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domingo, 5 de mayo de 2024

Seguir durmiendo.

 Los días simplemente pasan. Sin más. 

Vivo en estado de permanente cansancio. Quedarme dormida en el sofá con la televisión puesta ya es rutina. Despertarme y bajar el volumen hasta hacerla inaudible. Seguir durmiendo. Despertarme y apagarla. Seguir durmiendo. Ser consciente todo el tiempo de que debo trasladarme a la cama y no hacerlo. Seguir durmiendo sintiendo frío en los pies porque la manta es muy fina y no llega a taparlos. Despertarme y entender que ya debe estar bien avanzada al la noche o mirar hacia el ventanal y ver que empieza a clarear el cielo. Y entonces sí, trasladarme a la cama. Y sentir más frío bajo la sábana de algodón, la manta de lana y la colcha de perlé que en el sofá casi destapada y casi desnuda. Y costarme seguir durmiendo el tiempo que me falta para tener que levantarme, ya sea para empezar el proceso de ponerme en marcha para iniciar una nueva jornada laboral, ya sea para otro día de intendencia doméstica con ropa que se llama de estar por casa aunque salga con ella a la calle. 

Nunca he sido de dormir mucho. Durante años trasnoché hasta la una, las dos de la madrugada, a veces más, aunque tuviese que levantarme antes de las ocho. Dormir poco y sentir que me harían falta más horas de cada día para poder hacerlo todo. Y raramente sentir sueño.

Ahora quisiera pasar en la cama todo el día. 
Curioso, cuando me cuesta tanto trasladarme para dormir en ella.

Nunca más volveré a despertar en mitad de la noche, sentir que todo está bien y seguir durmiendo.
Nunca podré volverme a despertar para verle a mi lado, sonreír aunque nadie me vea hacerlo y poder seguir durmiendo. 

sábado, 9 de julio de 2022

Dejar que pase el tiempo.

 Días raros.
Me cuento a mí misma que debo descansar. Y me explico que estoy descansando, justificando que haya pasado todo el día y no haya hecho nada de provecho. Ni de no provecho: en realidad no hago nada.

Leerme un libro de unas 500 páginas en poco más de dos días (lo empecé el miércoles en el metro, lo he terminado esta mañana), Tampoco tiene nada de particular: hubo un tiempo en que leía cuatro o cinco libros a la semana (un poco más y me leo la biblioteca pública entera). Regar las plantas (pocas cosas me desconciertan tanto como que se me seque una planta de un día para otro y sin ninguna justificación: sin falta de agua, sin cambio de rutinas... Ayer descubrí que se me acababa de secar una de la que estaba muy orgullosa. Espero que algo se salve). Fregar a conciencia mi sartén preferida (preferida por lo mucho que la uso. En realidad no es una sartén, sino una parrilla. Y no suele estar sucia). Preparar arroz con chirlas, gazpacho, patatas alioli. Ordenar la repisa de la bañera. Hacer limpieza de cosméticos gastados en el aseo: empleo el lavabo, que nunca tuvo instalación de agua funcional, como receptáculo para los productos de maquillaje y los pinceles para aplicarlos. Y ahí terminan los envases de rímel gastados, los dispensadores de colirio agotados, la viruta del perfilador de ojos, las barras de labios que usé una vez hace meses y no guardé.... Ir al centro de Madrid a comprar un encargo y terminar comprándome otro bolso, un capazo de rafia esta vez. Decidirme a lavar el bolso de serraje que usé todo el verano pasado (sí, sé que el serraje no se lava. Pero cometí el error de comprarlo en un bonito lila pálido...y acabó con un aspecto impresentable tras cuatro meses de uso continuado) y aprovechar el calor sofocante para que se seque...y a ver que pasa. No ha quedado mal del todo. 

Hago cosas así. Sin importancia alguna. De hecho, creo que las he descrito precisamente para ver si escribiéndolas les encuentro el sentido...

Imagino que mi mente se está aclimatando a los cambios de los últimos días. A la falta de esa rutina que era el trabajo. No sé lo que tardará en reaccionar (porque sé que va a hacerlo) y deprimirme y ponerme a buscar ofertas de empleo como loca y decidir que nada vale la pena y arrepentirme de no haber aguantado un poco más y...

Sigo dejándome llevar por el sueño cuando éste llega. Me da miedo que, en cambio, llegue el insomnio. Por eso me tumbo en el sofá con la tele de fondo, apenas sin sonido...y termino quedándome dormida.
Este viernes he batido mi propio récord. Cuando me desperté ya no es que fuese media noche o que empezase a haber algo de luz: es que era de día. Más de las siete de la mañana.
Aún así, me he trasladado a la cama (sé que si no lo hago y sigo en el sofá...pasaré el día con la absurda sensación de no haber dormido) y me he levantado definitivamente sobre las diez. No sé si he vuelto a dormir en esas dos horas y pico o si, simplemente, he intentado cerrar los ojos y dejar que pasase el tiempo.

Supongo que es eso lo que hago, lo que llevo toda la semana haciendo: dejar pasar el tiempo... 


martes, 4 de agosto de 2020

Insomnio y teletrabajo.

Lo bueno del teletrabajo es que si tienes insomnio resulta menos preocupante la idea de quedarse dormida al amanecer y llegar tarde al trabajo.

Esta idea se me ocurrió la noche pasada, cuando me desperté cerca de las tres de la mañana, sudando, en el sofá, me trasladé a la cama...y me desvelé. Y pasé tres horas, quizá más, dando vueltas en la cama entre breves periodos de sueño lleno de imágenes raras.

Pensé en levantarme, ir a por el portátil y escribir un rato. Luego sólo bastaba dejarlo a los pies de la cama. O incluso bajo ésta: a veces me olvido que la razón por la que el portátil tiene ese nombre es, precisamente, porque se puede trasladar de un lugar a otro. 
Pero casi me daba miedo desvelarme del todo. Así que intentaba quedarme quieta, cerrar los ojos y llamar al sueño.
Hasta me resistí a levantarme a por un vaso de agua...aunque me estaba deshidratando. Pero sí: recordé que tenía un vaso vacío sobre la cómoda y fui al baño a beber y regresé con él medio lleno a la cama, dejándolo en la mesilla. 

