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viernes, 26 de julio de 2024

Márketing Digital. Y otras promesas.

 Mañana tengo que dedicar parte del día a terminar el Curso de Marketing Digital. Ése al que me matriculé hace un par de meses y cuyo temario ni me he leído, ése que he hecho (45 horas obligatorias) conectándome estas dos últimas semanas en el ordenador del trabajo, teniendo la pantalla en segundo plano y entrando cada pocos minutos para mover el ratón (porque si se detectaba inactividad, el tiempo no se computaba).

Un curso que me habría encantado hacer en condiciones, porque me gusta la materia. Pero que con mi horario…ha sido completamente imposible.
Esto que es mi día a día no es vivir.

Y…, y hoy de nuevo he constatado lo evidente. Porque le he llamado (dos semanas sin hablar con él. Porque lo de 'te llamo un rato esta semana', que fue lo último que me dijo, por descontado fue de nuevo una promesa vacía. Si no le llamo yo, no hablo con él. Sin más) y eso…, simplemente he vuelto a constatar el desinterés que tiene hacia mi persona.

Me sigue doliendo mucho. Mucho.

Sé desde hace semanas…, ya meses, que no voy a volver a verle.
Pero saberlo y aceptarlo no hace que deje de desear estar con él.
Y duele. Todo duele.

Mañana, de alguna manera, haré los exámenes y terminaré el Curso de Márketing Digital. Porque me comprometí a hacerlo. Porque el plazo termina el lunes.
Y porque yo sí cumplo mis promesas. Al menos, las que me hago a mí misma y las que me comprometo a cumplir.

lunes, 31 de julio de 2023

Nada de particular medido por horas.

 Tres y pico de la madrugada: me levanto a tomar media cetirizina para ver si calmando el picor de la piel consigo volver a dormirme. Y digo 'volver' porque en algún momento antes de las dos me he quedado dormida en el sofá, con el ventilador haciéndome compañía y la televisión encendida y me he trasladado a la cama más o menos a las tres.

Seis y media de la mañana: me despierto (en realidad, paso las noches entre microsueños y despertares de duermevela) para constatar que aún es de noche. Julio se termina y ya vamos perdiendo un poco de luz solar.

Nueve y ocho minutos: es la hora que refleja mi reloj-proyector en su pantalla. Los números rojos en el techo no se ven porque es de día. Sé que sobre las ocho también me he despertado y quizá hasta he ido al baño. Es una hora más que razonable para levantarme. Voy al salón y miro el móvil. En vez de quedarme en el sofá, vuelvo a la cama con el móvil. Por el pasillo ya lo he puesto en manos libres y estoy marcando de forma automática. Al segundo intento y sentada en la cama, concierto y concreto cita para renovar la reanudación del cobro del paro: viernes por la mañana. No son aún las nueve y media. Dejo el móvil sobre la mesilla y vuelvo a tumbarme en la cama, cerrando los ojos. El 'unos minutitos más' que todos nos hemos dicho alguna vez tras sonarnos el despertador. Solo que esta vez no hay despertador que suene ni obligación alguna.

Once y media: aunque creo haber cerrado y abierto los ojos, la verdad es que han pasado más de dos horas. Dos horas y algún sueño raro, que a estas alturas ni recuerdo.

Una y media: me termino el segundo café y me pongo un vestido ligero, me recojo el pelo en una coleta alta, me lavo los dientes y me pongo la crema de protección solar en la cara. Estoy cansada, pero me voy a IKEA. Necesito una bombilla..., en realidad, la excusa tonta es ésa. 

Dos y diez: tras veinte minutos de espera, llega mi tren.

Tres de la tarde: llevo veinte minutos esperando el bus que me tarda apenas diez minutos en dejarme en la puerta de IKEA. Pasa uno cada media hora. En realidad, es el mismo que llega hasta allí y a las horas y cuarto y menos cuarto se da la vuelta dirección estación del municipio al que pertenece el terreno donde está el centro comercial.

Seis menos cuarto de la tarde: cojo el bus de vuelta. En dos bolsas medianas de tela, la bombilla-excusa, dos plantas pequeñas, una vela perfumada en vaso de cristal, dos paquetes de servilletas de papel en oferta, unas cucharas medianas de mango largo.

Seis y media: llevo otros quince minutos esperando el tren en la estación.

Y..., y podría continuar, pero en realidad todo mi día ha sido así. Nada de particular medido por horas.
Solo la sensación de cansancio se mantiene inalterable. Eso y el calor. 

De nuevo, el ventilador ahí al lado, el portátil sobre mis rodillas, el sofá invitándome a tumbarme en él y dejarme arrastrar al sueño mientras julio se termina, llega agosto y la luna casi llena se pasea por el cielo.


jueves, 21 de julio de 2022

Desorden de cosas.

Tres semanas dedicadas a no hacer nada.
Al menos, a no hacer nada de provecho.
Me dedico poco menos que a vegetar. Me acuesto tarde, normalmente tras quedarme dormida en el sofá. Me despierto pronto (la costumbre) aunque al menos ayer y hoy ya he conseguido no estar levantada a las ocho de la mañana (entre otras cosas porque, por fin, he conseguido cita para gestionar el cobro del desempleo. Que hay que conseguir cita previa para que te atiendan...y no había manera humana). 
Imagino que en un par de días más conseguiré regular los horarios de sueño. Y la semana que viene tendré que poner el despertador, miércoles y viernes, porque tengo cosas por hacer y hora prevista para hacerlas.

La semana que viene terminaré los trámites necesarios para estar oficialmente parada y totalmente desligada de la empresa que me ha pagado el sueldo mensual los últimos 28 meses. Solitud del cobro del paro y firma del acuerdo de indemnización por despido improcedente. 
La verdad es que es la empresa con la que menos hubiese esperado llegar a esta situación, pero...
Ya da igual.

Mi idea es descansar el mes de agosto (o sea, estar de vacaciones) y empezar a buscar antes de que comience septiembre. Obviamente, con la idea y el propósito de volver a trabajar en el transcurso de ese mes de septiembre. 'Gastando', por tanto, dos meses de paro.

Intentaré destinar estas semanas a, al menos, recoger un poco la casa. Porque en estas tres semanas de desempleo que han transcurrido ya no he hecho gran cosa. Me da una pereza enorme. O más que pereza es una especie de vértigo, derivado de ver la cantidad de cosas que tengo por hacer, tirar, ordenar... Me siento desbordada. Sé que debería empezar poco a poco: hoy los cajones de mi cómoda, mañana la mitad de la vitrina del salón, pasado la mitad del armario, en cuatro días tirar revistas viejas... La teoría la conozco, pero no hago nada. 
A veces he dicho que si no hice nada durante el confinamiento, que fueron más de dos meses sin salir a la calle más que un rato a la semana (compra necesaria), es complicado que saque el tiempo y las ganas para hacer todo lo que tengo atrasado. 
Intentaré proponérmelo más en serio. Que cuando me propongo algo de veras, lo consigo.

Y en otro orden de cosas..., realmente qué más da ese otro orden de cosas... 

jueves, 14 de julio de 2022

Despiste horario.

 Otra noche de calor tórrido más. Y así llevamos más de una semana. 
Ya, ya sé que el verano madrileño es esto y es así. Pero saberlo no me hace sentir menos calor.

Esta tarde ya he sacado el ventilador. Estaba resistiéndome (no me gustan los ventiladores, cosas del asma, imagino. Y también, aunque no sea consciente de ello, del precio disparado y disparatado de la luz). Estamos a más de 40 grados...

Anoche me acosté tarde, a más de las dos. Preferí evitar quedarme dormida en el sofá y me fui a la cama. 

