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lunes, 16 de noviembre de 2020

A falta de mes y medio.

 Profundamente desanimada. 

Así es como me siento. Sin matices. Desanimada hasta el punto de desear meterme en la cama y dormir hasta bien entrada la mañana (si es necesario, con ayuda de cualquier infusión relajante o somnífera), despertar y volver a dormir. De no salir a la calle (confinamiento voluntario) pero tampoco engancharme al sistema telefónico de trabajo. De dedicar la mañana a intentar ordenar algo mi entorno (todavía tengo prendas de verano sin guardar, prendas que planché hace semanas y que siguen en los respaldos de las sillas, colgadas en perchas de alambre que a su vez cuelgan del picaporte de las puertas). De ni tener ganas siquiera, si me quedase en casa, de poner la radio o la televisión o simplemente música de fondo. 
Desanimada y cansada. 

Queda mes y medio para que termine el año, un año en que no ha pasado nada. Mes y medio en que sé que tampoco va a pasar nada. 
Me siento cansada. Física y, sobre todo, espiritualmente. 

Hace mucho que entendí que mi vida es una continua pérdida de tiempo. Que todo empezó a fallar en la segunda década de mi vida y que todo ha sido una caída libre continua, con breves temporadas en las que se diría que la propia vida me daba una oportunidad de remontar, de rectificar, de volver a coger el camino de (supuesto) éxito al que debería estar abocada una mente como la mía, una mente que durante unos años estuvo acompañada también por un físico que (tampoco) supe aprovechar en beneficio propio...y que dejé pasar de nuevo. 
Vida de montaña rusa. Con breves momentos de subida que volvían a la caída libre. 

Ya no hay subidas. Hace años que dejaron de existir. Ni siquiera hay grandes bajadas. Todo es un valle aburrido y monótono, la vía de un tren de Cercanías en una línea circular.
Me siento cansada y desanimada. 

Quisiera poder quedarme en casa. En realidad, sé que puedo hacerlo (basta con informar en el trabajo de que no me encuentro del todo bien...y que opto por teletrabajar unos días. Ni siquiera necesito explicar que realmente es un tema anímico: sería suficiente hablar con molestias en la garganta, por ejemplo. 
Pero no lo voy a hacer. Esa mezcla entre puñetero sentido de la responsabilidad y auto-obligación a salir a la calle, a ir al lugar físico de trabajo, para que se me haga más corto y más llevadero el día. 
Contradictorio. Emplear más de tres horas en desplazarme, ida y vuelta, para que la jornada laboral me parezca más corta. 
Añadir cansancio físico a la sensación de cansancio con la que ya me levanto y que me acompañará todo el día. 
Ir y volver para, al desplazarme atravesando Madrid, intentar no pensar en que hace mucho que no voy a ningún lado. 
Que mi vida no va a ningún lado.
Y solo es lunes. Aún es lunes. 
Y queda mes y medio, apenas mes y medio o aún mes y medio, para que termine este inolvidable año 2020. 
El año vacío lleno de imágenes inusualmente individualistas y carente de contacto físico. 
El año que pasará como si no hubiese pasado. Como pasa mi vida desde hace demasiados años
.

martes, 19 de mayo de 2020

Detalles. Poco a poco.

El viernes, la máquina de hacer zumo de naranja del hípermercado ya estaba en funcionamiento.
Por la tarde, una tienda pequeñita de ésas que venden chucherías y algún comestible, que tengo frente a casa, había abierto.

En el primer caso, la máquina había dejado de funcionar la tercera semana de marzo. No se podía usar algo que se tenía que tocar libremente, aunque solo sea para poner la botella y que caiga el zumo que la máquina va extrayendo de las naranjas que se acumulan en su cajón superior.
En el segundo, cerraron a principios de marzo. Por teóricas vacaciones, imagino. Aunque hará más de diez años que entré en ella, deduzco que sigue regentada por ciudadanos de origen chino: fueron los primeros en cerrar las tiendas. 
Son dos detalles mínimos. 

