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domingo, 18 de julio de 2021

Miedo laboral.

 Trabajo desde los 18 años (recién cumplidos). De forma continuada, con los breves y normales espacios de desempleo, siendo el más extenso el periodo entre finales de 2007 y comienzos de 2009. 
He tenido trabajos que me han gustado más que otros. Algunos en que empecé sin demasiadas perspectivas y que luego fueron una grata sorpresa y otros que empezaron rodeados de grandes planes y que en unos meses se desinflaron como un globo. Sitios donde me lo he pasado mejor que en otros, donde he aprendido cosas o las he enseñado. Con horarios criminales y sueldos de mera supervivencia.
Pero, hasta esta semana, creo que nunca había experimentado la sensación de tener miedo a ir al trabajo.
A un trabajo en el que empecé con muchas ganas, en que entré en un erte al mes de empezar (y ya con todo el país confinado y tras tener que pasar a teletrabajo a las dos semanas de firmar el contrato), en el que llegué a estar días trabajando completamente sola en una oficina enorme...y sin la menor desconfianza por parte de la empresa.
El viernes, y aunque trabajé desde casa (como todos los viernes, normas de la empresa) fue una pesadilla.
Mañana tengo que ir a la oficina. Y siento miedo.
Debería tomar una decisión, alguna decisión, al respecto.
Pero el miedo bloquea, lo sé. Y más aún cuando es injustificable, cuando no es por algo concreto, cuando no es miedo a haber hecho algo mal y ser, qué se yo, reprendida por ello.
Esto no tiene el menor sentido. Nadie debería tener que ir a trabajar con miedo.

domingo, 23 de mayo de 2021

Avanza mayo.

 Avanza mayo y sigo cansada. No consigo descansar los fines de semana, aunque no haga nada de provecho ni nada que justifique el cansancio. 
Me duelen las articulaciones. Duermo poco y mal. Ayer me hice un selfie en la calle, plena Gran Vía madrileña, y mis ojeras dan miedo. 

Mañana iré a trabajar de forma presencial. Podría enviar un mensaje (whatsapp, correo, mensajería interna instantánea) y decir que me quedo teletrabajando (cosa que sólo el lunes podría hacer, puesto que el jueves me tengo que traer el equipo informático para teletrabajar el viernes), pero iré a trabajar a la oficina.
Cuando teletrabajo, al final, termino echando horas de más. Me quedo siempre con la sensación de que igual no he cubierto mis horas, que como no me controla nadie pueden pensar que no estoy trabajando, no sé..., y finalmente en vez de las siete horas por las que me pagan termino trabajando una hora de más. Mínimo.
Así que mi alergia, mi dolor de articulaciones, mis ojeras y mi desánimo atravesarán Madrid e iré a pasar las siete horas de rigor a la oficina. A no hacer nada de provecho, en realidad. 

Espero que esta semana me llegue la citación para vacunarme. Y poder, a partir de ahí, organizarme en otros temas. Pedir cita en Hacienda para la declaración anual, por ejemplo. 

Según pasan los años me empiezan a agobiar los trámites que hace años llenaban mis días y mi agenda, sin que supusieran el menor problema de organización. Me agobia que exista la menor posibilidad de que se agolpen o se solapen, de tener que pedir permiso en el trabajo y no me lo den. Son miedos absurdos que sólo me van a producir estrés, lo sé de sobra. Pero no puedo evitarlo. 

Imagino que cumplir años también conlleva crear incertidumbres e inseguridades nuevas. 

Última semana completa del mes de mayo. Luna casi llena. Y poco más.

lunes, 2 de noviembre de 2020

Empieza noviembre.

 Empieza noviembre. Ese mes que me produce desasosiego, que no sé si me hace bien o me hace mal. Ese mes en que otros años en sus primeros días me han pasado cosas que me han cambiado la vida (o casi). Ese mes que debería ser el noveno, como dice su nombre, pero que es el undécimo. 
Ese mes. Este mes. 

