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sábado, 9 de noviembre de 2024

Un futuro que no será mi futuro.

 La semana ha sido agotadora.

O igual no, igual no ha sido culpa de la semana que yo lleve cansada tantos días y cada día más que el anterior.

Enumerarlo todo también sería agotador. Y aburrido para el lector. Problemas en el transporte, trabajo tedioso, pocas horas de luz solar, calefacción demasiado alta al llegar a casa, obra de la fachada que me está desquiciando y que me tiene a las diez de la noche reubicando plantas por la casa, el dolor de las imágenes en los informativos…

He comido fatal. Creo que ni he probado la fruta en toda la semana (sí la verdura: bendito y socorrido puré para dos días). Ni siquiera estoy segura de si algún día he llegado a ducharme (sé que no desde el jueves: el propio cansancio, la propia desgana, el importarme cada vez menos…)

La obra de la fachada me ha dejado sin cuerda para tender la ropa en la terraza. Como todavía tengo momentos en que regresa mi rapidez mental de antaño, ésa que me hace encontrar soluciones rápidamente, esta mañana he añadido otra cuerda en la terraza de la cocina (donde están ahora gran parte de mis cactus…además de otras muchas cosas). Pero me ha dado mucho coraje, tras poner la lavadora, ver el solecito de la tarde y no poder tender las sábanas en la terraza. Y no poder, por tanto, ponerlas recién secas y con ese olor a ropa de algodón secada al sol.

He puesto una sábana bajera nueva. O sea, esta noche estreno sábana. Por primera vez en…, ¿alguna vez he llegado a estrenar unas sábanas en los últimos veintitantos años, ahora que caigo?

Cuando venía a dormir conmigo, ponía sábanas recién planchadas.
No las cambiaba al día siguiente: me gustaba encontrar el olor de su piel en mis cama, sin buscarlo.
No sé nada de él. Le importo tan, tan sumamente poco, que no sé nada de él desde la última vez que el llamé hace mes y medio.
Si me paro a pensarlo, saber que no volveré a verle y que ni siquiera volveremos a hablar me duele hasta cortarme la respiración.

Estoy agotada.
Debería comer verduras frescas y frutas esta semana.
Pero no sé si lo haré. En realidad cada vez me importa menos qué me pase en un futuro que no será mi futuro.

domingo, 2 de julio de 2017

De junio a julio.

Semana rarísima y larga.
O larguísima y rara.

De obras en el edificio donde vivo. Una obra muy simple, de las que no habrían supuesto ningún problema si me hubiesen pillado en vacaciones..., pero, cuando se trabaja a más de hora y media de casa, se entra a las nueve de la mañana y se sale a las seis de la tarde, las cosas se complican. Y mucho.
Pero..., en fin: ya se terminó la semana. Y, más o menos, la obra.

También se terminó el mes de junio. Otro ejemplo de periodo complicado. Y largo, siendo un mes de sólo 30 días.
La semana también me ha sido rara porque él vuelve a estar enfermo. Aunque sea de esa enfermedad crónica suya, que ya sabemos que es periódica y se cura. Pero siempre que está enfermo me preocupa. Y mucho. Y me hace pensar que me gustaría ser yo quien le cuidase...

Esas cosas que nunca podrán ser. Como tantas otras.

Mañana es el primer día laborable del mes de julio. Y quedarán dos semanas (justas) para el horario de verano. Y cinco semanas (más o menos) para mis vacaciones.
Vacaciones que no serán otra cosa que 'no ir a trabajar', simplemente.

Vacaciones que nunca serán días a pasar con él. Otra de esas cosas, simples, que tampoco podrán ser nunca.

sábado, 10 de junio de 2017

Sábado a mediodía.

Cansada. Nerviosa. Con la sensación de que están pasando cosas que no controlo, o que van a pasar.

O igual son las fechas (siempre se me repiten cosas en fechas similares y estamos en unas de las más complicadas). Y que está haciendo demasiado calor para esta época del año. Y que cada vez se me haca más largo y más pesado el tener más de tres horas diarias de transporte para llegar/volver trabajo-casa. Y que el tiempo pasa y yo cada día tengo un día más y ya empiezan a ser muchos años.

Esta semana tengo cita con Hacienda. Pesado y tedioso más que otra cosa. Me llegó el 'borrador' hace dos o tres semanas y no me sale a pagar. Tengo cita precisamente porque lo que me sale a devolver me resulta entre ridículo, irrisorio...y cabreante (considerando la barbaridad que me han retenido. Algo así como el sueldo de dos meses). Si me apaño bien con mis horarios laborales y el de la cita, no tengo que perder tiempo laboral ni pedir permisos: llego justa, pero llego.

Esta semana, también, empiezan las obras en el edificio donde vivo para cambiar toda la instalación interna de fontanería. No me gustan las obras, ni poco ni mucho. He soportado demasiadas en mi vida... En este caso, supongo que tendré que estar un día completo en casa para que la hagan...y aún no sé qué día será. Cruzo los dedos para que no coincida con la cita en Hacienda...más que nada, porque pienso priorizar esto último. Y digo yo que si fuese ese mismo viernes, ya sabría algo por parte de la Comunidad de Propietarios.... Pero todo esto me estresa. Y mucho.

El ambiente laboral cada vez está más enrarecido. Tengo la sensación de que cada día trabajo más y me cunde menos. O, peor: la desagradable sensación de que no se valora en lo más mínimo mi trabajo, o que como saben que mi capacidad de hacer cosas es poco menos que infinita...cada día me cargan con más y más y no se le da la menor importancia. Es más: en vista de que no es posible encontrarme fallos, ahora se me pasan (o se nos pasan, aunque los demás me traen sin cuidado) emails indicando si en la pausa de mediamañana o mediodía he tardado algún minuto más en volver a logarme de lo que debiera. Me parece tan y tan absurdo...cuando el 80% de la plantilla hace lo que le viene en gana, se inventan bajas médicas para cogerse días libres, falsean datos...

Nunca me han importando los demás, sus prebendas o sus beneficios. Pero llega un punto en que me cabrea tanto agravio comparativo. Me cabrea y este cabreo me produce cansancio. Mucho.

Y hay más cosas. Y... y estoy tan cansada, siendo ahora apenas sábado a mediodía...