Tras dormir mal (mucho, mucho calor) cuando me he despertado (ya de día) el reloj rosa analógico de la mesilla marcaba ¡¡las once y media!! Me he preguntado cómo he podido dormir tanto...con este calor y sin ser consciente de ello. Sin ser consciente, más bien, de haberme despertado sobre las seis como todos los días, de haber escuchado el 'clik' casi imperceptible del despertado a las siete de la mañana (hora en que debería sonar si no estuviese desactivada la pestaña del despertador), de escuchar los ruidos propios del despertar de la ciudad... Las once y media. Descabalándome algunos planes, cosas que quería hacer a primera hora de la mañana (intentar conseguir cita para solicitar el 'paro', por ejemplo).
Me he levantado y he ido al salón. La luz era rara. No escasa ni exagerada: rara.
He puesto la radio. El locutor entrevistaba a una ministra. Me ha extrañado: la programación a casi mediodía suele ser otra, más ligera. Además, quien hace el programa es una locutora... Por un momento me he preguntado si sería sábado en vez de jueves...
Y finalmente, creo que por instinto, he mirado hacia el pequeño despertador, también analógico de la estantería.
Eran las ocho y cuarto de la mañana. No las once y media.
A las once y media se paró, al quedarse sin pilas, el despertador. No era esa hora. De ahí la luz anormal para ser mediodía, la entrevista de tintes políticos...

Podría haber vuelto a la cama. Pero hacía tanto, tanto calor...

Y así transcurren mis días. Creo que más descansada, eso sí.

domingo, 25 de julio de 2021

Tormenta de julio.

 Llueve.
Tormenta meteorológica  para finalizar una semana de calor sofocante. Una semana absolutamente agotadora.
La amenaza de otras tormentas sigue en el aire.
 
Y mi cansancio, mi hastío y mi sensación de que algunas cosas hace mucho que no van para ningún sitio cada vez son más grandes y más  nítidas. 
Igual debería decidirme, recuperar mi antigua capacidad para hacer las cosas con absoluta seguridad y pase lo que pase después. Y terminar lo que hace demasiado tiempo que está, en realidad, agotado.

Llueve torrencialmente. Los relámpagos iluminan el cielo.
Ojalá esta tormenta se lleve el calor, al menos unas horas. Ojalá se despeje el bochorno climático y pueda pensar más mayor nitidez.

lunes, 5 de julio de 2021

De tormentas y naufragios.

 Siempre he presentido las tormentas. Y no solo las eléctricas, las que traen lluvia y limpian el aire, el suelo y todo lo que empapa su furia.

También las otras tormentas. Las que también llenan de electricidad las cosas, pero no llueve. A veces ni siquiera hay ruido de truenos. A veces pillan a todo el mundo de improviso. 
Incluso a mí, que las presiento, me han pillado de improviso algunas. 
Y me he encontrado de pronto empapada en mitad de la nada, mientras los demás huían a ponerse a cubierto. 

Se avecina una tormenta. Lo sé.

También las tormentas que no vienen del cielo limpian las cosas. A veces no como quisiéramos o quisiera. A veces arrasan, porque no son una lluvia mansa o porque no caen al tiempo que luce el sol, produciendo arcoíris en el horizonte. Pero cuando la tormenta ha terminado, cuando ya sólo queda el recuerdo (en ocasiones semanas, meses más tarde) y nos hemos hecho a la idea de que lo que perdimos, perdido está, también nos damos cuenta de que el horizonte hacia el que miramos es más nítido. 

Se avecina una tormenta. 
Y, aunque la presiento, esta vez creo que no estoy preparada para ella. 

Debe ser otra consecuencia de la edad, del paso del tiempo. No quiero más tormentas, no quiero seguir siendo un naufrago de mi propia vida.

sábado, 25 de julio de 2020

Sofocantes días de teletrabajo (y calor, mucho calor).

Sigue haciendo muchísimo calor. 
Sí, ya sé que es lo normal cuando se está en Madrid y es el mes de julio. Pero debe ser que se me olvida de un año a otro. O que cada año que pasa lo llevo peor.
Encima, en este año tan raro, no me hago a la idea de que ya estemos a mitad del verano. Cada día anochece unos segundos antes y eso es el mayor indicio de que el verano avanza. 

La mitad de los días teletrabajo. Esto es, me quedo a trabajar en casa (es que en mi caso lo de 'teletrabajar' como término para explicar que trabajo en casa es un poco absurdo, cuando mi trabajo está estrechamente ligado al teléfono. O sea, que voy a 'teletrabajar' tanto en casa como en la oficina. Pero eso es otro tema). Debería trabajar unas tres horas y media al día (estoy al 50% de jornada como resultado del ERTE), pero raro es el día en que son menos de cinco horas diarias. Y algunos días llego a las seis. Incluso cuando estaba al 30% y con trabajar 11 horas a la semana ya tenía cubierto el compromiso, llegaba a trabajar seis horas diarias...y casi con sentimiento de estar incumpliendo algo si me desconectaba antes de las seis de la tarde...conectándome antes de las 11 y parando a mediodía menos de una hora. 

La parte positiva es que cuando volvamos a jornada completa, supuestamente a partir del 07 de agosto, no me va a suponer ningún esfuerzo. O apenas ninguno.
También por eso sigo yendo a la oficina tres veces por semana. Para que cuando sea obligatorio me resulte menos complicado.

No madrugo. Me levanto a las ocho cuando voy a la oficina, me ducho, desayuno, me visto y arreglo mínimamente, salgo de casa sobre las nueve y media. Llego a la oficina sobre las once. Sin prisas. Si voy a trabajar en casa me levanto cerca de las nueve y el ritual es más o menos el mismo, conectándome antes de las once.  En la oficina estoy hasta las cuatro y media, cinco, sin parar para comer (total, estoy sola casi todo el tiempo. Me como alguna galleta o compro algún bollo que en vez de desayunar, me termino comiendo a mediodía). En casa paro de tres a cuatro, más o menos, y luego estoy hasta las cinco y media, seis de la tarde. En cualquier caso, muchas más horas de la debidas...y, curiosamente, echando cuentas cada día para estar segura de que no son menos de cuatro horas, o de diecisiete y media semanales.
Como si alguien me estuviese vigilando o controlando. Es un tanto absurdo, lo reconozco.

Y...

Y estoy escribiendo por actualizar el blog, pero con pocas ganas. Son más de las dos de la madrugada, ya domingo. Y hace mucho, pero mucho calor...
A  ver si la próxima semana tengo más ganas de escribir.
O hace menos calor.
Que lo dudo.

sábado, 11 de julio de 2020

Casi mediados de julio en este año tan extraño.

Calor. Casi mediados de julio.
Y avanza el verano con otra de esas semanas en que la vida es como dar vueltas en la rueda de hámster: agotarse sin llegar a ningún sitio. 

Calor sofocante, de los que cuesta respirar por el día y cuesta conciliar el sueño por las noches. En que se termina durmiendo por puro agotamiento. En que se pasa de la última ducha antes de meterse en la cama a la primera nada más levantarse..., y da igual: todo es calor. En que se buscan vestidos que sean apenas un trapo que se sujete en los hombros y cubra hasta las rodillas. 
Calor de julio en Madrid.

Anteayer cayó la primera gran tormenta. Apenas 15 minutos de lluvia torrencial que se tradujo en inundaciones en el municipio donde vivo. 15 minutos de lluvia y viento y, terminados éstos, arcoiris. Y mientras miraba el arcoiris, todo se secó. El suelo estaba como si no hubiera caído ni una sola gota: apenas otros 15 minutos para que todo se secara, para que las aceras sedientas absorbieran toda la lluvia. Vamos, que de no ser por la inundación (también evidente, llamativa, documentada por teléfonos móviles grabando y luego colgando las grabaciones en rrss y terminando en telediarios) resultaría difícil creerse que hubiera llovido tanto.

A ratos teletrabajo. A ratos trabajo en la oficina.
En realidad no son ratos, aunque la sensación que me deje sea ésa. Son días completos: los lunes y viernes me quedo en casa, los martes, miércoles y jueves voy a la oficina. Tendría que trabajar tres horas y media diarias (diecisiete y media a la semana, 50% de ERTE), pero dedicar otras tres horas y media de transporte, entre ir y venir, para estar allí tres horas y media...pues no me compensa. Así que estoy entre cinco y seis horas. Y en casa, igual. Por tanto, estoy haciendo casi la jornada completa...
¿Resultados? Ninguno. 