Calor. Y más calor. Y más vueltas en la cama.

Y recordar de pronto que me había quedado dormida en el sofá sin quitarme el rimmel. Y que llevaba puesta una pulsera de bolas gorditas, de plata. Y el pelo recogido en una coleta alta (suelo dormir con trenzas). 
Me había quedado dormida en el sofá por puro agotamiento, tras un día raro en que creo que tuve algo de fiebre (no llegó a los 37ºC, me puse dos veces el termómetro), en que llegué a tomarme un paracetamol (hacía semanas del último), en que me acompañó una sensación de nauseas desde primera hora de la mañana y me hizo tomarme un té de jengibre a media tarde. A poco antes de las tres, cuando me desperté, estaba sudando a chorros (esta mañana lavé funda y cojines del sofá. Aunque como bebo tanta agua ni siquiera el sudor tiene olor alguno. Pero..., lo bueno del calor sofocante es lo rápido que se seca cualquier tejido y, total, la lavadora tarda menos de una hora en hacer un lavado completo). Y en la cama, además del calor, me seguía doliendo el estómago, la pierna izquierda...

Y en algún momento pensé que lo bueno de teletrabajar es que daba igual si me quedaba dormida y no me levantaba a las nueve (que es mi hora habitual cuando trabajo en casa, para empezar a hacerlo en torno a las diez y media, tras ducharme, vestirme, peinarme, salir un rato a la terraza, desayunar...). 

Espero dormir un poco mejor esta noche. Mañana sí quiero acercarme por la oficina. 

Y, aunque esta semana siga pudiendo tener un horario un tanto libre y dé igual si me quedo dormida y no aparezco por allí hasta mediamañana, prefiero tener la sensación de que al menos soy capaz de controlar algo en mi vida.
Siquiera cosas así de simples: saber que me despertaré y levantaré a la hora que yo haya decidido.

miércoles, 22 de abril de 2020

Cuarentena. Día 38.

Deprimida. Cansada. Aburrida.
Un mes justo en casa, saliendo sólo una vez por semana para ir a la compra (bueno, miento: dos. El domingo salgo a por el periódico. Pero es como no salir apenas: bordear una urbanización de chalets hasta llegar al kiosco, comprar el periódico, bordear una urbanización de chalets, pararme en la cola de 4 personas separadas entre sí más de dos metros para comprar una barra de pan y algún bollo en la panadería del barrio, cruzar la avenida, subir a casa). Todo esto con la máscarilla-pañuelo, los guantes de látex, las gafas de sol.
No salgo más. Aprovecho la salida a la compra del sábado para tirar la basura orgánica, que guardo en bolsitas individuales bien cerradas y luego deposito en la bolsa del cubo. La del domingo, para tirar los residuos plásticos y similares. 
Me aburro. Me canso. No hago apenas nada. 
Ni siquiera me peino a diario: procuro llevar el pelo recogido en una trenza (bueno, como el resto del año cuando voy a acostarme). Me ducho cada tres o cuatro días: da igual, si no salgo, si cuando vuelvo de la compra es lo segundo que hago tras quitarme la ropa que solo me pongo para salir a comprar. 
Me aburre la televisión. Siempre la he visto poco y sigo viéndola igual de poco, pero me aburre lo poco que veo. 
Empiezo a preparar la comida a más de las dos de la tarde. Como a las cuatro, o más. Da igual. Pongo algún cd en el reproductor. Trasteo en internet. Modero el grupo de fotografía en blanco y negro, que no sé si no terminará por desaparecer ahora que ha muerto su fundador (tema que me dolió intensamente, aunque ni siquiera llegamos a conocernos en persona, más allá del teléfono, del guasap, de los chats... Da igual. Era una bella persona, un buen tipo. Y le echamos mucho de menos). 
Apenas duermo. O igual es que duermo demasiado y a deshoras. Me desvelo a media noche y tardo en dormir, tras haberme quedado dormida en el sofá y trasladarme a la cama. Doy vueltas. Me despierto e intento conservar el sueño. Me levanto tarde: da igual, no tengo nada que hacer en todo el día.
No me llama.
Le llamo y no me coge el teléfono.
Consigo hablar con él un rato, el domingo por la tarde. Y si acaso. 
Aunque haga mucho tiempo que ya asumí que no somos nada, que no le intereso...no puedo evitar echarle de menos. Y necesitarle. 
Sé que posiblemente no nos volvamos a ver, al menos este año. Y que probablemente, si un día nos vemos, sea un encuentro simplemente social. 
No espero que vuelva a dormir conmigo. No creo que vuelva a encontrármelo a mi lado al despertar. 
Pero me hubiese gustado que estuviese conmigo estos días. Aunque fuera en la distancia de esos veintitantos kilómetros y un río (y la M30) que nos separa físicamente. Pero no está.
Porque él no está solo y yo sí.
Duermo mal. Me duele a ratos la cabeza, una pierna, la otra, el estómago. Dolores inconcretos para los que no tomo nada y que se van y vuelven sin motivos ni razón. 
Lloro por todo. O a ratos no lloro, ya ni sé qué es lo más habitual. 
Tengo miedo al futuro. Tengo miedo a que mi situación laboral de Erte se prorrogue en el tiempo y tenga que seguir tirando de ahorro personal. Tengo miedo a no encontrar otro trabajo. Tengo miedo a que le pase algo a la dueña del piso donde vivo y tenga que irme y no tenga a dónde. Tengo miedo a que el puñetero virus ataque a personas a quien quiero.
No tengo miedo a que me ataque a mí.
Supongo que porque mi falta no le afectaría a nadie.
Intento hacer fotos. Intento ser optimista en rrss, igual de irónica, igual de educada. Intento y consigo que no se me note nada.
Le echo de menos y sé que nunca volverá a estar conmigo. Más allá de la cortesía. 
Estoy cansada, aburrida, deprimida.

sábado, 28 de septiembre de 2019

Terminando septiembre.

