El viernes, la máquina de hacer zumo de naranja del hípermercado ya estaba en funcionamiento.
Por la tarde, una tienda pequeñita de ésas que venden chucherías y algún comestible, que tengo frente a casa, había abierto.
En el primer caso, la máquina había dejado de funcionar la tercera semana de marzo. No se podía usar algo que se tenía que tocar libremente, aunque solo sea para poner la botella y que caiga el zumo que la máquina va extrayendo de las naranjas que se acumulan en su cajón superior.
En el segundo, cerraron a principios de marzo. Por teóricas vacaciones, imagino. Aunque hará más de diez años que entré en ella, deduzco que sigue regentada por ciudadanos de origen chino: fueron los primeros en cerrar las tiendas.
Son dos detalles mínimos.
A veces compro zumo recién exprimido, aunque no me es imprescindible.
Si la tienda de chuches no hubiese vuelto a abrir, o si en cualquier otra circunstancia hubiera cerrado definitivamente, no me habría supuesto ni siquiera una anécdota. No soy clienta.
Pero en situaciones como la actual..., los dos pequeños cambios me parecieron un acontecimiento. Mucho más que ver como la calle se llena de bicicletas a partir de las ocho de la tarde y de niños en cualquier hora del día.
Detalles de vuelta a la normalidad, poco a poco.
Los días siguen siendo muy raros.
Estoy cansada y deprimida.
Me siento muy sola.
Pero sé que si se me antoja, puedo volver a comprar zumo de naranja recién exprimido y gominolas metidas en una bolsita de plástico transparente. Y que detalles como ésos también significan que algún día volveremos a la normalidad.
A algún tipo de normalidad.
Aunque también sé que yo no volveré a ser la que era hace un par de meses. Algo en mí se ha perdido en el camino estas semanas.
Y sé que no volverá, volveré, a ser.
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martes, 19 de mayo de 2020
Detalles. Poco a poco.
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miércoles, 22 de abril de 2020
Cuarentena. Día 38.
Deprimida. Cansada. Aburrida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares.
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada.
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar.
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo.
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos).
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso.
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle.
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social.
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar.
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón.
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual.
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía.
Estoy cansada, aburrida, deprimida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares.
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada.
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar.
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo.
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos).
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso.
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle.
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social.
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar.
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón.
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual.
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía.
Estoy cansada, aburrida, deprimida.
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