Algunos días paso horas completamente sola en la oficina. El jueves, de hecho, estuve conscientemente sola las dos o dos horas y media últimas (no sé cuando se iría el último de los compañeros: la oficina es enorme). Cierro yo y dejo las llaves al conserje. Antes, reviso que queden cerradas las ventanas, la puerta de salida a la gran terraza-ático, apago las luces y el aire acondicionado (con un interruptor se apagan las dos fases), recuerdo regar las plantas (cosa que, lógicamente, no es obligación de nadie..., pero qué lástima, si se secan los grandes photos que han sobrevivido a los dos meses de abandono, la kentia, el tronco de Brasil...). Uno de los pilares de la política de empresa es la confianza. Por eso alguien como yo, que apenas lleva dos meses allí, que apenas me conoce de vista nadie, puede abrir y cerrar la oficina.
Y me esfuerzo porque esto funcione, porque yo sea capaz de funcionar, porque quiero seguir en este proyecto cuando la normalidad (sea la que sea) llegue.

Calor. Semana complicada.

No he hablado con él en toda la semana. Pero eso ya empieza a ser rutina. Mejor dicho: eso también es rutina, desde hace mucho.
Pero, también, eso es otro tema. Y ahora no me apetece escribir sobre ello.

Sábado por la mañana. Hay instantes en los que parece que entra una ráfaga de brisa desde la calle, a través de la terraza abierta de par en par. En el suelo me espera el centro de planchado (de hecho, lleva ahí desde el lunes...semana que parecen ratitos sueltos), en el sofá, las sábanas para planchar; en el baúl del recibidor, unas toallas que quedarán mejor con un golpe de planchado. Luego volveré a más rutina: ir a comprar al híper sin olvidar la mascarilla, comer cualquier cosa a deshoras, preparar un litro de gazpacho para llevar mañana a mi madre, igual preparar arroz (¿con gambas? ¿con pollo? ¿con leche? no sé. De hecho, no sé si lo haré) para llevar también. Y seguir pasando el sábado hasta caer dormida en el sofá, por puro agotamiento, y seguir sumando ratitos en forma de días de esta semana de días largos y noches calurosas.

Casi mediados de julio en este año tan extraño.
Calor de mes de julio en Madrid. Calor que es lo único que se ajusta a la antigua normalidad.

lunes, 23 de julio de 2018

Probable alta médica. Y doscientos cincuenta y seis días sin él

Sigo en fase de recuperación.

Aunque no tenga aún el que yo reconozco como mi tono habitual de piel y aun permanezca un reflejo amarillento en mis ojos, sé que voy recuperándome. La analítica de la semana pasada también lo corroboró. Creo que tanto la doctora como yo esperábamos encontrar una mejoría más llamativa, pero al menos no he empeorado y, además, los valores que tienen que bajar siguen haciéndolo. Bueno, casi todos, porque el colesterol ha subido y tengo que tomar un medicamento repulsivo que es como tragar arena...

También sigo de baja laboral. La semana pasada, tras la consulta con la doctora en el hospital, podía haber insistido a mi médica de cabecera para que me diese el alta, pero no lo hice (y tengo claro que ella tampoco piensa precipitarse. Vamos, que no tiene ninguna prisa y menos sin que el hospital confirme que estoy curada al 100%). Mañana vuelvo a tener cita con la médica para que me renueve la baja una semana más o, como quedé el marte pasado, me dé el alta.

Hasta esta mañana tenía clarísimo que el miércoles volvería al trabajo. Ya no lo tengo tanto.
Si prorrogo otra semana más la baja, me incorporaría el día 01 de agosto. No sé si volver una semana antes mejoraría en algo la que sé que va a ser mi precaria nómina de julio. Bueno, en  realidad sé que a estas alturas del mes las nóminas ya están cerradas, en tal caso influiría en mi sueldo de agosto.
Pero no sé si sería así y me temo que no.

La verdad es que no tengo la más mínima gana de volver al trabajo, para qué decir otra cosa....

Igual lo poco que aún quedaba en mí de mi antigua (y famosa) adicción al trabajo está desapareciendo a toda velocidad. Y creo que eso es bueno, la verdad.

En otro orden de cosas...
Es complicado mantener la decisión de no llamarle, de que eso sea lo que debo hacer cuando ni se molestó en enviarme un sms sabiendo que estaba ingresada. Es complicado cuando sé que sigo queriéndole, que me sigue importando por encima de tantas cosas... Que una de las razones y de los motivos de esto injustificable médicamente hablando que me ha pasado ha sido mi preocupación por él y el no verle, el no poder verle...
Es complicado mantenerse firme cuando sé que me hace bien siquiera escucharle hablar...

Mañana probablemente me den el alta médica y el miércoles vuelva al trabajo. a la rutina de tres horas y pico diarias de transporte público y todo lo demás.
Pero seguiré sin verle. Ocho meses y medio ya sin verle.

En los últimos nueve años, los primeros ocho meses y medio.
Doscientos cincuenta y seis días lejos de mis ojos y mi piel.

jueves, 12 de julio de 2018

Convalecencia. Síntomas y consecuencias.

Voy recuperándome.
Aunque llevo casi dos meses de baja laboral (desde el 22 de mayo) tengo la sensación de, en realidad, llevar sólo dos semanas. Las dos semanas que mañana se cumplen desde que salí del hospital.

Las otras dos..., dos semanas y media anteriores al ingreso es como si no hubiesen existido. Detalles como ése me hacen pensar que realmente no me sentía enferma (porque más allá del cansancio y del hastío laboral, no me dolía nada. Ni realmente reconocía el indebido color de mi piel y el aspecto de mis ojos, que es lo que indicaba claramente mi enfermedad) pero sí lo estaba. Y probablemente bastante más de lo que creía e incluso creo haber estado.


Tengo la piel muy áspera. No realmente seca, de la sequedad o falta de hidratación que se soluciona con una generosa ración de crema nutritiva, porque eso ya lo uso. No: es otra cosa. Tengo la piel quemada. Me aplico exfoliantes de aceite y azúcar en la ducha, insistiendo bien, y luego me ducho con geles sin química. No es una rutina que esté siguiendo estos días por el estado de mi piel, sino que he vuelto a lo que ya hacía...y que tuve que dejar cuando todo me empezó a picar y a doler de tal modo que no soportaba ni la ropa, ni el tacto de las sábanas, ni nada. Ni el contacto de mi propio pelo sobre la espalda desnuda, siquiera.

Espero que en unas semanas vaya volviendo a la normalidad.
Sigo sin usar anillos, ni pulseras, ni colgantes. Algunos días me pongo unos pendientes. Tengo muchos, casi todos de plata con piedras semipreciosas (o también preciosas: zafiros, rubies...) y alguno de oro. Estoy usando sólo dos o tres modelos, de pequeño tamaño.

Alguna mañana desayuno café con leche. No sé bien porqué, pero coincidiendo con el inicio de mi baja laboral dejé de tomar café. Dejó de apetecerme. Tampoco me apetecía la leche, así que me pasé al zumo. En el hospital me daban manzanilla para desayunar (la aborrezco). El primer día que me atreví a tomar café fue el martes posterior al alta hospitalaria: fui a hacerme una analítica y me quedé a desayunar en el propio hospital. Y me decidí a pedir café, además del zumo de naranja que ya llevaba días tomando...y que suelo tomar a diario.
Estoy volviendo al café con leche para desayunar.