Noviembre siempre empieza con un festivo (o 'día no laborable'). Este año ha empezado con dos, porque al caer en domingo el día 01 (festivo nacional) el día no laborable se ha pasado al lunes día 02 para cuadrar el calendario de festivos. Al menos en Madrid.

En un año tan extraño como éste, en que los días pasan sin más y en que las novedades tienen nombre de tipo de confinamiento (domiciliario, perimetral, municipal, autonómico...) un día festivo tampoco implica grandes cambios. Sobre todo cuando, además de los confinamientos, los estados de alarma y las nuevas normalidades, este ha sido el año del teletrabajo. Así que aquello de que lo que diferenciaba los festivos de los laborables era el hecho de quedarse en casa o ir a trabajar....pues tampoco está tan claro. Porque nos hemos traído el trabajo a casa. Y, en mi caso, ni siquiera todos los días.

No he hecho gran cosa este fin de semana largo.
En realidad, vivo con la sensación de no haber hecho gran cosa en todo el año.

Volvemos a estar al borde de otro confinamiento domiciliario (intentamos mirar para otro lado, pero todos los indicios apuntan en la misma dirección). El proyecto laboral que consiguió ilusionarme en marzo (ya es fatalidad, empezar a trabajar un día 02...y que empiece el Estado de Alerta el viernes de la siguiente semana) es como un azucarillo al borde de una taza de té caliente. Sabes que terminarás echándolo dentro o que se caerá solo. Sé que este proyecto no va a durar. En ambos casos lo que no conocemos es el momento exacto, pero será antes de que el té se enfríe. Y seguramente será antes de que cambiemos de calendario.

Intento ilusionarme con otras cosas. Con encuentros que en realidad sé desde que se plantean como hipótesis que no serán. Con llamadas programadas que luego tampoco se producen. Con un 'a ver si la próxima semana quedamos para tomar café (siquiera eso)'. Pero en el fondo sé que no será. Aunque durante días, a ratos, intento creérmelo para ilusionarme con algo.

Vivo en un estado de cansancio permanente. De permanente incertidumbre. De imágenes que aparecen como flashes. De canciones que de pronto me sorprendo tarareando...durante horas y sin que exista ninguna explicación a qué me llevó a ella cuando es una canción de 10, 30 años atrás y que ni siquiera me entusiasme especialmente. 

Y a ratos hasta tengo síntomas físicos. A los que tampoco hago caso: si no pienso en ellos, si los ignoro, seguro que desaparecen. E imagino que así es. 
O igual no. 

Terminó octubre. Empieza noviembre. 
Cuenta atrás para que finalice este año tan inesperadamente raro.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Vértigo sin red.

Hay comienzos de semana cuya sola idea, vistos desde el domingo, dan vértigo.
Y el que está a punto de empezar, la semana que comienza en unas horas, es un claro ejemplo.

Estoy cansada. Sigo estando cansada. Y la incertidumbre contribuye al cansancio, mantiene el agotamiento que ya no sé ni cuando empezó a generarse y mantenerse...

No sé qué quiero hacer con mi vida. Pensé estos últimos meses que empezaba a encontrar un equilibrio, siquiera laboral, y veo que la cuerda floja en que me sostenía está llena de nudos y que algunos están enlazados con prisas, que otros muestran flecos desfilachados, que los pilares a que creía atada son columnas de piedra pómez...
Y que no hay red. Que debajo no hay red.

Me da vértigo esta semana, este proyecto de última semana de verano.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Catorce de diciembre. Llueve.

Catorce de diciembre. Domingo. Llueve.
Creo que ha llovido toda la noche. Comenzó ayer, sobre las cuatro de la tarde. Regresé de comprar en el híper francés habitual...y de pronto, es como si se hubiese hecho de noche. Y al rato comenzó una lluvia fina, casi imperceptible si no se miraba hacia el suelo de la calle, que se iba mojando lentamente... Probablemente no dejó de llover desde ese momento.