Terminando un septiembre extraño y casi vacío.
No hago nada de provecho. Más bien debería decir que 'sigo sin hacer nada de provecho', porque no sé bien desde cuando tengo esa sensación. 

Riego las plantas, recojo los platos a veces con más celeridad, a veces hasta casi quedarme sin cucharillas para el yogurt. Empiezo a acumular (de nuevo) papeles encima de las mesas, bolígrafos nuevos de colores diversos, la agenda abierta por la semana correspondiente donde anoto alguna obviedad, hago algún dibujito, imprimo iconos con sellos de goma y tampones casi secos de colores . 

Empecé a recopilar en una carpeta virtual fotos para imprimir. Fotos que resumieran los más de 4 años de mi última aventura laboral, fotos de momentos más o menos felices. Hice algo similar hace...ocho años ya (he tenido que pararme a pensarlo y me ha dado, casi, vértigo) cuando terminó mi experiencia en la 'empresita naranja': imprimir fotos de todo aquello, recopilarlas en un álbum, dar por cerrada aquella fase de mi vida para siempre. El bajón anímico cuando acabé aquella recopilación fue tan considerable como inesperado. Creo que no he vuelto a mirar aquel álbum...que si me paro a pensarlo, ni siquiera sé para qué hice...
Pensaba..., pienso hacer algo similar con mi última empresa. Quizá de forma más selectiva: sólo fotos en que yo aparezca. Más que nada porque tendré unas 500...o quizá más, fotos, y yo aparezco en pocas porque al ser yo quien las hago...pues eso.
Empecé a recopilarlas y lo dejé en la primera mañana, hace casi un mes. Encima, la última actualización de windows me ha 'escondido' las carpetas de imágenes (menudo susto me llevé. Tuve que tirar de ingenio para encontrarlas...porque no estaban en ningún sitio) y casi parece que hubieran decidido por mí que dejase esa tontería, esa idea de 'cerrar etapa' recopilando, imprimiendo, pegando y guardando...
Tareas a medias.

Me ha dado por hacer pulseras con cuentas de minerales, otra vez. Vamos a ver: no es algo a lo que me dedique a tiempo parcial, simplemente lo hago de vez en cuando. La mayoría de mis collares son comprados (minerales, piedras semipreciosas o directamente preciosas, plata) pero algunos los he hecho y/o customizado yo. Y muchas pulseras sí son de propia autoría.
Me gusta el cristal de murano, esas cosas donde hay metidas dentro del cristal flores también de vidrio en colores diversos. Nunca he querido investigar cómo lo hacen, me gusta ese aspecto casi mágico. 

También me gustan los 'ojos turcos': esas cuentas de cristal con un ojo (o dos, o tres) en cada una de ellas. 
Esta mañana he hecho dos pulseras (una para mí, otra para mi madre) de cuarzo amarillo con una cuenta central de ojo turco azul. Fueron dos descartes, las cuentas de ojo turco, de otra pulsera: los ojos en vez de perfectamente redondos son rasgados, con una mirada algo aviesa. En las pulseras amarillas quedan bien. 
Primero he hecho las pulseras (y hasta he tenido que recopilar bolitas amarillas por la alfombra, el suelo, el sofá, la mesa...porque en un momento dado han salido disparadas del hilo donde originariamente estaban. Supongo que en los próximos días seguiré encontrando alguna. Menos mal que el amarillo es muy vivo y se ven perfectamente). Luego me he preparado el desayuno. Al final, siempre desayuno a las tantas.

Sigo durmiendo mal. Me quedo dormida en el sofá a más de las doce, me despierto sobre las dos, tres de la mañana, me traslado a la cama. Me despierto muchas veces. Termino levantándome algo antes de las diez.
Creo que mi cuerpo se está preparando, instintivamente, para regresar a las rutinas laborales.

De esta semana no puede pasar volver a las entrevistas de trabajo. El lunes enviaré media docena de respuestas a su respectiva media docena de ofertas laborales. Y ya veremos qué pasa.
No encuentro lo que realmente me gustaría encontrar. 

Me gustaba mi último trabajo en lo que en esencia era. Se me daba muy bien y estaba un poquito mejor pagado de lo que es el sector del telemárketing (imagino que porque no era eso. Y, objetivamente, estaba mal pagado para lo que era el trabajo en realidad). Lástima que todo lo demás fuese tan desastroso, que derivase en lo que finalmente derivó. Lástima de empresas mal organizadas, de incompetentes dirigiendo proyectos. Lástima de lo que podría haber sido mi trabajo definitivo.

Vagueo sin hacer nada concreto. Me voy a Madrid a dar una vuelta y termino comprando cosas que, si me paro a pensarlo, no me hacen falta. Llevo todo el verano planificando ordenar de una vez mi armario ropero: hasta compré un par de cajas grandes para colocar lo que no me cabe en los cajones. Y...ahí sigue el caos. Y probablemente vaya a más y a peor, porque tengo alguna prenda más...
Llevo las uñas de las manos pintadas en un verde grisáceo. Las de los pies, en un magenta casi fucsia, casi morado.
También tengo pendiente ordenar la vitrina del comedor, donde entre otras cosas guardo docenas de frasquitos de esmalte de uñas, alguno seguramente casi seco. Alguno con más de diez, doce años...pero en buen estado. Misterios.
También sigue sin ordenar. Tampoco he sacado tiempo en estos tres meses y pico de ocio.
Evidentemente, lo de la falta de tiempo era excusa. Sólo es necesario tener tiempo para descubrirlo.

Y..., le echo de menos. Muchísimo.
Casi tres semanas sin hablar con él. 
Está enfermo y eso, además, me preocupa mucho. Me preocupan sus frecuentes recaídas, no me conforma saber que las cosas crónicas son lo que conllevan. 

Le echo mucho de menos. Y ya ni siquiera soy capaz de fantasear planificando el ir a verle, a encontrarme con él..., a verle siquiera de lejos al salir del trabajo. Ya no me queda ni eso.