Me aplico cremas reafirmantes en el cuerpo (perdí mucha masa muscular durante el ingreso. No he perdido apenas peso, pero noto el cuerpo blando) y una especie de mascarilla sin aclarado en la cara, para dormir. Las ojeras y las bolsas bajo los ojos no me las quita nada, tampoco el dormir. Las ojeras las llevo 'de serie', las bolsas no me gustan nada. Tampoco las manchas que me han reaparecido y que no se reducen a las pecas que de vez en cuando aparecen y desaparecen.
Había conseguido casi eliminar las manchas a base de jabón de Alepo, agua micelar, no exponerme al sol... Y en apenas un mes han vuelto para quedarse.

También noto el pelo muy seco, sobre todo en los centímetros más próximos al cuero cabelludo. Es como si saliera ya áspero...

Todo consecuencias de la extrema deshidratación sufrida.

Llevo casi treinta años cuidándome la piel. O al menos, intentándolo. Y, de pronto, da igual todo ese cuidado. Piel quemada sin haberme expuesto al sol. Y sin saber si tendrá solución.

Me darán el alta médica. Volveré al trabajo. Seguiré con mis rutinas de cuidado cutáneo e imagino que poco a poco me iré reponiendo.
Porque todo esto es físico y lo veo y lo controlo.


Pero igual que no me sentía enferma...y lo estaba, no sé si habrá más cosas dañadas que no veo. No hablo de órganos internos (en ésos me han hecho tanta revisión y tanta prueba que no tengo la menor duda de su excelente estado) si no de otras cosas.

De ésas que sé que fueron determinantes para hacerme enfermar. De ésas que los médicos no han podido ver cómo están, porque algunos asuntos, como la tristeza, son indetectables para la ciencia.

lunes, 9 de julio de 2018

Semi-inactividad.

Sigo en estado de semi-inactividad.
También por eso escribo poco por aquí.

Vivo en un estado casi de perplejidad continua. Cada vez que en algún sitio dicen la fecha en que estamos, algo me 'baila' en la cabeza. Los almanaques, el propio reloj-calendario del portátil me dicen que estamos en el mes de julio. Casi a mediados de julio, de hecho.
Mi mente sigue vagando en alguna fecha de junio. Sigue buscando, cada vez que escucha la fecha actual, dónde está el mes de junio...

Mi tratamiento médico consiste en descansar y beber agua. Así de básico. Reposo relativo y entre dos y tres litros de agua diarios. Y alimentos frescos. Nada más. El único medicamento que tomaba (algo absolutamente repulsivo, algo que era como beber arena y que ni siquiera era un medicamento para lo que tengo) me lo retiró la doctora hace una semana. Reconociendo, además, que ni siquiera era un medicamento específico para lo que tengo....y que no han conseguido averiguar qué lo produjo (o qué lo produce). Los resultados de la analítica de la semana pasada seguían indicando que mi mejoría iba a buen ritmo...y por libre. Porque ni han sido capaces de saber qué me había puesto al borde de la muerte...ni saben porqué mi cuerpo se ha puesto a mejorar de forma espontánea.

Lo único que dice la ciencia (tras analíticas diarias con todo tipo de serologías, resonancias, radiografías, TACs, ecografías..., hasta una biopsia) es que lo que he tenido me lo ocasionó un 'envenenamiento por medicamentos'. Que sería un diagnóstico de lo más lógico...de no ser porque no tomo medicamentos...

El tratamiento que me ha mantenido con vida en los peores momentos (los resultados de las analíticas decían que iba empeorando...mientras el resto de las pruebas indicaban que, objetivamente, no tenía nada de nada) ha sido el suero salino. Litros de suero salino en vena. Nada más. Suero y reposo.
Más reposo del aconsejable, puesto que algunos días no me apetecía levantarme de la cama y mi máximo esfuerzo era desplazarme hasta el aseo (dentro de la habitación del hospital) para eliminar el suero. No podían darme otra cosa, puesto que al no saber qué era lo que tenía...cualquier antídoto podía agravar mi estado.
Suero y esperar.

Y lo que llegó solo se empezó a ir del mismo modo. Mi organismo decidió atacarme...y, de pronto, se lo pensó mejor.
Físicamente me van a quedar un par de recuerdos en forma de cicatriz: la de la biopsia y la de la vía intravenosa que mantuve durante diez días (es aconsejable cambiarla cada dos o tres días...pero la tenía muy bien puesta. Y, además, este tipo de vías, si se ponen en un emplazamiento físico donde se garantiza que van a funcionar bien..., son muy dolorosas de poner). La cicatriz de otra vía anterior, que tuve otra semana completa (aunque realmente sólo estuvo activa cuatro días) parece que va suavizándose. E imagino que en la próxima analítica ya hayan cicatrizado lo suficiente mis venas como para que a la primera sean capaces de 'producir' sangre, cosa que en la última analítica, y empleando una de mis 'venas fáciles', no fue posible.

Me han pinchado en ambos 'antecodos' en todas las venas visibles. En los antebrazos. En el dorso de las dos manos. En mínimo tres ocasiones me sacaron más de diez tubitos de sangre, aunque lo normal era entre cuatro y seis. Siempre antes de las seis y media de la mañana. Sólo 'descansaba' los sábados y los domingos. Esos días, el hospital se diría adormecido, sólo funcionan las urgencias y la intendencia: cambiar las sábanas de las camas, fregar suelos y baños, atender a las personas que necesitan asistencia para asearse o levantarse de la cama.

Cada vez que una enfermera o celadora me veía por primera vez, su reacción y hasta sus palabras eran las mismas: '¡qué joven eres!!'. No, no soy joven (aunque tampoco aparento la edad que dice mi dni. Imagino que llevar el pelo largo, muy largo, ayuda) y mi aspecto con el horroroso y enorme camisón hospitalario de florecitas y los visibles síntomas de mi enfermedad en la piel y los ojos tampoco ayudaban. Pero, por contraste con el resto de los ingresados en el módulo donde yo estaba, era una cría. Porque estaba en un módulo de ancianos en estado casi terminal...

Los síntomas físicos terminarán por desaparecer. Probablemente las cicatrices también (o se suavicen tanto que llegue un momento en que me cueste localizarlas, o directamente me acostumbre a ellas y ni las vea). Pero creo que las otras cicatrices, las psicológicas, no se irán nunca.
Y soy consciente de que va a ser ahora, que está siendo ahora, cuando empiezan a ser visibles.

Tengo sueños muy raros y muy densos. Creo que son debidos al otro único medicamento que puedo tomar, que es un antihistamínico y que ni siquiera tomo todos los días. Podría tomar hasta 3 pastillas al día. No lo hice nunca. Ahora y no todas las noches, me tomo una antes de dormir. Más por el componente 'sedante' que tienen los antihistamínicos que para lo que los tengo recetados (evitar los síntomas de picor en la piel). Creo que los sueños raros y  densos son producto de este medicamento.

En estos días he descubierto que me gusta dormir. Cosa en la que nunca había pensado, en que me pudiese gustar dormir, a mí, que siempre trasnocho y casi siempre madrugo...
Creo que me va a costar volver a mis horarios laborales normales.

Sigo medio desconectada del mundo, de las redes sociales. Tengo problemas con el whatsapp y con el messenger (por tanto, mensajes sin leer y sin responder) y no me estoy esforzando por arreglarlos. Quizá mi cuerpo, ése que decidió matarme y luego se lo pensó mejor y empezó a curarse solo, está decidiendo que quiere descansar..., que el reposo recetado le viene bien. Y no sabe que en una semana probablemente vuelva al trabajo.

Y no sé cómo va a reaccionar cuando llegue ese día...

jueves, 20 de julio de 2017

Crónica de un jueves (más).

La verdad es que mirar el reloj y que sean las cinco y cuarto de la tarde, y estar ya en casa, incluso tras haber pasado por el supermercado alemán de turno para comprar las tarrinas de frutos rojos de la semana...es un auténtico lujo.
Y todo esto teniendo en cuenta de que tardo casi dos horas en hacer el recorrido del trabajo a casa. Y que el transporte público madrileño en julio no tiene la mejor frecuencia de paso esperable.