Me he despertado a la hora habitual: sobre las siete, siete y media de la mañana. A las ocho, desde el baño, he escuchado el pequeño chasquido del despertador cuando llega a la hora en que debería sonar la alarma...si estuviese encendida. A los pocos minutos, desde la cama, he oído 'despertarse' al móvil: ocho de la mañana. Era de noche, supongo que más por la lluvia que por una cuestión solar...o igual también es ya de noche a esas horas en estos días de diciembre. El llevar casi tres semanas sin trabajar (y sin la obligación, por tanto, de levantarme a esas horas) hace que esté un poco desconectada de la hora real en que amanece.
A las diez y algo he salido a comprar el periódico. Botas de goma, gabardina. Me he mojado: la gabardina es fina y de poca  calidad, apenas si quita el frio, si llueve de forma persistente, te mojas en pocos minutos. Al llegar a casa (media hora, ir y venir al kiosco más cercano, permitirme el raro capricho dominical de unos churros, bajo la lluvia intentar explicar a un transeúnte perdido cómo llegar a una especie de iglesia que hay en el barrio, instalada en los pisos bajos de un  bloque de viviendas y desconocida hasta por los propios vecinos de la zona...y de complicadísimo acceso) me he cambiado de camisa: también estaba empapada.
Necesito una prenda de abrigo impermeable. Tengo un abrigo que ya era viejo hace cinco años, pero que no me atrevo a 'jubilar'...porque no encuentro nada similar que además sea de mi talla. Es largo, acolchado, da calor, es impermeable, lleva capucha... Y si llueve mucho también se 'cala' el agua. Pero de momento es lo que tengo.  Y sin él, no sé qué habría sido de mí el pasado invierno: no soy friolera, pero dos horas tres días a la semana dando vueltas por una anodina ciudad dormitorio, de tres a cinco, en pleno invierno... que era parte de mi rutina laboral, pues... Gracias al abrigo viejo, botas de agua con dos pares de calcetines debajo, bufanda, guantes, algún día refugiada en el burger..., pasé el invierno.
Tengo otras prendas, pero no son impermeables. Y probablemente tenga algo impermeable...pero no me vale. Me da mucho coraje tener tanta ropa que no me sirve, por talla. Tengo dos chaquetones 'de pelo' que me hacen mucha gracia (y uno, además, estaría de plena actualidad...aunque tenga diez años) pero me están pequeños. Tengo cazadoras de cuero, abrigo de serraje..., y diez kilos por encima de lo que debería pesar para poder usarlos.
Patético.
Seguramente habré cogido frío. Esta noche, leche caliente y miel.

Mi radiador ya funciona. Mejor dicho: mi radiador ya es otro. No gotea. Pero..., es curiosa la rutina. Me levanto mirando tras la cortina y me sorprende ese espacio vacío donde estaban los tappers de plástico llenos de agua...

Estos días he aprovechado para limpiar. Tras el arreglo del radiador, lavé las cortinas del salón. Aquel capricho de seda, algodón y lino....que hay que planchar en un punto justo de humedad para que no se queden arrugadas (cosa que pasa tanto si están demasiado húmedas como si lo están demasiado secas). Por suerte el viernes no llovió... También he lavado las colchas que tapan el sofá viejo, ése que sólo sirve para dejar el mando a distancia o el teléfono cuando estoy tumbada en el otro mirando la tele o para que él deje su ropa en esos raros días en que, desde hace casi cuatro años, ha venido a regalarme su compañía, alguna noche...

Sigo extrañamente triste, y ya no son las hormonas. Sigo desganada. No quiero pensar en el dinero, no: me niego. Pero sé que en febrero me horrorizará el estado de mis cuentas, me lamentaré por no haber intentado ponerme a trabajar nada más dejar el búnker, todo eso. Pero no, no quiero pensar en el dinero. Aunque sepa que no me puedo comprar un abrigo impermeable nuevo (o..., sí que puedo. Pero me gastaré ese dinero, seguro, en regalos obligatorios que al final nadie me va a agradecer. Por ejemplo).

Llueve en este domingo de otoño, otoño que ya es invierno en el cielo y en los árboles. Dos semanas para que termine el año. Y para que empiece otro igualmente incierto.