Se termina septiembre. Dos días y medio más y ya está.
Mi septiembre de 2019, casi vacío.

domingo, 13 de agosto de 2017

Enferma.

Algo no va bien.
El cuerpo me envía señales, cada vez más frecuentes. Sigo ignorándolas..., pero eso no las hace desaparecer.

Tras el ataque de ansiedad de hace más o menos un mes, el viernes de la semana pasada me puse enferma (bueno: una mala noche) y pasé el sábado prácticamente a base de agua y sin salir de casa. Me tomé un café a las dos de la tarde, me comí media tostada un rato después y me preparé para cenar una sopa (con casi 40ºC en la calle todo el día).

A mediados de esta semana me quedé dormida en el sofá y me trasladé a la cama casi a las cuatro de la mañana, cuando me tengo que levantar a las seis y media. Ni me desmaquillé las pestañas. Creo que fue al día siguiente o quizá dos días más tarde cuando me dolía tanto la espalda que no era capaz de ponerme unas mallas. Luego deduje que no era la espalda, sino los riñones, lo que me dolía: apenas bebo agua...


Ayer estaba bien. Me fui a comprar a mediodía, comí (casi a la hora de la merienda) lo que llamo 'una hamburguesa casera': aunque las compre envasadas, leo que los ingredientes no lleven cosas raras. Y la acompaño con rúcula, tomates cherry canarios, cebolleta fresca, un poco de kepchup y mayonesa de calidad y mostaza de miel. Todo como muy pijo, incluido el panecillo con sésamo...

A las doce de la noche me quedé dormida frente a la tele. A las dos me desperté y ya no estaba cómoda.
Creo que conseguí dormir unos veinte minutos entre las seis y las siete de la mañana.

A las cuatro estaba en la terraza intentando respirar.
A las siete estaba desmenuzando un comprimido de paracetamol, tras tener claro que sería imposible tragármelo entero (la garganta completamente cerrada y bastante irritada por las arcadas).
A las cinco y pico estaba preparándome un té: tengo de un montón de tipos y no era capaz de localizar una bolsita de té verde normal. Al final, lo encontré con cola de caballo y piña: aún está sobre la cómoda del dormitorio. No fui capaz y no aguantaba ni el olor, la jarra en la mesita de noche.

En medio, paseos por el pasillo. Imposible aguantar el dolor de espalda tumbada. Imposible respirar echada sobre el lado derecho. Imposible soportar más de cinco minutos sobre el lado izquierdo.

Traslado al sofá: imposible estar tumbada. Ni sentada. Ni mucho tiempo de pie.

Intentar vomitar: tarea imposible. Nunca he podido.
Lo terminé consiguiendo. Tres veces a lo largo de la noche. Creo que la última vez fue hace unos quince años.
El dolor de espalda no era sino de pulmones, totalmente colapsados, quejándose de tanto calor y sus aires acondicionados y ventiladores.

Me sentía hinchada (lo estaba), el estómago y la tripa duros como piedras.
Sabía que debería irme al hospital en cuanto amaneciese, si seguía así.
Escuché el primer tren del día, a las cinco y algo de la mañana...

Lo recuerdo todo así de desordenado.

Me quedé dormida a las nueve y media, más o menos. Me desperté antes de las once.
Aunque resacosa: la garganta como una lija, dolor de cabeza y articulaciones, ya me encontraba bien.

El cuerpo me está enviando señales de que algo no va bien.
Y yo no le hago caso, no quiero hacerle caso.
No quiero que me controle...

domingo, 23 de abril de 2017

Desvelada.

Desvelada.

Creo que me he despertado a la hora de siempre (sobre las seis y media), aunque no he tenido conciencia real de ello hasta más de las siete (la hora en que suelo estar tomándome el café).  A las siete y media ya es de día y yo estaba despierta del todo. Antes de las ocho me he desplazado al baño (junto al dormitorio) a ver si con el paseo me volvía a entrar sueño...
No ha habido manera. Completamente desvelada.

Hace un rato me traje el portátil al dormitorio (a veces olvido que es eso, un portátil, y que no es necesario que yo esté en el sofá junto a la mesa donde suele estar enchufado). He trasteado un poco por internet...y he terminado aquí.

Llevo unos días rara. Muy nerviosa. También por una serie de pequeños trastornos domésticos (que cada vez me estresan más y llevo peor. Con lo que yo he sido), pero con la sensación de que hay más. De que hay cosas que no controlo de manera consciente...pero que intuyo de alguna manera.
Creo que hasta esta mañana de desvelo no le he encontrado nombre a la sensación: tengo miedo.

Ya me he hecho a la idea de no volver a verle (igual alguna vez, algún día, de manera absolutamente esporádica...). La certeza sigue doliendo, pero es un dolor que está ahí, en el fondo de algo a lo que no sé si llamar corazón, y que si no pienso en ello pues... E intento no pensar. De hecho, intento que mis días pasen sin pensar en otra cosa que en lo que esté haciendo en ese momento.
A ratos lo consigo. Supongo que no deja de ser una cuestión de práctica.

Llevo más de cuatro meses sin verle. Me gustaría poner esta frase en plural, en primera persona del plural: llevamos más de cuatro meses sin vernos. Pero también tengo completamente asumido que a él le da exactamente igual verme que no, por tanto, no entendería estar en ese plural.

Dejamos de vernos porque él lo decidió así. Al margen de que sus circunstancias lo puedan hacer complicado..., sé que no nos  vemos porque él lo ha decidido así. Como decidió cortar con la rutina que conseguí crearme de intentar verle un rato al menos cada dos semanas, a poder ser una vez a la semana, yéndole a esperar a la salida del trabajo.