Pero ésa es la hora que me ha indicado el reloj del microondas, que es el primero que veo al entrar.

El horario de verano no es ningún tipo de regalo que nos haga la empresa en que trabajo. Es, simplemente, la consecuencia de entrar a las nueve y salir a las seis de lunes a jueves, de septiembre a mediados de julio. De no tener más descanso que media hora al mediodía y diez minutos por la mañana. Y que tener que cogerse quince días, de los veinticuatro laborales anuales que tenemos, en el periodo de jornada reducida (esto es, de mediados de julio a finales de agosto). Cuadrando todo esto, nos sale la 'jornada reducida de verano'.

Además, todos los viernes del año salimos a las cuatro de la tarde. O sea, que en vez de nueve horas, trabajamos siete (con sólo veinte minutos de descanso).
Y cuando llegan estas fechas es cuando se nos olvida lo largos y pesados que se nos hacen algunos días el resto del año. Sobre todo horas como las de mediodía, o la célebre última hora de los viernes (que se nos hace eterna).

Por lo demás, hoy y a estas horas está ligeramente nublado (el calor del resto del día ha sido todo lo sofocante que corresponde a un mes de julio madrileño). Tenemos a casi toda la plantilla de vacaciones (y mañana se irán otros dos compañeros y mi responsable directa...'heredando' yo parte de sus obligaciones). No deja de tener casi gracia que, siendo una de las últimas incorporaciones a la empresa (de esto hace ya más de dos años) sea yo quien se tenga que 'hacer responsable' de todo lo importante y urgente. Por descontado, ni retribuido ni apenas agradecido...

Los compañeros nuevos, no falla, deducen que llevo en la empresa más años que nadie. Alguna vez he tenido que mostrar la antigüedad real en mi nómina...
La verdad es que estoy acostumbrada: es tónica general en mi vida laboral.

Y...poca cosa más.

En tardes como hoy, me gustaría ser capaz de echarme la sienta y dormir...
Pero sé que ni soy capaz de dormir de día...ni me sentaría bien. Así que no pienso intentarlo.

Mañana ya es viernes. Penúltimo viernes del mes.
Quedan menos días para mis vacaciones. Aunque..., qué más me da, en el fondo. Qué más da, cuando no tengo planes para aprovecharlas.

domingo, 16 de julio de 2017

Verano. Ansiedad. Tormentas interiores.

Y llega el verano. A lo bestia.
En los medios de comunicación se empeñan en que es la 'segunda ola de calor de la temporada'. En realidad no es otra cosa que el verano de toda la vida..., pero hay días en que el hecho de ser algo conocido no lo hace más soportable. Sobre todo por las noches.

Duermo desnuda, con todas las ventanas que puedan crear corriente de aire entre sí abiertas, con las puertas de las dependencias donde están esas ventanas atrancadas con ladrillos y similares. Las sábanas son de satén blanco. Lo último que hago antes de tirarme sobre la cama es darme una ducha de agua templada (si es fría, la sensación posterior de calor es peor). Da igual. Al rato sé que estoy sudando. Y creo que del puro calor, el sudor se evapora rápido...pero el calor no se va.

Hoy es, sólo, dieciséis de julio. Lo que significa que nos queda por delante al menos dos meses completitos de calor sofocante...más lo que se prorrogue de 'calor normal'. El calor normal puede dejar o no dormir por las noches, pero los días siguen siendo absolutamente veraniegos.
Y yo lo llevo fatal.
Alguna amiga y algunas conocidas de mi edad dicen pasarlo mal por estar ya 'en esa etapa'. La de los sofocos y los calores propios de la condición femenina a partir de determinadas edades. Sé que no es mi caso: yo he llevado mal el verano y he pasado un calor horroroso toda mi vida, desde pequeña. Además, el cuerpo me sigue funcionando como un reloj (o más bien como un calendario electrónico) y no tengo el menor síntoma que me diga que pueda estar entrando en otra etapa...

Sigo evolucionando hacia la obesidad repulsiva, eso sí. Estoy fea y lo sé. Ni siquiera necesito espejos, escaparates: lo sé. Simplemente, a veces me devuelve mi imagen alguno de esos soportes, y lo confirmo. No necesito más.

La semana ha sido muy complicada, mucho. Con ataque de ansiedad incluido. Si no se ha sufrido nunca un ataque de ansiedad, no se puede entender qué es. Y si se ha pasado por uno..., pues tampoco es necesario que diga nada más. Creo que el martes ya me acosté con síntomas. Que me levanté con ellos en miércoles. Que yendo en el metro (abarrotado hasta los topes) me empezó a faltar el aire y a sentir (es algo raro y casi paradójico) que estaba llena de él, inflada como un globo. Que llegué al trabajo pensando en ir a la farmacia a por...qué sé yo, un inhalador simple para despejar las vías respiratorias, unos comprimidos de ésos que llevan carbón activado para que 'absorbieran' el aire que me tenía hinchada, unos analgésicos por si me dolía algo más... A las once dije a mi responsable directa que me iba a la farmacia (mi 'pausa de desayuno' está más cerca de la una que de cualquier otro horario). Creo que no me hicieron gran cosa. Bueno, igual a ratos... A mediodía salí a comprar un sándwich. El calor en la calle era insoportable, pero yo me sentía tan mal que casi no me importaba. Por supuesto, no comí nada (en el frigorífico sigue el sándwich). A las seis de la tarde me di cuenta de que tenía hora  y media, larga, por delante para llegar a mi casa...y apenas podía moverme...
También a esas alturas seguía diciéndome que tenía un ataque de alergia, que seguro que algo me sentó mal la noche anterior...
A mitad de trayecto ya no me quedó la menor duda. Cuando se me empezaron a dormir las extremidades, me empezó la taquicardia, empecé a sudar bajo el aire acondicionado del vagón, el dolor de los pulmones empezó a ser insoportable... Si alguien ha pasado por un ataque de ansiedad, sabe de qué hablo. Piensas que te vas a morir, sin más.
Pero yo sé que no me voy a morir. Identifico los síntomas. En ese momento, tuve claro que era un ataque de ansiedad (lo que llevaba todo el día negándome a reconocer). Salí del vagón. Me senté en el andén. Un andén más que conocido que, de pronto, encontré muy limpio y muy iluminado. Pensé que si me desmayaba, seguro que era fácil sacarme desde allí. Y no llegué a recordar que estaba, además, en una zona donde hay varios hospitales...
Mi recuerdo es haber conseguido volver a coger el siguiente metro, ya controlados los síntomas.
Seguro que, en realidad, no fue así. Seguro que dejé pasar alguno mientras controlando la respiración logré que me volviesen a responder las piernas y los brazos, que se me quitase la opresión en el corazón (quien no ha sentido ese peso de cien kilos sobre el pecho no puede entenderlo), que aunque me dolieran los pulmones, al menos pudiese respirar...
Y conseguí...¿una hora después? llegar a mi casa. Y me tiré en el sofá. Me seguía doliendo todo el cuerpo...pero ya estaba en un entorno controlado. Y ya era consciente de qué me había estado pasando todo el día...

Se me ocurren razones de porqué esta reacción. Pero..., da igual. Ya ha pasado. De hecho, ese mismo día a las diez de la noche ya había conseguido comer algo (un poquito de queso tierno, un brioche con mermelada de melocotón: lo que me pidió el cuerpo. Lo que me pidió el estómago completamente vacío, más allá de café y medio y algún sorbo de agua) y ya se me había pasado. Lo suficiente para poder hablar un rato por teléfono...

La semana ha sido complicada. Por muchas cosas. También tormentas internas, fantasmas. Dudas. Saber qué es lo que quiero y saber que no lo tendré nunca. Saber que no sería difícil dejarme llevar y jugar un poco y sustituir con otra piel, provisional, la que no puedo tener.  Pero yo sólo recuerdo el calor de estos dos últimos días. No quiero recordar otra cosa. No quiero pensar.
Mañana empiezo con el 'horario reducido de verano' en el trabajo. Y..., no sé, es curioso que casi me dé igual.

domingo, 2 de julio de 2017

De junio a julio.