A veces compro zumo recién exprimido, aunque no me es imprescindible.
Si la tienda de chuches no hubiese vuelto a abrir, o si en cualquier otra circunstancia hubiera cerrado definitivamente, no me habría supuesto ni siquiera una anécdota. No soy clienta.
Pero en situaciones como la actual..., los dos pequeños cambios me parecieron un acontecimiento. Mucho más que ver como la calle se llena de bicicletas a partir de las ocho de la tarde y de niños en cualquier hora del día. 
Detalles de vuelta a la normalidad, poco a poco.

Los días siguen siendo muy raros.
Estoy cansada y deprimida. 
Me siento muy sola.
Pero sé que si se me antoja, puedo volver a comprar zumo de naranja recién exprimido y gominolas metidas en una bolsita de plástico transparente. Y que detalles como ésos también significan que algún día volveremos a la normalidad.
A algún tipo de normalidad. 
Aunque también sé que yo no volveré a ser la que era hace un par de meses. Algo en mí se ha perdido en el camino estas semanas. 
Y sé que no volverá, volveré, a ser. 

martes, 14 de enero de 2020

Invierno y otras anormalidades.

Cansada.
Llevo todo el día con una agotadora sensación de cansancio. Sin haber hecho nada que lo justifique. Quizá sea eso: cansancio por no hacer nada.


El problema es que yo no puedo estar cansada. O, mejor dicho, que debería preocuparme si sigo sintiéndome cansada.
No sé.

Ayer me quedé dormida en el sofá a más de la una de la madrugada. Sabiendo que lo que debería hacer era trasladarme a la cama, creo que me dejé caer en el sueño.
Imagino que me habré despertado alguna vez a medianoche (como siempre) y que habré sido consciente de donde estaba. Pero..., también pienso que estaba ya cansada y decidí no moverme.
Curiosamente, la televisión no se apagó sola (no sé porqué razones algunas noches se apaga y otras no). Cuando he abierto los ojos había un informativo en la pantalla. El primero de la mañana. 
La he apagado con el mando a distancia.

He pasado por el baño antes de trasladarme a la cama.
Desde la puerta del baño he visto la hora reflejada en el techo desde el reloj-proyector: eran más de las seis y media de la mañana.
Sigo despertándome a esa hora. Sin tener necesidad, sigo despertándome antes de las siete, todos los días.

Por un instante he pensado que si estuviese trabajando...habría pasado del sofá a la cocina para irme preparando el café. Habría sido como no dormir...una sensación rara.

He dormido unas tres horas más.
Y no he hecho nada de provecho en todo el día. Limpiar algo, barrer a conciencia las alfombras, agrupar las plantas del dormitorio y rociarlas con agua del pulverizador. Seguramente alguna cosa más, pero no las recuerdo: rutinas. 

Tenía el proyecto de ir a Madrid para ver las tiendas en rebajas entresemana, con menos gente teóricamente. Tampoco necesito nada, pero..., por dar una vuelta, me excuso. El proyecto era irme a última hora de la mañana, a mediodía como muy tarde, para luego poder regresar antes de las nueve.
Cuando me he querido dar cuenta, eran más de las dos y media. Ya me había soltado y cepillado el pelo, me había refrescado la cara con agua fría y aplicado un poco de crema hidratante, dado un toque de rímel en las pestañas. No todo a la vez: espaciadamente a lo largo de la mañana. Hasta tenía puestas las deportivas. Pero eran casi las tres: he decidido comer algo...y luego ya me iría. Tras ver el informativo, además.

No he ido de rebajas. Al final he salido a hacer la compra semanal al hípermercado. Me he dicho a mí misma, camino de la estación: si pasa el tren dirección Madrid, a Madrid me voy. Si el primer tren es el que va hacia el centro del municipio donde vivo, me voy a hacer la compra (el centro comercial está a dos minutos de la estación).
Antes de llegar a la estación he visto pasar el tren que iba a Madrid. En la estación, el luminoso que avisa de los minutos que faltan para cada tren de cada una de las direcciones indicaba que faltaban dos minutos para el convoy que iría en dirección opuesta.
He acabado haciendo la compra semanal. Aprovechando 'el día del socio carrefur', que también ha supuesto el ahorro de, más o menos, el 10% del importe de lo que he comprado (lo dan en un vale para próximas compras). Al final he aprovechado la tarde. O algo así.
Pero estoy muy cansada.