Porque es completamente imposible que en más de un año (que es lo que cumplió ese cambio la pasada navidad: un año) ni una sola vez haya tenido la ocasión de quedar conmigo. Miento: una vez, muy a finales de año pasado y coincidiendo con la prohibición de circular coches con determinada matrícula (la contaminación salvaje hizo que se aplicase como medida de urgencia) sí me dijo que al día siguiente tenía que volver en transporte público. Pero me lo dijo procurando que quedase claro que no le apetecía nada verme: comentándomelo la noche anterior y aprovechando que le llamé yo y seguramente mencioné algo al respecto de la contaminación que me produce asma, y diciendo cuanto le apetecía poder volver solo, sin tener que tratar con nadie y desconectando completamente tras la salida del trabajo. Obviamente, si alguien te está diciendo eso...por mucho que pueda añadir que, bueno, podía acercarme a esperarle a mitad de camino, ya que a veces insistía con esa posibilidad... te está dejando más que claro que no, que no le apetece que vayas.
Tampoco me era posible. Ya tenía otro compromiso. Familiar, para ser exactos.

Todo son estos pequeños detalles.

Formas de recordarme que no soy absolutamente nada en su vida.

A veces sueño con él. Procuro recordar que no tengo que decírselo.

Algunas noches me sorprendo durmiendo sobre el lado izquierdo, que es como duermo..., dormía, cuando él lo hacía a mi lado. Me hago una especie de ovillo con los brazos y apoyo la cabeza sobre ellos (cuando duermo sobre el lado derecho, me agarro la almohada. Supongo que antes de él también lo haría si cambiaba de lado. A él siempre le dejé la almohada, creo que por eso prefería dormir sobre mis propios brazos, mirándole). Alguna vez sé que sueño con que le veo al abrir los ojos: es en esas noches cuando soy consciente de que estoy dormida mirando hacia la ventana, cuando de veras despierto y no está.

Sé que estoy olvidando cómo era el que me tocase. Aunque algunos momentos quiero creer lo contrario..., creo que tengo bastante asimilado que no volverá a pasar. E imagino que olvidar cómo era es algún mecanismo mental de defensa. Y no quiero intentar pensar en qué sentía si me hacía otras cosas... Pero de momento no puedo olvidar qué sentía si le tocaba, si le besaba o si le mordía yo.

Es curioso. También he conseguido tener completamente claro que para él que fuese yo o que fuese cualquier otra le era indiferente. Que la única, eso, diferencia es que conmigo no tenía intención de según qué cosas (para eso ya tenía a otra u otras), pero por lo demás mi presencia era totalmente circunstancial y accesoria.
Imagino que estas certezas contribuyen a olvidarme de mí misma con respecto a él.

No me arrepiento de nada, pero sé que algunas cosas no deberían haber pasado nunca. Que sólo terminaron pasando porque yo me empeñé (hace ya siete años. Porque todo empezó hace justo siete años, en la primavera de 2010).

Me he mentido durante años. Me he empeñado en creer que mantenía una relación con él. Ni siquiera tengo claro, hoy, qué tipo de relación creí tener, pero sí que la mantenía. Sigo creyendo estar segura de que a veces era él quien me llamaba, de que si había quedado en llamarle y no lo hacía, hasta a veces me llamaba él o me lo recordaba si hablábamos al día siguiente. Que planificaba quedar conmigo...aunque luego se aplazase una y otra vez. Que le escribía algún email y me respondía. Que si volvía a cancelar a última hora un inaplazable encuentro nocturno, luego hablábamos durante horas esa misma noche. Que aunque tuviese visitas familiares, sacaba cinco minutos para llamarme. Que había unos mínimos planes conjuntos, que me contaba lo que pensaba o lo que le pasaba. Quiero pensar, creerme, que todo eso existió y que era consecuencia de que manteníamos algún tipo de relación.

Sé que ha dormido conmigo. Eso sí lo sé, de eso soy totalmente incapaz de tener cualquier tipo de dudas.

Y sé que ha estado en mi casa. Aunque la única prueba de ello sea una foto que le hice en mi terraza. Una foto que, ahora que me paro a pensarlo, igual tampoco fue real. Igual yo misma fui capaz de hacer un fotomontaje con una que le hice en cualquier sitio neutral y que acoplé a lo que cada día veo al asomarme.
Imagino que, llegado el caso, él lo explicaría de ese modo.

Tengo miedo. No sé porqué ni de qué, pero no estoy bien y tengo miedo.
Necesito abrazarle y que me abrace, o al menos poder abrazarle yo, para volver a creerme por un momento que un día podría empezar un futuro a su lado. Para sentir que todo está bien, que parece que las piezas del puzzle estén en su sitio. Y que yo no sienta este miedo.



sábado, 11 de julio de 2015

Julio laboral en Madrid.

Calor, calor, calor....
Quería escribir algo aprovechando eso que 'en el foro' llamamos 'la fresca'. O sea, esas horas de mañana en que 'el Lorenzo' (esto es, el sol) no cae a plomo aplastando las ganas de hacer el menor esfuerzo. Pero a las diez ya me había dado cuenta de que estos días hasta 'la fresca' ha debido salir huyendo. Eso, si no está ingresada en algún hospital, deshidratada perdida.