Semana rarísima y larga.
O larguísima y rara.

De obras en el edificio donde vivo. Una obra muy simple, de las que no habrían supuesto ningún problema si me hubiesen pillado en vacaciones..., pero, cuando se trabaja a más de hora y media de casa, se entra a las nueve de la mañana y se sale a las seis de la tarde, las cosas se complican. Y mucho.
Pero..., en fin: ya se terminó la semana. Y, más o menos, la obra.

También se terminó el mes de junio. Otro ejemplo de periodo complicado. Y largo, siendo un mes de sólo 30 días.
La semana también me ha sido rara porque él vuelve a estar enfermo. Aunque sea de esa enfermedad crónica suya, que ya sabemos que es periódica y se cura. Pero siempre que está enfermo me preocupa. Y mucho. Y me hace pensar que me gustaría ser yo quien le cuidase...

Esas cosas que nunca podrán ser. Como tantas otras.

Mañana es el primer día laborable del mes de julio. Y quedarán dos semanas (justas) para el horario de verano. Y cinco semanas (más o menos) para mis vacaciones.
Vacaciones que no serán otra cosa que 'no ir a trabajar', simplemente.

Vacaciones que nunca serán días a pasar con él. Otra de esas cosas, simples, que tampoco podrán ser nunca.

sábado, 30 de julio de 2016

Semana infernal

La peor semana de calor que recuerdo. No 'la peor de los últimos años', sino la peor en términos absolutos.

La última semana de julio suele ser complicada, siempre. Es una 'semana de cierre', es la 'Semana de Cierre' por excelencia. Y eso suele traducirse en prisas, en repasar cosas que ya se han repasado pero no se recuerda bien si se hizo correctamente o no, en tener la certeza de que se dejan cosas a medias...y volver para terminarlas y ver que en algún caso ya no hay nada más que terminar y en otros que por mucho que hagamos no va a dar tiempo... Es tener en mente quienes van a empezar sus vacaciones de modo inmediato y con quienes, por tanto, no podemos contar, y recordar quienes las empezarán en unos días y quienes volverán, porque se fueron en julio... Y todo esto, unido al calor, es agotador.
Esta semana ni un solo día hemos bajado de los 35ºC. Y casi podría asegurar que tampoco de noche.
El jueves, de puro agotamiento, me quedé adormecida en el sofá a poco más de las ocho de la tarde. A partir de esa hora recuerdo retazos de programación televisiva: un concurso, los incendios en el informativo, algo sobre bárbaros festejos taurinos, algo sobre dopaje deportivo, previsiones de más calor, gentucilla gritona en un reality o algo similar... Me desperté poco antes de las doce. Lo justo para tomarme un yogur (a mediodía no como, a mediatarde había comido cualquier cosa... además de litro y medio de bebida isotónica. Que no me gusta especialmente, pero que me lo debía pedir el cuerpo) y un poco de leche de almendras. Lavarme los dientes, refrescarme la cara y darme algo de crema...y tumbarme desnuda en la cama. Sabiendo que el calor no me iba a dejar dormir. Y que el duermevela de las últimas tres horas y pico no habría hecho mucho ni por quitarme el cansancio, ni por ayudar a facilitarme el sueño nocturno.
Antes de mi paso por la cocina para la cena (o como se le quiera llamar a ingerir lácteos) escribí un texto-desahogo en el portátil, como 'estado' en una conocida red social. Reprimiéndome un poco, aunque desahogándome lo justo. Reprimiéndome porque podría resultar una bomba (considerando que tengo añadidos como 'amigos' básicamente a personas a quienes conozco en el mundo real).
Pero es que, además del calor, de la acumulación de trabajo propia de estas fechas...., es que estoy muy harta de otras cosas. Y a veces el desahogo en forma de simple pataleo..., pues eso, que es un desahogo...
Algo de efecto tuvo, a tenor de las reacciones de parte de mi entorno laboral.

Sigo muy cansada. Esta noche he dormido fatal nuevamente. Sueños que tenían aire a cuento de Cortázar. Muchísimo calor, muchísimo. Ruido de puertas golpeando por efecto del viento..., viento inexistente a tenor del nulo movimiento de la cortina de lino ante la ventana abierta de par en par.
A las seis estaba despierta. Y a las siete. Y a las ocho... Y he aguantado hasta las nueve y pico. Para desayunar a más de las diez, tras tender la ropa que la lavadora ha dejado lista mientas yo vagueaba en el sofá, mirando nada concreto en el portátil que anoche se quedó encendido.

Dos días para terminar este julio infernal. Tres días de vacaciones la próxima semana, para empezar agosto.

Y siete días en que no he hablado con él ni una sola vez. Lo que ya empieza a ser costumbre. Mientras tengo tan claro que no le intereso en lo más mínimo, y tengo igual de claro que no soy capaz de tomar la radical decisión de dejar de llamarle, de escribirle, de querer saber de él.

jueves, 21 de julio de 2016

Lloviendo tierra.

Ayer el calor superó todas las previsiones. No sé si las de los meteorólogos..., pero sí las mías en cuanto a capacidad de aguante.

Al salir del portal a las siete y media de la mañana, la primera sensación fue de 'han puesto la calefacción'. En la calle. Era exactamente eso: lo mismo que se siente en invierno cuando se pasa de la calle a un local con calefacción. Sólo que en este caso era al revés: era salir a la calle.
Y eran las siete y media de la mañana, apenas había pasado una hora desde la salida del sol.

A los diez minutos se puso a llover tierra.
No es una forma de hablar: llovió tierra. Bueno, lo que caía era barro...pero se secaba enseguida la poca humedad. Mientras esperaba a que dejase de llover...,o lo que fuese aquello que caía con ganas, mientras esperaba bajo un árbol, me di cuenta de que lo que me estaba sacudiendo de los brazos era tierra. Muy finita, amarillenta.
Llovía a cantaros...y el suelo apenas si llegaba a verse mojado. El agua se evaporaba al caer y sólo quedaba la tierra.

Me dolía el brazo derecho. El martes al levantarme me di cuenta: un dolor intenso en el codo. A ratos me sentía una inútil. Supongo que me quedé dormida en una mala postura...y se me agarrotó un músculo, forcé un tendón, no sé bien. El miércoles me seguía doliendo. Al quitarme la tierra con la mano izquierda estuve tanteándolo, sin localizar exactamente el punto del dolor.
Todo el día fue raro. Llevaba prácticamente sin comer desde el domingo, al menos sin comer en condiciones. Por la mañana, café con leche fría, sin cuerpo ni ganas para nada más. No me llevo nada para comer a mediamañana y aplazo bajar a comprar algo a la cafetería-pastelería que tenemos junto al portal del edificio donde está nuestra oficina. Al final saco una chocolatina de la máquina..., pero eso no es desayunar, como tampoco lo es el café de sobre con agua mineral. Salgo a las tres...y el lunes voy a un centro comercial que tiene una sucursal bancaría que abre por la tarde, y como en un búrguer, y vuelvo a confirmar que me sienta mal ese tipo de comida, que se me hace pesadísima aunque opte por una versión ligera. El martes termino las empanadillas fritas que sobraron del sábado/domingo. Y bebo agua, todo el que soy capaz de beber, que es poco, y termino bricks de zumo abiertos hace días.
Llego por tanto al miércoles cansada, deshidratada, sintiendo que no he hecho otra cosa que encadenar duchas: me levanto con una, me vuelvo a duchar al llegar a casa por la tarde, me ducho de nuevo antes de acostarme... Y no dejo de tener calor, de sentirme sudorosa aunque realmente no sude...
Y llueve tierra. Y hace un calor sofocante, lógica consecuencia del martes de cielo blanco de calima, del verano madrileño, seco y sin viento.