Debería empezar a actualizar el currículum, responder alguna oferta, ir moviéndome para encontrar trabajo en suma.
Y simplemente estoy cansada y desganada.
Enero raro. Lo único normal fue el clima frío (gélido) de este lunes en que a las once de la mañana estábamos a -4ºC y hasta más de las 13:00h no hemos llegado a los 0ºC. 
Aunque el invierno en Madrid siempre haya caído en enero, ayer fue un día de invierno casi inusual, según todo el mundo. Como si hacer frío en pleno invierno fuese algo extraño.

Nos estamos acostumbrando mal. Y yo debo desacostumbrarme a esta ociosidad.
Y buscar algo que me haga no sentirme tan anormalmente cansada. Y, también, beber más agua.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Última semana de vacaciones.

Tendría que haber escrito esta semana.
Pero estoy rara. Creo que se podría definir como 'estoy ploff' y se entenderá perfectamente a qué me refiero.


No me encuentro mal físicamente (bueno, sí: me siento cansada y a ratos me duelen los huesos o los músculos o no sé bien qué) pero tampoco estoy bien.

No madrugo (sigo sin trabajar). Me quedo dormida en el sofá en algún momento, ya casi de madrugada, y algún día me he trasladado a la cama a más de las cinco de la mañana. Me levanto sobre las diez (aunque ya estoy despierta antes) y no tengo prisa en desayunar. De hecho, algunos días me dan las 12 desayunando. Y el resto de mis horarios de comidas van en esa línea: sin demasiada puntualidad.

Esta próxima semana tengo cita en el especialista de digestivo del hospital. Nada urgente: es una cita programada desde abril, simple rutina, recoger los resultados de las dos pruebas también rutinarias que me hicieron hace un mes, escuchar cómo me echan la bronca porque no me pudieron hacer otra prueba al estar gorda cual bola de sebo (más o menos). No es nada urgente y no debería ser preocupante, pero sí estoy nerviosa. Y preocupada.

Me entretengo con las plantas. Ordeno cosas sin prisa. Planifico pequeños cambios decorativos. Leo, miro la televisión sin demasiado interés, oigo la radio sin apenas escucharla.
Dejo pasar el tiempo. Me pongo la excusa de la cita médica del jueves para aplazar la búsqueda de empleo. Pero en cuanto pase ésta ya no puedo aplazarlo más. 
Tengo que volver a trabajar.

Me hubiese gustado haber hablado con él esta semana.
Me hubiese gustado no haber estado tan cansada para poder contar lo bien que me siento tras estar con él.

Debo considerar esta semana que empieza en menos de veinticuatro horas como la última de mis vacaciones. Estas larguísimas vacaciones de tres meses que han sido estos tres meses desde que dejé el trabajo.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Lágrimas sin futuro.

El viernes terminé llorando.
Ni siquiera fue por nada concreto, por ningún acontecimiento emocionante, triste, doloroso. Ni fue, como normalmente suele ser, en la más estricta intimidad de mi casa y normalmente en la aún más estricta de mi cama. No: fue en público. Público completamente desconocido, afortunadamente.

La semana ha sido aún peor de lo previsto, que ya era previsión nefasta. Una concatenación de sandeces y de monotonías inútiles. De despertarme antes de las seis y media, hora en que suena el despertador, apago de un manotazo y cierro los ojos cinco o diez minutos más al tiempo que voy estirándome en la cama (sí: es compatible el 'cinco minutitos más' matinal con el hecho de desperezarse). De la rutina 'baño donde me despejo mojándome la cara con agua fría-necesidades fisiológicas-cepillado de pelo' para pasar con la luz del baño encendida al dormitorio de nuevo donde me visto con lo que he preparado la noche anterior, pasar por el cuartito donde tengo la lavadora y el maquillaje para darme la crema hidratante mantinal, poner la radio y bajar el volumen, ir a la cocina a calentar el café en el microondas, ir con la jarra y una galleta de avena al comedor donde desayuno sentada mientras escucho las predicciones meteorológicas autonomía por autonomía, ponerme los zapatos y los anillos, volver al cuartito de la lavadora a darme algo de rimmel en las pestañas, volver al baño a lavarme los dientes y pasarme un poco el peine por el pelo mientras en la radio, munchos días, ya dan las siete y media. Y acelerar el ritmo volviendo al comedor a ponerme el abrigo, colgarme el bolso del hombro, pasar por la cocina a recoger el bolsito donde guardo algo de fruta para mediamañana y normalmente un sandwinch de pan de centeno y algo de fiambre y llenar la botella de agua que me tiene que acompañar (recomendación facultativa) en el viaje...

