de octubre de 2021

Óxido.

 Acumulo cansancio.
Acumulo cosas por hacer, cosas que por un momento me llaman y que no hago porque en ese momento no estoy donde debiera, que no hago porque el cansancio es superior a la llamada, porque ni siquiera le veo el sentido a hacerlas. Acumulo ropa planchada que debo guardar, ropa lavada que debo doblar y colocar en el correspondiente cajón, ropa que me he puesto una vez y no sé si lavar y guardar ya hasta el próximo verano o seguir dejándola ahí, sobre el taburete vietnamita del dormitorio, esperando a que otro día más de este otoño veraniego sea mi indumentaria.
Tengo demasiadas cosas por medio. A veces pienso que, simplemente, me he acostumbrado a  verlas ahí ya ya ni sé cuanto llevan sin ordenar. Tengo una bolsa de plástico, de las de tirar la basura, junto a la mesa donde escribo esto. Creo que la cogí hace...¿una semana, dos? para tirar pequeños papeles y otras cosas cotidianas que me iban llenando la mesa. Creo que a estas alturas la bolsa está prácticamente llena (lo normal es que al rato de cogerla para tal fin la lleve a la cocina y la meta en la otra bolsa, la del cubo de la basura. Y si son sólo papeles, traslade éstos a la bolsa de cartón que destino al reciclaje del papel). Ahí está. Y ni siquiera ahora que escribo esto me decido a levantarme, cogerla y trasladarla. 
A veces hago alguna tarea más o menos importante. Ayer lavé las cortinas de mi dormitorio. Lavar, tender y controlar que no se sequen demasiado, planchar con el justo punto de humedad que necesita el lino natural para quedar sin arrugas... Y hacer los equilibrios para volver a colgarlas, los mismos equilibrios que unas horas antes hice para descolgarlas. Y las veo impecables, tan blancas (no estaban sucias, pero...), oliendo a detergente, que... 
Rutina. 
No siento ilusión por nada.
Me ducho, me lavo el pelo. Me quito el esmalte descascarillado de las uñas, ése que apliqué hace unos días porque tenía una convención comercial de empresa y, qué sé yo, por un momento decidí que debía pintarme las uñas. Eso que durante tantos años era parte de mi rutina, eso que ni imaginaba que un día no haría (no me veía con las uñas sin pintar, nunca). Mi aspecto físico cada vez me importa menos. 
Ya me da igual como esté. No me miro en los espejos. Soy invisible. Quiero ser invisible.

No contesta a mis whatsapp. Sólo quiero saber cómo está, no quiero molestarle, no le escribo a diario. Ya tengo asumido que no voy a volver a verle, pero necesito saber cómo está. 
Estoy tan absolutamente fuera de su vida y desde hace tanto, pero tanto tiempo, que aunque no tuviese nada que hacer no se va a molestar en intentar ponerse en contacto conmigo. 
No puede estar más claro. 
No puedo seguir contándome mentiras, creyendo que en algún momento le he importando. Ni siquiera le he interesado, ¿cómo le voy a importar?

Cuido de mis plantas. Creo que es lo único medianamente útil que hago en mi cotidianidad. Ellas no tienen la culpa de nada, están vivas, están conmigo porque yo las compré, las adopté, las recogí en algún momento. Las riego, les quito las hojas secas. A veces alguna me regala la visión de una flor, a veces la fotografío. Apenas hago fotos, llevo semanas en que es algo totalmente circunstancial. 
No disfruto con ello. Ya no. Ahora no.

Seguiré con la inercia de la vida. Días cada vez con menos horas de luz, la misma pereza ante todo, las mismas sonrisas profesionales, el mismo disimulo ante la gente. Que nadie sepa nada, que nadie note nada. 
Me duele el alma. Sé que solo quiero llorar, pero no voy a hacerlo. 
Un día escribí que la humedad oxida el hierro. Creo que ya ni siquiera me importaría ser óxido.

martes, 12 de octubre de 2021

Catorce pares de calcetines.