Anoche me desperté en el sofá. La tele estaba apagada (no sé porqué ni cómo lo hice, pero está programada para que se apague sola pasado equis tiempo. No lo hace siempre, o igual es un tema de canal...). Cuando me despierto así, de pronto, mi referencia es la pared que tengo al fondo, a mis pies. Si es una superficie sin reflejos, es que estoy en el dormitorio. Si es casi una feria de eso, reflejos, sombras y demás casi con movimiento, es el comedor (que tiene la terraza en la pared contraria, claro). Ayer se daba el segundo caso: dormida viendo la tele. Me trasladé a la cama, sin mayor transición...
Me descolocó un tanto que escuchase ruido en la calle. Pero, claro, viernes y con estos calores...igual las terrazas de los bares están hasta las tantas. Eso si no se empieza a repetir aquello tan 'antiguo' de bajarse con la silla, las pipas y el botijo (hoy, botellas de agua fría) a la calle, a charlar con los vecinos...que todo se andará...
Miré la hora en el techo, procedente del reloj-proyector: las 23:45h. No era ni medianoche y yo llevaba un rato dormida...
Por descontado, ni me replanteé volver al sofá y la tele: intenté recuperar el sueño. Pero cómo estaré de agotada para que, yo que soy animalejo noctámbulo, antes de las doce esté metida en la cama. Bueno..., metida no: tirada en la cama...
Ni un pelo de aire. Nada.
Y el ruido era, claro, de las terrazas de los bares. Y de la gente paseando. Porque me temo que el resto del día se saldrá a la calle como salgo yo: porque a una no le queda otra opción.
A las dos y pico tuve que levantarme porque me estaba asfixiando. Porque eso es otra: paso las ocho y veinte minutos diarios laborales (los otros cuarenta, hasta completar las nueve horas diarias) bajo un chorro de aire...a menos de diez grados. Explico. La oficina donde trabajo es un enorme recinto. En el que, además de los... ¿cuarenta? sí, más o menos seremos unos cuarenta empleados, que somos...están los respectivos equipos informáticos soltando calor. Y una de las paredes es de ventanales a los que da el sol (y con estos calores, lo mismo dan los estores bajados). Y el suelo son planchas de material plástico bajo los que va todo el sistema de cableado. Y el recinto tiene que estar a unos 22ºC. ¿Cómo conseguirlo? Pues teniendo los equipos de climatización 'escupiendo' aire helado todo el día. Y yo estoy bajo uno de ellos...
No, no soy friolera. Pero aún así...diez grados son diez grados. Así que ando con mis vestiditos de tirantes... y envuelta en mi pashmina palestina en tonos lilas....
La única forma de evitar que siga saliendo aire helado es mantener cerradas las puertas. Tanto la de la 'pecera' gigante que es nuestra oficina (para que se cree un microclima con respecto al resto del recinto...todo compartimentado por mamparas acristaladas) como la de acceso desde el descansillo de la escalera. Porque en realidad la climatización va condicionada a toooodo el espacio que ocupa en la planta la empresa. Y si entra aire caliente del exterior, sea por donde sea, o se va el frío... pues ya tenemos los equipos haciendo su trabajo: aire helado para conseguir los 22ºC que le han encargado...

Mi sensación de ahogo nocturno. Pues que a ratos tengo la garganta tocada. La pasada semana llegué a tomar ibuprofeno (yo, que no tomo nada. Y menos anti-inflamatorios). El contraste de llegar sudando tras hora y media de ir combinando transportes abarrotados con un sol ya de justicia antes de las nueve de la mañana con, antes de las diez, tener ya encima el aire fresquito..., con el salir a comer a las tres y pico... a un polígono a más de cuarenta grados, con el sol reflejando en los edificios acristalados de la zona, y los coches, y el asfalto echando humito... pues eso. Y esta noche me acosté sin aplicarme el toque de 'pulverizador nasal' para poder respirar. Y estaba respirando por la boca (imagino) añadiendo esta circunstancia al calor y a la deshidratación que arrastro... Vamos, que casi me ahogo. Sorbo de agua (sale caliente del grifo) en el baño, inhalador (más vale tarde...), vaso de agua en la mesilla...
Y he conseguido dormir. No agusto, no descansando lo debido, pero al menos he conseguido dormir algo...
El lunes empiezo el horario 'intensivo'. Una de esas cosas que se sabe que existen...pero que nunca había disfrutado. Entrar a las nueve y salir a las tres de la tarde (sí: suerte. Mucha. Pero porque el resto del año trabajamos nueve horas de lunes a jueves y siete los viernes. No hay 'pausas visuales', aunque tampoco tenemos obligatoriamente que estar mirando la pantalla todo el día; paramos para comer cuarenta minutos y otros diez a mediamañana... O sea: que lo tienen todo controlado: en verano quien no tiene vacaciones reduce el horario. Y en esta empresa las vacaciones son, sólo, entre mediados de julio y finales de agosto...).
¿Si voy a estar menos cansada con este horario? Pues no lo sé. Ya se sabe que 'nunca llueve a gusto de todos'...y a mí lo que me descansaría es entrar más tarde. Porque aunque empezar a las nueve de la mañana es un horario más que razonable  (es más: me parece un lujo)...es que tardo hora y media en llegar. Y aunque salga a las tres... me tengo que levantar igualmente a las seis y media de la mañana. Y el calor no parece estar dispuesto a irse...
El horario que tengo sería maravilloso si tardase siquiera media hora menos en llegar. Si la forma de llegar fuese sin trasbordos (que hago !!!tres!!! en cada recorrido de ida y vuelta). Pero ya sé que no se puede tener todo, así que...

Quería escribir algo 'con la fresca'. Y me temo que tengo la casa a treinta grados. Y que el portátil, sobre mis rodillas flexionadas (los pies apoyados en el borde de la mesita del salón) tiene más de calefactor que de otra cosa...
Y dicen que el domingo, mañana, empieza la 'tercera ola de calor' de este verano. No sé qué va a ser de nosotros, pobre mortales urbanitas...

sábado, 4 de julio de 2015

Ola de calor.

Dicen que es la ola de calor más tremenda por la que hemos pasado desde que se miden esas cosas.
No lo sé. Lo que sé es que llevamos diez días absolutamente angustiosos.

No duermo. Me da la una de la madrugada mirando la tele sin prestarle atención, páginas en el portátil..., da igual. Me da la una de la madrugada muerta de cansancio y de sueño, pero sin ser capaz de meterme en la cama. Y a las seis y media suena el despertador, pero la mayor parte de los días ya llevo tiempo despierta. Y entonces remoloneo en la cama casi hasta las siete, y de pronto me acuerdo que a las siete y media tengo que salir para coger el tren y... Y es media hora de locura: aseo, café recalentado con dos galletas, rimmell, dentífrico, ropa muy rápida, perfume, echar al bolso el sándwich, echar al bolso el móvil, echar al bolso la botella pequeña de agua que habré rellenado bajo el grifo un rato antes... Y salir corriendo.
No duermo. Necesito dormir.
Estoy agotada.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Insomnio.