Quedo con una amiga. En realidad, quedo con ella para pagar el alquiler (hace de intermediaria entre mi casera y yo) y, cansada como yo, estamos media hora intentando arreglar el mundo. Cinco de la tarde, calor insoportable. Los coches están cubiertos del barro que cayó del cielo. Lo hay también en los aligustres, en las marquesinas, en los bolardos...
Al llegar a casa decido que debo comer algo sensato. Me cuezo un puñado de macarrones y un huevo, los aliño con un chorro de tomate sofrito de tarro y espolvoreo con un poco de queso rallado, los acompaño con un pedacito de chorizo muy picado que sofrío en la sartén con orégano, antes de añadir todo lo demás. No me gusta echar más cosas a la pasta. La prefiero lo más simple posible.
Son las seis y pico, siete, de la tarde. Y creo que la comida me sienta bien. La completo con un yogur.

Termino un libro que empecé por la mañana: estoy recuperando las costumbres lectoras. Echo un vistazo al ordenador: redes sociales, correo electrónico. Me tumbo un rato en el sofá. Riego alguna planta: a pesar de hacerlo a diario, el calor se ha llevado por delante a dos o tres estos últimos días. Vuelvo a tumbarme. En el aparato de música canta Hilario Camacho: 'vuelvo la vista atrás, lo acabo de comprender: he pasado de largo y el final de este viaje sólo puedes ser tú'.
Pongo la tele: un concurso con toques culturales. Lleno la jarra de agua en la cocina, lleno un vaso, me vuelvo a tumbar.
Sé que empiezo a ver el informativo. Nueve de la noche, que el sol convierte en nueve de la tarde.
No recuerdo mucho más.
Cuando despierto en el sofá son las doce.
Paso por la cocina, pongo la cafetera para no tener que entretenerme al día siguiente. Bebo un poco de leche de soja mientras. Paso por el baño: cepillado de dientes, repaso con un algodón empapado en limpiador facial toda la cara, el cuello, el escote.
Me doy cuenta de que apenas me duele el brazo.

Y me acuesto desnuda. Agotada. Y creo que sueño con un amanecer en que llueve tierra...

domingo, 17 de julio de 2016

Cuando los milagros dejan de ocurrir.


Cuando ha dormido conmigo no cambio las sábanas.Me gusta encontrar de pronto, sin buscarlo ni esperarlo, el olor de su cuerpo.

Siempre pongo sábanas limpias antes, ese mismo día. Alguna vez, el día anterior. Nunca he dormido en ellas más de un día antes de esa noche.Normalmente, tampoco me ducho tras pasar la noche con él. Sé que suena raro, que puede sonar..., no sé, sucio. Pero yo no me siento sucia. Claro que me lavo, como me desmaquillo y me cepillo los dientes..., pero... No sé bien cómo explicar el porqué. Al principio sí lo hacía: le acompañaba al tren, volvía a casa, mojaba las colillas del cenicero, ventilaba la casa, me duchaba... Ahora no. No las últimas veces, en que subo al tren con él y a veces me quedo dos estaciones más allá para seguir con mis trasbordos y mis rutinas, a veces es él quien se queda en Atocha para seguir con su vida y yo continúo el recorrido añadiendo cuarenta minutos más a un viaje que va a terminar en el mismo sitio en que terminaría si me hubiese quedado en esa segunda estación a contar desde el origen, a veces me bajo con él del tren y le acompaño hasta que coge el bus.
I
ntento alargar el tiempo que pasa conmigo. Supongo que también por eso no cambio las sábanas, no me ducho. Es como alargar su presencia cuando ya no está, cuando lo único que me queda es eso porque la única certeza es no saber si habrá una próxima vez.

Siempre me gustó despertar a su lado. Me parecía un milagro. Cada vez, cada mañana tras cada noche que pasó conmigo, abrir los ojos y ver que era de día y verle a mi lado me pareció un milagro. Desde la primera mañana. Era la confirmación a que los deseos, a veces, se cumplen. Incluso los deseos que ni sabías tener.
Esta noche ha estado llena de sueños raros. De sueños dentro de sueños. De soñar que dormía a mi lado, de soñar que abría los ojos y a veces era de día y a veces era de noche, y a veces los números rojos que el reloj proyecta en el techo daban horas imposibles que me dejaban claro que eso era un sueño, de abrir los ojos en el sueño y el techo se estaba cayendo sobre nosotros y también sabía en el fondo que eso era un sueño, de abrir los ojos y distinguirle dormido y saber que eso era real y seguir durmiendo y soñando cosas raras. Alguna vez le he escuchado levantarse e ir al baño, supongo. Creo que me he quitado medio en sueños los pendientes y los he dejado en la mesita de noche. Se quedó dormido pronto, creo que ni eran las doce de la noche y a esas alturas llevábamos más de tres horas de juego, de cosquillas por su parte, de risas por mi parte, de saber que no me quiere y confirmar que ni siquiera le gusto lo suficiente para algunas cosas, para que algunas cosas funcionen..., para que yo funcione a su gusto.

Él me gusta mucho, muchísimo, mucho más de lo que quisiera que me gustase. Pero..., da igual, ya da igual.

Sé que se durmió en torno a las doce de la noche. Que durante un rato me tuvo abrazada: cuando eso ha pasado no me muevo. No se me ocurre moverme. Al rato sé que se da cuenta, o igual ni eso, y suele soltarme y se da la vuelta. Hasta ese momento y hasta que le creo dormido otra vez, no me muevo de la cama. Luego me levanto, voy al baño, confirmo que no hay cigarros ni velas encendidas, bebo agua, lleno la jarra de la mesa del comedor por si se levanta a medianoche. Y vuelvo a la cama, intentando no hacer ruido. Y me hago un ovillo mirando hacia él y me quedo dormida mirándole, escuchándole respirar.Ésta ha sido una noche de soñar sueños raros, de soñar que estaba conmigo en la cama.Cuando he despertado, ya de día pero temprano, no estaba a mi lado.

Le he supuesto en el baño. He cerrado los ojos: en esos casos suele volver. De hecho, a veces cuando se ha levantado yo ya estaba despierta pero suelo fingir que duermo. Y vuelve. Va al baño, pasa por el comedor y se fuma un cigarro. Y vuelve. Y a veces se queda dormido otra vez. Y yo también. Y si despierto antes que él me acerco despacito y le rozo con los dedos. Y me voy acercando cada vez más y le acarició sin saber si duerme o no, hasta que le sé despierto...Esta mañana no estaba a mi lado. He cerrado los ojos. He escuchado. Le he escuchado encender un cigarro. Y otro. Y he querido dormirme o igual no, para que mientras volviera. Pero no ha vuelto. Y han pasado veinte minutos. Y me he levantado al baño y desde el pasillo se ve un poco el sofá y le he visto tumbado en él. Y he vuelto a la cama a esperarle. Y ha pasado una hora. Y quizá más.Pero no ha vuelto.

Cuando pasa la noche en mi cama no cambio las sábanas. No busco su olor pero me gusta encontrarlo.Desde aquella primera noche, hace cinco años y medio, despertar y verle a mi lado me ha parecido un milagro.Esta mañana no estaba a mi lado. No ha querido volver.

Creo que llevo todo el día esperando, desde que he sido consciente de qué estaba pasando, que llegase de nuevo el momento de meterme en la cama para poder llorar, llorar hasta quedarme dormida otra  vez.

sábado, 9 de julio de 2016

Miedo a no poder seguir a flote.

Semana agotadora. Y no sólo por el calor (sofocante, pero esperable, que estamos en Julio y estoy en Madrid) sino por el resto de las circunstancias.
Hay días en que me despierto pasando de un sueño más que raro a una realidad...cotidiana, sueño de ese rato entre los minutos de duermevela previo al campaneo del despertador y el saltar de la cama cuando los 'cinco minutos más' se han convertido en veinte. Y esos días paso horas envuelta en sensaciones raras. En sensaciones que me dicen que están pasando cosas a mi alrededor que me cambiarán la realidad, y que no me estoy dando cuenta.
Sensación de irrealidad continuada.