 La semana pasada tenía que comprar unas medias de repuesto. Siempre he tenido montones de medias, pero también era debido a que normalmente vestía faldas y las medias eran prenda imprescindible durante más de medio año. Supongo que si hubiese buscado bien, habría encontrado algún par nuevo (porque estoy segura de que nunca he dejado de comprarlas eventualmente, en plan 'por si me pongo ese vestido') pero la verdad es que ni me molesté.
La semana pasada las necesitaba porque teníamos la Convención Anual, con cena de gala (la organización la definió así. Siempre se definen así estas cosas) y pensaba ponerme un vestido. Ya tenía otras, pero decidí comprar unas de repuesto por si las rompía. Es difícil romper unas medias de rejilla..., pero mi vida es cada vez más una sucesión de cosas que es difícil que pasen, pero me pasan.
Compré las medias. 
En las últimas semanas he desechado varios calcetines. De ésos cortitos que se llevan con deportivas o con botas. Me cuesta tirar las cosas, pero en este caso ya no había modo de salvarlos. También necesitaba llevar un par de repuesto (además de los que llevaría en los pies) y de hecho ya había comprado días antes (aunque seguro que tampoco los necesitaba, porque tengo). Al comprar las medias me dije que seguro que tenían en ese mismo espacio de la tienda y que por echar un vistazo...
Salí de la tienda con dos pares de medias de rejilla ( aunque eso lo vi en casa: vienen por parejas) y catorce pares de calcetines cortos, de colores variados. Vienen en packs de siete (¿siete? luego caí en que es uno para cada día de la semana). 

Mi vida actual es una concatenación de cosas absurdas. 
La convención duró el día y medio previsto, con pernoctación en el hotel. En ningún momento me apeteció ir ni estar, pero... Ni siquiera era obligatorio acudir. Creo que me terminó de convencer una de las responsables de rrhh. O me autoconvencí diciéndome que me lo merecía, que el año pasado sobreviví a dos ertes y un ere, que iba a trabajar cuando nadie lo hacía, que... Da igual. Fui y punto. 
Casi en plan zombi. Y casi en plan zombi volví y formalicé una venta desde casa, esa tarde de viernes. La misma que el resto de mis compañeros asistentes a la Convención destinaron a dormir. Porque todos han ido contando lo mismo: llegaron a casa y cayeron rendidos, durmiendo casi hasta el mediodía del sábado...
Yo he dormido hoy. Antes de las nueve y tras dedicar el día festivo a temas de intendencia doméstica, me he quedado dormida en el sofá. Una especie de siesta rara, de ésas en que te despiertas al rato desconcertado y sin saber porqué estás durmiendo en el sofá, porqué está la tele puesta, qué día o qué hora es... Y apenas ha pasado eso, una hora. 
Estoy mentalmente agotada. 
Ayer también me dormí antes de tiempo, pero casi a medianoche. Y a las tres y pico de la madrugada estaba vomitando en el baño.
Hacía años que no vomitaba. 
No estoy bien. Mis analíticas no dicen eso, pero yo no estoy bien.

Ha vuelto a dejarme al margen de su vida. Hace una semana que no sé nada de él. No me responde a los whatsapp, no puedo llamarle. 
Y sé que no es algo casual ni circunstancial. Simplemente y, de nuevo y como hace tres años y medio, ha vuelto a dejarme al margen de su vida. O no: simplemente hace mucho que dejé de ser parte de su vida. Si es que en algún instante fui algo, que cada día lo dudo más.

Mañana trabajo. Son más de las doce de la madrugada. Estoy muy cansada y no es cansancio físico, no puedo estar cansada cuando apenas he hecho nada en todo el día.

Este 2021 está siendo un espanto de año.

Tengo catorce pares de calcetines nuevos que, creo, ni siquiera necesito.
No sé qué voy a hacer con mi vida. No sé qué voy a hacer conmigo misma.

martes, 14 de septiembre de 2021

Desasosiego.

 No me gusta lo que siento de un tiempo a esta parte.
Esta sensación continua de estar haciendo equilibrios en un alambre. De tener que hacerlos cuando no soy yo quien lo ha elegido, cuando no quiero ir de un lado al otro moviéndome en ese alambre.
Agosto ha sido terrorífico. En todos los sentidos. Y septiembre..., septiembre es la consecuencia lógica, los daños colaterales. Nunca va a ser peor que lo que ha sido agosto (quizás el peor mes de agosto de mi vida. Sin el quizás, no sé porqué lo he utilizado), pero...
No me gusta vivir con este desasosiego. 
No sé cuanto tiempo voy a aguantar así.