Insomnio.
A  veces olvido que una de las razones por las que el 'portátil' se llama así viene a ser por su propia naturaleza: es portátil. Me lo puedo llevar a cualquier sitio. No tengo que desplazarme a donde él esté para poder emplearlo. Y si tengo conexión inalámbrica a internet también es por eso: para poder conectarme con el portátil desde cualquier punto de la casa (e imagino que algún vecino también, que a veces tengo muy baja la frecuencia de acceso. Por mucho que casi todo el mundo ya tenga internet propio...aun habrá quien piratée la señal de los vecinos...)
Me he habituado a emplear el portátil en el comedor. Lo tengo sobre la mesita de centro, frente a la tele, para poder usarlo sentada en el sofá. No siempre está enchufado: debería tener la costumbre de enchufarlo sólo cuando esté baja la batería...aunque a veces se me olvida y simplemente eso: está conectado a la red eléctrica. Y también eso, y el haber empleado durante años un pc 'convencional' hace que olvide la naturaleza 'portátil' de eso, el portátil.

Estoy escribiendo desde la cama. Son más de las tres y media de la mañana. No puedo dormir.
Tampoco me apetece escribir, la verdad... pero llevo hora y media dando vueltas en la cama...y se me ha ocurrido como recurso.
Tenía calor. Me quedé dormida en el sofá arropada por una de las mantitas, con una camiseta de manga larga (en realidad es un viejo camisón, de cuando dormía en una casa sin calefacción. Tiene muchos años, curioso que me valga la talla), calcetines gruesos... El radiador del comedor lleva más de 24 horas apagado (es una avería. No deja de perder agua..., aunque eso sea otra historia. Otra historia y una de las razones por las que ayer apenas dormí) y hoy el día ha sido frio. En el resto de la casa hace calor: calefacción comunitaria. Y al meterme en la cama...pues eso: calor. Me quité los calcetines (raramente duermo con ellos, salvo que la noche sea especialmente fría o yo no me encuentre bien). Hace un rato me he puesto una camiseta de algodón: es con lo que suelo dormir. Pero aun así... Insomnio.

Le echo mucho de menos. Mucho. He hablado con él esta tarde. Una hora más o menos. Y no le he dicho que no me encuentro bien anímicamente. Para qué, si le va a dar igual. Así que me conformo con lo básico, con lo habitual: oírle hablar. Hace mucho que tampoco me habla de él, de sentimientos, de sensaciones. Todo viene a ser casi un monólogo monotemático sobre su trabajo, sobre su empresa. Lo tengo asumido. Tengo asumido tanto que no le importo en lo más mínimo como que en realidad lo único que le importa..., o mejor dicho, de lo único que va a hablar conmigo es de eso. De su trabajo en esa empresa.
En realidad, no hay otra razón ni otro tema de que pueda hablarme. Yo nunca he sido otra cosa que alguien que durante medio año fue 'la compañera de su izquierda'. A estas alturas de la película lo tengo asumido. Ya lo he asumido, aunque durante un tiempo creyese ser otra cosa. Incluso aunque llegase a creer que allí pudiera haber sido otra cosa para él.
Da igual, ya da igual. Un día escribiré exclusivamente sobre este, ese, asunto.

Se termina el año: tres semanas y media para el final.
Probablemente debería dejar de llamarle, de intentar verle. Cada vez es más y más evidente su desinterés hacia mí. Cada vez me es más evidente: el desinterés supongo que fue siempre, era yo quien quería ver, notar, otra cosa.
A veces me olvido de que el 'portátil' es portátil. A veces me olvido de que no le intereso ni le importo.
Supongo que el paso de los años debe ir afectando a mi envidiada memoria: debe ser que a veces me olvido de quién soy actualmente en realidad. Alguien que no produce el menor interés.

Son casi las cuatro. Debería volver a intentar dormir. Apagar esto, arrebujarme en las sábanas, cerrar fuerte los ojos. Dejar de llorar o seguir haciéndolo sin pensar en porqué, porque realmente hay tantas razones que no hay una sola. E intentar quedarme dormida. Por simple agotamiento, como tantas noches.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Sueños raros.

Sueño cosas raras.

Estoy 'recuperando el sueño'. Esto es: no tengo prisa por las noches, ni angustia si veo que son más de las doce..., de la una,  y sigo despierta queriendo y debiendo dormir. Y no tengo prisa por las mañanas. Cierto que me estoy despertando a la misma hora de los últimos tiempos (antes de las ocho estoy esperando entre sueños el ruidito del reloj cuando llega a la hora en que debería sonar la alarma si estuviese activada, y oigo al móvil 'despertarse', una música diferente al resto de los timbres que indica que son las ocho y que, si quiero, puedo colocar el pin y hacerlo funcionar). Estoy despierta, me entero...pero no tengo porqué levantarme.
Un par de días me han dado las diez en la cama, dormida. Aunque lo habitual es levantarme a las nueve y algo. Poner en marcha el móvil, ya sí. Encender el portátil...o darme cuenta de que no lo apagué la noche anterior. Vaciar los recipientes que recogen el agua que pierde el radiador averiado de mi comedor. Vaciar el cubo que tengo en la terraza y donde vierto ese agua. Y quedarme mirando la calle, sin más, sin prisas. Y entonces pongo la radio: esa costumbre que antes tenía de ponerla antes de cualquier cosa...y que estos diez últimos días parece que he perdido. Quizá porque no tengo prisa, porque sé que no tendré que apagarla en apenas media hora porque me tengo que ir corriendo, porque la apagaré a la hora que me parezca: cuando me vaya a comprar, cuando ponga la televisión para ver el informativo de mediodía mientras como algo...
Imagino que estoy más relajada. Pero tengo sueños raros.