Y luego la rutina del transporte con sus retrasos y su abarrote de humanidad. Y pasar el día haciendo algo que no me aporta nada con gente que cuenta cosas que no me interesan y en cuyas conversaciones ya he optado por participar lo menos posible. Y las pocas pausas: ir a por un café en torno a las diez, pausa de diez minutos para tomarme la fruta casi a la una, parón de media hora para comer mientras doy una vuelta o hago alguna compra y estar de vuelta a las cuatro y hacer tiempo ya a que den las seis.... Y vuelta a casa.

No, el viernes no pasó nada diferente. Un viernes más. Salir a las cuatro de la tarde, como todos los viernes, tras otra mañana anodina más.  Volver en bus parte del recorrido, una de las rutas habituales diarias, pero que debía interrumpir para acercarme a hacer una compra. Ver las hojas amarillas de los árboles por la ventanilla. Envié un guasap a un compañero (con el que había estado toda la mañana. No de manera personal, sino con la proximidad de quienes trabajan en el mismo sitio) para preguntarle algo así como '¿todo bien?' porque le había encontrado algo raro....y porque sé que está pendiente de unas pruebas médicas y porque si se lo pregunto en el trabajo ya empezaríamos con el 'no hagáis corrillos', '¿es que no tenéis nada que hacer?', 'a hacer llamadas, que hacéis pocas'. Absurdo ambiente de guardería.
Intercambio aséptico de guasap. No, no pasaba nada. Es más, hasta dudó si el mensaje era realmente para él o si me había equivocado al enviarlo. No le dí mayor importancia (no la tenía. Igual hasta mi mensaje no era más que de cortesía) y le deseé un feliz fin de semana.

Me volvió a contestar mientras iba andando por el barrio de Salamanca destino al recado que tenía que hacer y opté por ignorarle (bueno, no: simplemente ya les respondería cuando no fuese caminando). Entré en una de esas tiendas que venden naderías y productos de escritorio que tanto me gustan, a enredar un poco, gastar algún euro en un cuaderno o unas servilletas de usar y tirar bonitas. Me llegó un segundo guasap. Paré para responderle.
En ese momento me di cuenta de que estaba llorando. De que, en realidad, había empezado a llorar en el autobús, donde me había secado las lágrimas con los dedos. Que había seguido llorando mientras cruzaba la calle Narváez y que por eso no había respondido al anterior mensaje. Y tuve que dejar las tres o cuatro naderías en una estantería para buscar los klinex en el bolso, porque las lágrimas ya me impedían ver. 
No podía dejar de llorar. 

Ni siquiera la conversación a base de guasaps tenía nada que ver. O igual sí, no sé. 
Le contesté quitándole toda la importancia a mi pregunta inicial (creo que creyó que algo en su actitud me había molestado: nada más lejos de la realidad. Además, empiezo a estar muy harta de gente susceptible que entienden como una indirecta cualquier cosa que se diga a su alrededor y es algo en que lo no pienso caer). Como digo: sé que no fue ese intercambio de mensajes con alguien con quien sí los intercambio de vez en cuando lo que me hizo llorar...

Pero no podía dejar de hacerlo. De esos llantos silenciosos e incontrolables, de lágrimas como un grifo de agua sin fuerza que no se puede cerrar y que ni hace el menor ruido.

No sé cuanto tiempo estuve llorando: imagino que apenas unos minutos. No sé qué pensaría la dependienta que estaba colocando cosas de navidad a mi lado y que sí se dio cuenta. No sé si me vio alguien más (imagino que si: había bastante público entrando y saliendo). La verdad es que me da exactamente igual. 

Ni siquiera me molesté, ni en ese momento ni en toda la tarde, en mirar en un espejo mi aspecto, en comprobar si el poco rimmel de la mañana y creo que algo de perfilador había aportado a mi aspecto más empeoramiento al habitual de mi aspecto. Al secarme las lágrimas bajo los ojos imagino que retiré casi todo. 
Me da igual.