En  mi empresa están pasando cosas. Están cambiando muchas cosas de tipo 'interno' y eso nos está salpicando a todos. Y las consecuencias a medio plazo no van a ser buenas, precisamente. Me da mucho coraje que, cuando por fin he encontrado un sitio más o menos aceptable (dentro de lo que son este tipo de trabajos y este tipo de empresas) consigan que todo empiece a fallar...y que finalmente todo termine mal. Y tener que empezar otra vez: a buscar un trabajo, a encontrar porquerías, al sueldo de mera supervivencia y tirando de los poquísimos ahorros que en seis meses haya podido acumular, a pruebas, a fallos, a enfados, a... A mil cosas que ya conozco, a unos cambios que si tuviese 20 años menos me parecerían oportunidades. Pero no tengo esos 20 años menos y yo no puedo permitirme más cambios. Necesito un mínimo de estabilidad, siquiera profesional. Aunque la estabilidad que tuve durante años sepa que ya jamás será posible..., necesito una plataforma que no se mueva demasiado para seguir en mitad del mar, donde estoy, sin ese miedo a no poder seguir nadando, a no aguantar más, a hundirme y ya no salir a flote nunca más.
Hay más cosas. Hay otras cosas.
Pero hace calor y estoy tan cansada...

sábado, 11 de julio de 2015

Julio laboral en Madrid.

Calor, calor, calor....
Quería escribir algo aprovechando eso que 'en el foro' llamamos 'la fresca'. O sea, esas horas de mañana en que 'el Lorenzo' (esto es, el sol) no cae a plomo aplastando las ganas de hacer el menor esfuerzo. Pero a las diez ya me había dado cuenta de que estos días hasta 'la fresca' ha debido salir huyendo. Eso, si no está ingresada en algún hospital, deshidratada perdida.

Anoche me desperté en el sofá. La tele estaba apagada (no sé porqué ni cómo lo hice, pero está programada para que se apague sola pasado equis tiempo. No lo hace siempre, o igual es un tema de canal...). Cuando me despierto así, de pronto, mi referencia es la pared que tengo al fondo, a mis pies. Si es una superficie sin reflejos, es que estoy en el dormitorio. Si es casi una feria de eso, reflejos, sombras y demás casi con movimiento, es el comedor (que tiene la terraza en la pared contraria, claro). Ayer se daba el segundo caso: dormida viendo la tele. Me trasladé a la cama, sin mayor transición...
Me descolocó un tanto que escuchase ruido en la calle. Pero, claro, viernes y con estos calores...igual las terrazas de los bares están hasta las tantas. Eso si no se empieza a repetir aquello tan 'antiguo' de bajarse con la silla, las pipas y el botijo (hoy, botellas de agua fría) a la calle, a charlar con los vecinos...que todo se andará...
Miré la hora en el techo, procedente del reloj-proyector: las 23:45h. No era ni medianoche y yo llevaba un rato dormida...
Por descontado, ni me replanteé volver al sofá y la tele: intenté recuperar el sueño. Pero cómo estaré de agotada para que, yo que soy animalejo noctámbulo, antes de las doce esté metida en la cama. Bueno..., metida no: tirada en la cama...
Ni un pelo de aire. Nada.
Y el ruido era, claro, de las terrazas de los bares. Y de la gente paseando. Porque me temo que el resto del día se saldrá a la calle como salgo yo: porque a una no le queda otra opción.
A las dos y pico tuve que levantarme porque me estaba asfixiando. Porque eso es otra: paso las ocho y veinte minutos diarios laborales (los otros cuarenta, hasta completar las nueve horas diarias) bajo un chorro de aire...a menos de diez grados. Explico. La oficina donde trabajo es un enorme recinto. En el que, además de los... ¿cuarenta? sí, más o menos seremos unos cuarenta empleados, que somos...están los respectivos equipos informáticos soltando calor. Y una de las paredes es de ventanales a los que da el sol (y con estos calores, lo mismo dan los estores bajados). Y el suelo son planchas de material plástico bajo los que va todo el sistema de cableado. Y el recinto tiene que estar a unos 22ºC. ¿Cómo conseguirlo? Pues teniendo los equipos de climatización 'escupiendo' aire helado todo el día. Y yo estoy bajo uno de ellos...
No, no soy friolera. Pero aún así...diez grados son diez grados. Así que ando con mis vestiditos de tirantes... y envuelta en mi pashmina palestina en tonos lilas....
La única forma de evitar que siga saliendo aire helado es mantener cerradas las puertas. Tanto la de la 'pecera' gigante que es nuestra oficina (para que se cree un microclima con respecto al resto del recinto...todo compartimentado por mamparas acristaladas) como la de acceso desde el descansillo de la escalera. Porque en realidad la climatización va condicionada a toooodo el espacio que ocupa en la planta la empresa. Y si entra aire caliente del exterior, sea por donde sea, o se va el frío... pues ya tenemos los equipos haciendo su trabajo: aire helado para conseguir los 22ºC que le han encargado...

Mi sensación de ahogo nocturno. Pues que a ratos tengo la garganta tocada. La pasada semana llegué a tomar ibuprofeno (yo, que no tomo nada. Y menos anti-inflamatorios). El contraste de llegar sudando tras hora y media de ir combinando transportes abarrotados con un sol ya de justicia antes de las nueve de la mañana con, antes de las diez, tener ya encima el aire fresquito..., con el salir a comer a las tres y pico... a un polígono a más de cuarenta grados, con el sol reflejando en los edificios acristalados de la zona, y los coches, y el asfalto echando humito... pues eso. Y esta noche me acosté sin aplicarme el toque de 'pulverizador nasal' para poder respirar. Y estaba respirando por la boca (imagino) añadiendo esta circunstancia al calor y a la deshidratación que arrastro... Vamos, que casi me ahogo. Sorbo de agua (sale caliente del grifo) en el baño, inhalador (más vale tarde...), vaso de agua en la mesilla...
Y he conseguido dormir. No agusto, no descansando lo debido, pero al menos he conseguido dormir algo...
El lunes empiezo el horario 'intensivo'. Una de esas cosas que se sabe que existen...pero que nunca había disfrutado. Entrar a las nueve y salir a las tres de la tarde (sí: suerte. Mucha. Pero porque el resto del año trabajamos nueve horas de lunes a jueves y siete los viernes. No hay 'pausas visuales', aunque tampoco tenemos obligatoriamente que estar mirando la pantalla todo el día; paramos para comer cuarenta minutos y otros diez a mediamañana... O sea: que lo tienen todo controlado: en verano quien no tiene vacaciones reduce el horario. Y en esta empresa las vacaciones son, sólo, entre mediados de julio y finales de agosto...).
¿Si voy a estar menos cansada con este horario? Pues no lo sé. Ya se sabe que 'nunca llueve a gusto de todos'...y a mí lo que me descansaría es entrar más tarde. Porque aunque empezar a las nueve de la mañana es un horario más que razonable  (es más: me parece un lujo)...es que tardo hora y media en llegar. Y aunque salga a las tres... me tengo que levantar igualmente a las seis y media de la mañana. Y el calor no parece estar dispuesto a irse...
El horario que tengo sería maravilloso si tardase siquiera media hora menos en llegar. Si la forma de llegar fuese sin trasbordos (que hago !!!tres!!! en cada recorrido de ida y vuelta). Pero ya sé que no se puede tener todo, así que...

Quería escribir algo 'con la fresca'. Y me temo que tengo la casa a treinta grados. Y que el portátil, sobre mis rodillas flexionadas (los pies apoyados en el borde de la mesita del salón) tiene más de calefactor que de otra cosa...
Y dicen que el domingo, mañana, empieza la 'tercera ola de calor' de este verano. No sé qué va a ser de nosotros, pobre mortales urbanitas...