Son sueños repletos de componentes absurdos, de detalles imposibles..., pero que en esos momentos me son de una absoluta verisimilitud. Sueños con luz, con tacto, con olor. En entornos perfectamente conocidos y reconocibles. Sueños en que se mezcla la realidad cotidiana, lo que pasó ayer y lo que pasó la semana pasada o hace unos meses o lo que pienso que pueda pasar en breve. Sueños... que probablemente son varios cada noche, porque recuerdo haberme despertado de madrugada y salir de uno de esos sueños (de los que luego no me acuerdo de qué iban) y volver a dormir tras unos minutos de casi angustia insomne de mirar los números rojos del reloj proyector en el techo y pensar que debo dormir, que no son las cuatro y debo dormir, que no es hora...y de repente estar dentro de otro de esos sueños raros. Sueños en los que necesito ir al baño...y lo busco en sitios que conozco o no, y en el fondo algo me dice que estoy soñando y que simplemente debo abrir los ojos, recorrer los dos metros que me separan del baño real y volver a dormir. E imagino que alguna noche lo hago, aunque luego realmente tampoco lo recuerde...o sí, pero se mezcla en los sueños. En el recuerdo de los sueños.

Esta noche casi ha sido una pesadilla. De pronto, no estaba 'desempleada', sino de vacaciones. Los últimos días habían sido eso, uno de los periodos raros de vacaciones que he tenido este último año, y tenía que volver a trabajar. Y ahí es donde se mezcla la realidad y la ficción. Porque en mi sueño soy consciente de mis últimos días en ese sitio, del momento en que me indicaron que no se renovaría mi contrato... todo eso está en el sueño. Y de repente, resulta que tengo que volver, porque no era un despido sino unas vacaciones... E imagino que discuten lo que les aseguro: era una 'no renovación' de contrato...
Es una sensación rara. Era una sensación rara. Porque vuelvo a verme allí, encerrada en el búnker. Retomando las cosas donde las dejé. Recuperando expedientes, clientes, fichas... qué sé yo.
Y se mezcla la angustia del retorno a un sitio absolutamente aborrecible... con la cierta tranquilidad, el respiro de 'pues sigo teniendo trabajo'.
Sueños raros. Días raros.

Y otras cosas, otros sueños. Que también mezclan realidad con ficción, con deseos de cosas que no se pueden hacer, con recuerdos de cosas pasadas, con proyectos imposibles a los que se renunció voluntariamente...o no voluntariamente, porque a veces las renuncias voluntarias no son sino engaños que nos hacemos para no producirnos aun más daño...
Aunque eso sea otra historia. U otros sueños.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Domingo de noviembre.

Como me esperaba..., o como me temía... No: como me esperaba, he dormido poco y mal.
Me quedé dormida sin ganas a no sé qué hora..., la una, más tarde, no sé. Me desperté frente a mi televisor nuevo que emitía un absurdo programa sobre juegos de casino. Terminé el agua del vaso verdiazul. Vi un brevísimo espacio sobre el horóscopo: mi signo era el peor de la semana, mi ascendente el mejor. No sé a qué atenerme..., no sabría a qué atenerme si de veras creyese en esas cosas.
Busqué el modo de apagar el televisor. Como manejo los electrodomésticos, los aparatos electrónicos, por mero instinto..., hice dos o tres pruebas: el botón está escondido, es una especie de minimando para varias funciones. Probé a volverlo a encender: perfecto. Supongo que algún día de éstos me leeré las instrucciones, ayer simplemente apliqué el ese mero instinto que mencioné antes para que localizara los canales él solo y empezase a funcionar.
Hace años llegué a la conclusión de que si los niños parece que nacen 'enseñados' para manipular cualquier aparato no es porque sean una generación de superdotados: simplemente no tienen miedo a jugar. Aplico este mismo principio y me va estupendamente. No he dado ninguna lección de informática (bueno, sí..., pero en realidad no aprendí nada porque ese tipo de cursos a los que yo asistí tampoco te enseñaban nada) y me apaño perfectamente con todo. Antes de eso ya ponía en hora relojes digitales, había quienes me creían una experta en móviles porque los ponía en hora, grababa los números que me facilitaban, elegía y fijaba el politono que más gustase a sus dueños..., esas chorradas.
Todo esto es eso: una chorrada. Lo que me queda de alguien que en algún momento sí fue una niña superdotada y totalmente desaprovechada.
No he recibido lecciones de informática. Ni de inglés (mi generación es aún 'de francés'), pero nadie lo diría. Ni yo misma lo diría, la verdad.

Apenas he dormido. Me trasladé a la cama tras desvelarme. Eran poco más de las tres. Vi las cuatro en el reloj del techo, las cinco. Me desperté mil veces. Lloré sin poderlo evitar ni querer hacerlo. Tenía calor, me destapé un rato, volví a taparme por mera coherencia de quien sabe que no se puede permitir volverse a resfriar. Di vueltas en la cama. Estrujé la almohada...
Nunca había tenido esa sensación tan claramente. La de recordar como por la mañana había cambiado las sábanas y las había puesto para..., qué más da. Las sábanas siempre han sido las mismas: quita y pon. Tengo más, pero como en otras muchas cosas siempre uso las mismas. Por la mañana hice la cama sabiendo que la desharíamos de noche, que dormiría desnuda a su lado tapados hasta las orejas por el revoltijo de sábana, manta, colcha y edredón.
Pero no: no tocaba. Y creo que lo sabía al hacerla. Que lo sabía ya el viernes por la noche y que por eso le envié ese sms que es casi rutinario cada noche y que igual no tenía demasiada razón de ser: estaba ya previsto que nos viéramos... Pero algo en mí me decía que no.
Y aunque su respuesta me hacía confirmar que sí..., yo en el fondo sabía que no.

Estoy como si me hubiese pasado un tren por encima. Pasará el domingo en sus rutinas familiares, llegará la noche e imagino que dormiré por puro cansancio. Y sé que mañana no me sentiré mejor. Que querré quedarme en la cama, pero no será posible. Y empezará otra semana eterna, otra más de algo que es esta vida mía que no va para ninguna parte.

El cielo está intensamente azul y hay docenas de nubes blanquísimas que cruzan lentamente, como un rebaño perezoso. Lloverá de nuevo.
Domingo de noviembre. Otoño en Madrid.