Alguna vez, sobre todo hace años, me eché a llorar en el bus, en el tren. Solía disimular poniéndome las gafas de sol.
Un par de veces en este trabajo he terminado llorando en el baño. Un día se me saltaron las lágrimas en una conversación, entre las explicaciones profesionales y la terapia personal (suya) con mi jefa directa.

No lloro en público. Es el único gesto personal que me produce un pudor de lo más incómodo.

El viernes me dio igual. Creo que ya no podía más. 

En el fondo, sí sé lo que lo provocó. Y no fue ese intercambio concreto de palabras. Fue..., fue algo ajeno a mi interlocutor y a este momento concreto. Fue algo que me devolvió a otro momento y otro lugar, a un correo electrónico, a alguna frase dicha días después. A un momento de hace años. A, seguramente, más momentos y más palabras en otros instantes...

Sé que no estoy bien. No me encuentro bien.

Lo que necesitaría sería verle. No, no a mi compañero de trabajo (pobre, qué culpa tiene él de mis neuras. Que además desconoce y desconocerá siempre: la relación es otra. Bueno, la relación no es ninguna, en realidad). 

Verle. Ver a quien ni siquiera me atrevo a comentar por teléfono como estoy en realidad, porque ya no tengo la confianza suficiente para hacerlo. Porque este año me ha dejado tan sumamente claro que no soy parte de su vida que no hay razones que pudieran justificar que le cuente que no estoy bien, que le echo de menos, que le quiero, que me preocupa como esté y quiero que esté bien. Que necesito abrazarle (él no me va a abrazar a mí). Que el único momento positivo de este año son las dos horas que pasé con él hace dos meses y pico...

Que creo que ya ni aparece en mis sueños, de lejos que está. 

Mañana empieza otra semana de mierda. Que fuese tan mala como la que acaba de pasarme casi sería algo positivo: también me estoy acostumbrando a que cada una sea peor que la anterior. Ésta no será una excepción. 
Supongo que le tendré que explicar a mi compañero que mi primer guasap era algo completamente cortés, que en ningún momento ni en ningún caso tenía relación con un posible mal gesto de su parte hacia mí. 
Me siento estúpida teniendo que dar ese tipo de explicaciones.

Me siento estúpida, cansada, mayor. Inútil e inservible para el mundo en general. Sin futuro.

domingo, 25 de junio de 2017

Esperando.

Esperando.

Esperando a que cambie el clima: llevamos cerca de un mes con temperaturas absolutamente veraniegas. Días de más de 40ºC, noches en que no bajamos de los 25ºC, mi dormitorio a 30ºC. Días en que llego a la noche agotada y me duermo por eso: puro agotamiento. Pero no descanso y me levanto igual de cansada. Y voy enlazando día con el siguiente y semana con la que acaba de terminar...

Hoy amanece nublado. Dicen que se espera una bajada de temperaturas para mediados de semana. Pero, a estas alturas, ya me cuesta creérmelo.

El ambiente laboral está raro. Pero contarlo con detalles sería largo y aburrido: son esas cosas internas que sólo si se 'vive' en ese ambiente se puede entender la explicación. El viernes se cerró con el despido 'disciplinario' (esto es, procedente, sin indemnización y con problemas hasta para cobrar el paro) de alguien que llevaba como 7 años en la empresa. Supongo que también tiene un mucho de 'aviso para navegantes': aquí nadie es imprescindible, si buscas que te echemos porque llevas muchos años y te han dicho que te corresponde un buen pellizco...podemos echarte sin darte un solo euro...

Y por otra parte, la mitad de la plantilla sigue haciendo lo que le viene en gana y no pasa nada... Y yo cada día estoy más cansada. También de hacer tareas que no me corresponden y que ni se pagan, ni se valoran (es más, tengo que escuchar como luego otras se apuntan los logros).

El jueves nos habían invitado a un 'afterwork'. En principio, fue 'a una comida' el viernes de la semana pasada, pero como nos llegó la invitación el miércoles por la tarde, y la mayoría alegamos tener otros planes..., pues decidieron cambiar fecha y horario. Y fue peor: parte del personal que había confirmado asistencia a la comida, desistió del 'afterwork'. Yo a la comida no podía ir (tenía cita en Hacienda. Incluso dije que si necesitaban que verificase mi 'excusa', lo podía hacer). Y a lo otro..., pues, en fin: era a partir de las seis y media de la tarde, mi horario de trabajo finaliza a las seis..., y eso no era trabajo. Más o menos eso alegué como motivo para no ir.
O, lo que es igual: no voy porque no me da la gana.


¿Que estas estupideces pueden influir/repercutir en lo que pueda pasar en el futuro? Pues..., la verdad es que me da lo mismo.

Estoy muy cansada.
También lo estoy en otras cosas y otros temas.

Sé que si alguien no hace nada por verte, por llamarte, no contesta a tus mensajes...es que, evidentemente, no le interesas.

Y que por mucho que haya algún espejismo que me diga lo contrario...momentáneamente, la realidad es la que es.
Hace muchos meses ya que decidió que prefería que no nos viésemos alguna vez por semana. Que dejó de llamarme (soy yo quien llamo. Luego él está disponible...o no). No recuerdo cuantos años hace que no es él quien me manda un primer sms a mí. Muchos ni los responde, cada vez más a menudo.

No sé qué debería sorprenderme de todo esto.

Un mes después, entiendo que nuestro último encuentro (cinco meses y medio después del anterior)  fue un espejismo. O quizás una forma, por su parte, de confirmarse que no le intereso. Y yo lo entiendo y le entiendo: cómo va a tener el menor interés en alguien como yo, fea, gorda, vieja, sin el talento o el ingenio o el loquesea de la gente que le gusta a él (hace mucho que también desistí en intentar llegar un día al nivel superior en que siempre se ha movido, culturalmente hablando).

No me arrepiento de haberle vuelto a ver. No puedo dejar de sentirme feliz por ello. Pero hoy, un mes después, tengo perfectamente claro que fue un espejismo. Sin más.
Y que no cambió nada en su desinterés por mí.

Estas fechas siempre son raras en mi vida... Comienzos y finales.
Es más: comienzos y finales que no detecto en esos momentos mientras pasan, pero que se van revelando con el paso de los días, de las semanas... Supongo que está pasando algo. Y que lo sabré cuando mi mundo haya dado un giro, mire hacia atrás...y tenga claro que aquel detalle insignificante (o no) fue la piedrecita que inició la ruptura del cristal.

Hoy amaneció nublado. Con esos cielos grises que tenían aquellos domingos, o sábados, o incluso otros días de la semana en que él despertaba a mi lado...

sábado, 28 de febrero de 2015

Descorazonador febrero.

Sigo teniendo el blog prácticamente abandonado.
Imagino que porque sigue esa sensación de 'esto no es mío'. O sí que lo es..., pero es un juguete que no me sirve para nada. Que se quedó sin pilas y sin pilas no funciona, que no tiro porque..., porque tiendo a acumular y almacenar cosas, ese 'por si acaso algún día me hace falta'.
Sigo sin escribir, simplemente. Y quizá nunca lo había tenido tan sencillo: el portátil encima de la mesa del salón y casi siempre encendido, yo sin nada mejor que hacer.
Yo sin hacer nada.
Este mes de febrero ha sido raro. Descorazonador.
Sólo puedo salvar un momento, unas horas, una noche y parte de una tarde y parte de una mañana. Hace una semana justa, el sábado pasado.
Sólo eso en todo el mes..., bueno, no. También ha habido algún momento, algunas conversaciones. Pero poco más.
Un mes casi sin pena ni gloria, que habría sido horroroso de no ser por esos pocos instantes de luz.

Sigo sin trabajo.
Empecé el mes con una entrevista ilusionante: algo que tenía buen aspecto, condiciones económicas aceptables, algo que me podía gustar. Las sensaciones fueron buenas: sabía que me llamarían para una segunda entrevista. En medio, me metí a una formación 'selectiva y no remunerada'...para algo que al final ni me enteré de qué iba: en una semana nos cambiaron cuatro veces de campaña..., finalmente decidí dejarlo el día en que, en teoría, iba a firmar el contrato (luego supe que ni ése día ni al siguiente habían firmado nada...). No estaba renunciando más que a un empleo de seis horas, con mal horario, a hora y media de mi casa para ir y otro tanto para volver y en una zona que no me gusta nada, con un sueldo muy por debajo del de supervivencia..., y que, visto lo visto, al final igual no pasaba de unos días de contrato (por lo pronto, pasé allí cinco días, ocho horas cada día, para no sacar en limpio ni siquiera un mínimo de conocimientos en nada). No estaba renunciando a nada que probablemente pudiese encontrar si no había opciones mejores.
También el que me citasen para la 'segunda entrevista' en el proyecto que sí me interesaba hizo que me decidiera del todo a la hora de 'renunciar' a lo otro.
Esta segunda entrevista siguió ilusionándome. Como me dijeron al llamarme para esa segunda cita (en la primera y en esa llamada, quien llevaba el proceso de selección era una empresa dedicada a eso: selección de personal especializado para otras empresas) de entre unos 500 candidatos... quedábamos cuatro. Lo mismo me comentó la persona con quien ya hice esa segunda entrevista, ya en la empresa contratante: según los seleccionadores, habían recibido más de 500 currículums y habían terminado por seleccionar a cinco personas. Obviamente, en ese elevado número de candidatos se incluirían simplemente todos los currículums recibidos. Y ahí están quienes no reúnen los requisitos básicos (este tipo de ofertas llevan una serie de preguntas previas, que hay que responder en el mismo formulario donde se incluirá copia del CV y carta de presentación). Y esas respuestas ya criban gran parte de los hipotéticos interesados. Por mis cuentas..., no creo que los finalmente entrevistados fuésemos más de una cuarentena de personas. En mi primera cita éramos cinco..., así que imagino que una semana de 'grupitos' de cinco entrevistados..., lo dicho: unos 40. No creo que más.
Como digo: esta segunda entrevista confirmó que era algo que sí me apetecería. El sueldo..., pues un básico de supervivencia, y todo lo demás, lo que pudiese sumar por 'méritos propios'. Es lo que tienen los empleos donde todo está basado en resultados comerciales... El lugar, céntrico y a una hora de transporte público, trasbordos y recorrido a pie desde éstos a la empresa y a mi casa, y con posibles trasportes alternativos si un día había alguna huelga de cualquiera de los medios. El horario..., jornada completa. Partida, vale (no se puede tener todo), pero dos horas a mediodía en un barrio donde hay de todo, donde puedes coger un bus y dar una vuelta para hacer tiempo, o meterte en el Gran Almacén que está justo enfrente, o irte a leer al parque, o..., pues es un 'mal menor'.
Las sensaciones siguieron siendo buenas. Pero..., pero también me indicaron que no había fecha fija para que los seleccionados nos incorporásemos. Habría una tercera entrevista con el Director Comercial de la empresa y, a partir de ahí...
El lunes hará dos semanas de esta segunda entrevista. El pasado martes yo dejé de esperar y me puse de nuevo a enviar currículums..., con las consiguientes entrevistas.
Entrevistas descorazonadoras. Dos (una tercera se suspendió antes de hacerla). En la del viernes, la última, quedaron en pasar mis datos a la empresa ofertante (en este caso lo lleva una Ett) pero sé que no me llamarán. No por no haber pasado la entrevista (que ésa la superé 'con nota') sino porque hace dos veranos ya pasé por todo un proceso de selección de una semana con esa misma empresa... que cuando me llama para firmar el contrato lo que me ofrece tiene poco que ver con todo lo que habíamos estado tratando: ni el horario, ni las horas semanales, ni el tipo de campaña comercial, ni el sueldo, ni... Lógicamente, dije que no.
Y ahora no creo que vuelvan a llamar a alguien que ya les demostró que no iba a seguirles en el baile que a ellos más les gustase.

Me queda un mes de 'paro'. Justo. Creo que hasta el dos de abril.
Esta semana tengo que encontrar algo, lo que sea. Aun sabiendo que ese 'lo que sea' no llegará ni a sueldo de supervivencia... Pero tengo que encontrarlo.

No sé. Este mes de febrero ha sido decepcionante. Este año no me está gustando.
Y, de momento, no veo visos de que mejore.
Y, de momento, sólo salvo esos raros momentos de luz...